- Así que, ya llevas un buen recorrido en este mundo de la música. – Trató de entender el corcel.

- Sí, estoy aquí por una semana ya.

- Entiendo.

El mundo de la música de grandes masas tenía reglas, reglas que en la mayoría de los casos supeditaban a la capacidad artística. Romper barreras era fácil para aquellos que se atenían a lo acostumbrado, a lo común. Para ser común había que aparentar serlo y eso era algo que Svengallop conocía al derecho y al revés.

En el fondo, esa era la razón principal por la cual su talento se hacía cada vez más acuciante, el arte para el pópulo, para el común era pues, completamente distinto del que era hecho para unos pocos, es más, el arte que se hacía para uno mismo podía tener contenidos tan complejos, tan enrevesados que el común jamás podría entenderlo.

Peinado, vestimenta, poses, palabras, actitudes, preocupaciones, problemas. Sí, el común deseaba algo que pudieran comprender, algo que pudiera ser común a todos. De cada cien artistas que trataban de quebrar lo común lanzándose al vacío de la competencia, de la búsqueda de espacios, reconocimientos, tan solo uno lograba resquebrajar el suelo del arte para el común. Pero tan siquiera cambiaba a fórmula.

Lo novedoso siempre fue el aspecto, cómo se mostraba, cómo se decía, lo que se mostraba, lo que se decía eran eternos. No mutaban en esencia, solo en la forma en la cual se los mostraba, en la música estaba el plus, el enorme plus de que el sonido era mudo, hablaba directamente con las emociones, no dejaba entrever un trasfondo de pensamiento, porque carecía de un lenguaje donde hubiera reflexiones, más allá de las notas que se escribían, que se podían analizar y deducir con el oído agudizado. Después llegaron las letras y desde entonces, la música comenzó a ser el lugar donde tuvo lugar también el pensamiento comunicado directamente a todos.

Pero hasta en medio de todo esto, yacía una fragilidad, un punto de inflexión: los ponis hacían música para otros ponis. Ese hecho era la clave de todo esto, Svengallop era plenamente consciente de ello, conocía estas leyes, conocía a fondo lo que la música de masas era, lo que necesitaba y también entendía a la perfección cómo armar el rompecabezas interno de quienes tuvieran el talento.

El silencio en el cual aquel corcel había ingresado de repente, llamó la atención de la yegua que, sentada en la misma banca, observaba el árbol. La analogía de las plantas y los artistas la tenían confundida ¿Qué quiso decir realmente? No pudo saberlo en ese instante.

- En un inicio, toqué en mi pueblo natal, y me fue bien, gusté bastante allá. Varios me dijeron que yo podía llegar más lejos, que podría probar suerte en las grandes ligas.

La yegua también se calló por unos instantes.

- ¿Entonces qué? – Preguntó el corcel levantando una ceja para observarla con toda su atención.

- Pues les hice caso, viajé hasta esta ciudad, sabía que si en algún lugar podría surgir, sería aquí. Pero desde que llegué no me ha ido para nada bien.

La yegua mostraba un semblante bastante controlado, bastante calmado como para ser cierto, era evidente que podía guardarse su pena, su dolor. Sea como fuere, el unicornio esperó unos segundos antes de hablar… el silencio podía ser la mejor petición de habla de lo que muchos podrían imaginar.

- Primero empecé en hoteles de cinco estrellas, pero no impresionaba a nadie; siempre me vieron como si fuera una extraña.

- ¿Como el idiota que te pidió que te callaras? – Cuestionó Svengallop dejando de hacer contacto visual, si lo mantenía por mucho tiempo, la yegua se pondría nerviosa y para una conversación como la que mantenían era esencial que no se cortara de repente.

- Más o menos, algunos fueron peores... hasta que llegué al hotel donde me viste. Después de eso, solo me queda una última opción: un local llamado Heaven's Cloud.

¡No podría haber tenido más tino! Y al mismo tiempo, no podía ser más infortunada.

- Me presentaré esta noche, gracias por todo lo que hiciste, te lo agradezco de todo corazón; pero no tengo con que pagarte. – Explicó la yegua moviendo su cabeza a un costado para evitar el contacto visual directo.

- Con oírte será suficiente. – Le respondió de inmediato el corcel, poco antes de levantarse de la banca. Ella hizo lo propio.

- Seguramente ya está mi vestido, lo necesitaré para esta noche. – Arguyó la Coloratura para salir del lugar. – Enserio gracias… te estaré esperando. – Se despidió, sin saber qué más hacer exactamente.

- Por supuesto que sí. – Le respondió el corcel. – Déjalo todo a mi cuenta Coloratura. – Concluyó antes de ver cómo aquella asentía con la cabeza al tiempo de doblar en la cuadra. Sí, definitivamente estaría presente pero no solo como un poni que va a escuchar lo nuevo que hay para ofrecer, no.

Un corcel que ha cooperado con distintas bandas, sin llegar a ser exactamente su representante y también con otras que lo deseaban como representante, tenía sus beneficios. Entre estos se encontraba la capacidad de cobrar y pedir favores a diferentes integrantes de bandas o artistas, la producción de artistas del común era en su mayoría, fruto de las oportunidades y por ellas se pagaba o se era favorecido, el favor se cobraba, se hacía. No existía artista que no le debiera fama a otro artista. Bien, había encontrado a la poni, sin escucharla bien, sin conocerla del todo, sin siquiera una audición, supo que ella tenía eso que ningún otro artista que conocía tenía.

Primero optó por conseguir a un bajista, después a un compositor, la libreta de contactos y amistades de un poni enérgico en el mundo de la representación como lo era él podía verse altamente recompensada por las horas de esfuerzo puestas en su trabajo. Sí, desde sus inicios, Svengallop se había ganado un renombre a la par de favores.

Después, consultó a un departamento de modas, en especial a un amigo que tenía en una boutique cercana. En menos de seis horas tenía todo preparado, salvo claro, por un lugar en primera fila en Heaven's Cloud. Para impresión suya, tuvo que conseguir un favor de un mago reconocido por trabajar en la memoria. Tuvo que invitar un poco de sidra a un grupo de amigos para poder granjearse la posibilidad de estar en primera fila ante los artistas que comenzaban a lanzarse al mundo de la música. Conseguido aquello, solo le restaba la parte más fundamental. Se dirigió hasta el gran camarote, donde todas las estrellas nuevas se cambiaban en conjunto.

El guardia desde luego, era mucho más flexible, dejándolo pasar al decirle quién era y a qué había ido al lugar. El pasillo de Heaven's Cloud hacia el escenario estaba plagado de diferentes luces mal ubicadas, de tal forma que proveían un aspecto entre tenebroso y poco claro, incluso la alfombra afelpada perdía su toque tranquilizante porque todo el camino estaba lleno de sombras constantes. Cuando llegó finalmente a la puerta con una gran estrella, ingresó sin pensarlo más.

Dentro, yacían ocupados al menos diez grupos diferentes; existía un foco de color rojo en el extremo superior derecho del marco de la puerta. Era la llamada para el siguiente grupo. El gran camarote era un lugar con múltiples mesas, sofás, una barra común de bebidas, el piso de madera y una mejor iluminación, las paredes celestes con estrellas alineadas en el extremo aledaño al techo. Cuando la luz roja comenzó a iluminar la pared, una terna de ponis, dos yeguas y un macho pasaron, por su aspecto, supo que eran del estilo funk. Les hizo una señal de buena suerte, bajando la cabeza ladeada levemente, mientras cerraba los ojos.

No tardó mucho en encontrar a la yegua, la cual, sentada en un taburete afinaba su guitarra; inhaló y exhaló con bastante lentitud para calmar sus nervios; después, se le aproximó. Por alguna razón, esta se percató de su presencia mucho antes de que él siquiera se presentara delante de ella. Sus mirada no era de sorpresa; pero tampoco era de alegría o simpatía. Sus cejas temblaban levemente, su mandíbula estaba haciendo una presión innecesaria, poniéndose rígida e hinchándose de forma sutil, la yegua se encontraba nerviosa y percibir ello era un talento propio de un representante como Svengallop. Se acercó a la hembra con absoluta soltura.

- ¿Nerviosa?

- Sí… esta es mi última oportunidad, después tendré que volver a mi ciudad. – Explicó concisamente la yegua, mientras se levantaba de la butaca. – Al menos tengo asegurado un poni entre el público. – Dijo dedicándole una sonrisa débil, tímida. Que como una huella en la arena se borró prontamente.

- No, tienes mucho más que eso Coloratura, tienes tu talento y me tienes a mí. – Se apresuró a decir el corcel, esta vez no pudo evitar un pequeño desvarío en su voz.

- Te agradezco todo lo que hiciste, enserio que sí. – Las cejas de la yegua pronto se arquearon, su hocico se arrugaba cerca de su nariz, mientras que sus cascos pisaban fuertemente, comenzaba a enfurecerse. – Pero lo que menos necesito es un poni especial. – Le dijo, con un tono seco; por lo visto, aquel corcel realmente buscaba algo más con ella que solo ayudarla.

- No… me malinterpretas. – La yegua no dejó de verlo con molestia. – yo quiero que tu voz sea escuchada, yo quiero que tu tengas éxito hoy porque yo deseo ser tu representante. – Le respondió el corcel con una mirada completamente seria y manteniendo su postura que la yegua, a partir de ese día, siempre reconocería como propia de su representante.

- ¿Representante? Lo siento, pero yo todavía no tengo nada que ofrecerte a cambio…

- Escúchame, no quiero ser tu representante porque tengas algo que ofrecerme ahora, eso vendrá después… ahora solo quiero que salgas y dejes a todos allá afuera con la boca abierta. – Expresó el corcel mientras mantenía su postura firme. Su interlocutora no ocultaba su anonadamiento.

- Pero ¿Cómo, si aquí no les gusta lo que yo hago?

- Les gustará algún día; pero en tu caso, primero debes ganártelos… una vez que lo logres, seguirán el estilo que tú quieras. – Afirmó el corcel mientras la luz roja se encendía nuevamente.

Entonces, la yegua le dio el lomo, callada, ocultaba sus temores; era común que un artista hiciera aquello, el terror de que su obra no pudiera ganarse la aceptación inmediata del público. La indiferencia, no existe mejor arma contra un artista o quien esté convencido de tener una voz que merece ser escuchada y la yegua ya la había probado con bastante recurrencia.

- Solo si aceptas no enfurecerte si no logro nada allá afuera.

- Coloratura, hoy no será así. – Entonces el corcel sacó una hoja de papel. – Sé que puedes cantar esto sin ensayar, todo será fácil.

La yegua observó la letra, impresionada observó al corcel con una duda más que evidente.

- Sé lo que estás pensando; pero créeme, resultará. – Explicó el corcel con una auténtica seguridad en sus palabras.

- No es mío, no podría…

- Tienes la mejor voz que he escuchado, te amarán por ella después de que escuchen lo que tienes que decir. Ahora toma esta agua, te ayudará a quitarte la tensión. – Expresó el corcel, haciendo levitar un vaso en el aire.

- Pero ¿Condesa? ¿Estás seguro? – Sin prestarle atención al gesto.

Entonces la yegua sintió como su casco derecho era alcanzado por el izquierdo del corcel.

- Confía en mí. Allá afuera hay todo un conjunto listo para actuar contigo por esta única vez.

- Pero yo soy solista.

- Lo sé, nadie acompañará tu voz, solo deja que toquen sus instrumentos y que los bailarines bailen, los deslumbraras.

- Yo… cómo se supone que recuerde todo esto. – Añadió la yegua repentinamente, señalando el papel con la letra que cantaría dentro de unos minutos.

- Déjate llevar por lo que sientes desde hace tiempo, debes estar frustrada, tal vez sientas algo de resentimiento contra el público. – La yegua, sincerada, con una confianza inexplicable, asintió en silencio, bajando la mirada. – Eso es porque asumiste el papel que deseaban, ellos se creen con la capacidad de decidir sobre qué música es buena o mala. ¿Entiendes? Te juzgaste por lo que ellos decían y ahora, ahora te toca a ti. Recuerda eso y créeme que recordarás toda la letra. – Le explicó el corcel, cuando la luz roja se encendió nuevamente, la yegua salió hacia el escenario, observando hacia atrás, para ver cómo el corcel le invitaba a seguir adelante con un movimiento de cabeza.

- Toma el agua, te ayudará a bajar los nervios… viejo truco. – Expresó el corcel acercándole el vaso nuevamente. La yegua obedeció.

- Hablaste de bailarines también. – Cuestionó la yegua con una ceja levantada. Aquel sujeto enserio estaba demente; pero al diablo, no tenía ya nada que perder.

- Déjate llevar por la música Condesa, déjate llevar por la letra y las actuaciones de ellos, yo sé que puedes hacerlo. Estaré cerca todo el tiempo. – Explicaba el corcel mirándola con completa concentración. – Esta es tu noche Condesa, tuya y de ningún poni más.

- Está bien. – Concluyó la yegua, tragando su saliva, esperando que, de alguna forma, su pánico se fuera con esta.

Mientras pasaba hacia el final del pasillo, la alfombra, increíblemente, por su textura, lograba tranquilizarla al sentirla en sus cascos. Las alas del vestido se deslizaban suavemente, mientras trataba de vencer el pánico escénico que ultimadamente regresaba a acosarla con mayor fuerza.

Cuando subió al escenario, notó al instante, la presencia de una banda ensamblada solo para apoyarla y solo durante ese día; consistía en una yegua con un saxofón, dos bailarines, una pianista, una baterista y un bajista, quienes la saludaron. El más cercano, el bajista, fue el primero y el único en hablarle aquella noche.

- Debes ser especial para Svengallop, se cobró casi todos los favores que le deben para traernos aquí. Los bailarines te darán pistas de lo que debes hacer, no es tan complicado.

Irrumpió inmediatamente un maestro de ceremonias, era el dueño y un artista recurrente del lugar. Alguien que parecía llevar el rap en las venas y con un espíritu bastante cooperativo.

- Buenas, ¿qué micrófono usarás novata? – Preguntó, dirigiéndose a la yegua haciendo levitar dos tipos diferentes en el aire. – El fijo o el móvil… ambos son dinámicos. – Explicó el corcel, mostrando dos diferentes, uno era el que conocía desde hace un buen tiempo y el otro, era mucho más pequeño y tenía distintas cintas con forma de unas riendas.

Coloratura estaba a punto de escoger micrófono fijo; pero el corcel negó con la cabeza.

- Si vas a actuar con tus bailarines necesitas el móvil; déjame ponértelo. – Le dijo el corcel y antes siquiera de que Coloratura pudiera percatarse, el micrófono pequeño, pero ajustado a su cabeza estaba a la altura de su boca, asegurado a su cuello y con un parlante del otro lado.

- Tu representante me dijo que necesitabas unos segundos más, así que te daré treinta, buena suerte grupo y que esta noche el lugar reviente. – Animó el maestro de ceremonias. Obteniendo unas cuantas respuestas del efímero grupo.

Los segundos pasaron rápido, algunos de los principales le infundieron calma diciéndole unas pocas palabras como "calma, lo harás bien" "déjate llevar" "Te guiaremos, todo estará bien". Al momento final, un modista llegó al lugar observándola atentamente, llevaba al menos tres vestidos elegantes, la yegua pensó que trataría de ponérselos en el acto. Pero solo los dejó al alcance de los bailarines, la baterista se levantó con una expresión sorprendida para hablarle.

- ¿A ti también te lo cobró Boots? – Le preguntó.

- Sí, creo que ha usado todos sus contactos. – Afirmó el

- Te quedarás a ver al nuevo talento de Equestria ¿Cierto? – Cuestionó la saxofonista.

- Por supuesto, no me lo perdería. – Alegó el modista mientras salía del escenario.

Diez segundos estaba nerviosa; pero por alguna razón podía recordar toda la letra, era una locura. Svengallop no mintió en eso. Ahora solo debía combatir el pánico escénico, usó el truco que solía mantener desde pequeña. Contó hasta diez. Mientras lo hacía, las luces se encendían… Vamos… coloratura, vamos.

Entonces, por un segundo, observó hacia la salida, podía excusarse; pero ahí estaba Svengallop y finalmente pudo ver una sonrisa dibujada en su rostro. Después observó al público y recordó sus palabras "Saca todo lo que sientes".

Dio una señal con la cabeza para que el grupo toque.

[Por obvias razones de mi incapacidad para componer música, haré lo que siempre hago y le cambiaré la letra a alguna ya existente; así que, si pueden, consigan el instrumental de: Sting: English Man in New York]

Comenzó el saxofón, con una melodía bastante suave, pero no por ello falta de atractivo, el sonido era hipnotizaste, le siguió el piano inmediatamente junto con un ritmo suave de la batería. El bajo desde luego, se acopló; todos con una perfección en su ejecución digna solo de los más experimentados.

Un movimiento de la cabeza de un bailarín le indicó que iniciara. Ahora ella debía ser quien se acoplará a ellos.

Su voz no dudó y ella se entregó por completo, lo que saldría, saldría con sus bendiciones, fuera bueno o fuera malo.

Yo soy del sur no del oeste querido

Duermo seis horas no doce [Los bailarines se movían de lado a lado, manteniendo un paso de transeúnte al tiempo que efectuaban uno que otro movimiento con unos sombreros de copa, dando giros o moviendo su sombrero, uno pasó con un paraguas]

No me asusto si no tengo nada elegante

Las luces siempre me han preferido

Si miras mi forma de caminar

Sabes que yo soy del sur [Entonces, instintivamente caminó como siempre lo hacía]

No temas disculparte

Soy una Condesa en Manehattan

Coro

Uoo Soy una yegua, una yegua del sur [Los bailarines se acercaban para bailar alrededor suyo uno se arrodilló, como si le dijera algo, mientras el otro le hacía un gesto de indiferencia exagerado]

Soy una condesa en Manehattan [x2]

La vanidad es un vicio solía decirse [nuevamente, supo que debía observar al arrogante]

Y para ella no hay cura [El bailarín fingía sentirse ofendido]

Toma todo eso y échalo afuera [Coloratura se acercó para quitarle el sombrero]

Porque conmigo, no te servirá [Añadió, arrojando el sombrero]

Coro [El corcel sacaba un sombrero nuevo del escenario, estratégicamente colocado.]

Uoo Soy una yegua, una yegua del sur

Soy una condesa en Manehattan [x2]

Mi precio no es recio

Saca fuera tu necio [Seguía diciéndole al mismo bailarin]

Déjame enseñarte a música

Te sorprenderás, cuando me veas brillar

No pidas peras al olmo [Cantó elevando la voz con completa afinidad, mientras el bailarín salía fuera para dar una vuelta; tomar los vestidos y mostrárselos, los negó con el casco, siguiendo todo el tiempo a la letra y siendo ella misma. Entonces el que pretendió "vestirla" corrió hacia el que estaba arrodillado, quien lo recibía con los cascos delanteros extendidos hacia arriba; con asombrosa coordinación, el primero saltaba hacia esos cascos, para dar una vuelta en el aire, tomándolos como puntos de apoyo y aterrizar detrás de la condesa, para desaparecer; mientras que el segundo, invitaba a bailar a Coloratura extendiendo su casco, mientras negaba ligeramente con la cabeza. No deseaba que ella aceptara; tampoco lo habría hecho, entonces recordó la letra y supo exactamente lo que debía hacer. Cuando de pronto apareció el otro corcel, con una rosa en la boca y un traje elegante, tomando su casco, como si tratara de obligarla a salir a bailar]

Si ves más allá de tu vicio [Explicó cantando]

Aprenderás que no es bello todo lo que tocas [Retiró el casco del elegante]

Sino que todo lo que te toca es bello [Entonces tomó el casco del que se había arrodillado]

Y esa belleza de ti jamás escapará [Acompañó mientras ambos corceles la tomaban del casco y la dirigían hasta una plataforma]

Si miras mi forma de caminar [Intuyó que debía salir del escenario, pues uno de los bailerines señaló el pasillo con la mirada]

Sabes que yo soy del sur [Continuó cantando]

No temas disculparte querido, porque:

Coro [O como se le llame]

Soy Condesa y música mi súbdita [x4]

Los aplausos no se hicieron esperar, pero se distribuían entre quienes habían caído presas de la letra, los pasos medio improvisados o la música; otros tantos que se sentían directamente apelados por el cinismo innegable de lo que acababan de oír. Por supuesto, eran las reacciones que el corcel de pelo naranja esperaba pacientemente. Coloratura solo podía observa al público eufórico que aclamaba su nombre.

- ¡Condesa Coloratura! – Gritaban al unísono.

Increíble que una letra así funcionara con un público semejante. Entonces volteó para observar a Svengallop, atento desde su particular posición; expectante y también satisfecho, al menos así debería sentirse. Tuvo razón era algo increíble. Y tenía el presentimiento de que muchas sorpresas similares le esperaban en el futuro.

Los ojos de la yegua observaron el techo de su prisión, rápidamente se apoderó de ella una ansiedad que no la dejaría. Necesitaba saber cuándo saldría o qué tenía que hacer para salir. Cuando escuchó los cascos del corcel, supo que era hora de desayunar. Pero no se levantó de la cama, solo observó a través de las rejas de la puerta.

Una fragancia la inundó de inmediato. Eran las lavandas.

Un gesto que él siempre tuvo con ella, colocar lavandas en la mesa de noche o en la almohada que no usaba. Hacían los sueños relajantes, decía él. Quizás el único gesto que hizo por alguien más durante todo el tiempo que fue su representante. Al recordar ese día en particular, al recordar esa sonrisa pocas veces vista, solo se confirmó la idea que tuvo desde el mismo momento en que se conocieron. Así que, cuando el corcel acercó su desayuno para hacerlo pasar por las rejas, levitándolo con el mayor de los cuidados; la yegua se levantó para acercarse a las rejas.

- Perdóname si te he lastimado; pero dime ¿Qué he hecho yo para que me hagas esto?

Los ojos de Svengallop estaban llenos de una ira desconocida hasta ese entonces.

Puede ser el viento cruento, puede vivir el necio creyendo ser brillante, puede ser el tonto un ingenuo; pero nunca un amante puede ser falso en sus sentimientos. El corcel sintió que su corazón fraccionado finalmente recibía algo de sosiego en medio de la inclemencia severa que suponía la interacción con aquella yegua.

De ser distante a cercano, el corcel solo necesitó una falla, un pequeño error para que ella destruyera todo por lo que habían trabajado. Detrás de la entrega ciega estaba un artista, un artista que no era ella. Algo ajeno, una liturgia hacia una belleza incierta, líquida en el fondo, pero sentida con todas sus fuerzas. Desgarrado hacia un corazón que no lograría nunca entenderle, Svengallop maquilló como pudo la furia del suyo.

Despreciaba a la que tenía frente a sus ojos; por el abandono al que lo sometió. Insalubre para su espíritu fue todo ese tiempo. Ahora que la tenía enfrente podía hacer algo al respecto.

- Todos estos años; todo lo que he hecho por ti Coloratura… y no supiste corresponderme. – Sentenció con frialdad el corcel.

- Eras el mejor pagado, tenías todo lo que se te antojara e incluso así me usabas para chantajear a los demás. Eres un poni terrible Svengallop.

- Lo habría dado todo, absolutamente todo por ti. Y a la primera ocasión tú me traicionaste. – Un hilo de voz imbuido de un dolor sincero y agudo fue emitido por las cuerdas vocales del corcel – Me tiraste a un lado como si no fuera absolutamente nada para ti y lo peor de todo fue que despreciaste aquello en lo que tanto habíamos trabajado… quisiera poder odiarte. – Expresaba el corcel mientras se sentaba junto al muro y la yegua se acercaba cuanto podía a las rejas.

- ¿Odiarme? ¿Cómo le llamas a esto? – Señalando las rejas y a sí misma, la yegua trataba de expresarse con toda la claridad del mundo. – Vamos, querido… tú no eres ningún pan caído del cielo. Reacciona de una vez. – Continuó, dejando salir un coraje que no tenía planificado.

- ¡A esto he llegado por tu culpa! A amarte tanto que te tengo que encerrar para tenerte cerca… a esto he llegado. – Explicó el corcel, esta última vez más para sí mismo que para la yegua, observaba sus propios cascos con atención.

- Hubo un tiempo en el que pensaba que me pedirías ser tu poni especial… Svengallop… - La yegua había pensado en usar un chantaje que podría funcionar con cualquier despechado.

- No me interesa, ni me interesó. – Le interrumpió el corcel poco antes de levantarse para marcharme.

- Entonces dime qué demonios quieres de mí. – Gritó la yegua desde las rejas. Mientras escuchaba al corcel alejarse.


Por mucho que trato de dejar de pensar en ello; parece que le todos quieren hacernos entender que hay solo una forma de amar… la suya. Si amar es un entregarse, es un entregarse al amar del otro, a su forma de entender el amor.