CAPÍTULO 3: SI LO HUBIERA SABIDO ANTES

—No nos defraude, Lestrade. Estaremos oyendo cada palabra que diga—le susurró Bickerton justo antes de prácticamente empujarle dentro de la sala de conferencias.

No tenía suficiente presión encima, no. Su superior tenía que añadirle más.

La sala estaba más llena que de costumbre, incluso había algunos periodistas apoyados en la pared del fondo y pasando su peso de un pie al otro. Muchas eran caras conocidas, asiduos en sus ruedas de prensa, pero algunos de ellos eran nuevos. Justo lo que le hacía falta para empeorar el momento.

Ignoró los flashes de las cámaras y se sentó en la única silla que había en la tarima. Se sentía como el acusado en un juicio, sin ningún abogado para protegerle. Con toda la parsimonia que fue capaz se acomodó los faldones de la mesa y tomó un gran sorbo de agua en un último intento por atrasarlo todo lo posible.

Odiaba a los periodistas.

—Buenas tardes a todos—empezó a decir Greg, y en seguida se escucharon los rasguidos de los bolígrafos sobre el papel—. Les hemos reunido hoy aquí para esclarecer lo que algunos han llamado "el problema más romántico de Londres". No creo que haga falta especificar más.

Los periodistas y algunos cámaras se rieron de forma cómplice, lo que le dio un poco más de seguridad a Greg.

—Lo primero que me gustaría aclarar es que es un asunto de índole privada y por lo tanto me reservo el derecho de no responder a las preguntas que considere oportunas. En segundo lugar...

—¿No va a exponer la situación antes de la ronda de preguntas?—interrumpió un periodista de la segunda fila.

—Como iba diciendo—habló Greg lentamente, atravesando al periodista con la mirada—, en segundo lugar, me gustaría decirles que se lo piensen muy bien antes de hacer preguntas insinuando, aunque sea en lo más mínimo, intolerancia por parte de la Policía Metropolitana de Londres. Hablo en parte de New Scotland Yard, y personalmente como miembro del cuerpo, cuando digo que respetamos a los miembros de la comunidad LGBT como a cualquier otro ciudadano del Reino Unido y que es nuestro deber y obligación servirles sin ningún tipo de distinción. Cualquier comentario mío que de manera inoportuna pueda alegar lo contrario se debe a cuestiones personales ajenas a la Policía Metropolitana—esperaba que con eso los directivos se quedaran satisfechos, porque Greg no se creía capaz de repetirlo de nuevo con las mismas palabras—. Y por último, recordarles que silencien sus teléfonos móviles. Ya sabemos que tienen cierta tendencia a sonar dentro de esta sala.

Los periodistas volvieron a reírse, aligerando el ambiente, y Greg se permitió una sonrisa. Tomó otro trago de agua, respiró hondo para controlar sus nervios y deseó que lo que dijera a continuación tuviera lógica. No le gustaba improvisar, prefería evitarlo siempre que pudiera.

—Procedo a la explicación del caso—dijo, como si estuviera hablando de un crimen—. En el día de hoy, aproximadamente a las 5 a.m., la compañía de taxis puso un nuevo diseño en un gran número de sus vehículos. Un diseño con fines personales y románticos, concretamente del señor Mycroft hacia mi persona—no estaba seguro de si era buena idea desvelar el apellido de Mycroft y de verdad deseaba que no le preguntaran por ello—. La compañía ya ha procedido a su eliminación por orden del ayuntamiento, por lo que mañana a las 5 a.m. volverán a circular con los diseños previos por las calles de Londres—sabía que era poco y que le iban a masacrar a preguntas, pero no sabía qué más decir. No le podían pedir mucho más, improvisando como estaba—. ¿Preguntas?

Greg reprimió un suspiro de cansancio cuando prácticamente todas las manos de los periodistas se alzaron. Iba a ser una dura ronda. Empezaron a hacerle preguntas, algunas con sentido y otras no tanto.

—¿De qué conoce al señor Mycroft? ¿Acaso no conoce su apellido?—Greg maldijo a la periodista en sus adentros.

—Un conocido en común nos presentó—no tenían que saber quién era Sherlock, ni que era su hermano—. Sí, aunque conozco su apellido no está en mi poder divulgarlo. Tendría que darme permiso él en persona—sinceramente no sabía si era cierto, pero le parecía una buena excusa.

—¿Desde hace cuánto tiempo se conocen?

—Cinco años—esa era fácil de responder, fue un mes después de encerrar a Sherlock por primera vez en los calabozos por irrumpir en una escena del crimen.

—¿Se considera usted claramente homosexual?—preguntó otra periodista al fondo. Esa sí que era una pregunta directa.

—Sí—no tenía por qué esconderlo, pero se sintió incómodo cuando todos tomaron notas frenéticamente.

—¿Alguna vez—preguntó una mujer joven—se ha sentido discriminado en su puesto de trabajo?

—No, por supuesto que no—dijo tajantemente. Aparte de ser cierto no quería meterse en problemas con los directivos.

—¿Fue su homosexualidad el motivo de su último divorcio con Clarice Smith?

—Único divorcio—le corrigió Greg. Esperaba que ese tema lo sacaran más adelante pero eran periodistas, nunca hacían lo que querías o esperabas—. Y sí, bueno, fue una de las muchas razones.

—¿Es cierto que fue amante secreto de Meryl Streep?—preguntó un hombre del franco izquierdo. Greg pestañeó varias veces y se mordió la lengua para no llamarle idiota. Aunque ganas no le faltaban. A veces se preguntaba de dónde podían sacar esas preguntas.

—No pienso dignificar eso con una respuesta—dijo en cambio—. Cíñanse al tema, por favor.

—Sabemos que Mycroft está enamorado de usted—Greg carraspeó nerviosamente—, pero ¿y usted? ¿Usted está enamorado de Mycroft o cree poder llegar a estarlo?

—Eh... Es un tema delicado, prefiero no...

—Algunos periódicos han publicado que esta no es la única manera en la que Mycroft ha intentado convencerle—le interrumpió otra persona—. ¿Acaso no está dispuesto a darle una oportunidad?

—Yo no he dicho...

—¿Es cierto que le tiene miedo al compromiso y que por ello ha obligado a Mycroft a llegar a este extremo para suplicar por su amor?—preguntó otro, interrumpiéndole otra vez.

—He estado casado, ¿sabe? No tengo miedo al compromiso—dijo ofendido Greg.

—¿Podría describirnos la situación exacta de su relación con Mycroft?

—¿Cuánto le hará esperar para darle una respuesta?

—¿Piensan adoptar?

¿Adoptar? Eso había llegado demasiado lejos.

—Bueno, basta—dijo Greg, pero todos seguían haciendo preguntas—. ¡Basta, tranquilos!—tuvo que alzar la voz para que se callaran hasta que hubo un silencio absoluto—. No sé cuándo le responderé, y mucho menos sé lo que le diré.

—¿No le quiere?—preguntó con pena y tan inocentemente una joven periodista que Greg se sintió obligado a contestar con sinceridad.

—No es que no le quiera, es solo que...—ni una respiración se oía en ese momento. Sabía que se arrepentiría de lo que salía irremediablemente por su boca—. Mire, joven, usted no conoce a Mycroft. Ninguno de ustedes le conoce. Si lo hicieran se darían cuenta de que no tengo nada que ver con él. Él está muy por encima de mí en todos los sentidos, yo no puedo ofrecerle nada. Simplemente no puedo entender que quiera nada de esto—dijo señalándose a sí mismo.

Definitivamente se iba a arrepentir. Pero diciéndolo frente a los periodistas, sus colegas y todo aquel que tuviera acceso a internet, se sentía liberado. Era la primera vez que contaba sus inseguridades en alto -Mycroft no contaba, por supuesto- y simplemente por eso no estaba, aún, rojo de vergüenza.

—Pero DI Lestrade—dijo otra vez la inocente periodista—, el amor no funciona así. El amor no es lógico ni se preocupa por esas cosas.

—Aún es joven, no entiende como funciona—intentó defenderse Greg.

—Mi compañera tiene razón—dijo otro joven a pocas sillas de la joven inocente, una cara conocida de Greg—. Además, usted tiene mucho que ofrecer: es conocido, tiene un puesto importante, es decidido, leal con su equipo, y físicamente... Guau.

—¿Guau?—preguntó incrédulo Greg. El periodista enrojeció de la vergüenza cuando se dio cuenta de lo que había dicho.

—Bueno, quiero decir que si yo estuviera en la posición de Mycroft, actuaría igual. No, quiero decir que... Mejor me callo.

—Sí, será lo mejor—le concedió Greg al pobre. No le extrañaría no volverle a ver en otra rueda de prensa—. Pero aun así sigo pensando que...

—Dele una oportunidad—dijo otra vez la joven inocente con una sospechosa emoción en su voz.

—Siempre se quedará con la duda si no lo hace—dijo otro al fondo.

—¿Es que no tiene consideración por nosotros? ¡Estamos deseando saber qué ocurre!

Y se desató el caos. De repente todos los periodistas empezaron a exigirle que empezara una relación con Mycroft, y algunos policías se vieron obligados a sacarle de la sala por peligro de avalancha sobre él. Bickerton le felicitó nada más salir, al parecer la imagen de Scotland Yard mejoraría exponencialmente. Dimmock farfulló algo sobre no creer en lo que te dicen los secuestradores, y Sally dijo que se rendía, que hiciera lo que quisiera.

La prensa no tardó ni 15 minutos en publicar su rueda de prensa. Incluso había debates televisivos sobre él, estudiaban y discutían cada palabra que había dicho en esa sala. Y qué decir de su arrebato de sinceridad...

Greg decidió encerrarse en su despacho para ocultarse en lo que le quedaba de jornada, pero de vez en cuando, desde la sala de conferencias, oía un grito de "¡Greg le quiere, no mientas!", o "pobre Mycroft". Se habían reunido varios colegas para ver los debates, palomitas y bebidas incluidas. Hasta Bickerton estaba sentado en primera fila discutiendo con la televisión como si le fuera la vida en ello.

Por suerte, su jornada terminó antes que los debates y no se encontró con nadie del club de fans. Hasta que salió a la calle. Ahí Greg entendió que estaba perdido.

Una gran multitud empezó a gritar en cuanto le vieron, hondeaban banderas y pancartas. Estaban tras unas vallas, y algunos agentes contenían a los que intentaban saltárselas, pero aun así Greg se sentía intimidado, sobrecogido. Y por qué no decirlo, acojonado.

—¡Gregory, un autógrafo por favor!

—¡Gregory, te queremos!

—¡Cásate con Mycroft!

—¡Mycroft te quiere!

—¡Vivan los gays!

¿Por qué le tenía que pasar precisamente a él? Con cada paso que daba, la gente se emocionaba más y más. Ni siquiera sabía por dónde iba a salir de allí, las aceras estaban cortadas y tenía que ir al metro.

De repente una limusina negra se paró justo frente a él.

La puerta trasera se abrió y Mycroft salió de el vehículo, enfundado en su característico traje de tres piezas -el azul con pequeñas rayas blancas, uno de sus favoritos, y no, no se avergonzaba de saberlo- y su inseparable paraguas. El público dejó de gritar y empezó a murmurar, pero Greg no les prestaba mucha atención. Estaba más centrado en Mycroft que en cualquier otra cosa en ese momento.

Su corazón se aceleró y no pudo evitar sonrojarse. Mycroft estaba más imponente que de costumbre, o a lo mejor era la visión de Greg tras todo lo que había pasado y su repentina aparición como caballero de blanca armadura. O negra carrocería, mejor dicho. Su pelo era más naranja, sus ojos más azules que nunca, y tenía puesta su sonrisa más encantadora, esa que tanto le gustaba.

Estaba perdido.

—Buenas noches, Gregory.

—Mycroft—saludó Greg, no sabía qué más podía decir sin que le fallara la voz.

Dios, cuánto quería besarle en ese momento.

Alguien debía haberles escuchado, porque en seguida todos empezaron a murmurar el nombre de Mycroft, y los flashes iluminaron la calle.

—Me gustaría mucho empezar una agradable conversación, pero creo que estaremos más cómodos en mi limusina—Mycroft se hizo a un lado, invitándole a entrar, y Greg no lo dudó un instante.

Se acomodó en el asiento y rápidamente Mycroft se sentó frente a él.

—Sabes que tu cara estará ya circulando en las redes sociales, ¿cierto? ¿Qué hay con lo del puesto súper secreto en el gobierno?

Mycroft hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—Pronto se olvidarán de ello y haré desaparecer cualquier archivo sobre el asunto.

—Internet es muy grande. Y la gente se puede descargar fotos—dijo Greg como si fuera obvio, y Mycroft le contestó levantando una ceja.

—No hago nada sin calcular todas las posibilidades. Lo tengo bajo control.

—Pero internet...

—Lo tengo bajo control, Gregory—repitió Mycroft.

Se sumieron en un silencio intranquilo. Greg tenía muchas preguntas en la cabeza, pero al final no pudo evitar decir la menos apropiada.

—¿En qué demonios estabas pensando, Mycroft? ¿Taxis, en serio?

—Me pareció lógico—dijo Mycroft mientras jugaba distraídamente con su paraguas—que si tú estás en mi mente a cada sitio que voy, yo estuviera en la tuya.

—¿Y no se te ocurrió otra cosa?—le reclamó Greg.

—El director de la compañía me debe más de un favor, así que decidí aprovecharlo. Era eso o colgar carteles publicitarios por toda la ciudad. No me pareció tan original.

Greg pestañeó varias veces, intentando asimilar la información. Al final se rindió. Suspiró profundamente y se dejó caer hacia atrás, derrotado.

—Eres increíble—murmuró Greg.

—Gracias—respondió Mycroft con una sonrisa.

—Increíblemente idiota. ¿Tú sabes lo que me has hecho pasar?—volvió a incorporarse y empezó a enumerar con los dedos—. El acoso del club de fans, el acoso de la prensa, el acoso de mis superiores... ¡Hasta mi casera me ha llamado! Quería vender información privilegiada a no sé qué revista.

—Pudiste haberlo hecho. Sólo Dios sabe lo necesaria que es una reparación general en tu edificio.

—No estoy para bromas, Mycroft. Hablo muy en serio. Quizá este ha sido el peor día del año.

—No hace falta que exageres. Mañana todos se habrán olvidado.

—¿Exagerar? ¿Yo estoy exagerando?—casi gritó Greg.

—Sí, Gregory. Lo estás—dijo Mycroft repentinamente serio—. Sinceramente, ¿qué esperabas que hiciera con la cantidad de medios que tengo a mi alcance? O mejor dicho, ¿qué esperabas que no hiciera?

—¡Nada! ¡No tenías que hacer nada!

—Esto es absurdo—masculló Mycroft—. Después de todo lo que he hecho, de todo lo que he dicho, incluso después de lo que ha pasado en la rueda de prensa, ¿sigues sin creerme?

—¡Pues sí!—estalló Greg, sin poder evitarlo dado el calor del momento.

—Se acabó.

Todo ocurrió en menos de un segundo. El corazón de Greg se paró ante aquellas palabras y se asustó. No podía creer que todo se terminara de esa forma. Si no hubiera sido tan testarudo, si no hubiera estado tan convencido de que era una mentira...

O a lo mejor no. Inesperadamente rápido, Mycroft estaba sobre él a horcajadas, besándole y empujando su lengua contra sus labios. Gimió del placer, de poder hacer por fin lo que llevaba tanto tiempo imaginando, y abrió la boca para que Mycroft entrara en ella.

Una mentira no podía saber así, tan dulce, tan perfecta. Se sentía ta eufórico que sin pensar se aferró a las caderas de Mycroft, y él enterró sus dedos en su pelo, gimiendo al hacerlo.

—Llevo demasiado queriendo hacer esto—murmuró Mycroft rozando sus labios y volvió a besarle con hambre.

—Yo también—respondió Greg en los pequeños descansos entre beso y beso, pero de repente pararon.

—Dime que me crees.

—¿Qué?—Greg aún tenía la mente puesta en los besos, sólo podía ver los labios de Mycroft.

—Dilo—ordenó Mycroft, y se vio incapaz de negarlo más.

—Te creo, Mycroft.

—Bien—tras unos segundos mirándose a los ojos, Mycroft bajó sonriente hasta su cuello y Greg echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se aferró aún más a sus caderas—. Porque si esto no funcionaba...

Greg se rió, pero al instante pasó a un gemido. Esos labios contra su piel, esos pequeños mordiscos, esa lengua... ¿De verdad Mycroft le estaba besando?

—¿Qué habrías hecho, comprar una cadena de televisión que retransmitiera tus mensajes 24 horas?—se rió Greg, y Mycroft paró de besarle—. No—le miró a los ojos, esos ojos tan azules que le volvían loco, y vio culpabilidad en ellos—. ¿En serio lo habrías hecho?

—Era una de las opciones de la lista.

—¿Tenías una lista?

—De hecho tengo siete. Sin embargo me alegro de no haber llegado a la opción de hipnotizarte. Tendría que haberlo hecho después de pedir amablemente a Adele que te compusiera una canción, y ahora que lo pienso podría haber sido improductivo.

—¿Adele?—exclamó con un grito ahogado Greg, pero en seguida carraspeó para disimular—. Con que Adele, ¿eh? Bueno, eso no me habría importado mucho...

Mycroft sonrió y volvió a besarle, pero esa vez lentamente, saboreando.

—La llamaré mañana.

Si había sido capaz de empapelar los taxis con sus mensajes, no dudaría de su palabra. Ya no. Greg volvió a besarle, sabía que jamás se cansaría de hacerlo.

—Dios, si hubiera sabido antes de lo que eran capaces de hacer tus besos, nos podríamos haber ahorrado todo el revuelo mediático. Y ese maldito club de fans.

—¿Y qué pueden hacer mis besos?—preguntó Mycroft divertido, levantando una ceja y acariciando su cuero cabelludo.

—Hacerme creer—y como un rayo, comprendió lo que Mycroft le había estado diciendo todo ese tiempo—. Me quieres—dijo en un susurro, asimilando el completo y complejo significado de esas palabras.

La sonrisa de Mycroft no podía ser más radiante, era resplandeciente. Bajó sus manos hasta sus mejillas y acunó su cara.

—Así es—confirmó Mycroft.

—Dímelo. Por favor, necesito oírlo...

—Te quiero, Gregory.

Era puro éxtasis. Su estómago parecía una montaña rusa llena de mariposas, hormigas y las moscas envenenadas de Sherlock. Escucharlo de sus labios notando su aliento en su piel, sus manos, su olor; no podía compararse con ninguno de los mensajes de sus amigos o de los taxis.

—Otra vez.

—Te quiero—repitió Mycroft riendo levemente, y Greg se contagió.

—Me quieres. ¡Me quieres!

¡Qué feliz podían hacer dos simples palabras! Y Greg no recordaba haber estado tan feliz en mucho, mucho tiempo.

Iba a volver a besarle, necesitaba hacerlo, pero sintió la limusina pararse.

—¿Dónde vamos?—preguntó a cambio del beso, tendría muchas oportunidades para hacerlo.

—Pensé que si todo salía bien necesitaríamos un lugar más íntimo y cómodo.

Greg sonrió pícaramente y le susurró al oído:

—¿A qué espera para hacerme gemir, señor Holmes?

Mycroft gimió contra su cuello y agarrando su mano, le hizo seguir fuera de la limusina. Estaban delante de una casa victoriana de tres plantas, preciosa.

—Disfrute de las vistas, Inspector—dijo Mycroft girando su cabeza hacia él y sonriendo mientras le guiaba a la puerta principal—, porque lo único que va a ver esta noche va a ser el techo de mi dormitorio.


Lo sé, lo sé, ¡no me matéis! Aún queda un capítulo más, y prometo que estará subido antes de mañana ;)

Por cierto, propongo una cosa: empezar el club de fans de Mycroft de Scotland Yard (aunque obviamente no trabajaeos allí) ¿Quién se apunta? :D