¿Veis? Esta vez no he tardado tanto. :D Buéh, no sé si esto seguirá interesándole a tanta gente como al principio, pero eh, mientras le siga interesando a alguien, aquí estará Boogie para seguir actualizando este fic tan bizarro. :)
Así que, muchas gracias a:
Reveire-chan y C. L. AyA
Por seguir de cerca el fic, a pesar de que tardé la vida en volver a subir un capítulo. ¡Os dejo con el capítulo de hoy! :3
Pecado.
Magnolia, Fiore. 27 de abril, 1934.
La oscuridad, los gritos y el color sangre duran una semana y un día. Sólo entonces despierto del letargo al que yo mismo me he inducido. Cuando abro los ojos, todo a mi alrededor es más blanco de lo recordaba; Rogue no está y no hay señales de que vaya a aparecer pronto. Me siento bien con su ausencia, así no tengo que preocuparme de fingir que no está.
Me estremezco en el colchón duro y apestoso al recordar la conversación que tuve con la enfermera Strauss la última vez que la vi. ¿Cómo habrá pasado ella la semana? ¿Habrá venido a verme? Pienso que debería disculparme con ella, sea lo sea que haya hecho. Ella siempre es tan buena conmigo, no sé lo que le pasó, pero no se lo voy a tener en cuenta. Después de todo, ella nunca tiene en cuenta mis ataques de pánico. Lleva conmigo más tiempo que cualquier otra enfermera que yo haya tenido antes, y pienso que es de las más guapas. Su rostro me inspira tranquilidad, aunque sea más blanca que yo mismo. Quizá por eso nunca me he atrevido a decirle lo que pienso de ella, porque también está hecha completamente de blanco. No como la enfermera Rayo de Sol. Sus ojos son los más oscuros que he visto, y tiene sangre, como yo. Ella no es blanca, no es luz, no del todo.
A mi lado escucho la risita socarrona de Rogue, pero no puedo verlo. También debería disculparme con él, hablé de más a pesar de que él me pidió que no lo hiciera.
-Rogue, no pienso hablar contigo hasta que pueda verte.
Pero él sólo ríe de nuevo. No me deja verlo, ni escuchar nada más que su risa infantil. Siempre que va a pasar algo nuevo hace eso, y me saca de mis casillas. Supongo que la enfermera Lisanna se alegrará de que haya despertado por fin. De vez en cuando me ocurren cosas de este estilo; me duermo y no despierto hasta pasados unos días. Hacía mucho tiempo que no me ocurría, debe ser que estuve muy nervioso mientras hablaba con la señorita Strauss. Definitivamente, debo disculparme con ella.
La puerta de la habitación blanca se abre, como todas las mañanas, y yo espero más que nunca que la enfermera Strauss se siente a mi lado y me pregunte cómo he estado. En vez de eso, quien aparece por la puerta es el señor Dreyar. Bajo la mirada a mis pies y trato de contener las lágrimas por no volver a ver a la enfermera Lisanna nunca más.
El señor Dreyar es muy pequeño, aunque viejo, y tiene, cómo no, el pelo blanco. También tiene bigote, igualmente blanco. Como buen director, se preocupa por sus internos, aunque creo que algunos nos visita más que a otros. Esta vez viene con la mirada baja, quizás él sabe lo triste que me pone tener que decirle adiós a la señorita Lisanna.
-¿Sabrá ella que la echaré de menos, señor Dreyar? –Pregunto, puesto que ya sé por qué está él aquí.
-Por supuesto, Sting.
Entonces lo miro, y me debato entre contarle mi última conversación con la enfermera Strauss o no. Probablemente ella ya lo haya hecho, aun así me pregunto si no sería una traición al vínculo de intimidad que compartíamos. Ella me contaba qué tal le iba con los demás enfermos, con las otras enfermeras, con el celador Nanagear; y cambio yo le relataba las conversaciones que mantengo con Rogue. Conseguía hacerme reír con muy poco, y yo me lo pasaba realmente bien con ella. ¿A qué pabellón la habrán trasladado? ¿Habrá encontrado a otro loco como yo con el que conversar acerca de todo? Sonrío, espero que así haya sido.
Deberías contarle lo que pasó, Sting. Yo niego, nervioso de nuevo. No estoy seguro de cómo vaya a reaccionar el señor Dreyar. Además, no puedo ver a Rogue, y eso nunca es buena señal.
El director Makarov se pasea por el cuartucho, que a su lado parece enorme, con sus zapatos claros haciendo ruido sobre el suelo blanco. Su presencia me agita, porque nunca sé qué puede estar pensando. Su semblante siempre permanece impasible las veces que habla conmigo.
-Me gustaría hablar una última vez con ella, señor Dreyar.
Él me mira, y esta vez, la primera, puedo observar un sentimiento confuso en sus ojos.
-Me temo que eso no va a ser posible, muchacho.
-¿Por qué nunca puedo volver a verlas? –Estoy disgustado, de verdad que quiero disculparme con ella.
-Reglas del psiquiátrico, Sting. –Entonces me mira, y vuelvo a ver en sus ojos un sentimiento claro: curiosidad–. De todos modos, ¿por qué quieres verla de nuevo? Nunca me has pedido nada como eso.
Yo me encojo de hombros, tratando que él no note mi ansiedad por disculparme. De verdad que no sé si sería buena idea contarle eso al señor Dreyar.
Si alguien puede ayudarte a hablar con ella de nuevo, es él, Sting. Especula Rogue en su forma incorpórea. Vamos, cuéntaselo, lo estás deseando. Yo sigo debatiéndome entre lo correcto y lo que quisiera hacer. Al final, decido contarle algo, pero no todo.
-Verá, señor Dreyar –veo cómo él alza su mirada astuta hacia mí–, la última vez que hablé con la enfermera Strauss me preguntó acerca de mis anteriores enfermeras. Yo no supe contestarle, porque nunca sé dónde las envía usted, así que ahora tengo curiosidad.
Esa no es la verdad, mentiroso.
El director me mira, medita. Pone su mano alrededor de su mejilla y niega levemente con la cabeza. Puedo notar que él también se está debatiendo internamente. ¿De verdad sería tan malo si yo hablase por última vez con la enfermera Strauss? Sólo para disculparme, nada más. Escucho un siseo mudo que proviene de Rogue, pero me niego a mirar atrás; el director lo notaría y me enviaría a alguien con una jeringuilla hasta arriba de sedante. Ahora no quiero dormir, ¡acabo de despertar! Entonces, como un resorte, la cabeza menuda y blanca del señor Dreyar se gira hacia mí de nueva cuenta.
-¿Recuerdas la razón de tu internamiento, Sting?
La pregunta me pilla de sorpresa. Qué estupidez, no recuerdo nada, sólo tenía cinco años cuando entré a Fairy Tail. Tuerzo la cabeza y entorno los ojos, no lo entiendo.
Como cuando me conectan los cables al cuerpo cuando me olvido de obviar a Rogue, los recuerdos me azotan cruel y dolorosamente. Hay una mujer, es igual que yo, pero femenina. Sus ojos, del mismo color que los míos, están fijos en mí con dureza. Como si yo hubiera hecho algo atroz. Por un momento, parece que la mujer va a llorar, sin embargo se contiene y se limita a quedarse de pie, observando en mi dirección. Como si odiase lo que ve.
"¿Sabes por qué vas al armario, Sting?"
Siento que niego fuertemente, pero mi cabeza y el radio del giro son considerablemente más pequeños de lo que estoy acostumbrado. De pronto empiezo a sentir mucho miedo. Recuerdo el armario, la oscuridad, el miedo y las voces. Entre todas ellas, recuerdo la de Rogue con alivio. Y una voz femenina, de niña, que viene a buscarme para jugar; le dicen que no, que no estoy en casa, pero ella insiste. Insiste porque dice que le habría avisado si me hubiese ido. La mujer que se parece a mí le repite que no estoy, que se marche a casa. Recuerdo la voz como la de la niña de la mariposa. También vienen a mi mente los golpes que doy en el armario, con las manos hechas puños pequeños, como de niño. La niña repite que sabe que estoy en casa, y empieza a correr. Yo golpeo más fuerte la puerta del armario, está oscuro y tengo mucho miedo. Oigo muchas voces, pero yo sólo quiero concentrarme en la de la niña y en que no note que tengo la cara empapada en lágrimas. Oigo a la mujer gritar a la niña, escucho sus pasitos encaminándose al armario. Cuando está llegando a él, la mujer la alcanza, la detiene y le sugiere que se vaya a casa, o llamará a sus padres. La niña refunfuña de nuevo, pero se va. Se va, y yo quiero gritar con fuerza su nombre, pero no me sale la voz. Estoy temblando de miedo, el armario es muy oscuro, las otras voces suenan muy altas y algunas hacen que me haga pis en los pantalones. Las lágrimas mojan toda mi cara, noto los ojos hinchados y los pantalones mojados.
Minutos después, la mujer que se parece a mí abre la puerta del armario y yo respirado aliviado por ver la luz.
"Has hecho que esa niña venga a por ti. ¿Quieres que te separen de mí, Sting, es eso? ¿Odias a tu madre?" Yo niego, digo que no y me lanzo a abrazar sus piernas; todo con tal de no volver al armario. Ella me detiene a centímetros de su falda y me mira severamente. "Odiar a tus padres es un pecado. Y Dios no tolera los pecados." Y vuelve a cerrar la puerta del armario conmigo dentro. Las voces tenebrosas vuelven con más fuerza, yo me abrazo las rodillas y entre susurros deseo estar en el campo, atrapando mariposas con la niña color sangre.
De vuelta al presente, el recuerdo me atenaza la garganta, me enfría el sudor y hace que mire con horror al director Dreyar.
Dios es mala gente.
Hasta aquí por hoy, espero que os haya gustado. :D ¡Nos leemos!
Por cierto, no olvidéis que los reviews son el oxígeno del autor, ¡no me dejéis morir tan joven! D:
Boogie.
