Esas fueron las últimas palabras que pude leer antes de percibir que se aproximara alguien. Rápidamente escondí el diario de Christine donde ella misma lo escondía. Pasaron unos instantes de suspenso antes de descubrir que era el Dr. Wallace… Joshua…

El Dr. Wallace es uno de los doctores más jóvenes del asilo. Egresado hace algunos años de Oxford, es un hombre maravilloso, uno de los mejores doctores; ya que, aunque la mayoría de los doctores y enfermeros que están en el asilo nos tratan como si fuésemos invisibles, si es que no se divierten en ocasiones haciéndonos daño, él realmente parece preocuparse por todos nosotros. Es alto, delgado, y con unos ojos turquesa que te atraviesan el alma cuando te miran y que reflejan la bondad y la dedicación que siempre ha mostrado. De más está decir que se ha robado el corazón de muchas enfermeras… y del mío. Cada vez que lo veo, siento que muero de la felicidad, pero sé muy bien que él tiene una herida en su corazón, herida que le impedirá siquiera ver a otra persona con una pizca del amor que le tuvo a ella.

Esta vez tiene un mal semblante; más pálido que de costumbre. Y me miraba fijamente, con una mezcla de dolor y compasión aflorando en sus ojos. Se aproximó poco a poco a la cama donde me mantenían acostada desde hace dos días, y sentó en el borde de mi cama, sin tratar siquiera de tocarme.

―Hola, Agatha― me saludó gravemente, mirándome con pesar― ¿Cómo has estado?

―Bueno, desde que usted llegó me siento perfecta―, le digo, sin ocultar mis coqueteos. A decir verdad, he estado sintiéndome rara desde hace algunas semanas, desde que Christine se fue. Una mezcla de sentimientos confundiéndome, carcomiendo mi ser. A pesar de que con el tiempo se volvió una gran amiga, y su muerte me horrorizó, aún sigo teniendo ese sentimiento que carcome mis entrañas; a pesar de que ella ni siquiera lo deseaba, me quitó lo más valioso de mi vida aquí.

―Agatha, he venido para darte una noticia―me dijo. Me fijé que intentó tocarme la mano, pero se detuvo al último momento.

―¿Qué sucede doctor?―, pregunté con cierta curiosidad, y decepcionada por el contacto que casi llegamos a tener.

―Bueno… sabes que, debido a tu…pasado y a tu evaluación inicial, se te diagnosticó lo que se conoce como "locura moral". Sin embargo, revisando esto, me he dado cuenta que podría ser otra enfermedad. Es por ello que te sacamos sangre hace dos semanas. Existe una prueba que nos ayuda a diagnosticarlo: la prueba Wasserman. Ha sido hasta el momento muy efectiva. Verás, la prueba consiste en…

Mientras el doctor me da su clásica perorata, tratando de explicar cosas que no entiendo, recuerdo el motivo por el cual estoy aquí. Yo nací en las afueras de Gloucestere, hija bastarda del duque de Anburey, según mi madre, hija a su vez de un caballero rural que la desconoció como hija y la injurió; fue ella quien me crió como una pequeña dama. Aún siendo el duque un hombre casado, con varios hijos legítimos, mi madre seguía enamoradísima de él, y en las pocas visitas que él nos hacía, trataba de retenerlo. Desde niña supe que no iba a estar con nosotras jamás. Y entre más trataba de retenerlo ella, menos nos visitaba, al punto que ni siquiera nos enviaba ni cartas, ni dinero para nuestra manutención. Poco a poco mi madre entró en un pozo de desesperación del que jamás pudo salir. Y el alcohol era el único alivio que tenía para el inmenso dolor que sentía por dentro y por fuera.

Cuando cumplí doce años, mi madre murió de ese mal, realmente delgada y pálida. Mi padre no fue a su funeral, y me encontré que mi madre se encontraba ahogada en deudas debido a la bebida. Entonces decidí ir a Londres a buscar dos cosas: a mi padre, más que nada por la rabia que le tenía al hacerle daño a mi madre de esa manera, y a conseguir trabajo. Y un buen día me encontré a las puertas de Melville House, la casa de mi padre, en elegantísimo Mayfair. Un mayordomo estiradísimo me abrió la puerta y, al oír mi historia, decidió hacer lo más humanamente posible: cerrarme la puerta en la cara. Después, mucho tiempo después, pude reconocerlo a las afueras del teatro Drury Lane, al anochecer. Estaba a punto de entrar junto con otros estiradísimos aristócratas. Sin embargo, en lugar de recriminarle el hacernos esto a mi madre y a mí, le ofrecí mis servicios solícitamente. Y él los aceptó.

En la búsqueda de trabajo no me fue mejor, tomando en cuenta que la educación de una dama implica hacerla lo más inútil posible. Como no tenía nada que pudiera avalarme para poder ejercer un empleo honesto, y los acreedores se llevaron lo poco que tenía de valor, no encontré otra cosa más que vender que mi propio cuerpo. La primera vez es terrible; sin embargo, poco a poco se hace más fácil, al grado de sentirte extraña cuando no lo haces. Al menos eso me decían las demás, ahogadas en brandy y cerveza baratos. Sin embargo, a mí jamás me lo pareció. La mayoría de lo que ganaba tenía que dárselo a mi madrota, una mujer que, a pesar de que me golpeaba casi a diario, me recordaba a mi madre. Era una persona robusta, que olvidaba todo para poder comprar alcohol. Inclusive las noticias y rumores de un asesino especialmente cruel.

Fue una madrugada, en la cual hubo pocos clientes en Whitechapel. Ella ya no tenía más alcohol ni tenía dinero para pagar el arrendamiento, y estaba tan desesperada por conseguirlo que no sólo me envió a trabajar, sino que ella misma salió a conseguir dinero. Y fue en esa madrugada cuando fue interceptada por él. Un hombre con capa oscura, elegantemente vestido, solicitó sus servicios, y ella lo condujo solícitamente a su habitación maltrecha. Sin embargo, pasó demasiado tiempo antes de que saliese, de forma abrupta, de la misma. En ese momento, en el que yo continuaba tratando de encontrar algún cliente, pude observarlo. Sus ojillos brillantes, su nariz peculiar, sus cejas pobladas, su bigote extraño, sus rasgos finos… y sin embargo él no pudo mirarme porque cuando me desplazaba para la habitación de mi madrota estaba en las sombras, y la luz del vacilante farol no podía enfocarme… ese mismo factor que hizo que los oficiales no me creyesen jamás.

Cuando ingresé a la habitación de mi madrota… no pude evitar dar un grito espantoso.

Se encontraba en su cama… al menos una parte de ella. Su tronco se encontraba completamente abierto en canal, su cara completamente desfigurada y manchada de sangre miraba hacia el infinito con expresión entre horrorizada y sorprendida, pero, al mirarla detenidamente, pude observar algo reflejado en su pupila vidriosa: una sombra deslizándose en la habitación.

Y de pronto supe quién la había matado. El hombre que la había solicitado era muy famoso. Siempre hablaban de él en los periódicos. Era alguien importante.