Nada.
No sintió nada hasta que vio la flecha enterrada en su hombro profundamente. Pocos segundos bastaron para que saliera del estado de ignorancia en que se encontraba, entonces gritó. Era horrible, el dolor que se esparcía por su cuerpo no paraba al igual que la sangre. Sin darse cuenta ya se había desplomado en el suelo, su mente estaba vacía en ese entonces, sentía nauseas acompañadas del dolor.
Estaba perdiendo la vista cuando vio dos cuernos frente a ella, él chico le estaba hablando, pero ella ya no lo escuchaba. Entonces más flechas comenzaron a caer a su alrededor, todas negras, y todas con esas singulares rosas blancas. Pasos. Muchos pasos se acercaban pero no podía ver de quienes, solo sentía frio en su interior y mucho cansancio. Pero había algo que no la dejaba en paz, no la dejaba pensar con claridad.
Tenía miedo.
¿Por qué le sucedía esto a ella?
Cerró los ojos sólo cuando volvió a sentir los brazos de él cargándola.
...
— ¿Lucy? Ya llegué —Un hombre mayor cerraba la puerta de su casa mientras dejaba el sombrero y el abrigo a un lado, mirando hacia los lados al no ver a su pequeña en ninguna parte— ¿Lucy?
Caminó por el salón sin encontrar rastro de ella, pero cuando se disponía a subir por la escalera la encontró sentada en el sillón sosteniendo algo entre sus brazos. Suspiró y se acercó a ella.
—Eh, que papi ya llegó del trabajo. ¿Qué lees?
Ella sonríe y levanta el libro, donde se muestran dos fotos mal sacadas y algo viejas. Él al ver eso se sorprende inmediatamente. En las fotos se veía a una mujer de cabellos rubios y largos con ojos cafés hermosos, sonreía en ambas y parecía realmente feliz. También tenía algo escrito abajo.
"Layla Heartifilia."
— ¿Quién es ella, papi? ¿Por qué nunca la he visto?
—No es nadie —Dice, arrebatándole el libro rápidamente y guardándolo en su bolsillo.
— ¡O-Oye! ¡Y-Yo lo estaba mirando primero! —Frunce el ceño haciendo un pequeño puchero, lo que la hace ver demasiado adorable para su edad.
— ¡Te dije que no es nadie! ¡Nadie! Nadie… nadie…
— ¿Papi?
— ¡CÁLLATE!
—U-Uhm…
La niña asustada retrocede temblando. Nunca antes había visto a su padre tan alterado a tan temprana edad y se siente amenazada, incluso se le acumulan las lágrimas en los ojos pero no llora. En cambio su padre al verla así solo se altera más, diciendo cosas que no se logran escuchar. Se escuchan sonidos y la imagen se vuelve borrosa, distorsionándose. Y Lucy se va corriendo por la escalera dejando a su padre solo.
—Lo lamento. Layla…
Se logra escuchar.
Y todo desaparece.
Despertando de golpe.
Al abrir los ojos solo encuentra un pequeño fuego a unos centímetros de ella, pero no hay nada más. O mejor dicho; nadie más. Está sola y desorientada. Intenta moverse pero un dolor punzante la atraviesa obligándola a quedarse en la posición en que está, baja la vista y se encuentra con el hombro en el que anteriormente estaba la flecha y la rosa blanca incrustados.
—Es mejor que no te muevas.
Escucha el susurro de esa voz y recién allí se da cuenta que no está completamente sola. El pelirosa se encuentra al frente de ella con la misma mirada de siempre, lo que la hace sentir realmente insegura.
—¿Tú…? ¿P-Por qué me lanzaste una flecha?
—No fui yo.
— ¿Y quiénes fueron?
—Ellos.
Los ojos del chico la inspeccionan de arriba para abajo. Poniéndola más nerviosa de lo que ya se encuentra, e incomodándola mucho más. ¿Debería creerle? Él podía estar mintiendo. Si quiera lo conoce, y por lo que ya ha visto no es muy buena persona (o demonio).
Cuando está apunto de contradecirle sus ojos se centran en un punto del cuerpo del pelirosa, que no lo había visto antes porque él mismo lo estaba ocultando pero que ahora al colocarse cerca de la luz es bastante visible. Y es que en su brazo tiene la misma herida que ella en su hombro, solo que la de él es mucho peor.
Y sin saber por qué, se preocupa.
— ¿C-Como te hiciste eso…?
—De la misma forma que tú te la hiciste, humana.
Él estaba herido. Mucho peor que ella. Era imposible que mintiera a no ser que estuviera dispuesto a hacerse daño el mismo para engañarla, pero no era así. Y no estaba segura de que estaba pasando (o más bien de nada) pero lo que si sabía era que necesitaban curar esas heridas. Sea cual sea el motivo por el que se las hicieron lo que importaba ahora era sanarlas.
—T-Tenemos que… c-curar…—Susurra. Levantándose otra vez sin importarle el dolor que siente al hacer movimiento, y se acerca al chico, con miedo, pero decidida— ¿Como…?
Él inexpresivamente se le queda viendo un rato que para ella parece eterno, pero luego simplemente niega con la cabeza.
—Tú puedes curarte. Yo no.
Ella, confundida, arquea una ceja,
— ¿A qué te refieres? V-Vamos… no seas tonto y…
—Shhh, escúchame.
Estira su mano tomando el mentón de la chica, lo que la hace poner más nerviosa de lo que ya está al sentir su contacto. Y es que él es tan jodidamente neutral que es imposible saber que está pensando o que planea hacer ahora, pero de todas formas no puede quitarle la vista de encima.
— ¿P-Por qué debería?
— ¿Quieres saber el motivo por el que estas aquí o no?
— ¡C-Claro que sí! —Dice, sintiendo el dolor constantemente en su hombro, lo que la hace añorar su vieja casa con su fiel amigo Plue. Sin demonios raros que secuestran gente o flechas voladoras. Ella no debería estar allí—Q…Quiero… volver a mi casa… ¿T-Tan difícil es dejarme ir?
—Luce, tú ya no puedes regresar a casa.
— ¿Por qué?
—Porque…. —Una pequeña sonrisa asoma por sus labios, dándole un aspecto verdaderamente macabro. Y ella lo nota, se asusta, él le asusta. Solo quiere salir corriendo de su lado pero sabe que no puede. Se lo impediría— están todos muertos.
No puede creer eso.
