¡Hey, hola! Vamos avanzando, aviso que en la parte final hay notas sobre las ciudades, por si un día quieren regresar sobre sus pasos porque quizá olvidaron de cuál hablo.

Muchas gracias por todas las lecturas, háganme saber si la historia les gusta :).

Saludos.


-3-

Lo que el destino dictó

5 años después de la "Noche negra".

Elsa miró su plato y un vuelco en el estómago le impidió seguir viendo la comida. Alejó su cena a una distancia prudente y sintió cómo el sudor frío recorrió su sien izquierda. Hace tres días habían encontrado una decena de cadáveres en el río, completamente en estado de descomposición. Entre ellos había niños. No podía ingerir ningún alimento, más que alguna fruta, desde entonces.

―Lo siento, tengo que retirarme. No me siento bien ―dejó su servilleta a un lado y se levantó de su silla. Varios pares de ojos la observaron.

―¿Evan? Evan vuelve aquí ―una voz llamó, pero no hizo caso.

Salió casi corriendo de la casa, dando tumbos e intentando sostenerse de los objetos que encontraba. Todo daba vueltas. Tragó saliva e intentó calmar la adrenalina que corría por sus venas. Estaba oscuro y sólo las velas de las demás cabañas iluminaban un poco las afueras. Corrió, tropezándose varias veces con las rocas y arbustos. Los recuerdos venían a ella como una torre de naipes cayendo al vacío. Había tres niños. Tres niños que posiblemente no tenían la culpa de nada, que eran de algún pueblo cercano y ahora estaban muertos.

Su cuerpo se sostuvo abruptamente, chocando con un árbol. Jadeó varias veces, sintiendo cómo sus ojos comenzaban a picar. El ruido del río era lo único que se escuchaba ahora, eso y su respiración agitada, como después de cada entrenamiento con Christian.

Sus piernas perdieron la fuerza y cayó de rodillas al suelo. Se llevó una mano al pecho, justo en el lugar donde le dolía y tenía guardado cada muerte desde el día que se despidió de su padre. El colgante que le había regalado su madre fue resguardado entre su mano izquierda, enguantada, evitando el brillo oscuro que parecía retener todas las noches en su interior.

―¿Evan? ―Elsa dio un respingo y volvió la cabeza hacia atrás, una mata de cabello rubio apareció, seguido de unos grandes ojos verdes que la miraron con preocupación. Era Rapunzel que llevaba una lámpara de aceite consigo―. Oh, dioses, ¿estás bien?

―Es-estoy bien ―dijo, sintiendo la garganta completamente seca.

Rapunzel se acercó a ella con timidez y se arrodilló a su lado. Tenía un vestido de color lila, que ahora se estaba llenando de barro, pero que había estrenado esa noche por el cumpleaños de Helena Bjorgman. La ojiverde la miró por un instante y sonrió; con la luz amarillenta, sus ojos lucían más brillantes de lo normal.

―Gerda estaba preocupada.

―Gerda siempre lo está ―se sentó sobre las hojas, dejando descansar su espalda en el tronco del árbol―. No deberías estar aquí.

La chica se encogió de hombros y se sentó a su lado.

―Está bien, ellos saben que estoy contigo.

Elsa asintió y prefirió callar. Desde que habían llegado, Kristoff y Rapunzel habían sido los más cercanos a ella. Ambos sabían de sus poderes que, con el tiempo, fueron imposibles de esconder a la joven rubia, porque pasaban mucho tiempo juntas y, para entonces, Elsa apenas podía manejarlos correctamente, incluso cuando había optado por usar los guantes que Gerda le había entregado. Solía estar ansiosa, cada vez que llegaban noticias de la Capital sentía que cargaba con todo el peso de las rebeliones y muertes. Era un constante miedo de que un día los encontraran los soldados o, en el peor caso, la Oscuridad, y entonces todo terminara y la esperanza se redujera a cenizas.

Rapunzel pareció entender lo que le ocurría. Se acercó aún más a ella y puso una mano sobre su hombro. Elsa le brindó una mirada perdida.

―Yo también pienso en ellos, Evan ―dijo la niña―. No fue justo. Como tampoco es justo que te dejes vencer. Van a ocurrir cosas peores, lo sabes. Yo lo sé. Y tenemos que estar unidos, por nuestras familias…

Por dos segundos, Elsa vio en Rapunzel algo más que la pequeña niña de doce años que la seguía a todas partes. Lucía más fuerte, incluso que ella misma. Quizá el trabajo que se le tenía asignado no era realmente para una persona como ella… con el carácter tan blando. Tenía que crecer si quería que el reino regresara a ser lo que un día fue en la monarquía de su padre.

―Voy a estar bien.

Rapunzel la miró con cariño.

―Lo sé, eres más fuerte de lo que crees.

Le sonrió de vuelta para menguar sus miedos y despreocupar a su amiga.

Todo había cambiado desde La noche negra, y se fueron enterando poco a poco, con las noticias que llegaban atrasadas por semanas. El fiordo de Arendelle se había llenado de buques de guerra y millares de soldados extranjeros caminaron sobre la ciudad, con estandartes del "conquistador". Los nobles fueron desalojados de sus tierras y muchas familias perdieron sus títulos y desaparecieron. Algunos escaparon y se refugiaron en otros países, los que no tuvieron la fortuna, terminaron en la calle o simplemente murieron. Los primeros meses hubo ejecuciones en masa, cada vez que un soldado o un seguidor de la desaparecida familia real de Arendelle se negaba a cambiarse de bando. La gente tenía pánico, varias familias vendieron sus posesiones para conseguir un mendrugo de pan. Centenares de mujeres y niños ―los más indefensos― desaparecieron y fueron encontrados después, como esclavos o asesinados en las orillas de las carreteras.

Fue sólo el inicio. Todavía mucho después, innumerables personas se preguntaban quién había sido capaz de destruir toda una nación y con qué motivos. Ni siquiera Gerda pudo darle una respuesta. Las dudas se fueron aclarando poco a poco, y los rumores empezaron a expandirse por todo el reino y, luego, por el continente entero, cruzando montañas, ríos, lagos, mares y tierras lejanas. Arendelle fue el primero en caer, luego siguió Corona y Southern Isles; Cornualles y varios reinos pequeños que tuvieron la desgracia de estar cerca de Arendelle, el más próspero antes de su caída, fueron los últimos, a menos hasta ese momento.

Hubo decenas de sublevaciones, claro, Elsa aún recordaba la que había ocurrido el año anterior a ese, porque habían colgado las cabezas de los rebeldes en varias picas a las afueras del castillo. Varios países estuvieron a punto de declarar la guerra, pero cuando la oscuridad llegaba… No había nada por hacer. Muchos decían que enfrentarse a las sombras era peor que ser asesinado, decían incluso que corrompían tu alma y luego la desaparecían, como si jamás hubieras existido. Empezó como un mito, pero los rumores de la magia oscura que velaba al antiguo Arendelle cobró vida y los países se vieron obligados a desistir, para dejar a los caídos a su suerte. El miedo… el miedo era quien gobernaba. Un poder sin rostro destruyó la gran civilización que se había erigido en siglos de monarquía, y un tirano nació entre las sombras y sembró el caos, el odio y la tristeza en la gente. Por meses, que luego se convirtieron en años, sólo hubo una densa oscuridad… y la gente calló y se sometió sin voz.

La siguiente etapa fue el silencio. Y el silencio en el que estaban era frío, marchito y desolador.

Elsa trataba de no pensar en eso a veces, porque aún no sabía cómo era posible encontrarle una solución a todo el caos. Por el momento, ambas chicas se levantaron y sacudieron la suciedad de la ropa. Rapunzel le tomó la mano antes de dirigirse con ella hacia el río, quizá para enfrentar sus miedos. A la luz de la lámpara se le unió el brillo de la luna, justo cuando salieron de los frondosos árboles y se sentaron en unas piedras erosionadas por el agua. Se quedaron ahí un rato, hasta que el corazón le dejó de martillear tanto y la mano de la otra rubia dejó de hacer tanta presión en la suya.

Al otro lado, Elsa vio una pequeña estela de luz. Apenas un puño que brillaba y se apagaba, como una luciérnaga gorda. Frunció el ceño cuando se hizo más grande, de un color más profundo, casi azul.

―¿Rapunzel? ¿Tú también puedes verlo? ―inquirió, sin moverse un ápice.

―¿El qué? ―dijo la niña, mirando hacia donde ella. No encontró nada.

Cuando Rapunzel dijo eso, Elsa vaciló. No estaba tan segura de seguir insistiendo.

―Nada ―respondió―. No es nada.

Pero la luz no se fue. Siguió suspendida al otro lado del río, como si la esperara pacientemente. Y lo hizo, durante días, cada vez que miraba hacia ahí. Lo intrigante fue que nadie podía verlo, sólo ella. Ni siquiera Kristoff, que pareció mirarla como si se hubiera comido un puñado de bichos cuando le mencionó sobre la luz. Él también dijo que era mejor avisar a su padre, pero fue algo a lo que Elsa se negó tercamente, porque el hombre tenía las suficientes preocupaciones encima como para preocuparse por algunas alucinaciones sin sentido.

Al quinto día, Elsa decidió cruzar el río.

Esperó a que estuviera sola y nadie la hubiera seguido, entonces creó un pequeño puente de hielo que, rogó, se hubiera derretido cuando alguien llegara hasta ese sitio. En un inicio, los árboles no dejaron que viera a esa pequeña luz escurridiza, pero luego que la encontró, al fin pudo acercarse y verificar que no la estaba imaginando. Despedía un aura azul. Cada vez que quería tocarla, esta se esfumaba y reaparecía en otro lugar. Tuvo que cazarla, hasta que la orilla del río desapareció y la espesura de los árboles se hizo más grande. No tuvo idea de cuánto tiempo había transcurrido, pero cuando se dio cuenta, los pájaros, normalmente llenando todo el bosque, habían dejado de trinar y un silencio que era opacado por un suave viento se había instalado, como si tratara de adormecerla.

Elsa escuchó un ruido a sus espaldas, lo que la hizo quedarse completamente quieta y agudizar el oído. No tenía con qué defenderse, a excepción de la navaja que Christian le había obsequiado un día cuando fueron a pescar. El sonido se hizo más cercano. Las hojas se removieron, su respiración se cortó de golpe y el miedo empezó a enfriar sus palmas.

Una mano tocó su hombro. Elsa gritó, y el chillido que salió de su garganta valió para que una escandalosa risa se escuchara a su lado. Era Kristoff.

―¡Kritoff, pedazo de idiota! ¡Me has dado un susto de muerte!

El chico siguió riéndose, sosteniéndose el estómago e intentando calmarse, pero la mirada asesina de Elsa sólo hacía que volviera el ataque de risa.

―Ese no es el lenguaje que debería usar una princesa, Elsa. Por cierto, ¿estás demente? Alguien podría ver el puente que has hecho, tienes suerte que todos estén ocupados a estas horas o tendrías muchos problemas.

Elsa frunció el ceño, aún molesta, y le advirtió con la mirada que dejara de reñirla. Ignoró la parte en la que tendría problemas.

―Sabes que no puedes decir mi nombre, ni siquiera insinuarlo. Es la última vez que te lo digo, esta vez es en serio.

Se alejó de él y siguió caminando hacia el norte, en donde se había perdido la luz. El rubio trató de seguirle el paso, pero era menos ágil que ella y las rocas y arbustos hacían que se quedara más atrás.

―Oh, vamos, Elsa. Sólo estaba bromeando. Eres demasiado sensible, pero tienes suerte, al menos no le diré a Rapunzel que su novio es en realidad…

Una bola de nieve compacta se estrelló en el rostro de Kristoff, haciendo que diera dos pasos hacia atrás y gimiera por la frialdad.

―Cállate ―La rubia ordenó, sin mirarlo. Se había detenido.

Kristoff iba a protestar, pero se dio cuenta que la chica hablaba en serio y se guardó las quejas para después. Empezó a limpiarse los restos de nieve mientras se acercaba a ella con cuidado.

―¿Qué es? ―susurró.

Elsa no se movió, seguía mirando hacia adelante. Nadie más que ella podía verla.

―Está ahí…

―¿El qué?

―Agh, eres tan inservible a veces.

―¡Hey!

Kristoff la siguió por detrás. Parecían estar cazando algo, aunque el muchacho no sabía lo que era y la princesa parecía no querer cooperar con información. El bosque se hizo más oscuro, y algunas enredaderas se atoraban en sus botas. Las ramas estaban tan cercanas unas a otras, que le producían algunos arañazos cuando no podía meterse entre ellas. Elsa siguió avanzando hacia adelante.

―Elsa, Elsa eso es todo. No podemos seguir avanzando, nunca hemos llegado a esta parte. Tenemos que regresar.

―¿Qué te dije sobre el nombre? ―la terca chica dijo, pero Kristoff ya no podía verla porque se había escabullido en un instante.

Elsa tuvo que arrodillarse y casi arrastrarse entre las rocas y el musgo. La tierra estaba húmeda bajo ella y se impregnaba fácilmente en su ropa y guantes, ensuciándola al instante. Escuchó el llamado de Kristoff, pero no se detuvo, la pequeña bola de luz seguía llamándola; estaba tan cerca. Era una fuerza poderosa, no la iba a dejar ir esta vez. Entonces sucedió algo con su colgante, empezó a brillar con una luz azul profunda, nunca había irradiado ese color. Jadeó con sorpresa cuando el objeto se elevó, como si una fuerza magnética lo atrajera. Miró hacia el frente. La luz que había seguido estaba frente a ella, a menos de medio metro. Una sonrisa se formó en sus labios; sus ojos no se apartaban de ella.

―¿Elsa? ―Kristoff habló, arrastrándose también, la tomó del brazo. Él no veía nada―. ¿Qué está…?

Ya lo tenía. Levantó la mano.

En un parpadeo habían desaparecido.

Un tirón suficientemente fuerte para hacer que su estómago diera un vuelco fue lo que sucedió y, a continuación, la sensación de sentirse ligera. Cerró los ojos fuertemente. Lo siguiente que supo, fue que Kristoff estaba gritando a su lado. Abrió los ojos, despacio, y vio al chico tratando de sentarse y mirando hacia todas partes, sin entender lo que había sucedido. Ella seguía en la misma posición, con el pecho en la tierra y la mano levantada. No había más luz, tampoco estaban en el mismo lugar.

―¡Qué hiciste! ¡Qué hiciste ahora! Oh, por los dioses, ¡Gerda nos va a matar! No debí seguirte, no debí seguirte, siempre me pasa esto por tu culpa.

Por extraño que pareciera, ella estaba tranquila. Se levantó y se sacudió los pantalones sólo por costumbre. Miró hacia su alrededor y se encontró con varias rocas gigantes y un paisaje bastante caliente. También había una ligera neblina. Kristoff siguió hiperventilando en el piso.

―Sabía que no era mi imaginación ―le dijo al chico, caminando para observar más de cerca el lugar, justo al centro se encontró con más rocas, pero estas eran redondas y de un tamaño regular. Tenían musgo encima.

―¿Dónde estamos? ―preguntó Kristoff, levantándose de un salto cuando ella se alejó demasiado de él.

―No tengo idea.

―¡Qué! ¿Estás loca? Tú y tu… magia. ¿Ahora también puedes hacer esto? Y mañana qué, ¿podrás volar o manipular el fuego?

―Eso sería interesante… ―murmuró distraída, echándole un vistazo a las rocas y a los dibujos, parecidos a unas runas, en el suelo―. ¿Has visto esto?

El chico miró hacia donde ella indicaba pero negó al instante.

―No quiero verlo. Esto no es un juego, tenemos que volver a casa. Ahora.

―Cálmate ―lo tranquilizó, con los recuerdos dando vueltas en la cabeza―. Un mapa… ―susurró―. El colgante… ¡El colgante nos trajo aquí!

Dio un salto hasta que su nariz casi chocó con la de Kristoff.

―¿Esa cosa vieja?

―¡¿Pero por qué?! ―Ignoró al muchacho―. Ella dijo que era un mapa, pero… ¿acaso estas cosas son posibles?

Se despegó de su amigo e intentó sacar recuerdos de la última noche en la que habló con su madre. Había pasado mucho tiempo y todo se hacía borroso. A veces incluso olvidaba el sonido de la voz de sus padres, lo que la hacía quedarse quieta por varios minutos para tratar de recrearlas en su cabeza, sólo para darse cuenta, después, que se habían distorsionado mucho y ahora sólo eran un eco que el viento se llevaría pronto.

―¡Elsa, ya basta!

Cuando el grito de Kristoff resonó por todo el lugar, el ruido de varias piedras hizo que ambos temieran que de pronto una montaña se desplomara encima de ellos; pero lo único que ocurrió fue que las rocas que los rodeaban empezaron a moverse como si tuvieran vida propia. Ambos dieron varios saltos, para evitar que alguna aplastara sus pies en toda esa carrera estrepitosa que se detuvo del mismo modo en el que había empezado. Varios pares de ojos grandes, negros como el carbón, asomaron por la superficie de lo que parecían ser cabezas; por un instante, Elsa creyó estar imaginando todo, porque tanto ella como Kristoff se habían quedado completamente mudos, mirando fijamente a unos pequeños seres de piedra que por supuesto nunca habían visto antes. Eran las rocas que habían estado descansado en el centro, y ahora estaban completamente despiertos como si se preguntaran quiénes o qué eran. Lucían igual o más aturdidos que ellos.

―¡Humanos! ―gritó uno, y a esa voz se le unió otra y otra, hasta que un coro de distintas tonalidades hicieron que ella y el muchacho retrocedieran varios pasos hacia atrás, asustados por los cuerpos que se apabullaban.

―Nos van a asesinar ―chilló Kristoff.

Elsa también lo creyó, hasta que una voz de mujer se hizo espacio entre todo el griterío y desconcierto.

―¡Trolls, a callar!

Se abrió un pequeño camino entre los hombrecillos de roca y en el medio desfilaron varios más, aún más pequeños que los primeros y con una sonrisa gigante adornando su rostro redondo y feliz. Apenas medían unos cuantos centímetros, con orejas anchas y mucho más ruidosos que los mayores, pero lograban contener sus risitas histéricas y agudas entre sus manitas porosas. Muchos tenían a modo de cabello una pequeña flor y vestían, como los otros, una especie de indumentaria hecha de musgo, hojas secas y flores; los más grandes usaban pequeñas piedrecillas que brillaban de distintas tonalidades. Sólo hasta ese momento a Elsa le parecieron unos seres bastante curiosos. Detrás de la decena de criaturas infantiles, una más surgió ―la que había dado la orden― y se detuvo frente a Kristoff y ella.

Los dos se tensaron y esperaron.

―Vaya, sí son humanos ―dijo después de un escaneo completo, la troll. Tenía los ojos anchos y brillantes cuando inspeccionó el cuerpo de Kristoff que empezaba a mostrar algunos indicios del ejercicio que su padre les obligaba a hacer―. ¡Oh, pero mira a este otro! Qué escuálido estás, chico. ¿Qué es lo que te dan de comer tus padres?

Elsa sintió un tirón en el brazo y lo siguiente que supo es que estaba cara a cara con ella. La miró muy de cerca, y sus manos duras y pesadas la tomaron de las mejillas que aún seguían teniendo las sombras de la niñez; suaves y redondeadas, levemente sonrojadas con algunas pecas que se desvanecían bajo unos ojos azules como el zafiro.

―Demasiado bonito, sin embargo.

―Yo soy… ―intentó decir Elsa ante la revisión minuciosa, pero su boca se encontró abierta y todos los ojos de los trolls se clavaron en sus dientes y lo saludables que se veían.

―Una chica, ¿eh? ―apuntó la troll al momento―. Pues yo soy Bulda. Y esta es mi familia.

Soltó a Elsa y le sonrió grandemente, extendiendo los brazos como si sólo así notaran al fin a todos los trolls que la acompañaban y ahora lucían felices. En el otro extremo de la situación, Kristoff y ella aún no parecían digerir la naturalidad con la que Bulda había dicho que era una chica. Del mismo modo, aún trataban de entender que la mujer había dicho que eran trolls. Los trolls sólo existían en los cuentos que la madre de Elsa le contaba cuando era pequeña; pero entonces todo cayó bajo su peso y las piezas se fueron ordenando una a una.

«Dicen que un troll lo ha hechizado para contener toda su magia». Las palabras de Idun se colaron en su memoria.

Sus manos buscaron en su pecho, con urgencia, el colgante que siempre estaba ahí.

―¿Qué… qué haces? ―Kristoff la miró entre asustado e impaciente, pero no se movió ni un poco porque las miradas de los trolls lo estaban poniendo nervioso.

―¡Ustedes! Esto era para llegar a ustedes.

Los dedos de Elsa temblaron cuando les enseñó el dije que su madre le había regalado. Su respiración se había agitado y ahora miraba suplicante a Bulda, como si sus ojos gritaran una respuesta a una pregunta que ni ella se había formulado en todo ese tiempo. Hubo un pequeño murmullo de voces cuando el centro del copo de nieve brilló de un azul profundo entre sus dedos. Bulda había dejado de sonreír y ahora tenía entreabierta la boca.

―Eres…

―La princesa Elsa de Arendelle.

Todos volvieron la cabeza hacia donde la voz habló. Un troll, mucho más lento que los demás, se abrió paso y caminó hacia Bulda. Algunos murmuraron su nombre, "Gran Pabbie", dijeron con sorpresa. A diferencia de los otros, él llevaba una capa que arrastraba con cada paso, y su porte lento pero seguro le brindaba un halo de sabiduría que hizo que Kristoff y ella se sintieran muy pequeños.

―Entonces al fin estás aquí… ―el troll le dijo, como si la conociera hace mucho y por fin se reencontraran después de tantos años.

Elsa no tuvo que pensar mucho las siguientes palabras.

―Eras tú… el troll que hechizó el colgante.

Él le sonrió nostálgico y con ternura. Sus rasgos duros parecieron suavizarse por un momento y, sólo por un instante, Elsa sintió que también lo conocía.

Hacía mucho tiempo que Gran Pabbie esperaba a la joven princesa, posiblemente desde que tenía memoria y su maestro le habló sobre el mundo, el equilibrio y la supervivencia. Antes de él, otros también la habían esperado, algunos temerosos por los primeros cantos que emitieron las nornas; pero Pabbie era viejo, el más sabio cuando se trataba de los hombres. Él no temía, no a esa niña, porque los dioses tenían preparado todo para cuando el día empezara y el principio del fin se asomara con el amanecer. Tenía que ser el primer peldaño para Elsa, su guardián si fuera el caso.

―Ese copo de nieve existe mucho antes de que nosotros dos naciéramos, Elsa. Y no soy muy joven que digamos…

Estiró la mano cuando se encontraron de frente, pidiéndole que se acercara a él. Ella se inclinó para que el troll pudiera tocar el dije que colgaba de su cuello; cuando los dedos de él lo sostuvieron, dejó de brillar, al fin. Pabbie sintió su pena, cada una de las veces en las que pensó que no podría. Sintió su miedo, tan profundo y arraigado a su persona, como las raíces del árbol más antiguo en el Valle de la Roca Viva.

―¿Cómo sabes quién soy? ―preguntó en un susurro Elsa.

Esta vez no había temor en su voz, sólo curiosidad y las ansias de sentirse viva; de dejar de sentirse sola. Era como haber encontrado su mundo después de estar tanto tiempo perdida.

―Porque sólo tú podrías haber llegado a este sitio, sólo tú tienes el mapa después de todo, ¿no es cierto? ―Elsa miró el colgante.

―¿Por qué? ¿Por qué yo?

Las preguntas flotaron en el aire.

―… Porque ese es tu destino. ¿O acaso el hielo es algo normal en los humanos?

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Kristoff no había dicho nada en todo el camino de regreso. Ella tampoco. Tenía un lago de dudas en el cerebro. Gran Pabbie le había dicho que regresara cuando estuviera lista para empezar a aprender. Cuando ella preguntó qué iba a aprender, el troll sólo le sonrío y le dijo que ya se enteraría. El tiempo restante, Bulda les dio de comer una especie de estofado que nunca antes había probado. Dijo que les haría ganar cuerpo, lo que pareció hacer muy feliz a Kristoff, quien había estado actuando con sospecha hasta entonces. Ella no pudo terminar la comida, sobre todo porque no le parecía atractivo comer ese caldo marrón que su amigo terminó hasta la última gota.

Después, los pequeños trolls les hicieron regalos, como aquellas pulseras hechas de enredaderas delgadas, que luego les produjo un salpullido que terminó por hacer que se las quitaran. A muchos les agradaba Kristoff, sobre todo porque le dejó de importar que los niños se subieran a su espalda, aunque pesaban más kilos de lo que aparentaban y después le provocaran calambres al chico rubio. Elsa se divirtió ese día. Por primera vez en mucho tiempo había podido usar su magia sin restricciones. Los trolls amaron la nieve y las figuras que hizo con ella. A cambio, les enseñaron sus cristales y el significado de ellos.

Bulda le contó la historia de su colgante de copo de nieve, que había sido fabricado con un cristal parecido al de los trolls, pero que era más poderoso y había sobrevivido siglos en la familia Real. Se decía que el tatarabuelo de Gran Pabbie, Jaspe, había sido el creador, se desconocían todas sus propiedades y, mostrar el estado de ánimo de quien lo usaba, era sólo una de sus muchas peculiaridades. Jaspe le había entregado el cristal a la reina de ese entonces, como un puente entre la tierra de los hombres y el mundo mágico, en donde los espíritus y todo tipo de criaturas vagaban libremente. La reina es quien había puesto el cristal en medio del copo. Cuando llegara el día, el cristal buscaría el regreso a casa, y llevaría consigo a su portador. Por otro lado, Cliff, el esposo de Bulda, terminó la historia haciendo una pregunta que no dejaría a Elsa desde ese momento: ¿por qué sólo hasta entonces el cristal había regresado?

Ella se hizo otra pregunta: ¿cuál era ese destino del que Pabbie le hablaba?

―¿Cuánto tiempo estuvimos fuera? ―Kristoff preguntó cuando cruzaron el río.

―No lo sé, unas horas. Aún no ha anochecido.

―Espero que nadie se haya dado cuenta de nuestra ausencia. Le dije a papá que lo ayudaría con…

Elsa dejó de caminar y lo haló del brazo bruscamente. Su mirada amenazante lo dijo todo.

―Esto no saldrá de aquí, Kristoff, ¿entendido? Nos hemos ido a cazar, entrenar o tú invéntate algo coherente. No le dirás a tu padre sobre los trolls. Ni a tu madre, ni siquiera a Rapunzel; y mucho menos a Gerda. Porque si lo haces… ―entrecerró los ojos.

―¡Lo sé, lo sé! ―Levantó las manos el chico―. Me vas a congelar y arrojar al río.

―Bien, te estaré vigilando.

Kristoff asintió y se sobó el brazo.

―¿Piensas regresar?

―No es tu problema.

―Lo es ahora.

―No, no lo es. Olvida todo lo que ocurrió. Voy a resolverlo por mi cuenta.

―No te entiendo. Ni siquiera los conoces del todo, Elsa. Son seres que, hasta donde sabíamos hace unas horas, no existían más que en las leyendas.

―¿No lo entiendes, verdad? ―Le sonrió con amargura al chico―. Tú no naciste con estos… con este hielo en tus venas. Quiero saber qué pasa conmigo, Kristoff. Quiero saber que no soy única, que la magia está aquí. Quiero dejar de sentirme tan sola.

La pequeña aldea se vislumbró entre el follaje de los árboles. Estaban llegando. Tenían la ropa embarrada de lodo y los zapatos húmedos. Kristoff tenía el cabello tieso, producto de la tierra que había acumulado, además de varios rasguños en los brazos y las mejillas. Ella casi estaba en el mismo estado. Les esperaba una buena riña.

―Y crees que Gran Pabbie puede brindarte esas respuestas. ―Terminó el joven Bjorgman.

―No lo sé, pero sí sé que el dije que me dio mi madre me llevó ahí. Que esto no es una simple coincidencia; y sea lo que sea, voy a averiguar qué sucede conmigo.

―¿Elsa?

―¿Qué pasa?

―A veces me das miedo.

Elsa levantó una ceja y miró a su amigo.

―Eres un idiota.

―Y tú una princesa con poca gracia.

Ambos se echaron a reír, porque sabían que al llegar sólo les esperaba el regaño más épico por parte de Gerda y la madre de Kristoff.

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Elsa pensó por días cuándo sería que regresaría con los trolls, y las noches en las que le parecía todo un sueño, bastaba con levantar el cristal incrustado en el dije para saber que todo era cierto, pues no había dejado de brillar con un azul pálido que empezó a hacerla sentir segura. Planeó por días enteros el momento en que se iría, esta vez sola. Pero mientras tanto, tuvo que seguir con la ordinaria vida que llevaba en la pequeña aldea.

Christian había empezado a enseñarle a usar una espada, después de que ya podía dominar completamente el arco y Gerda, al fin, dio su consentimiento a regañadientes. Los entrenamientos se hacían más pesados cada día, hasta que llegaba a su cama y lo único que podía hacer era arrojarse y dormir. Todas las noches llegaban noticias de poblados que habían sido atacados, de gente muerta en los caminos, e incluso de las cabezas en picas que se exhibían en la capital, cada vez que alguien estaba en contra del régimen. Y Elsa escuchaba los murmullos de los mayores hablando sobre aquello, sobre rebeldes escondidos en la Montaña del Norte y el ejército del nuevo gobernante tratando de exterminar cualquier sublevación.

Seguía teniendo miedo. Sobre todo la tarde en la que regresaba de recoger leña para el fuego de esa noche y escuchó varios gritos provenientes de la aldea. Dejó caer todo lo que había recolectado y corrió hacia ahí, luchando para que las piernas no le temblaran y el hielo, que se mantenía oculto en sus manos sólo por sus guantes, no se extendiera más.

En la pequeña plaza había al menos una decena de soldados. Todos armados con espadas y los uniformes azules, casi negros, que Elsa había visto en un par de ocasiones. También había al menos tres carretas repletas de algo; el contenido estaba escondido bajo telas oscuras. El estandarte con el emblema del lobo y la serpiente plateada brillaba con un aura sombría frente a la pequeña multitud.

―Elsa, Elsa ven aquí ―Gerda la haló hacia ella y la mantuvo cerca. No veía por ninguna parte a los Björgman.

Nadie hablaba. Nadie sabía qué hacían esos soldados ahí. Mucho menos sabían qué hacía un general de alto rango observándolos, con una sonrisita de autosuficiencia al haber encontrado la pequeña aldea, perdida entre la nada.

―Ciudadanos de las Colonias Unidas del Sacro Imperio de Westergard ―dijo el general, juntando las manos como si se tratara del presentador de una obra de teatro―. Es un honor poder llegar hasta aquí después de un largo recorrido desde la ciudad Capital. Nos resulta reconfortante mirarlos a los ojos, porque ustedes hacen crecer a nuestro noble reino. Es bueno, sobre todo, encontrar… Es bueno encontrar a mi sobrino.

Elsa contuvo la respiración cuando Christian salió de la casa, vestido con el mismo atuendo que el de los soldados, pero sin insignias. ¿Qué era todo eso? ¿Por qué Christian tenía el uniforme? ¿Dónde estaba Kristoff y Helena? Su respiración se agitó y el miedo empezó a correr por sus venas. Gerda la tomó del brazo con fuerza y habló despacio pero claro.

―Si te digo que corras, lo haces. Y Elsa, no importa lo que pase, si es para salvarte, usa tus poderes.

Su cerebro se negaba a reaccionar, y su visión sólo se enfocó en las caras de todos que lucían igual de asustados que ella, cuando el padre de Kristoff caminó hacia el general y le tendió la mano, diplomáticamente. Si era posible, el hombre mayor sonrió más grande mientras hablaba. Christian dijo más cosas que fueron imposibles de escuchar porque uno de los soldados tocó la trompeta para que todos sus compañeros se pusieran en posición de firmes. Poco tiempo después, el hombre que fingía ser su padre extendió una mano y apuntó hacia la multitud, hacia ella.

Y el general la había visto.

―Corre.

Pero no pudo. Unas manos la sostuvieron con fuerza de los hombros y Elsa se congeló en su sitio, como si ya estuviera muerta para entonces. Ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar, todo había acabado.

―Elsa, Elsa tranquila ―la voz de Kristoff se coló por su oído izquierdo―. Todo está bien. Sólo sígueme la corriente.

Era él, era sólo Kristoff quien la sostenía. El chico la soltó enseguida y caminó hacia adelante, y volvió la cabeza hacia atrás cuando no lo siguió. Le suplicó con la mirada que fuera con él. El corazón de Elsa martilleaba en sus oídos. Miró a Gerda un segundo, la vio apretar los dientes con algo más fuerte que el coraje.

Elsa miró hacia al frente, Christian le hacía una seña para que se acercara a ellos pero no tenía idea de qué hacer. Dio un paso, y luego otro. ¿Qué clase de persona hacía todo tan sencillo para sus enemigos? Christian la tomó de los hombros apenas estuvo cerca, tal y como lo había hecho Kristoff hace un rato. El general la miró con una media sonrisa, su pulcro uniforme negro contrastaba con la ropa desgastada que ella llevaba ese día.

―Él es Evan, tío. Es un poco… Tímido.

―¿Tímido? ―El general dio un paso hacia ella con las manos en la espalda. Elsa trató de no temblar―. Y un poco escuálido. Soy el general Mikal Bjorgman, Evan.

Se acercó más y le levantó la cabeza con uno de sus dedos. Llevaba unos guantes de piel. Elsa apretaba la mandíbula, hasta el punto en que sus dientes empezarían a rechinar en cualquier momento. El miedo comenzó a ser sustituido por una ira que circulaba por sus venas, empezaba a minar su cabeza. Se miraron a los ojos, y la sonrisa de autosuficiencia del general se borró enseguida. Elsa notó la cicatriz delgada y larga que le cubría la mejilla derecha. El general la soltó enseguida y carraspeó la garganta, pero ella no apartó los ojos de él, quería grabarse el rostro de cada uno de los que participaron en toda esa destrucción.

―Es el menor ―Christian dijo, para contrarrestar las palabras antes dichas de su tío―. Aún le falta mucho por crecer. Pero sabe pelear, te sorprendería.

―¿Sabes usar una espada, muchacho?

―Sí… señor ―respondió.

―Ya lo veremos ―la sonrisa de autosuficiencia volvió al hombre. La cicatriz en su cara se hizo más visible―. Tu padre cree que puedes ser uno de mis soldados.

No contestó.

―Aún no es tiempo ―murmuró Christian―, pero lo será. Evan lo hará bien. Los dos. Él y Kristoff.

―Tienes mucha fe en ellos ―argumentó el general, revolviéndole el pelo a Kristoff, que estaba igual de callado que ella.

―Son mis muchachos. Claro que la tengo.

―Habría sido bueno que tu padre te la hubiera tenido. Lion era un tipo duro.

―Teníamos distintas perspectivas acerca de… todo.

A Christian nunca le había gustado hablar de su padre, y Elsa nunca supo por qué, hasta unas noches atrás cuando Gerda le contó que era porque Lion consideraba a Christian muy blandengue, demasiado débil para las batallas, excesivamente piadoso y, al parecer, con ideales de la vida bastante pobres. Creía que eso llevaría a la muerte prematura a su hijo e intentó por mucho tiempo hacer que pensara de una forma distinta. Que pensara como él, que se había vuelto una amenaza para su reino cuando se levantó en armas el día que una mujer subió al trono de Arendelle: Idun. Elsa ni siquiera sabía de ese pequeño levantamiento que terminó cuando Agdar se casó con su madre. Su gente, su pueblo, no quería a Idun si se trataba de ella sola. ¿La habrían querido a ella en otro tiempo y otras circunstancias? Como sea que fuera, lo que le apenaba a Elsa era saber que Christian fue exiliado sólo por proteger sus ideales y a una reina sin marido. Parte de su vida vivió como recolector de hielo, y fue así como conoció a Helena y, más tarde, Kristoff nació.

Elsa observó con fingida curiosidad el broche que colgaba de la solapa del hombre mientras recordaba los hechos. Hubo silencio.

―¿Te gusta? ―indicó el general, viéndola con interés. Elsa asintió, aunque odiaba el símbolo del lobo.

Entonces el tío de Christian se arrodilló a su altura. Sus ojos marrones contrastaron con los suyos, azules. Muy distintos a cualquier Bjorgman. Ni siquiera igual a los de Helena, quien los tenía más grises que azules.

―¿Los ojos de tu madre? ―preguntó―. Apenas te pareces a tu padre ―sonrió―. Te pareces mucho a Herol… ¿Sabes quién es Herol, Evan?

―Basta. ―Christian dijo. Se notaba tenso.

―Cierto… ―Se burló su tío―. No hay que hablar de los traidores. Apenas una mancha del pasado, ¿no es así? Me alegra que pienses de ese modo ―Se quitó el broche que llevaba y se lo puso a Elsa. Dejó de lado el tema y observó con cuidado cómo se veía el broche en la niña―. Perfecto.

()()()()()()

Los soldados se quedaron hasta el otro día, y esa noche hicieron una fiesta. Los habitantes de la aldea se habían congregado aparte, y hablaban entre ellos como si temieran que los soldados sacaran sus espadas en cualquier momento. Christian se mantuvo al lado de su tío, riendo de lo que decía y echando vistazos hacia su familia. Elsa nunca había visto tan enfadada a Gerda. Lo iba a ahorcar en cualquier momento, porque no le había contado a nadie. Los soldados habían llegado y todos tenían pánico.

Cuando se retiraron al siguiente día, las personas todavía tardaron mucho en salir de sus hogares y, horas después, la casa de los Bjorgman estaba siendo asediada por una decena de personas con mil quejas. A Helena le tomó mucho tiempo hacerles entender que su esposo tenía justificación para hacer eso, ya que ni siquiera dejaban hablar al pobre hombre.

Al menos era cierto que la comida estaba escaseando, y la caza no iba a bastar cuando el invierno llegara. Las hojas empezaban a caer de los árboles. En poco tiempo estarían cubiertos de nieve y el hambre empezaría a ser su peor enemiga, incluso más que los soldados. Por ahora, se habían beneficiado de toda la carne seca, cereales y demás alimentos que Mikal Bjorgman les había brindado. Además, de cierta forma habían asegurado el que la aldea estaría protegida y nadie dañaría a los habitantes, aunque la mitad ya estaba considerando a Christian un traidor.

Después de que todos se habían retirado, el padre de Rapunzel, Mérida y dos hombres más, junto con Gerda, se quedaron a hablar con el padre de Kristoff. Elsa pudo escuchar la plática incluso sin necesidad de espiarlos por la puerta. Tanto ella, como Helena y Kristoff escucharon todo, sentados en la mesa del comedor mientras se miraban las manos y las voces altas se filtraban hasta sus oídos. Gerda no le iba a perdonar fácilmente lo que había ocurrido. Lo que había hecho Christian fue injusto. Había sido arriesgado y estúpido, pero los había salvado. Lo que era más importante: nadie había reconocido a Elsa.

Media década después de la Noche Negra y la princesa parecía haberse quedado en el olvido, junto con todo el reino de Arendelle.


Notas finales: si tenían duda de los reinos que están en juego...

Utonor: es mejor conocido como un centro de ciencia y aprendizaje. La mayoría de los habitantes de este reino están involucrados en la medicina y biología. Su ciudad capital se considera notable por sus sistemas avanzados de servicios públicos localizados en el llamado "barrio rojo", nombrado así porque una vez al año las calles se llenan de flores y rosas rojas, en honor a la reina Florence y a los que murieron defendiendo a su reino durante su primera guerra. Su símbolo es un búho.

Arendelle: uno de los reinos más antiguos. Hasta antes de la Noche Negra, era uno de los más grandes y prósperos. La llamada sólo "Capital" era escasamente poblada, ocupada por parte de la nobleza y habitantes que se dedicaban al comercio. Tiene vista a un fiordo que era normalmente tapizado de buques mercantiles. Quizá una de las ciudades más hermosas, conocida por sus auroras boreales y leyendas antiguas. En sus lomos se desprende una cadena montañosa que rodea a todo el reino. La montaña más conocida es la Montaña del Norte, donde el clima desciende drásticamente y el lugar se vuelve casi inhóspito, incluso en verano. Se dice que era el hogar de la Reina de las Nieves, una leyenda con la que asustaban a los niños para que no se acercaran. La ciudad Capital era conocida como un refugio para las artes y la educación. La mayoría de sus habitantes estaban involucrados en la agricultura, minería o el comercio marítimo, otro de los grandes sustentos. Su símbolo era el azafrán.

Westergard: no era muy poblada. Se encontraba a lomos de un río inmenso y está construida principalmente de piedra negra. Originalmente era defendida por un grupo de mercenarios, y su población sobrepasaba el límite de ladrones, mendigos, violadores y asesinos. Su característica más notable es el acueducto imponente que proveía de agua a toda la población durante la sequía. Se consideraba como uno de los reinos más peligrosos, a pesar de ser uno de los más pequeños. Su símbolo era el lobo, se le aumentó la serpiente enroscada después de la Noche negra.

Colonias Unidas del Sacro Imperio de Westergard: esta gran civilización tiene como ciudad capital a la llamada simplemente "Westergard", y es sabido que es el fantasma de un imperio caído (Arendelle). La mayoría de sus habitantes están involucrados en el contrabando. La población sobrepasa los límites de las calles estrechas y antes perfectamente construidas y habilitadas para una menor densidad de habitantes. Entre sus "atractivos" se encuentra una plaza al centro de la ciudad donde se puede encontrar varias estatuas de la actual Familia Real, además de su ajetreado mercadillo, muy conocido por dedicarse a la compra-venta ilegal de casi cualquier objeto (o persona). Otro de sus atractivos es el castillo, si bien es el mismo del antiguo reino de Arendelle, ha sufrido algunas modificaciones con la construcción de murallas hechas de piedra negra. La mayor parte de la economía de las Colonias Unidas proviene de las ganancias de batallas ganadas, además de la pesca y la agricultura. Está defendida por un vasto ejército, preparado tanto para la guerra en el mar como en el campo. Es muy conocida por ser uno de los reinos de adoración pagana más prominente; en donde es común encontrar festivales dedicados a dioses menores que se encargan de llenar de "prosperidad" a la unión de reinos conquistados. Suman un total de siete colonias, y las siete le rinden tributo al reino principal (el antiguo Arendelle).

Colonia 1, antes "Corona": uno de los reinos casi tan antiguos como Arendelle, su crecimiento acelerado se debió a las minas de carbón y piedras preciosas encontradas al sur de la inmensa ciudad principal. Es conocida como la ciudad del Sol —también su símbolo—, ya que en primavera y verano las murallas y construcciones suelen resplandecer con un color dorado desde la lejanía. Su capital se une a la otra parte del reino gracias a un puente hecho de roca pura; empezó a construirse desde que el primer rey fundó la ciudad, pero sólo se terminó dos generaciones después. Para llegar a la Capital se usaban botes.

Colonia 2, antes "Southern Isles": era un reino en crecimiento, conformado de varias islas menores y una principal. La mayoría de sus habitantes están involucrados en la crianza de caballos; y su capital era bastante conocida por la preponderancia de estatuas ecuestres inmensas que, creían, un día volverían a la vida. Su principal fuente económica se basa en la ganadería; aunque la pesca constituye otras de sus fuentes de mayor ingreso. El símbolo de la ciudad son dos caballos.

Colonia 3, antes "Cornualles": reino modesto, con una ciudad capital cerca del mar. Era conocida por su neutralidad y estar libre de guerras por más de un siglo. La mayoría de su economía se debía a la pesca y la venta de especias. Su símbolo era un calamar.

Colonia 4, antes "Lyganur": su símbolo era un trueno. Fue el último reino en caer, conocido ahora por la batalla histórica en donde incluso mujeres, ancianos y niños pelearon para defender su territorio. Perdieron completamente su castillo principal y a más de la mitad de la población. La mayoría de sus habitantes están involucrados en el sector textil.

Colonia 5, antes "Zenyatan": su principal atractivo era su gran templo de mármol donde se adoraba a Odín. Después de la entrada de Westergard el templo fue destruido, con todas las personas que yacían dentro. Aún se rinde oraciones en su memoria. El reino era conocido por ser un remanso de los viajeros, que pasaban sus noches visitando las aguas termales. También es famoso por sus "extraordinariamente" bellas mujeres que podían dejarte loco, literalmente. Se decía que era hogar de brujas y hechiceros. Su símbolo era el dios Odín.

Colonia 6, antes "Hibennor": reino bastante grande y lleno de gente. Se destaca por sus profundos bosques y está construida principalmente de madera. Entre sus atractivos está las calles pavimentadas caprichosamente con piedra roja. Su economía se basa en la tala de árboles y el cultivo de estos para su futura exportación; otro más importante es la fabricación de barcos de guerra. Su símbolo era un mapache.

Colonia 7, antes "Austreos": reino muy poblado, construido fundamentalmente de roca y defendido por un ejército permanente y bien armado. La mayor parte de sus ingresos proviene de la venta de acero y la fabricación de armas de guerra. Se defendió por años con sus gruesos muros hasta el ataque del reino de Westergard. Su símbolo eran dos espadas cruzadas.

Weselton: aliados de las Colonias unidas del sacro imperio de Westergard. Pequeño reino dedicado principalmente al comercio e intercambio de bienes. Se dice que se unió a Westergard antes de que los obligaran a pagar tributo. No tiene grandes atractivos, excepto la abundancia de comadrejas en el entorno rural y bosques; antes era su símbolo.