Capitulo 4.
Estuvo conduciendo por no sabia cuanto tiempo. ¿Minutos? ¿Horas, tal vez? Solo recordaba que cuando salió el sol no estaba tan alto como lo estaba ahora. Ni hacia tanto calor. Ni él tenía tanta hambre.
Miró su reloj.
Eran casi las tres de la tarde. Con razón el sol estaba donde estaba y él tenía tantísimo hambre. Y encima no había desayunado. Genial.
Estaba en una autopista de esas que atraviesan campo y más campo pero nada de civilización. Aunque si no recordaba mal, había pasado un cartel anunciando una gasolinera a unos diez kilómetros. Allí podría comprar algo para comer.
Un ruido bastante sospechoso proveniente del motor del Impala le distrajo de sus pensamientos.
- ¿Qué demonios…? ¡Oh, mierda! – gruñó cuando vio salir humo del capó del coche y este se fue parando lentamente hasta detenerse del todo. – No, no, no, no, no, no. ¡No me jodas!
Con un suspiro de exasperación, bajó del coche y vio la cantidad considerable de humo que salía del capó. Eso no pintaba nada, nada bien.
Al intentar abrir el capó la primera vez, se quemó la mano.
Al segundo intento pudo abrirlo porque se tapó la mano con su chaqueta. Tuvo que apartarse del coche, tosiendo por el montón de humo negro que salía del motor.
- ¡Joder! ¡Esto no puede estar pasándome! ¿Por qué coño te has tenido que romper justo ahora? – le preguntó al coche, como si fuera a responderle. – Dean va a matarme… joder, jodido karma…- con un gemido de frustración, cogió su móvil y marcó el número de su hermano. - ¿Dean? Er… si, este… veras, no, no he llegado aun a eso… si, veras es que… el Impala se ha parado. Y está echando humo… - Sam tuvo que apartarse el móvil del oído por el fuertísimo grito que dio el mayor al oír esa información. – No, no sé qué le pasa… solo se paró de repente y empezó a echar humo… ¿Qué donde estoy? Buena pregunta.
Una hora después…
Hacia un calor de muerte. Eran casi las cuatro de la tarde y Sam estaba en camiseta porque había tenido que empujar el Impala hasta un lado de la autopista para evitar que le arrollara algún otro coche. A pesar de eso, no había pasado ni uno en la última hora.
Ninguno, salvo el que Dean había robado para llegar hasta allí. Ahora estaba ahí, con medio cuerpo dentro del motor y maldiciendo en arameo.
- ¡No me lo puedo creer! ¡Una vez! ¡Coges una maldita vez el coche y te lo cargas! ¡Es que no me lo puedo creer! – Dean ya había pasado de la fase de "Estoy tan cabreado contigo que te chillo lo que quiero" a "Mi cabreo es tan grande que ya no me vale solo chillar". Parecía que estaba a punto de darle un puñetazo.
Sam se mordió el labio y se levantó del suelo, donde estaba sentado para acercarse un poco al coche. No mucho. Solo lo justo para ver y lo bastante lejos como para que su hermano no volviera a darle otra dolorosa colleja como con la que le saludó cuando llegó.
- ¿Está muy mal? – preguntó con un hilillo de voz. Dean se volvió, saliendo del motor. Tenía la cara y la camiseta manchadas de grasa y estaba sudando, pero sus ojos verdes brillaban de pura furia.
- ¿Mal? ¿Mal? ¿Qué coño has hecho? ¿Conducir cincuenta kilómetros en segunda? – siseó.
El pequeño bajó la cabeza, avergonzado. Cuando cogió el coche, estaba tan enfadado y alterado que ni se fijó en cambiar las marchas mientras conducía.
- Er… pues no lo se… - Dean cerró los ojos un minuto y respiró hondo varias veces, como si estuviera tratando de controlarse. Sam retrocedió un paso, por si las moscas.
- Vale. – su voz fue tan suave, que Sam se asustó. Y mucho. Dean solo usaba ese tono tan suave cuando estaba más que enfadado. – Al forzar las marchas, te has cargado las bujías y se ha recalentado el motor. Hay que cambiarlas y echarle refrigerante. Y lo vas a hacer tú.
Sam parpadeo, confundido. ¿El?
- ¿Yo? Pe… pero… yo no entiendo de motores…
- Tú lo has roto, tú lo arreglas. – le dijo simplemente, tendiéndole una llave de tubo. – Te supervisare. Sigue mis instrucciones al pie de la letra y lo arreglarás. Cágala otra vez y haré que te arrepientas de ello toda tu vida, enano.
Vale.
El no era mecánico y no entendía de coches una mierda. Solo lo básico para conducir bastante bien cuando no estaba enfadado con su hermano.
Y tenía muy claro que él podía cambiar unas putas bujías y echar refrigerante en el motor. Vamos, hasta ahí llegaba. No era tan inútil.
Pero la cosa seria muchísimo más fácil si Dean no estuviera rugiéndole órdenes y respirándole en la nuca cada cinco segundos.
Y cada vez que el mayor hacía eso, Sam metía la pata de manera más escandalosa.
- Bien. ¿Tienes los guantes puestos? – el pequeño asintió, frunciendo el ceño ante el tono de sargento de su hermano. Casi le recordaba a su padre cuando les daba instrucciones antes de una cacería. – Ok. Empieza levantando la tapa del motor. ¡Con cuidado! Que es delicada. – Sam tiró de la tapa del motor, refunfuñando. Se le resistió un poco, pero consiguió sacarla y la colocó en el suelo.
- ¿Y ahora? – Dean le dedicó una sonrisa malvada y se colocó justo detrás de él, mirando al motor por encima de su hombro.
- Ahora… ¿ves esto de aquí? – preguntó, señalando unas piezas en el motor, pasando el brazo por la cintura del pequeño. Sam se estremeció ligeramente. – Esto son las bobinas. Tienes que desenroscar las tuercas que las sujetan y sacar las bujías para cambiarlas. ¿Entendido? Pues ya estas tardando.
- Vale. Ya voy… - cogió la llave de tubo para empezar a aflojar los tornillos cuando Dean le dio un fuerte azote en el trasero que le hizo dar un respingo en el sitio, consiguiendo que se le cayera la llave al suelo. - ¡Auch! ¿A que coño ha venido eso?
- ¡Gilipollas! ¡Antes de aflojarlas, tienes que desconectarlas del motor! – Sam quiso darse la vuelta para enfrentarlo, pero tenía al mayor tan pegado a él, que no podía ni moverse.
- ¿Y para eso me tenías que pegar? ¡Avisa antes!
- Cada vez que metas la pata, te pienso dar un azote. Así que ándate con ojo. – el pequeño volvió a refunfuñar, pero desconectó las cuatro bobinas del motor.
Dean estaba otra vez pegado a él, mirando sobre su hombro sin perder detalle de como desconectaba los cables, lo que hizo que el pequeño se pusiera aun más nervioso. Podía sentir el pecho de Dean pegado completamente a su espalda, su aliento en la nuca y su entrepierna en el trasero.
- ¿Contento? – preguntó con ironía cuando consiguió desconectar los cables.
- Pletórico. Ahora puedes desenroscar las bobinas. Coge la llave y empieza. Cuidado, no vayas a quemarte, que aun esta caliente el motor.
Sam intentó desatornillar las bobinas, pero el tener a Dean tan cerca le estaba poniendo tan de los nervios que se le escapó un par de veces la llave. A la tercera, el mayor le volvió a dar un cachete en el trasero, tan fuerte que el pequeño estaba seguro de que le iba a dejar marcada la mano.
- ¡Ay! ¡Joder, Dean! ¡Deja de hacer eso! – se quejó, haciendo un puchero. - ¡Que no soy un crío, coño!
- Pues deja de comportarte como uno y hazlo bien. Es patético que no seas capaz ni de hacer algo tan simple. – el mayor apoyó todo el cuerpo sobre la espalda de Sam y paso un brazo por su cintura, agarrándole la mano que sostenía la llave. – Te voy a enseñar como hace las cosas un hombre de verdad, niñato. – le susurró al oído.
Sam ahogó un gemido de excitación. Podía sentir la creciente erección de su hermano apretándose contra su culo, haciendo que él se pusiera duro también.
Ambos trabajaron unos minutos en silencio.
La mano derecha del mayor sobre la de Sam, moviendo la llave y aflojando los tornillos, mientras la izquierda se desplazaba distraídamente por su cintura, metiéndose por debajo de la camiseta, acariciándole el estómago.
Cuando el último tornillo fue removido, Dean respiró profundamente en el cuello del pequeño, que no pudo evitar un suspiro.
- ¿Y ahora que? – gimió casi sin voz. Dean rió junto a su oído, poniéndole los vellos de punta.
Sam empezaba a pensar que se le iba a freír el cerebro.
Entre la dura erección de su hermano presionando en su trasero y la mano paseando libremente por su estómago, rozándole la cintura de los vaqueros, el pequeño creía seriamente que iba a combustionar de pura excitación.
- Ahora saca la bobina de encendido. – Sam sacó la pieza con cuidado y la puso a un lado. – Así, bien… tienes que meter la llave del 16 en el hueco y desenroscar la bujía con cuidado.
- ¿Cuál llave es esa? – preguntó el pequeño confundido. Vamos, a él de llaves las justas para arrancar el coche. Dean volvió a darle un fuerte azote. - ¡Dean! ¡Ya vale! ¡Me vas a dejar el culo hecho polvo!
- Eso otro día. – gruñó el otro, poniendo la mencionada llave en las manos de Sam. – Esta es la llave del 16, capullo. Usa la carraca para girar la bujía y sacarla.
- No es mi culpa no saber estas cosas. – protestó Sam, aflojando la pieza. – Tú nunca me has dejado tocar el coche salvo cuando estabas demasiado cansado para conducir.
- Y ahora ya sabes el porque. – Dean movió la mano que tenia en la cintura de Sam y la bajó hasta su entrepierna. El pequeño dio un respingo que le hizo pegarse más a la erección del mayor y casi tiró la llave al suelo de la impresión. – Cuidadito, tigre. Como lo rompas, te mato.
- De… Dean… ¿Qué… que estas haciendo?
- Tú sigue con la bujía, Sam y no hagas preguntas tontas. – Sam tomó aire profundamente y trató de concentrarse en la pieza del motor y no en los nudillos que le rozaban suavemente la entrepierna sobre los vaqueros.
Cuando consiguió sacar la primera bujía, una fina lluvia de verano empezó a caer y Dean se apartó bruscamente de él, mirando al cielo cubierto de nubarrones negros.
- ¡Mierda! ¡Dame eso! – gruñó, arrebatándole a Sam la llave y colocando rápidamente la bujía nueva. – Entra al coche. Ya termino yo. No puede caerle agua al motor.
Un confundido y medio empalmado Sam se metió en el coche, resguardándose de la lluvia que ahora caía copiosamente. A los pocos minutos, Dean cerraba de golpe el capó y entraba en el coche, totalmente empapado.
El Impala ronroneó suavemente cuando su dueño lo arrancó.
- ¿Ya esta bien? – preguntó tímidamente el pequeño, mirando de reojo a su hermano.
- Si. Y no gracias a ti precisamente. No se como puedes ser tan torpe con esto, Sam. Parece mentira que tengamos la misma sangre. – Sam se enfurruñó en su asiento.
- ¡No es mi culpa no saber de mecánica! ¡Nunca me has enseñado! – el mayor rodó los ojos y dirigió el coche a la carretera.
- Ya, claro… anda, vamos a interrogar a los testigos. Al menos harás algo útil resolviendo el caso.
Continuara...
