hello aki sta el sig cap.. espero les agrada
recuerden ke ni la historia ni los personajes me pertenecen..
bye
Capitulo 4
Este ángel de Babilonia era exquisitamente delicada y de rasgos finos. Jasper, al igual que cualquier otro hombre del salón, estaba embelesado. Era incapaz de sacarle los ojos de encima. La danza estaba destinada a encender los sentidos, pero los movimientos de la muchacha tenían una gracia tan sensual que le infería un toque de inocencia. Tal vez lo hiciera para protegerse ya que tenía que actuar delante de tantos hombres. En el caso de Jasper, sin embargo, ya era demasiado tarde. Podía ser el tipo de mujer que vuelve loco a un hombre, con instintos opuestos de deseo y protección, pero, en este momento, él sólo sentía deseo.
Se había preguntado qué tipo de atuendo llevaría, ciertamente no la transparencia reveladora de la bailarina de harén, que, después de todo, era una concubina o una esclava y bailaba para lograr que su amo la eligiera entre muchas esclavas. Esto era América. Un lugar donde las mujeres se cubrían cuidadosamente las extremidades, al menos las buenas mujeres. Pero ésta era una prostituta que bailaba para un público integrado exclusivamente por hombres, de modo que se le permitiría al menos los brazos y parte de las piernas. Y por el tipo de danza, una buena parte del vientre. Pero no era el caso.
Los pantalones de harén comenzaban debajo del ombligo, eran ceñidos en las caderas y el abdomen pero amplios en las piernas y se ajustaban a la altura de los tobillos. La tela no era transparente pero era tan fina que, con ciertos movimientos, se amoldaba a las piernas. La parte superior del mismo material fino era corta, aunque no tan corta como hubiera querido el público, y caía hasta la cintura de los pantalones. Las mangas eran largas y se ajustaban en las muñecas. La parte superior era ceñida a la altura de los senos, pero después caía suelta, de modo que se balanceaba con los movimientos de su cuerpo. El traje esta adornado con pequeñas lentejuelas plateadas que brillaban a la luz de las velas. La bailarina llevaba una ancha faja de dijes en las caderas, la cintura y los tobillos, que sonaban rítmicamente con sus movimientos, demostrando que no era una amateur para esta danza. Esto había resultado obvio desde el mismo instante en que pisó el escenario.
La misma tela de color lavanda había sido utilizada para el largo velo que le cubría el cabello hasta la cintura. Pero el cabello era un poco más largo que el velo y lo llevaba suelto. Era un cabello enrulado, negro como el ébano, y caía sobre sus hombros angostos o se sacudía hacia atrás al compás de sus balanceos. Un velo más corto le cubría el rostro excepto los ojos que, en un primer momento, parecían sesgados. Al observarla atentamente, Jasper pronto se dio cuenta de que era el polvillo negro con que se había maquillado lo que les daba ese efecto. Eso y el hecho de que la muchacha mantenía la vista baja para no mirar directamente al público. Estaba descalza y los pies eran la única parte descubierta del cuerpo, con excepción de los pocos centímetros de ombligo que se dejaban ver ocasionalmente cuando levantaba el pecho durante sus lentas ondulaciones.
Era de esperar que Emmett se conformara con esa insinuante exposición del vientre porque, si Jasper podía impedirlo, sería lo único que vería. Al menos esa noche. ¿Pero cómo haría para controlar la situación si Emmett ya había anunciado sus intenciones? La franqueza le parecía el camino más fácil y eso fue lo que intentó cuando la muchacha finalizó la danza y desapareció por una puerta trasera.
—Tú ya tuviste bastante últimamente, Emmett. Déjame ésta a mí.
—¿Cómo? —el hombre de cabellera morena se dio vuelta. Estaba sorprendido—. ¿Oíste eso, Lazar? Quiere robarme a la mujerzuela de entre las piernas.
—Pero todavía no la tienes entre las piernas. Además, él tiene razón —dijo Lazar en total acuerdo—. Ya te divertiste bastante últimamente. Por otra parte, para ti cualquier mujer está bien pero nuestro Jasper es mucho más peculiar en sus gustos.
—Estoy dispuesto a compartirla.
—Yo no —dijo Jasper acentuando las palabras con la misma suavidad de su tono.
—¿De modo que así son las cosas? —preguntó Emmett medio indignado medio divertido—. Bien, ¿por qué no lo dijiste antes? Tienes las puertas abiertas a la muchacha. Hay que ver si ella te quiere.
Lo dijo con suavidad. Pero al oír que Lazar contenía un suspiro de horror, Emmett se dio cuenta de la crueldad de su burla, no intencional pero real de todas maneras, y empalideció como una mortaja. Era el más apuesto de todos. Las mujeres le adoraban por eso y, desde su juventud, siempre bromeaba con que los trataría altivamente el resto de sus vidas. Pero eso era antes de que Jasper quedara desfigurado al intentar salvarle la vida a su único hermano de una jauría de lobos hambrientos.
—No quise...
Emmett estaba tan consternado que no pudo terminar la frase. Corrió la silla y, con pasos largos, salió por la puerta sin mirar hacia atrás.
—Sólo estaba bromeando —se disculpó Lazar. Sus palabras resonaron dubitativamente en medio del silencio que sólo rodeaba su mesa—. Habría dicho lo mismo hace diez años.
—¿Soy tan estúpido como para no saberlo?
—Cielos, Jasper —protestó Lazar—. Si no fueras tan sensible al respecto...
—Ve tras él antes de que se corte el cuello pensando que me hirió. Dile que mi pellejo es más grueso de lo que ustedes piensan.
Pero no lo era. Emmett le había recordado que las mujeres, al menos las mujeres hermosas, evitarían a Jasper si les fuera posible y eso le lastimaba. Como la mayoría de los hombres, Jasper también las gozaba cuando sentía ganas de hacerlo, pero únicamente prostitutas, mujeres que no tenían mucha oportunidad de elegir una vez que veían el color de su oro. Sin embargo podía sentir su rechazo y por eso no se daba esos gustos con frecuencia.
Se preguntaba por qué lo había olvidado cuando la pequeña hurí había comenzado su danza. ¿Había sido entonces la danza lo que le había dado tantos deseos de poseerla? ¿O era sólo que hacía mucho tiempo que no tenía una mujer debajo? Esta joven había despertando algo muy profundo en él y, por más irónico que pareciera, la danza no le había parecido tan erótica. De todas maneras, ya no importaba. La urgencia había desaparecido. Sin embargo, no tenía ganas de regresar al hotel, donde Emmett y Lazar lo estarían esperando y se darían cuenta de que había cambiado de opinión acerca de la muchacha.
Todavía seguía sentado allí observando cavilosamente a los ocupantes del salón mientras terminaba la cerveza. De pronto, la nueva cantinera entró. No estaba seguro de por qué había reparado en ella. No era nada que mereciera mirarse. Tenía el rostro demacrado, una expresión sombría, el cabello oscuro tirado hacia atrás y un atuendo masculino. Pero la siguió con la mirada mientras recogía una bandeja y limpiaba una mesa que acababa de desocuparse. Su andar era gallardo, sus movimientos enérgicos, demasiado enérgicos para una mujer que parecía tan agotada.
Alice le vio de entrada y tuvo que abstenerse de persignarse. Si alguna vez el diablo estuviera vivo, tendría los ojos de ese hombre, encendido como las llamas amarillas del infierno.
¡Qué curioso! Debía estar más cansada de lo que pensaba y, sin embargo, unos momentos antes se había sentido alborozada. Hacía tanto tiempo que no bailaba. Seis años para ser exactos. Había tenido miedo de haberse olvidado de cómo hacerlo, pero lo desechó. ¿Por qué razón? Durante casi medio año había bailado todas las noches ante la insistencia de Dobbs, después de que Lelia se hubiera fugado con un apostador del barco de vapor.
Lelia había sido la primera bailarina, la que le había enseñado a Alice. Había llegado a la ciudad con un grupo de actores, se había peleado con uno de ellos y había decidido quedarse. Ese había sido el día de suerte de Dobbs ya que Lelia y su danza extranjera le había transformado la taberna. Ya no era un negocio que apenas podía mantenerse, sino uno que redituaba una ganancia decente. Finalmente había conseguido una atracción que pudiera competir con los burdeles y las casas de apuestas que lo rodeaban. Hasta cambió el nombre del lugar para que tuviera que ver con la danza. Y qué arranque de cólera le dio cuando Lelia se fue.
Pero para ese entonces, Alice había aprendido la danza. Al menos su propia versión que para Dobbs era lo suficientemente buena. Era todo lo que tenía para lograr que los clientes siguieran viniendo. Era joven, pero su cuerpo era mucho más voluminoso que ahora. Lelia le había enseñado a usar los polvos y las cremas de la profesión actoral para cambiar drásticamente su aspecto. Eso era importante porque Dobbs no quería que nadie supiera que era ella quien estaba sobre el escenario. Tampoco Alice. Cuando algunos clientes regulares finalmente la descubrieron, Dobbs buscó a otra muchacha para que ella le enseñara la danza.
Se había sentido feliz de retirarse. De la misma manera que adoraba el baile, detestaba la manera en que los hombres del público la miraban. Los comentarios groseros que hacían cuando actuaba eran aún peores. Pero hasta que el pie de April se curara, volvería a bailar. De otra manera, no podría competir con sus vecinos y saldría perdiendo, cosa que nunca aceptaría. Y en ese mismo momento juró que cuando "El Harén" le perteneciera, entrenaría a bailarinas adicionales para no tener que exponerse a que la descubrieran otra vez.
Se estremeció. Sabía muy bien que esos ojos amarillos y ardientes seguían mirándola. Y a pesar de todos sus instintos, que gritaban "No vuelvas a mirarle", lo hizo. El hombre la llamó a su mesa con la mano.
"No seas tonta, muchachita. No es el diablo." Pero nunca había caminado tan lentamente en su vida como lo hizo en este momento, en dirección a ese caballero de tez aceitunada y ropas costosas. De pronto, casi se echa a reír por su propia torpeza. A pocos pasos de él vio que era la luz de las velas que se reflejaban en sus ojos lo que le había dado la sensación de que estaban ardiendo. No eran amarillos sino pardos como el jerez. Se veían hermosos en un rostro de color bronce intenso.
Cuando se acercó a él estaba sonriendo. Sentía un alivio intenso. Sin embargo, era algo que nunca hacía en el salón, porque el buen humor no encajaba con el aspecto sombrío que intentaba demostrar. Ella era sólo Alice, supuestamente la hija soltera de Dobbs. Sin embargo, este hombre le era desconocido. Probablemente era del barco de vapor que partiría por la mañana. No iba a preocuparse por un simple desliz.
—¿En que puedo servirle, señor?
La sonrisa confundió a Jasper. No porque fuera incongruente en un rostro tan exhausto, sino porque las mujeres rara vez le sonreían, al menos no de entrada. Por lo general se sentían incómodas cuando él las descubría mirando, horrorizadas, las heridas de su rostro. Eran esas heridas lo que todos, inclusive los hombres, percibían en primer lugar. Pero esta cantinera aún no las había visto o, si lo había hecho, quizá no lo encontraba tan desagradable por la simple razón de que ella misma era bastante fea.
Se sintió complacido con la reacción de la muchacha. En especial después de los pensamientos turbios que había tenido. De todas maneras, eso no impedía que algo en la joven le llamara la atención, que algo le molestara en el fondo de la mente. Tenía los ojos de una niña sonriente, desbordante de buen humor. Por cierto, no cuadraban con su aspecto. Tampoco sus dientes blancos. Pero él también tenía ojos inusuales y todos los dientes, de modo que decidió que no era eso lo que le preocupaba de la muchacha. Su camisa gris y el chaleco eran masculinos, grandes, no le sentaban; la falda negra de campesina, sin ningún adorno, el cuchillo en la cadera... ¿Para qué diablos podía necesitarlo? Tenía las manos pequeñas, coloradas, callosas de un lado, rosadas y suaves del otro, un marcado constante con la tez pálida del rostro, con ojeras oscuras que revelaban agotamiento, otro marcado contraste, considerando el andar campante que había percibido con anterioridad. La intuición finalmente triunfó y decidió arriesgarse y adivinar.
—Esa pintura negra en los ojos es para ahuyentar al diablo, ¿no es así?
Ante el resuello de la muchacha, echó una carcajada que fue aún mayor cuando ella intentó corregir suavemente el descuido que el había insinuado frotándose fuertemente los ojos. Ahora si tenía sentido, a pesar de toda su peculiaridad. Sobre el escenario se camuflaba el rostro, seguramente porque no era para nada atractiva excepto por sus ojos color verde pálido y sus dientes blancos perfectos. Aquí en el salón camuflaba su cuerpo una vez más, con toda seguridad porque el atuendo que había usado aunque fuera suelto había revelado unas formas muy deseables. La muchacha obviamente jugaba dos roles: la bailarina que provocaba por un lado, y la cantinera que no quería que la molestaran por otro.
—No es gracioso, caballero —dijo con un tono lacónico e irritado. Ahora lo estaba mirando. Suponía que las manchas negras habían desaparecido.
Todavía sonriendo Jasper preguntó:
—¿Desearía que le ayude?
—¿Todavía están... ? No, gracias —dijo entre dientes sin cortesía.
Esta vez tomó la parte inferior de la camisa para volver a intentarlo, sin saber que le había dejado ver una parte del estómago se levantó el cinturón. El buen humor de Jasper se esfumó cuando de repente regresó el deseo, abierto y punzante.
Cuando sus ropas habían vuelto a su lugar, la camisa estaba manchada de negro pero Jasper no veía rastros de pintura en sus ojos. Ahora estaban un tanto hinchados. Hasta las manchas oscuras debajo de los ojos están coloreadas de tanto frotarse. Esto le hizo tomar conciencia de que subiría el precio que iba a ofrecer por ella.
—Si ya terminó de buscarme defectos, tal vez quiera decirme lo que desea. Tengo otros clientes.
—A usted.
—¿Cómo dijo?
—La quiero a usted.
Había escuchado bien la primera vez. Pero debía estar bromeando. Sabía bien el aspecto que tenía. Había pasado siete años perfeccionando el disfraz que sólo le llevaba cinco minutos realizar. Su aspecto estaba destinado a ahuyentar, no a atraer. Y además, este hombre rubio era muy apuesto. Tenía un estilo rudo como una gema sin tallar. También parecía próspero por el corte de su casaca azul marino, bien ceñida sobre su espalda ancha. Pero esa combinación, el dinero y la apariencia, lo convertían en el tipo exacto de hombre al que siempre ella le resultaba invisible.
En un principio había pensado que era español o mexicano, a juzgar por su color moreno y su aspecto decididamente extranjero. Pero reconocería un acento español y ése no era el acento que percibía en su inglés tan correcto. Tal vez era del norte. No eran muchos los norteños que venían por aquí. Se sentían demasiado fastidiados por esta multitud tosca que convocaba "El Harén". Este hombre tenía rasgos enjutos, como de halcón, cejas negras flameantes, labios delgados y derechos, una mandíbula muy pronunciada. Su piel era suave excepto por las cicatrices, unos cortes verticales de uno o dos centímetros que le cubrían la parte superior de la mejilla izquierda. Tenía el mismo tipo de marcas en la quijada, como si algún animal le hubiera hundido los dientes en el rostro y hubiese comenzado a tironear, pero como si alguien lo hubiera detenido justo a tiempo. Las cicatrices le hacían sentir una especie de comprensión por él. Le habían causado dolor y ella entendía bien el dolor. Pero esa empatía no le iba a hacer una broma a costa de sí misma.
La frase explícita del hombre, que la quería a ella, ni siquiera merecía una respuesta de modo que todo lo que dijo fue:
—Creo que Aggie debe encargarse de este pedido. Se la enviaré enseguida.
Se dio vuelta y comenzó a alejarse. Fue entonces cuando sintió que algo la tomaba del cinturón y la echaba hacia atrás. Era su mano. Le dio un tirón contra sus piernas. Esto precipitó una caída sobre su regazo. Por un momento, estaba demasiado asombrada como para moverse; mucho menos para hablar.
Finalmente levantó la mirada y dijo en tono de clara advertencia:
—Esta realmente echando su suerte, señor.
—¡Shhh! —le dijo entre dientes—. No tiene por qué preocuparse. —y le echó cinco piezas de oro de veinticinco dólares en la falda.
Alice sólo contempló el dinero. Nunca antes había visto es cantidad junta. Sabía con certeza que April y Aggie ganaban un dólar o dos por sus favores, que era aún más de lo que Dobbs les pagaba por el trabajo de una noche. Cuando pensó en lo que podía hacer con ese dinero, como por ejemplo contratar más ayuda, comprar ropas nuevas, algo que nunca había hecho... ¿Entonces no estaba bromeando?
Oh, Dios, ayuda. Nunca se había sentido tan tentada como en ese momento. Sus ganas de apretar esas monedas en la palma eran tan fuertes... Él era verdaderamente un diablo para que la idea se le cruzara por la mente. Pero todo lo que tenía que hacer era dejarle que tuviera su virginidad que, después de todo, no estaba reservándosela para nadie. Nunca iba a casarse. ¿Qué tan malo podía resultar? Así de cerca, olía delicioso. Ya había notado que estaba limpio, impecablemente acicalado y no le parecía para nada desagradable mirarle. Sólo tenía que gozar... Oh, Dios. ¿Qué estaba pensando?
—Debe ser un diablo —dijo prodigiosamente más para sí que para su cliente.
El no comprendió a qué se debía ese comentario pero respondió:
—Una creencia compartida por muchos.
La muchacha entrecerró sus ojos verdes.
—Al menos, debería negarlo.
El se rió.
—¿Por qué debería de hacerlo?
—Porque... porque... Olvídelo.
Intentó levantarse pero sus brazos, que la estaban tomando de la cintura, se lo impidieron. Entrecerró los ojos aún más. El todavía sonreía.
—Mire, señor, eligió a la persona equivocada...
Una nueva voz apasionada la interrumpió.
—Jasper, me niego a sentirme culpable por un estúpido desliz de...
—Ahora no, Emmett —Jasper gruño con impaciencia—. Usa los ojos y date cuenta de que estoy ocupado.
Alice giró la cabeza y, de pronto, se encontró contemplando absorta lo que se podría describir como un Adonis de oro: cabello moreno y enrulado, tez dorada y ojos pardos, tan claros como los del hombre que la tenía en sus brazos. Este recién llegado, Emmett, la tenía aferrada con la misma firmeza pero con su encanto. Debía de ser la más hermosa de las criaturas de Dios, la más bella que hubiera visto en toda su vida. De la misma manera, él miraba a Alice como si no pudiera creer lo que veía. Luego sonrió y le preguntó a su amigo:
—¿Abandonaste sin siquiera intentarlo? De todos modos, no tienes que pagar por eso, por el amor de Dios —dijo con disgusto girando la cabeza en dirección a Alice—. Yo me procuraré a la bailarina.
Le llevó a Alice un instante comprender que la habían insultado de la peor de la manera posible. No se suponía que fuera hermosa, pero la decencia hacía que un hombre no lo mencionara. Pero hacerle sentir que ni siquiera era tan buena como para servirles de alfombra... Eso sí dolía, más de lo que hubiera imaginado. El hecho de que pudieran herirla y no menos que lo hiciera un extranjero también la enfurecía. En su interior se debatían dos emociones que no podían convivir.
Quienes pensaban que eran, estos extranjeros, uno creído de que podía comprarla y el otro seguro de que nadie, en su sano juicio, podía hacerlo? Quería desaparecer. Sentía deseos de vengarse. Pero antes tenía que levantarse de la falda del rubio.
Lo logró de inmediato. Los brazos que la tenían aferrada ahora estaban sueltos. Se levantó con toda la dignidad que pudo reunir, puso cuidadosamente las monedas de oro sobre la mesa y, consciente de que "El Harén" había presenciado una escena la noche anterior y no necesitaba otra, se dio vuelta para alejarse. Una decisión sabia de la cual podía estar orgullosa. Sin embargo, de repente, la furia se apoderó de ella. Se dio media vuelta y le dio una bofetada al Adonis de oro con toda su fuerza.
Lo que sucedió después fue muy rápido. Todos tenían los reflejos muy alertas. Emmett levantó la mano con clara intención de pegarle en el trasero, pero Jasper se incorporó de un salto y lo tomó del brazo. Mientras tanto, Alice desenvainó el cuchillo. Por una vez, no le importaba llevar a cabo su amenaza. Ni siquiera les pidió que se retiraran. Mientras ambos permanecían de pie inmóviles mirando el cuchillo, Alice retrocedió, se dio la vuelta y salió corriendo por la puerta trasera. Tan pronto como la muchacha había desaparecido de su vista, Jasper se dirigió a su amigo con un gruñido.
—¡Emmett, tienes la misma sensibilidad de un cerdo!
En el mismo instante Emmett irrumpió incrédulo:
—¡Esa perra me amenazó con un cuchillo!
—No tiene que sorprenderte ya que estabas a punto de pegarle —le hizo notar Jasper con disgusto.
—Y merecidamente. Me había abofeteado.
—Cosa que merecías.
Emmett se encogió de hombros y sonrió.
—¿Qué importa eso, siempre que me perdones por haber hablado de más? Ahora bien, ¿quieres que encuentre a la bailarina para ti?
—Idiota, ésa era la bailarina.
Abrió apenas los ojos. Este fue el único indicio de su sorpresa. Luego dijo de modo imperativo:
—Entonces regresé para salvarte justo a tiempo. Tal vez me lo agradezcas más tarde.
jeje barbaro el emmett no? como se le ocurre insultarla.. bien Alice!
algn review
noz leemos
