Mi vida se convirtió en un eterno esperar.
La ansiedad me corroía por dentro, como un grito que nunca se termina de proferir,
pero que sigue latiendo en los oídos con un palpitar que no deja lugar para otro pensamiento.
El sueño de una Tumba – el espejo gótico.
Capítulo 4: Rosas para una Tumba
Edward interrumpió su marcha al visualizar un pequeño puesto de flores y, desviando su camino, se dirigió hacia él. El resto de sus compañeros intercambiaron miradas extrañadas
–Pueden seguir sin mí – alentó, implorando por que le hicieran caso – Yo tengo algunos pendientes que hacer.
Alice, Jasper, Rose, Jessica y Mike asintieron, y retomaron sus pasos. Solo Emmett le ignoró y fue tras él
–Buenas tardes, joven, ¿Qué se le ofrece? – preguntó la amable señora en cuanto él se acercó y viajó su verde mirada por cada una de las flores que se exhibían
–¡Con que flores, eh! – la voz de Emmett le alarmó. No se había fijado que estaba detrás de él – ¿Conozco a la chica?
–No – se limitó a responder
–¿Pero cómo? Soy tu mejor amigo y no...
–No es para una chica – aclaró.
El moreno hizo una mueca. No entendía.
–Tampoco es cumpleaños de Esme – adivinó Edward sus pensamientos, conteniendo una risita. Su amigo, a veces, era demasiado predecible – Son para... una tumba – ¿Le parecería extraño?
En un principio si. Pero Emmett lo "comprendió" rápido. Al final de cuentas, Cullen era una persona con tendencias... lúgubremente extrañas. Si le encantaba caminar a media noche por los cementerios y en su cuarto había una colección de imágenes tétricas, ¿Por qué no habría de gustarle decorar los sepulcros con flores? Aún así, el moreno no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el espinazo.
–¿Una tumba? Vaya... eso si que es algo... nuevo.
Edward suspiró. ¿Creería su amigo que estaba loco si le contaba la verdad? Una vocecita interior le aconsejó que era mejor esperar y le hizo caso. Se sintió molesto consigo mismo, pues, tendría que mentir otra vez.
–Parece estar muy olvidada – hasta ahí, el engaño no era tan grande, pues, ciertamente, eso pudo apreciar las dos veces que había ido a ese lugar – pensé que no le caería mal algunas flores que le adornaran; pero no sé cuáles elegir.
Emmett cogió un hermoso alcatraz.
–Este me gusta
Edward negó con la cabeza
–No son para Rose – recordó, sonriendo ligeramente ante el gesto refunfuñado de su amigo
–A veces siento que puedes leer los pensamientos de los demás. Generalmente, siempre sabes lo que pasan por nuestras cabezas.
–No es eso – discutió él, viendo detenidamente a todos los capullos que reposaban sobre sus vasijas de cristal – Pero las flores nos recuerdan mucho a la gente que es especial para nosotros. Es por eso que siempre son un buen regalo. Es como darle a la persona un pedacito de su propia alma, su misma esencia. A ti te gusto la alcatraz por que te recordó a Rose. La forma altiva de sus pétalos es muy similar a cuando ella camina y te mira por encima del hombro ¿no es así? – él moreno asintió, viendo mientras tanto, que él tomaba una pequeño botón de una rosa blanca – Al fin la he encontrado – anunció Edward, con una tenue sonrisa – esta es perfecta para ella.
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Ya estaba oscuro para cuando Edward abandonó su casa y caminó, a grandes zancadas, hacia el cementerio. Al llegar a la empolvada tumba, se descolgó la mochila de sus hombros y sacó un delgado pañuelo que le ayudó a limpiar al cemento del espeso polvo que la cubría. Suspiró profundamente, mientras tomaba asiento y se disponía a esperar; había tantas preguntas por hacer, ¿Cómo había llegado a su casa la noche pasada? ¿Por qué se había desvanecido de esa manera tras ver a la rubia niña? Había tanto por hablar. Sin embargo, las horas pasaron, trayendo consigo el espesor de la noche que se agudizó con el cantar de las lechuzas, y ella no apareció en ningún momento. Su verde mirada se paseó por cada centímetro alrededor, encontrándose con una que otra alma andante, a las cuales, él, en un pasado, había llegado a confundir como veladores del panteón. Era curioso el notar cómo ellos no le tomaban importancia, el comprobar que, durante casi dos años, había vivido engañado al pensar que eran humanos.
Estiró las piernas y abandonó sus pies en la tierra humedecida por la ligera lluvia que empezaba a caer. Miró el reloj de su celular y sus esperanzas se esfumaron al ver que ya era más de media noche... Suspiró resignadamente y se levantó, no quería volver a preocupar a Eme; pero, antes de irse, extrajo, con mucho cuidado, la pequeña rosa blanca que había comprado en la tarde y la acomodó en el centro del cemento, justo debajo de donde estaba el nombre de la chica tallado.
–Hasta pronto, Bella – susurró, paseando la punta de sus dedos por una de las líneas de la tumba. Después, dio media vuelta y se marchó, ignorando que, todo ese tiempo, un par de ojos castaños le había estado observando, escondidos detrás de un espeso árbol.
–¡Ya se va! – anunció la aguda vocecita de Cristal.
La morena bajó el rostro y sus espesos cabellos cubrieron la tristeza que se dibujó en sus labios.
–Mejor así...
–¡Mira lo que te dejó! – Exclamó la animosa niña, jalándole de la mano y haciéndola caminar – ¡Una rosa!
La castaña no pudo evitar el tomar el pequeño botón entre sus manos.
–Es muy pequeña.
–A mí me gusta – dijo, apenas y escuchando las quejas. Estaba demasiado concentrada en pasear sus dedos por los suaves y delicados pétalos de su regalo. Sonrió ligeramente, mientras tomaba asiento sobre su tumba y se perdía en su ensoñación.
–Parece que le gustas a ese muchacho
Ella negó con la cabeza.
–Seguramente es sólo la intriga que le causo. Al final de cuentas, fue por mí que descubrió que puede ver fantasmas. Pobre, ha de estar demasiado confundido.
–Pues no se parece asustado
–No – su sonrisa se ensanchó – es muy valiente.
Cristal se sentó a su lado, jugando con uno de sus dorados rizos
–¿Por qué no saliste a verlo? Te estuvo esperando mucho tiempo
–Ya te dije que no me interesa vincularme con un mortal... No tiene caso alguno que lo haga.
–No pierdes nada con intentarlo. Es divertido. Suelen ser muy buenos amigos.
–¿En qué aspecto? – Quiso saber la castaña – ¿Qué puede haber de gracioso en una relación que, se sabe desde un principio, es naturalmente imposible? Los muertos y los vivos están separados en dos mundos totalmente diferentes. La misma naturaleza así lo quiere, por eso la mayoría de ellos no puede vernos.
–Tú misma lo has dicho – señaló Cristal – "la mayoría no puede vernos", pero él si. Eso quiere decir que la naturaleza acepta que...
–No puedo, Cristal – interrumpió Bella – Yo... no puedo tolerarlo. Me da miedo
–¿Miedo a que?
–Supongamos que acepto que él me visite las veces que quiera, que nos hagamos amigos y se forme un vínculo, que, como tú dices, sea fuerte y divertido; pero... eso no es eterno y lo sabemos. Él está vivo, rodeado de mortales, y algún día llegará algo o alguien a su vida que sea más importante que mi alma. Un día, él tendrá un trabajo, a alguien a quien amar y proteger, y me dejará. ¿Qué haré yo en ese entonces, si me llego a encariñar más de lo debido?
Cristal bajó la mirada. Sabía a lo que se refería, estaba consiente de ello pues ya le había pasado con anterioridad.
–Tienes razón – admitió la niña – los humanos están vivos y nosotros, los fantasmas, estamos muertos. Ellos se aburren de nosotros en algún determinado tiempo de sus vidas y nos olvidan fácilmente, sin si quiera darse cuenta. Eres muy inteligente y precavida, Bella – felicitó, sonriendo tristemente – la mayoría no aprendemos esta lección hasta ya haber pasado por lo mismo una y otra vez.
La castaña miró fijamente a Cristal. Era en esos pequeños lapsos de tiempo, en los que su infantil y hermoso rostro se tornaba serio, cuando se le hacía más fácil el creer que llevaba muerta más de cincuenta años. Su historia era triste, si. Todos los que se encontraban vagando en ese lugar la tenían, pues, de no ser así, no estarían ahí.
–Pero esa clase de sentimientos tienen sus ventajas – interceptó una tercera voz. Las tristes facciones de la pequeña se reemplazaron, la instante, por su común entusiasmo y felicidad, al ver llegar a Erick, quien la recibió entre sus brazos y la acomodó en su regazo – el saber que somos capaces de aún sentir felicidad, tristeza, amor... dolor, significa que seguimos conservando parte de nuestra alma mortal, y no solo somos espíritus errantes, caminando sin rumbo en la tierra, por no haber sido recibidos por las puertas del cielo ni del infierno.
Bella suspiró melancólicamente y fijó su mirada en las ánimas que pasaban frente a ella con la vista perdida. Sin si quiera verle ni escucharle. Recordó el momento en que "despertó" con esta nueva forma y el miedo que sintió al no ser reconocida por nada ni nadie... hasta que Erick y Cristal le hablaron.
–Hay demasiadas almas perdidas – murmuró y los dos niños asintieron – Todos tenemos ese fin, ¿No es así?
–No – contestó Cristal, apretando sus bracitos alrededor del cuello de Erick – Mi Erick y yo no nos perderemos jamás por que estamos juntos y nos amamos, ¿no es así?
El niño asintió, besando su frente.
Bella apartó la mirada del afable cuadro. A veces sentía que estaba de más entre ellos dos.
–Entonces, es el dolor o la perdición – musitó la castaña para sí misma, mientras alzaba la mirada y veía lo plateado de la luna – Ni pensar que muchos dicen que, cuando las personas mueren, todas descansan de sus dilemas...
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Los días comenzaron a transcurrir y, con ellos, Edward compraba siempre un pequeño capullo blanco para llevarlo por la tarde al cementerio, con la esperanza fija de encontrar, por tercera vez, a la hermosa castaña que no se le arrancaba del pensamiento.
Pero el tiempo pasó hasta que los días completaron una semana, y las semanas un mes, y ella nunca apareció otra vez. Siempre escondida cuando él ahí estaba, le observaba desde la oscuridad, con el miedo y la esperanza mezclados de que, seguramente, al día siguiente, ya no regresaría.
¡Qué alivio y qué desazón le invadían al comprobar que Edward siempre volvía! Y cómo le placía perderse en la forma angulada de sus pálidas mejillas y el verdor de sus ojos, que deslumbraba cuando paseaba su mirada por el alrededor. Sonreía mientras lo observaba jugar, pacientemente, con sus dedos, o tomar un libro y leerlo, mientras esperaba.
Ahh... pero no le gustaba, para nada, verlo marchar siempre con la misma luz disipada en sus pupilas. Ni mucho menos le entusiasmaba el ardor que se acrecentaba en su pecho y el impulso, cada vez más enfrenadle, que le motivaba a querer mover los pies para alcanzarle. Mas era necesario, ¿no? Tenía que ser fuerte y soportarlo. Algún día (que ella, egoísta y masoquistamente, esperaba no fuera cercano) él dejaría de buscarla. Dejaría de dejarle sus rosas blancas, que ella cogía con tanta delicadeza y las guardaba contra pecho. Algún día, él se cansaría de convivir con la nada... ¿Verdad?
.
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El crepúsculo estaba muriendo para cuando Edward arribó, como todos los días, a la necrópolis. Tomó asiento y sacó un ancho libro para leerlo, siguiendo la misma rutina que a Bella le parecía igual (o si se podía más) de maravillosa, no importaba las veces que le divisara.
La noche cayó, y, tras la lluvia de la tarde, arribó consigo una espesa neblina que hizo descender la temperatura de manera atroz. Pensó la castaña que tanto temple provocaría que él abandonara el lugar de manera más pronta, pero, como ya era costumbre, sus teorías estaban lejos de la realidad, pues Edward no solo respetó su horario de estancia si no que, cuando el reloj marcó la media noche, sacó de su mochila un termo y, sirviéndose un vaso de café, se acomodó más plácidamente sobre el sepulcro.
–¿Qué piensa hacer? – Se extrañó Cristal, haciendo eco a los pensamientos de Bella – parece que se piensa quedar toda la noche.
–Está loco – susurró la morena, prestando más atención a la espesa niebla que se comenzaba a formar y cómo Edward metía sus manos en las bolsas de su chamara (la cual, cabe decir que no era muy gruesa)
–Deberías de salir a verlo
–No – espetó rápidamente – El frío no tardará en ahuyentarlo...
Y si. La verdad era que la glacial temperatura se clavaba en el cuerpo del muchacho como filosos cuchillos que le cortaban la piel. Pero no se iría. Aún así si la sangre se le congelaba, no lo haría. Durante todas esas semanas no se había logrado desprender de la imagen de sus ojos color chocolate, de su pálido rostro y su voz frágil. Durante ese tiempo, había llegado a pensar que tal vez todo había sido un sueño. Pero, ya fuera ilusión o realidad, ella estaba presente a cada paso que daba y esa noche soportaría todo con tal de verla... Un esfuerzo extra debería tener alguna recompensa, ¿no?
–¿Qué espera para irse? – murmuró impacientemente Bella, al verlo encogerse y temblar.
–No se irá si no te mira – adivinó Cristal, pero ni bien había terminado de hablar, se vio abandonada por su amiga.
Una sonrisa se dibujó en sus rosados labios al ver a Bella caminar hacia él.
–¿Qué te parece si vamos a pasear por el río? – propuso Erick, apareciendo a su lado. Ella asintió y, juntos, se marcharon para dejar a Bella sola con Edward.
La castaña se acercó a él con pasos vacilantes. Sabía que no estaba haciendo lo mejor, que estaba fallando a sus propias palabras, que el tener otro encuentro con ese muchacho significaría el fracaso de su resolución por mantenerse distante. Pero, extrañamente, poco le importaba en ese momento. Lo único que quería era asegurarse de que él estuviera bien.
Edward mantenía la vista puesta en el suelo, con la cabeza cubierta por el gorro de su sudadera y con sus manos aferradas en la tela, tratando de concentrar el mayor calor posible. Sentía el cuerpo entumecido y unas endebles capas de hielo se estaban formando en los húmedos cabellos que habían quedado al descubierto. De pronto, vio un par de pies descalzos y, atropelladamente, alzó la mirada.
El frío dejó de tener importancia al encontrarse con el marrón de sus ojos.
–Ya sabía que volvería a verte – sonrió, exhalando una fina capa de humo, mientras se ponía de pie para recibirla.
Bella se perdió en la forma de sus labios, que tiritaban, y la forma en que sus pálidas mejillas se habían pintado tenuemente a causa de la extremadamente baja temperatura. Suspiró profundamente y después se acercó más.
–¿A qué has venido? – Preguntó, con su voz suave – Vete a tu casa. Hace demasiado frío.
–N-no – discutió el muchacho, luchando por que la voz no se le quebrara – no me iré. Todas las noches he esperado a que volvieras a aparecer... y ahora...
–¿Haces todo esto solo por verme?
–No – admitió él, con una sonrisa triste – H-hago todo esto para conocerte.
Ella bajó el rostro, apenada. Entonces él se fijó en que su cabello parecía más bien una cascada de hielo café. Seguramente se había mojado mientras llovía en la tarde
– ¿Qué haces? – se extrañó Bella, al ver que comenzaba a deshacerse de su chamarra para dársela.
– Abrígate – pidió.
La morena no terminaba de entenderlo. ¿Cómo era posible que él estuviera preocupado de lo que pudiera o no sentir una muerta? ¡¿Cómo?!
–No puedo aceptarlo
–Hazlo – insistió – ¿Me dirás que no eres capaz de percibir el frío o el calor?
Tardó un poco en contestar. No sabía si decirle o no la verdad. Al final de cuentas, era complicado de explicar cómo, siendo un alma errante, apreciaba todo de una manera diferente... ¿Entendería que, aunque su piel sí lograba captar las punzadas que el viento helado le traían, no eran tan incomodas como seguramente a él le resultaban? Además, y lo más primordial en ese momento, aún si ella fuera enterrada bajo hielo, no importaba. Ya estaba MUERTA.
Intentó devolver la prenda una vez más, pero un par de gélidas manos se apretaron contra las suyas y la detuvieron.
–No permitiré que me la devuelvas
–Yo no la necesito...
–Claro que si – discutió – tienes la piel erizada – señaló
La castaña se sorprendió. ¿Cómo era capaz de ver hasta esos detalles en su cuerpo? Comprendió que el tema de la chamarra era un caso perdido. Así que desistió, aumentando con ello su preocupación.
–Debes irte a casa, puedes enfermar
–Si me voy... ¿Te veré luego? – había anhelo en su voz. Un anhelo que a ella no le pasó por desapercibido.
Recordó las palabras de Erick:
"El saber que somos capaces de aún sentir felicidad, tristeza, amor... dolor, significa que seguimos conservando parte de nuestra alma mortal, y no solo somos espíritus errantes, caminando sin rumbo en la tierra, por no haber sido recibidos por las puertas del cielo ni del infierno"
¿Dolor u olvido?
Si aceptaba, estaba firmando una factura que pagaría caramente en un futuro. Si lo rechazaba, no solo se estaba condenando a perder la parte humana que le quedaba, si no que, también, estaba traicionado cruelmente ese ferviente deseo que le pedía estar con él...
¿Dolor u olvido?
Ambos le aterraban de la misma manera; pero, si de igual forma iba a sufrir. Si de alguna manera estaba ya sentenciada a la desgracia, podía disfrutar de los cortos lapsos de dicha ficticia que aquel mortal podía ofrecerle con su momentánea compañía. Al final de cuentas, ¿Qué era lo peor que podía pasar?
Dicen que el tiempo cura las heridas. Ella sabía que eso era algo irremediable. Que el entablar un vínculo con Edward le dañaría de una u otra manera. Pero, para su alma errante, tiempo era lo que sobraba... así que... tomaría el riesgo.
–Si – contestó, con un hilo de voz –Me verás pronto, lo prometo.
Si, si, si. Sé que no tengo perdón por tardar tanto. Y esta vez, se me acabaron las excusas xD. Sólo espero que les haya gustado y haya compensado la espera. ¿Me dejan su opinión? *-*- Gracias por leer ^^
Atte
AnjuDark
