Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.
Nota: Se suponía que no iba a actualizar la historia por un tiempo. Pero... Cambié de opinión. Ya que hoy se celebra el Día de la Amistad, he decidido regalarles este capítulo. Este capítulo va dedicado especialmente a esos lectores que me han leído, aguantado mis berrinches y mi mala actitud y que han esperado pacientemente esta continuación y me han dado su apoyo. ¡Espero que lo disfruten!
Capítulo IV
Esa misma noche, Lovino se hallaba observando el paisaje desde el balcón de su dormitorio. Sí, habían sido muchas emociones para un solo día. Pero a pesar del cansancio, no había podido dejar de pensar en Antonio. Se preguntaba qué estaría haciendo en ese mismo instante, si lo tendría en mente o no le dio importancia a lo que había pasado más temprano.
Agarró la camisa y la abrazó contra su pecho. Era lo único que tenía del hispano, el resto lo había tirado o no había tenido el tiempo de cogerlo de su vieja habitación. Y aunque ya tenía su tiempo desde aquella vez, aún podía percibir el aroma de su perfume.
Por un breve instante, se olvidó de su acompañante.
—¿No vas a acostarte, todavía? —preguntó el turco, mientras que se acomodaba sobre la cama.
—No tengo sueño —replicó sin más, un poco molesto por ser sacado de sus pensamientos.
—¡Pero si ha sido un día agotados? ¿Por qué no vienes y…?
—¿Qué parte de no tengo sueño no entendiste, imbécil? —replicó sin ningún pudor alguno. No tenía ganas de acostarse y mucho menos al lado de él.
Sadiq estuvo a punto de darle un regaño de aquellos, pero se dio cuenta que era inútil. No tenía las energías y tampoco serviría que obligara al muchacho a hacer algo que no quería. Se dio media vuelta y cerró los ojos. Ya lidiaría con eso al día siguiente.
A la mañana, Antonio estaba con un tremendo dolor de cabeza. Ni siquiera recordaba en dónde estaba. Se apresuró a ponerse de pie, para echarle un vistazo al sitio donde se hallaba. ¿Cómo había terminado durmiendo en aquella cama?
—Ah, qué molestia —se quejó mientras se frotaba la frente —. ¿Qué demonios pasó ayer?
En ese preciso instante, Francis entró en escena. Se echó a reír al ver lo mal que estaba el español. Bueno, después de todo, se había encargado de él mientras que estaba pasado de copas. Era lo mínimo que podía hacer para disfrutar de la situación.
—¡Francis, no hagas tanto ruido! —Estaba terriblemente mareado y todo le sonaba amplificado. Fuera lo que fuera que hubiera hecho el día anterior, estaba arrepentido de ello.
—Oye, no es mi culpa que hayas tomado el vino como si fuera agua —comentó a la vez que trataba de contenerse.
El español volvió a sentarse sobre las sábanas. Su mente estaba completamente en blanco, no sabía qué había sucedido. Sabía que habían venido directamente del casamiento, pero después… Respiró profundamente, no podía reclamar a Francis por sus buenas intenciones.
—De todas maneras, gracias —contestó con una tenue sonrisa.
—Me debes mucho, ¿eh? Hasta quisiste ir hasta el apartamento de Lovino, Dios… —explicó, aunque sonó casi como un regaño. No pasó demasiado tiempo, cuando se dio cuenta del error que había cometido al mencionar aquel nombre.
—¿Así que hice eso…? —indagó el hispano. No sabía si era patético o triste dicho intento, pero si estaba bastante avergonzado.
—Bueno, todos hacemos tonterías cuando estamos borrachos —Quiso restarle importancia. No debió haber mencionado ese pequeño incidente.
Antonio se levantó enseguida y miró a través de la ventana. Comprendió que no tenía sentido continuar allí. Acto seguido, se percató que toda su ropa apestaba a alcohol y estaba bastante sucia, luego de haberse caído en la acera. Obviamente, no podía salir de esa manera.
—¿Te importaría si uso tu ducha y me prestas algo de ropa? No creo que a la gente le haga gracia si salgo en este estado —preguntó el hispano.
—Sí, por supuesto —Francis arqueó una de sus cejas. ¿Qué rayos había pasado? Era como si no importara más. Observó al español hasta que éste cerró la puerta del baño. De cierta forma, era un alivio. Aunque estaba seguro que para olvidar a Lovino iba a requerir más que una borrachera.
En realidad, Antonio estaba como atontado. No sabía cuál era la mejor forma de reaccionar ahora que había visto al muchacho con otro hombre a su lado. ¿Ser indiferente? ¿Enfrentarle? ¿Dejar que las cosas continúen fluyendo como hasta el momento? Lo mejor era pretender que no había pasado nada de nada, por el momento.
Después de unos quince minutos, ya estaba listo para ir a su tienda. Miró el reloj, se sintió como un irresponsable al tardarse tanto. Así que se apresuró para llegar allí.
—¿Estás seguro qué estás bien, Antonio? —indagó el rubio, simplemente para asegurarse. Aún no estaba muy convencido de su actitud.
Si eso era verdad, ya se verían en los siguientes días. Por el momento, debía hacer lo que más le convenía para no desmoronarse ahí mismo. Le dio un último vistazo al edificio que estaba detrás de él y luego se despidió de su amigo.
—Claro —respondió con seguridad —¡Muchas gracias por todo! —Y comenzó su marcha de inmediato.
Era pasado el mediodía, lo que significaba que gran parte de su clientela ya se estaba yendo. Pensó que no tenía motivo para apresurarse, así que prefirió disfrutar de la vista que le ofrecía el camino. Si bien, ya lo había recorrido mil veces, siempre estaba maravillado con lo simple y tranquila era la vida. A pesar del dolor de los recuerdos, no había otro lugar donde preferiría vivir.
Por pura coincidencias de la vida, Lovino había decidido dar una vuelta por el pueblo. Sabía que el viaje solamente iba a durar unos cuantos días como máximo, así que quiso aprovechar el día para despejar su mente y escaparse de Sadiq, quien estaba en una teleconferencia.
Además, tenía hambre y se suponía que iba a ir a comer en su antiguo piso. Caminar tanto no era lo suyo, pero haría lo que fuera para disfrutar de una buena comida casera. Aunque ello suponía tener que ver y soportar al macho patatas.
Sin embargo, en ningún momento, se le pasó por la cabeza que tal vez podría encontrarse con cierta persona. Es más, ni siquiera estaba con la cabeza levantada mientras que marchaba para ése lugar, ya que todo le recordaba al español. Repentinamente, sintió que alguien le empujaba hacia el suelo.
Antonio no estaba prestando mucha atención por donde iba caminando, ya que se quedaba observando cada tanto la calle. Lo único que supo después, fue que se había caído y alguien había actuado como colchón. De inmediato, abrió los ojos. No estaba seguro si se trataba de una alucinación causada por el alcohol o realmente su vista no le estaba fallando.
Sí, había cometido la torpeza de caerse sobre Lovino. Se levantó de inmediato y le tendió la mano para que pudiera ponerse de pie. Éste se quedó mirando al español por un buen rato hasta que se percató de que aquel le estaba tratando de ayudar.
—Lo siento. Estaba pensando en otras cosas, es mi culpa —explicó el español, lo más rápido que pudo.
—Gracias, supongo… —contestó el italiano con dificultad y sin mirar directamente a su ex.
—¡Bueno, espero que estés bien! —Antonio enseguida se dio media vuelta. Antes de hacer alguna estupidez de la cual podría arrepentirse, prefirió marcharse. Había tantas cosas que quería decirle al italiano, pero estaba seguro de que sería completamente inútil.
Lovino tardó en reaccionar, pero se dio cuenta de que ésa era su única oportunidad de conversar con Antonio. Cerró sus puños, como si fuera un golpe a su ego, lo que estaba a punto de hacer.
—¡Maldito, tenemos que hablar! —exclamó para llamar la atención del hispano —¡No te atrevas a darme la espalda, imbécil! —Tenía que hacerle caso de algún modo u otro.
El español se quedó parado en su lugar. Sabía que no debía darle lo quería, sabía que debía ignorarle y proseguir con su camino, sabía que si le daba un mínimo de atención, sería él quien iba a terminar perjudicado… Sin embargo, no pudo contra sus instintos. A pesar de todo lo que le había hecho, todavía estaba dispuesto a escucharle.
Quizás era por el mero hecho de que le recordaba cuando aún estaban juntos, lo terco que podía ponerse cuando le entraba algo en la cabeza. O porque simple y llanamente no podía cruel con él.
—Ah, ¿qué ocurre, Lovino? No creo que sea buena idea que tengamos una conversación. No es necesaria… —comentó mientras que recordaba cómo le había ignorado el día anterior.
—Yo… Te debo una maldita explicación —respondió enseguida, ruborizado y con la mirada hacia al piso —. Esto no era lo que yo quería, idiota.
—¿Eh? —Abrió los ojos de par en par —¿A qué te refieres? Pensé que ese hombre era… —No estaba seguro de cómo continuar así que se calló.
—No tuve hablar porque él estaba ahí —Tomó una bocanada de aire —. Lo que quiero decir es…
En ese momento, alguien empujó a Lovino contra la pared.
—¡Muévete! —exclamó el transeúnte, bastante apresurado.
—Bueno, no creo que éste sea el lugar para mantener esta conversación —comentó después de asegurarse de que el italiano se hallaba bien. Por supuesto, Lovino no encontró mucha gracia ser estampado contra la pared.
Estuvo a punto de ir detrás de ese hombre, pero Antonio le detuvo. Ya de antemano podía prever lo mal que iba a salir si lo permitiera y además, no quería llamar la atención del resto del pueblo. Las noticias corrían bastante rápido en un lugar tan pequeño como ése.
—Iré mañana a la noche y no voy a aceptar que me digas que no —afirmó seguro el mayor de los hermanos Vargas.
—Sí, sí. Te esperaré —No tenía otra opción más que aceptar.
El italiano se limpió el polvo de sus hombres, le dio un último vistazo al español y se retiró. Su idea original era simplemente aparecerse en la cafetería de Antonio y a partir de ahí, dejaría que todo fluyera. Sin embargo, este encuentro fortuito fue mucho mejor. Le dio una especie de alivio verle nuevamente.
Aunque, por otro lado, le añadía todavía más culpa. Pese a lo mal que se había comportado con él, sin dirigirle palabra alguna o siquiera escucharle, éste estaba dispuesto a volver a recibirlo. Respiró profundamente, tanto pensar le abierto más el apetito, así que se apresuró para llegar a la casa de su hermano.
El español, por su parte, se quedó parado en ese mismo sitio por un largo rato. Después…
—¡¿Qué rayos acaba de pasar? —exclamó y luego se sentó sobre la vereda, todavía anonadado.
Su plan original consistía en ignorar y pretender que no había ocurrido nada entre ellos. Pero, ¿cómo se suponía que iba a hacerlo si Lovino se presentaba de esa manera? ¿Acaso éste quería volverle loco? Porque si era así, estaba haciendo un excelente trabajo. Ya no entendía qué era lo debía hacer o no.
En fin, si se ponía a recordar, era casi normal. Su relación con Lovino siempre había sido inestable y no debía extrañarle esta… No era una cita o salida. ¿Reunión? No, porque ya se habían encontrado. ¡Visita! Sí, eso era. Si lo pensaba de esa manera, tal vez no tendría problemas en soportar la velada entera.
Se levantó, tendría que pensar en qué le diría a Lovino, cuando llegara el momento.
Al día siguiente, el español estaba realmente nervioso por la velada que se iba a llevar al cabo en unas cuantas horas. No solamente se había equivocado con las órdenes de los clientes, si no que se le quemaron todos los bollos y churros que había tratado de cocinar y había derramado el café caliente por su delantal.
No había que ser genio o conocer a Antonio como para percatarse de que algo no andaba bien. Aprovechando su descanso, Emma se acercó al dueño de la cafetería. Le echó un buen vistazo, tenía el delantal desastroso, se había cortado el dedo por accidente y parecía que no había dormido en toda la noche.
Evidentemente, preguntarle si estaba bien era absurdo.
—¿Qué te ocurre, Antonio? Hace tiempo que no te veo tan… —No sabía cómo describir lo que tenía enfrente de ella —. En fin, sé que te pasa algo.
No quería hablar al respecto, pues estaba seguro de cuál sería la respuesta de su amiga. Sin embargo, no era algo que podía ocultarle tan fácilmente.
—Lovino va a venir hoy —murmuró. No quería que nadie más lo escuchara, no quería que el rumor se esparciera.
La primera impresión de la rubia fue que sería una pésima idea. Pero no podía dejar de apoyar al muchacho, quien ya estaba sufriendo un horrible día.
—No deberías preocuparte tanto… —comentó con una sonrisa. Le agarró de la mano para intentar que se calmara un poco —. Quizás al fin tengas las explicaciones que tanto deseabas. ¡No te desanimes! —exclamó.
Sin embargo, ninguno de los dos podía adivinar el caos que se iba a desatar esa noche…
¿Soy la única que no le importa las Olimpiadas en absoluto? Me siento rara.
¡Feliz día de la Amistad!
