Capítulo Cuatro: El comienzo de algo peligroso.
Contra todos mis deseos, Jackson se empeñó en llevarme a la enfermería. Intenté convencerle de que no me hacía falta. Me sentía mejor ahora que podía respirar y mi mente funcionaba de nuevo. Estaba avergonzada del espectáculo que había dado en la clase, así como del tono suplicante con el que había obligado a Jack a sacarme de ahí.
—He dicho que no, Jack. Déjame en paz —repliqué por millonésima vez, resoplando con disgusto—. Deberías volver a clase. Yo estaré bien.
Me aparté de él y comencé a caminar por mí misma. Un dolor punzante me recorría la pierna derecha a cada paso, pero lo ignoré lo mejor que pude. Estaba decidida a llegar a la sala común por mi propio pie y nadie iba a impedírmelo. O al menos esa era mi intención… Antes de haber recorrido la mitad del pasillo, me sentí repentinamente ingrávida y rodeada por dos brazos fuertes. Sin embargo, mi peso era demasiado para Jackson, que se tambaleó peligrosamente.
—No seas idiota, Jackson —rezongué, intentando zafarme de su agarre. Tuve que parar cuando le vi trastabillar: lo último que necesitaba era darme contra el suelo—. Estoy bien, suéltame.
—Nea, en serio, ¿tú te has visto? —soltó resoplando, pero dejándome en el suelo—. Estás sangrando y te has arrancado las uñas. ¡Por las pelotas de Merlín, acaban de torturarte!
Gruñí intentando parecer amenazante, pero me estremecí sólo al recordarlo. Mi cuerpo acusaba los efectos de la maldición, pero yo todavía no lo había asimilado. Me sentía torpe, lenta, era como si mis reflejos estuviesen somnolientos y mis ideas cansadas. Todo en mi cabeza iba a cámara lenta, pero a la vez lo veía y escuchaba todo con nitidez. Era una sensación extraña, desconcertante. Fue por esto, y porque sabía que Jackson no se cansaría, por lo que finalmente claudiqué.
—Muy bien. Vamos.
Eché a andar sin más preámbulos, refunfuñando con las pocas energías que me quedaban. Jackson no intentó volver a llevarme en brazos como si fuera una damisela en apuros, pero mantuvo un brazo a mi alrededor, preparado para cogerme si era necesario. Dudaba mucho de sus capacidades como hechicero real (1), pero no lo comenté.
Tardamos mucho más tiempo en llegar del que nos habría llevado normalmente e hicimos todo el trayecto en completo silencio. Tuve que apoyarme en las paredes más veces de las que pude contar, pero rechacé la ayuda de Jack cada una de ellas. Todavía me quedaba un poco de orgullo y debía guardarlo con recelo. Me habían humillado una vez, pero iba a hacer todo lo posible porque no se repitiera. La próxima vez, sería Ginny Weasley la que acabaría retorciéndose en el suelo.
Pomfrey hizo un escándalo al vernos llegar de esa guisa, pero me instaló en una de las camas con impresionante celeridad. Nada se me había clavado, pero alguna parte de la silla debía haberme cortado porque la pequeña herida vertical no dejaba de sangrar.
—Estos cortes pequeños siempre son los más escandalosos —comentó la enfermera, sanando la pequeña herida sangrante con un ungüento con olor a lavanda—. Estará curada en un segundo. No te quedara marca, te lo aseguro —Entonces, sus vivaces ojos azules se clavaron en mis maltratados dedos. Casi ninguno conservaba la uña y las que todavía quedaban estaban partidas y ensangrentadas. Al verlo, no pude dejar de agradecer el extraño embotamiento que me recorría el cuerpo—. Eso, sin embargo, tardará algo más en sanar, aunque no mucho. Lo malo va a ser el dolor.
La sencilla palabra abrió algún tipo de compuerta dentro de mi mente. Dolor. ¿Acababa de decir que lo malo iba a ser el dolor? Una risita histérica se escapó de mi garganta. De pronto, mis carcajadas, temblorosas y enfermizas, llenaron el silencio de la enfermería. La anciana me miró con confusión ya que ambos habíamos evitado decirle el porqué de mi visita, pero Jackson parecía terriblemente asustado. Reí hasta que la primera lágrima se deslizó por mi mejilla, precedente de un sollozo que me hizo estremecer. Todo cayó sobre mí y la certidumbre de que realmente me habían torturado me golpeó con fuerza.
El aire parecía más pesado a cada segundo que pasaba. Los pulmones no me respondían y mi corazón latía atronador en mis oídos. Me estaba dando un ataque de ansiedad, lo sabía, pero era incapaz de controlar mis emociones como tantas veces antes. Algo se había roto de manera irreparable. El dolor había sido demasiado grande, incomparable a nada que hubiese experimentado antes. Había dejado una huella imborrable dentro de mí y dudaba mucho de que esa sensación de suciedad, como si hubieran violado una parte esencial de mi ser —mi inocencia, quizás—, desapareciera algún día.
Cuando el mundo empezó a dar vueltas y el suelo se acercó incomprensiblemente a mí, Jackson estuvo ahí una vez más, recogiéndome. Sin siquiera ser consciente de lo que hacía, mis manos se cerraron alrededor de sus brazos, aferrándose a lo único que parecía sólido. Cerré los ojos e intenté comprender lo que Jack murmuraba en mi oído. No lo conseguí, pero concentrarme en ello me ayudó un poco.
—Eso es, bien. Túmbala. Sólo necesita un poco de aire.
Me fui relajando poco a poco, pero todavía me sentía al borde del abismo. Entonces, cuando volví en mí completamente, me sentí avergonzada. Ahí estaba yo, diciéndome a mí misma que no volvería a perder mi orgullo para terminar en la enfermería con un ataque de ansiedad. Era patética.
—¿Nethara?
Parpadeé con rapidez, intentando centrarme. Me dolía la cabeza, el cuerpo y los dedos de las manos. Estaba nerviosa y cansada. Pero, sobre todo, terriblemente asustada. El profesor Carrow había dicho que seguiríamos al día siguiente donde nos habíamos quedado. ¿Significaba eso que volvería a torturarme? ¿O quizás que tendría la oportunidad de hacérselo pagar a Weasley? A pesar de mi odio, una pequeña parte de mí estaba tan aterrada por la primera opción como por la segunda. Torturar no era algo que entrase en mi lista de actividades favoritas, ni siquiera a alguien como Weasley —no podía negarlo—, pero si la decisión era entre ella y yo, no tenía ninguna duda de a quién iba a escoger.
—Eh, Nea. Nea, ¿estás bien?
Sacudí la cabeza, pidiendo un momento silenciosamente. No era capaz de encontrar mi voz, pero tampoco hice ningún esfuerzo por buscarla. No quería hablar. Sólo deseaba olvidar esa pesadilla. Durante toda mi vida había sido capaz de bloquear los momentos desagradables, de enterrarlos bajo capas y capas de tierra que los mantenían a buen recaudo. A veces, visualizaba una cajita de metal en la que metía esos recuerdos para después cerrarlas con llave y dejarlas en una polvorienta estantería al fondo de mi mente. Sin embargo, ninguna de las dos opciones que tan efectivas habían demostrado ser me ayudaron en ese momento.
Es porque está demasiado reciente. Sólo necesitas descansar, dormir un poco. Cuando despiertes todo habrá vuelto a la normalidad.
Me repetí esas palabras hasta que casi sonaron convincentes.
Cuando volví a prestar atención, me di cuenta de que Pomfrey se había alejado y revoloteaba alrededor de una figura a tres camas de mí. Miré a Jackson, que la observaba con una expresión indescifrable. Confusa, volví mis ojos de nuevo hacia la enfermera tratando de descubrir qué podría haber conseguido esa reacción de él. Entonces, la vi. Pomfrey se apartó de la muchacha para buscar algo en un aparador y la cara de Summer quedó iluminada por la diáfana luz de la mañana. Parecía mayor y totalmente destrozada. Ese nuevo sentimiento, que ya había bautizado como compasión, volvió a retorcerse en mi pecho. Por un momento, me sentí tentada a levantarme y abrazarla, pero, por supuesto, mi cuerpo no se movió ni un milímetro, ni siquiera me cambió la expresión.
Summer no se había dado cuenta de que Jack y yo la mirábamos. Por alguna razón, dudaba de que se hubiera percatado de nuestra entrada. Parecía perdida, absorta. Daba la sensación de que la luz rebotaba cuando llegaba a su cuerpo, dándole un aspecto gris, apagado y triste. No parecía una adolescente, parecía una anciana. Vacía.
Esa lúgubre versión de Summer me asustó más de lo que cabría esperar. ¿También yo tenía ese aspecto? ¿Me había vuelto tan fría de pronto, tan vieja? ¿O estaba por pasar? Ella había estado más tiempo que yo bajo el efecto de la maldición. ¿El profesor Carrow me volvería a torturar al día siguiente? ¿Era ese su objetivo? ¿Convertirme en una sombra hueca?
Jackson y yo nos miramos. Silenciosamente, le hice una sola petición: No dejes que me convierta en eso. No lo permitas. No hubo una milagrosa telepatía entre nosotros, ese entendimiento romántico que tanto aparece en las novelas que le gustaban a Hestia y Flora, pero él debió sentir mi miedo y sacar sus propias conclusiones antes de asentir con seriedad. Y, aunque dudaba de que pudiera mantener su promesa llegado el momento, la determinación que le había impregnado a ese sencillo gesto me hizo sentir mucho más segura.
Pomfrey no hizo preguntas, pero no pareció necesitarlo. Había una comprensión en sus ojos que me inquietó. Sin embargo, olvidé mis reparos cuando, entrada la tarde, me dejó marchar.
Jackson había tenido que marcharse a sus clases de la tarde, pero había prometido pasarme los apuntes de las clases que compartíamos y hablar con Astoria para que hiciera lo mismo en aquellas en las que no estábamos juntos. Se lo agradecí con un cabeceo distraído.
Incapaz de volver a la sala común en la que tendría que soportar las miradas y los murmullos, decidí dar una vuelta por el castillo. Me sentía mejor si me movía así que pronto me encontré caminando por pasillos desiertos. Pero aunque me empeñara en no pensar en lo que había pasado, el recuerdo volvía una y otra vez. Las manos me temblaban ligeramente y las piernas parecían pesarme una tonelada, sin embargo, no me detuve. Era peor estar quieta.
Sin ser consciente del lugar al que me dirigía, terminé de pie en la grandiosa puerta de entrada al castillo. Una suave brisa agitaba las copas de los árboles y hacía hondear el bajo de mi túnica. El frío soplo de aire envolvió mi cuerpo con pereza lamiendo la superficie sudada de mi cara. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba sudando. Inhalé hasta que sentí los pulmones a punto de reventar y exhalé lentamente, recreándome en la sensación del aire deslizándose por mi garganta y acariciando mis labios resecos. Indiferente ante el frío de la piedra, me senté en el primer escalón y abracé mis rodillas, observando el paisaje. El caluroso agosto que nos había dejado ese año parecía jamás haber existido. La hierba crecía verde y descontrolada en los terrenos de Hogwarts, brillante por los rayos de sol que incidían sobre el rocío. El azul del cielo parecía hielo y, aunque presente, el astro rey se presentaba tímido, como si fuera incapaz de dar el calor y la luz que tanto deseaba compartir, y las hojas de los árboles alrededor del castillo comenzaban a caer y morir, creando un cementerio vegetal alrededor de los troncos. Sólo el Bosque Prohibido permanecía imperturbable.
Observé la linde del bosque con ojo crítico. ¿Había sido idea de alguno de los fundadores o ya había estado allí cuando llegaron? Fuera cual fuera la respuesta, yo seguía preguntándome a qué mente brillante se le había ocurrido colocar un colegio justo al lado de ese hervidero de grotescas criaturas. Y no sólo eso. Había algo en ese lugar, una magia extraña, milenaria. Lo cierto es que me ponía de los nervios.
—Da un poco de miedo, ¿no?
Saqué la varita en menos de un segundo y apunté a la desconocida con el pánico revoloteando en mi pecho. De un solo vistazo la reconocí como Ginny Weasley, que me miraba con una mezcla de culpa, timidez y alarma. La vi mover la mano para coger su propia varita, pero se detuvo al percatarse de que yo estaba bajando la mía. Miré la madera alargada durante unos segundos, confusa y sorprendida por mi propio arrebato. Pero, recuperada de la sorpresa, no pude evitar recordar lo que esa estúpida Gryffindor me había hecho y le lancé una mirada de frío odio que habría hecho retroceder a cualquiera. Weasley se sentó a mi lado.
—No nos han presentado. Soy Ginny Weasley —dijo con algo de torpeza, pero mucho aplomo mientras extendía su mano abierta—. Tú eres Nethara Bardshow, ¿verdad?
¿Cómo podía ser tan estúpida? ¿Cómo era capaz de sentarse a mi lado y pretender que le estrechara la mano como si nada? ¿Pretendía también que le regalara una sonrisa mientras proclamaba lo encantada y orgullosa que me sentía de conocer por fin a la maravillosa Ginny Weasley, la amante trágica del puto Harry Potter? Miré su mano como si fuera el insecto más asqueroso del mundo, pero ella no pareció amilanarse. Bajó el brazo, dejando que sus dos manos descansaran entrelazadas sobre su regazo. La pequeña sonrisa que revoloteó en la comisura de sus labios me la tomé como un insulto.
—Quería decirte que siento mucho lo que ha pasado hoy. Creía que me torturaría sin más, o que te obligaría a torturarme, no pensé que…
—Eso es que lo que debería haber pasado, Weasley —la corté con la voz cargada de desprecio. Notaba el odio corriendo como ácido por mis venas, terminando con la compasión o incluso la admiración que había sentido hacia ella—. Debes saber que si mañana las opciones son tú o yo, no dudaré al elegir y disfrutaré cada segundo.
Aunque sabía que era mentira (al menos la última parte) esperaba que con esas palabras se le quitara la idea de quedar en buenos términos conmigo. De hecho, todavía me sorprendía el enorme descaro del que hacía gala, sentándose a mi lado, mirándome a los ojos y sonriéndome como si fuéramos grandes amigas que hubieran discutido por un chico. Por lo tanto, mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que sonreía condescendientemente.
—Vi tu cara cuando Carrow te susurró la maldición. No eres ni la mitad de fría de lo que quieres que crea.
Mi respuesta a sus palabras fue sorprendente hasta para mí. Me levanté de un fluido movimiento cerrando mis manos alrededor de su túnica para obligarla a hacer lo mismo. Una vez de pie, me deleité con el quejido que brotó de sus labios cuando la empujé contra el muro de sólida piedra. Esta vez mi varita no temblaba mientras apuntaba a su cara.
—Quizás tengas razón, Weasley —Escupí su nombre como si fuera el más horrible de los insultos—, pero no dudes ni por un segundo de que podría mandarte a la enfermería si así lo quisiera. Ahórrate tus putas disculpas y vete por donde has venido, porque jamás olvidaré que lo que me ha pasado ha sido culpa tuya.
La solté con brusquedad y ella sólo me dedicó una mirada en la que se entremezclaban la culpa y el enfado antes de desaparecer. Yo todavía no sabía que cuando Ginny Weasley se propone algo no hay nada que la detenga, pero no tardaría en descubrirlo.
(1): En un principio puse "prícipe azul", pero llegué a la conclusión de que alguien como Nea, que es una sangrepura desde la raíz del pelo hasta la punta de los dedos de los pies, no tendría por qué saber nada acerca de los cuentos muggles así que me saqué eso de "hechicero real" como el equivalente mágico, pero es pura invención mía.
Siento de verdad que haya pasado tanto tiempo, pero he tenido ciertos problemas con la universidad y otros temas más personales que me han mantenido en vilo durante todos estos meses y que sólo ahora comienzan a aclararse. Espero que podáis perdonar la espera e intentaré volver a retomar la historia con ánimos. Lo que veo más dudoso es terminarla en el plazo, pero de todas formas voy a intentarlo.
Espero vuestras críticas :)
