IV


Había algunos días —como ese— en los que Roronoa se arrepentía profusamente de haber aceptado. Y si en un inicio lo había hecho no había sido simplemente para evitar tener a la marina encima —porque eso le tenía sin cuidado—, sino porque era una buena manera de enfrentarse a hábiles espadachines y así evitar que el inexorable paso del tiempo lo oxidase.

Se sentía un matón a sueldo, uno que la marina llamaba cuando no podían erradicar un problema. Usado sería la palabra, pero eso no manchaba su espíritu ni su honor. Estaba más allá de un simple trato. Cuando Luffy volviera al mar, dejaría todo ese mundo atrás, y al final, sería él quien acabaría por salirse con la suya.

Suponía la furia que semejante decisión acarrearía, pero tampoco le quitaba el sueño, en gran parte porque la marina sabía que los Shichibukai eran polvo en el viento. Hoy estaban, mañana no. Y él había cuidado de dejarles eso bien en claro de buenas a primera.

Recibió el ultimátum de que si de nuevo no se presentaba le quitarían el título. Y si había aceptado ir a esa reunión fue por el simple hecho de que tenía que ver con los Tenryuubito.

Sería una buena manera de poder corroborar la información que se había filtrado. Ir a ciegas al archipiélago no le serviría de nada, siendo precisamente Roronoa Zoro le costaría pasar desapercibido.

Solamente tenía que confirmarlo. De ser así, de ser cierto que los Tenryuubito tenían a uno de sus nakama, nada más se abriría paso con sus katana. Poco le importaba desatar una guerra interna entre la marina y los nobles.

No hacía mucho tiempo que había aceptado ser parte de ese engranaje. Hacía dos años atrás, cuando pisó la Marina en calidad de aliado y no de enemigo, esperó encontrarse con ella. No la consideraba una amiga, pero al menos sí una cara conocida entre tantas desconocidas.

Le costó dar con Tashigi, y no en cambio con Coby y Helmeppo. Ellos le pusieron al tanto de los detalles, como de los tratos sucios que tenía la marina con los nobles hasta de pormenores insignificantes como las posiciones de cada uno ahí dentro.

Supo así que por su nuevo cargo Tashigi pasaba la mayor parte del tiempo navegando fuera, en el Nuevo Mundo, y cuando no, la pasaba con su hijo. La sorpresa que le dio esa novedad no fue tanta cuando al fin pudo dar con la mujer y tener un diálogo áspero con ella.

La curiosidad le había arrastrado a caminar por los pasillos que llevaban a su oficina; en realidad se había perdido —como de costumbre— y cansado de dar vueltas comenzó a abrir las puertas hasta que una de ellas resultó ser la de la teniente.

Nunca olvidaría esa tarde, tal vez porque verla de nuevo había sido, de alguna extraña manera que él no lograba entender, conectarse con un pasado que añoraba. Y conectarse con él de paso.

No pasaba una noche sin pensar en el cocinero. Suponía que el muy bastardo se las había ingeniado para sobrevivir, y le consolaba profundamente recordar lo difícil que le había sido a Nami dar con el camino hacia el All Blue.

El legendario lugar, justamente, era mítico. La marina jamás intentaría buscar un pasaje que se consideraba parte de una leyenda para ir tras un pirata —por muy mugiwara que fuera este—, y ni tampoco Zoro había tenido en sus planes andar gritando por los cuarteles de la marina que el All Blue existía y que Pierna Negra allí residía.

Y en tal caso que la Marina gustase de creer en cuentos, necesitarían más que suerte para maniobrar un barco en esas corrientes.

Por todo eso ver a Tashigi le inquietó. Porque al verla le había nacido una urgente necesidad de dar con Sanji y corroborar que estaba bien. Se mostró molesto consigo mismo por reparar en asuntos que lo alejaban de su promesa, sin embargo esa sensación angustiante y opresora se esfumó como por arte de magia ante la figura de un niño de corta melena azabache que, junto a la madre, dibujaba en una hoja y sobre el escritorio.

Una conversación ardua dio inicio entre los adultos. La presencia del niño no ayudaba a amenizar el encuentro, aunque sí evitaba que la conversación subiera de tono. Zoro habló con ella dirigiéndole miradas recatadas, pero en ningún momento el crío despegó la vista de las hojas.

Las preguntas de rigor, entonces, fueron hechas: "¿Qué haces aquí?" "Hoy hace calor" "Soy Shichibukai, al menos hasta que tenga ganas."

No fue hasta que Zoro señaló con poca educación al infante que la marine se mostró realmente nerviosa.

—¿Él?

—Es mi hijo.

Zoro alzó las cejas sintiendo en su interior que sería descortés preguntarlo, pero la sospecha había acabado por calarle hondo y él no era muy dado a seguir al pie de la letra el comportamiento típico de las personas con tacto y buena educación.

—¿El padre? —Finalmente lo preguntó tratando de aparentar desinterés.

—Eres tú. —Había dicho ella con una calma exasperante, como si el tema no fuera en verdad relevante.

Se puso de pie y le ordenó al pequeño Raiken que fuera a pedirle a Smoker permiso para bajar a ver los barcos anclados. Era algo que al chico le encantaba hacer, podía pasar horas viéndolos zarpar y anclar sin cesar.

Cuando los adultos se quedaron solos, Tashigi fue la única que habló por varios minutos; Zoro se había quedado mudo. Le contó que Raiken tenía ocho años, que era muy inteligente, pero poco hablador.

El trato de ella no fue cordial, pero tampoco duro, en el fondo el espadachín entendía que la había puesto en una situación difícil. No podía siquiera reclamarle nada, pero el reclamo igualmente nació:

—¿No se te ocurrió buscarme para decirme que iba a ser padre?

—No pensé que te fuera a importar —Alzó los hombros, no lo conocía profundamente a Roronoa, pero no le parecía la clase de hombre hogareño y familiar.

Zoro no tuvo más opciones que aceptar aquella excusa. En el fondo no se hizo demasiado drama porque no podía negar que Tashigi tenía un buen punto. Haciendo uso de su escasa empatía, suponía que la mujer no se había sentido con el derecho de buscarlo por tierra y agua para hacerle responsable de algo que él no había pedido.

No era justo. Ni cargarle con el peso de una paternidad no pretendida, así como tampoco era justo haberle negado la posibilidad de conocerlo antes.

—Lo siento —dijo Tashigi, sin más.

Otra cosa no podía hacer, el tiempo había pasado y, después de todo, ahí estaba Zoro.

Había conocido a su hijo y recaía en él la responsabilidad de aceptar o negar en el presente esa paternidad tardía. Zoro no lo hizo verbal, pero le agradeció que la mujer no le insistiera con el tema. Era evidente que Tashigi había criado al niño sola y que no necesitaba nada de él. Zoro no se sentía capacitado para ser padre de la noche a la mañana, pero tampoco estaba en sus planes desentenderse del asunto sin más.

—Nunca le negué sus orígenes —aclaró Tashigi luego de un pronunciado silencio.

—¿Él sabe que soy su padre? —Preguntó, un poco sorprendido con esa revelación.

Al final, él único que no sabía nada era él. Acabó por sentirse ofendido con ese trato, pero de nuevo: no encontraba valederos motivos para enojarse con ella.

—Sabe que su padre es el ex cazador de pirata, y un Mugiwara —aclaró ella. —Sabe que es hijo de Roronoa Zoro —bajó la vista tratando de ocultar así lo mucho que le pesaba, porque ese detalle le había costado caro al pequeño Raiken en la escuela. Nadie dejaba de lado que era el hijo de un pirata buscado, temido y rechazado.

Zoro asintió y dio la vuelta, no tenía nada más que hacer allí. Tashigi entonces se quedó sin saber qué pensaba Roronoa al respecto. Tomó aire, sintiendo el corazón encogido. A Raiken no le había faltado una figura paterna gracias a Smoker, pero ciertamente no era igual el amigo de su madre que su propio padre.

La marine no podía ni quería exigirle a Zoro que cumpliera un rol que en su momento le había negado, pero en el fondo le agradaba la idea de que su hijo finalmente lo conociera.

No acabó por ser una relación modelo. Zoro no lo había visto más de dos veces al pequeño en todo un año, pero Raiken era lo suficientemente listo para entender que no era fácil para ninguno de los adultos. Nunca sintió que su padre no lo quisiera, ni tampoco que lo amase; entendía que la vida pirata era difícil, que los hombres en la era presente tenían obligaciones por cumplir, y que el mar los llevaba por senderos desconocidos.

Él mismo, a punto de cumplir los diez años, fantaseaba con la idea de poder tener una aventura como la que su padre biológico había tenido. No solía hacerle muchas preguntas a mamá al respecto, pero a medida que fue creciendo, lo hizo con él la necesidad de conocer sus orígenes.

De esa forma, Tashigi, todas las noches, le contaba un poco sobre Zoro y la tripulación. Ella estaba al tanto de las andanzas de los Mugiwara, durante todos esos años no había dejado de ir tras ellos, especialmente de Roronoa.

En esos relatos nocturnos cuidó en todo momento de no mostrar un Zoro ni como un héroe ni como un verdadero rufián, pese a que lo era a los ojos de la justicia. De esa manera Raiken creció conociendo a un Zoro bastante cercano al verdadero.

Sabía que su padre era un excelente espadachín, como también sabía que le gustaba mucho el sake. Que tenía un humor irascible, pero que a la vez podía ser sereno y calmado aun bajo presión y si la situación lo requería. Supo de los enemigos a los que se había enfrentado, y de lo difícil que siempre se lo había puesto a la marina.

De esos dos encuentros había pasado unos cuantos meses, y cuando Zoro pudo estar con su hijo por tercera vez —y por primera a solas— fue gracias a esa reunión de carácter urgente en donde la marina lo ultimaba.

No era nada de importancia, sólo se trataba de escoltar a los Nobles de Sabaody hacia el Nuevo Mundo evitando un ataque directo de los grupos revolucionarios que copaban las islas. Haber asistido le permitía tener un pase libre para ir al archipiélago; una vez allí buscaría más información sobre Nami. Y haber asistido, también, le ayudó a conocer un poco mejor al pequeño.

Tashigi había aparecido hecha un manojo de nervios y arrastrando consigo a Raiken de la mano. Necesitaba tiempo extra para terminar de preparar la cuadrilla encargada de ir hacia el Nuevo Mundo, y no podía hacerlo con el pequeño a cuestas por muy tranquilo y maduro que este fuera. Ya la habían reprendido sus superiores por mezclar asuntos familiares con el trabajo, y ella no era una mujer que antepusiese esas obligaciones por sobre su propio hijo.

Eso maravilló a Zoro, aunque no lo manifestó verbalmente. La Tashigi que él conocía en el pasado vivía por y para su trabajo. Nada se interponía entre él y ella. Ver ese lado maternal en el presente le había llamado la atención.

—¿Smoker? —Soltó Zoro en pos de ayudarla, le conmovía un poco verla en ese brete. El niño refunfuñó por lo bajo, mascullando que ya estaba grande y que sabía cuidarse solo.

—Está en el otro edificio y en media hora quieren todo listo —Lo había pensado desde el inicio, pero esperaba a que fuera Zoro quien se ofreciese—. No puedo dejarlo solo —le miró, insistente.

El espadachín se masajeó la nuca.

—Ray, si quieres puedes ir al puerto, pero no molestes a los que están trabajando.

El niño asintió y sin quejarse otra vez se fue, dedicándole una curiosa mirada al hombre de pelo verde. Tashigi tomó aire, se ajustó los lentes y dio la vuelta antes de soltar lo que prendía de su boca.

—Volveré en una hora, ¿podrás?

De pasar a esperar a que Zoro se ofreciera, la urgencia le había llevado a imponérselo. El espadachín no pudo objetar nada; contrariado se quedó unos segundos de pie en el pasillo mientras la veía irse a cumplir con su trabajo.

Se quedó congelado en el sitió hasta que decidió salir para asegurarse que el pequeño estuviera sano y a salvo.

Se había mal acostumbrado a andar pendiente de Luffy, como si fuera un niño que siempre necesitaba la vigilancia de un adulto para no meterse en problema, y por eso temió que el pequeño Raiken acabase envuelto en algún problema que manchase su nula reputación de padre.

Sin embargo al salir al exterior el contraste fue notorio, porque el pequeño Raiken estaba sentado en el pasto, mirando hacia el mar. No, no estaba trepado a la mesana de algún barco, ni estaba saqueando las despensas en busca de comida.

Acaso, el crío, ¿no jugaba? Lo notaba muy inexpresivo, o mejor dicho: demasiado calmo para ser un niño. Y eso, en el fondo, le hacía sentir que al menos tenían un lazo con él. Que algo de su padre había sacado.

Zoro se paró detrás de él contemplando lo mismo que el chico miraba. La ligera brisa despeinaba sus cabellos y las voces de los marines que trabajaban, cargando y descargando provisiones de los barcos, llegaba a ellos como ligeros murmullos.

Roronoa pensó en mil frases para comenzar a hablar y romper el hielo, desde un "hola" hasta un "¿Qué haces?" Pero la voz no le nacía por mucho que luchaba, así que se sentó junto al chico sin dejar de mirar al frente.

Cuando Raiken se percató de la cercanía, aprovechó para hacerle la pregunta que había querido formularle a ese hombre desde la primera vez que lo vio.

—Mamá dice que eres mi papá, ¿es verdad?

Roronoa lo miró un poco sorprendido, en primer lugar por oír el tono de su voz, melodioso como el de todo infante, no obstante con admirable seguridad. Zoro tardó en responder, pero cuando lo hizo fue con otra pregunta.

—¿No le crees a tu madre?

El chico asintió y Zoro pudo sentir la mirada de él clavándose en su único ojo. De golpe, el niño pasó de mostrarse firme a lucir amedrentado. Había bajado la cabeza encogiendo las piernas.

Eso le sirvió a Roronoa para recordar que la mayoría de las veces las personas le temían; no era su intención lucir amenazante, al menos no todo el tiempo, pero sabía que solía inspirar terror. Por eso trató de mostrarse más accesible.

—¿Te gusta estar aquí? —Le preguntó, porque también era una de las tantas cuestiones que había acumulado desde que lo vio por primera vez.

El chico asintió, para después empezar a hablar con la misma seguridad de antes.

—A veces sí… a veces no —alzó un hombro, despreocupado—En el invierno es aburrido. En verano Smoker me compra toneladas de helado y en primavera aparecen algunas garcillas verdes. Me gusta verlas comer, son muy inteligentes para cazar.

—¿Sí? —Trató de ser condescendiente con él, quería seguir oyendo esa voz tan delicada y armoniosa—No sé mucho de aves, sólo las que son de mar. A veces logro identificarlas, pero no conozco sus nombres.

—Pues, es raro ver garcillas verdes por aquí, ellas son de agua dulce, pero a veces en primavera se ven algunas porque inician su largo viaje hasta su hogar. Para formar familia.

Zoro asintió con una ligera mueca de admiración. Descubrió así que el pequeño sabía mucho de aves, y era evidente que le apasionaban. ¿Hasta en eso se parecía a su madre? Zoro esperaba que pudiera encausar esa obsesión por las aves de la misma forma en la que Tashigi lo había hecho con las katana's.

La hora pasó velozmente. Cuando el chico se interrumpió Zoro miró hacia atrás buscando la razón y vio a la madre esperando por ellos; había tomado distancia para darles tiempo a despedirse.

—Tu madre te está esperando —dijo el espadachín deseando poder detener el tiempo unos segundos más.

Raiken se puso de pie sacudiéndose el pantalón, obediente al llamado de su madre, pero antes de irse volteó para preguntar.

—¿A dónde irás ahora?

Zoro arqueó las cejas sin entender del todo la pregunta, y por eso Raiken explicó.

—Mamá dice que eres pirata y que siempre estás viajando.

—Pues… una amiga necesita mi ayuda, así que iré a ayudarla.

—¿Qué le pasó a tu amiga?

—No lo sé. No tengo idea tampoco de que sea así, es decir… de que en verdad esté en peligro.

—¿Irás sin saber? —A Raiken no le parecía coherente hacer un viaje largo por una simple suposición. Él era más bien del corte pragmático.

—Sí —respondió con convicción—, alguien que para mí es importante puede necesitar mi ayuda. No puedo quedarme tranquilo sin estar seguro de que está a salvo—Trató de ilustrárselo al ver que el chico entendía su postura, pero no la compartía—. Si tú escuchas de boca de otro que a tu mamá le pasó algo feo, ¿no irías a ver si necesita tu ayuda?

Raiken asintió, eso era verdad.

—¿Volverás?

—Seguramente.

El chico le regaló una escueta sonrisa y gracias a esa mueca Zoro pudo asegurar que el chico era mucho más que serio. El detalle nuevamente no le molestaba.

—Ey… —lo llamó, y Raiken volteó una vez más—No… no le cuentes a nadie de mi viaje, ¿sí? Porque intentarán detenerme.

—Por supuesto, eres un pirata —dijo, con el tono de voz que su madre hubiera usado para reprenderlo.

Zoro se tentó y empezó a carcajear, en el mismo momento en el que Tashigi, impaciente, se acercó a ellos. Se lo llevó a Raiken susurrándole un "gracias" al espadachín, incapaz de poder en poner en palabras lo mucho que en verdad le agradecía la molestia de pasar tiempo con él para conocerse mejor.

Para Zoro no había sido ninguna molestia, pero sí admitía que se había sentido raro y desencajado. Necesitaba tomar un trago antes de abordar el barco que lo llevaría esa noche rumbo al archipiélago Sabaody. No obstante primero debía buscar a Boa, las miradas disimuladas de la mujer durante la reunión le habían perturbado.


Raiquen significa "Ave nocturna" en Quechua. Parece que la historia de "Eso" se repite XD. Aunque este fic nació antes que "Eso", que conste.

1 de diciembre de 2011

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.