Notas— Pues~ tardé dos semanas en actualizar esto. Ya lo tenía pero dejé que pasara un poco de tiempo en lo que "Random" veía la luz del día.

Canción— ¡Sí!, Lo admito, me pillé una canción de Vocaloid. Originalmente quería una de Deemo o Cytus, pero cuando tuve una buena canción, ya era muy tarde en mi mente, así que la música de Deemo se irá para el reino/país que tiene el poder de la música; Bastos/Tréboles (Eso lo explico un poquitito más adelante) Bien, la Asombrosa canción es Tengaku, pero me gusta más de la voz de Glutamine~ (Fue la voz que más me gustó para Arthur.)

¡Nuevamente un gran abrazo y un beso a mi Beta ZoudiaXZoe! Que acabo de darme cuenta que creo que no le avise que comencé a publicar el fic. Epic fail!~

Respuesta a comentarios anónimos:

Hibiscus— ¡Hola nuevamente! Gracias por el comentario, es agradable tenerte de vuelta (dado que eres user anónimo)


The black opera

Acto I - Espadas

IV – Music of heavens


I

Ahora… sonará con ímpetu la espada que destrozará el mundo…— musitó Arthur con una entonación tenue—… del paraíso…—alargó la última nota y tomó nota en su libreta. Salieron de un pequeño pueblo en dónde lo más interesante que había eran una granja en adónde ordeñaban vacas. Comieron en silencio dándose algunos furtivos vistazos entre miradas cómplices y reprobatorias. Para Alfred era fascinante ver la reacción el otro rubio a cualquier cosa que le molestará, es decir; todo. Que sí el té no sabía bien; en su casa habría mejores, claro, que si la crema estaba muy aguada, que si el café era mierda, porque en su casa no se tomaba aquella bebida hedionda. Su, casa, su casa. Arthur tendría que superar el hecho de que ya no estaba en casa —Ahora… el color de la locura… adornará al mundo en plena floración…

—Lo que sea que escribes, da miedo.

—Calla— ordenó sin levantar la vista del cuaderno. Alfred le miró con atención mientras seguía escribiendo palabras al azar—, tengo que hilar todo esto.

—¿Una canción? —preguntó y recibió un asentimiento como respuesta

—¿Qué rima con lluvia?

—He… no lo sé… ¿Un paraguas?

Arthur puso los ojos de blancos, pero de todos modos anotó la palabra, tenía sentido después de todo.

—Ya… estoy cansando, no tiene sentido…— dejó de lado la pluma y le dio una mordida al emparedado y masticó lentamente, como sí eso le ayudará a procesar sus ideas de mejor forma. Cerró la libreta cuando la tinta se secó y perdió la vista en la pradera y algunas vacas que se paseaban de aquí allá. Lo último que deseaba era hacer contacto visual con Alfred, le provocaba nervios y ganas de escupirle en la cara. No lo entendía.

—¿Siempre estás escribiendo canciones o cosas así?

—No…— desvió la vista al té—, de hecho, desde que salimos está mañana las palabras vienen a mi mente, como cuando era niño. Solo qué… no tienen sentido. Son una maraña de letras dentro de mi cabeza, como un globo de nieve que no deja de moverse. No le encuentro sentido.

—¿Cómo sigue tu mano?— lanzó una pregunta al azar logrando hacer que sus miradas se cruzaron. Arthur rápidamente miró su extremidad cubierta por las vendas de hace un día y movió sus dedos.

—Mejor, ya no duele y puedo escribir, así que es ganancia. Quedará una cicatriz, pero…—hizo una pausa para volver a dar un sorbo a su té—, no es nada que el tiempo no cure.

—¡La cicatrices son geniales!— exclamó con entusiasmo—, cuando era niño solía jugar mucho en los campos de Armería, una vez caí a un pozo y me hice una tremenda cicatriz cuando una estaca de hierro me perforó el hombro.

—Eso…— dejó a un lado su bebida e hizo una mueca de asco—, debió de haber dolido.

—¡Meh, no del todo!— dijo con una sonrisa—, me sacaron a tiempo y no pude lanzar la pelota por meses, pero allí esta esa gran cicatriz. Creo que me haré un tatuaje o algo así. ¡No lo sé!, he pensado en un águila o una chica sexy.

Arthur alzó la ceja como solo él sabía hacerlo y lo miró con lastima.

—¿Una chica sexy?

—Como las que hay en el país de Oros ¿No las has visto? Todas son rubias y hermosas.

—Nunca he salido de Espadas, y jamás he visto a alguien de Oros.

—Deberías salir más seguido, hombre, tienes suerte de que te haya ido a rescatar de tu torre.

—Hablas como si hubieras rescatado a una damisela en peligro— Kirkland no evitó esbozar una sonrisa de medio lado, recordar uno de los tantos cuentos—, y ¿qué? ¿Mis hermanos eran los fieros dragones?

—¿Qué va?— meneó la mano con gracia—, eran más como ponis salvajes, nada de cuidado.

—En realidad, lo único que hiciste fue pasar con tu blanco corcel porque yo salté de mi torre, así que… no te lo tomes como un triunfo, yo me rescate solo.

—Bueno…— y eso no evitó que Alfred quitara su radiante cara—, entonces a la próxima vez te salvaré yo ¿Te parece?

—¿Siempre dices esas cosas tan… estúpidas?

—Desde que te conocí, sí —asintió y bebió un poco más de su café—, es extraño

II

Cerca de las diez de la noche Alfred decidió parar el carro en un sendero boscoso en dónde no se podía ver más que el cielo estrellado y la sombra pesada que la luna producía en los árboles.

—¿Por qué hemos parado?

—No veo bien de noche y quiero dormir —respondió el rubio dando un bostezo que no engañaba a los ojos inquisidores de Arthur. Encendió una lámpara de aceite que colgaba el techo en medio de los dos y vio su rostro iluminado por la flama.

—¿Queda muy lejos el siguiente pueblo?

—A una hora o dos de camino— no le dirigió la mirada, se limitó a apagar por completo el motor del vehículo y a salir de éste—¡Oh, diablos, es una noche helada!—volvió al interior y cerró la puerta de un golpe—, creo que es mejor que durmamos adentro.

Arthur elevó su espesa ceja izquierda, entrecerrando el ojo.

—¿Quieres que conduzca yo? Solo dime el camino y podrás dormir.

—Qué buen chiste Arthie, de verdad casi te lo compro, pero no, pasaremos aquí la noche y al caer el sol llegaremos a la ciudad de Paso de Hierro.

—¡No me llames así, idiota que no somos amigos!—exclamó con un visible sonrojo—. Cambiemos de lugar y déjame conducir, no me dormiré en este lugar.

—Yo duermo casi siempre en este lugar —Alfred hizo especial énfasis, echó un vistazo a la parte de atrás—, de hecho duermo allá pero tus cosas abarcan toda mi cama.

—¿Bromeas, cierto?—inquirió y éste meneó la cabeza de forma natural.

—Veras… cuando llevas tanto tiempo viajando no te puedes dar el lujo de estar pagando hoteles caros y esas cosas, muchas veces tendrás que hacer pequeños sacrificios como una noche incomoda, aunque en realidad te acostumbras. Hay veces que no me baño en días porque no hay una ciudad cerca y lo más que me queda es un lago o un poso para recoger algo de agua. A veces el carbón se acaba y debo pasar noches de frio. Eso es todo lo que conlleva ser independiente. ¿Ahora quieres volver a casita con tus hermanitos?

—¡Oh, demonios, eres de lo más despreciable!— le dio un golpe en el brazo.

Tenía que existir un orden dentro de ese vehículo. Cada uno durmió en su asiento reclinándolo hacia atrás, se cubrieron con frazadas, acomodarían las cosas de Arthur en cuanto saliera el sol.

III

La ciudad de Paso de Hierro quedaba más lejos de lo que habían calculado, con cuatro horas de camino arribaron a lo que era una ciudad discreta y menos industrializada que las que habían recorrido. La gente vestía de colores discretos y azules opacos, paseándose con largas túnicas y mangas que rebasaban los dedos, las mujeres eran bonitas con su cabello recogido en pequeños moños adornados con flores y pinzas en forma de mariposas. Para el menor de los Kirkland se le figuró como una de esas ciudades antiguas dónde la tecnología parecía rezagada y las personas aún se fiaban de los animales para acarrear carretas o la fuerza de ellos mismos para moverse de un lugar a otro. Sus facciones eran distintas, los ojos rasgados y la piel ligeramente decolorada por el sol.

—Es bastante tranquila— dijo Arthur saliendo del vehículo, observó que habían parado en una cafetería.

—Muero de hambre, comamos algo y sigamos el camino ¿Te parece?

—Como gustes— espetó con falsa molestia.

Alfred se miraba especialmente disperso, veía a la gente ir y venir de un lugar a otro, de pronto a la puerta y luego a los comensales del negocio. De momentos su vista se centraba en Arthur quien insistía en escribir palabras en su cuaderno al primer instante que tomaron asiento en una mesita cerca de la barra principal.

—¡Hola, soy Mei y seré su camarera! ¿Ya saben que van a pedir?

Frente a la mesa se posó una chiquilla que parecía rondar los dieciséis años, su cabello castaño estaba recogido por una coleta alta y era adornado por una bonita flor de color rosa. Les miró atenta a lo que ordenaran, pero uno de ellos parecía más concentrado en su libreta y el otro miraba alrededor. Mei les miró como un dúo particular, le dio un par de golpes a la mesa para llamar su atención y ambos dieron un respingo.

—Hola— volvió a saludar— ¿Ya saben que van a pedir?

El rubio de ojos azules le miró de arriba abajo como analizándola, desde sus zapatos rosas hasta su entallado vestido azul con delantal blanco.

—Dame lo mejor que tengas linda— Alfred se inclinó ligeramente hacia adelante, posando sus manos en sus mejillas y sosteniendo sus codos en la mesa. ¿Le estaba coqueteando?

—Hoy para el almuerzo tenemos panecillos de carme y sopa de fideos con salsa agridulce— dijo de modo mecánico y sus ojos viajaron hasta los del otro rubio, sin embargo éste no le veía a ella, sino a su compañero. "Si las miradas mataran", pensó y volvió su atención al imbécil que no dejaba de admirarla—¿Quieren pedir eso?

—Sí, dánoslo.

—¿Y para beber?

—Lo que tengas.

—¿Agua de bayas?

—Sí eso.

—Bien, se los traigo en un momento— retiró las cartas y desapareció por la puerta que tenía un letrero que decía "Solo personal autorizado"

Arthur la miró irse y de cómo los ojos de Alfred seguían de cerca las caderas de esa chica, sintió una ira repentina y le golpeó con su libreta haciendo que el rubio saliera de su ensimismamiento de forma abrupta.

—¡Deja de coquetearle!

—¿Qué? ¡Es linda! —se excusó el rubio y como castigo fue golpeado tres veces más como un perro que acababa de cometer una travesura imperdonable.

—¡Estamos aquí para comer, no para socializar!

—Estás molesto— inquirió Alfred con una mueca divertida en su rostro. Entrecerró sus ojos azules con simpatía y le arrebató un sonrojo al de espesas cejas.

—¡No seas idiota, no lo estoy!

—No te preocupes, eres el único chico para mí.

—No-sabes-lo-que-dices— arrastró las palabras y debió sus ojos hasta sus manos temblorosas que sostenían su libreta. Aspiró contando hasta diez y vino una sencilla frase—, oh, esto es bueno— y de pronto, cualquier indicio de irá desapareció producto de su inspiración —Ahora… sonará con ímpetu la espada que destrozará el mundo…

—Esa parte ya me la sé.

—Esa parte es importante, es como la estrofa principal, la espada que destrozará el mundo. Creo que tengo algo bueno en manos.

—¿Y bueno? —Se posicionó en una mejor manera para poder verle de frente—¿Cuándo la acabarás? ¿Crees que sea una pista para lo que viene?

—¿De lo que viene?— dijo sin alzar la cabeza.

—Vamos en busca de la ciudad muerta del Reino de Espadas ¿no te suena tu canción?

—No creo que una cosa tenga que ver con la otra. ¿Por qué siempre haces preguntas?, ¿Por qué simplemente no quedarte callado?

—¿Por qué detenernos? —se carcajeó al mirar el rostro frustrado.

—¡Anda! Cántame lo que tengas. Igual y puedo ayudar.

—Yo —mustió—, no suelo cantar muy a menudo. No se me da.

Alfred lo miró por dos segundos con el gesto fuertemente sorprendido, con sus dos cejas arqueadas y los ojos bien abiertos. Kirkland se ocultó detrás de su cuaderno.

—¿Bromeas? Tienes un don, lo que hiciste en el templo fue mágico y estelar. Una de esas cosas que no se escuchan.

—Yo no lo creo. Nunca antes había cantado así y nadie me ha escuchado.

—Bueno… en realidad creo que soy afortunado— acotó tomando una servilleta de papel, la dobló mientras tarareaba la tonada del templo—, soy el único que tiene la fortuna de haber escuchado el canto de una sirena.

—Dices cosas realmente extrañas. ¿Es tu forma de conquistar chicas?

—No del todo— respondió jugueteando con el papel—, usualmente solo soy así cuando necesito algo de las personas, pero contigo es diferente, puedo ser yo. Tienes razón es extraño—suspiró y le extendió lo que parecía ser una rosa de papel—Las rosas no se dan en cualquier lado, en Espadas es muy difícil que se den, fui doblemente afortunado al haberlos encontrado.

Arthur se retrajo un poco sobre su asiento y aceptó con la mano derecha el obsequio. Lo guando tan rápido como la chica se acercó a ellos con las bebidas y les dijo que su comida demoraría un poco por problemas en la cocina. A cambió les ofreció una canasta con varios panes de diversos sabores.

—¡Oye linda!— le llamó Jones y ésta le miró seriamente—¿Sabes dónde hay buenos clubs y o lugares…ya sabes?

—Si lo que buscar es una cita conmigo, amigo—enfatizó moviendo la pluma entre sus dedos rápidamente— temo decirte que no me interesan los de tu especie.

—¡Oh, sería una lástima, pero no es por eso!— levantó las manos tratando de quitarse cualquier culpa de encima— Mi chico y yo estamos de paso y necesito lugar en dónde obtener información. Si sabes dónde quedan esos lugares interesantes de dudosa reputación te lo agradeceré enormemente.

Mei lo escudriñó genuinamente sorprendida. Ladeó un poco su cadera con discreción para poder admirar el gesto avergonzado del otro muchacho quien escondía el rostro en aquella libreta. ¿Estaba mintiendo o es que simplemente era muy hablador? Posó su mano sobre la mesa y su cuerpo te hizo para adelante dejando ver un poco de su escote, sin embargo el rubio no rompió contacto con sus ojos y eso le hizo darse por satisfecha.

—Hay un club a unas siete o nueve cuadras hacia el centro. Cerca del reloj, sabrán que llegaron cuando las luces dejen el camino y deberán de responder la pregunta para entrar.

—¿Qué pregunta?

La chica se irguió y cruzo sus brazos por debajo de sus pechos, le sonrió.

—¿Qué devora tu vida y no tiene fin?

—¿Eh?

—Ya he hablado demasiado— le hizo un giñó, dio media vuelta y se paseó entre las mesas para atender a otros clientes.

—Devora tu vida…—

—Es el tiempo— respondió Arthur.

—¿Crees?

—Es muy fácil, a cada minuto nos hacemos más viejos y es infinito, como los números.

Alfred lo miró con sincera admiración.

—Y no soy tu chico.

—Si no se lo decía, no me lo iba a querer decir y en teoría, eres mi chico, el único al menos por ahora.

—¡¿Cómo que por ahora!?

—Estás celoso —sonrió de manera risueña.

IV

Encontrar con el lugar fue fácil, pero pasaban de las nueve de la noche y aún varias personas circulaban por las calles. Ambos rubios llegaron a la iglesia, dejando el vehiculo enfrente de la misma. Se sorprendieron de ver el lugar abandonado y lejos de cualquier alma que pasara por allí. Arthur llegó a la conclusión de que la religión que profesaban en ese lugar estaba lejos de ser la misma que la de los viejos tiempos en Espadas. Rodearon la misma encontraron el Reloj a una cuadra entre varios callejones y edificios con muchos departamentos.

—¿Crees que sea aquí?

—No hay mucha luz, y me pareció ve a alguien hacia acá y ahora…— apuntó Kirkland—, ya no está.

—Por sí las dudas, traje a mis hermosas chicas— soltó Alfred palpando las culatas de las armas en sus caderas.

—¡Demonios!, Debes de estar demente para traer eso por la calle.

—Esto, mi querido Arthur, nos puede salvar el trasero, así que, avanza—le dio un par de empujones para que se adentraran a uno de los callejones más oscuros—¿Ves algo que llamé tu atención?

—No del todo, más que ese olor a mierda.

Alfred se detuvo y miró a su alrededor buscando algo en las paredes repletas de rallones.

—El tiempo ¿dices?— preguntó el de ojos azules con su mirada clavada en una línea apuntando hacia el oeste.

—¿Hablas del acertijo?— éste asintió—, sí, pienso qué es el tiempo.

—¿Qué tal un Reloj?

—Bueno… es lo mismo… un Reloj sirve para marcar el tiempo, pero no es infinito, si el reloj se rompe entonces es finito.

—Pero…—ladeó su cabeza, pensando—, existen relojes que a pesar del tiempo siguen funcionando. ¿No es así? Como el que estaba cerca de la iglesia.

—Los Relojes de mecanismo infinito, tengo algunos que traje conmigo y en casa teníamos uno en la sala que ha funcionado desde hace generaciones.

—¡Lo tengo!

Alfred dio una palmada y se giró hacia su compañero para halarlo por la mano y comenzar a correr por los callejones bajo la mirada curiosa de varios nativos. Viraron en varios lados y más de dos veces volvieron por sus pasos. Arthur le pidió explicaciones, pero él solo le respondió que sabía lo que hacía. Corrieron por varios minutos hasta que toparon con una callejuela sin salida.

—Fin del camino.

—No, el tiempo señalaba aquí— apuntó Alfred—, las manecillas me guiaron hasta aquí. Los símbolos en la pared…

—Volvamos… éste lugar no me da buena espina—Arthur miró por dónde había venido y como la oscuridad los absorbía como boca de lobo.

—Quizá me equivoqué en dar la vuelta en la cuarta calle…

—Alfred…

—No, debió de ser en la quinta.

—…oye, escucha Alfred…

—Ahora no Arthur…— se giró para encararlo pero notó que ya no estaba— ¿Arthur?— buscó varias veces con sus ojos azules entrecerrados por el esfuerzo que le conllevaba ver en plena oscuridad. Dio algunos pasos hacia adelante con miedo, sacó la pistola y apunto a algún punto muerto —¡Arthur!

Le escuchó gritar por él a varias calles de diferencia, Alfred corrió hacia lo más próximo que el sonido se esparcía, no contó las calles, ni se fijó en las señales de las paredes, sabía que había sido estúpido haberse metido en un lugar como ese a sabiendas que el plan principal era salir de esas ciudad antes de que anocheciera, pero él quería buscar algunas pistas más que le ayudaran a dar con la ciudad Muerta del Reino de Espadas. Tras largos minutos corriendo, ya sin pista de los llamados de Arthur paró para poder darse un respiro con el alma a punto de salir de su cuerpo y la respiración agitada. Contrajo los brazos hasta el pecho para contener un grito que lo dejaría sin todo el aliento que trataba de recuperar. Maldito el momento en que soltó a Arthur.

Su cuerpo tembló de manera involuntaria y se sostuvo de la pared para no caer. Producto de su rabia apretó los dientes conteniendo las emociones de ira y miedo.

—¡Arthur!

V

Fue arrastrado por varios callejones, con una agarré fuerte que lo tomaba de la cintura y una mano que le impedía hablar, el atraco había sido tan rápido que reaccionó solo cuando el sujeto que lo había secuestrado lo golpeó contra la pared para poder amarrarle las manos. Gritó por el terror, gritó el nombre de Alfred varias veces hasta que se vio impedido de hablar al momento en que cubrían su boca con una pañoleta. Despidió varios sonidos guturales, desesperado y asustado y la poca gente alrededor se ocultaba, pareciendo acostumbrados a esta clase de escenas, pero temiendo las consecuencias de ser un mirón.

Arthur no paró de patalear hasta que, de súbito se habían detenido frente a una puerta de color negro alumbrada nítidamente por una farola de gas. En ella, se apreciaba un reloj mal pintado a mano con los números invertidos, de doce a una y dos, comenzaba de doce, once y diez. El sujeto tocó la puerta tres veces y el rubio intento subir la vista pero tan pronto como movió la cabeza, una mano lo obligó a volver a su posición dejando sus ojos posados en el piso.

—¡Clave!— exclamó una voz del otro lado de la puerta.

—¡Soy yo, abre!

—¡Clave!

Escuchó un gruñido y sintió como las manos que lo apresaban se tensaban.

—¡Clave!— volvió a pedir.

—¡Tiempo, maldito idiota, tiempo! ¡Abre! —soltó con frustración y de inmediato la puerta lees abrió paso.

—¡Hermano!— exclamó con felicidad quien les daba la bienvenida—¡¿Oh, qué traes allí?!

—Un extranjero chismoso.

—¿Y qué pasó?— espetó la segunda voz que parecía más aguda—¿No traía nada de valor?

—Venía con un sujeto armado, no tuve tiempo si quiera de buscar algo. Así que posiblemente podamos pedir una buena recompensa.

—Sabes que no podemos tomar esas decisiones hasta que el hermano mayor nos diga que hacer. Veamos que tiene y tirémoslo por allí.

—Creo que al hermano mayor le gustara éste. No es como sus chicas pero es algo fuera de lo común en esta ciudad, tiene los ojos verdes.

—¡Verdes como el pasto!

—Verdes como esmeraldas. Quizá nos den algo por ellos luego de que el hermano mayor juegue con él.

Arthur se mantuvo quieto y a la expectativa, atento a cualquier momento en que ellos se distrajeran de su conversación. Sin embargo no evitó que su corazón diera un vuelco cuando la charla llegó hasta ese punto. Le dio un pisotón a quien lo sujetaba y empujó con su hombro al segundo hombre para tratar de alejarse de ellos. Corrió por diez metros y de pronto sintió que algo lo sujetaba de su talón, tirándolo al piso haciéndole imposible volver a ponerse de pie cuando un gran pesó se posó sobre su espalda.

—¡Eso, insolente, como le gustan al hermano mayor!— espetó con entusiasmo el segundo chico quien estaba arriba de él, ejerciendo presión sobre su espalda. Arthur gimió ante la fuerza y dejó de luchar— Una lástima, creo que arruine su bonito rostro.

—Deja eso, hermano y llévalo adentro, el juego comienza en media hora y no terminé mis deberes.

—¡Bien, hermano! —exclamó con alegría e inquebrantable voz levantando a su presa sin mucha dificultad.

Al entrar el edificio percibió un tenue olor a flores e incienso. Desdieron varios niveles hasta llevarlo a un apartado lleno de puertas pequeñas. Discutieron entre ellos y finalmente lo echaron a una de esas habitaciones que fungía más como celda que otra cosa. Cayó con un golpe seco, aun con las manos y la boca apresados, no había luz a excepción de la del pasillo que era escasa como para poder apreciar con mejor claridad el rostro de sus secuestradores, le quitaron la pañoleta de la boca y Arthur jaló todo el aire que pudo.

—Quédate aquí y sé lindo —le dijo entre sombras.

—¡Jodete!

—Bien, no seas lindo, pero lo bocón te lo quitara el hermano mayor dónde le respondas de esa manera.

—¡Jodete tú y él también y todos aquí!

—Claro, claro rubiecillo, maldice todo lo que quieras, nadie te podrá escuchar aquí.

—Andando Yong Soo.

—¡Bien, descansa! Hoy el hermano mayor no te podrá atender pero mañana a primera hora ¡Prepárate chico de los ojos verdes! —espetó un fuerte carcajada y se fue de su lado corriendo con gráciles y ligeros pasos.

La puerta de cerró produciendo un crujido cuando el cerrojo fue puesto y lo primero que Arthur atinó a realizar fue tantear el grosor de las cuerdas y el modo en que estaba sujeto. Escapar era la única idea en mente, si Alfred no podría dar con él, entonces debía salvarse así mismo. Nada de cuentos, nada de falsas esperanzas, estaba solo debía actuar tan rápido como pudiera.

Luchó contra las cuerdas pero a medida que trataba de encontrar la solución al enigma de las mismas se iba dado cuenta que se aferraban más a sus muñecas, comenzando a rozar la carne. Desistió a los pocos minutos. Quedó recostado con el perfil apuntando hacia la puerta y el pequeño destello de luz que se filtraba por la ranura de la madera. El olor manaba de allí tan sutilmente que si cerraba los ojos podría aspirar con serenidad la esencia de las flores. Aspiró con profundidad y relajo su cuerpo para ahorrar energías.

¿Por qué… no me voy lejos?… ¿por qué… no puedo hacer nada? —canturreó con un hilo de voz—, ¿Por qué… detenernos?… ¿por qué seguir negándolo?

No tenía sentido.

Entre tantas preguntas que venían a su mente, pasó entre líneas la más importante de todas ¿Alfred lo estaba buscando? En realidad, él no valía nada, quizá no lo aceptaría a la primera, pero tenía un carácter tan fiero que solía morder a las personas más cercanas a él, personas que le importaban como su familia y la ínfima cantidad de seres que alguna vez se interesaron por él. Repasó mil veces los cuestionamientos por su cabeza, tratando de entonarlos como parte de una canción. Tarareó una tonadilla que podría quedar a esas palabras, la líbero de su garganta como un bálsamo para curar sus heridas mentales. Todo había sido tan rápido.

Ahora, sonará con ímpetu la espada que destruirá al mundo…

Repitió varias veces la letra, trayendo consiguió ese efecto sedante a su mente, como en el templo. Mientras cantaba al tiempo de las fuentes ofreciendo un extraño sentido de libertad, lo que le traía aquella letra era más que nada un sentimiento arrebatador de energía, la sustentable emoción de que a pesar de todo, a pesar de estar cantado a un destino fatídico, las cosas iba a salir adelante. Como fuera, debía de ser fuerte a como diera lugar.

¿Por qué… detenernos?… ¿por qué seguir negándolo?

Justo a su lado, cerca de su oído escuchó una tonadita, un pequeño susurro que iba tomando sentido a cada nota. Arthur desvió los ojos, sintiendo un peso acumulado sobre su cabeza y admiró en la oscuridad el brillo de un par de motillas brillantes.

—¿Eres tú?

La criatura resbaló por su rostro y se echó a su lado, imitando la posición en la que se encontraba. Meneó sus orejas verdes y su nariz hizo un gracioso mohín hurgando en aroma florar en el ambiente.

—¿Qué haces aquí, como has llegado?

Su respuesta fue una oreja doblaba hacia adelante, señalándolo.

—¿Me has seguido?— la otra oreja se hizo para adelante y luego ambas se elevaron—¿Cómo entraste?— pero antes de que lanzara otra pregunta, se le vino a la mente algo mejor— ¡Oye, puedes buscar a Alfred! ¡Dile que estoy aquí!, ¡Tráelo aquí!

El ser se elevó lentamente por el aire, mientras movía sus patas delanteras, haciéndole señales que el rubio no supo interpretar ¿Despedida? ¿Aguarda aquí? Flotó hacia la pared contraria a la puerta y traspasó el muro con temor.

Arthur contempló con atención el lugar por dónde había desaparecido aquel conejo volador sin creer lo que acaba de suceder. Esa criatura aparecía y desaparecía cuando le convenía, si quizá, hubiera estado con ellos, le hubiera sido más fácil que Alfred le siguiera el paso. Tendrá que poderle una correr a esa pequeña cosa para la próxima vez.

—Solo espero… qué pueda encontrarme, antes de que me alcance el amanecer… oh, eso también es bueno.

To be continued.


Notas— Mei es Taiwan, Im Yong So es Korea, el otro es Hong Kong (Ok, pensaré un mejor nombre) y pues, ya saben quién es "El hermano mayor" ¿Qué será del Rey y la Reina sin su bonito Jack regañándolos por todo? Bueno, eso es en el siguiente, pero ya saben de qué irá ¿Podrá Al rescatar a su caballerito? Sé que se ve muy cliché lo que pasó, pero Hong Kong tuvo un motivo para secuestrar ese cejón; Promise.

Y bueno, no sé si alcance a actualizar dentro de dos semanitas. He tenido algunos detalles de salud y me encantaría "No tener tiempo"; pero lo tengo y no lo uso en muchas cosas, es horrible haber pasado del estrés de la Universidad a esta vida pausada en la titulación porque no avanzo nada porque el sistema no me deja avanzar (¿) ¡En fin! Les cuento; comencé un pequeño proyecto para no perder el hilo de la escritura y poder practicar con los personajes se llama "Random:Magic Trio" y son pequeños capítulos que narran la vida de estos tres personajes: Arthur, Vlad y Lukas (con todo y parejas) y pues, por si le quieren echar un vistazo, no estaría mal el apoyo.

¡En fin!