Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a J.k Rowling, al igual que el lugar donde se ambienta. Sin embargo, la trama es invención mía.

Capítulo 4

La clase de pociones era con diferencia la más aburrida de todas las que teníamos ese año, tanto que había superado a la de transformaciones de la profesora Mcgonagall. Desde que Snape había dejado el puesto para cumplir su estúpido sueño de ser profesor de Defensa contra las artes oscuras, mi asignatura favorita había pasado a ser una clase de elogios hacia ese idiota de Potter por parte de Horace Slughorn, un mago gordo y presumido que adoraba esa cicatriz como si fuese lo único interesante que le pasaba en todo el día.

Harry Potter nunca había sido listo, no destacaba en ninguna asignatura y ningún profesor le admiraba por su talento, pues no tenía ninguno. Sin embargo, ese año, de la noche a la mañana había conseguido hacer las mejores pociones de toda la clase, y eso, me reventaba.

- Genial, señor Potter – dijo Slughorn con esa voz de pito inaguantable que ponía cuando veía una de sus pociones – es usted con diferencia uno de los mejores alumnos que he tenido nunca.

Puse los ojos en blanco, y seguí dándole vueltas con la pala de madera de roble a aquel mejunje verdoso que había en mi oscuro caldero. Escuché los pasos pesados de mi profesor acercándose a mi mesa, y alcé la cabeza, desafiante. Slughorn pareció ignorar mi gesto y movió la cabeza hacia ambos hombros, mirando el resultado de mi esfuerzo de toda una clase.

- No está mal, señor Malfoy, pero puede mejorar. Debería añadir un poco más de polvo de tritón, tendría color un poco más apetecible.

Miré dentro del caldero, la verdad es que tenía el aspecto vómito de elfo doméstico. Añadí una cucharada más del ingrediente que el profesor me había recomendado, y calenté la poción a fuego lento. El color del líquido fue cambiando lentamente, hasta llegar a un verde clarito e intenso, como de césped recién cortado.

Rellené con la mezcla el frasquito de cristal que el profesor nos había entregado al principio de la clase y le llevé la muestra a la mesa. Una voz a mis espaldas hizo que mis músculos se tensaran, no quería escucharla, no quería pensar en ella, pero su dulce risa se metía en mi cabeza y no conseguía sacarla nunca. Me había pasado toda la clase evitando mirar a Hermione Granger, intentando centrarme únicamente en la poción. Incluso había intentado seguir el hilo de la conversación de Pansy, todo por dejar de pensar en ella. Dejé el frasco sobre la superficie lisa de aquella mesa de madera oscura y volví a mi mesa lo más rápido que pude, deseando únicamente salir de aquella sala que tan abrumadora me parecía de repente.

Antes de salir, de forma instintiva, sin pensarlo siquiera giré la cabeza hacia ella durante unos segundos. Llevaba el pelo castaño recogido, aunque algunas greñas despeinadas le caían hacia delante, dibujando bonitas ondas que podría haber estado mirando durante horas. Sus ojos marrones quedaban enmarcados entre unas largas y oscuras pestañas, sus labios rosados…

¡Draco no!; pensé para mis adentros; ¡Basta! Deja de pensar en ella.

Me giré y salí de clase ignorando la voz chillona de Pansy, que me llamaba confundida, sin entender porqué me iba sin ella. Bajé la gran escalera, saltando los escalones de dos en dos, maldiciendo cada vez que esos grandes bloques de piedra se movían, desviando mi camino. Finalmente pude llegar a la gran puerta negra que llevaba a las mazmorras. Necesitaba estar solo un rato, tumbarme en mi cama y reflexionar sobre todo lo que estaba pasando. Caminé unos cuantos metros hasta llegar a la escalera negra que llevaba al pasillo donde estaba la entrada de la sala común.

- Ophiophagus Hannah – pronuncié, dejando que la puerta de piedra fría y oscura se abriese lentamente.

Me dirigí a mi dormitorio, evitando toparme con cualquiera que quisiese cruzar más de dos palabras, pues no tenía ganas de hablar con nadie. Bajé las escaleras de mármol que llevaban a las habitaciones de los chicos y entré en mi cuarto, deseando que ni Crabbe ni Goyle anduvieran cerca. Dejé las cosas sobre la mesa de madera negra que tenía colocada junto a la ventana desde la que se veía con claridad las profundidades del gran lago negro. Me dejé caer sobre la cómoda cama de sábanas de seda plateada y terciopelo verde, mirando hacia las grandes y hermosas serpientes que había dibujadas en el techo.

Miles de pensamientos daban vueltas en mi cabeza, pero ahora, solo uno era importante. Hermione Granger había invadido cada parte de mi ser, quizás solo fuese un capricho, pero no podía dejar de pensar en ella. Era la única forma de poder explicar mi comportamiento de aquellas últimas semanas. El querer seguirla a todas partes, mirarla como si fuese la primera vez que la viese, girarme cada vez que escuchaba su voz. Además no podía ignorar aquella noche de hacía apenas unos días en que me había enfrentado a esos idiotas por ella. Y no solo era eso, cada mirada de odio, cada vez que me ignoraba, me hacía setir desprecialbe e insignificante, hundiéndome en un oscuro pozo del que cada vez me costaba más salir. Pero ¿Qué podía hacer más que olvidarme de ella? Intenté centrarme, tenía que dejarlo pasar, seguro que se me pasaba en unos días, después de todo aquello no podía ser real, yo, Draco Malfoy, no podía estar enamorado de Hermione Granger.

. . .

La cena había sido bastante aburrida, Crabbe y Goyle zampando todo lo que encontraban a su alrededor como auténticos puercos y Pansy cuchicheando a mi alrededor los nuevos cotilleos del castillo: la nueva relación de Giny Weasley, el reciente noviazgo de Blaise con una chica de tercero, otra vez el tema de la pequeña de los Weasley, y así sucesivamente. Yo me había limitado a mirar mi plato y comer rápidamente, sin levantar la cabeza ni un segundo. Aunque era raro reconocerlo, desde que había aclarado un poco mis pensamientos sobre ella me daba pánico encontrármela cara a cara, aunque fuese de lejos.

En cuanto terminé me levanté de la mesa y disculpándome con un seco estoy cansado me alejé de allí para enfrentarme a ese estúpido armario de nuevo. Los días pasaban y mi progreso era casi inverso, si no fuese porque solo me quedaba la opción de arreglarlo si o si ya lo habría dejado pasar.

Subí las escaleras lentamente, no me apetecía en absoluto volver a encerrarme en la sala de los menesteres, ¿pero qué otra posibilidad me quedaba? Echaba de menos aquellas noches en la que nos dedicábamos a meternos con los alumnos de primero, o aquellas en las que simplemente nos tirábamos en los sofás negros de la sala común a hablar sobre cosas sin importancia. Sin preocupaciones, únicamente pensando en mí mismo y en nadie más. Había sido realmente feliz durante todos esos años, y sólo ahora sabía valorarlo. Ahora, aquella fuerte presión que sentía constantemente en el antebrazo izquierdo me recordaba lo que había cambiado mi vida. Había dejado de ser libre, para convertirme en un esclavo de un señor que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguir lo que quería. Tantos años habíamos pasado soñando con lo maravilloso que habría sido ser mortífago, tan poderosos y oscuros, y ahora que la marca tenebrosa yacía dibujada en mi muñeca, tan solo me sentía como un insignificante peón de unos juegos que no eran míos.

Envuelto en mis pensamientos llegué al séptimo piso. Cuando entré en el pasillo empedrado bajé el ritmo e intenté que mis pasos hiciesen el menor ruido posible. No se escuchaba ni un alma por lo que me permití respirar con regularidad. Sin embargo, cuando giré la esquina los vi de repente. Había una pareja de enamorados justo delante del retrato de Barnabás el Chiflado, que por lo tanto, estaban justo delante de mi destino. Sus labios se comían a besos llenos de pasión, y sus cuerpos se abrazaban con fuerza, intentando eliminar cualquier espacio que hubiese entre ellos. Los miré durante unos segundos, en shock. Él era un idiota de Griffindor al que o aguantaba, era el típico tío que se pavoneaba por los pasillos delante de las chicas, cuando en realidad no tenía nada de lo que presumir. Su nombre… ¡ah sí!; recordé; Cornac McLaggen.

Ella estaba de espaldas, por lo que me costó un poco reconocerla. Sin embargo, a los pocos segundos caí en la cuenta: túnica de Griffindor, melena ondulada de un precioso color castaño. Solo podía ser una persona, y por alguna razón que me negaba a comprender, eso me hacía arder por dentro. Di unos pasos hacia atrás y me escondí tras una columna de piedra, intentando hacer el mínimo ruido posible. Seguía lleno de rabia, luchando contra mí mismo por no salir y hacer que parasen. Solo te sientes así porque no te dejan hacer tu trabajo; me repetía una y otra vez , intentando excusar mis sentimientos.

La voz de Hermione Granger interrumpió mis pensamientos, consiguiendo que también dejase de respirar, por miedo a ser descubierto.

- Es tarde Cornac, deberíamos bajar al gran comedor o nos quedaremos sin cena.

- Vamos, no pasa nada por volver un poco más tarde - contestó él.

Hubo unos segundos de silencio en los que me negué a pensar lo que estarían haciendo, y luego Hermione volvió a hablar:

- Vámonos ya, de verdad, nos veremos mañana, ¿vale?

McLaggen no contestó, y por un segundo temí que se fuesen a quedar allí toda la noche, pero tras un gruñido de decepción ambos se pusieron en camino hacia el Gran comedor, alejándose de la puerta de la Sala de los objetos ocultos, donde yo, muy a mi pesar, tenía que entrar.

Cuando dejé de escuchar los pasos me acerqué a la pared de piedra que había justo en frente del retrato de ese viejo loco que hablaba solo el 90% del tiempo. Miré a los fríos ladrillos durante unos segundos, esperando que la puerta comenzase a dibujarse lentamente, pero para mi sorpresa la pared siguió tan intacta como antes. No entendía que estaba pasando, ¿Porqué no aparecía? Respiré hondo y cerré los ojos, intentando concentrarme en el armario, pero una y otra vez en mi mente se dibujaba la imagen de Hermione Granger con otro. Abrí los ojos, ese era el problema, esa chica me tenía tan absorbido que en aquellos momentos la sala no notaba mi necesidad de encontrar el armario. Intenté borrar de mi cabeza cualquier imagen de ella, desde sus rizos castaños hasta sus miradas de odio. Pero no funcionó. Desesperado me senté en aquel suelo de piedra frío y húmedo. Mi respiración comenzó a agitarse mientras mi cuerpo temblaba ligeramente. Barrabás el chiflado comenzó a reírse a carcajada limpia cuando la primera lágrima calló por mi rostro.

. . .

Aquella noche había sido un auténtico desastre, no había podido entrar a la sala de los menesteres, por lo que me había sido imposible hacer algo con aquel mueble que me llevaba de cabeza. Además, Barrabás el chiflado se había pasado todo el rato riéndose de mí, como si que mi familia estuviese a punto de ser asesinada por mi culpa tuviese algo de gracia (Me había jurado a mi mismo que algún día, cuando todo eso acabase, quemaría ese estúpido cuadro). Y por si todo eso fuera poco no podía quitarme de la cabeza la imagen de Granger y McLaggen, lo que hacía que me sintiese realmente extraño, pues aquello que temía que aquello que había considerado un capricho se convirtiese en algo más que eso.

Decepcionado volví a mi sala común, con la esperanza de no encontrarme a nadie pues se me había acabado la poción multijugos, y como no podía comprar más hasta que fuese a Hosmeade tenía mi aspecto habitual. Pronuncié la contraseña en un susurro, con miedo a que el conserje anduviese cerca, a pesar de que corría el rumor de que Filch nunca se adentraba en las mazmorras después de que hubiese oscurecido no quería arriesgarme a ser castigado.

Entré intentando ser lo más sigiloso posible, y me tiré sobre uno de esos sofás de cuero negro que me habían encantado siempre. La sala común estaba desierta, por suerte era muy tarde y todos habían decidido acostarse ya. Cerré los ojos, intentando dejar la mente en blanco, relajarme y olvidarme por unos momentos de todo, incluida mi existencia. Un pequeño grito impidió que me quedase dormido allí mismo. Abrí los ojos sobresaltado y me incorporé un poco, impaciente de ver que era lo que había pasado.

Una chica de un par de años menos que yo me miraba sobresaltada, con la mano en el pecho, mientras respiraba con dificultad. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, y su cabello castaño claro liso estaba revuelto, indicándome que se acababa de despertar.

- Que…¿Qué haces aquí? – preguntó entre alientos – es muy tarde.

La miré de arriba abajo, ¿quien se creía que era para pedirme explicaciones?

- No te importa Greengrass – le contesté - vuelve a la cama si no quieres que te castigue.

Tardó un poco en contestar, pues le había sorprendido absurdamente que supiese quien era. Realmente era la primera vez que hablaba con Astoria Greengrass, pero era la hermana pequeña de una de mis compañeras de curso, Daphne, a la que consideraba como casi amiga mía.

- Me he desvelado – contestó – solo quería salir a tomar un poco el aire.

- Está prohibido salir de la sala común – contesté secamente, lo único que quería era que se largase a dormir y me dejase en paz, pero ella no parecía entenderlo.

- Sin embargo, tu acabas de entrar, ¿no es muy tarde para eso?

Increíble, aquella cría me estaba cuestionando, a mí, Draco Malfoy, Prefecto de la casa Slytherin, lo que hacía o dejaba de hacer. Le lancé una mirada de advertencia, lo suficientemente profunda como para que pudiese sentirla en la oscuridad.

- Vete a dormir – me limité a contestar.

La hermana pequeña de Daphne me miró y sin contestar se sentó en el sofá que tenía enfrente, desobedeciendo por completo todo lo que le había dicho, y haciendo que mi noche empeorase un poco más.

- Puedes llamarme Astoria – dijo dispuesta a comenzar una conversación.

Me levanté sin pronunciar una palabra y me dirigí a las habitaciones de los chicos, dejandola con la palabra en la boca. Lo último que necesitaba aquella noche era aguantar a una cría que lo único que le interesaba era adelantar a sus amigas en el tema Draco Malfoy. Quería estar solo, lejos de todo, ¿tan difícil era de entender? Cabreado como estaba me puse el pijama de seda verde y me metí entre mis suaves sábanas, deseando con toda mi alma que el día siguiente fuese mejor.

Gracias por leer este capítulo, y espero que os haya gustado. Y bueno, ahora ya solo queda esperar vuestros comentarios y críticas