Tras tres semanas de viaje (que hubiera sido el triple de corto de haberlo hecho en otra época del año) la pequeña comitiva llegó a Glenhaven sin incidentes. Sin embargo, el mensajero que debía traer la noticia de la llegada de la familia real no había llegado a tiempo, por lo cual no se les había preparado recibimiento alguno. El senescal y la dama de llaves recorrían apresuradamente los pasillos gritando a los sirvientes para que el castillo estuviera limpio y ordenado, conforme a lo que exigían los reyes. El médico personal de los reyes, Morgan Todd, fue llamado de inmediato para atender a la mujer herida, de quien no se conocía la identidad. Los miembros de la corte se dirigían a ella siempre usando la palabra "excelencia".
Maleficent se fue recuperando con una rapidez asombrosa. Al poco de iniciarse la primavera ya estaba lo suficientemente fuerte como para andar sin ayuda de nadie. Un sorprendido Morgan Todd le recomendó que saliera todos los días al jardín para tomar el aire, y ella así lo hizo.
Paseaba todas las mañanas acompañada de los dos guardias que Fleur le había asignado como "escolta", que le seguían como perros falderos a todas partes. Después del paseo volvía a subir a sus aposentos y allí se quedaba todo el día. No le gustaba ir por el castillo; un hervidero de actividad ahora que el rey Stefan volvía de nuevo al hogar…
Un día, mientras caminaba por los pasillos en dirección a su habitación, Maleficent se paró ante una puerta abierta. Dentro de la estancia estaba Aurora plantada delante de un fraile gordo que gritaba como un poseso. Ella tenía la cabeza baja, con sus hermosos cabellos tapándola la cara, pero Maleficent intuyó al primer momento que la joven deseaba con todas sus fuerzas que se la tragara la tierra.
-¡Esto no puede ser! –Berreaba el clérigo- ¿Cómo es posible que una joven tan bella sea tan necia? ¿Cómo es posible que ni siquiera sea capaz de conjugar un simple verbo en latín, o incluso leer o escribir? ¿Dónde ha estado vuestra alteza éstos dieciséis años, en el cuchitril de un apestado?
Aurora parecía estar al borde de las lágrimas. Neriah estuvo impulsada a entrar y cantarle las cuarenta al fraile, pero alguien se le adelantó. Una dama entró con paso decidido en la estancia y murmuró algo al oído del hombre. Éste se calmó.
-De acuerdo –dijo a la princesa- basta por hoy. Pero recordad, alteza –añadió solemnemente- "Labor omnia vincit".
"Deliriant isti Romani", añadió Maleficent pasa sí misma.
La dama salió acompañada de la joven. Comenzaron a charlar y a caminar por el largo corredor. Pero tras haber dado unos pocos pasos, la princesa reparó en Maleficent.
-Excelencia –saludó con cortesía- ¿Os gustaría uniros a nosotras?
Maleficent abrió la boca al instante para negarse, pero entonces la dama habló:
-Os ruego me excuséis, alteza, pero me reclaman en otro lugar.
Neriah frunció el ceño. Había algo en el rostro de la mujer, algo que le hacía desconfiar.
-Ah -respondió Aurora con deje de decepción en la voz- No os preocupéis por eso, señora. Marchaos si lo deseáis.
La mujer le hizo una pequeña reverencia y se alejó de ellas.
-¿Quién es ella? –preguntó Neriah, intrigada.
-¿Ella? Es Katwein de Hedmark –contestó la joven.
-¿Hedmark, dices? ¿No estará casada, por casualidad, con Givric de Hedmark, el primo hermano de tu padre?
-Pues sí –dijo Aurora y añadió- ¿Y tú cómo lo sabes?
-Porque estuve viviendo aquí durante tres años, por eso –respondió Maleficent con sorna- ¿Sigue siendo el imbécil de su marido el segundo en la línea de sucesión?
-Sí, pero a ellos no les interesan las intrigas palaciegas. Son amigos de mis padres, fieles a la corona…
-…Puedo asegurarte con toda seguridad que guardan más lealtad a ellos mismos –interrumpió Neriah. Luego suspiró con hastío. Ya fuera en Glenhaven, en Lisieux o en cualquier corte, las conspiraciones de nobles demasiado ambiciosos siempre estaban a la orden del día.
-¿Por qué dices eso?
-Escúchame, Aurora, tú algún día serás reina. Si cuando llegue ese momento quieres seguir teniendo la cabeza entre los hombros, sigue mi consejo: desconfía de todos, desde los desconocidos hasta tus más allegados. Muchos reyes han muerto a manos de la persona a quien más apreciaban…
Entonces se interrumpió, sobresaltada. Miró a la joven que la contemplaba con toda la seriedad del mundo. Ella apartó la mirada inmediatamente, avergonzada.
-P-Pero, ¿qué mierda hago yo explicándote todas esas memeces? –saltó Maleficent. Acto seguido le dio la espalda a la muchacha y se encaminó todo lo rápido que pudo hacia su habitación.
Cuando perdió de vista a su tía Aurora sonrió para sí misma. Desde luego, Maleficent no era, para nada, la horripilante bruja que su fama le atribuía ser. Si alguna vez ella fue ese monstruo, ahora había dejado de serlo, por mucho que Neriah se empeñara en ocultarlo.
Katwein de Hedmark caminó con paso lento hacia los aposentos reales. Al llegar a la puerta llamó con delicadeza y le abrió una doncella. No tuvo ni que mencionar su nombre, ya que la chica le dejó entrar al instante. Toda la servidumbre sabía que la familia del barón de Hedmark siempre era bienvenida allí donde se encontraran los monarcas.
La baronesa echó un rápido vistazo a la habitación. En el centro había una bañera aún llena de agua tibia. Cerca del objeto estaba la reina, a la que vestían dos sirvientas con su traje de montar. Al ver a Fleur, la mujer hizo una reverencia.
-¿Vais a salir a pasear, Majestad? Si lo deseáis, puedo encargar que se prepare vuestro séquito…
-No, Katwein. No hará falta, gracias –respondió Fleur.
Katwein esbozó una sonrisa más para sí misma que para la monarca. Sabía que iba a decir eso…
-Prefiero ir sola –continuó Fleur. Luego se dirigió a una de las chicas- Ve a las caballerizas y diles que me preparen a Bonamí.
La muchacha salió apresuradamente de la habitación. La otra joven, una vez hubo terminado de vestir a su señora, comenzó a vaciar la bañera.
-Mi señora –dijo entonces la baronesa.
-Dime.
-¿Creéis que el rey llegará hoy?
Fleur se sobresaltó al acordarse de la inminente llegada de su marido.
-Bueno –contestó con aparente calma- Creo que llegará dentro de unos días. Ahora, si me disculpáis, voy a salir a montar.
Sin decir más, la mujer salió del cuarto en dirección a los establos.
En el bosque, Stefan caminaba con paso lento. Llevaba a su caballo cogido por las riendas. Los pocos miembros que componían su escolta caminaban al igual que él, todos hartos de tanto cabalgar. Uno de ellos, para animar el viaje, cantaba:
"Flors Humils, no si deslassa
de vos purtatz ni beleza,
e quar etz flors de nobleza,
me dicta·l cor e·m martela
qu'es folk qui de vos s'apela."
A Stefan no le apetecía mucho escuchar canciones, pero era lo único que, en aquel momento, mantenía entretenidos a sus hombres: "Humilde flor, la pureza y la belleza nunca se irán de tu lado. Desde que eres la flor de la nobleza, mi corazón me dice y repite que necio es aquel que se te oponga"...
Pronto llegarían a Glenhaven. El rey suspiró con aprensión al imaginarse la fría bienvenida que le esperaba allí. Pero las obligaciones eran las obligaciones…
El grupo pasó cerca de un lugar que Stefan reconoció al instante. Era el mismo lugar, a la orilla del río, donde él se le había declarado a su mujer. No pudo evitar pararse a contemplarlo con nostalgia. Allí la había besado por primera vez, allí se habían entregado su amor el uno al otro. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces, veintiséis años? Parecía haber sido ayer…
La figura de un caballo llamó su atención. "Pero si es Bonamí", pensó.
-Oíd –dijo a sus compañeros- seguid vosotros. Yo os alcanzaré después.
Los demás asintieron y se pusieron en marcha. Cuando los hubo perdido de vista, Stefan se dirigió hacia el río. Tal y como intuía, ella estaba allí sentada al pie de aquel árbol, con la espalda apoyada en el tronco.
-Hola, Fleur –saludó.
-Hola. Vuelves muy pronto –contestó ella. Su tono de voz le hacían presentir que aún estaba resntida.
-¿Puedo sentarme? –preguntó el rey.
Ella se encogió de hombros y él decidió sentarse. Estuvieron los dos en silencio durante unos minutos. Stefan tomó aire antes de hablar.
-Fleur, escucha, siento mucho todo esto. Siento mucho haber discutido una y otra vez contigo –él la miró a los ojos y descubrió que estaba muy desmejorada a pesar de su aparente dignidad.
Ella esbozó una débil sonrisa.
-Yo también lo siento, pero me temo que esto no se va a acabar hasta que perdones a Neriah…
-Quédate tranquila por eso –respondió él secamente.
Fleur se extrañó por la respuesta.
-¿Quieres decir que vas a perdonarla? –Stefan asintió- ¿Y a qué viene ese cambio de actitud?
-Porque, si yo me la cargo, ni Aurora ni tú seréis felices, por eso –soltó el rey del tirón- Eso sí, os haré responsables de su buena conducta…
No pudo acabar. Fleur, sonriente, le abrazó con todas sus fuerzas.
-Gracias, ¡muchas gracias! No te arrepentirás, te lo prometo.
Cuando ella sonreía parecía tan joven "Mi corazón me dice y me repite que necio es aquel que se te oponga", recordó el rey. La besó con dulzura.
-Te amo, mi flor de la nobleza –le dijo.
Pero cuando ella fue a contestar fue interrumpida por un grito seguido del sonido del chacoloteo de los cascos de caballos y el entrechocar de las espadas. Estaban atacando a alguien no muy lejos de allí…
