Cuarta parte

Mis hermanos dicen que estoy loco


VII.

Well it rains and it pours, when you're out on your own
If I crash on the couch, can I sleep in my clothes
'cause I spent the night dancing, I'm drunk I suppose.
If it looks like I'm laughing, I'm really just asking to leave this alone.
You're in time for the show, you're the one that I need

The sharpest lives, My Chemical Romance


—¿Tienes dinero?

—¿Crees que ser vigilante deja una fortuna?

—Sólo pregunto, tengo hambre.

—Tengo cupones y… algo de dinero, puedo comprar algo.

Al final resultó que Diego consiguió lo suficiente para hacer un par de sándwiches y le hizo el desayuno después de un rato. No mencionaron la noche anterior, porque Klaus no tenía ganas de pelear y Diego también parecía demasiado cansado como para gritarle algo.

Klaus se queda dos días más y luego se marcha. Diego le regala unos cuantos cupones. Klaus usa la mitad y consigue cambiar la otra mitad por drogas.

Ben desaprueba la idea, pero hace tiempo que Klaus decidió que todo lo que Ben desapruebe es algo que debería hacer.


Al cabo de unas semanas, Klaus acaba volviendo a tocar la puerta de Diego. Es eso o volver a robar algo de la Academia, pero quiere evitar eso. Hace veinticuatro horas que no come nada, porque seguramente inyectarse heroína no cuenta como ingerir algo. Ben se recarga contra la pared mientras lo mira llamar a la puerta de Diego. Apenas es medio día. No tiene ningún plan y mucho menos un lugar a donde ir. Pero tiene hambre. Joder, tiene hambre. También está drogado y también tiene un porro encendido que mantiene entre los dedos de la mano izquierda y al que le da ocasionales caladas.

Llama a la puerta hasta que Diego abre con cara de que se acaba de despertar.

—¿Y ahora? ¿Cuál es el plan? —pregunta Ben.

Nunca le ha dicho a Klaus que secretamente añora esos momentos en donde por fin se acuerda de que tiene hermanos. La única manera que tiene de saber qué es de sus vidas, si están bien o mal, es a través de Klaus. Ha aprendido a verlos a través de sus ojos, a entender las complicadas relaciones de Klaus con todo el resto. Con Diego es más cercano. Porque Diego consiente a seguirle el juego y a hacerse cargo de sus desastres de tiempo en tiempo. A Luther es al que más evita conscientemente, Ben no sabe si por miedo a decepcionarlo o por miedo a verse arrastrado a una vida que ya no quiere vivir. De Allison se interesa, claro, porque siempre fue más cercana a Klaus que otros. Klaus le confiaba algunas cosas —no todas— mientras aprendían a pintarse las uñas y a ponerse delineador en los ojos. Pero Allison está demasiado lejos y las únicas noticias que tiene que tiene Klaus de ella es lo que cuentan las revistas de la farándula.

De Vanya, Ben no puede decir nada. Los buenos días, Klaus apenas recuerda que su hermana existe.

—Hola —murmura Klaus—, perdón por despertarte.

—No estaba dormido —miente Diego. Ben lo nota porque es obvio que estaba dormido.

—¿Tienes comida? —pregunta Klaus.

Diego lo ve de pies a cabeza, lo examina un momento y después se hace a un lado para que pueda pasar. Klaus lo hace y Ben lo sigue. El lugar está mínimamente ordenado, Diego no tiene demasiadas cosas. Todo consiste de un solo cuarto lleno de todo aquello con lo que Diego carga consigo.

—No mucho —advierte Diego—. ¿Quieres un sándwich?

—Preferimos los waffles, pero… —Klaus se encoge de hombros. El sujeto de su oración es «nosotros» en vez de «yo». Lo hace de manera inconsciente, pero Ben lo nota y se sorprende—. Sandwiches. Está bien. Dos. —Alza una mano y le enseña dos dedos a Diego, que suspira y accede.

—¿Preferimos…? —murmura Diego por lo bajo, mientras se dirige al pedazo de cocina que tiene—. ¿Estás drogado? —pregunta.

—Quizá —responde Klaus. Ve a Ben y sonríe. No está tan drogado, si estuviera completamente aturdido Ben no estaría allí. Lo que significa que está empezando a pasársele el efecto de las drogas.

A Diego no se le ocurre que Klaus tenga compañía. Curioso, considerando la naturaleza de los poderes de Klaus, pero totalmente comprensible, se dice Ben, si todos los Hargreeves saben que Klaus lleva desde más o menos los diecisiete sin poder conjurar a nadie. Klaus es una carga que llevan encima, pero que aceptan porque lo ven como uno de ellos, piensa Ben.

No es como Vanya.

Vanya es otro asunto.

Ni siquiera quiere pensar en ella.

¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Por qué a nadie le importa?

—¿Por qué te metes esa mierda? —pregunta Diego.

Klaus se deja caer en el sofá y le sonríe. Es una sonrisa traviesa y también cansada. Echa la cabeza para atrás del respaldo del sofá y estira las comisuras de la boca hasta enseñarle los dientes.

—Te hace sentir en el cielo.

—Te juro que el cielo no se siente como tu mierda —dice Ben—. Te lo puedo jurar.

Klaus pone los ojos en blanco ante su comentario. Pero no contesta.

—Idiota —le dice Diego. Se tarda todavía unos momentos, pero acaba acercándose con un plato y un sándwich—. Ten.

—¿Y el otro? —pregunta Klaus.

—Cómete ese primero —espeta Diego. Klaus se encoge de hombros y le hace caso. Comida es comida, de todos modos. Diego se sienta a su lado. Bosteza. Sigue intentando esconder qué Klaus acaba de despertarlo, aunque no tiene sentido—. ¿Así que ahora planeas aparecer siempre que necesites algo de mí? ¿No estabas intentando de no tener relación con nadie mientras te quemabas las neuronas en algún callejón oscuro?

Klaus mastica. La respuesta no le sale hasta que traga un bocado.

—Necesitaba comida.

—¿No tienes dinero? —pregunta Diego.

Klaus niega con la cabeza.

Ben no sabe qué es peor: si un Klaus sin dinero o un Klaus con dinero. El primero siempre corre el riesgo de morirse de hambre o que lo arresten por descubrirlo robando, algo que hace cada vez con más frecuencia y con menos vergüenza, si es que alguna vez tuvo alguna. El que tiene dinero se gasta la mayor parte en drogas y después se convierte en el primero. Es un ciclo vicioso de nunca acabar que Ben ve porque no tiene otra alternativa. Hay algo que lo mantiene allí, estático, pegado a Klaus, como si Klaus fuera su ancla al mundo humano.

—¿Has pensado hacer algo útil a la sociedad alguna vez? —pregunta Diego.

—Ya lo hice suficientes años en mi adolescencia. Salí en muchas revistas y tú también —le recuerda Klaus—. Ya salvé a la gente. Ya no quiero salvar a nadie.

Diego gruñe.

—No tiene por qué ser salvar a alguien, puede ser sólo… no ser un drogadicto.

Klaus se queda callado. Al principio, Ben tampoco entendía por qué lo hacía, cuando aún estaba vivo. Por un tiempo, estuvo bien, porque Klaus tenía menos pesadillas, era más manejable. Hasta que notaron que sus poderes también sufrían cuando consumía demasiadas drogas. Ahora lo comprende. Le gustaría decir que lo aprueba, pero sospecha que hay mejores maneras que controlar los pdoeres de Klaus.

Sospecha, nada más.

No tiene ni idea. Ni una alternativa.

—Tiene razón, ¿sabes? —le dice a Klaus.

—Y ustedes qué saben.

—¿Nosotros? —Diego se extraña. Antes, Klaus era mucho más cuidadoso al hablar con Ben mientras había más gente mirando, al contestarle. Antes. Era, sobretodo, muy cuidadoso cuando estaba con sus hermanos. Ben sabía por qué: no quería decirles que él todavía era capaz de verlo mientras todos se culpaban, cada quien a su manera de su muerte—. Si te refieres a Luther y a…

—Como digas.

—Si te refieres a Luther y a mí… —Diego gruñe.

—¿Lo has visto?

—Un par de veces el último año.

—Yo no.

—Sigue siendo el favorito. —La voz de Diego se tensa—. Sigue… sigue viviendo a la sombra de papá. No importa lo que papá haga, no ve lo cruel que…

—Si estuviera aquí, ya te hubiera dicho que no hablaras así de papá —le recuerda Klaus.

Diego se ríe. Claro que Luther haría eso. No importaba la cantidad de mierda que les hiciera Reginald Hargreeves, Luther siempre miraba para otro lado. O quizá no, se dice Ben, quizá no miraba para otro lado, pero creía que todo valía la pena por salvar el mundo. Tampoco era como que le hubiera preguntado alguna vez, claro.

—Claro que lo diría.

—Y lo defendería.

—Por supuesto.

Ben no puede llevarles la contraria. Luther era el líder por muchas cosas, pero la más importante es que además de tener madera de líder —o haberla tenido mientras él aún estaba vivo— había sido el menos propenso a rebelarse. Diego siempre había querido su lugar, siempre había querido ser el número uno y no sólo su sombra. Pero en ese momento, viéndolo en perspectiva, era obvio por qué Diego no era el líder.

Quizá tenía madera de uno.

Quizá.

Pero también tenía madera de rebelarse y hacer las cosas a su manera.

Quizá por eso Klaus acudía a él y no a cualquier otro de sus hermanos.

—¿Puedo quedarme aquí? —pregunta Klaus abruptamente, cambiando de tema.

Diego asiente.

—No vuelvas a desaparecer.

—No puedo prometer nada. —Le sonríe—. Recuerda quien soy.

—Haz un puto esfuerzo por avisar, al menos.

—Lo haré.

Son palabras vacías y Ben lo sabe. Lo puede ver en los ojos de Klaus. Tan acostumbrado está a estar pegar a él, que sabe leer hasta su mínimo cambio de expresión. Klaus no es de los que dicen adiós, porque no sabe cómo. Nunca ha sabido cómo. Un efecto colateral de ver a los muertos, quizá, sabe que siempre tiene una manera de evitar el enfrentarse a la ausencia de alguien. Aunque no sepa lidiar con su presencia, aunque su única manera de enfrentarlo sea a base de sobredosis, como en el caso de Ben. Klaus es de los que alzan la mano izquierda, la palma donde tiene el «adiós» y se van sin decir palabra, sin avisar si van a volver o no, sin saber ni siquiera a dónde van.

Klaus es de los que improvisan en el camino. No importa qué pase, siempre saben que pueden tomar la salida en cualquier momento.

Así la salida sea otra sobredosis.

—Más te vale, ¿dónde has estado?

—Aquí y allá. —Klaus bosteza. Además de hambriento también está cansado—. ¿Sabes qué? Intenté depilarme el trasero.

Diego alza las cejas.

»Estaba drogado.

Diego alza más las cejas.

—Eso es obvio.

—¿Sabes lo mucho que duele hacerlo con pudín de chocolate? —Klaus hace una expresión de dolor—. Joder, es horrible.

—Tu vida es horrible —interviene Ben, cruzándose de brazos.

Diego todavía tiene las cejas alzadas, en un estado medio catátonico.

—¡Pudín de chocolate! ¡¿Puedes creerlo?! —Klaus se ríe, pero se ríe sólo. Diego se queda unos segundos más en ese estado semi catatónico de no poder creer lo que le está contando, pero sus labios se acaban curveando en una sonrisa que lo único que dice es «no lo puedo creer».

—¿Alguna vez te escuchas a ti mismo? —pregunta Diego—. Lo que haces.

—Todo el tiempo. —Klaus estira los brazos por encima de su cabeza, todavía con un sándwich en una mano—. Me encanta hablar conmigo mismo.

—Estás loco.

Klaus le guiña el ojo.

—A mucha honra.

Sigue comiendo. Diego suspira. Ben se queda mirándolo y descubre que está buscando el momento para decir algo serio. Algo importante. No sabe cómo, eso es obvio. Lo nota en lo incómodo de su expresión. Y es que, aunque quiera aparentar más madurez, Diego tiene tanta inteligencia emocional como Klaus.

Uno mata los sentimientos con drogas. El otro a puñetazos.

—Klaus, esto es serio —le dice—. No… no quiero enterarme de nuevo que sufriste otra sobredosis porque un policía te encuentre tirado. No vuelvas a…

Klaus le da una mordida al sándwich. Mastica y traga el bocado antes de responder, lo que alarga el silencio de manera innecesaria.

—Cuando juegas con fuego —le dice a Diego, mirándolo directamente a la cara—, te arriesgas a quemarte. —Hace una pausa larga. Da otra mordida, mastica de nuevo, traga el bocado. Lo vuelve a hacer. Diego se queda mirándolo con los ojos muy abiertos hasta que Klaus se encoge de hombros—. Es como la ruleta rusa. Aunque nunca he jugado a la ruleta rusa. Parece asqueroso lo de morir y dejar derramados los sesos por ahí. Puaj.

Diego no atina a responder a todo eso.

Como siempre, Klaus va mucho más rápido que todo el mundo, escondiéndose detrás de una coraza en la que, en medio de todas las tonterías, ocasionalmente suelta algo que sí es importante.

«Cuando juegas con fuego, te arriesgas a quemarte».


Por supuesto que vuelve a desaparecer.

—Di adiós al menos. Dile que te vas.

—Para qué. Intentaría hacer que me quedara.

Apenas si se queda dos noches. Luego las pastillas se le acaban y sabe que la sobriedad lo acecha. Quiere huir de ella tanto como pueda.

—Es Diego, se merece una despedida —le recuerda Ben. Pero Klaus lo ignora mientras se viste. Abre la puerta y mira un momento hacia la cama donde Diego está durmiendo. Suspira.

Y luego se va.

Ben lo ve vagar todo el día de un lado para otro, sin destino fijo. Detenerse ante un teléfono público. Hacer una llamada y luego otra. Golpear el teléfono. Buscar otra moneda para otra llamada. Sonreír porque al parecer le dijeron algo que le parece prometedor. Klaus saca lo que queda del dinero que le dio Diego de sus bolsillos y separa la mayor parte.

—Queda para ir al cine. Un boleto. ¿Quieres ir al cine? —le pregunta a Ben—. Dicen que está la nueva película de Allison.

Esa es la única manera que tiene de saber que Allison está bien, a través de sus personajes. Se entera de cosas de su vida cuando lee las revistas. Al parecer está saliendo con un tipo. Así que van al cine. Ben comenta toda la película, aprovechando que nadie más que Klaus —con el ceño fruncido, porque no lo deja oír bien— puede verlo. Cuando salen Klaus busca cualquier cosa de comer y de repente ya no hay sol. Entonces es cuando empieza una noche habitual en el modus operandi de Klaus. Se dirige hasta la dirección que, Ben supone, le pasaron por teléfono. Un bar escondido tras la fachada de una casa normal.

Le paga a un tipo los billetes que le quedaban. A cambio consigue pastillas. Se toma dos. Baila solo y luego con alguien.

Hasta que está de vuelta en la calle, temblando de frío, sin su abrigo, sólo con su mochila de cosas, abrazándose a sí mismo, con un ojo morado y una herida cerca de la ceja por haber intentado ligar con el novio de alguien.

—Tienes la boca muy grande. ¿Para qué insultaste al otro? —le dice Ben.

—Porque sí —espeta Klaus—. ¿Por qué sigues aquí?

—Supongo que no estás lo suficientemente drogado como para dejar de verlo.

Klaus gruñe.

—Pues lárgate. O algo. —Se lleva una mano a la cara, cubriéndose el ojo morado—. Joder, cómo duele.

Es entonces cuando choca con una figura pequeña que lleva abrigo y bufanda. Y el estuche de un violín al hombro.

»¡Ey, fíjate por…! —El grito y el quejido mueren en su garganta y su rostro se vuelve pura confusión cuando se le cae la bufanda a la figura y reconoce el rostro de su hermana Vanya—. Joder —dice. Ella se queda mirándolo un momento, frunce el ceño—. Vanya.

—¿Klaus?

—El único e irremplazable.

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces tú aquí?

—Este es mi barrio —responde ella.

—Yo… pasaba por aquí.

—¿Qué te pasó? —pregunta ella, señalándole el ojo.

—Nada, nada, nada. —Pausa—. Nada —repite, pero no se convence ni a sí mismo—. Un idiota. El novio de alguien. Nada, fui un idiota. Tengo la boca demasiado grande.

Vanya se muerde el labio.

—Vivo a una cuadra, puedo… curarte un poco. Tengo analgésicos —dice ella.

Klaus la mira sorprendido. Nunca se le ha ocurrido que pueda acudir a Vanya. O que Vanya entienda algo por lo que pasa. Vanya es una maldita adivinanza para él, nunca entendió por qué lloraba cuando mataban a los bichos ni por qué los miraba con envidia por tener poderes —porque era envidia, Klaus está seguro—. Pero claro, tampoco es que se haya molestado en preguntarle nunca nada.

—¿Puedo quedarme por hoy? —pregunta Klaus. Se hablan tanteándose el uno al otro. Hace años que no se ven y no tienen idea de si se conocen—. Sólo por una noche. Puedo dormir en cualquier parte —se apresura a decir—, hasta en el piso, si no tienes sofá…

Vanya asiente.

—Vamos —le dice.


La sonrisa más amplia de Vanya es apenas una curvatura de labios. A veces a Klaus le tienta preguntarle si tiene alguna personalidad, pero no lo hace. Cada quien tiene sus máscaras. Las de su hermana pueden ser las que ella quiera. Casi no habla y su voz casi siempre suena dudosa, insegura. Coincide y no coincide con la imagen que tiene Klaus de ella. En todos esos años, puede haber cambiado.

—Luther dijo que habías decidido estudiar música —dice Klaus, cuando entran a su departamento, un lugar pequeñito.

Vanya asiente. ¿Acaso no es obvio?, es lo que parecen decir sus ojos. Deja la funda del violín en su lugar, con cuidado y luego se dirige al baño. Vuelve con un bote de alcohol y un trapo limpio.

—Siéntate —le dice a Klaus.

Vanya es diferente a todos.

Vanya es lo que ellos siempre quisieron ser y ellos tienen lo que ella siempre quiso tener. Pero ninguno de los dos se da cuenta.

Klaus se sienta y deja que Vanya le limpie la herida. Se sorprende de su delicadeza y de su cuidado. ¿Acaso la conoce? ¿O es que son desconocidos jugando a ser conocidos? Comparten el mismo apellido y Klaus no cree que ella sepa más de él que lo que él sabe de ella. Vanya es una figura que siempre los acechó desde las sombras, una figura que estuvo siempre tocando el violín mientras ellas salvaban al mundo. Demasiado nerviosa, demasiado sensible y, sobre todo, demasiado normal.

—Gracias —dice Klaus—. ¿Eres buena? —pregunta, intentando hacer conversación—. ¿Con el violín?

Vanya se encoge de hombros.

—Sí. —Le quita el trapo de la cara—. No te toques. Se te hará un moretón. No tengo gasas así que… —Suspira—. Eso es lo mejor que puedo hacer.

—Gracias —repite Klaus.

—Oí que se separaron —dijo—. Ustedes, el equipo… eso…

—Se vino abajo —le dijo Klaus. «Se murió Ben». Voltea a ver a Ben que, sorprendentemente está demasiado callado. Siempre fue un poco más cercano a Vanya que el resto, sobre todo después de que Cinco había desaparecido—. Ahora Diego es vigilante —le cuenta Klaus—, él y Luther siguen intentando salvar a todos.

—¿Y tú?

—¿Yo? ¿Salvar a alguien? —Klaus siente la tentación de reírse, pero sólo suelta un bufido—. La humanidad está condenada. Para qué salvarla.

Siente que la mirada de Vanya es de extrañeza. Pero no podría decirlo con seguridad, no sabe cómo leerla.

—Ah. —Es la única respuesta que obtiene.

—Allison también se retiró —dijo—. De lo de salvar al mundo y eso. Se hartó de que papá nos molestara con un apocalipsis inminente que, evidentemente, nunca iba a pasar. ¿Has visto sus películas?

Vanya asiente.

—Algunas.

—¿Te gustó la última?

—No —reconoce—. Fue… no sé, el final fue malo. Lo de la gemela.

—Sí, lo de la gemela fue pésimo —asiente Klaus—. Nada creíble. Igual Allison estuvo bien, creo.

Vanya se encoge de hombros. Eso puede ser tanto un sí como un no, así que Klaus no insiste. ¿Por qué es tan difícil hablar con ella? No tiene ni idea de quién es, fuera de que es su hermana Vanya, lágrima fácil, le pone triste que Diego mate accidentalmente a una mariposa. Ah, y toca al violín. Es buena. Eso dice. Ha visto las películas de Allison. No le gustó la última. Eso es todo lo que sabe de Vanya en ese momento.

—¿Quieres cenar? —pregunta ella.

Él asiente.

Comen en silencio.


Klaus se ofrece a lavar los platos, simplemente por ofrecerse a algo y Vanya parece que se lo agradece.

—Tengo algo de trabajo, ¿te importa? La luz no molesta…

—No, nada.

—Puedes dormir en el sofá.

—Está bien —le dice él.

Lava los platos. Acomoda un poco la cocina. Se entretiene dando vueltas. Intenta hablar con Ben mientras ella no mira, pero Ben está más ocupado analizando a Vanya, como si quisiera interpretarla y no pudiera. Cuando vuelve a la sala toma la sábana y la cobija que ella dejó en el sofá, descubre que se ha quedado dormida sobre un montón de partituras que estaba revisando.

Le paga la luz.

—Quiero ser como tú, ¿sabes? —le dice, porque sabe que está dormida. Si ella estuviera despierta, nunca se atrevería a admitirlo. La habían molestado demasiado durante su adolescencia por ser normal como para que de repente llegara a Klaus a decirle eso—. No sé los demás. Sólo… quiero ser cómo tú. Normal. Maldita sea, normal.

Al final se duerme en el sofá y despierta antes de que ella lo haga. Sigue en la mesa, dormida apoyada sobre las partituras porque Klaus no se atrevió a moverla. No sabe si tiene la fuerza suficiente. Suspira y se acerca a ella. Descubre un bote de pastillas al lado.

Su medicación.

—Klaus, no.

Oye a Ben, pero su mano ya agarró el bote y lo abrió. Se pone dos en la palma de la mano.

—¿Dos? —sonríe—. Suena bien.

—¿Sabes qué es? —pregunta Ben.

Klaus se las mete a la boca y se las traga.

—No tengo ni la más remota idea. Vamos a averiguarlo.

Vuelve a dejar el bote donde lo encontró. Toma la pluma que está cerca de la mano de Vanya y luego una servilleta de la cocina. Escribe «gracias» y la deja en la mesa. Luego agarra su mochila y se larga.

—¿Y ahora a dónde? —pregunta Ben.

—A dónde siempre: cualquier parte.


VIII.

To the drums of the city rain
And brother if you have the chance to pick me up?
And can I sleep on your couch
To the pound of the ache and pain?
Oh, in my head 'cause I'm awake all night long

Brother, Gerard Way


Toda la vida se pregunta cuál es el plan de Klaus. ¿Llegar a los treinta de milagro y después morir de una sobredosis? ¿Acabar con cirrosis o cáncer de pulmón? ¿Pudrirse para siempre en el cielo, en el limbo o en el purgatorio? Ben en realidad no sabe a dónde va tanto desastre. Lleva casi cinco años muerto y, de un momento a otro, se da cuenta de que han estado improvisando todo ese tiempo. Improvisando a sobrevivir, porque a la vida que lleva Klaus no se le puede llamar de otra manera. Sobrevivir cuatro sobredosis, si es que no cinco ya. Sobrevivir a dormir en la calle, sobrevivir a la cárcel, sobrevivir a todo. Luchar contra el mundo cuando en realidad al mundo le importas un carajo. Darle puñetazos al aire, nada más porque sí. Meterse pastillas, metanfetamina, cocaína, heroína, lo que esté disponible, sólo para nublar la mente y alejar a los fantasmas.

Los miedos de Klaus son miedos no resueltos desde que tiene trece años. Son traumas sembrados y cultivados, vivos, latentes dentro de él. Ben piensa que nada haría más feliz y más desgraciado a Klaus un día que despertarse y descubrirse normal y ordinario. Eso es todo lo que deseó en la vida, pero serlo también le quitaría la excusa de drogarse todo el tiempo, de vivir en otro mundo. Ben supone, porque no tiene ni idea. Hay cosas de Klaus que no sabe y que no puede ni siquiera atreverse a intentar entender.

Después de cinco años pegado a él —y de muchos más de confidencias, de abrazos, de peleas y de bromas de adolescentes— hay cosas que Klaus todavía consigue mantener escondidas de todo el mundo. Incluso de él.

Así que Ben lo ve vivo, con el corazón latiendo, con la sangre bombeándole en las venas, con todavía una vida entera por delante que está muy ocupado en arruinarse. Es testigo de un accidente en cámara lenta; más bien, de mucho a la vez. Klaus es un tren descarrilándose y tres camiones chocando a la vez. Klaus es una fuerza que lo arrasa todo, que lo arrastra todo consigo mismo. Y no sabe cómo detenerlo. Sólo sabe que un día va a ser demasiado tarde.

Lo ve perderse en las fiestas, en los raves, lo ve dormir con otras personas, lo ve tener sexo sólo porque sí. El año de sus veintitrés se hace eterno cuando llega San Valentín —Ben es consciente de la fecha porque ve a la gente que lleva enormes ramos de rosas por la calle— y lo ve pegarse a un teléfono en una esquina y hacer unas cinco llamadas antes de acabarse todas las monedas que tiene. Cuando termina la última llamada cuelga el teléfono medio enfurecido.

—Joder.

—Y ahora qué. —La voz de Ben sale hastiada y cansada. En algún punto uno se cansa, se dice, se cansa de vagar y de huir. En algún punto hay que claudicar. Pero Klaus parece tener todavía demasiada energía como para seguir en la carrera.

—Nadie tiene planes. Planes decentes, al menos.

—¿Eso es una tragedia? —pregunta Ben, a quien secretamente le alegra que nadie le esté dando una excusa a Klaus para drogarse hasta ver el cielo.

Klaus se encoge de hombros.

—Quiero perder el conocimiento. —Klaus se recarga en el teléfono y cierra los ojos. Se los talla y hace una mueca de desagrado—. No quiero pensar, no quiero nada. No quiero.

Alguien le toca el hombro.

—Deja de hablar solo —espeta la voz de un desconocido— y quítate del teléfono.

Klaus abre los ojos y se hace a un lado. El hombre lo mira rodando los ojos.

—Digo, si tienes tanta prisa por usar el teléfono. —Klaus alza las manos, le hace un gesto medio irónico. Parece buscar una respuesta, pero el hombre vuelve a rodar los ojos.

—Klaus, no vale la pena —interviene Ben.

—Cállate.

—Malditos lunáticos que hablan solos en la calle.

—¡¿Cómo me llamaste?!

—¡Klaus! —Ben intenta detenerlo antes de que se meta en problemas, estira un brazo e intenta agarrarlo. Lo atraviesa. Ambos se quedan congelados cuando eso pasa, porque sabían que iba a pasar, pero siempre los sorprende, siempre los deja desorientados. Klaus abre mucho los ojos, en una expresión que ya no es de sorpresa después de tantos años, sino de una sensación que existe entre el dolor y la desesperación.

Se hace para atrás.

—Olvídalo, los pendejos como tú no valen la pena —espeta Klaus y se aleja.

Camina por las calles. Se gasta algo de dinero en una botella de whisky. Se la toma directo sentado en un callejón, donde la policía no ve, donde nadie lo molesta. Acaba borracho. Ben puede ver cómo lo acechan los fantasmas. Lo intuye en su cara. Pero los mantiene a raya y no aparecen. Se sienta en el suelo, frente a él. Cuando intenta mantener a raya a los espíritus y a sus poderes, Klaus cierra los ojos, frunce el ceño.

A Ben le recuerda al Klaus de trece años, aunque no quiere que le recuerde a ningún Klaus.

—Ey —intenta distraerlo. Intentar distraerlo siempre es una buena idea. Lo hace dejar de enfocarse en los fantasmas que intentan comunicarse con él.

—¿Te divierte la desgracia ajena? —pregunta Klaus.

Ben lo ve dolido. Pero ya está acostumbrado a esos desplantes que tiene su hermano cada tanto.

—Nada más lejos.

Klaus se talla la cara.

—Habla de cualquier cosa —le pide—. Lo que sea. Necesito distraer a la mierda de mi cabeza.

—Ehm.

No es la primera vez que Ben no sabe qué decir, pero es la primera vez que la frustración lo inunda tan rápido. A veces pasan semanas sin que Klaus se digne a reconocer que está ahí, hay días que se esfuerza realmente en bloquear a Ben y se quema todas las neuronas para poder lograrlo. Pero en ese momento, que quiere su atención y oír su voz, Ben no tiene ni idea de qué decir.

—¿Sabes? Si cierro los ojos, siento que un elefante me va a cagar en la cara. —Klaus vuelve a tallarse la cara—. Horrible.

—No hay ningún elefante.

—¡No me digas! No podría haberlo adivinado por mí mismo. —Klaus rueda los ojos, hastiado.

—Yo creo que más bien es un rinoceronte… —se atreve a decir Ben.

Y Klaus se ríe. Es automático. Se dobla en dos y su risa sale a borbotones, histérica. Ben se atreve a sonreír al ver aquella reacción, aunque es consciente de que la sonrisa no le llega a los ojos porque sabe perfectamente que Klaus es muy capaz de esconder los peores sentimientos en la risa. Así atraganta a sus problemas y a la desesperación de ser él, con la que no sabe muy bien cómo lidiar. Se ríe y un dejo de locura se puede apreciar en la risa.

—Joder. —Le da un trago al whisky—. Creí que la muerte te había quitado el sentido del humor, en serio.

Ben alza una ceja.

—Siempre lo tuve.

—No es tan innato como el mío, ese es sólo mi talento —dice Klaus—. ¿A quién se le ocurrió pegar las manos de Allison y Luther para que no pudieran estar separados? —Se ríe sólo de recordarlo y Ben medio sonríe. Claro que recuerda eso—. ¿Y a quién se le ocurrió mover todos los discos de Luther para que cada que intentara poner una canción estúpida para que todos la oyéramos pusiera la equivocada?

—Yo diría que ese fue Diego.

—Pero yo lo llevé a cabo. —Klaus sonríe. Su boca se curva en una mueca de niño travieso.

Sus travesuras de niño y adolescente parecen llenarlo de un extraño orgullo. Definitivamente, se dice Ben, son mucho más inocentes que todo lo que hace ahora. Se ha vuelto un experto en robar comida cada que lo necesita, en salir corriendo de cualquier lugar sin pagar, en encontrar a quien comprarle droga y en encontrar dónde dormir.

Se quedan allí hasta que llega la noche y empieza a aparecer más gente. Ben se da cuenta entonces que Klaus no eligió cualquier callejón para irse a poner borracho, sino uno donde suelen acampar más drogadictos y rueda los ojos. No puede evitarlo, es un acto casi reflejo.

—No juzgues, ¿quieres? —le dice Klaus.

—No juzgo, pero tu vida es horrible. Ningún glamour, ninguna clase de bien gusto. Nada.

Klaus sacude la cabeza.

—Juzgas.

Ben se encoge de hombros y lo observa ponerse en pie para conseguir droga con alguno de esos otros idiotas que también parece que disfrutan de quemarse las neuronas —o son tan desgraciados cuando no lo están haciendo que se han convencido de que licuarse el cerebro es algo que disfrutan— y al final consigue tres pastillas que se mete a la boca y se pasa con el whisky.

—¿Qué era eso? —pregunta Ben.

—Xanax. —Klaus sonríe—. Como arreglarte los problemas de autoestima y alejar a los putos fantasmas, dos por uno.

—Sabes que eso no es lo que hace el xanax…

—No te estoy oyendo.

Klaus cierra los ojos, se deja llevar. Un rato después se le acerca una chica muy borracha que le dice que van a ir a algún lugar a no sé qué y que puede ir con ellos si quiere. Ben frunce el ceño. Es extraño que siga allí, porque Klaus suele perder la conexión con él cuando está realmente drogado. Lo que quiere decir que tres xanax ya no es suficiente para mantenerlo alejado.

Klaus acepta y acaban una cuadra más abajo, en una casa abandonada con un montón de colchones donde Ben supone que todos suelen dormir. Se queda en una esquina. Siente que Klaus ya no lo ve demasiado bien, que se ha olvidado de su presencia. Lo confirma cuando empieza a besar a una chica y luego besa alguien más y después ya están todos desnudos y hay risas, gemidos, el sonido que hace la piel al chocar contra otro cuerpo. Ben mira por la ventana.

Todo aquello le parece penoso y desgraciado.


Klaus se queda allí un par de semanas porque al menos hay colchones. Coge con una chica y luego otra noche con otra. Besa a la mayoría y se ríe. Ellas dejan que él les recorra los pechos con la yema de los dedos y se ríen cuando les besa el vientre. Se droga más. Besa a un chico. Luego ya no lo vuelve a ver.

Hasta que una mañana se levanta y escucha el agua de la regadera corriendo —sólo agua fría, helada— y ve alrededor y descubre lo horrible que es ese lugar y que los colchones tienen manchas de vómito y que todo huele a una mezcla de sudor, pies y comida podrida y se dice que no puede seguir allí. Así que se dirige al baño, dispuesto a echarse agua helada encima y largarse a buscar otro lugar donde dormir.

Encuentra a otro de los chicos allí. No se sabe sus nombres. Sólo sabe que usan aquella casa para drogarse y vivir. O sobrevivir. La mayoría es mayor de veintiuno, pero están todos jodidos por la cantidad de pastillas que se han metido. Sacude la cabeza y se queda viéndolo. ¿Ya cogió con él o no? Probablemente sí, pero apenas si lo recuerda.

No le interesa su nombre, después de todo, sabe que ya se va. Que el agua helada que planea echarse encima para quitarse la mierda es lo último que hará en esa casa. Pero no puede dejar de mirar al que se está bañando. Es justamente su tipo —si es que Klaus tiene un tipo.

—Ey —oye que dice el chico.

—Ey —responde él.

Se quita la camiseta.

—Me estoy bañando yo.

Klaus se desabrocha los pantalones.

—Puedes compartir el espacio, ¿no?

El chico tuerce la sonrisa mientras sigue enjuagándose el cabello.

—No creo que haya espacio aquí para los dos, corazón —le dice.

—¿Corazón? ¿Qué me viste guapo? —pregunta Klaus.

El chico se pone rojo y Klaus casi anticipa la respuesta antes de que ocurra. Tiene experiencia como para saber que el rubor está en las mejillas del otro por algo.

—Quizá.

—Eso no es una afirmación. —Klaus se saca los pantalones y el resto de la ropa. Se acerca a la regadera y casi se mete—. Es mejor un sí o no. —Si es no, se va a largar. Pero casi siente el sí en la lengua del chico.

—Bueno. —Se pone más rojo—. Sí. Mucho —admite.

Y Klaus lo besa y lo empuja hasta los azulejos que están más sucios que limpios y el otro le muerde el labio de abajo y le araña el cuello y la espalda. Klaus no deja de besarlo. Sus labios recorren el cuello y el pecho del otro.

—Puedes decirme que me largue si quieres —le dice.

—No. No te vayas.

Y Klaus se deja caer de rodillas.


Después de eso, se larga. Va a rehabilitación. Ben supone que es simplemente para no dormir en un lugar que apesta. No dura mucho. Klaus es buen actor, así que finge todo lo que puede hasta que lo dan de alta y vuelve al desastre. Duerme en un par de casas de desconocidos, un par de días en la calle hasta que se encuentra a alguien que conoce muy bien en la calle y es demasiado tarde cuando se da cuenta de quién es como para huir.

Luther.

Choca con él y da con su cara en el pecho de Luther. Casi se va para atrás. Maldita fuerza que tiene.

—¡Ey, ten cuida…! —La voz de Luther de detiene abruptamente cuando se da cuenta de quién es—. Joder.

Klaus alza la mano que dice «Hola».

—Cómo te va —pregunta, como si fuera lo más normal encontrarse a su hermano en la calle. Se da cuenta de que todavía lleva la ropa de la Academia, que sigue creyendo todas las historias de papá sobre salvar al mundo. Pero quizá sea mejor así, se dice Klaus, el mundo real apesta.

—¿Qué haces aquí?

—Vivir —respondió Klaus—. Ya sabes, todo eso que no podía hacer viviendo en la Academia mientras papá decía estupideces sobre salvar el…

—No son estupideces.

—Como digas.

Klaus se fija en el rostro de Luther. Tiene el rastro de un moratón en el ojo izquierdo. Eso lo hace ver un poco molido porque, usualmente, nadie consigue herirlo. Nadie que no sepa sus puntos débiles. No pregunta porque no tiene caso. Luther es el que siempre ha querido ser un héroe. Ese fue siempre su mayor deseo. Y parece ser que lo está cumpliendo. A la sombra de papá, claro.

—¿Dónde has estado?

—Aquí, allá —dice Klaus. Nada específico. Nada que lo obligue a admitir que vive en camas ajenas, la calle y centros de rehabilitación—. Estoy bien —asegura. Es una mentira, pero no quiere que Luther intente arrastrarlo de nuevo a la academia, como lo hizo la primera vez que tuvo una sobredosis para «salvarlo», porque si en algo es bueno Luther es en convencerse de que lo que sea que está haciendo es lo necesario para salvar a alguien. Ni siquiera quiere que le tenga lástima.

—Huiste de rehabilitación aquella vez.

—Eh. —Klaus desvía la mirada. Luego fuerza una sonrisa a pintarse en su cara—. Eh, sí. Es una mierda. Pero estoy limpio. Lo juro, ahora estoy limpio.

Es una mentira. Dos horas antes estuvo tomando un whisky robado directo de la botella y fumando un montón de marihuana. Pero es experto en conseguir chicles para enmascarar el olor y fingir que está sobrio. Luther, por supuesto, lo mira con sospecha. No le cree, pero también parece querer creerlo sólo para desembarazarse del problema moral que le supone tener un hermano drogadicto con ganas de quemarse hasta la última neurona.

—Si tú lo dices…

Klaus asiente, como niño bueno.

—Mentiroso —dice Ben.

—Entonces, ¿dónde has estado? Es imposible encontrarte, carajo. Allison estaba enojada.

—¿Allison estaba enojada por…?

—Al parecer porque «era imposible encontrar a nadie para mandarle una invitación a su boda».

—¿Qué?

La frase golpea a Klaus más fuera de lo que esperaba. En primera, porque Allison se casó. Allison. Casarse. Allison vestida de blanco caminando hacia el altar. Y él no estuvo allí para verlo ni para ser la vergüenza de la familia. Hubiera ido con una de las viejas faldas de Allison, sólo por alentar las habladurías. Se imaginaba a Diego y a Luther rodando los ojos, sin decir nada, porque era Klaus, y esas eran las cosas que solía hacer Klaus.

Pero no había ido.

—Ni siquiera fue Vanya —espetó Luther—. Está en Europa. Haciendo no sé qué.

«¿Y Vanya tendría que interesarme por…?», se pregunta Klaus. Está más concentrado pensando en Allison y en que faltó a su boda.

—¿Cuándo fue la… boda?

—Hace una semana.

—Ah. —Klaus no tiene palabras. Sólo frunce el ceño. Por una vez en la vida no tiene una reacción a nada. Parece que se quedó en modo automático. Y Ben lo mira ceñudo. Pero él no puede concentrarse en nada. Sólo piensa en Allison y en el vestido blanco que debe de haber llevado y en que faltó a su boda porque nadie sabía dónde encontrarlo—. Oh. —Se lleva la mano a la cabeza. Luther no es de las personas que sabe hacer conversación o tiene alguna clase de habilidades sociales, así que solo se limita a quedarse mirando las no-reacciones de Klaus—. Oh. ¿Quién fue?

—Yo —dice Luther—. Y Diego. Nos peleamos.

Klaus abre los ojos.

—¿En medio de la boda?

Luther asiente. Y Klaus no puede evitar reírse. Típico de Luther y Diego, pelearse en cualquier momento, hasta en los momentos más inoportunos. «Oh, joder, piensa, no me puedo imaginar cómo estaba Allison». La risa le sale histérica, como rota, consciente de que no se está riendo de nada gracioso, pero casi puede ver los labios apretados de Allison y sentir su enojo.

Luther desvía la mirada.

—Sí.

La risa aumenta. Es algo histérico.

—Carajo. Por qué me perdí eso.

Luther sacude la cabeza mientras lo ve. Parece que lo da por caso perdido.

—¿Estás bien? ¿Tienes donde vivir? —Klaus asiente en automático—. ¿Trabajo? —Klaus vuelve a asentir. Todo mentiras, todo para no darle razones para portarse como la Madre Teresa—. Entonces, ¿estás bien, no? Tengo una misión y… eh…

—Nos veremos por ahí —lo tranquiliza Klaus.

No planea encontrárselo a propósito, pero no se lo dice. Luther no es idiota. Puede mentirle, pero no por siempre.


Un día, simplemente vuelve a tocar fondo.

Demasiadas pastillas, demasiado alcohol, quizá cocaína o heroína pero ya lo olvidó. Ya no le importa. A veces piensa que sería fácil dejarse llevar. Acabar con todo. Pero, otras veces, sólo quiere seguir vivo sólo por ver qué pasa. A eso se reduce su vida: es un a ver qué ocurre infinito, a ver si no me muero, a ver si sigo vivo. A ver. Pierde de vista a Ben y así sabe que ya está demasiado drogado.

Es la primera vez que le da miedo no tenerlo cerca. Le cuesta respirar y Ben no está. Después de tanto intentar alejarlo para intentar vivir un duelo que nunca ha terminado de vivir, porque Ben nunca se va el tiempo suficiente, Klaus aterriza en ese punto en el que le da pánico que Ben no esté.

—¡BEN!

Está en una fiesta de alguien. Quién sabe de quien. Alguien. La gente baila, se mueve, se arrastra entre los rincones y vomita. Todo el mundo pierde el glamour después de las drogas suficientes.

Klaus se queda parado en el centro y se da cuenta de que le falta el aire, de que no quiere estar allí, de que no sabe qué es real y que es mentira. Ha mezclado un montón de porquería que tiene entre las venas y de repente es consciente de que fue demasiado. Que fue la dosis exacta que hace que su corazón se rinda por un momento y él acabe en una ambulancia, siendo resucitado por paramédicos.

Se mueve entre la gente. Se tropieza. Gatea y vuelve a pararse. Busca la puerta. Busca el aire fresco. Voltea intentando encontrar a Ben sabiendo que no está en ninguna parte, que no está cerca, que está demasiado drogado para que sus poderes funcionen, incluso con Ben. Se arrastra por el pasillo y sale a la calle. Respira con dificultad. Quiere dejarse caer y perder el conocimiento. Pero se obliga a llegar hasta un teléfono y marca un número.

—¿Diga?

Es la voz de Diego. Klaus respira hondo.

»¿Klaus? ¿Eres Klaus?

—Diego… —Se le rompe la voz—. Diego.

—¡Klaus! ¿Dónde estás?

—No sé. No tengo ni la menor idea. —Klaus se ríe. Ni siquiera sabe cómo va a pedir ayuda—. No sé. No sé. Cerca de… ¿Cómo se llama ese lugar dónde íbamos por donas de niños? Creo que está cerca.

—¿Estás bien? —La voz de Diego suena nerviosa, apremiante—. ¿Dónde estás?

—Creo… que… —Klaus siente que se le cierran los ojos—. Creo que voy a tener una sobredosis, Diego.


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