Se había presentado una mayor actividad en los pisos destinados al centro de observación recientemente. Pese a los límites de estar encerrado, Sei conseguía de algún modo u otro, información de lo que estaba sucediendo con los recién llegados. Le incomodaba en gran manera la forma en la que se referían a los amigos de su hermano, tal como si se trataran de mercancía nueva.
Aparentemente, el primero resultó tratarse de un viejo modelo perteneciente a Toue desde un principio y el segundo un hombre de ropas llamativas con bastantes marcas en su cuerpo. Hasta donde sabía, ambos fueron de tal interés como para no desecharlos; la resistencia que era capaz de mostrar el sujeto de cabello largo era admirable, a pesar de haber sido dejado por días en una fría celda vacía. Mientras que el androide entró en reparación.
Escuchó que otras dos personas habían logrado escapar en el lugar del incidente.
En cuanto a su hermano, corrió con una suerte "mejor" que sus compañeros. Desconocía el proceso por el que atravesó antes de ser ubicado en uno de las habitaciones privadas de los pisos subterráneos, pero podía entender lo que era ser encerrado, sin poder saber lo que sucedía con sus amigos.
·
«Aoba ¿estás bien?»
·
Al ser considerado como otra de las "bendiciones" de Toue a los que este les daba un nivel de importancia, el peliazul podía vivir con "privilegios". Eso era reflejado desde el momento en que al menor le permitieron conservar su coil. Con numerosas restricciones de uso, obviamente, o mínimo una constante vigilancia.
·
«¿Aoba?»
·
Estaba al tanto de que la celda de Aoba fue muy ruidosa al principio, se dedicaba a gritar, a exigir saber el paradero de sus compañeros y por supuesto, su libertad. Como si esa palabra tuviera cabida en aquel lugar. Y a pesar de todo, encendió su coil a las semanas, increíblemente le respondió el último mensaje.
Aoba siguió utilizando ese recurso como un medio de escape para no terminar completamente loco. Y el pelinegro insistía por leer cualquier palabra suya, aunque fuese alguna mentira; la necesidad de saber si su hermano tenía las condiciones suficientes de ser capaz de mandar un mensaje era constante en él.
·
«Hola. Estoy aquí ¿qué pasa?»
·
·
«Quería saber cómo estabas.»
·
Para mal o para bien de Sei, Aoba nunca le dijo nada a la "chica" ninguna pista sobre su situación actual, ni siquiera algún cambio de rutina. Por más que lo deseara, Sei nunca sabría qué tan mal estaba realmente.
·
«Estoy bien, no necesitas preocuparte tanto por mí.»
·
·
«Claro que sí.»
·
El mayor lo tomaba como si su hermano prefería no dañar el estado de la supuesta chica con sus cosas. Aunque, ya lo hacía.
·
«Son problemas menores, no hay mucho en eso.»
·
·
«Lo siento, lo hice cuando dejaste de responder.»
·
·
«Me quedé dormido.»
·
A pesar de que Aoba era quien lo reemplazaba con los datos de su voz, la salud de Sei iba decreciendo. Incluso con el descanso indefinido que le dieron, no había mejoras. Lentamente, sabía que su final se acercaba. Aoba también ya lo entendía y retomó su promesa de hacerle compañía.
Incapaz de hacer algo, lo único que le quedaba era su pequeña conexión con él. Sin embargo, no hubo día o noche en el que no se sintiera malditamente culpable de todo lo sucedido. Sus lamentaciones lo atormentaban, sobre todo sin los calmantes.
·
«Siento que moriré en cualquier momento.»
·
En más de una ocasión se preguntaba cuánto tiempo seguiría con vida, por momentos deseaba terminar de una vez, pero al mismo tiempo, lamentaba saber las condiciones en las que estaba dejando a su hermano menor. A veces creía que la impotencia terminaría por matarlo.
·
«Yo también, Princesa, yo también…»
·
Aoba pensaba que jamás entendería lo que significaban realmente esas palabras.
·
«¿Todavía me encuentras interesante?»
·
Sei ni sabía por qué le hacía ese tipo de preguntas en esas alturas.
·
«Claro que sí, no hemos llegado hasta aquí en vano ¿cierto?
La pasamos bien.»
·
No conocía tales cosas como el arrepentimiento, sin embargo, se preguntaba si era comparable la presión con la que vivía su pecho con ello.
·
«Te quiero mucho, Aoba»
·
·
. . .
«Yo también te quiero.»
·
Una lágrima corrió por la mejilla del pelinegro, si Aoba decía la verdad o no, ya le importaba, sus sentimientos de proteger a su precioso hermano siempre fueron sinceros. Desde su interior, dejó salir una sonrisa amarga; después de todo, su destino era lo único en lo que no le había mentido. Podía cargar con eso hasta en el último momento.
