Capitulo IV: Avaricia y ancestros
En el gélido y enrarecido aire de la fábrica súbitamente se oyó el llanto de un niño. Las paredes resonaron con un eco extraño y antinatural como si los gemidos de la criatura hubieran despertado los lamentos de las almas de los condenados. Las plumas y los nervios de Castiel se pusieron de punta al escucharlo, y al momento comprendió que, además del niño, también estaba escuchando a un alma en pena.
- Se lo suplico, por favor, no me obligue a...
- Tu no puedes suplicar nada, Matt- la voz de Crowley sonaba más suave y venenosa que nunca- ya ha empezado tu condena. Hace diez años que me vendiste tu alma a cambio de ese puesto ¿verdad?. A media noche mis perros tendrían que haberte destrozado, y sin embargo...
- Si, pero yo...mi hijo...
Sonó un fuerte golpe y el ángel comprendió que el demonio acababa de abofetear a su interlocutor.
- No es de buena educación interrumpir a alguien cuando está hablando, querido- dijo Crowley con tono jovial- Pero no te preocupes por eso, en el Infierno aprenderás buenos modales muy pronto. Y ahora, como iba diciendo, tendrías que estar muerto ya, pero antes de eso quiero que mates a tu hijo recién nacido- entonces se oyó el chasquido inconfundible del percutor de un revólver- Vamos, Matt, haz !pum! y se acabó.
- No...- sollozaba Matt- no puedo, por favor...
- Entonces mis perros os harán trizas a ti y a él- repuso secamente el Rey del Infierno- y me aseguraré de que se lo coman vivo antes de que tu mueras... y te prometo que le oirás gritar durante un buen rato antes de que todo quede en silencio. Y así, mi querido amigo, además de cargar con todos los muertos que cargas gracias a las decisiones que has tomado por...- Crowley hizo un floreo con la mano- "el bien de tu nación", tendrás también sobre tu conciencia la tortura y la horrible muerte de tu propio hijo.
El hombre gimió desesperado y sollozó con más fuerza.
- Por favor- casi no podía articular palabra- Señor, ¿porqué? ¿porqué mi hijo?
Al fondo de una oscura sala, el ángel distinguió por fin la escena. El hombre trajeado arrodillado en el suelo, dentro de un pentáculo y a los pies del Rey, llorando de manera incontrolada. El bebé abandonado en su canastilla, siguiendo el ejemplo de su padre; los dos perros del Infierno merodeando en círculos en la zona más en penumbra y el propio Crowley, apuntando con el arma indolentemente al pequeño que no cesaba de gemir.
- ¿Porqué? Pues porque me da la gana, la real gana en realidad. Eso en primer lugar; en segundo, porque te lo mereces y en tercero porque tengo un pequeño hechizo entre manos, y para completarlo necesito un acto antinatural. Y dime, pequeña basura temblorosa, ¿que hay más antinatural que un padre matando a su propio hijo? Tan solo se me ocurren un par de cosas más, y no puedo decirlas porque hay- el demonio echó un vistazo al bebé y se rió- "ropa tendida"
Al principio, silencio. Después, un lamento que le heló la sangre en las venas. O, más bien, que se la heló a su recipiente.
Se adentró en el edificio con cautela, imaginando multitud de posibles explicaciones para aquellos gemidos de ultratumba, y todas ellas igual de preocupantes. ¿Habría salido algo mal?
Al poco le llegaron fragmentos de una conversación entre dos hombres, aunque uno de ellos sonaba tan estrangulado que resultaba difícil comprender lo que estaba diciendo. El otro hablaba más claro y su voz era suave y engañosamente tranquila. Incluso sensual, tuvo que reconocer Castiel para su propio disgusto. Y, aunque las palabras que estaba pronunciando eran duras y terribles, pues escondían la promesa de una tortura eterna e insoportable, su empalagoso discurso se derramaba por toda la estancia como el néctar de una flor del desierto, de esas que por dentro olían a podrido.
El ángel no tuvo ninguna duda; el que hablaba era Crowley.
Se acercó un poco más, sin poder creer lo que estaba diciendo el demonio. ¿Matar a un bebé? ¿Y encima su propio padre? Aquello era repugnante, mucho más que todo lo que le había visto hacer hasta ahora. Y no iba a consentirlo.
Al oír lo de los perros y al ver como aquellas funestas bestias se relamían los colmillos con avidez, no pudo aguantar más y se plantó delante de ambos, extendiendo las enormes alas hasta que sus puntas golpearon contra los muros de la fábrica y erizando las plumas como si fueran un muro de lanzas. Sus ojos -y todo el ambiente a su alrededor- parecieron refulgir llenos de energía y justa furia celestial. Y pensar que había llegado a preocuparse por Crowley…
Ahora solo estaba horrorizado. Horrorizado y enfadado.
-De ninguna manera- Gruñó y, por un momento, pareció hacerse más grande. –No harás daño a ese niño, Crowley. Has dicho que se ten ocurrían otras cosas. ¿Cuáles son?
- "Estupendo"- pensó Crowley- "ha mordido el anzuelo, tal como había imaginado. Los héroes son tan predecibles..."
Ignorando por completo al hombre que gimoteaba en el suelo y a su bebé, el Rey del Infierno echo una larga mirada de arriba a abajo al furioso ángel. De tan terrible su aspecto resultaba magnífico; como si de un perro de pelea se tratase, Crowley estudió con aprobación y admiró cada detalle del cuerpo del Enviado del Cielo. Cada detalle de ambos cuerpos, pues como Rey Demonio, Crowley podía ver tanto el recipiente como la verdadera apariencia de Castiel.
- "Que preciosas alas"- admiró- "Grandes, bien proporcionadas, y con plumas como puñales blancos de fuego. Será una auténtica delicia cuando le obligue a utilizarlas para darme placer…"
Cuando el enfadado Castiel le exigió que le dijera cual era la "otra forma" de llevar a cabo el acto contra natura necesario para completar el hechizo de resurrección, Crowley sintió un delicioso escalofrío recorriendo su columna vertebral. Reprimió a duras penas las ganas de hacer una broma sobre un nuevo remake de la historia de Abraham e Isaac, pues estaba seguro que si mentaba en esos términos al Padre de Cass, éste le daría un Santo Directo que con toda seguridad mermaría parte de sus poderes durante un buen rato ( y de paso le dejaría a su recipiente un par de muelas bailando).
- Bueno, Cass, querido… la otra opción de la que hablé es un, ehm, digamos un acto de amor- Crowley guiñó pícaramente un ojo- entre dos especies irreconciliables- el demonio se encogió de hombros, y continuó- Y como tenemos poco tiempo, pues creo que sería suficiente con algo rápido; quizá lo más apropiado dadas las circunstancias sería el sexo oral.
Casi al instante, Crowley perdió el interés que hasta ese momento había demostrado por Matt y su hijo y centró toda su atención en el ángel que tenía delante. Éste, al darse cuenta de la inspección (nada sutil) a la que le estaba sometiendo el Rey del Infierno, pareció desinflarse un poco, aunque se mantuvo firme en su decisión. No dejaría que ningún inocente más muriera por su culpa, costara lo que costara.
Aunque no era la primera vez que Crowley le miraba así, aquello seguía poniéndole nervioso. Tanto como para querer que parara y le revelara de una vez su "Plan B", sin duda tan incorrecto y repugnante como el primero, pero esperaba que un poco más aceptable.
Como si no le hubiera quedado otra opción, el demonio empezó a hablar por fin, aunque Castiel tuvo la desagradable impresión de que había estado esperando a que él hiciera justamente eso.
Así que se trataba de eso. Tenía que haberlo imaginado. Crowley había estado deseándolo desde que se habían reunido en su despacho, tal vez antes. Pero si con eso bastaba para salvar a aquel niño, Castiel volvería a besarle. Ya lo había hecho una vez y había sobrevivido. Aunque seguía sin saber como se besaba, pero no le importaba no hacerlo bien para ese demonio. Dio un paso adelante. Cuanto antes terminaran, mejor.
Pero se quedó congelado al oír sus siguientes palabras. Sexo. Oral.
En ángel enrojeció de pies a cabeza y dejó caer las alas como si fueran un par de hojas mustias. No se le ocurría nada más sucio que aquello. Era una aberración, se mirara por donde se mirara. Pero ya había tomado una decisión y no se echaría atrás.
Miro hacia el canastillo en el que estaba el bebé, luego a los ojos llorosos e hinchados de su padre, y luego, al niño otra vez.
-Está bien. Pero primero pondré al niño a salvo. Y tú llévate a ese desdichado. –Ya bastante vergonzoso sería aquello como para que encima hubiera espectadores.
Crowley, al oir que el ángel no quería espectadores puso cara de "en fin, que le vamos a hacer". La verdad es que la jugada le había salido redonda; el acto que proponía para completar el hechizo era triplemente antinatural desde el punto de vista bíblico, ya que por un lado unía a dos seres de naturaleza contradictoria y opuesta, que además eran del mismo sexo y, por si fuera poco, practicarían una variante prohibida del sexo con fines no reproductivos. Una sola de estas "aberraciones" ya era más que suficiente para lograr sus fines, pero tres a la vez…
Y además estaba su disfrute personal. Poco a poco estaba corrompiendo al puro Castiel; estaba haciendo caer a un ángel del Señor, primero en la soberbia, ahora en la lujuria… y es que, después de todo, Castiel era bueno pero él… en fin, simplemente él era Crowley.
El demonio reprimió a duras penas el impulso de relamerse cuando vio el rubor de Castiel. "Adorable"-pensó- "tan virginal, tan recatado… será un verdadero placer convertirte en una de mis perras, cariño". Después, chasqueó los dedos y el humano y los perros infernales desaparecieron.
- Bueno, parece que no se puede tener todo- se metió las manos en los bolsillos en un gesto típico suyo- Bien querido, ya no hay público como puedes ver. He hecho lo que querías; yo soy muy complaciente en materia de sexo, hago las cosas tal como mi amante quiere… siempre y cuando se porte bien- añadió con una risilla- Y por cierto, ya que hablamos del tema; ¿Cómo va a ser, Castiel? ¿Te arrodillarás tú ante el demonio… o será el demonio el que te haga descubrir el Paraíso? Elige, la decisión es sólo tuya.
Bastó con que Crowley hiciera un gesto para que el alma condenada y sus terribles verdugos regresaran al Abismo del que jamás debieron salir. Eso hizo que Cass se sintiera un poco más aliviado, al menos hasta que recordó lo que se le venía encima.
El ángel arrugó el entrecejo. Dada la naturaleza del acto que estaban a punto de cometer, lo menos que se podía esperar era que no hubiera público, ¿no? Entonces, ¿por qué Crowley parecía desilusionado por haber tenido que llevarse al político?, ¿Es que le gustaba que le mirasen o qué? Otra oleada de vergüenza recorrió su cuerpo y se instaló en sus mejillas, que brillaban como brasas encendidas. Ese demonio era un pervertido. Y así se lo hubiera dicho si no hubiera sabido que gritarle aquello solo aumentaría su ya palpable excitación. Oh, Dios!
Castiel apartó la mirada de su pantalón y buscó cualquier otra cosa en la que centrar su atención.
Otro escalofrío ascendió por su espina dorsal pero, esta vez, el duro invierno siberiano no había tenido nada que ver.
No quería ni pensar en cómo sería cuando el diablo no era complaciente.
De rojo pasó a blanco como la cera. ¿Es que le iba a hacer elegir? ¿Qué más daba si la perdición estaba asegurada en ambos casos? Arrodillarse ante él era casi como reconocerle como su señor. Pero dejar que Crowley consiguiera su sucio propósito valiéndose de sus emponzoñados labios… No sabía que era peor. Y por eso precisamente se lo había preguntado.
-Y-Yo… primero me llevaré al niño –Susurró casi sin voz.
Se acercó a la cuna con paso vacilante y cogió al bebé en brazos quien, por suerte, se había vuelto a dormir. Sabía que cuando volviera se encontraría ante el mismo dilema, pero quería salir de allí aunque fuera durante unos segundos. Apretó al niño contra su pecho y desapareció
No tardó apenas nada en encontrar a la madre y devolverle a su retoño. Después, tuvo que obligarse a volver al almacén con la absurda esperanza de que tal vez Crowley hubiera desaparecido. Pero seguía allí. Y con las manos en los bolsillos. Al parecer iba a tener que hacerlo todo él.
-Acabemos con esto de una vez –Dijo postrándose ante el Rey de los demonios. A lo mejor Crowley dejaba que pasara rápido.
Cuando el ángel se postró ante él, Crowley estuvo tentadísimo de sacar el movil y hacer una foto; sin embargo, sabía que estaba en un momento en que el más mínimo desliz mandaría al traste toda la operación, así que por el momento se conformó siendo el "sujeto pasivo". Lo cierto es que lo que estaba sintiendo no podía ser más satisfactorio en ese momento; el placer de ver al ángel arrodillado a sus pies, manipulando con manos torpes y temblorosas la cremallera de su pantalón, el alivio al quedar libre por fin de la casi intolerable presión que hacía la tela (pues desde que había venido Castiel su excitación había ido en aumento), la satisfacción de ver a un guerrero celestial rebajado a servir de juguete erótico al Señor del Infierno (que además casualmente era él mismo), sus dedos cálidos y suaves palpando con temor su considerable "herramienta", sus mejillas encendidas… hacían que el frío invierno siberiano fuera tan abrasador como los fuegos infernales que Crowley tan bien conocía.
Al ver como Castiel aproximaba más sus labios, el demonio echó la cabeza hacia atrás, y sacó la mano del bolsillo que, tras un momento de vacilación, comenzó a acariciarle el cabello oscuro del ángel. Le estaba costando terriblemente controlarse y no decir todo lo que se agolpaba en su mente en esos momentos, y también le estaba costando bastante que su recipiente no llegara rápidamente al éxtasis, ya que quería prolongar aquella situación cuanto más tiempo mejor.
Sin embargo, cuando sintió por fin el contacto de los resecos labios de Castiel en un lugar tan sensible, el demonio dio una pequeña sacudida por la sorpresa. No era tan placentero como había planeado.
Crowley seguía sintiendo placer por la excitación y la corrupción del ángel, pero no a nivel físico. Físicamente aquello escocía. Bueno, para ser exactos, más bien dolía. Era una sensación parecida a la del agua bendita, pero más suave. –"Hmmm, es lógico"- reflexiono el diablo-" a fin de cuentas, no deja de ser una criatura pura…hasta cierto punto".
Bueno, a fin de cuentas, Crowley había aprendido hacía mucho a disfrutar casi tanto con el dolor como con el placer… a veces incluso más.
Esa esperanza, condenada al fracaso desde el principio, también se convirtió en cenizas entre sus dedos, pues Crowley no permitió que fuera rápido. O tal vez si (no estaba muy seguro de cuánto tiempo había que tardar) pero a él se le estaba haciendo eterno, como si cada segundo tuviera que atravesar un océano de miel a nado. Lo único bueno que había en todo aquello era que el demonio no le vería disfrutar, y que éste se mantenía sorprendentemente callado. Con la de cosas que se podrían decir para hacer de aquella experiencia algo aún más sucio y reprobable…
Castiel levantó la vista hacia él, casi preguntándose si se estaría mordiendo la lengua y, en caso afirmativo, deseando que se envenenase con ella.
Por la cara que tenía no parecía estar mordiéndose nada (tal vez un poco el labio inferior, pero nada más) aunque sí daba la impresión de que estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse
El ángel también tuvo que reprimir sus impulsos; el impulso de salir corriendo de allí, el de rebanarle el pescuezo a Crowley con su propia espada celestial, el de cerrar las mandíbulas de golpe… Pero, en lugar de eso, se limitó a cerrar los ojos y a seguir con su trabajo.
Cuando le pareció suficiente, apartó el brazo del demonio de un manotazo y se separó de él. Aquel acto ya bastaba para condenarle, para condenarles a ambos, pero eso no le importaba, así que supuso que también valdría para devolverle su cuerpo a aquella alma, fuera de quien fuera.
-Creo que ya es suficiente. –No era una pregunta. Más bien se trataba de una pequeña venganza. Sabía que ésta también era un pecado, pero no pudo evitarlo.
Al unirse Castiel y Crowley, el pentaculo que había en el suelo comenzó a brillar. El mero roce de los cuerpos combinado con las resueltas intenciones eran más que suficiente para cerrar el hechizo (cosa que Crowley, oportunamente, había olvidado decir a Castiel). La resurrección de Samuel Campbell se completó en ese instante, y el humano parpadeó confundido cuando despertó en su cuerpo recién reconstruido su alma robada al Cielo.
Momentos después, el ángel se separó bruscamente del demonio, aunque aún no había visto al incrédulo abuelo de los Winchester mirándoles desde un oscuro rincón.
Cuando Castiel apartó la cabeza, el Rey del Infierno quiso agarrarle del pelo para obligarle a continuar con su "trabajo", pero como no se lo esperaba, llegó un instante tarde y sus dedos solo aferraron el aire. Su expresión de fastidio cambió rápidamente cuando se fijó en el sonrojado rostro del ángel, y en su mirada entre furiosa y avergonzada.
- "Oh, si.."- pensó el demonio- "Eso es, esa es justo la mirada que quería ver… ahí tenemos a la Dama de Rojo… la Ira"
Un instante después, Crowley desapareció. Tenía que terminar "algo" antes de continuar con su plan para buscar el Purgatorio.
- Yo… esto… ¿Qué estoy haciendo aquí?- la voz de Samuel hizo girarse al ángel. El viejo cazador se había incorporado y, aún aturdido, trataba de orientarse y ponerse en guardia como su instinto le estaba pidiendo a gritos- ¿Por qué… por qué estoy vivo?
- Ya estoy de vuelta, cariño- el demonio volvió a aparecer, sonriendo complacido- Bueno, mi querido Castiel, todo marcha viento en popa, como suele decirse. Y todo gracias a ti. Fijate…- hizo un gesto con la mano en dirección a Samuel- ahí tenemos al ayudante perfecto para Sammy Winchester, ahora que a Dean le ha dado por jugar a las casitas; yo he liberado tensión acumulada que, sin que nadie se entere, te diré que me hacía mucha falta… y tú…- sonrió con maldad- tú has descubierto a lo que se refería Maquiavelo cuando dijo que el fin justifica los medios…- Crowley inclinó la cabeza, pensativo, como recordando algo- Siempre le gustaron las grandes frases a ese italiano… y, por cierto, otras cosas también le gustaban grandes, según me dijeron.
Al verse libre de su onerosa tarea, Castiel pudo fijarse más en lo que le rodeaba y vio el símbolo que Crowley había dibujado en el suelo con una sustancia negruzca y pegajosa que no quiso investigar muy a fondo.
También vio que el Rey de los demonios se había marchado (cosa que Cass tampoco quiso investigar) y que ahora estaba solo en el edificio. Pero antes de que desapareciera, al ángel le había dado tiempo a ver la mueca de enfado que se dibujó en el rostro del otro y sonrió. Al menos eso sería un consuelo cuando Crowley le recordara –y estaba seguro de que lo haría- una y otra vez lo que habían hecho allí.
Castiel se puso en guardia. Al parecer, no estaba tan solo como había creído en un principio.
El ángel separó los labios para contestar pero, antes de que lo hiciera, Crowley volvió a entrar en escena, dejándole con la boca abierta y sin nada que decir. ¿Cariño?
Desvió la mirada. Si aquello no salía bien, que el Infierno se desatara en la Tierra también sería gracias a él.
Ignoró la siempre abundante palabrería de Crowley (algo que ya se estaba haciendo habitual) y clavó la vista en el humano que tenían ante ellos.
-¿Samuel Campbell?, ¿Para qué, Crowley?, ¿Qué quieres hacer con los Winchester? -Ellos solo eran hombres, no podían ayudarles. Y, además, ya había suficiente con él. No dejaría que esos humanos también se vieran involucrados en los abominables planes del Diablo.
¿Qué significa esto?- el viejo cazador irguió sus casi dos metros de estatura y se acercó a Castiel y al Rey del Infierno- ¿Sois demonios? No voy a permitir…
- Gracias, Samuel, es suficiente- Crowley chasqueó los dedos y Campbell fue arrojado contra la pared por una fuerza invisible y quedó inmovilizado contra ella- Veo que sigues en forma… cosa muy apropiada si tenemos en cuenta la razón de que estés aquí; aunque tienes que mejorar, ya que solo has acertado la mitad, y… No, no, no, Castiel – dijo el demonio cuando vio que Cass se movía para intervenir- Samuel es mi invitado, y además le he traído para que ayude a uno de tus queridos chicos, a su tocayo Sammy en concreto, a cazar monstruos para mí.
El cazador forcejeaba tratando de liberarse, y al oír las palabras de Crowley le lanzó una mirada de odio.
- No voy a trabajar para un maldito demonio; mas bien te voy a arrancar la piel y a colgarla en mi chimenea como la maldita alimaña que eres…
Crowley sonrió divertido, y Samuel se llevó las manos a la garganta, haciendo un desesperado intento por respirar.
- Oh, si, ya lo creo que trabajarás para mi. Vas a atrapar a todos los monstruos que puedas y me los vas a traer, vivos. Y lo vas a hacer encantado porque, si cumples con tu parte, yo te haré otro regalo.
La presión desapareció y el abuelo de los Winchester cayó al suelo. Mientras se ponía de nuevo en pie frotándose el cuello dolorido, Crowley siguió hablando.
- Este es el trato; igual que te he resucitado a ti, Samuel, y a tu nieto Sammy, que estaba en la Jaula con Lucifer, puedo resucitar a tu pequeña Mary- los ojos de Samuel se abrieron desmesuradamente por la sorpresa- Y además, lo único que te estoy pidiendo que hagas a cambio es tu trabajo, es decir, cazar monstruos.
Campbell miró de hito en hito al demonio. No podía dar crédito a sus palabras… su hija, ¿viva otra vez?
- ¿Y porqué…?
- No, nada de preguntas; harás lo que te diga porque… ¿vas a aceptar que tu hija siga muerta porque un demonio la mató injustamente, teniendo en tus manos el poder de arreglarlo?- el cazador dejo caer los hombros, abatido. No deseaba luchar; deseaba volver a abrazar a su hija Mary
Crowley se volvió hacia Cass y le guiño un ojo en un gesto que, para desesperación del ángel, se había vuelto bastante habitual.
- Resulta que las almas de los monstruos van a parar al Purgatorio, querido… por lo tanto, alguno tiene que saber donde está, ¿no crees?
Cass arrugó la nariz. ¿Demonios? ¿Eso era lo que parecía ahora? Aquel pensamiento le deprimió, pero le consoló saber que Dean seguiría fuera de todo aquello y que Sam no tendría que cazar solo, aunque para ello hubiera habido que sacar a un alma de su lugar de descanso eterno. A fin de cuentas él había hecho lo mismo. Porque, desde luego, había sido él y no Crowley quien había vuelto a entrar en el Infierno para rescatar a Sam, pero no creyó que fuera conveniente discutir aquello delante del cazador.
El ángel se encogió de hombros. Los humanos iban al Cielo o al Infierno y no sabían como encontrar las puertas de ninguno de los dos. ¿Por qué los monstruos iban a ser diferentes?
Sin embargo, aquella era la mejor pista que tenían, la única de hecho, y no gracias a él, así que tampoco discutió sobre eso.
Cuando terminó su pequeña "reunión", Castiel se excusó rápidamente, alegando que tenía que volver al Cielo para ver como iban las cosas allí y desapareció.
Tenía ganas de alejarse del demonio todo lo que pudiera y, tal vez, de darse una buena ducha. Dean le había dicho en alguna ocasión que sentaba muy bien.
Mientras, el humano que acababan de devolver a la vida se reunía con su nieto y ambos se hacían toda clase de pruebas para confirmar que no eran demonios, ni metamórficos, ni ninguna otra criatura espeluznante de las que solían cazar.
