:::::::::::::::::Los caballeros de Atenea::::::::::::::::::::::
El ejército había sido expulsado sin derramamiento de sangre: las armaduras de los caballeros resistieron las balas y los soldados, viéndose desfavorecidos, alzaron bandera blanca y dejaron la isla.
Fernando estaba con el caballero dorado, quien le había pagado una posada para que pasara la noche. El niño le estaba agradecido, a ese hombre, fuerte, grandioso, vestido con una armadura de oro.
"Señor, ¿usted es un caballero de alguna orden?" –Le preguntó algo tímido.
"Fernando, ¿No sabes que son los caballeros de Atenea?"
"No, ¿Usted es uno?" –Se emocionó.
"Soy Dohko, el caballero dorado de Libra, nosotros velamos por la paz y la justicia. Debes entender porque estamos contra esta guerra; ya lleva cinco años. Tú, por ejemplo, no debes recordar lo que era la paz."
"Señor Dohko de Libra." –Saltó y se paró decidido frente al santo. –"Yo quisiera también ser un caballero, y luchar por la paz, la justicia, el amor y por la diosa que vela por nosotros" –Le rogó.
Dohko notó cierto potencial en él, al decir esas palabras, al apretar el puño frente sí, sintió que el chico liberaba algo de cosmos. No por azar le había dicho que era un caballero: eso no lo podía saber cualquier persona.
"Estoy seguro de que lo lograrás, ven, acompáñame al santuario, donde los jóvenes entrenan." –Le dijo extendiéndole la mano. Fernando ya no tenía padres, ni hogar, ni algo que le impidiera dedicar su vida a sus ideales: sería un caballero, un hombre que vele por la justicia, la paz, el amor, la vida, el niño de antes…
"¡Señor, espere!" –Gritó parándose en seco. –"Había un niño, un niño herido en el bosque, estaba confundido y yo… él todavía debe seguir allí." –Dijo arrastrándolo hacia el lugar referido.
Dohko y Fernando buscaron toda la mañana al niño, sin resultado. El español temía que los soldados lo hubieran encontrado antes, o que él hubiese ido al pueblo y allí -mejor no pensarlo- lo habían matado.
"Fernando, iré al pueblo, quédate aquí." -Le dijo el rejuvenecido anciano. Era mejor ir solo al lugar de destrucción, debía haber muchos cadáveres, sin embargo, no pensaba así encontrar al chico perdido con vida, sino más bien quería constatar si había un espectro involucrado.
Caminó entre las ruinas, el ambiente olía a quemado y a muerto, y aun seguían algunas ascuas. Algunas casas ya no tenían sus cuatro murallas erguidas, revelando familias enteras manchando las alfombras con su sangre. Macabro. En la plaza escuchó un ruido: parecía alguien golpeando algo. Dohko se acercó a la fuente del sonido: un niño. El chico de no más de seis años golpeaba con su pie un trozo de pared, mientras hablaba con nadie. Tenía varias marcas de golpes en el cuerpo, la ropa hecha jirones y lleno de barro.
"¿Así que usted tampoco ha visto a un vivo? Mire, como yo." –Parecía contarle a un cadáver que estaba junto a él. –"Ellas tampoco han visto un vivo como yo, de nombre Fernando, pero nadie tampoco las ve a ellas, las cositas brillantes, ¿Usted las ve?"
"Niño, ¿A qué te refieres?" –Le preguntó confundido el caballero.
"Miren, es otro vivo. Disculpe, pero no le hablaba a usted. Soy un vivo, usted es un vivo, ¿verdad?"
Dohko quedó sorprendido por la cantidad de almas que rodeaban al chico, y sobre todo, del hecho de que pudiera verlas. El albino seguía sonriente esperando su respuesta.
"Sí, soy Dohko de Libra. ¿Cuál es tu nombre, niño?"
"Me llaman Muerto, Niño, no sé cuál es mi nombre."
"¿Qué haces aquí?"
"Me perdí y seguí a unos vivos de trajes raros, como el suyo, pero mucho más feo y verde. Buscaba vivos y los encontré, pero se pusieron a reír, y a mí no me dio gracia, y les dije que los mataría, y pues comenzaron a jugar conmigo. Luego me dejaron solo, así comencé a hablar con los muertos. Ellos no me golpean, por lo menos."
Dohko arropó al chico con su capa y lo cogió en brazos: ¿Había encontrado al niño del que hablaba Fernando? Caminó de vuelta al bosque con él y decenas de almas siguiéndole.
::::::::::::::::::El niño del hospital abandonado::::::::::::::::
Senaquerib de Cerbero lo había encontrado vagando entre las ruinas de un hospital para niños. Los soldados habían entrado y reclutado a la fuerza a todos los médicos y enfermeras del lugar, dejando a los niños enfermos a su suerte. Apenas se había enterado de ello había ido él mismo al lugar, pero era demasiado tarde: todos los niños yacían muertos en sus camillas, en los pasillos, en las salas de operaciones. Todos, excepto el chiquillo que le miraba con ojos inquietos, el chico sólo vestido con un pijama con caritas felices.
"Hola, niño, ¿Te sientes bien? Vengo a sacarte de este infierno, tú has tenido más suerte que tus amiguitos. Ven, no sigas viendo esta escena de muerte, ven."
"No puedo." –Le dijo el niño, en griego.
"¿No? Ven, no tienes nada que temer, no hay adultos aquí cuidándoles, ni hombres con armas, se los llevaron; tienes que salir de aquí."
"No puedo, señor, él me dice que no debo ir, que usted es un extraño." –Corrió dentro de una habitación.
El caballero estaba algo perturbado, pero le emocionó que hubiese otro niño vivo allí y le siguió. La sala del chico estaba desordenada, llena de cables y tuberías que reposaban sobre una camilla. Una mesa llena de medicamentos, unas jeringas vacías y una bolsa de sangre colgando de un sujetador. El chico estaba sobre la camilla rodeado de dibujos que había hecho. Senaquerib se le acercó y se sentó a su lado.
"¿Qué es eso, niño?"
"Somos él y yo." –El dibujo que señalaba mostraba dos niños tomados de la mano: además de que uno estaba feliz y el otro enojado, no había diferencia entre ellos. –"Él es Adelphos, y este otro soy yo."
"Y, ¿Cuál es tu nombre, niño?" –Le sonrió el caballero de plata.
"Adelphos, señor." –Le sonrió también el menor.
"Ah, no, no el de tu amigo, el tuyo, niño." –Le repitió confundido.
"Mi nombre es Adelphos, señor de armadura plateada." –Le repitió algo molesto. –"Él se llama Adelphos, y yo me llamo Adelphos, así como usted también tiene un nombre."
"Soy Senaquerib de Cerbero, Adelphos. Así que ambos tienen el mismo nombre. ¿Y dónde está tu amigo?"
"Aquí."
"¿Escondido?"
"Señor, estamos aquí." –Se comenzaba a impacientar. –"Es por eso que siempre Adelphos está enfadado, nadie le habla, lo tratan como si fuera invisible. Los doctores sólo se preocupaban de mí, aun cuando él estaba grave, aun cuando se iba a morir… usted también lo ignora. Sólo yo lo quiero."
El caballero de Cerbero veía que con su conversación no llegaba a nada, y que si ese chico estaba internado en esa clínica, como la etiqueta de la puerta indicaba, en la zona de psiquiatría infantil, ya sabía la causa.
"Entonces me acompañarán ambos, ¿Les parece?" –Le siguió el juego. –"Una poderosa constelación te acuna, Adelphos, tienes una importante misión en este mundo, y debes prepararte para ella."
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"Fernando, ¿Este chico es el que dices?" Preguntó el caballero.
"¡Niño, estás bien!" –Gritó de alegría el español. El caballero bajó al chico para que reuniera con Fernando.
"Fernando, no me dejes solo otra vez, no quiero jugar con otros vivos que no sean tú y el vivo señor Dohko." –Abrazó a su amigo con los ojos humedecidos.
"Perdón, niño. Te prometo que nunca más te dejaré solo, desde ahora serás mi hermano menor." –Le sonrió.
"¿Hermano menor? ¿Y cómo me llamo?"
Fernando no entendía. Dohko se acercó y le susurró que el chico no recordaba nada –eso explicaría que la grave herida en su cabeza era producto de un violento golpe- y que debería seguirle el juego. Era delicado tratar con un chico así.
"Pues eres italiano, ¿no? Podría ser el nombre de alguien famoso. ¿Te parece Michelángelo, como el prodigioso escultor Michelángelo Buonarroti?" –Le propuso dudoso el pelinegro. –"Mis padres me llamaron Fernando por Fernando II de Aragón, rey católico de España."
"Qué nombre más cursi, pero está bien, uno no elige los nombres." –Dijo conforme. -"Tengo hambre." –Volvió a decir.
Dohko los llevó a un local para que comieran, luego el viaje al santuario sería largo. Mientras pensaba que ya había acumulado demasiados discípulos, más del único que tomaba antes. Pero ante la escasez de caballeros por la guerra, ¿Qué más daba tener a dos a cargo? Además se había hecho de dos niños con gran potencial para llegar a ser santos.
Una vez estuvieron satisfechos Dohko los llevó al santuario: en el camino, ambos chiquillos se hicieron más unidos. Fernando era un verdadero hermano mayor para Michelángelo, lo protegía, jugaba con él y le explicaba las dudas que tenía en su confundida –más bien trastornada- cabecita; mientras que el menor le daba al español una razón más para ser mejor, le daba un nuevo sentimiento de fraternidad que poco había sentido sino a sus padres. Él era muy serio y estricto para su edad, digno varón español, pero ese pequeño italiano le había ablandado su férreo corazón, no con terror, como la guerra, sino con piedad y compasión, el deseo de proteger a ese humanito tan débil e inocente, frágil y confundido.
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¿Por qué elegí a Dohko? En parte porque creo que es mejor para entrenar a mi pequeño Fernando, y en otra parte por Shiryu. De hecho hay una (creo) notoria ironía, porque Fernando estará destinado a usar cierta armadura.
Además ese otro niño… bueno, en los siguientes capítulos se sabrá. También mostraré que tal le va a Blaise.
Notas: Adelphos, según la fuente que leí, significa "hermano"
Gracias por leer.
