La Llave de tu corazón

Capítulo Tres: Indecisión

Albert condujo durante una hora su coche deportivo sin dirigirse a ningún lugar en concreto. Pensó en llamar a su amigo Stear, pero después decidió que no quería que nadie se hiciera una idea equivocada sobre Candice o su hija. Problemas como los que tuvo él cuando era un niño.

Finalmente aparcó frente al hotel y apagó el motor. Permaneció un rato dentro del coche, pensando en cómo podría pasar a formar parte de la vida de su hija.

Y de la de su madre.

«Candice White no parece una madre», pensó frotándose la cara. Siempre había pensado que no podía estar más guapa que la noche después de la boda, pero no era cierto. Trató de imaginar todo por lo que ella había pasado: su vientre abultado por la criatura que llevó en el interior, y cuando lo hizo, un sentimiento extraño se apoderó de él. ¿Nostalgia?

¿Quería formar parte de la vida de Candice por la pequeña? Desechó esa idea de manera inmediata. Había estado quince meses pensando en Candy, y tratando de localizarla. Ella se había mudado a vivir con sus padres, y su teléfono no figuraba en la guía. Pero, aunque hubiera sido de otra manera, tampoco habrían cambiado mucho las cosas. Se habría vuelto loco si se hubiera enterado de que ella llevaba a su hija en el vientre. Habría querido estar con ella, pero con su trabajo, eso habría sido algo imposible. No podía marcharse cuando sus compañeros y su patria lo necesitaban.

Odiaba habérselo perdido todo.

Suspiró con resignación, salió del coche y se dirigió a su habitación. Tenía que lograr convencer a Candice de unirse a él. No podía ser tan malo después de la maravillosa noche y el fruto de esa noche era un resultado grandioso. Una preciosa hija, su princesita.
Albert no se fijó en que las mujeres le sonreían al pasar. Tampoco notó la manera en que trataban de llamar su atención. Lo único que veía era a Candice sujetando a su hija contra el pecho y acariciándole la espalda. Le habría gustado tomar a la pequeña en brazos, sentir la responsabilidad y protegerla de todo y contra todos.

Avril era su hija. Sangre de su sangre, y estaba dispuesto a darle todo lo que él nunca había tenido.

Y eso incluía el nombre paterno. Lo que no entendía era la renuencia de Candy. Pero lo averiguaría.


OOO

Candice luego de que Albert hubiera partido de su casa, había quedado un manojo de nervios. Que diferencia hubiera marcado si ella le hubiera notificado a Albert sobre su paternidad. Ninguna. Ella lo sabía muy bien, aunque esa no era la causa de aversión a su propuesta de matrimonio.

A la mañana siguiente, sonó el timbre y Candice tembló de solo pensar que él hubiera regresado. Pero para su alivio y decepción vio que era su mejor amiga y hermana de su adorado tormento.

Candice miró a Rosemary, quien la miraba pidiendo disculpas. Candy no se lo permitió.

—Sé que te arrepientes. Olvídalo.

—Deberías haber intentado localizarlo con más insistencia. Habría sido más fácil si él lo hubiera sabido desde el principio —dijo Rosemary.

—¿Sí? ¿Y cómo? ¿Crees que habría sido menos… decidido?

—Mi hermano mayor es duro de pelar, ¿no?

Candice miró a su amiga. Rosemary era una romántica. Ella no. Dejó de serlo cuando su prometido rompió su compromiso. Una vez, podía ser tolerable todavía, pero que la dejaran por segunda vez era demasiado. Candice se había enamorado de dos hombres que, al parecer, encontraron su chica ideal cuando ya le habían propuesto matrimonio a ella. Era humillante, y por eso no creía en las promesas de ningún hombre. No podían cumplirlas. Albert no era muy diferente. Bueno, quizá un poco. Al menos él conocía el significado de la palabra honor.

Cuando Candice había estado con él, meses atrás, las mujeres se arremolinaban alrededor de él. Ella no quiso percatarse de que él las ignoraba y solo se fijaba en ella. Además, Rosemary le había contado que él había estado con pocas mujeres antes que con ella. Y un hombre musculoso, vestido con el uniforme de la Fuerza Aérea, siempre tiene montones de mujeres a sus pies.

Candy meneó la cabeza y suspiró. De acuerdo,tuvo que reconocer, ella había sido una de ellas. Deseaba a Albert. Había estado quince meses tratando de olvidarlo, pero no lo había conseguido. Aún lo deseaba, pero una cosa era en la cama, y otra en su vida.

Sonó el teléfono y Candice se levantó para contestar. La voz familiar que provenía del otro lado de la línea la hizo sonreír.

—Mamá, ¿cómo estás?

—Estamos bien. ¿Cómo está mi nieta?

Candice miró a su hija y sonrió.

—Comiendo cereales y ensuciándome el suelo de la cocina —su madre se rió—. Bueno, ¿y qué pasa? Hablé contigo ayer.

—Eso fue antes de que Albert llamara.

—¿Qué?- exclamó Candy, cuyo tono de voz se escuchaba una octava más aguda.

—Sí, llamó hace un rato. Habló con tu padre.

Candice suspiró y se apoyó contra la pared.

—¿Y qué le ha dicho papá?

—No lo sé. Al parecer estaba contento cuando salió del estudio, porque iba riéndose. Seguía hablando con Albert y se llevó el teléfono hasta el garaje. Parece que han congeniado bien. ¿Sabías que Albert hace muebles de madera?

Perfecto. Su padre también hacía muebles. El hombre tenía todas las herramientas necesarias para trabajar la madera y, como se había retirado, se dedicaba a hacer muebles. Más de los que cabían en su casa, o en la de Candy, así que había comenzado a aceptar pedidos.

—¿Muebles? No, no sabía que Albert hiciera muebles —miró a Rosemary como si fuera culpa suya que Albert y su padre se llevaran bien.

Candice preguntó por su padre, pero la madre le dijo que había salido.

—Dile que me llame, por favor, mamá.

—No creo que vaya a contarte de qué han hablado… No me lo cuenta a mí…

—Albert está tratando de sobornarlo para llegar hasta mí —dijo Candy.

—Oh, él no ha hecho nada de eso, cariño. Solo se presentó y nos dijo lo que ya sabíamos. Que él no se había enterado de lo de Avril hasta ahora.

—¿Y qué más?

—Dijo que cuidaría de ti y de su hija.

—Bueno, pues Albert Ardley tendrá que enterarse de que no necesito su ayuda económica.

—No creo que se estuviera refiriendo al dinero, cariño.

Al oír las palabras de su madre, Candice sintió algo de temor. Se despidió de su madre y colgó el teléfono. Se sentó y agarró la taza de café.

Rosemary

—¿Ha llamado a tus padres? —dijo Rosemary asombrada, y Candice asintió—. Albert es muy atrevido. Ha debido de ser muy interesante.

—Ya lo creo.

—Sabes que mi hermano es un chico estupendo, ¿no?- insistió su amiga.

Candy se encogió de hombros indiferente.

—Eso dicen.

—Oye, que no ha hecho nada malo.-le dijo ella con el ceño fruncido.

—Excepto amenazarme —dijo Candice dando un suspiro.

Rosemary la miró como si estuviera hablando de otra persona.

—¿Qué?

—Dijo que formaría parte de mi vida y que no podría detenerlo.- se explicó la rubia.

—Vale, es una amenaza, pero suave y comprensible —Rosemary le hizo muecas a Avril y la niña la imitó—. ¿Qué vas a hacer? —Candice se encogió de hombros.

Cuando se trataba de Albert Ardley se sentía muy indefensa

—. George me ha pedido que lo acompañe en su próximo viaje de negocios. Durante un mes. Creo que iré con él.-le avisó su amiga.

—¿Vas a abandonarme?- preguntó Candy horrorizada ante la idea de tener que enfrentar a Albert sola.

—No, intento conservar lo que tengo. Una amiga maravillosa y un hermano encantador. No quiero tener que elegir.-musitó Rosmery.

—¿Quién ha dicho que vas a tener que hacerlo? —Candice no quería meter a su amiga en medio—. De acuerdo, vete. Yo me encargaré de Albert.

Su amiga se puso en pie y agarró el bolso. Rosemary miró al bebé y sonrió a la madre.

—Buena suerte —dijo, y se acercó hacia la puerta.

—¿Por qué le escribiste para decírselo?

—Porque quiero a mi hermano tanto como a ti.

—¿Y si aquella noche fue todo lo que tuvimos, Rosemary?—le preguntó Candice cuando Rosemary ya había abierto la puerta.

—Tendrás que darle una oportunidad a la relación para descubrirlo, ¿no crees, Candy?

Antes de que Candice pudiera contestar que no quería arriesgarse a que un hombre le rompiera el corazón otra vez, Rosemary salió de la casa. Candice miró a su hija y, una vez más, pensó que no cabía duda de que era la hija de Albert. Tenía los mismos ojos azules que él, y una mirada inteligente y perspicaz.

—Eh, Avril —dijo Candy, y la pequeña levantó la vista, sonrió y le ofreció un puñado de cereales.

Candice se agachó y fingió que se los comía.

—Te amo princesita. Te amo mucho.


OOO

Era un momento ajetreado para Candice quien contuvo las lágrimas y se preguntó qué sería de ellas en un futuro. Lo tenía todo planeado hasta que apareció Albert. Le gustaba tener las cosas claras y en orden, para saber el resultado de sus actos. Por eso era bancaria. Los números no mienten. Las cifras no engañan cuando uno está eligiendo el vestido de novia. Y no te dejan con la mirada de lástima que pone todo el mundo cuando se entera de que el hombre ha roto el compromiso. Por segunda vez.

Se preguntaba qué hacía mal para que los hombres la abandonaran tan fácilmente. Era una mujer agradable. Tenía buen sentido del humor. No era una supermodelo, pero tampoco era fea. ¿Qué era lo que hacía que los hombres se marcharan con otra más interesante?

Tomó a Avril en brazos y suplicó en silencio para que Albert se marchara. Había superado que Terry la traicionara con su antigua novia. Y que Michael se marchara con su secretaria.

Pero ¿con Albert? Si él le daba esperanzas y luego la abandonaba, nunca lo superaría. Estaba segura de ello. Además tendría a su hija y todos los días, al verla, recordaría su fracaso. Era mejor no arriesgarse, así no habría posibilidad de que le rompiera el corazón.

—¿Verdad? —preguntó en voz alta a su hija.

Avril no contestó. «No importa. No hay ninguna respuesta», pensó Candy.

Avril lloraba porque quería cenar y Candice estaba intentando poner una lavadora antes de comenzar con la rutina de la noche. De pronto, llamaron a la puerta y, durante un segundo, la pequeña dejó de llorar.

—Será un vendedor —dijo Candice a su hija.

Apoyó la cesta de la ropa en su cadera y se dirigió a abrir.

—Albert.

—Menos mal, no te has olvidado de mí.

«Como si eso pudiera ocurrir», pensó ella.

—¿Por qué has venido?

—Rosemary y George se han ido y estaba solo y hambriento.

—Supongo que tienes la casa llena de comida, porque Rosemary es una gran cocinera.

Albert miró a Candice de arriba abajo. Estaba muy atractiva, pero tenía cara de cansada.

—¿No te apetece un poco de comida preparada? —le enseñó una caja del restaurante chino.

Candice inhaló el aroma que desprendía la comida y se percató de que era su plato favorito.

—No, gracias. Estamos bien —Avril se puso a llorar y Candice la miró—. Eh, ten paciencia. Se está calentando.

—¿El qué se está calentando?

—Su cena, su biberón. Después un baño y a dormir.

—¿Y después qué harás, Candy? ¿Sentarte aquí sola a ver la televisión?

—Tengo que terminar de limpiar. Y planchar mi ropa del trabajo. Después, podré descansar.

—Es duro estar sola, ¿no?

—Me las arreglo bien. Y continuaré haciéndolo sin tu ayuda.

—Eh, no he venido a ayudarte, solo a traer un poco de comida —sonrió—. ¿Vas a dejarme toda la noche aquí fuera para que me vean los vecinos, o qué? —movió las cajas que llevaba en la mano—. Está caliente. Y me muero de hambre.

«Tentador… muy tentador», pensó Candy. «Albert y la cena». Pero si lo dejaba entrar, pretendería hacerlo siempre que quisiera.

—Pues vete a casa y come —estaba demasiado cansada para tratar con él.

—Escucha, Candy. Avril también es mi hija, y apenas he tenido oportunidad de verla.

—Tiene todos los dedos de la mano y de los pies, está bien de salud, y cuanto más me entretengas, más se va a enfadar porque no le dé la cena.

—Entonces, supongo que lo mejor es que se la des.

—Albert.

—Candy, cena conmigo. Tenemos que hablar.

Era cierto. Tenían que hablar para que Candice pudiera dejarle claro que no podía casarse con él. Ella asintió y Albert sonrió. Entró en la cocina y dejó las cajas de comida sobre la mesa. Después se volvió y agarró la cesta de la ropa para lavar.

—Ya pongo yo la lavadora —dijo él.

—Puedo hacerlo yo.

—No lo dudo. Pero parece que la princesa está a punto de ponerse a gritar.

Candice miró a Avril. Estaba en el andador y movía las piernas enfadada. Intentaba llegar hasta ella y, al verla, Candice sintió que se le encogía el corazón. Le entregó la cesta a Albert y se acercó a su hija:

—Vamos, bonita, la cena está lista.

Albert la observó un instante mientras Candice le daba una galleta a Avril y la sentaba en la sillita para comer. Hablaba con su hija como si fueran las dos únicas personas en el mundo y, sintiéndose como un extraño, Albert desapareció con la cesta de la ropa y se dirigió al garaje, donde suponía que estaba la lavadora. Al separar la ropa no se fijó en la ropa interior de Candy, sino que se centró en la ropa de bebé. Puso en marcha la lavadora y regresó a la cocina. Candice estaba dando de cenar a la pequeña.

Albert se quedó mirándolas. No podía evitarlo, pero algo tan natural le parecía fascinante. Avril se inclinó hacia delante para mirarlo. Albert sintió que se derretía por dentro y le lanzó un beso. La niña sonrió y escupió la comida mientras balbuceaba palabras que iban dirigidas a Albert. Candice se volvió para mirarlo y sonrió.

—Creo que estamos comunicándonos —dijo Albert.

—Eso no dice mucho en favor de tu intelecto.

—Eres una gruñona.

—Lo siento. Soy madre. A estas horas del día nos toca estar gruñonas.

Albert sonrió.

—¿Estás lista para cenar?

—Esperaré. Pero empieza tú, si quieres.

Él frunció el ceño.

—Tengo que bañarla después de la cena. Duerme mejor.

—Te esperaré. Pero… —abrió la bolsa y sacó unos rollitos de primavera. Los cortó en dos y los colocó en un plato—. ¿Un aperitivo?

Candice tomó un pedazo y se lo llevó a la boca. Albert se sentó junto a ella y esperó a que terminara de darle la cena a Avril.

—La hora del baño —le dijo Candice a Avril cuando terminó. Después miró a Albert—. Vamos a tardar un rato.

—No voy a marcharme.

—Vaya. Falsas esperanzas —dijo ella, y se marchó.

Estaba decidida a mantener alejado de su vida a Albert, sin embargo, él estaba decidido a pasar a formar parte de su vida.¿Qué no se iba a dar por vencido? Candy sabía la respuesta...Por supuesto que él no se rendiría.


OOO

Media hora más tarde, Candice cerró la puerta del dormitorio de Avril y entró en el baño para recoger un poco. Estaba rendida y no le apetecía tener que tratar con Albert. Se miró en el espejo e hizo una mueca. Se le estaba deshaciendo la coleta, no se había puesto maquillaje y llevaba la blusa manchada de papilla.

Recogió las toallas, echó a lavar la ropa de su hija y entró en su habitación para peinarse y cambiarse de blusa.

Cuando salió, el olor a comida china hizo que se le hiciera la boca agua y se encaminó hacia el salón. Al pasar por delante de la habitación de Avril, oyó la voz de Albert.

Abrió la puerta y vio que estaba inclinado sobre la cuna acariciando la espalda de la pequeña.

—Te prometo, princesa, que nada va a hacerte daño. Estoy aquí para cuidar de ti, aunque mami no lo quiera. No voy a marcharme. Voy a protegerte. Cuenta con ello.

Candice sintió un nudo en la garganta.

—Mataré a los dragones por ti, princesa. Te doy mi palabra de honor.

Los ojos de Candice se llenaron de lágrimas.

—Y si mami me deja, también mataré los de ella.

Candice tragó saliva y trató de ignorar el fuerte palpitar de su corazón. Albert bajó el lateral de la cuna con cuidado y se agachó para besar a Avril.

«Mi hija tiene un defensor. Me guste o no», pensó Candice y salió de la habitación. Pero eso no significaba que tuviera que casarse con Albert. Ella y Avril habían sobrevivido sin él. Entró en el salón y se sentó en el sofá. No quería dudar de sus posibilidades.

Cuando Albert salió del dormitorio de Avril, se detuvo en la puerta del salón con las manos en las caderas. No se percató de que Candice estaba mirándolo. Respiró hondo y sonrió. Parecía que estuviera midiéndose frente a la responsabilidad que conllevaba ser padre. Candice lo comprendía. El día que se enteró de que estaba embarazada había hecho lo mismo.

—Hola —dijo al verla.

—Hola —contestó ella.

«Cielos, está muy atractivo», pensó. Llevaba una camisa negra que hacía resaltar los músculos de su pecho. Candice deseó acariciarle el cuerpo. Un cuerpo del que solo había disfrutado durante una noche.

Albert se acercó a Candice y ella sintió que se le paraba el corazón.

«¿Sabrá lo sexy que es?», pensó ella mientras él se sentaba a su lado en el sofá.

Albert la miró y se fijó en la línea de su escote. Candice sintió cómo sus pechos se ponían turgentes en el acto.

—Si sigues mirándome así no vamos a cenar nunca —dijo él en voz baja.

—Estoy hambrienta —dijo ella.

—Yo también, pero hambriento de ti.

—Albert, no.

—¿Qué? ¿Que no sea sincero? ¿Que no te diga cuántas veces he pensado en ti?

—Esto no va a ser de gran ayuda.

—Negarlo tampoco nos ayudará —dijo él, y acercó su boca a la de ella.

Candice podía sentir el calor de su respiración sobre sus labios. Se acercó a él, y segundos antes de que sus labios se rozaran, sonó el teléfono.

Corrió para contestar antes de que Avril se despertara.

—Hola —dijo después de aclararse la garganta—. Ah, hola, Tom—Albert entornó los ojos y la miró fijamente—. ¿Ocupada? De hecho, sí, estoy ocupada —dijo sin mirar a Albert—. Claro. Adiós —se despidió y colgó.

—¿Quién era ese?

—Un amigo.

—¿Cómo de cercano?

—Trabaja conmigo.

—¿Te estaba invitando a salir?

—Supongo que lo intentaba.

—¿Saldrías con ese hombre?

—¿Algún motivo por el que no debería salir con él?

—Sí, apenas consigo verte el tiempo suficiente para hablar contigo y, además, tenemos una hija juntos.

«Eres mucho más peligroso que Tom», pensó Candy. Apenas recordaba el color de los ojos de aquel hombre; sin embargo, todo lo de Albert lo recordaba a la perfección.

Candice miró directamente a los ojos de él.

—¿Qué es lo que quieres decirme, Albert? Aparte de proponerme matrimonio.-

Albert sintió que ella sonaba tan tensa y a la defensiva. Frunció el ceño ligeramente.

—Ni siquiera vas a considerarlo, ¿verdad?

Candice sonrió irónicamente.

—No, pero gracias por la oferta.

Sin embargo, él no se iba a dar por vencido.

—Actúas como si hubiera hecho esto sin pensarlo primero.

—Es una reacción visceral, Albert. Una obligación. No voy a encadenarme a un hombre cuando él no lo desea.- espetó la rubia impaciente.

—¿Quién ha dicho que no lo desee?-refutó él.

Eso era el colmo, pensó la rubia, no obstante preguntó:

—Si Avril no existiera, ¿habrías venido hasta aquí?

Albert enarcó una ceja y no pudo evitar sonreír.

—Llevo tres días en el país y dos de ellos los he pasado aquí. ¿Tú qué crees?

—Quieres hacer algo honorable. Lo comprendo. Pero no te necesito. Ni quiero casarme con un hombre por el bien de un niño. El matrimonio es lo bastante duro como para encima no tener esperanzas.

—Eso lo dirás por ti. Voy a ser un buen padre.

—Ya lo sé —dijo ella—. Pero para serlo no tienes que casarte conmigo.

Albert pensó en su padre biológico. Aquel hombre no se había casado con su madre, no estuvo con él cuando era pequeño y lo necesitaba. Después, su madre se enamoró de Richard, un hombre estupendo con el que se casó. Rosmery era el resultado de ese amor, y el hombre al que Albert llamaba «papá» siempre se portó bien con él, incluso cuando no debía. Pero Albert estaba resentido por el hecho de que su padre de verdad no hubiera tenido valor para casarse con su madre y dejara que un niño perdido creciera siendo bastardo. Él nunca le haría eso a Avril. Aunque las cosas no salieran bien entre Candice y él, no desaparecería de la vida de su hija.

Pensó en contarle a Candice el motivo por el que quería casarse con ella, aunque sabía que la falta de agallas de su padre solo era una pequeña parte. Candice era el motivo verdadero, y ella no lo comprendería. Le diría que solo por el hecho de ser un hijo ilegítimo no debía pagar por los errores de su padre… y era cierto.

Albert no quería cometer los mismos errores. Y menos a costa de su hija.Él haría lo correcto. La conquistaría.

- Candy- pensó para sí el rubio- Te conquistaré y así obtendré "La Llave de tu corazón".

OOO


"Si no escalas la montaña, jamás podrás disfrutar del paisaje." Pablo Neruda.


Agradecimiento especiales a cada una de ustedes por su apoyo constante a cada una de mis historias.

Menciones a mis brujitas del Aquelarre CBA, a los grupos: "Historias de Albert y Candy" , ALSS y LPA.


Saludos y agradecimientos por sus reviews a :

Faby Andley. ¡Felicidades cariño! Ahora ya sabemos la causa de tu sensibilidad. Un abrazo.

Lu de Andrew.- Manis preciosa, ¿no es un encanto nuestro wero?. El ya está preparándose para conquistar. Un abrazo enormeeeee cariño del tamaño de Rusia jajaja. TQM, ya sabes.

Nadia M Andrew .- Gracias por estar siempre ahí. Albert está decidido, vamos a ver cómo se complica nuestra rubia. Un abrazo.

Elisa.- Ufff nena, yo también pienso igual . Si ella no lo quiere, pues hay muchas en cola, jajaja. Gracias por tus porras.

MiluxD.-Mi querida amiga, que bueno que estás muchísimo mejor, ánimo nena. Y estamos a la espera de tu fic.

Mayra Exitosa.- Jajajaja, se lo va a demostrar nena, pero Candy será un poco testaruda, ¿qué raro no? jajaja

Patty A.- Espero poder sorprender un poquito con éste adelanto. Gracias.

Guest.- ¡Gracias! También te envío un mega abrazo en la distancia.

Josie.- Oh Josie! Gracias mil! Ah eres un encanto. Sí ya me imagino, todas las sensaciones generadas al momento de leer, pero debo confesar, que sus comentarios me ayudan a seguir imaginando probabilidades. Dos mentes trabajan mejor que una y pues ustedes son lo máximo cuando juegan a predecir la continuación. ¿Tienes cuenta en Fb?, me encantaría invitarte a unirte a nuestro grupo y charlar un poco más. Un abrazo.

Lili A.- Bueno cariño, si deseas ser la bebé adelante nena, porque yo deseo ser la mami jajajaja. Gracias por estar aquí. Un enorme abrazo.

Briana.- ¡Holis! ¡Bienvenida! que agradable sorpresa el que te hayas animado a comentar. Gracias por tu porras. Espero te guste éste avance.Sé libre de expresar tus ideas, acepto con gusto sugerencias y tomatazos, jajaja. Un abrazo.

Marisol 92.-Muchas bendiciones también para ti y tu hermosa familia. Muchas gracias. Eres maravillosa.

Paloma.- Mi querida amiga, ah que bueno que estés a gusto. Espero que te encuentres mucho mejor. Gracias por tan linda compañía. Un enorme abrazo y mis mejores deseos en tu pronta recuperación.

Rose Grandchester.- Nuestro rubio, hace honor a su juramento y no solo eso, sino que realmente lo siente. Gracias amiga. Un abrazo.

Norma Angélica.- Que bueno que te haya gustado corazón. Nos estamos leyendo ;)

MFloresMayes.- Hola cariño, me alegra que estés por aquí. La historia promete arrancar suspiros, sobre todo por la ternura de nuestro rubio hacia su nena. Gracias.

Liovana Hernández.-Oh sí, vamos a ver que no todos los militares son rudos y fríos, porque éste Albert nena, ufff va robarnos el corazón. Un abrazo.

A mis amigas lectoras que se encuentran tras la pantalla anónimamente, estoy muy agradecida por su compañía silenciosa. Dios las bendiga.


Un abrazo en la distancia,

Lizvet