Hola a todos los que me leen o leyeron o leeran

Antes que nada quiero aclarar que esta historia no es de mi autoria sino una adpatación, de la obra de Kathryn Smith "Ana y El Duque" con los personajes de Crepúsculo de la grandiosa Stepanie Meyer ...

Espero que les guste...

xoxo :D


Capítulo 3

«Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz se reúne en su aspecto y en sus ojos...»

Nunca había soñado que existiera una muchacha así, por el escaparate de la tienda Edward contempló a la señorita Swan y a su madre salir a la calle, donde un carruaje descubierto esperaba en medio del cálido sol del atardecer.

La señora Swan se montó en el vehículo como un oso subiendo por un monte, su falta de gracia resaltaba los gráciles movimientos de su hija, que entró en el coche tras ella, Bella tomó delicadamente la mano que le ofrecía el criado, se alzó la falda de su vestido azul oscuro para no pisarlo y subió al carruaje, Edward captó la fugaz visión de un tobillo bien torneado cubierto por una media de color claro.

La señorita Swan se volvió cuando el carruaje inició la marcha, era como si supiera que él estaría mirándola, tal vez lo esperara le sonrió e incluso de lejos, él distinguió el brillo de sus ojos, Edward presionó los dedos contra el cristal, deseando que la fría ventana fuera la cálida mejilla de la muchacha, ella se perdió entre el tráfico, y él la perdió de vista.

Edward contempló el libro que tenía en la mano era un gasto innecesario, pero según el abogado de su padre, se lo podía permitir tranquilamente ¿y qué mejor manera de gastar el dinero de su padre que en algo ante lo que, sin duda, éste habría arrugado su aristocrática nariz? Carlisle Facinelli Duque de Cullen era incapaz de apreciar la belleza, de no ser así nunca habría abandonado Escocia. Nunca habría abandonado a la madre de Edward.

Pero Edward no quería pensar en las cosas que su padre había hecho a su madre, sobre todo porque no sabía muy bien qué había hecho su padre, él era entonces demasiado pequeño para recordarlo ni siquiera recordaba nada de cuando su padre vivía con ellos, y tampoco recordaba gran cosa de su madre, excepto que parecía llorar mucho, la recordaba acunándolo y llorando mientras le cantaba para que se durmiera, no recordaba haberla oído reír jamás, y de todo ello culpaba a su padre.

Su abuela nunca le había hablado mal de su padre, pero de pequeño la había oído charlando con otras mujeres sin que ella lo supiera, había dejado muy claro que Elizabeth Masen había muerto debido a la pena que le había causado su marido inglés.

Y él allí, contemplando a una chica inglesa, debería avergonzarse de sí mismo, su primer día completo en Londres y la sangre de su padre ya empezaba a mostrarse, más le valdría olvidarse de la señorita Swan y ocuparse de los asuntos que había ido a atender, cuanto antes organizara el patrimonio de su padre, antes podría volver a Escocia mientras tanto, visitaría la ciudad tanto como pudiera, se aproximó al mostrador y sonrió al hombre que se hallaba detrás.

—Me lo llevo— el anciano tomó el libro.

—Ah, Byron. Me sorprende que la señorita Swan os haya dejado quedaros con él— hablaba de la muchacha con tanto cariño que Edward se sorprendió.

Resultaba evidente que la señorita Swan era una clienta habitual, quizá si frecuentara la tienda lo suficiente, podría volver a verla.

—En realidad fue ella quien insistió en que me lo quedara —repuso Edward, no quería que el anciano pensara que había obligado a la señorita Swan a dejarle el libro.

— ¿De verdad? — dijo el propietario alzando una ceja mientras envolvía el libro con papel—. Bueno, debéis de ser un hombre muy especial para que la señorita Swan renuncie a un nuevo volumen de Byron por vos, señor... —Edward se sonrojó violentamente.

—Masen —musitó Edward, sin molestarse en usar su título, pocas veces lo usaba en Escocia y le parecía pretencioso empezar a usarlo en Inglaterra.

El anciano hizo un pulcro lazo con la cuerda que ataba el paquete y le alargó la mano.

—Arthur Weber— Edward le estrechó la mano con una sonrisa.

—Encantado de conoceros —soltó la mano del anciano, rebuscó unas cuantas monedas en su cartera y pagó su compra

—Espero veros de nuevo por aquí, señor Masen.—Me veréis, gracias. —se colocó el paquete bajo el brazo y fue hacia la puerta, quizá sería mejor que no volviese, no le haría ningún bien ver de nuevo a la señorita Swan.

Paró sin problemas un coche de alquiler y le dio la dirección de su padre al cochero, no tenía ningún sentido retrasarlo más cuanto antes acabara con aquel asunto, antes podría disponer de la fortuna de su padre, la mayor parte de la cual éste le había robado a su madre, y regresar a Escocia, ya había visto bastante del mundo de más allá de Loch Glenshea, lo suficiente para toda la vida, haría las necesarias reparaciones en el castillo y las tierras, y pasaría el resto de su existencia como un rico terrateniente y señor, era la vida para la que estaba hecho, y no para ser un caballero inglés, tal vez hasta algún día llegara a casarse, «quizás una chica a la que le guste la poesía podría apreciar la belleza de las Highlands», le tentó una voz dentro de la cabeza.

Suspiró, bonita manera de no pensar en cierta chica inglesa de ojos color chocolate, era inútil incluso pensarlo, no había nada que le pudiera hacer creer que la señorita Swan hubiera tenido el menor interés por él y tampoco nada que asegurase que su interés por ella continuaría después de conocerla mejor, probablemente nunca la volvería a ver, de hecho, se esforzaría porque así fuese.

Mientras el coche avanzaba por el barrio llamado Mayfair, Edward se preguntó cómo se le podía haber ocurrido a su padre la idea de vivir en Escocia, era cierto que Escocia no carecía de castillos y grandes haciendas, pero Mayfair era el seno de la aristocracia inglesa, y cada casa parecía más espléndida que la anterior.

El coche se detuvo finalmente y Edward bajó, lanzó una rápida ojeada a la casa antes de volverse hacia el cochero.

— ¿Estáis seguro de que es aquí?

—Ésta es la dirección que me habéis dado, señor —afirmó el cochero,

Edward tragó saliva con fuerza y asintió con la cabeza.

—Gracias —le lanzó unas cuantas monedas y avanzó hacia la casa, con el paquete del libro aún bajo el brazo.

Nunca supo cómo consiguió que las piernas le llevaran hasta la puerta, tenía que ser un error ¡aquella casa, aquella casa increíble no podía ser suya! la verja de hierro se abrió con un ligero toque, mostrándole una vista completa de la mansión Cullen.

Era enorme; varios pisos se alzaban en estilo neoclásico: un gran templo griego que exigía la admiración de todos aquellos que lo contemplaban, estaba construida con gran des bloques de piedra de un tono dorado y constaba de tres pisos, altas columnas se erguían en la parte frontal entre las ventanas y flanqueando las grandes puertas de roble, un camino de gravilla cortaba un jardín de césped de un verde intenso, no se veía ni una mala hierba ni un matorral, excepto por los inmaculados setos recortados con formas de animales situa dos ante la casa. Había recorrido tres cuartas partes del sendero que conducía a la puerta cuando oyó el golpeteo de cascos de caballo acercándose por detrás rápidamente, se volvió y vio a un caballo con un jinete lanzándose sobre él.

— ¡Fuera del paso! —gritó el jinete, con el humor de un hombre acostumbrado a que los demás cumplan su voluntad.

Edward no esperó a que se lo repitiera, se lanzó hacia un lado esquivando por poco al caballo, aterrizó sobre el césped con tanta fuerza que se le cortó la respiración ¡maldito estúpido! ¡aquel idiota podría haberle matado! inspiró hondo y se puso en pie; sacudió el sombrero y se lo volvió a poner.

Como nuevo Duque de Cullen, Edward le diría a aquel gamberro exactamente lo que opinaba sobre ser atropellado en su propio jardín, sentía un profundo desagrado por la gente que no respetaba a los demás, le habían educado para ser amable, malhumorado y con expresión seria Edward continuó hacia la casa a paso más ligero, llamó con la aldaba y esperó, controlando su enfado, a que le permitieran entrar, la puerta se abrió, mostrando a un mayordomo vestido de austero negro el hombre parecía un estudio pictórico sobre la ausencia de color, pelo cano, tez blanca, ojos pálidos.

— ¿Sí? —entonó, su voz era tan neutra como el resto.

—Deseo ver a la Duquesa —respondió Edward con tanta cortesía como podía mostrar un hombre que había estado a punto de ser atropellado.

La fría mirada del mayordomo lo recorrió de arriba abajo, notando las manchas de césped en los pantalones y el abrigo, era evidente que no le gustó lo que vio.

—La Duquesa no se halla en casa hoy, buenos días.

La puerta casi se le cerró en las narices antes de que Edward se diera cuenta de que lo estaban echando, rápidamente, puso la mano para impedir que la puerta se cerrara, el mayordomo le lanzó una mirada de odio.

—Sed tan amable de retirar la mano, señor. Si tenéis algo que vender, llamad a la puerta de servicio. — Edward frunció el entrecejo, podía ser que estuviera un poco desarreglado, gracias al loco del caballo, y sus ropas podían no estar a la última moda, pero ¡seguro que no parecía un vulgar buhonero!

—No vendo nada —masculló con los dientes apretados.

—Entonces, a no ser que tengáis una tarjeta que dejar para mi señora, os sugiero que volváis en otro momento —dijo el anciano, empujando la puerta.

El buen humor de Edward se había agotado ¿qué dia blos pasaba en aquel país olvidado de Dios? ¡incluso los sirvientes creían ser mejores que nadie!

—Soy —rugió Edward— el Duque de Cullen y ésta es mi casa, y a no ser que queráis empezar a buscaros un nuevo empleo por la mañana, me dejaréis entrar ahora mismo — la puerta se abrió en el acto y el mayordomo lo contempló con una mezcla de horror y miedo.

— ¿Quién decís que sois? — Edward se quitó el sombrero y entró en la casa, mirando furiosamente al hombrecillo.

—Soy Edward Masen, el primogénito y heredero de Carlisle Cullen ¿y quién sois vos?

—Pe... perdonadme, mi señor —dijo, haciendo una re verencia— Soy Peter—el mayordomo lo miraba de una manera diferente, los claros ojos le brillaban con lo que parecían lágrimas

—Dios mío, pero si sois igual que él —murmuró Pe ter — Edward no necesitó que le dijera de quién hablaba.

—No es cierto —replicó sin pensar, con voz cortante— ¿por qué no me mostráis dónde puedo esperar a la Du quesa? —demonios, acababa de poner los pies en la casa y ya estaba comportándose como si fuera el señor de la mansión, normalmente se avergonzaría de usar su posición social para intimidar a otra persona, pero aún estaba demasia do enfadado para preocuparse por el llorón de Peter y sus sentimientos.

—Por aquí, mi señor —Peter cruzó el recibidor con paso rápido— ¿Puedo decir que es un honor conoceros finalmente, excelencia?

—Mm —gruñó Edward, sin atreverse a hablar.

El salón recibidor de la mansión era tan impresionante como el exterior, con el pulido suelo de mármol y estatuas de tamaño natural de dioses y diosas griegas, ¿y todo aquello era suyo? resultaba demasiado increíble para ser cierto, Peter lo condujo a una pequeña salita pintada de blanco y rosa, la decoración era muy femenina, una sala usada exclusivamente por una mujer.

Sentada en un elegante sofá se hallaba una minúscula mujer de pelo castaño que comenzaba a canear, llevaba un vestido negro y tenía un pañuelo negro arrugado en el puño.

—Excelencia —dijo el mayordomo suavemente, como si le desagradara molestarla cuando se hallaba obviamente turbada— Hay alguien que desea veros.

Edward esperó a que la mujer alzara la cabeza, no lo hizo, era como si no hubiera oído nada Peter se sonrojó al no encontrar respuesta.

— ¿Excelencia? — dijo en voz más alta— Esta vez la mujer lo oyó, se podía leer sorpresa en su rostro cuando volvió la mirada hacia ellos.

— ¿Sí, Peter? — su tono era esperanzado ¿habría es tado esperándolo?, se preguntó Edward ¿o era que cual quier interrupción en su pena la animaba? el mayordomo se apartó para que ella pudiera ver a Edward.

—El Duque está aquí, excelencia.

Posiblemente Peter podría haber elegido una mejor manera de presentarlo, la mención de la palabra «Duque» hizo que se iluminara de placer el rostro de la mujer, hasta que inmediatamente se dio cuenta de que el Duque al que Peter se refería no podía ser su esposo, la decepción y el dolor que ensombrecieron sus delicados rasgos al volver el rostro hacia él, produjeron en Edward una dolorosa sensación, la mujer lo miró como si estuviera viendo a un fantasma.

—Oh, Dios mío —murmuró, apretando el pañuelo contra su seno— Eres el hijo de Carlisle— resultaba difícil no compadecer a la mujer, que tan evidentemente turbada se sentía por su aparición.

—Lo soy, Duquesa de Cullen —repuso Edward, con una reverencia—ella se puso en pie y se acercó a él con las manos extendidas.

—Oh, no debes llamarme por mi título, llámame Esme —le tomó la mano que él tenía libre—. Después de todo, debería haber sido tu madrastra

Que dijera «debería haber sido» indicó a Edward que Esme sabía algo del comportamiento de su padre para con su madre y que no lo aprobaba del todo, un hecho que inmediatamente le ganó su simpatía.

—Deseo disculparme si mi llegada os ha causado algún pesar —dijo Edward mientras se dirigía hacia el pequeño sofá, que parecía como si fuera a romperse bajo su peso.

—Tonterías —repuso Esme mientras se sentaban— No hace falta que te diga que nos sorprendimos mucho, me temo que no sabía nada de ti hasta justo antes de morir Carlisle —se secó los ojos.

—Pero hace un momento... Quiero decir, pensaba que lo sabíais.

—No —Esme negó con la cabeza, mientras le son reía comprensivamente—. Carlisle, tu padre, me lo confesó todo en su lecho de muerte, me sentí... muy contrariada al descubrir que te mantuvieron alejado de nosotros durante todos estos años.

¿Alejado de ellos? Lo decía como si a Edward no le hu bieran permitido visitarlo en lugar de no desear su visita.

— ¿Nosotros? —ella no podía esperar que él creyera que su padre realmente había querido verlo alguna vez.

—Sí. Tu hermano, tu hermana y yo.

¡Hermanos! ¡Edward no podía dar crédito a sus oídos! toda su vida había querido tener un hermano o una hermana, alguien con quien compartir su mezclada herencia angloescocesa y que le entendiera, pero su hermano y su hermana no eran como él, eran ingleses.

—Sí. Tienes una hermana, Alice, y un hermano llamado Mike —le explicó Esme, sonriendo amablemente ante su evidente sorpresa.

En aquel preciso instante, la puerta de la sala se abrió y entró corriendo una joven de unos dieciséis o diecisiete años, llevaba un vestido lavanda pálido, un color adecuado para el medio luto, y el cabello negro le caía por la espalda formando una masa de pesados rizos y lazos rosa.

— ¿Es realmente él? —gritó, y se quedó inmóvil cuando su mirada cayó sobre Edward.

Cuando sus miradas se encontraron, fue como un golpe directo, excepto por el hecho de que los ojos de la muchacha eran de un azul sorprendente, no era posible negar que era su hermana, porque se parecía tanto a Edward como podía parecérsele una chica sin dejar de ser encantadora, Edward se puso en pie a tiempo para agarrarla cuando ella se le tiró a los brazos con un alegre «¡Oh!» no había esperado una recepción así, no se esperaba amabilidad, sin saber muy bien qué hacer, contestó al exuberante abrazo de Alice con otro mucho más torpe, y luego dio un paso atrás para contemplarla.

—Estoy tan contenta de que estés aquí —dijo ella— Cuando padre nos habló de ti, no podía creer que tuviera otro hermano, y ¡además escocés! ¡Me gusta tanto vuestro poeta, el señor Burns!— a Edward se le escapó una risita.

—Nosotros también apreciamos mucho a Robbie, gracias

La expresión de Alice se entristeció y le aparecieron unas ojeras negras, eso le recordó a Edward que aunque su hermana lo recibiera con alegría, aún seguía llorando a su padre, sólo habían pasado unos meses desde la muerte de Carlisle Cullen, pero había sido una larga enfermedad la que le había llevado a la tumba.

—Bueno, bueno —dijo una voz desde el otro lado de la habitación— Si no me equivoco, diría que mi hermano mayor por fin ha llegado.