Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 4: Tibieza
Lo había conseguido.
Sin más luz que su propia memoria y el sentido del tacto, consiguió, poco a poco, desvestir a Pachylene para darle un baño. Al principio, había movido las manos con temor, como si estuviera efectuando una cirugía a corazón abierto en un paciente crítico y donde un segundo de demora podía suponer la muerte. Intentó mantenerse siempre sobre la tela, cuidando de no ponerla incómoda con toques innecesarios. Por supuesto, ella había tratado de tranquilizarle y relajarlo.
-Puedes abrir los ojos si quieres. No me voy a enfadar.
-Recuerda nuestro trato -replicó él, sin ceder-. Esto será en mis propios términos. Quiero estar convencido de que puedo hacerlo. Levanta un poco tu ala derecha, por favor.
El silencio volvió a reinar entre ambos, siendo interrumpido sólo cuando Eddie le daba una orden. Tomó el extremo correspondiente al hombro derecho y fue desplazándolo poco a poco hacia afuera. Se sorprendió de ver que era sumamente elástico y dejaba pasar el cuerpo del ala con pasmosa facilidad.
-Encoge un poco el brazo.
-¿Así?
-Así. Muy bien. Ahora déjalo quieto un momento.
Siguió desplazándolo hasta que el ala pasó limpiamente por el agujero. Rozó, por un segundo, las plumas que la cubrían como escamas de una armadura. Eran livianas y resistentes al mismo tiempo, con sus finas y compactas fibras haciendo surcos y casi imperceptibles cosquillas sobre la yema de los dedos.
-Bien, un ala fuera. Ahora vamos a repetir el proceso con la otra. ¿Te sientes incómoda?
-Para nada.
Abrió los ojos y miró hacia arriba, enfocando su vista en la ducha teléfono y volviéndolos a cerrar tras contar hasta tres. Era hora de continuar. Levantar, abrir, doblar, desplazar. En cosa de segundos había logrado quitarle el peto, que dejó encima de la tapa del inodoro.
-¿Usas sujetador? -preguntó al vuelo.
-Sí. Mi… condición me obliga.
-Pues no se hable más. Veamos si puedo encontrar el broche.
Volvió a posar sus dedos sobre la curiosa textura de la tela. Esta vez era más suave y le recordó a las cortinas de seda que durante años adornaron la habitación de su madre. Percibió algo más duro y con un par de dientes. Sujetando el lado izquierdo con toda la firmeza que podía, desplazó el derecho una fracción de milímetro hacia fuera; salió limpiamente.
-De esto puedo encargarme yo -dijo la pelirroja. La tela se escurrió del límite de las manos de Eddie y fue a parar al suelo.
-Veo que tus pulgares sirven de algo.
-Esa es la parte fácil. Todo el soporte está en el centro. Una vez que lo sueltas, la gravedad hace el resto.
El canadiense admitió que esta era una escena extraña. Usualmente, el vestirse (o desvestirse, en este caso) era una tarea mundana, casi indigna de ser explicada paso a paso y a un nivel de catalogación más propio de los rituales antiguos. Se movió un poco hacia el costado, recogió el sostén y volvió a mirar hacia arriba. El calentamiento había terminado.
Tomó aire y suspiró. Cerró los ojos y se preparó para adentrarse en el territorio más oscuro, totalmente vedado para quienes no eran amantes, parejas o esposos.
"Sólo somos compañeros", se mentalizó. "Sólo compañeros. Vamos, mientras antes superes esta etapa, antes terminará todo".
-Mueve tus alas hacia adelante, Pachylene.
La arpía obedeció al instante. Volvió a encender la vela de su intuición, echando mano a la memoria para encontrar la posición adecuada. Sabía que había llegado a buen puerto cuando sintió la tirante tela de las calzas en las puntas de las uñas. Ahora miraba al piso fijamente.
-Voy a…
-No te preocupes. Estoy tranquila. Procede con confianza.
Separó los dedos y comenzó a tirar suavemente hacia abajo. La meta era no sacarle ni siquiera un gemido. Fue pasando de estación en estación, como el último tren de la medianoche en el que sólo viajaban los insignes rechazados. Atrás quedaron las caderas y los muslos para dar paso a las rodillas, forradas en una auténtica coraza impenetrable que brindaba excelente estabilidad. "Las piernas deben ser el mayor orgullo de una arpía", pensó. "No sólo son su principal arma, sino también su soporte e impulso para levantar el vuelo". La pregunta de si existían o no arpías corredoras comenzó a rondar en la cabeza de Maxon. Tenía que hacerse un poco de tiempo para revisar más a conciencia el material que Smith le había entregado.
El paso se estrechó hasta desembocar en el tobillo, lugar donde las poderosas garras se juntaban con el resto del cuerpo.
-Levanta tu pierna izquierda.
Esta vez se deslizó rápido, como si las puntas fuesen bestias del averno que quisiera evitar a toda costa. Siguiendo sus movimientos, Pachylene cambió de pie y las calzas se unieron al resto de la pila. Dejó escapar el aire acumulado (había contenido la respiración sin darse cuenta durante unos 10 segundos), se puso de pie y miró al espejo. El sudor campeaba en su frente pero poco pudo hacer ante un secado express con la manga de la camisa.
Mientras Eddie abría un momento el grifo bajo el botiquín para enjuagarse la cara y las manos, la arpía lo miró de soslayo. Parecía un pilón eléctrico emanando tensión a carga completa. Durante todo el proceso ni siquiera la había rozado; tal era el nivel de cuidado que estaba poniendo en la tarea. "Está claro que nunca ha tocado a una mujer y tiene miedo de hacerme sentir incómoda", meditó. "Si tan sólo pudiera sentir sus dedos en mi piel..."
Se detuvo de repente, sintiendo cómo la temperatura subía para luego volver a la normalidad. Una leve presión en el pecho la invadió, haciéndole jadear dos o tres veces. Fue una suerte que no la viera: se había sonrojado por completo.
-Eso sí fue raro…
Por suerte, Eddie no escuchó nada. Cerró los ojos y volvió a arrodillarse detrás de ella.
-Bien, ahora sólo falta lo más difícil.
Una vez más, las uñas se aferraron de la seda, manteniendo la estructura completa de su respiración en precario equilibrio. Las clavijas se movían dentro de ese limitado espacio, buscando vencer el último cerrojo. Volvieron a pasar, borrosas tras la ventana del solitario carro, las caderas y los muslos. El paisaje se hizo más agreste, más oscuro, más retorcido, reemplazando la piel lechosa y tersa por las laderas agrestes de una armadura curtida en batallas y marchas interminables. Continuó adentrándose en ese corredor cada vez más estrecho y secreto, flanqueado por dos enormes paredes de roca pulida mediante las cuales el viento creaba extraños silbidos.
"Ya está", pensó por segunda vez en cuestión de unas pocas horas. "Si atravieso esta puerta, voy a morir".
Atrás quedaron las garras. Esas enormes plataformas bajo las cuales aguardaba una agonía lenta y dolorosa casi parecían incitarlo a dar el último paso, subiendo y bajando con la cadencia otorgada por millones de años de evolución, erosión y adaptación.
-Levanta el pie derecho.
El último movimiento hacia afuera fue, quizás, el más seguro y firme de todo el ritual. Después, vino un cómodo silencio.
Logro desbloqueado
70G - ¿Quién necesita luz?
-¡Y listo…! -exclamó triunfante. No era para menos: había conseguido salvar al paciente en las últimas de cambio-. ¿Todo bien, Pachylene?
-Para ser tu primera vez, Eddie, no estuvo mal. Eso sí, te tomaste tu tiempo en terminar -su tono de voz cambió a burlesco-. Incluso diría que lo disfrutaste.
-No empieces, ¿quieres? Ahora sé cómo se sintió Joseph Asscher cuando cortó el diamante Cullinan.
-¿Quién con el qué…?
-Algún día te contaré la historia -suspiró, encogiéndose de hombros y luego traspasando una serie de botellas de colores hacia el lavamanos-, pero ahora tengo que bañarte. ¿Prefieres la ducha o esperar a que llene la bañera?
-La ducha está bien.
Pachylene pasó, con sumo cuidado, hacia el interior. El espacio era un poco estrecho, pero podía estar más cómoda si se paraba mirando hacia el espejo o la pared. Volvió a encoger un poco las alas; estar tanto rato quieta le había dado un poco de frío, erizándole la piel como si le hubieran clavado un millón de diminutas agujas.
-Estoy lista, Eddie.
-Bien, comencemos.
El canadiense se desabotono los puños de la camisa y echó las mangas hacia atrás para mantenerlas a salvo de las salpicaduras. Como un centinela impasible en sintonía con la naturaleza, tenía los ojos nuevamente cerrados. Echó a andar la ducha y comenzó a mojar a la pelirroja poco a poco. Las gotas acariciaron los poros de su blanquísima piel, enviando un nuevo escalofrío hasta la punta de sus magníficas alas.
-¿Qué tal la temperatura?
-Está un poco… tibia -respondió la liminal-. ¿Podrías calentarla?
-Ningún problema.
Mientras una nube de vapor comenzaba a envolver poco a poco el cuarto de baño, las esponjas bañadas en jabón comenzaban a trabajar. Pachylene se limitó a relajarse mientras recorrían cada avenida de su cuerpo, removiendo esa casi imperceptible y, al mismo tiempo, sumamente molesta capa de suciedad. Más de una vez había escuchado a su madre decir que ejercía un efecto sicológico potente; ni siquiera el ser más indolente podía pasar demasiado tiempo sin rendirse ante los placeres de un remojón. Notó que ahora Eddie no demostraba tanta inseguridad mientras iba de arriba hacia abajo, cazando hasta el último asomo de cansancio cual depredador insaciable. Era un ciclo eterno: mojar, limpiar, enjuagar, repetir.
A cada pasada, a cada toque, a cada momento en el que sólo una delgada capa de polímero separaba su piel de la de él, una tibieza incontrarrestable la iba invadiendo. Sentía que flotaba, feliz y despreocupada, sobre una capa de cómodo algodón. Dio un hondo suspiro. ¿Así se sentía la felicidad absoluta? Si no, estaba segura de haber caído muy cerca de dicha casilla.
-12/F-
Smith respiró con placer la brisa nocturna y tomó un sorbo de cerveza helada. El tiempo era espectacularmente agradable, incluso para los estándares del verano local. Su vista, ya alejada de las icónicas gafas de sol, se posó sobre la hermosa luna que iluminaba la ciudad de Asaka con un viso plateado.
"Ojalá tuviera un telescopio".
La luna llena siempre le había traído buenos recuerdos y más de alguna risa. Su mente se posó en Cariño; sólo esperaba que llegara a la mañana de una pieza. Cualquiera estaría de acuerdo en que el no haberle explicado desde un principio los efectos del astro en las extraespecies fue algo derechamente negligente, pero ella se lo tomó con humor; total, lo que su superior no supo simplemente no le hizo daño. Además, era de conocimiento público bajo la licencia Creative Commons que Kurusu era demasiado amable como guardar algún tipo de rencor.
-Espero que haya encontrado un buen escondite. De lo contrario, tendrá que rezar para que esas seis se maten entre ellas… o acaben en una orgía para los libros de historia.
Dio un largo bostezo y siguió deleitándose con las pocas estrellas visibles. Adentro, en la mesa del comedor, su teléfono móvil vibraba con insistencia.
-14/F-
-Estira tu ala izquierda una vez más… ¡Perfecto!
Pachylene se sentía renacida. Contempló su figura en el espejo: rostro limpio, alas relucientes y el cabello tendido mansamente por detrás de su espalda. La camiseta sin mangas le sentaba un poco holgada, pero era un cambio bienvenido después de la estrechez del peto y el sujetador. En lo que al pantalón corto concernía, bastó con ajustar el elástico de la cintura y anudarlo a conciencia.
Se volteó para mirar a su compañero, quien tenía una expresión de contada satisfacción mezclada con cansancio. No era para menos: completar el ejercicio les había tomado más de una hora. Afuera, la luna continuaba su parsimonioso avance sobre la ciudad.
-Me alegro de que hayamos terminado -dijo Eddie, quitando el segundo botón de la camisa del ojal correspondiente-. ¡Estoy exhausto! Nunca pensé que bañar a alguien fuese tan complejo.
-De verdad te lo agradezco -replicó ella-. Ahora sé lo que sienten las lamias cuando mudan la piel. La mugre de cada día es cosa seria.
Abrió las alas y lo envolvió en un ¿intento? de abrazo, instalando un leve rubor en sus mejillas. La tibieza que emanaba le recordó a la señorial chimenea de la mansión familiar, única cosa que hacía la vida soportable durante los inviernos de su infancia, cuando afuera estaba todo congelado y la visiblidad era, como mucho, de dos o tres metros.
-Bueno, ahora hay que preparar un lugar para que duermas. Mi cama estará bien.
-¿Y qué hay de ti? -preguntó ella mientras iban por el pasillo hacia la habitación de Eddie.
-Dormiré en el sofá. Es bastante cómodo si te mentalizas en ello.
-No, no puedo permitirlo.
-¿En serio? Considerando el tamaño de tus alas, dormir en la sala de estar sería como si estuvieras encerrada en un baúl antiguo, repleto de cintas gruesas y candados ídem. No cabes en el sofá y no te voy a hacer dormir en la mesa de centro ni mucho menos en el suelo; la idea es que estés cómoda en todo momento.
Abrió el primer cajón y sacó una camisa blanca, tan inmaculada que hasta una mísera mota de polvo en su superficie habría parecido un lamentable accidente. Del de abajo procuró un par de calcetines de seda tan azules como su nuevo traje, una muda de ropa interior y una caja en la que dormitaban plácidamente varias corbatas finas.
-Creo que mañana iremos con el toque irlandés -tomó una color esmeralda brillante, tan brillante que parecía tener un aura a su alrededor. Dejó todo encima del mueble y, por último, se hizo de un pijama gris claro.
-Bueno, ahora iré a darme una ducha.
-¡Estupendo! -exclamó Pachylene, olvidándose por un momento de las mantas y los colchones-. Así podré devolverte la mano.
El canadiense contempló, pasmado, cómo su huésped intentaba levantarse la camiseta recién puesta con sus pequeños pulgares.
-¿Ahora qué haces?
-Saca la cuenta.
-Pachylene, acabas de bañarte. No te voy a desvestir dos veces porque sí.
-¿Y qué? ¿Acaso no te gusta recibir favores? -hizo un puchero que, en cualquier otra circunstancia, habría sido sumamente adorable.
-No es eso. Mis duchas nunca duran más de cinco minutos.
-Pero…
-Lo siento, pero debo declinar tu oferta -hizo una reverencia y corrió hacia el baño; lo último que escuchó la liminal fue el portazo y un eco sordo de agua corriendo. Se sentó en la cama y suspiró hondamente.
"Desearía que, para la próxima vez, abrieras los ojos".
-15/F-
-¿Así que este sofá es una cama?
-Claro. Sólo tienes que accionar esta palanca -Eddie movió un pequeño mecanismo- para aflojar el respaldo y extenderlo.
-Interesante. ¿Y qué haces con los cojines?
-Los dejo encima de la mesa. Total, no creo que le importe tenerlos encima.
Habiendo dejado atrás el pequeño incidente de la ducha compartida, ambos estaban poniendo a punto la cama donde dormiría el anfitrión. Para ello habían sacado algunas mantas desde el armario de servicio, ubicado justo frente a la puerta del baño. Una de las almohadas de la cama principal también había recibido boleto para este viaje sin escalas.
-¿Y alguna vez lo usaste antes de hoy?
-Sí. Cuando me mudé aquí, la cama que venía con el departamento era demasiado pequeña -desdobló una de las sábanas y la extendió a lo largo-, así que mandé a comprar otra. Como se demoraban un día en despacharla, la primera noche la pasé en este mismo sillón; mejor eso a dormir encogido cual pigmeo.
Se tendió encima y sintió el calor generado por la tela. "No, no puedo acostarme encima de esto; despertaría convertido en una sopa". Hizo el ademán de levantarse cuando, de repente, sintió un peso igualmente cálido encima suyo y unas alas intentando rodearle la espalda.
-¡Qué cómodo está esto!
-¡Pachylene! -exclamó Eddie-. ¿No te dije que podías dormir en mi cama?
-Sí, pero tú no estás en ella -su voz tomó un tono pícaro-. De poco sirve un compañero si no puedes pasar tiempo de calidad con él.
-¿Tu definición de "tiempo de calidad" incluye dormir?
-Dormir -enfatizó ella, con una voz sedosa- es lo más importante. Nada supera un sueño reparador.
Sintiendo que su anfitrión quería levantarse, la arpía se puso de pie.
-¿Las de tu especie siempre hacen esto?
-En efecto -hizo la transición hacia una postura más intelectual-. Somos gregarias por naturaleza, aunque algunas de nosotras se ven tentadas a revolcarse en el aislacionismo. Estar en contacto físico con amigas y familiares es la mejor forma de construir vínculos… fraternales, por supuesto.
-¿Y qué tipos de contacto usan?
-Lo típico: abrazos, tocarnos la frente o las mejillas, cuidarnos mutuamente cuando estamos enfermas, tal vez un beso en la punta de la nariz… Ya me entiendes -ahora había vuelto a su tono normal-. Pero dormir con alguien más es una muestra de plena confianza.
-Entonces ¿confías en mí?
-Totalmente. Me bastó echarte una mirada cuando estábamos en la cafetería para saber que eras el adecuado.
Volvió a estrecharlo entre sus majestuosas alas, aunque esta vez el contacto fue más largo.
-Si yo estuviera en tu lugar, reaccionaría igual -ambos se habían vuelto a sentar encima de la nueva sábana-. Llevas mucho tiempo viviendo solo en un país extranjero y enfocado totalmente en tu trabajo cuando tu existencia da un vuelco total. Te ves sumergido en un mundo totalmente nuevo, debes aprender rápidamente muchas reglas…
Siguió enumerando las muchas implicaciones del actual escenario como si estuviera leyendo una voluminosa enciclopedia de ciencias naturales y, cuando acabó, le dispensó a Eddie un tierno beso en la mejilla. Curiosamente, ahora no hubo rubor de por medio.
-Eres realmente perceptiva, ¿sabes?
-Sólo es uno de mis pequeños talentos -la pelirroja hinchó un poco el pecho y se puso de pie a una señal del humano-. Cuando no puedes volar, tienes tiempo para fijarte en muchas cosas. No es lo mismo ver...
-...que observar.
-¿Conoces la frase?
-Sí. Mi madre la decía hasta el cansancio cuando era pequeño. Siempre me animó a pensar de forma independiente y ver hasta dónde podía llegar. Tal como te conté antes, lo que soy ahora mismo -terminó de extender la frazada y acomodar las almohadas- se lo debo a ella.
-La extrañas, ¿verdad?
-Muchísimo; hay veces en que, cuando me levanto, desearía tenerla al frente para darle los buenos días y abrazarla.
-Bueno, siempre puedes abrazarme a mí -tras decir esto, Pachylene escondió sus mejillas detrás de sus pequeños pulgares-. No pondré como requisito que me des los buenos días.
-Gracias, querida.
Lo siguiente la sorprendió incluso más que ese nuevo apelativo: Eddie le acarició suavemente la barbilla con la punta de los dedos. Si antes ya estaba ruborizada, ahora parecía una luz de alerta máxima. Cerró los ojos y se limitó a disfrutar el delicioso momento que tanto había deseado, mostrando una sonrisa inocente y pura en sus hermosas facciones. Hasta le daba cosa pasarse el pulgar por la zona del cuello para no manchar el rastro dejado por las benditas yemas de sus dedos.
-¡Hey, Pachylene!
-¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa…? -la voz de su compañero cayó como un balde de agua fría sobre su plácida ensoñación.
-Te he preguntado tres veces si te lavaste los dientes.
-Ehhh…
-No importa. Ven, tengo un cepillo extra en el botiquín. ¿Usas enjuague bucal?
-Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para empezar.
Quince minutos más tarde, ambos dormían el sueño de los justos, abrazados bajo la plácida y silenciosa oscuridad mientras un grupo de los mejores albañiles de la confianza escuchaba la campana y comenzaban a trabajar a toda máquina. La habitación principal, olvidada, lloraba sus penas en absoluto silencio, vetada de entrar en ese íntimo campo de tibieza que sus cuerpos formaban.
"Supongo que hay peores formas de terminar un día", fue lo último que cruzó por sus mentes antes de ser cubiertos por el suave manto de Morfeo.
Nota del Autor: He aquí la razón por el cambio de rating de la historia. ¡Y vaya que me costó escribir este capítulo! Creo que habré avanzado la escena del baño hasta la mitad unas cuatro o cinco veces antes de borrarla y empezar de cero. Fueron momentos irritantes en extremo. El producto final de ese añejado múltiple (como el de un buen whisky) son las líneas que han leído, un punto tras el cual la dimensión inocente/infantil queda relegada, a mi modo de ver, a un segundo plano. Tal vez haya sido un capítulo no mucho más largo que el anterior, pero lo bueno viene en frascos pequeños. Al menos fue un buen ejercicio para probar mis habilidades descriptivas y analógicas. Para cerrar, como ya es la justa, necesaria y en extremo republicana costumbre, responderé los comentarios de mis queridos seguidores:
Paradoja el Inquisidor: Agradezco tus palabras de apoyo y tendré en consideración los datos que me diste, principalmente porque me atrae la idea de ver cuánto puedo extender los límites del arquetipo sin llegar a romperlo. Quizás no me vaya a los rincones tan místicos de una Fénix o la Yata-Garasu, pero no descarto nada por ahora.
Tarmo Flake: La verdad, yo mismo estoy sorprendido de lo adorable que me está saliendo Pachylene como personaje. Al menos ayuda a balancear un poco la palpable ansiedad de su anfitrión. Tu comentario sobre el estereotipo del canadiense amigable no dista mucho de la realidad; la frecuencia con la que dicen "lo siento" ha sido objeto hasta de estudios sociológicos. Si me apuraras, yo lo dividiría en categorías - extremadamente amable, muy amable, amable y no canadiense; ahí se nota, en buena parte, la influencia británica en los modales. Respecto a tu postdata, no hay relación alguna entre Edward Corbett Maxon y la serie que mencionas; de hecho, nunca antes la había oído nombrar. Supongo que son las consecuencias de pasar una infancia sin televisión por cable y con más libros de los que podías devorar en tus ratos de ocio...
Alther: Tomando una página del estupendo manual de estilo de la CIA, me limitaré a decir que no puedo confirmar ni negar lo que tú señalas.
Recuerden que siempre pueden dejar sus impresiones sobre esta historia, siempre que no caigan en el lado insultante ni degradante. El review, después de todo, es el sueldo del autor de ocasión.
Se terminó el tiempo por hoy, así que ¡nos vemos en el próximo capítulo! O como se dice en japonés, "¿cómo reaccionarías tú si una arpía bonita y amistosa te pide que la bañes?"
