Capítulo Tres
Candy se asomó a la ventana y comprobó que la vista desde allí era realmente espectacular. Era muy pronto, pero ya se había vestido, pues estaba tensa y nerviosa y quería llamar al hospital para ver cómo estaba Annie.
No se podía creer lo que había sucedido el día anterior y tampoco se podía creer que hubiera dormido casi ocho horas seguidas, pero lo cierto era que había dormido profundamente. En casa de Albert Andley. Había intentado no dormirse, se había sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared y se había quedado mirando la puerta durante horas, pero, al final, los ojos se le habían cerrado, así que había ido al baño a lavarse la cara, pero al sentir el agua caliente, al quitarse la ropa interior y envolverse en aquel maravilloso albornoz, no había podido impedir que el sueño que hacía semanas la perseguía pudiera con ella.
Menuda hermana mayor estaba hecha. No tendría que haber ido, no tendría que haberse separado de Annie...
En aquel momento, oyó la llave en la cerradura y dio un respingo, se giró con el corazón latiéndole aceleradamente y vio a Albert Andley en la puerta.
Aquel hombre era tan guapo que le costaba respirar y le parecía todavía más guapo a la luz del sol. Llevaba unos pantalones negros y una camisa gris. Desde luego, era un hombre con mucho estilo, el perfecto hombre de negocios. Parecía muy molesto.
Al instante, Candy sintió que la columna vertebral se le tensaba. Como resultado, sintió una punzada de dolor en la zona lumbar. No debería haber hecho tantas cosas últimamente y, desde luego, no debería haber estado corriendo por el jardín escondiéndose entre los arbustos. Y, total, todo eso para terminar como un saco de patatas sobre el hombro de aquel hombre.
Al recordarlo, Candy sintió que se derretía.
—Señor Andley...
Albert levantó la mano para que se callara y entró en la habitación. Llevaba el bolso de Candy y le entregó su teléfono móvil. Candy se apresuró a mirar la pantalla. Había muchas llamadas perdidas. Todas del hospital.
Pálida como la pared, se apresuró a marcar el número.
Dándole la espalda a Albert, pidió que le pasaran con la enfermera jefe de servicio, con la que mantuvo una breve conversación. Cuando terminó, se giró hacia Albert Andley, quien se sorprendió al ver que tenía lágrimas en los ojos. No era aquello lo que esperaba y se dijo que aquella mujer era una actriz maravillosa.
—Me han dicho que mi hermana ha recuperado la consciencia y que estaba preguntando por mí, así que me tengo que ir —le dijo.
—Lo sé —contestó Albert de manera cortante.
—¿Cómo que lo sabe? —se sorprendió Candy.
—Sé muchas cosas, señorita White, y sabré muchas más cuando lleguemos a Inglaterra —contestó Albert .
Candy sintió un inmenso alivio. Así que Albert la iba a dejar marchar. Por otra parte, había algo contradictorio e incómodo en todo aquello.
—Eso quiere decir que admite usted que es el padre de mi sobrino?
Albert negó con la cabeza muy irritado.
—No, está usted muy equivocada. Estoy completamente seguro de que no soy el padre del hijo de su hermana... suponiendo que esté realmente embarazada, claro...
Candy sintió que un tremendo enfado se apoderaba de ella.
—Por supuesto que está embarazada. Mi hermana no miente. Usted es el padre. Ella misma me lo dijo.
—Pues eso es mentira y esta conversación ya me está aburriendo, así que vamonos —contestó Albert girándose y saliendo de la habitación.
Candy se apresuró a recoger su bolso y a correr tras él.
—Le digo que mi hermana no miente, señor Andley.
Albert se paró en seco al llegar a las escaleras y Candy se chocó contra él. Albert se giró hacia ella y la agarró de los brazos con fuerza.
—¡Ya basta! No quiero seguir escuchando esas tonterías. Nos está esperando un helicóptero para llevarnos al aeropuerto de New York —anunció soltándola de repente.
—¿Eso quiere decir que me va a llevar? —se sorprendió Candy.
—Teniendo en cuenta que ha venido usted sin billete de vuelta, que apenas tiene dinero en el bolso para pagarse una comida y que supongo que su tarjeta de crédito estará bajo mínimos, no creo que pueda llegar a Inglaterra con la rapidez que esta situación requiere si no la llevo yo —contestó Albert bajando las escaleras—Usted y su hermana se han equivocado eligiéndome a mí para estos jueguecitos, señorita White. No pienso volver a hablar de ese bebé. No pienso permitir que sus absurdas acusaciones hagan mella en mí, pero lo que sí le aseguro es que no pienso quitarle el ojo de encima hasta que todo esto se haya solucionado. Le aseguro que va a pagar por haber puesto a prueba mi paciencia.
Candy se quedó helada ante sus palabras y, cuando creyó que la histeria iba a poder con ella, se dijo que, por lo menos, no tendría que preocuparse por cómo iba a volver a casa. Albert Andley tenía razón. Apenas tenía dinero en la tarjeta de crédito. Ni siquiera había pensado en cómo iba a volver a Inglaterra, pues su único deseo había sido encontrar a Albert Andley.
Ya lo había hecho y ahora lo seguía escaleras abajo a toda velocidad, como si estuvieran montados en el mismo tren y no hubiera manera de escapar.
Albert miró al otro lado del pasillo de su avión. El rostro de Candice White estaba tenso, al igual que todo su cuerpo. Estaba mirando fijamente por la ventana como si las nubes fueran fascinantes.
A Albert le hubiera gustado levantarla de la butaca y obligarla a pagar por lo que había hecho, haber irrumpido en su vida y haberlo hecho volver a Inglaterra, país que había abandonado casi un año antes.
Sí, debía pagar, pero, ¿cómo?
Candy no había vuelto a hablar desde que habían salido de su casa, no se había mostrado sorprendida al entrar en el helicóptero que los había llevado al pequeño aeropuerto privado reservado exclusivamente para dignatarios y hombres de negocios. De hecho, en el helicóptero no había tenido ni que explicarle lo que tenía que hacer pues lo había hecho ella sola automáticamente.
Era evidente que estaba acostumbrada a viajar en helicóptero y aquello de alguna manera no encajaba con la imagen que proyectaba. ¿Desde cuándo una joven ataviada con vaqueros y sudadera sabía comportarse como una mujer acostumbrada a una vida lujosa? Albert tuvo que admitirse a sí mismo que la primera apariencia que daba aquella mujer no parecía ser la correcta. Al recordar la gran diferencia que se había obrado en ella cuando se había lavado la cara, no quiso ni imaginarse el cambio que daría si se pusiera un vestido bonito que marcara sus maravillosas curvas...
Candy eligió aquel preciso momento para girarse hacia él y lo sorprendió mirándola intensamente, lo que hizo que se estremeciera de placer y que el corazón le diera un vuelco.
Albert se echó hacia atrás en su butaca y la miró con frialdad. Candy no pudo apartar la mirada, lo que hizo que se ruborizara.
—Explíqueme por qué está usted tan segura de que soy el padre del hijo de su hermana —le pidió Albert a pesar de que le había dicho que no quería volver a hablar del bebé.
Candy hizo todo lo que pudo para no perder la calma. No se podía creer que aquel hombre estuviera mostrándose tan obtuso. A lo mejor, tenía tantas amantes que no sabía cuál era cuál. Claro que, por otra parte, parecía demasiado acostumbrado a seleccionar como para tener un comportamiento así, lo que llevó a Candy a preguntarse de nuevo qué habría visto en su hermana.
—Estoy convencida porque ella misma me lo dijo y yo la creo. Es mi hermana —contestó—. Es evidente que no está usted yendo a Inglaterra porque sí. Lo hace porque sabe que digo la verdad.
Albert apretó los dientes y se inclinó hacia delante haciendo que Candy se echara hacia atrás.
—¿Qué le dijo exactamente?
—Le pregunté quién le había hecho aquello y me dijo que usted, me contó que iba a verlo cuando tuvo el accidente y también me contó que usted le dijo que no quería saber nada de ella. Yo sabía que estaba saliendo con un compañero de trabajo, pero no sabía que fuera usted.
Albert frunció el ceño.
—Según tengo entendido, seguía trabajando para mí. Nada la echó.
—Sí, cuando le he dicho lo de que no quería saber nada de ella me refería al plano personal. Cuando hablamos, estaba muy mal. El accidente que tuvo fue muy grave.
Albert sacudió la cabeza como si de repente comprendiera algo. Claro, ¿cómo no se había dado cuenta antes?
—Supongo que su hermana está al corriente de la fusión y sabe perfectamente lo mal que me vendría en estos momentos un escándalo público —recapacitó en voz alta—. Sé perfectamente lo que se proponen.
Candy se echó hacia delante con las manos apretadas y los ojos escupiendo llamas.
—Señor Andley. Mi hermana está en estos momentos pasándolo muy mal y le aseguro que no está tramando nada y, en cuanto a mí, ¿cree que no tengo nada mejor que hacer que recorrer America en busca de un millonario seductor y déspota?
—Puede dejar de fingir —contestó Albert con frialdad—. Ya no es necesario.
Candy lo miró furiosa, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso en pie iracunda para plantarse ante él con los brazos en jarras.
—Es usted increíble. ¿De veras se cree que es intocable y que puede ir por ahí tratando a las personas así? ¿Se cree que puede tratar a los demás como si fueran juguetes con los que se puede jugar un rato y de los que se puede deshacer cuando se ha aburrido? A lo mejor, eso es lo que ha hecho durante toda su vida, pero le aseguro que a partir de ahora...
En aquel momento, hubo una turbulencia en el avión que hizo que Candy se viera lanzada hacia delante y aterrizara irremediablemente sobre el regazo de Albert Andley.
Candy intentó separarse de él, pero se encontró con que la había agarrado. Al instante, percibió su olor fresco, masculino y almizclado. —Suélteme —le ordenó.
—No —contestó Albert —. Me interesa mucho lo que me estaba diciendo, así que, por favor, siga. Creo que iba usted a decirme cómo iban a ser las cosas a partir de ahora —añadió.
Candy lo miró los ojos y se arrepintió al instante, pues aquel rostro y aquella boca que estaba tan sólo a unos cuantos milímetros de ella...
—Yo... yo...
¿Por qué tenía que sentirse tan atraída físicamente por él? Aquel hombre era su enemigo, el hombre que había dejado plantada a su hermana y que se negaba a aceptar la paternidad de su hijo. Aquel hombre era lo peor de lo peor.
—La verdad es que no me interesa lo que me vaya a contar, lo que me interesa es esto.
Y, dicho aquello y antes de que a Candy le diera tiempo de reaccionar, Albert se apoderó de su boca y Candy se sintió transportada a la tarde anterior. Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo explotaron y se incendiaron. Aquello era una locura, pero el efecto instantáneo que tenía sobre ella era irresistible.
Albert le había deslizado una mano por debajo del suéter y estaba recorriendo su cintura. Al instante, Candy sintió que sus pechos se endurecían y se revolvió al sentir deseo en estado puro pulsando entre sus piernas. Albert gimió contra su boca y Candy sintió que el corazón comenzaba a latirle más deprisa mientras la realidad se tornaba una nebulosa imposible de controlar.
Una de las manos de Albert se posó sobre uno de los pechos. Con dolorosa lentitud, su pulgar encontró y comenzó a acariciar el pezón, cubierto por el encaje del sujetador.
«Más fuerte», pensó Candy mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.
Jamás se había sentido así, jamás había sentido aquel fuego inmediato que había dado al traste con cualquier resistencia. La única vez en la que había estado cerca de sentir aquello había sido...
Sus pensamientos la hicieron dar un respingo y tensarse. La otra mano de Albert estaba buscando su otro pecho y Candy comprobó horrorizada que se había movido para facilitarle el acceso.
Candy se aferró al recuerdo doloroso y consiguió apartarse de Albert echándose hacia atrás. Lo hizo con tanta fuerza que aterrizó sobre la alfombra del pasillo.
¿Qué demonios le había pasado?
Candy se puso en pie con la respiración entrecortada, se llevó el reverso de la mano a la boca y lo miró con los ojos muy abiertos. Cuando se retiró la mano, Albert comprobó que estaba ruborizada, pero no dijo nada.
A Candy le pareció el hombre más inconmovible del mundo.
—No vuelvas a tocarme. Me das asco —le escupió, tuteándolo.
Y antes de que pudiera ver la zozobra que la invadía se giró y corrió al aseo que había en la parte delantera de la cabina, esquivando casi por milagro a la azafata que llegaba con una bandeja de comida y bebida.
Tras un buen rato echándose agua fría en la cara y en las muñecas, Candy salió del baño. Se preguntó qué tipo de embrujo había utilizado aquel hombre con ella y sintió náuseas al pensar que iba a tener que enfrentarse a su hermana cuando ella tampoco había podido evitar sus encantos.
De repente, deseó que aquel hombre, realmente, no fuera el padre del hijo de Annie. Iba a ser la tía del hijo de aquel hombre, no debía olvidarlo. Candy sintió que el estómago le daba un vuelco y temió vomitar.
Tras echar los hombros hacia atrás, entró en la cabina y, para su sorpresa, se la encontró vacía. La azafata se giró hacia ella y Candy se preguntó qué habría hecho Albert . ¿Se habría tirado en paracaídas para escapar de ella?
—El señor Andley está en el despacho que hay en la parte trasera del avión atendiendo una llamada de negocios. Me ha dicho que, si necesita usted algo, me llame. Aterrizaremos en menos de una hora, señorita White —le informó en tono profesional.
Candy asintió.
Evidentemente, Albert tenía un despacho en aquel avión. Seguro que estaba tan asqueado como ella por lo que había ocurrido. Candy se ruborizó al recordarlo Prácticamente, se había abalanzado sobre él y le había dado pie a que siguiera...
Albert estaba sentado en la parte trasera del avión. La llamada telefónica había durado apenas un par de minutos. Todavía sentía el cuerpo caliente y los pantalones demasiado prietos.
Cuando Candy había aterrizado en su regazo, había tenido muy claro lo que tenía que hacer: apartarse de ella y decirle que se fuera a su sitio de nuevo, pero sus brazos habían actuado por cuenta propia y su trasero había encontrado el sitio perfecto entre sus piernas, como si se conocieran de otra vida, y se había sentido tan bien con su cuerpo entre las manos que había olvidado lo enfadado que estaba con ella.
Por otra parte, lo que le había dicho no tenía sentido. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a asumir cómo había sido su vida? Evidentemente no sabía que Albert se había tenido que abrir paso a codazos y patadas y que por causa de alguna fuerza divina había conseguido mantenerse siempre del lado de la ley, pero por poco. Si no hubiera sido por George Jhonson, que los había sacado de las calles, ¿qué habría sido de él y de su hermano?
Albert maldijo a Candy por hacerle pensar en aquellas cosas. Por supuesto, sabía que no era culpa suya, pues el pasado estaba ahí y Albert , aunque tampoco hablaba de él, no lo había negado nunca. Sin embargo, había aprendido por las malas que, cuando uno tiene dinero, los demás se olvidan de cómo lo ha conseguido. Aun así, la acusación de Candy le había dado en punto flaco y no sabía por qué, pues, al fin y al cabo era una completa desconocida.
Albert no quería que nadie lo compadeciera. Sobre todo porque no guardaba buenos recuerdos de lo que había sucedido la única vez que había confiado la verdad a otra persona, una mujer.
Albert se puso en pie. Cuanto antes llegaran a Inglaterra y aclararan aquella farsa, mejor. Y cuanto antes le quedara claro a aquella mujer que no tenía nada que reprocharle, mejor. Albert se prometió a sí mismo que estaría de vuelta en su casa del lago Lakewood aquel mismo día y que ninguna de aquellas mujeres sería una amenaza para él.
Albert volvió a la cabina principal justo cuando el avión estaba aterrizando y Candy evitó mirarlo. Temblaba por dentro, así que se dedicó a mirar por la ventana cómo iban apareciendo los campos, los edificios, los coches...
De repente, se dio cuenta de que estaban en Oxford.
—¿Cómo sabías dónde venir? No te lo he dicho en ningún momento —comentó.
—Lo sé porque ha sido fácil de averiguar —contestó Albert abotonándose la chaqueta.
Candy tuvo que hacer un gran esfuerzo para que sus ojos no se fueran directamente hacia sus labios.
—Ah...
—Lo cierto es que nunca me has dicho para qué querías el dinero exactamente ni tampoco la cifra... te has limitado a hacer tu teatro para darme pena y nada más —comentó Albert en tono aburrido.
Candy sintió que el corazón se le endurecía. Aquel hombre era un bastardo. Lo odiaba. Le había hecho daño a Annie y no pensaba perdonarlo.
Candy intentó mantener la voz calmada mientras le contaba las lesiones que había sufrido su hermana.
—Quiero que la vea el mejor ginecólogo especializado en accidentes del Reino Unido y sólo atiende de manera privada. Aunque tuviera el dinero, ese terapeuta pasa consulta en el centro de Londres, así que nos vamos a tener que mudar allí para que mi hermana pueda ir una vez a la semana ya que no podría aguantar el viaje. La consulta está en Harley Street, así que calcula —contestó en tono picajoso.
Sentía ganas de llorar. Maldición. Si Annie o el bebé sufrían por culpa de aquel hombre... Candy se giró desesperada. No le sorprendería que, cuando aterrizaran, la echara del avión, cerrara la puerta y se volviera a Chicago.
Albert se quedó mirando a Candy y se preguntó si todo aquello formaba parte del juego o si estaba realmente disgustada. Por un momento, se le pasó por la cabeza, hacerla bajar del avión en cuanto hubieran aterrizado, cerrar la puerta y volverse a casa, pero sabía que no podía hacerlo porque Annie White era una realidad.
Aquella mujer estaba relacionada con él y le sería muy fácil vender aquella historia y no iba a permitir que algo así sucediera.
Albert recordó la conversación que acababa de mantener con su secretario en New York. Su hermano pequeño todavía no había aparecido. Si de verdad Annie White estaba embarazada, Archie Andley iba a tener que dar muchas respuestas.
