Capítulo 4

El hecho de que Matthew Williams hubiese sido petrificado alarmó al colegio entero. No era alguien que destacara pero pasó de ser el centro de atención de la noche a la mañana. Además, el ser hermano de Alfred, una de las personas más populares del colegio, también dio bastante de qué hablar. Había quienes sostenían la teoría de que Alfred había sido quien le había petrificado usando magia negra, alegando que estaba celoso de su mellizo. Otros, sin embargo, creían que se trataba de un ataque por parte de los Sangre Limpia, ya que, en la pared en la que habían encontrado a Matthew, se podía leer «La Cámara de los Secretos ha sido abierta. Temed, enemigos del heredero» escrito en sangre. Dicha inscripción había sido imposible de limpiar, por lo que cuando los estudiantes pasaban por ese corredor se daban prisa para hacerlo rápido, dejando atrás ese testimonio del ataque de Matthew. Nadie, incluyendo profesores, estaba seguro de a qué hacía referencia esa frase, aunque bastantes Slytherins estaban de acuerdo a que se refería a ellos por la leyenda de la Cámara de los Secretos. Lovino se lo había contado a Feliks la noche anterior, pero no tardó en propagarse la leyenda que los de cuarto habían conseguido sonsacarle al profesor Binns en su última clase.

«Los rumores de la existencia de la Cámara de los Secretos siempre han existido, desde el mismo momento en el que Salazar Slytherin decidió abandonar a los otros tres fundadores por no compartir la manera en la que consideraban a los magos según su descendencia -explicaba el profesor, siendo atendido por todos los alumnos por primera vez en muchos años-. Hay historiadores que aseguran que lo hizo a modo de venganza para con los tres que quedaron; otros asegurarán que lo hizo para dejar una prueba de su participación en la creación de Hogwarts; y otros tantos, la mayoría y más acertados a mi parecer, dirán que no son más que rumores que han ido corriendo de boca en boca y que solo los más inocentes creen.

−No serán solo rumores sin fundamento si varias veces ha sido abierta -bufó Emil, un chico de Ravenclaw que rápidamente se arrepintió de haber abierto la boca ya que, debido al silencio, el profesor no tuvo problemas en escucharle.

−No deberías creer todo lo que lees o escuchas. Lo que afirmas con tanta rotundidad no está más confirmado que los rumores de la existencia de la propia Cámara: una historia para asustar a los alumnos más crédulos ya que, por muchas búsquedas por todo el castillo que se han realizado durante años, jamás se ha encontrado indicio alguno de su existencia.

La historia sobre la Cámara acabó tan rápidamente como empezó, y aunque muchos eran los alumnos que comenzaban a creer en la existencia de la Cámara de los Secretos y que esta, como había sido indicado en la pared, había sido abierta, no se atrevieron a contradecir de nuevo al fantasma».

Esta historia había dado pie a que crecieran rumores y algunos alumnos, como era el caso de Feliks, estaban que no pegaban ojo.

―¡Me voy! ―anunció Gilbert con voz cantarina tomando su escoba y encaminándose hacia la puerta.

―¡ESPERA! ―chilló Feliks, tirándose encima del albino quien estalló en carcajadas con la reacción de su compañero de habitación―. ¡No te rías, idiota!

Cuando Gilbert terminó de reírse miró a su amigo sin ocultar la sonrisa. Feliks por su parte le fulminaba.

―Gilbert, de verdad te lo digo, esto no me hace ninguna gracia.

―Pues a mí sí. ¿Qué? ¿Tienes miedo quedarte sin niñera un par de segundos por miedo a que te petrifiquen?

Gilbert era de los que opinaban que Matthew había sido víctima de un ataque por parte de su mellizo. Sin embargo, Feliks estaba seguro de que lo de Matthew no había sido más que el principio de una serie de desgracias.

―Gilbert, por más gracia que te haga, deja de recordármelo.

―¡Es que no sé qué demonios es lo que tanto te asusta! ―exclamó el albino frunciendo el ceño, adoptando una actitud más seria―. Como sea, hablemos de esto mientras vamos hacia el estadio. No quiero llegar tarde a mi primer partido.

Ambos amigos salieron de la pequeña habitación que compartían a la sala común en la que no había mucha gente para dirigirse hacia el estadio de Quidditch.

―No sé, ¿tal vez que lo que sea que haya dejado a Williams así venga por mí por eso de que soy mestizo? ―preguntó en un susurro, sin querer que sus compañeros de casa le escuchasen. Gilbert sin embargo rodó los ojos, sin tomar muy en serio a su amigo (por no decir nada).

―No te rayes más, y en el caso de que quieran atacarte no lo lograrán. Estaré contigo.

Feliks esbozó una ligera sonrisa, sintiendo cómo se le aceleraba estúpidamente el corazón.

―Vaya, Gil, no digas más esas cosas o me vas a hacer sonrojar.

Gilbert rió, apretando los ojos.

―Déjate de mariconadas, Feliks, o te dejo solo. No sabes la gracia que me hace verte asustado.

―Ya has tenido que cargarte el ambiente romántico ―se quejó Feliks con más seriedad de la que hubiese querido.

Gilbert se giró y le dedicó una sonrisa mordaz, orgulloso, pero desapareció rápidamente cuando se «chocó» con el Fraile Gordo, quien pasaba por allí y lo atravesó.

—¡Mira por dónde vas! —le espetó al fantasma, frunciendo la nariz al sentirse asqueado por haber traspasado al fantasma de Hufflepuff—. ¡Y tú no te rías! —le ordenó a Feliks, quien había estallado en carcajadas, aunque el mismo Gilbert no pudo evitar sonreír y posteriormente reír, contagiado por su amigo.

Con más bromas así llegaron por fin al estadio, el cual estaba lleno a rebosar. No sólo era el primer partido del curso sino que se enfrentaban las dos casas rivales por excelencia: Gryffindor y Slyhterin.

―¡Suerte! ―le deseó Feliks a su amigo antes de que se separaran, él hacia las gradas y Gilbert hacia la parte de abajo, donde tenía que cambiarse y preparar el partido con el resto del equipo.

Mientras buscaba sitio, Feliks escuchó cómo otros alumnos de su casa hacían apuestas sobre quién ganaría y con qué puntuación. Obviamente, ninguno apostaba por Gryffindor, la casa enemiga; todos daban por hecho que Slytherin resultaría vencedor.

Feliks se sentó en un asiento de los que estaban más cercanos al campo de juego, desde donde pensaba que vería mejor a su amigo. Tras asegurarse de que estaba solo y sin riesgo a ser molestado por nadie, ya que en esas filas solían sentarse los mocosos de 1º y 2º, Feliks soltó un largo suspiro, apoyando la barbilla en la mano, habiendo apoyado el brazo en la pierna. Siempre igual, Gilbert era un cabezota que no se daba cuenta de nada. Para colmo de males, desde Halloween el albino no había parado de hacerle bromas con el incidente que había ocurrido con Matthew. Le había contado historias para no dormir (algunas inventadas, otras no tanto) sobre Hogwarts, historias que sólo los Slytherins conocían (según palabras de Gilbert) y que le habían tenido en vela varias noches.

―¿Todo bien?

Feliks alzó la vista al ver que Lovino Vargas, un chico un curso menor que él, se sentaba a su lado. Mantenían una extraña amistad, pues ambos eran de sangre mestiza, y ese «secreto» era lo que les había unido, años atrás.

―No ―respondió el polaco con sinceridad, volviendo a fijar su mirada en el campo de juego, donde aún no había nadie en él.

―¿Y eso? ―preguntó Lovino sacando de un bolsillo una rana de chocolate que posteriormente devoró con ansia.

―Gilbert… y eso del chico Matthew.

Lovino se tensó con la mención del Hufflepuff.

―Ya ―murmuró el italiano mirándose los zapatos―. A mí eso también me tiene preocupado. Sobre todo por Feliciano.

Feliciano era el hermano mellizo de Lovino, quien había terminado en la casa de Hufflepuff. A pesar de que fingiera lo contrario, Lovino se preocupaba bastante por el bienestar de su hermano, el cual se había visto agravado desde el último día de octubre.

―Gilbert no para de bromear al respecto ―Feliks chasqueó la lengua.

Justo en ese momento las puertas del estadio fueron abiertas y los jugadores empezaron a entrar al campo de juego. Feliks buscó con la mirada a Gilbert, quien llevaba su bate en la mano, como bateador que era, y sonrió muy levemente.

―Gilbert a veces es bastante imbécil, no se lo tengas muy en cuenta ―le tranquilizó Lovino observando también a los jugadores.

―Lo sé muy bien, Lovi, créeme que lo sé muy bien ―gruñó Feliks sin despegar la mirada del de cabellos plateados.

―No me llames Lovi ―siseó el italiano, cruzándose de brazos.

Feliks no le respondió nada, observando cómo empezaba el partido. Al principio todo parecía ir a favor de los Slytherin, robando la quaffle y haciéndola pasar por los aros de Gryffindor en repetidas ocasiones, logrando así llegar a los 70 puntos. Sin embargo todo se torció cuando el buscador de Gryffindor vio en un momento fortuito la snitch y no tardó en atraparla, consiguiendo así 150 puntos y dando fin al partido. Feliks vio cómo un contrariado Gilbert se dirigía hacia los cambiadores y allá fue él, dejando atrás a Lovino alegando que tenía que hablar con el albino. Aunque bien podría no haberle dicho nada ya que no le prestaba la menor atención; Como era el partido por excelencia, no era raro que alumnos de todas las casas fueran a verlo (y a animar a Gryffindor). Los alumnos de Ravenclaw no eran una excepción. Feliks apenas tuvo que echar un vistazo a las gradas para encontrar la causa de que su amigo ni siquiera se dignara a hacerle un gesto con la mano: Emma, una chica de 4º pero que, por lo que él sabía, ni siquiera era consciente de la existencia de Lovino.

―Gilbert, ¡Gilbert! ―gritaba Feliks mientras se intentaba hacer paso hasta los cambiadores, una vez hubo divisado a lo lejos a su amigo. Sin embargo o éste no le oyó o le ignoró totalmente, entrando en los cambiadores y tardándose bastante en salir.

Feliks suspiró y esperó fuera pacientemente, pensando en qué palabras decir a su amigo para hacerle sentir mejor. Después de todo Gilbert no era un buen perdedor. Menos aún si era Gryffindor la casa contra la que perdía.

Cuando el albino salió la mayoría de la gente, por no decir todos, habían abandonado ya el estadio. Se notaba que estaba más que enfadado y se podría jurar que como alguien se atreviese a hacerle algún comentario sobre el partido le partiría la cara. Aunque la verdad, nadie se esperaba que Slytherin fuese a perder. Todo lo contrario, sobre todo teniendo en cuenta que Antonio, la estrella del equipo de Gryffindor, había dejado ese curso el Quidditch.

―¿Estás bien? ―preguntó Feliks acercándose al albino cuando le vio salir. Gilbert le dirigió una mirada fría y sin decir nada se fue a paso rápido en dirección al castillo―. ¿Te has enfadado conmigo acaso o qué? ¡Gil!

Feliks corría, intentando seguirle el ritmo, pero Gilbert era bastante más rápido que él.

―No quiero hablar sobre el partido y no se te vaya a ocurrir bromear ―le dijo con un tono gélido.

―¡No seas idiota!, ¿qué broma voy a hacer si es mi casa la que ha perdido? ―exclamó Feliks, ya casi a su altura.

De repente Gilbert se paró de golpe, provocando así que Feliks se chocara con él.

―No sé, ¿quizás alguna relacionada sobre tu opinión sobre el Quidditch y la pérdida de tiempo que representa?

―Esa es simplemente una opinión a la que deberías estar acostumbrado a oír. Pero aun así, no sé cómo es que piensas que yo, tu mejor amigo, voy a hacer comentarios para hundirte aún más la moral. Los amigos están para apoyarse en las buenas y en las malas, y hay ciertos momentos que son para bromas y otros que no.

Feliks se cruzó de brazos, encarándole con seguridad. Después de todo, él era posiblemente quien mejor conociese al albino y sabía que aun estando así de enfadado Gilbert no le pegaría ni le haría daño. Al menos no físicamente.

Gilbert suspiró, apartando la mirada de las orbes verdes de Feliks.

―Tienes razón, lo sé, y no debería pagarlo contigo, pero es que… estaba tan seguro de que ganaría este partido.

Feliks relajó el semblante con el cambio de actitud de su amigo, y esbozó una leve sonrisa.

―Ya lo harás mejor la próxima vez, estoy seguro.

A Gilbert se le contagió de alguna manera la sonrisa, y se dio la vuelta.

―Vamos. Tengo que ir a la biblioteca a terminar de hacer unos deberes de Historia de la Magia, ¿me acompañas?

―Argh, está bien ―aceptó Feliks, caminando por fin junto a Gilbert―. ¿Por qué no vamos mejor a dar un paseo por ahí?

―¿Por ahí dónde? ―preguntó Gilbert mirándole de reojo.

―No sé, al lado del lago, a los jardines, a los lindes del Bosque Prohibido... Siempre me han parecido interesantes.

Con la charla llegaron sin darse cuenta casi al castillo. Al ser un sábado por la tarde había bastante gente que deambulaba por los pasillos y terrenos por lo que a Gilbert se le hizo difícil no escuchar críticas por parte de los Gryffindor que encontraban a su camino. Sin embargo hizo oídos sordos, sin dejar de hablar con Feliks de tonterías que al segundo se le ocurrían sobre la marcha. Cuando llegaron a su habitación ambos amigos tomaron sus mochilas con libros y pergaminos dentro, y se encaminaron en dirección a la biblioteca.

―Cómo se nota que aún estamos a principio de curso ―comentó Feliks mientras caminaba rezagado detrás de Gilbert, quien le echó una mirada por encima del hombro.

―¿A qué viene eso?

―No sé, mira a tu alrededor y respóndete tú solo.

El albino echó un vistazo al amplio pasillo por el que iban. Estaba vacío, a excepción de ellos dos.

―Todos están fuera, sin amargarse por no hacer deberes ―se quejó Feliks sacando de un bolsillo de su pantalón una rana de chocolate y dándole pequeños mordiscos.

―Calla ―gruñó Gilbert quitándole la rana de las manos.

―¡Oye! ¡Devuélvemela!

Feliks se lanzó encima del albino para recuperar su dulce. Pero fue en vano ya que Gilbert era más alto y con diferencia, además de que alzaba la mano para que el rubio no llegara.

―Estás muy malacostumbrado a comer a cada momento que puedes chucherías ―se excusó Gilbert bajando la mano y llevándose en un rápido movimiento la rana a la boca y comiéndosela entera.

―Eres idiota ―gruñó Feliks viendo como Gilbert se limpiaba la boca de chocolate. Éste no respondió nada y simplemente siguieron andando.

Un silencio se formó entre ellos. Para Feliks era algo incómodo, pero no para Gilbert, quien tenía la mente en los deberes que tenía que acabar. No pareció darse cuenta de que el ambiente cambiaba, tampoco fue algo demasiado brusco: el ambiente se hizo más pesado, como si hubiera dejado de correr el aire y los sonidos procedentes de otros pasillos se escuchaban amortiguados. Nada que alguien que no hubiera estado pendiente, notaría.

Una nube parecía haber tapado el sol, la luz se atenuó ante ellos adquiriendo un tono grisáceo, el resto de alumnos dejaron de hacer ruido y, en unos segundos, se dejó de escuchar nada procedente de otro pasillo que no fuera ese; Gilbert solo era capaz de distinguir el sonido de sus pasos, los de Feliks y la respiración de ambos e incluso esos sonidos sonaban amortiguados, como si algo taponara sus oídos.

Igual que los sonidos procedentes de los pasillos contiguos parecieron desaparecer, el pesado silencio comenzó a romperse: primero un sonido imperceptible que poco a poco fue convirtiéndose en un susurro que parecía rebotar en las paredes, haciendo imposible saber de dónde provenía.

Gilbert frunció el ceño, eran palabras, pero dichas tan bajo que no podía comprenderlas, y le estaba rodeando: parecían venir de todos lados y de ninguno a la vez, arremolinándose a su alrededor y sin dejarle escuchar otra cosa que no fuera a ella, aún cuando era incapaz de descifrarlas.

―¿Qué?

Paró en seco, girándose para intentar adivinar de dónde provenía el susurro, que aumentaba poco a poco la intensidad y se le clavaba en el cerebro como un aguijón.

―¿Qué de qué?

Al ver que el albino paraba, Feliks le imitó. No recibió respuesta, sino que Gilbert le mandó callar con un gesto de mano, intentado agudizar el oído para descifrar lo que fuera que esa voz decía, cada vez más fuerte aunque aún sin ser lo suficientemente clara como para descifrar alguna palabra.

―¿Qué te pasa? ―insistió Feliks, que no entendía a qué venía el cambio de actitud en Gilbert. Hacía unos minutos que, debido a la profundidad del pasillo, no se escuchaba a nadie que no fuera ellos. Tampoco había pasado ningún animal o criatura por las ventanas, así que tampoco provenía ningún ruido del exterior. Estaban totalmente en silencio en el pasillo; nada de pisadas, voces, risas o gruñidos. Salvo la respiración de Gilbert, que se aceleraba por momentos.

―¿No lo oyes?

Gilbert miró alrededor de él, buscando la proveniencia de la voz, en vano. En el corredor solo estaban Feliks y él, ni siquiera era capaz de escuchar nada que no fuera la voz de su amigo y ese susurro que, más que escucharlo, parecía que le atravesaba. Era imposible que Feliks no lo escuchara, lo sintiera o lo que sea que fuera eso.

―¿Oír qué? -el rubio intentó agudizar el oído pero nada. El silencio era total, estaba seguro de que sería capaz de escuchar si alguien se acercaba a varios pasillos de distancia, no sería difícil distinguir aunque fuera el sonido amortiguado de las pisadas. Pero no había nada que rompiera el silencio, nada ajeno a ellos, al menos.

Feliks se puso tenso de golpe. Tras la derrota de Slytherin, había olvidado por un tiempo el asunto de Matthew Williams ¿habría sido él capaz de escuchar las pisadas de su atacante al aproximarse a él?

―Esa voz. No sé de dónde viene. ¿No la oyes? ―preguntó Gilbert, rompiendo el silencio y mirándole por primera vez a los ojos desde que se había parado.

―…¿No? ―intentó agudizar el oído, olvidándose de esa tontería de los pasos. Además, Gilbert había hablado de una voz, pero nada de eso: seguían sumidos en el más absoluto silencio, llegando a ser incluso algo agobiante―. Espera, ¿esto no será una especie de broma para reírte de mí, verdad?

Gilbert frunció el ceño molesto Feliks, tanto con su comentario como con la mentira que, obviamente, le estaba contando.

―Anda ya que no lo oyes. No mientas.

Feliks abrió la boca para replicarle, pero el de cabello blanco le mandó callar de nuevo. La voz pareció volver a subir los decibelios y, por primera vez, fue capaz de comprender algunas de las palabras que susurraba una y otra vez desde que hubo empezado. «Voy a matar».

―¡Dice que va a matar! ―Exclamó Gilbert alzando las cejas con sorpresa una vez las descifró, sin poderse creer lo que estaba oyendo.

―¡Cállate ya, no me asustas!―gritó Feliks, claramente asustado con las palabras del albino y el claro ataque de locura que le había dado, si es que de verdad no estaba gastándole una broma, que era lo más lógico.

―¡Cállate tú, está diciendo más cosas! ―Gilbert le tapó la boca con la mano con urgencia. Si lo que acababa de escuchar era verdad, tenía que entender el resto y Feliks no parecía estar por la labor de ayudarle.

Feliks apretó los ojos, asustado con la mirada del otro, que parecía demasiado seria para ser una actuación, por mucho que le gustara gastarle bromas pesadas. Es más, si hubiera sido una broma sin más, lo más seguro es que no hubiera aguantado tanto tiempo sin estallar en carcajadas al ver que se empezaba a preocupar de verdad.

―¡Vámonos a la biblioteca ya! ―Pidió Feliks quitándose la mano de la boca y tomándole por la manga de la túnica. Sin embargo, el de ojos rojos no se movió, estaba totalmente inmóvil, siendo los ojos lo único de él que indicaban que seguía vivo, ya que no paraban de recorrer el pasillo de un lado a otro con rapidez. Feliks tiró con mayor fuerza de la túnica de Gilbert, temiéndose que en cualquier momento los ojos también se pararan y acabara petrificado como el hufflepuff.

A los pocos segundos, sin embargo, Gilbert pareció volver en sí, soltó un suspiro y cerró los ojos.

―Ya se ha callado ―le hizo saber a Feliks, quien estaba temblando como un flan.

―Vete a la mierda, Beilschmidt ―siseó Feliks, mirándole con rabia contenida. Seguro que era una broma pesada que se le había ido de las manos, ahora que parecía haber vuelto a la normalidad, era la única explicación lógica.

La nube que ocultaba el sol pasó, volviendo a iluminar con fuerza el pasillo y una lechuza ululó a lo lejos, provocando una sensación similar a la que ocurre cuando se rompe un hechizo, de repente no parecía más que una tontería, o incluso si acabara de despertar de un sueño.

―Y tú a que te revisen el oído. Anda, vamos para la ahora tan amada biblioteca―murmuró Gilbert volviendo a mirar alrededor. Estaba seguro de lo que había oído. ¿Es que Feliks estaba fingiendo? ¿O se estaba volviendo realmente loco?

El camino a la biblioteca fue tenso y silencioso, cada uno sin atreverse a hablar. Por su parte Feliks se iba preguntando si de verdad Gilbert había oído voces. De ser así debía ir a ver a la señora Pomfrey cuanto antes. O quizás el problema era suyo, que se estaba quedando sordo… Sin embargo, la idea que más le atraía era la de que el albino no había hecho más que gastarle una broma de muy mal gusto.

Gilbert opinaba que Feliks le estaba vacilando. ¿Cómo no había podido oír la voz? No es que hubiese sido muy clara, pero sí había hablado fuerte, lo suficiente como para que cualquier persona que pasase por el pasillo la escuchase.

Llegaron a la biblioteca finalmente y se dirigieron hacia una mesa situada al lado de las ventanas. En su camino, vieron como Arthur Kirkland, el chico que había dado la voz de alarma sobre la petrificación de Matthew Williams, estaba de pie junto a Vladimir y Eir, recogiendo libros y pergaminos esparcidos a lo largo de la mesa para posteriormente salir de la biblioteca.

―¿Os queda mucho? –preguntó a los otros dos slytherin en un susurro.

Eir asintió, pero Vladimir solo le miró con el ceño fruncido. A él aún le quedaba más de la mitad de la redacción que el de ojos verdes había completado con tanta facilidad.

―Ya sabes que sí, si tanta prisa tienes, vete tú ―le fulminó con la mirada, ya que Arthur acababa de negarle el echar un vistazo a su redacción. Se llevó un codazo en las costillas de la rubia, que aprovechó también para mandarle callar con un gesto.

―No estoy para tus tonterías, Vlad. Me voy a la enfermería, quiero ver cómo está Mattew ―se despidió con un gesto vago de la mano y, aunque no estaba seguro de haberlo escuchado, le pareció que Eir regañaba a su amigo por la brusquedad de la respuesta.

Realmente le había dado igual, no es como si necesitara que le trataran ahora con más cuidado o que no mencionaran ciertas cosas a su alrededor. Aunque entendía que la gente tendiera a actuar así cuando estaba cerca, a fin de cuentas, él hacía ahora lo mismo con Alfred. Aunque el Gryffindor trataba de actuar como si nada pasara, lo cierto era que no había que ser un genio para darse cuenta de que estaba preocupado. Se pasaba la mayor parte de las horas en la enfermería, junto a la cama de su gemelo y apenas si hablaba lo justo para mantener una conversación cuando esta era necesaria. Arthur sabía que el retraimiento que iba adquiriendo Alfred con el paso de los días era una mezcla de la culpa que le carcomía y la preocupación de no saber cuándo podría su hermano volver a la normalidad. Lo encontró cuando aún no había llegado a la enfermería, aún con la ropa que utilizaba en los partidos de Quidditch, aunque no había ni rastro de la sonrisa que solía acompañarle y más cuando acababan de ganar el partido. Siguieron el camino juntos, sin apenas cruzar palabra más allá del saludo cuando se vieron.

En la enfermería no había mucha gente cuando llegaron. Divisaron a Tino, el chico de Hufflepuff del curso de Arthur, sentado en una cama, mientras la Señora Pomfrey le daba algo que parecía ser una poción. Tumbado en una cama al final de la estancia se hallaba el rígido cuerpo de Matthew, el cual estaba siendo velado por una persona.

―¿Qué haces tú aquí?

Arthur se había sonrojado y bajado la mirada al suelo.

―No tenía nada mejor que hacer y he pensado que hacerle compañía a Matthew no estaría mal ―se excusó Francis encogiéndose de hombros―. No tiene muchos amigos y su hermano estaba en un partido de Quidditch.

―¿Sabes que hemos ganado? ―preguntó Alfred con una amplia sonrisa dirigida a su hermano, sentándose en una silla junto a la cama, del lado contrario del que estaba Francis, siendo imitado por Arthur, quien rodó los ojos.

―Sólo ha sido suerte, ya verás como la próxima vez vais a morder el polvo ―replicó Arthur enfurruñado.

―¿Así que has perdido? ―preguntó Francis con una leve sonrisa―. No me esperaba eso de ti.

―Me importa una mierda lo que esperes o no de mí ―gruñó Arthur fulminándole con la mirada y le hizo una muy sutil seña mirando de reojo a Alfred, dando a entender que tendrían que fingir mientras éste estuviese allí.

Francis lo pilló, soltando un suspiro.

―Le traje flores ―cambió de tema, mirando a Alfred.

―Genial―sonrió Alfred mirando hacia la mesita de noche en la que Francis las había dejado en un pequeño jarrón―. Parece que seas su amante ―soltó unas risitas.

Arthur se tensó con ese comentario tan poco fortuito, carraspeando.

―Gracias por venir a verle, por cierto ―Alfred continuó, mirando a Francis―. Me alegro de que tenga amigos como tú en su casa.

―Es lo mínimo que puedo hacer por él ―sonrió con pesar Francis echando una mirada al rostro del menor petrificado―. Es realmente una persona con la que me agradaba pasar el tiempo.

―No digas eso ―replicó Arthur, frunciendo el ceño.

―¿Por qué no?

Francis alzó una ceja. ¿Eran celos eso?

―Porque hablas como si hubiese muerto, poniendo el tiempo verbal en pasado ―Arthur rodó los ojos.

―¿Y cuándo volverá a la normalidad? ―preguntó Alfred, exteriorizando la duda que no paraba de rondarle por la cabeza.

―No lo sé aún. Me he informado y al parecer hay que hacer un zumo de raíces de mandrágora para devolver a los petrificados a su estado natural ―explicó Arthur―. Sin embargo, las mandrágoras tienen que estar maduras para esto, así que esto puede tardar varios meses…

―¿¡Meses!? ―gritó Alfred, consiguiendo que la Señora Pomfrey, quien acababa de terminar de atender a Tino, le echase una pequeña bronca sobre no gritar en la enfermería―. ¿Pero cómo vamos a esperar meses? ¡Mattie se va a perder este año escolar!

―Lo siento, pero es la única manera de volverle a la normalidad ―Arthur se encogió de hombros.

―Joder ―Alfred chasqueó la lengua―. Bueno, sabiendo que se va a tirar meses aquí, creo que no le importará si me voy a comer ―comentó casualmente a la estatua que era ahora Matthew― ¿Vienes? se giró a Arthur, quien echó una rápida mirada al francés antes de volverse a Alfred.

―Ve tú, yo aún no tengo ganas de cenar. De todas formas, tengo que preguntarle un par de cosas a la Señora Pomfrey, ya que estoy aquí.

―Como quieras ―repuso Alfred, levantándose―. Nos vemos luego.

El de ojos verdes asintió con la cabeza y Francis se despidió con la mano. Arthur esperó a que Alfred se perdiera de vista al salir por la puerta de la enfermería y solo entonces se volvió hacia Francis.

―¿Cómo estás? ―preguntó en un susurro.

―He estado mejor ―admitió Francis suspirando―. En mi casa están casi todos como locos. Piensan que vosotros, los Slytherins, habéis sido los causantes de la petrificación de Matthew.

―¿En serio? ―Arthur frunció el ceño en desagrado―. ¿Y qué… piensas tú?

―No estoy seguro… Sé que tú no eres de ese tipo de gente, pero por lo que me has contado de tus compañeros de casa…

―Hay muchos que realmente odian a los sangre sucia… ―dijo sin pensar, rectificándose a los pocos segundos al darse cuenta de con quién hablaba―. ¡A los nacidos de muggles!

Francis no dijo nada al respecto. Simplemente se levantó de su asiento y se dirigió hacia Arthur, sentándose en la silla que había estado ocupada por Alfred minutos antes.

―¿Q-qué haces? ―tartamudeó Arthur al ver al francés sentado tan cerca de él. Éste le tomó una mano y se la apretó.

―Nada, simplemente quiero estar cerca de mi novio ―le susurró al oído―. Desde Halloween no hemos podido estar juntos.

Arthur tragó saliva y le devolvió el apretón cariñosamente.

―Lo sé ―admitió, sintiendo como Francis se apoyaba en él, tensándose mientras deseaba que nadie entrara en la enfermería y les viese en esa comprometida posición―. Después de lo de Matthew no es muy seguro que nos sigamos viendo por las noches ―susurró.

―¿Y… entonces? ―preguntó el francés, mirándole. Sabía que Arthur tenía razón, pero debía de haber alguna alternativa. No podían dejar de verse solo porque no pudiesen salir por las noches.

―¿Entonces qué?

―¿Qué va a pasar con lo nuestro?

Arthur inspiró y soltó el aire pesadamente, pensando posibilidades.

―Tendremos que pensar en nuestras posibilidades a medida que vayan apareciendo, ahora es lo único que se me ocurre.

―¿Sabes? Podríamos vernos en Navidad ―propuso Francis enredándose un dedo en un mechón de pelo en un acto muy femenino que hizo a Arthur reír―. ¿De qué te ríes? ¿Acaso no te gusta el plan?

―Pareces una nena así ―rió el de Slytherin, ganándose una fulminación y un golpe suavecito en las costillas de parte de Francis.

―Déjame, no te metas conmigo ―se cruzó de brazos, sonriendo levemente por contagio.

―No es mala idea, teniendo en cuenta que vivo en el norte de Inglaterra y tú en el sur de Francia.

―Pero sería para pasar unos días. A mis padres no les importaría que vinieras…

Arthur se cruzó de brazos, sin estar del todo convencido.

―¿Y qué les digo a mis padres?

―Pues la verdad.

―¿Crees que de verdad ellos, Slytherins conservadores, van a dejar a su hijo pasar unos días en casa de un Hufflepuff hijo de muggles con quien mantiene una relación homosexual?

Francis se revolvió en su asiento.

―Visto así… para unos padres conservadores debe de ser una desgracia, ¿no? Más aún si son Slytherins conservadores.

―Créeme, lo sé bastante bien ―suspiró Arthur, apoyándose inconscientemente en Francis, quien le pasó un brazo por detrás del hombro, abrazándole suavemente contra sí mismo.

―Ya verás cómo esto acaba saliendo bien.

―¿Eso crees?

Arthur sonó desconsolado. Estaba enamorado de Francis. Mucho. Sin embargo, no le veía ninguna esperanza a su relación.

―Sí. Estoy seguro ―le tranquilizó Francis, pasando la mano del hombro al pelo de Arthur, acariciándole―. Te quiero, no lo olvides. Aunque todo el mundo esté en contra nuestra, aún nos queda nuestro amor.

Arthur sonrió y por una vez se permitió besar a Francis en un lugar público, donde podían ser pillados por cualquiera. Francis le devolvió el beso suavemente, deseando que ese momento durase para siempre.

Sin embargo, nada es para siempre, y acabaron por separarse cuando oyeron pasos de la Señora Pomfrey, quien hasta ese momento había estado en uno de los cuartos que había contiguos a la sala de camas.

―Me voy ya ―dijo Arthur poniéndose en pie―. No olvides eso.

Francis asintió y se despidió del Slytherin con un movimiento de mano. Estuvo varios minutos más junto a Matthew hasta que sintió cómo le rugía el estómago y decidió ir a cenar. Tras depositar un beso en la fría frente de Matthew Francis se levantó, dispuesto a llegar cuanto antes al Gran Comedor. Cuando estaba en la entrada le llegó el olor de comida y sus tripas volvieron a crujir. Sonrió internamente, dispuesto a saciar su hambre. Sin embargo, alguien le tomó del brazo justo cuando se dirigía a su mesa. Se giró y se topó con un ojeroso Antonio que lo miraba con preocupación.

―¿Qué pasa? ―preguntó Francis, siendo soltado por su amigo.

―Tengo que hablar contigo de algo importante. ¿Crees que puedas venir esta noche con la capa a por mí y vamos a algún sitio vacío a hablar?

―¿Y por qué no al revés? ¿Voy a tener que subir hasta el séptimo piso para recogerte?

―Si yo tuviera la capa no, pero te recuerdo que te la volví a dejar a principio de curso.

Francis suspiró, aunque terminó por asentir.

―Está bien.

―Esta noche a las doce delante de mi sala común ―sonrió Antonio, viendo como el de Hufflepuff le devolvía la sonrisa.

Antonio, quien acababa de terminar de cenar, se dirigió en dirección contraria que el francés. Se llevó una mano a la cara con cansancio mientras se disponía a subir las escaleras, que le parecían en ese momento infinitas. Iba sumido en sus pensamientos hasta que una voz le sorprendió por delante.

―¿Y esa cara? Parece mentira verte a ti, siempre tan sonriente, estar tan serio.

Govert, de pie varios escalones por encima de él, le miraba con su rostro inexpresivo de siempre.

―Hola, Gov ―dijo Antonio en un intento de sonreír pero que acabó por desechar―. ¿Qué haces aquí?

―¿Acaso no puede uno ir a su sala común? Pero responde a mi pregunta, Antonio ―pidió el mayor cuando Antonio le alcanzó y juntos emprendieron la subida hacia el séptimo piso.

―No creo que te interesen realmente los problemas que pueda tener. Tampoco son nada de qué preocuparse.

―La verdad es que no mucho ―admitió Govert encogiéndose de hombros―. Es más por saciar la curiosidad. Aunque conociéndote seguro que tus «problemas» son cosas como perder los deberes. Por cierto, ¿cómo que no juegas al Quidditch este año?

―Si pierdes los deberes de pociones puedes darte por muerto ―Antonio empezó a hablar algo más animado al haber eludido la pregunta de Govert―. He dejado el Quidditch porque este año no me puedo permitir el entrenar tan seguido con los TIMOS. Además, el equipo ha demostrado que lo puede hacer muy bien sin mí ―explicó de carrerilla, como si hubiera practicado la respuesta.

―¿Estás enfermo? ¿Tú hablando con algo de sentido común? ―preguntó el de Ravenclaw sorprendido―. Aunque en realidad es bueno que por fin bajes de las nubes en las que has estado estos últimos cuatro años y enfrentes así tus responsabilidades ―admitió mirándole de reojo.

Al oír la referencia a la enfermedad el moreno se alejó un poco como acto reflejo.

―No he estado en ninguna nube estos últimos cuatro años, el Quidditch puede ser igual de importante que los estudios. Yo también debería preguntar por tu salud, ¿desde cuándo te preocupas por mí? ―sonrió un poco, aunque algo tenso.

―Ya, eso dirás tú ―repuso Govert con un gruñido―. ¿Mi salud? Como siempre, agobiado por culpa de todos los criajos de los primeros cursos que no paran de hacerme la vida imposible preguntándome cosas obvias ―se quejó, cruzándose de brazos―. Menos mal que este es mi último año aquí. No soportaría uno más rodeado de críos. En cuanto a desde cuándo mi preocupo por ti, la verdad es que desde nunca. Simplemente me da curiosidad ver que este curso has cambiado. ¿Sabes? Jamás pensé que trataría con un Antonio responsable y serio ―le miró torciendo un poco el labio en algo que parecía una sonrisa de lado.

―¿Cómo puedes decir eso? Si los más pequeños son los que le dan vida al colegio. Además tú fuiste de primero una vez, aunque parezcas no acordarte ―Antonio se cruzó de brazos―. Pues este año quizás puedas tratar más con este Antonio tan serio ―se frotó un ojo con el dorso de la mano, intentando corresponder la sonrisa del mayor, un poco sorprendido con esta.

―Cuando yo estaba en primero no era tan idiota como los demás; siempre he sido así. ¿Y ese cambio de actitud? Veo que realmente te importan los TIMOS ―murmuró Govert, justo cuando llegaron al séptimo piso―. Bueno, adiós ―se despidió dirigiéndose hacia su sala común, echando una última mirada a Antonio.

Entró a su sala común tras haber respondido correctamente al enigma del llamador de águila y se encontró con pocas personas allí. La mayoría seguro estaba aún cenando. Sin embargo, se sorprendió al encontrar sentada en una de las mesas cercanas a la chimenea a su hermana pequeña, quien estaba escribiendo a gran velocidad en un pergamino.

―Emma ―dijo Govert a modo de saludo. La chica levantó la vista del pergamino a los ojos del chico y dejó de escribir, dedicándole una amplia sonrisa.

―¡Govert! ¿Cómo estás? Siéntate aquí un rato conmigo, anda ―dijo Emma quitando su mochila de la silla que estaba al lado de la suya, donde Govert no tardó en sentarse.

―¿Le estabas guardando el sitio a alguien?

―No realmente. Simplemente me apetecía dejar ahí la mochila.

El chico miró por encima el pergamino en el que Emma había estado escribiendo. Estaba lleno de palabras minúsculas, muy redondas, siendo la típica caligrafía de la chica.

―¿Y esto?

―Tengo que escribir una redacción para McGonagall y no he hecho más que empezarla.

Govert le echó una mirada inquisitiva a su hermana, quien sonrió.

―No me mires así. Ya sabes que soy muy perfeccionista para los deberes y trabajos, Gov.

―Lo importante no es la cantidad, sino la calidad, Emma.

La chica suspiró, aunque sin perder la sonrisa.

―Ya lo sé, pero…

―Nada de peros. Hazme caso. No conseguí ser el mejor alumno de mi promoción así como así, ¿sabes?

―Vale, vale, tienes razón… La próxima vez lo haré como dices.

Govert rodó los ojos.

―Sinceramente, yo lo haría de nuevo…

Al ver que su hermana no decía nada, el chico hizo amago de levantarse, pero al sentir que Emma le tomaba de una mano desechó la idea.

―Espera, Gov, tengo que decirte una cosa ―le confesó apartando el pergamino y poniendo más atención en él de todo el tiempo que había estado ahí.

―¿Qué?

―¿Conoces a Antonio Fernández? Es de Gryffindor, morenito, muy mono…

―Sí, sé quién es ―repuso Govert, quien no pudo evitar soltar una especie de carraspeo al escuchar lo último.

―¿Qué te parece? ―preguntó la chica, sonriendo.

Govert se quedó unos instantes en silencio. ¿Que cómo le parecía? La parte obvia de que era un pesado infantil era a lo que el chico se quería remitir… Sin embargo, rememoró su anterior conversación con él, subiendo las escaleras, y dándose cuenta de que realmente era una caja de sorpresas. ¿Quién habría dicho que dejaría el Quidditch para ponerse a estudiar en serio? Por otra parte, estaba su lado sensible… ese lado que siempre le había mostrado desde que se conocieron. No sabía qué tenía Antonio, pero le parecía realmente fascinante. Aunque eso jamás lo admitiría. Ni siquiera ante su hermana pequeña.

―Es… un vago e infantil ―empezó Govert―. Aunque a veces, cuando se pone las pilas, es bastante eficiente en lo que hace.

―Eso mismo pienso yo ―coincidió Emma―. Por no decir que es súper simpático.

―Ya, bueno…

―Y esa sonrisa… ay, es que me encanta ―admitió la menor llevándose las manos al rostro, que estaba de color rojo.

Govert la miró fijamente sin decir nada.

―¿Qué crees que hará si le pido que… salga conmigo?

―Espera, ¿qué? ―preguntó Govert, seguro de haber escuchado mal.

―Me gusta Antonio. Me di cuenta a principio de curso, pero hasta ahora no me había atrevido a contárselo a nadie…

―Joder ―murmuró Govert llevándose una mano a la cara. De todas las personas que podían estar enamoradas de Antonio y tener intención de declarársele, jamás pensó que su propia hermana sería la elegida.

―¿Qué pasa? ―preguntó Emma con preocupación al ver la reacción del mayor.

―Escucha, Emma… entiendo que te pueda atraer Antonio…

―Gustar. Antonio me gusta ―le corrigió.

―Sí, bueno, como sea ―Govert rodó los ojos―. El caso, Emma, es que no puedes permitirte enamorarte de Antonio.

―¿Y eso por qué? ―preguntó Emma, cruzándose de brazos.

―No solo porque no me caiga bien, sino porque es un rompecorazones ―improvisó Govert, sin saber cómo explicarle a su hermana que debía de estar alejada de Antonio―. Él es… muy mujeriego.

―Si mal no recuerdo, aún no ha tenido novia.

―No ha tenido novia en Hogwarts.

Emma se quedó pensativa unos instantes.

―Mira, Govert, me da igual lo mal que te caiga Antonio. Me gusta, es un hecho, y voy a pedirle salir conmigo.

―Haz lo que quieras ―acabó por decir el mayor a tiempo que se levantaba de la silla―. Pero cuando te haga el corazón pedazos no me vengas llorando. Te diré que ya te lo dije.

Y tras dejar eso aclarado, Govert se dirigió hacia su habitación, de mal humor. Se cruzó con un grupo de chicos de tercer año que hablaban sobre un rumor que se había extendido esa misma noche sobre otra petrificación: la del Fraile Gordo. Sin embargo, Govert estaba demasiado malhumorado como para quedarse a escuchar.

Mientras Antonio, en su habitación, se mordía las uñas en una clara señal de nerviosismo. Ya quedaba poco para que fuese la hora con la que había quedado con Francis. Pensaba contarle la causa de sus ojeras, de su mala cara y aspecto, y la verdadera razón por la que había decidido dejar el equipo de Quidditch ese año. Sin embargo, temía que su amigo no lo entendiera y que incluso lo tachara monstruo.

―Basta ya, Antonio ―se dijo a sí mismo―. Déjate de tonterías y acaba ya con esto.

Y así, dándose ánimos, se atrevió a salir de su sala común. Delante de ésta, en el rellano, estaba Francis, semi-escondido en la capa de invisibilidad.

―Por fin sales ―susurró el rubio sonriendo al verle. Antonio le devolvió la sonrisa posicionándose a su lado.

―Calla, solo he tardado un poco más porque estaba… nervioso ―admitió el de Gryffindor a la vez que Francis le pasaba la capa por encima de la cabeza, escondiéndoles a ambos.

―¿Nervioso? ―preguntó Francis alzando una ceja, mirando a su amigo.― ¿Es algo preocupante lo que vas a decirme?

―No lo sé ―repuso cortante Antonio, esquivando la mirada del rubio.

―¿A dónde vamos, por cierto? ―cambió de tema Francis al ver que Antonio se sentía incómodo hablando de eso.

―A la Sala de los Menesteres.

De hecho, era Antonio el que estaba guiando al rubio a la ya mencionada sala la cual descubrieron el año pasado él, Francis y Gilbert en una escapada nocturna. Caminaba con resolución, aunque no quería apenas mirar al de Hufflepuff.

Finalmente, cuando llegaron delante de la pared enfrente del tapiz de Bárnabas el Chiflado, Antonio salió del escondite que proporcionaba la capa y paseó tres veces ante ella con el propósito en mente de ir a una sala tranquila para hablar. Francis por su parte se había quedado en la capa, vigilando que nadie viniese.

No tardó en aparecer una puerta por la que ambos amigos pasaron, llegando a una amplia sala llena de sofás y sillones de aspecto cómodo. Antonio se dirigió a un sillón que estaba situado en frente de un sofá, donde Francis se sentó.

―Bueno, ¿qué ocurre? ―preguntó Francis doblando la capa y dejándola a su lado.

―Es… difícil ―empezó Antonio, tragando saliva con dificultad―. De hecho, tú eres la primera persona a la que se lo voy a contar… fuera de mi familia y Dumbledore.

Francis sintió un escalofrío al oír eso último, pues el moreno daba a entender que se trataba de algo grave.

―¿Y bien…? ―el francés le instó a seguir, ya que Antonio se había quedado callado unos instantes.

―V-Verás… ocurrió en verano ―siguió con cierta vacilación el de Gryffindor―. Estaba en la casa de campo de mi tío. Fue por la noche… fue una noche de luna llena.

Antonio dejó caer eso último como quien no quiere la cosa, intentando que fuese Francis quien lo fuese adivinando y procesando él solo.

―¿Sí? ―preguntó Francis con un carraspeo, sabiendo por donde iban más o menos los tiros, pero negándose a creerlo.

―Estábamos mi tío, mi primo y yo en el bosque… y yo me perdí.

Francis escuchó en silencio, sin hacer ya ningún comentario, sobreentendiendo las palabras de Antonio, a la vez que sus ojos se iban llenando de lágrimas.

―Me atacó… un… uno de ellos ―explicó Antonio revolviéndose incómodo en su sitio al ver como la expresión tranquila de Francis había derivado en una mueca de horror y tristeza.

―¿Te mordió un…?

―Hombre lobo ―Antonio terminó la frase de Francis, sin apartar su mirada de los acuosos ojos de Francis, que soltó un sollozo a la vez que se ponía lentamente de pie―. Y sí, me transformó en uno de ellos.

―Mientes.

―Esa es la verdadera razón por la que me veo enfermo muchas veces, por qué en ocasiones estoy más débil, como cuando en el tren te pedí ayuda para con mi baúl, y también esta es la razón por la que he dejado el Quidditch.

Francis abrió la boca, como si fuese a decir algo, y luego la volvió a cerrar. Antonio se levantó, sin saber cómo reaccionaría exactamente el galo.

―Francis, no…

Sin embargo Francis dio un paso atrás. Al ver la reacción de su amigo, Antonio se sintió herido y rechazado, sentándose de nuevo.

―Te juro que no te voy a hacer nada ―aseguró Antonio en una voz calmada pero neutra, intentando con todas sus fuerzas no derrumbarse ahí mismo. Que su mejor amigo le tratase de esa forma tan esquiva le dolía más que el hecho en sí de ser un hombre lobo.

Francis no dijo nada, observando en silencio a Antonio, sin poder evitar retener las lágrimas.

―En… Entiendo que te enfades conmigo por no habértelo contado antes, pero… no estaba preparado… además de que estaba bastante asustado… ―murmuró Antonio en una especie de disculpa. Sin embargo, se calló al sentir como Francis se le echaba encima de golpe en un fuerte abrazo lo cual tomó a Antonio totalmente por sorpresa y simplemente le devolvió el abrazo escondiendo la cara en el cuello del francés, soltando un suspiro de alivio. Después de todo, Francis no le había rechazado.

―Lo siento ―sollozaba el rubio, abrazando más fuerte a Antonio, a quien se le hacía difícil respirar.

―No tienes que disculparte por nada ―dijo, intentando soltarse un poco del francés―. Francis, me estás ahogando.

Francis soltó el agarre del español, echándose hacia atrás para mirarle.

―No se supone que seas tú quien deba llorar, sino yo ―sonrió Antonio quitándole una lágrima al francés con un dedo.

―¿Por qué no me habías dicho antes? Te habría ayudado con más cosas ―dijo el rubio llevándose una mano a los ojos y refregándoselos.

―Ya te he dicho, estaba asustado y tenía miedo de que te alejaras de mi… ― se excusó Antonio, bajando la mirada.

―¿Cómo me voy a alejar de ti? ―Francis tomó la cara de su amigo entre sus manos, quien le miró con los ojos vidriosos, casi a punto de echarse a llorar―. Antes… me he asustado, pero por lo que es la licantropía en sí. Por todo lo que debes sufrir con ella, no de ti. Eres mi mejor amigo, Antonio. Jamás te haría eso.

Antonio escondió la cara en el cuello de Francis otra vez, abrazándole. Francis le devolvió el abrazo, apretándole con menos fuerza como la que había usado antes, y susurró palabras de tranquilidad en el oído de su amigo, quien había comenzado a sollozar, aunque no tardó mucho en calmarse. Una vez Antonio se limpió la cara, Francis le ofreció una mano que el Gryffindor tomó con seguridad.

―¿Cuándo te toca volverte a transformar?

―A finales de mes ―respondió Antonio tomando la capa del sofá―. Pero bueno, ahora estoy mucho más tranquilo que antes. Ahora al menos ya lo sabes tú.

Francis sonrió.

―¿Soy el único de tus amigos que lo sabes?

―Exacto. Eso sí, no se lo vayas a contar a Gilbert ni a nadie… Ya lo haré yo, cuando esté preparado.

―Claro, no te preocupes ―Francis asintió poniéndose a su lado. Antonio les puso la capa por encima, dirigiéndose a la puerta―. ¿Ya nos vamos? ¿O quieres dar una vuelta nocturna?

―Preferiría ir ya a dormir ―repuso Antonio, con una sonrisa pequeña―. Además, después de lo del chico Williams no es muy seguro salir por las noches.

―Arthur dice lo mismo ―suspiró Francis.

―Por una vez el cejas dice algo sensato ―susurró Antonio al tiempo que salían por la puerta, que desapareció una vez se alejaron.

―Pero… si los rumores son ciertos, no debería estar preocupado. Ni Arthur ni yo al menos, él es hijo de magos y yo no creo que hagan nada si está presente.

―Sigues siendo mestizo, como yo. Quizás el tener un padre muggle ya sea más que suficiente, por mucho que estés liado con el hijo de una de las familias más antiguas.

―Lo sigo viendo poco probable y sigue siendo Slytherin. No que les culpe ni nada de eso… ―Francis se calló, sabiendo que ni él mismo sabía bien cómo expresar lo que pensaba, además que estaba bastante condicionado al hecho de no poder ver a Arthur apenas durante las horas de clase (en las cuales tenía que soportar que fingiera despreciarle).

Habían llegado ya ante el retrato de la Señora Gorda. Antonio salió de la capa tras asegurarse de que no había nadie por el lugar.

―Aun así, no me gustaría arriesgarme a nada, ni que tú hicieras cualquier locura por el estilo.

―De acuerdo ―Francis se encogió de hombros, quitándose él también la capa de encima y sosteniéndola con el brazo.

―Bueno, mañana nos vemos ―se despidió Antonio antes de envolver a Francis en un afectuoso abrazo que éste le devolvió con fuerza.

―Si hay algo que necesitas no dudes en pedírmelo, ¿sí?

Antonio asintió y después se giró al retrato que custodiaba la sala común de la casa de Gryffindor y dijo la contraseña. Tras un par de quejas de la Señora Gorda, Antonio se introdujo en su sala común, despidiéndose una vez más de Francis con la mano. Éste le devolvió el gesto de mano, antes de echarse de nuevo la capa por encima y dirigirse a su sala común. La verdad es que hubiera deseado poder dar una vuelta con su mejor amigo por Hogwarts de noche, aunque quizás éste tuviera razón: Después de la petrificación de Matthew, estar solo por el castillo no era muy seguro.