La gente me miraba con curiosidad allí a donde iba, a mí y a mi pequeño. A lo largo del día no fueron pocas las personas que nos preguntaron por mi velo y por la capa de viaje con gran capucha que también ocultaba el rostro de mi hijo. Pero ninguno se mostró hostil, ni intentó ver nuestros rostros. Y nadie podría imaginar lo aliviada que estaba por ello.

Al finalizar la extensa jornada, mi pequeño y yo regresamos a nuestros aposentos. Una pequeña habitación con una pequeña cama, un espejo en la pared y una mesa algo maltrecha. Pero era más de lo que habíamos tenido en mucho tiempo. Tras cerrar la puerta con el seguro, me giré para ver a Wyrth saltar alegremente sobre la cama y sonreí, antes de lanzarme sobre él y atacarlo a cosquillas, sintiendo como su risa me calentaba el alma. Si, habíamos pasado por momentos difíciles, y muchas veces no habíamos tenido un techo sobre nuestras cabezas; pero eso no nos había impedido ser felices, no nos había impedido tener un hogar. El hogar se encuentra donde está el corazón, y Wyrth es todo lo que quiero y necesito.

-Ven, aquí, cariño- dije, sentándome en la cama y sacando un pañuelo y la botella de agua de rosas que guardaba en nuestro pequeño bolso. Una vez el temblor de las carcajadas abandonaron su cuerpo, el se incorporo de la cama y, sentándose junto a mí, se retiro la capa, dejando al descubierto la máscara que cubría su rostro. La había hecho yo misma, con las telas más suaves que pude comprar, pero aun así éstas irritaban un poco la piel tras rozarla todo el día. Con suavidad, retiré la máscara y comencé a dar suaves toques con el pañuelo embebido en agua de rosas, calmando el posible escozor. Wyrth cerró los ojos, sonriente, disfrutando de las delicadas caricias que le prodigaba a sus peculiares rasgos. Yo no veía horror alguno en el dulce e inocente rostro de mi hijo, pero quienes lo habían visto, habían retrocedido con horror y, a menudo, no nos habían traído más que sufrimiento.

Intenté calmarme, antes de que las lágrimas escaparan de mis ojos. Mi niño era el ser más dulce y puro que jamás había conocido; pero había nacido con esa deformidad que lo sentenciaba a una vida tras una máscara. Habíamos pasado por mucho, siendo yo una madre soltera con un niño cuyo rostro no era socialmente aceptado.

Habíamos sido dejados de lado por el mundo.

Habíamos padecido hambre y frio.

Había sido acusada de haber traído al mundo al hijo de un demonio.

Wyrth había sido acusado de ser el fruto de una relación antinatural.

Tanta ignorancia…

Habíamos sido despreciados.

Humillados.

Mi dulce ángel había presenciado no pocas veces como había sido golpeada, humillada y casi forzada por los más viles hombres, algunos de ellos, seres que en sociedad se hacen llamar caballeros.

Pero aquí estábamos, con la cabeza en alto, sin nunca haber dejado de buscar un lugar en el mundo. Sin darnos por vencidos. ¿Habíamos llegado a casa?

Anuncié que ya estaba listo, y dos pupilas plateadas me encandilaron, llenas de alegría, aunque algo adormiladas. Me quité el velo, refrescando rápidamente mi propio rostro. Mientras sentía las pequeñas manos de mi hijo quitar el moño de mantenía mi cabello en un apretado peinado alto. Mi cabello pronto cayó por mis hombros hasta mi cintura.

-Extrañaba tu cabello, mamá- murmuró, cada vez mas dormido, antes de recostar su rostro descubierto contra mi espalda. Sonreí, peinando lentamente mis bucles carmín antes de girarme para acomodar a mi ya dormido niño bajo las mantas, y cambiarme para acostarme también. Al instante, el se pegó a mi cuerpo, buscando mi calor. Acaricie sus finos cabellos broníceos y, por primera vez en mucho tiempo, me deje llevar por la inconsciencia sin temor.