Las rosas callaron, presagiando la tormenta. La soledad, que parecía haber asentado su permanente morada en el portal, evidenciaba una nueva crisis, tan inevitable como anunciada; tan diferente a ninguna otra y, sin embargo, sospechosamente similar a todas cuantas habían ocurrido ante los invisibles ojos de esas pequeñas y efímeras hijas de la creación.
Resultaba abrumador que la plena primavera, unida al susurro del viento y al fresco rocío matutino no pudiera ofrecer consuelo alguno para calmar la ansiedad, que llegaba inesperadamente de la mano de la siempre bienvenida visitante.
La joven vagabundeaba sin rumbo, inmersa en personales reflexiones; su silencio compitiendo ventajosamente con el de las rosas cuyos matojos, resplandecientes de color, ofrecían un espectacular contraste a su alma en sombras. Y es que, si la vida fuera sencilla, acaso no sería digna de ese nombre.
Y curioso era, pensaron las rosas, que no se pudiera hacer otra cosa salvo vivir, vivir para contemplar como un añejo sortilegio era atacado despiadadamente por fuerzas desconocidas que causaban tormentas en el devenir.
Las rosas observaban, y temían que la resolución en la esmeralda mirada otrora resplandeciente fuese la equivocada: la salida fácil ante los inexplicables y temidos giros del demencial destino. Destino que, en esta singular ocasión no convocaba tristezas o pérdidas, sino el insano pánico ante la equivocada decisión que propicia perder todo cuanto es importante.
La visitante contempló el horizonte con expresión exigente; como si mirando hacia la lejanía pudiera alcanzar lo no sucedido aún y adivinar el porvenir. El brillo de la incertidumbre y la duda reflejándose de mil formas en sus expresivos y vulnerables ojos.
Las rosas hubieran deseado confortarle; decirle que era bienvenida, que siempre lo había sido, desde aquel instante en que, allende los páramos, sus lágrimas la señalaran como la única respuesta posible para calmar la tristeza de su dueño. Sin embargo, las palabras de la creación son inaudibles para oídos humanos, y nunca el abrumador perfume de las rosas pudo considerarse señal confiable para tomar una decisión trascendente.
Dejando escapar un suspiro de impotencia, Candy contempló el portal, donde cientos de capullos aún permanecían esperando el momento para mostrar al mundo su esplendorosa belleza. Las rosas habían formado siempre parte de ella, desde el mismo día en que corriera hasta el portal. Tal vez desde mucho antes, desde el día en que un broche con un águila y una rosa se extravió entre sus manos en la colina de Pony.
Los Ardley, recordó, habían traído a su vida las rosas: en todos los colores, tamaños y fragancias inimaginables. Y ahora se enfrentaba a la posibilidad de jamás volver a contemplarlas, cuando lo único que deseaba era que permanecieran con ella para siempre.
Igual que deseaba jamás separarse de Albert.
Las palabras del hombre aún permanecían vivas en su mente, añadiendo congoja a su corazón y apesadumbrándole hasta lo indecible. No se trataba de ausencia esta vez, ni de desamor; sino de decisiones determinantes que afectarían el resto de su existencia. No habría marcha atrás, fuese su respuesta la que fuese; y tal cosa se le antojaba una suerte de maldición en vez de aparecer como la bendición que realmente era.
El alma de la joven agonizaba ante el precipicio que representaba para ella la inesperada proposición de Albert. William desde ese día y para siempre. Extrañas circunstancias las que habían llevado las vidas de ambos por senderos sinuosos y escarpados que convergían en momentos, haciéndoles encontrarse para que cada despedida doliera más. El destino era el que la había llevado de la mano del llanto hasta ese lugar, que ahora sabía, era a dónde verdaderamente pertenecía; porque ahí se encontraba todo aquéllo que había llegado a considerar importante, esencial, la vida misma. Su vida y la de él unidas por las rosas.
El destino era todo, menos eludible. No podías jugar con él y esquivarlo, porque jamás te lo permitía. Extraña reflexión, pero más cierta que ninguna otra en lo que a él y ella se refería. Porque ellos habían sido sus víctimas una y otra vez, haciéndoles temer y llorar: temer que lo poco que tenían fuera despiadadamente arrebatado; llorar cada pérdida con la certeza de que, quizás, en el futuro no habría algo que perder, porque el baúl de tu existencia iba quedando irremediablemente vacío.
Las rosas percibían el silencioso lamento que fluía desde el corazón de la joven, contagiando de melancolía todo cuanto se encontraba inmerso en el sortilegio. Ella no podía conocer sobre la magia; pero sí era capaz de trasmitir la tristeza fuera de proporción que la invadía en ese momento tan especial de su historia vital.
Las rosas despertaron entonces, venciendo el letargo que las tenía cautivas, el sortilegio de antaño cobrando fuerza en cada pétalo y cada tallo, haciéndoles hablar en medio del silencio, el viento transmitiendo su mudo mensaje hasta el mismo centro del corazón de su dueña; de aquélla que, bien sabían, continuaba siendo el alivio a la soledad del amo.
Y fue así que Candy contempló las rosas, aspirando su fragancia, y estuvo completamente segura de que no deseaba marcharse. Segura también, que dolería decir "sí" y renunciar a algunos sueños para comenzar a vivir otros; pero que decir "no" la alejaría irremediablemente de ese sitio y, sobre todo, de la única persona a la que realmente no deseaba decir adiós.
Ahora lo sabía.
Y las rosas se lo confirmaron, tan resplandecientes y alegres como jamás las había percibido antes, puesto que nunca antes las había contemplado con el corazón y la mirada inundados de amor: amor por William. Un amor que estaba sacudiendo, cual poderoso terremoto, el centro mismo de su alma. Dejándole sólo plenitud y la certeza de que sólo tenía que abrir los brazos para alcanzar la felicidad.
