Editado: 22/02/2011

MOON GOSHT

Puedes pensar, creer e imaginar algo

Puedes convencerte de que es real

Pero no lo creerás cuando lo veas de verdad.

|Capitulo cuatro: Generación de sangre.

Estábamos a la entrada de la ciudad, entre unos grandes árboles que nos bloqueaban la vista de las casas.

Hasta la mínima pizca de sueño que pude haber sentido esa noche se esfumó cuando, frente a mis ojos, el gran pelaje de la bestia comenzó a caer al suelo desapareciendo enseguida, y como su espalda se ponía recta y el color de la piel humana se hacia presente. Y entonces, antes de acabar la des transformación completa, corrió a los árboles y se quedo ahí, escondido.

Tomé esos minutos para alargar mi mano y pellizcar mi mejilla, nada podía ser real, todo tenia que ser un sueño.

—Kagome —InuYasha salio de los árboles con un pantalón y una camisa mal puesta. Yo brinque.

Mi labio inferior temblaba y mis piernas flaqueaban, pero no estaba asustada, estaba impactada. Yo sabía desde un principio que aquel animal era InuYasha, y ahora que lo comprobaba, impactaba el doble. Era como ver las telenovelas de la noche, sabes perfectamente que Richard tiene un hermano gemelo escondido, pero aún así no terminas de impactarte cuando lo escuchas por su propia boca, o lo vez con tus propios ojos. Como yo.

Mi mente jamás estuvo cerrada a aquel mundo desconocido, yo sabía que lo que escuchaba era verdad, y por lo tanto, sabia que lo que veía era verdad, y el hombre parado frente a mí era de verdad.

— ¿Asustada? —su voz sonaba más ronca que la última vez que la escuché. Sonaba más salvaje.

—En parte —era rara, pero lo seria aun más si no estaba algo asustada por todo aquello —Estoy más… impactada.

—No debiste irte de esa manera.

—No debiste evitar mis preguntas —sus ojos azules me miraron con culpabilidad, y no pude evitar sentirme mal. Fue mi carácter el que me jalo fuera de la tienda, no él. Y fue mi pésimo gusto en conocer personas que estuve punto de morir, no podía culparlo a, la mayoría de la culpa era mía. Él solo intentaba hacerme la vida más fácil, no de la manera correcta para mí, pero lo hacia —. Aún no te he dado las gracias ¿Verdad? Pues… Gracias, ya sabes… por salvarme la vida.

—De nada —sonrió mostrando sus colmillos, di un brinco y el lo notó —. Ah, lo siento. El efecto de los colmillos y las garras pasara dentro de unos minutos —se disculpó mostrando sus manos y las largas y puntiagudas garras caninas.

—Yo debería estar acostumbrada a las sorpresas —sonreí de lado. Un poco de humor cabía bien en este momento.

—Ahí cosas que nunca paran de sorprender.

Era cierto, tenía la sensación de que, desde ahora en adelante, abría muchas cosas que me sorprenderían.

Llevé mis manos y acaricie mis sienes, tenia un potente dolor de cabeza. InuYasha no lo dudo ni un minuto y se acercó a mí a paso rápido, esta vez no retrocedí. Sonaría extraño viniendo de mí, pero muy dentro mió, necesitaba un abrazo consolador. Pero no me abrazó a mí pesar, paso un brazo por mis hombros y el otro por detrás de mis rodillas. Solté un gritito ante la sorpresa y me sentí avergonzada por creer y querer que me abrazara. Y en vez de eso, me levantó de una jalada como si no pesase nada y camino entre los árboles, atravesando la calle de cemento, y llegando a un Toyota azul.

Abrió la puerta sin complicación y, delicadamente, me sentó dentro. Dando un salto para aparecer del otro lado del auto.

—Ponte el cinturón de seguridad —eso sonó como una orden, pero mucho más amable.

— ¿Por qué el auto? —pregunté cuando me ponía el cinturón. Él me miró con cara de incrédulo y yo caí en cuenta —. Las personas no están acostumbradas a enormes bestias caminando por la calle ¿Verdad?

—Exacto —me dedicó una sonrisa y apretó el acelerador.

Aún no entendía algunas cosas y dudaba de otras, pero aun así no tenía la intención de saber más de la cuenta. Pero, extrañamente, sentía unas especies de mariposas en el estomago que gritaban por saber más de él.

—Como es que sabías donde estaba —pestañeé y me di cuenta de lo difícil que me era tener los ojos abiertos.

—Te seguí. Desde el momento en que saliste hecha un rallo.

— ¿Todo este tiempo me estuviste esperando? —una pequeña chista de alegría reaccionó en algún rincón muy escondido de mí mente.

—Te dije que nadie te lastimaría, Kagome —era cierto, lo había dicho, y yo no le había creído —. Pero lamento no haber actuado antes de que tú auto volcara. La transformación es algo complicada.

—No te preocupes —bostecé —, estoy viva gracias a ti —suspiré con cansancio — ¿Y qué quieres decir con complicada? —estaba curiosa.

—Complicada, simplemente —se encogió de hombros — ¿Tienes sueño? No es extraño, pasaste por mucho hoy.

—Solo un poco —intenté abrir los ojos, pero los sentía pegados —. Temo dormir.

— ¿Has tenido pesadillas? —arqueó una ceja.

—No —me acomodé en el asiento —. Te lo dije, alguien está detrás de mí.

—Eso es imposible, Kagome —rodó los ojos —, te he vigilado desde que llegué aquí, y nada a estado acechándote.

—Humm… —ya no pude contestar.

Estaba agotada y nadie me podía reclamar por eso. Mi vida estuvo en peligro nuevamente, y me salve por un pelo… negro. Así que lo mínimo que me merecía ésta noche era dormir, dormir hasta que mis parpados se pegaran y mis energías se recuperaran. Ahora, desde éste punto dormido, todo parecía un sueño. Onigumo se veía lejano, como un recuerdo antiguo… como si jamás lo hubiera visto. Y era imposible que mi compañero de trabajo fuera un hombre lobo, ¡Imposible! Y mucho menos posible era que su misión fuera protegerme.

Lo más probable, es que cuando haya salido disparada del local, algún gato o un perro se debió haber cruzado por mi camino, y ¡Paff! inconsciente en el hospital. Eso era mucho más convincente que todo lo demás.

Éste mundo era extraño, pero no tan extraño como para tener a personas que cambian de forma. Era una locura. Ya tenía suficientes locuras en mi vida, como para ahora creer en hombres lobo. Aún que, todo sobre InuYasha parecía tan real, no como el recuerdo de Onigumo. La transformación, el pelo… los ojos, todo; estaba escrito en carne viva en mi cuerpo, y me hacia sentir extraña cuando pensaba que era una ilusión. Era como tener un pequeño ardor en el pecho, pequeño pero picante. Y sentía la gran necesidad de cerciorarme si era cierto o no, de saber que, aunque Onigumo fuera una ilusión, él no lo era.

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—Buenos días —lo primero que sentí cuando abrí los ojos fue la voz tosca de InuYasha. Sentí un hormigueo en el estomago —. O mejor dicho, buenas noches. Aún no amanece —no podía verlo, mi vista estaba borrosa. Pero sabía que de seguro estaba sonriendo.

— ¿Cuánto dormí? —pude preguntar cuando vi con claridad el techo de mi habitación y me pude sentar en la cama.

—No mucho, son pasadas las tres de la mañana. Duerme más si quieres —miré mi habitación en penumbras, reconociendo terreno y buscándolo. Y ahí estaba, en la esquina derecha frente a mí cama, sentado en la vieja mecedora de mi abuela. Bien, él si era verdadero, y si estaba en mi habitación significaba que el lobo también lo era.

— ¿Cómo es que pudiste entrar a mí casa? —acomodé algunas almohadas en mi espalda y me apoyé en ellas, aún estaba cansada, pero tenía miedo de cerrar los ojos y volver a la realidad.

—Saqué las llaves que estaban entre los maseteros —sonrió —. Te lo dije, no soy un psicópata, pero si un acosador. Te vigilo todo el día —bien, eso me hizo ruborizar y me encogí de hombros —. Deberías empezar a creer en lo que te digo.

—Bien, lo tendré en cuenta.

Permanecimos callados unos minutos que para mí fueron horas. Quería preguntar, pero a la vez no. Sabía que si lo hacia, los misterios de él se abrirían a mí, y yo estaba muy intrigada por eso, pero también podía estar involucrándome en algo a lo que siempre estuve escapando.

Le miré de reojo, su vista azulada estaba enfocada en la luna de mi playera. La luna, ¿Se transformaba con la luna llena? Dado el caso de que la luna estaba creciente fuera de mi ventana, eso debería ser un mito. Pero quería preguntarle muchas cosas, ¿Y que tal si se enfadaba? Bien, tendría que preguntar o mi mente estallaría… pero mi voz no quería salir, tenía miedo a su respuesta… que tal si…

—No hagas eso —dijo apenas me metí en su mente. Asustada, me devolví y abrasé mis rodillas.

—Lo siento—fue lo único que atiné a decir. Y ahí caí en cuenta, el estaba a más de un metro de mí porque no quería que leyera su mente. ¿Qué tan tonta puedo llegar a ser? —. Se que eso te incomoda, lo lamento.

—Está bien. No te disculpes —me dedicó una sonrisa —. Se que quieres preguntar, pero no te atreves. Y está bien, no te veras implicada en esto más de lo que ya estas, así que no veo nada de malo en que sepas algunas cosas —se meció en la mecedora —. Pero deberíamos conservar las distancias, ya sabes. Me das unos dolores de cabeza horribles.

—Bien —me mordí el labio —. Eres un hombre lobo —no lo pregunté, lo afirme, pero aún así me contestó.

—Sí.

—Estas aquí para dizque salvarme.

—Sí.

— ¿Salvarme de qué precisamente? —me arrepentí enseguida de esa pregunta, yo no quería saber que eran esas cosas, y en realidad, me aterraba saberlo. Pero mi lado curioso quiso escuchar.

—De… algo —buscaba las palabras adecuadas —. Yo tampoco sé muy bien que son. Son algo así como drácula, pero peor —un escalofrió recorrió mi espalda —. Ellos no solo beben la sangre, también se comen el cuerpo. Son criaturas sádicas, disfrutan matar, y una vez que tengan una presa en la mira, nada los detiene. Es muy difícil que dején a una presa intacta para transformarla. Ellos no piensan como humanos, ellos…

—Piensan como un animal —le continué —. Más bien, como un felino.

—Exacto.

—Bien, entiendo algo de ellos, y no quiero saber más —lo miré — ¿Y por qué yo, precisamente yo? hay muchas personas a las cuales puedes proteger, menos extrañas.

—Ese es el punto —sonrío de lado —. Es tu extrañeza lo que me obliga a protegerte.

—Es un hecho, no entiendo nada —me crucé de brazos.

—Te lo explicare de la forma más breve posible —hizo una pausa —. Te lo dije antes, y te lo repito. Tienes un Don —quise decir algo, pero me fulminó con la mirada. Maldita mirada —Y ellos también lo quieren —hizo otra pausa, y esta vez más pronunciada. Yo tome esos segundos para pensar claramente en las palabras que escuchaba por segunda vez y que, una vez me parecieron confusas y no racionales. Ahora, analizando con calma, lo que ellos querían era… ¿A mí? —Y…

—Ellos me quieren a mí —me adelanté, y hubiera querido no hacerlo para no escuchar mi tono de voz. Era agonizante.

—No te preocupes —se apresuró a decir levantándose de la mecedora, pero no se acercó a mí.

—Ellos quieren convertirme —casi grité —, o matarme… ¿Cuál de las dos? ¿Cuál de las dos es la cierta?

—No lo sé… —se volvió a sentar.

— ¿Cómo que no lo sabes? Es simple —apoyé mis rodillas en la cama y levante ambas manos, como en una balanza —. O viva o muerta; Convertida o comida. ¿Lo vez? Es simple —estaba nerviosa y asustada. Ninguna de las dos alternativas me agradaba, si vivía; mataría a miles de personas, como un animal. Y si moría; seria de la manera más cruel posible.

—Buen, si, quizá. Yo no lo se. Es distinto para cada uno que sabe de ti.

— ¿Distinto?

—Sí, mira. Solo sé que se quieren apoderar de ti, y no me dieron más información que eso. Lo más seguro es que los más viejos, los que han estado quizá millones de siglos aquí, te quieran convertir y aprovecharte. Pero los más nuevos, quizá de un siglo a dos, no piensan con la cabeza fría. Ellos tienen una suposición —se detuvo y buscó alguna reacción en mí. Pero yo estaba tan metida en lo que decía que no podía reaccionar de ninguna forma. Y dijo: —Si te co…cenan, su poder pasara a ser de ellos. No está comprobado, pero harán lo que sea para matarte y comprobarlo.

Estaba segura de una cosa; estaba horrorizada. Y seguramente eso se expresaba en mi cara, ya que, traspasando la barrera de mi mente y contra todo pronostico de un buen dolor de cabeza, InuYasha cruzó la habitación y se sentó en la cama, alargando su gran mano para ponerla sobre mí hombro. Sentí la necesidad de que me abrazara y reconfortara, pero no podía pedir más.

—No te asustes. ¡Ya te lo dije! Nada te va a pasar, no mientras yo este aquí —podía oír la sinceridad en sus palabras, pero aún estaba abrumada.

— ¿Y si no lo estas? —ni siquiera pensé antes de preguntar, pero era verdad. Yo seguiría viva mientras él estuviera ahí ¿Y que pasaría en un año? Tarde o temprano, el se cansaría de todo esto.

—Lo estaré. Siempre —contesto simple y con una sonrisa de ánimos en la cara. Sentí la extraña necesidad de creerle. ¿Pero como hacerlo? Apenas si le conocía.

Y entonces sentí los murmullos se sus pensamientos, quise no escucharlos pero entraban en mi cabeza sin mi permiso.

Dejó caer la mano de mi hombro, pero no se alejó.

—Está bien. Ve a sentarte por allá —le dí un leve empujón. Quería consuelo, pero no de alguien que estaba teniendo jaqueca por mi culpa.

—Estoy bien —se puso firme sobre la cama. Lo empuje de nuevo, con más fuerza ésta vez, pero no se movió ni un centímetro. ¿Era yo, o el tenía mucho fuerza?

—Eso debería decirlo yo. Estoy bien, así que ya vuelve a la esquina —ésta vez se movió por su propia cuanta, y camino a través de la habitación para sentarse sobre la mecedora nuevamente.

Un extraño sentimiento de vacío me invadió.

— ¿Cómo saben de mí? —le pregunté cuando los temblores en mi cuerpo pasaron y me sentí un poco más tranquila. Solo un poco.

—No es solo de ti, Kagome —me explico y me miró. Quise pedirle que no lo hiciera, que eso me incomodaba, que el no sabía el poder que tenían sus ojos. Pero no me veía capas ni de apartar la mirada de ellos —. Ellos han estado tras tú sangre desde millones de años.

— ¿Millones? —bien, ahora no entendía. Millones se referían a millones, y yo solo tenia veintidós años —. Créeme, soy mucho más joven que eso.

—Lo sé —sonrío, y volvió a ponerse serio —. Escucha bien; ellos han estado detrás de tu sangre por millones de años.

Entrecerré los ojos y esperé que mi mente analizara palabra por palabra. Y entonces, dos cables se juntaron en mi cabeza e hicieron corto circuito. Las palabras tu sangre no iban dirigidas solo a mí, sino…

—Mi padre —me moví incomoda en la cama y cruce las piernas. Mi sangre, la sangre de mi padre.

—Y tu abuelo, y tu bisabuelo… —explicó —. Tú don se ha heredado por millones de años, Kagome. Y por los mismos millones de años, mi familia ha protegido a la tuya.

Años, millones… millones de años… décadas, siglos…. ¿Es que ésta pesadilla no tendría fin nunca? ¿Qué mal pudo hacer mí sangre para vivir así? ¿Qué tan cruel puede ser la vida que nos vio nacer, para ser comidos o convertidos en algo?

—Mí padre… murió en un accidente… ¿Verdad? —mi corazón se oprimió. Cualquier palabra que el dijera podría terminar por matarme ahí mismo.

Durante años, nunca sentí un amor por aquel hombre de las fotos, ni siquiera les hablaba a ellas cuando era niña. Era un extraño, pero aún así era mi padre, y el aprecio no se podía negar. Y si ahora supiera que fue…

—Sí, fue un accidente —se apresuró a decir.

— ¡Mientes! —grité sujetando la sabana bajo mis manos.

—No, no miento. El también tenía un guardín, Kagome.

—Entonces por qué murió.

—Los accidentes ocurren, el camión volcó y no pudieron salir de el.

—Pero mi madre nunca me dijo que alguien iba con él en el camión.

—Nosotros nos encargamos de todo.

—Hicieron lo mismo que tú hiciste conmigo —bien, ahora estaba comenzando a entender —. Quitan la evidencia.

—Se podría decir de ese modo. Pero suena como si fuéramos los criminales, cuando hacemos todo lo contrario —me volvió a sonreír.

—Y… por que ahora —quería preguntar — ¿Por qué no hace un año? Pude haber muerto devorada en el preciso momento de nacer.

—No sabíamos que Chiaki tenía una hija. No alcanzó a darnos esa noticia —miró por la ventana —. Todos habíamos pensado que esto se había acabado.

—Lo siento —genial, ahora me sentía fatal por nacer y hacer que esta guerra siguiera. InuYasha me miró enseguida, en su rostro se reflejo el arrepentimiento por sus palabras.

— ¡Oh! No, no —dijo rápidamente —. A lo que yo me refiero, es a lo de poner sus vidas al peligro. Nosotros siempre lucharemos de todos modos.

Yo bajé el rostro y jugué con mis dedos pulgares. Sus palabras me habían aliviado bastante, el saber que yo no era el motivo de una guerra me calmaba de sobre manera, pero aún así, la información dada en esa noche aun revoloteaba en mi cabeza, y me hacia sentir intranquila. Quería esconderme bajo las sabanas y repetirme que el coco no existía.

—Alguien viene —dijo poniéndose de pie.

— ¿Quién? —me entró el terror, ¿Habían venido por mí? ¿Habría una lucha en mi casa? ¿Yo lograría pasar de ésta noche?

—Tu mamá.

—Oh —era un hecho que yo me estaba persiguiendo sola. Y entonces me aterré de nuevo — ¡Mi mamá no puede verte aquí!

— ¡Shhh! —me calló a lo largo de la habitación. Yo tapé mi boca instantáneamente, y luego de un segundo, apunte con mi dedo la ventana que estaba junto a mi cama.

—Sal por la ventana —sentí el ruido de la puerta abrirse, el sonido sordo del bolso de cuero café caer sobre la mesa y los pasos que se dirigía a mí habitación — ¡vete! —grité en un susurró. Y la puerta se abrió completamente y yo palidecí volteando a verla. ¡Oh, Díos! ¡Oh, Díos!

Volví la mirada a la mecedora esperando ver a InuYasha, pero para gracia mía, ya no estaba y la ventana estaba abierta. Solté un largo suspiro.

— ¿Siestas de nuevo? —me preguntó mi madre.

—Son muy comunes últimamente —me tiré de espaldas sobre la cama. Ahora me sentía como una adolescente que escondía al novio en el armario cuando los padres llegaban a casa.

— ¿Tienes hambre?

—Sí, pero iré yo misma. ¿Tenemos huevos?

—Sip.

—Bien, buenas noches.

—Buenas noches.

Me puse de pie y pasé junto a mi madre besando su mejilla, encendí la luz de la cocina y fui directo al frigorífico sacando dos huevos. Y, con los huevos en manos, corrí la cortina y miré por la ventana. Todas las luces estaban apagadas ¿Se habría acostado ya? O ¿No estaría en casa? Y entonces, las luces del primer piso se encendieron, y yo no pude evitar que una esquina de mi boca se curvara hacia arriba, en una media sonrisa.

Desayuné despacio, raramente relajada. Si todo era como InuYasha había dicho, nada estuvo ese día en mi casa oliéndome. Y con él tan cerca, tenía por seguro que era mucho mejor que un guardaespaldas, en todo sentido. ¿Qué guardaespaldas podía transformarse en un lobo? ¿He? ¡Ninguno! Pero, ninguno de ellos tenía que lidiar con demonios hambrientos, así que si lo tomaba por ese lado, estaban empatados. Pero aún así me sentía más segura que en esos últimos días.

Dejé el cuenco en el lavamanos y me fui a la cama, aún era temprano, si alcanzaba a dormir una hora más lo agradecería, además, tenía un enorme chichón en la cabeza producto del volcamiento. Así que me dejé caer flácida sobre mis sabanas blancas, y en un segundo, ya estaba muy lejos, quizá flotando por alguna nube. Y entonces, el molesto ruido del despertador de Homero Simpson comenzó a sonar, ¿Tan rápido había pasado mi hora de descanso?

Levanté la vista de la almohada y miré por la ventana, estaba claramente amaneciendo, y yo estaba más molida que esa noche. Bufé y apagué el despertador. Cogí un toalla verde y me encamine al baño, una vez ahí me desnudé y me puse frente al espejo. Claramente, no podía haber salido inmersa de lo que fue un accidente automovilístico. Estaba llena de magulladuras en los brazos y enormes moretones que se estaban poniendo morados en mis piernas. Me toqué la cabeza, y el chichón ya se había deshinchado un poco, pero aún dolía al contacto. El agua caliente le haría de maravilla a mi cuerpo maltrecho.

Miré mi muñeca entablillada, últimamente era solo un estorbo. Pasaría por el hospital de ida al trabajo para que me lo quitaran quisieran o no. Me duché y vestí, tomando un pequeño tentempié para calmar mi tripa llena y salí de la casa.

—Hola —me saludó InuYasha apoyado en su Toyota azul con brazos cruzados. Dí un brinco, y si no me hubiera apoyado en el marco de la puerta, hubiera caído hacia atrás.

— ¿Qué haces aquí? —atiné a decir acercándome a él. Éste sonrío mostrando sus blancos dientes.

—Te doy un aventón al trabajo —dijo orgulloso.

—No lo necesito. Tengo mi propio auto… oh —arrugué la nariz recordando a mi pobre auto. ¿Se sentiría solo sin mí ahí tirado y completamente en ruinas?

— ¿Subirás? —me preguntó haciéndose a un lado y abriéndome la puerta caballerosamente.

—Tengo piernas —conteste rápidamente.

—Es peligroso que camines sola por la calle —contraatacó. ¡Oush! Eso era un golpe bajo.

—Hay mucha gente en la calle. No me pasara nada, además… ello son más de noche.

— ¿Hay alguna razón por la que pareciera que te repelo? —arqueó una ceja —. Oh, ya se. La realidad te golpeo fuerte y ahora me temes ¿Verdad? —se entristeció.

— ¿Qué? ¡No! —respondí rápidamente, ¡Oh, genial! ¡Le había hecho sentirse mal! —. Tengo que pasar por el hospital, pero si eso no te molesta. Voy contigo —entonces sonrío burlonamente. —Tú… —las palabras murieron en mi boca, me sentía tremendamente enojada conmigo misma ¿Cómo le pude creer?

—Entonces, adelante —hizo un gesto con la mano indicándome que subiera, bufé y rodeé los ojos.

—Eso no me hizo gracia —le dije cuando subí al auto. Al segundo el estaba sentándose en el asiento del piloto.

—Tendrías que haberlo visto desde mi punto de vista —me sonrío mientras encendía al motor.

—Claro, me sentí fatal por ti, pero ¡No importa! —me puse el cinturón y me cruce de brazos.

—Bien, era una broma. Lo siento —suspiró —. No volverá a suceder.

—YO no te volveré a creer.

—Y bueno. ¿Necesitas ir al hospital?

—Sí, me quiero quitar la tablilla —miré mi mano.

— ¿Por qué?

—Bien, primero: me trae malos recuerdos —un escalofrío recorrió mi espalda al recordar aquella primera cercanía a la muerte —. Y segundo: no me sirve de mucho, en algunas ocasiones.

—Hum —fue lo único que dijo y yo lo agradecí, aún había cosas que quería hablar con el.

— ¿InuYasha? —lo llamé luego de unos segundos.

—Dime.

— ¿Todas esas cosas saben de mí? —era una duda justificada.

— ¿Por qué lo preguntas? —enarcó una ceja.

—Bien, pues. La primera vez que me paso eso —Hice una pausa — "Ella" nunca pensó cosas como "Es ella" o "La encontré" —esperé su reacción, pero no llego. Al contrarío, se veía calmado —. Solo pensaba cosas como "Quiero matarla" Y con Onigumo fue lo mismo, el solo tenía… hambre —y yo casi fui su cena.

— ¿Onigumo? —entrecerró los ojos — ¿Quién es Onigumo?

—El de ayer —me encogí de hombros —, fuimos… algo así, como dizque amigos, unas cuantas horas. Y luego intentó comerme.

—OH —relajo su rostro —. Deberías seleccionar mejor a tus amistades.

—Gracias por la acotación, pero déjame decirte ¡Estas tarde! Ya lo comprendí yo misma.

—Bien —rió —, y no. No todos saben de ti, bueno. Los más crías no.

— ¿Crías? —automáticamente me acordé de los pequeños perritos que había tenido Pepa, la perra de Gabriel el otro día.

—Hmm… mira, ¿Por qué las leonas casan?

— ¿Qué? —enarqué una ceja — ¿Bromeas, verdad? Que tiene que ve-

—Limítate a contestar —rodó los ojos.

—Bien —bufé y me volví a cruzar de brazos —. Por que… ¿Quieren comer, quizá?

— ¿Y que si tienen crías?

—Casan por ambos —esto era estúpido —. Mira, no sé cuanto tiempo pasaste viendo el Discovery Channel pero yo no-

— ¿Y por que las crías no casan ellas mismas? —me ignoró completamente. Suspiré rendida mirando por la ventana.

—Que sé yo, ¿Son muy grandes sus presas? ¿Son holgazanes? —me miró divertido estacionando el auto frente al hospital — ¡Ya dime!

—Porque actúan por instinto —me contesto — ¿Has visto alguna vez televisión? ¿Vez la mirada y la precisión que tienen las leonas cuando van a saltar sobre su presa? ¡Ellas planean todo! Y aun que estén muriendo de hambres, ellas sabrán esperar el momento exacto —bien, estaba comenzando a entender —. Pero si pones a una cría hambrienta frente a cualquier animal comestible para el ¿Qué hace? Lo ataque sin precisión y seguido por el instinto.

Ahora lo entendía, una cría era un recién nacido. Guiados por instinto y por el hambre. Onigumo y lo que me atacó en la bodega eran unas crías aún.

—Entiendo eso —me desabroche el cinturón de seguridad — ¿Y por qué las crías no?

—No son tan importantes como para que les den el dato —él también desabrochó su cinturón y salió del auto. Lo seguí y comenzamos a caminar al interior del hospital —. No toman suficiente importancia entre ellos amenos que tengas unos buenos siglos.

—Pero bueno, aunque no sepan de mí ¡Aún los atraigo! —llamé la atención de unas personas que me miraron. InuYasha soltó una risita — ¿Has visto mi suerte por ahí? Por que veras ¡Me hace mucha falta en estos momentos! —ni siquiera sabían de mí, pero yo los encontraba a ellos ¡Genial! ¿Será que muy dentro de mí deseo ser comida de caimán? Tiene que ser eso, ¿Por qué otra razón yo me empecinaría en encontrarlos?

—Cuando la vea, me asegurare de atraparla para ti —me sonrío.

—Gracias, que caballero —bufé.

Me acerqué a la recepcionista y le expliqué que necesitaba que me quitaran la tablilla. Felizmente, era temprano y todavía la gente estaba durmiendo, así que me atendieron enseguida.

—Aún te falta una semana —me dijo el doctor.

—No es cierto —fruncí el ceño —. No me duele para nada.

—Eso es porque está con la tablilla —me contestó InuYasha, sentado en la otra esquina de la habitación.

Lo fulminé con la mirada.

—Tiene razón, Kagome —genial, ¿Cuántas horas al día mi madre hablaba de mí para que todos en éste molesto hospital supieran mi nombre?

—No. No la tiene —dije rápidamente.

— "Niñita pretenciosa, no quiere verse fea delante del chico" De acuerdo, lo quitaré —Suspiró, y yo no pude evitar fruncir el ceño ¡¿Qué tenía de pretenciosa yo?

—Gra ci as —marqué cada palabra y forcé una sonrisa. En la esquina, InuYasha soltó una risita. ¡Yo no le veía el chiste!

Rápidamente, le dí espacio a mi mente de que aparcara todo el salón. Su risa de detuvo enseguida y sacudió su cabeza, sonreí y volví. Ahora me sentía mejor.

—No tenías que hacer eso —me recrimino cuando subimos al auto.

—No tenías que reírte de mi —le sonreí.

—Bien; no debí, pero tu tampoco.

—OK, dejémoslo hasta aquí ¿Bien? Aún quiero preguntarte algo.

—Pregunta; yo respondo.

— ¿Alguna vez, alguien fue… comido, o mordido? Ya sabes, de mí sangre por supuesto.

—Sí —me contestó y yo casi salte en si asiento —. Pero por voluntad propia.

— ¿Qué? —Oh, bien… respirada — ¿Qué dijiste? —cuenta hasta diez, uno… — ¿¡Es broma, verdad! — ¡A que estúpido demente se le ocurrió aquello!

—Ya, calma —sonrío de medio lado —. No todos piensan igual que tú, Kagome. Algunas se dejaron morder para la gloria y la vida inmortal —me miró de reojo. ¿Cómo era posible que yo llegara a tener la misma sangre que esas personas? —. No te pongas así, para ellos fueron tiempos difíciles. Y la oferta de la vida inmortal es muy fuerte, no muchos se niegan.

—A cambio de vidas —bramé.

—Cada uno elige su camino.

—Pero… ¿Ustedes que hicieron? Trataron de impedírselos ¿Cierto?

—Nosotros solo protegimos. Cualquier decisión que ustedes tomen nosotros simplemente aceptamos.

—Eso suena… frío.

—Esta prohibido mezclar sentimientos —sonrío —. Pero nadie respeta esa regla, ¿Quién puede no querer a alguien con quien pasas prácticamente toda la vida?

—Tienes razón.

Se estación en el aparcamiento, y ambos bajamos.

—Buenos días a los dos —nos saludo Gabriel con una sonrisa en el rostro —¿Por qué los dos atrasados? ¿He?

—Yo me encargare de limpiar —ignoré sus pensamientos y me puse el delantal. Me deslice con el trapeador en la mano hasta los pasillos.

Todabia no podía entender dos cosas. La primera: ¿Cuál era ese tipo de obligación que tenían los hombres lobos de proteger mi sangre? ¿Qué habría pasado millones de siglos atrás para que ellos se comprometieran por toda la eternidad? Bien, eso se lo tendría que preguntar a InuYasha cuando estuviéramos a solas —que últimamente era muy a menudo— y así liberarme de la duda y de los oídos metiches de Gabriel.

Y lo segundo: ¿Cómo era posible que algún antepasado mío fuera capas de que querer formar parte de… deeso? Es decir, de solo pensar en eso mi estomago se revuelve y me dan ganas de vomitar, ¿Entonces? ¿Cómo es posible aquello? Yo entendía lo que me había dicho InuYasha, la inmortalidad puede ser algo muy difícil de rechazar, y más aún si se le agrega un don. Pero para mí, que lo único que hice casi toda mi vida fue preguntarme cuanto tiempo de vida me quedaba —y rezando para que no fuera mucho— ¡La eternidad era una locura! De todas las cosas que no quería —y que eran bastantes— eso podía encabezar mi lista y ser mencionada una que otra vez entre medio de otras. Bien, yo sabia que era rara y mucho más pensar en todo esto, pero vamos, ¿La eternidad? Significaba jamás envejecer y sufrir de artrosis, eso era bueno pero, ¿No morir jamás? ¿Qué pasaría cuando te aburrieras? La cosa no era tan simple como "Hmm, ya me aburrí. Quiero morir ahora" ¡Por favor! Pasar miles de años, viendo como la gente que conociste se hace vieja y muere ¿Y tú? ¡Nada! Siempre joven. Y sobre todo, por Díos, pasar la eternidad comiendo personas era lo último que se me podría pasar por la cabeza. ¿En que pensaban esos hombres? ¿Simplemente en la inmortalidad? ¿No les importo comerse a su familia? —bien, quizá no se la comieron— Y matar mucha gente inocente. No, claro que no. YO jamás querría eso para mí. Primero muerta.

—No es necesario… otra vez —suspiré y levanté la vista viendo como InuYasha educadamente me abrió la puerta de su auto.

—Sí, lo es —me sonrío.

— ¿Sabes? Caminar me haría muy bien —le dije y retrocedí un paso —. Mi cuerpo está muy agarrotado.

—Muy bien —cerró la puerta del auto —. Entonces caminaré contigo.

— ¿He?

Hice lo posible por mantenerme tranquila, no quería que mi mente se desbordara y o le causaría un dolor de cabeza.

Pero en cierto modo, no estábamos caminando juntos por la calle. Él estaba a un metro de mí a la izquierda. Agradecía que las veredas fueran lo suficientemente grandes.

—Me gustaría que me dijeras por qué me repeles —me encogí de hombros.

—No sé de que estás hablando —mentí.

— ¿Enserio? Yo sí —rodó los ojos —. No me reiré o enojare. Así que puedes decírmelo.

— ¿De verdad? —entrecerré los ojos… había aprendido a no confiar mucho en sus palabras.

—De verdad —ssintió.

—Es… —inhalé profundo y quise creer en sus palabras —. Yo no estoy acostumbrada a tanta… compañía —arqueó una ceja y me miró —. Es decir… es nuevo para mí —llevé una mano a mi cara —Oh, por Díos ¿Por qué soy tan rara?

— ¿Eso era todo? —me preguntó y yo tímidamente asentí —. No lo puedo creer… —Y mi mayor pesadilla se hizo realidad. Comenzó a reír.

— ¡Gracias! —le grité y comencé a caminar más rápido.

—Ok, ok…. Espera —me siguió apretando su estomago. ¡Uish! ¿Quién me manda a confiar? — ya… ya me calme —suspiró y se adelantó –rápidamente- hasta quedar frente a mí, a una distancia prudente —. No me pidas que no me ría de eso, Kagome. Por favor.

— ¿Sabes? No le vi el chiste ni antes ni ahora —fruncí el ceño.

—Ok, bien; lo siento —se disculpó— ¿Podemos caminar juntos a casa? —me preguntó. Levante el rostro dispuesta a gritarle un fuerte y sonoro "No", pero sus ojos me golpearon tan fuerte que temí balancearme. Díos, entupidos ojos.

—Bien —Respondí.

|Nota autora:

Aclararé un punto.

Los ojos de InuYasha son azules (con tintes dorados) cuando es humano, y dorados (con tintes azules) cuando es lobo.

Eso es todo, ¡Tomen leche!