Algunas veces la madera cruje queda, como si estuviese viva.
Como si un largo gusano blanco recorriera las tripas de la antigua mansión de los Hale de forma lenta y pastosa en mitad de la noche. Es un sonido distante al que Derek lleva acostumbrado desde niño, cuando pasaba noches en blanco mirando al techo.
Otras, entre aquella especie de suaves lamentos oía también a Laura hablar por teléfono con alguna de las chicas que tenía por amigas en aquellos tiempos.
Habían pasado 10 años y al lobo le seguían pareciendo una panda de gallinas estúpidas; pero por alguna razón la joven sentía gran afecto por ellas.
Ambos hermanos no podían haber sido más distintos; Laura era brillante, inteligente, sensible y divertida, de ese tipo de persona que ilumina una habitación solo por estar en ella.
Siempre hablaba a Derek cargada de la malicia que tienen los primogénitos, reía a grandes carcajadas y cualquier problema parecía hacerse pequeño ante ella.
Y ante todo amaba la astronomía con autentica locura, casi veneración, e incluso llegó a pasar un par de veranos enseñando al menor de los Hale como orientarse por las estrellas.
Incluso hoy, Derek aún es capaz de recordar la sensación del barro en sus pantalones durante las noches de verano mientras la voz de su hermana le recita las constelaciones y su posición. A veces se tumbaban durante horas y después la joven tenía hierba en el pelo; pero eso a ella le daba siempre igual.
En aquellos días para el alfa no había ninguna chica mejor que su hermana; se pegaba con los chicos, jugaba a videojuegos y sus resultados en el entrenamiento eran inmejorables.
Pero sobre todo había una cosa en la que ambos hermanos habían sido diametralmente opuestos: Laura era una líder nata. Daba igual la edad que tuviese, Derek siempre recuerda su voz sobresalir de entre las demás en las reuniones de la familia y como lentamente todo se aplacaba a su alrededor. No siempre tenía razón, pero sí que era capaz de vender cualquier sueño como posible, de arriesgar sin miedo, de empequeñecer lo grave y hacer que las cosas parecieran un poco más fáciles.
Y él siempre la veía desde su rincón: el niño solitario, tímido y torpe, que se preguntaba una y otra vez qué era lo que hacía tan especial a su hermana.
Ni siquiera le importaba que fuese la favorita de sus padres, porque él era el favorito de ella.
A veces, durante las horas que pasa solo en la vieja y ruinosa mansión la imagina sentada en el suelo a su lado agitando un billete mientras luce aquella maldita sonrisa suya, más propia del gato de Chesire.
"-Un dólar por tus pensamientos Derek."
Y entonces se odia un poco más.
Casi siete años después y sigue pensando en el incendio a diario. Pese a que son una eternidad. Y recordando también la única gran discusión que que los dos hermanos habían tenido. Una explosiva, con gritos, colmillos y amenazas en las que se dijeron demasiadas cosas que aún hoy siguen haciendo eco entre las paredes oscurecidas por el hollín.
Tenía 16 años y era un imbécil.
"- Es mi vida."- se había limitado a chillarle cuando ella, mirándole de arriba a abajo, inmóvil en el centro de la sala le había preguntado por su relación con Kate.
"-No es tu vida, es la nuestra también."
No había pasado un solo día desde el incendio en que Derek no recordara aquellas palabras; en que el rostro de su hermana no volviese a su mente dejándole releer en él la decepción, la desilusión y aquella maldita tristeza cansada.
Aunque jamás se lo reprochó; ni siquiera después de quedarse solos, cuando era presa de ataques de pánico y ansiedad. Incluso entonces Laura se metía en su cama y le abrazaba fuerte para susurrarle que no era su culpa, aunque fuera mentira.
Una mentira demasiado grande.
Porque el culpable de que Kate hubiese tenido acceso absoluto a la familia Hale era solo suya, por creer, por confiar, por amar.
Porque realmente pensó que era cierto; que una chica como la menor de la familia Argent, tan fuerte, tan divertida, tan hermosa tan...Laura, había podido enamorarse de alguien como él.
La vé aún sentada en la oscuridad a su lado, sin estar, jugueteando con el billete como si tratase de hacer un avión de papel con él.
-Te echo de menos, Laura.
Y se estremece al recordar el momento en que la había enterrado junto a la casa, pocos meses atrás con un nudo en el cuello que se aprieta por momentos, mientras piensa en cuanto le gustaría llorar. Pero no puede.
Porque llorar solo haría que su muerte fuese más tangible, y no está seguro de poder soportar tanta realidad.
Porque sabe que lo ha perdido por ser como és: alguien que en el fondo no vale la pena.
Se frota la cara con pesadez para después clavar los ojos en las estrellas brillantes que se elevan más allá de los cristales rotos de los ventanales, abatido porque años después sigue sin entender qué era lo que hacía de Laura alguien tan especial.
Porque es eso mismo lo que tiene Stiles; esa risa, esa voz, esa maldita locura idílica y el brillo en los ojos que parece anunciar que cualquier cosa puede salir según el plan, por extraño que este sea.
La maldita seguridad aplastante que le deja atrás, convirtiéndolos en invencibles; inmortales sin que él pueda hacer nada por llegar hasta su lado.
Aún huele a Stiles porque no se ha quitado la ropa y eso solo le adormece de forma deliciosa, mientras trata de frenar la sonrisa que lucha por momentos para colgarse de sus labios al recordar el modo en que le ha tenido.
Porque no ha habido nadie después de Kate. Apenas había pensado en ello.
Tantos años, tantos malditos años culpando de todo lo ocurrido a su deseo por la joven Argent casi le habían anulado, y el hecho de que ahora el simple recuerdo de unas caricias a un mocoso de instituto le encienda de aquel modo le hace estremecer.
Se huele la camiseta distraído; sólo había sido así antes con Kate y es eso lo que le hace daño.
Ahora ella esta muerta.
Con la garganta abierta; un cuello que él tantas veces besó.
A su lado Laura sigue jugando con el billete y ya hace mucho que no le mira, pero no le importa. Porque ni siquiera está ahí.
"-Derek, Kate está muerta. ¿Lo entiendes?"
"Muerta."
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