"Miles de hombres se levantaron al grito de batalla lanzado por el único Señor de Bilkskirnir. En otro lado, los valientes abrieron un nuevo campo de batalla en el Bosque de los Espíritus, bajo la guía del Señor de Megrez. Aquel atardecer hizo que se tiñese de rojo la inmaculada y nevada tierra de Asgard.

Una batalla de hombres y de Dioses que estuvo anticipada desde el principio de los tiempos, que traería como única conclusión que los ciclos de destrucción y creación son momentos trascendentes que no han sido decididos ni por hombres, ni por Dioses, sino por ese destino que se ha predeterminado para todos nosotros, en el inacabable y vasto Cosmo que nos muestra sus signos en forma de estrellas.

Un proverbio dice que no hay estrella más hermosa que la que se incendia para desaparecer poco después. No hay verdad más grande que se haya dicho, pues nuestros guerreros, valientes, se levantaron u brillaron contra la adversidad de un tiempo que parecía perdido.

¡Loados sean! Y juremos por la sangre de nuestros ancestros, que jamás se olvidará su sacrificio y sus sufrimientos, que fueron el precio que pagaron para que hoy estas palabras puedan ser escritas. Y para que las vidas de incontables generaciones en el futuro tuvieran la oportunidad de conocer que, con cada nuevo amanecer, siempre viene de mano de la aurora el regalo de una posibilidad nueva que se puede aprovechar o desperdiciar."

POLLUX DIOSCUROS presenta:

DIE RAGNAROK LIED

Canto IV: La Nave Que Parte Hacia la Esperanza

El sonido de gritos y batalla se podían escuchar, traídos por el viento, hasta el otro lado del Palacio Valhalla. Los hombres se inquietaron al conocer que el inminente ataque por parte de los invasores había comenzado en otro lado, ignorando que la estrategia había sido planeada por el hombre más brillante de Atlantis: Lancelot, General de Dragón Marino.

El sonido de la batalla cercana incendió los ánimos de los demás hombres que no parecían comprender lo que su líder, Alberich de Megrez, Escribano de Asgard, hacía al pararse en silencio absoluto ante ellos, emitiendo su poderoso Cosmo plateado, el cual brillaba con incandescencia al ir cayendo la noche. Los copos de nieve que caían sobre el respetado Señor se derretían y evaporaban, al acercarse a su ardiente energía.

En las últimas filas de hombres comenzó a formarse un alboroto; y como si se tratase de un mítico hombre partiendo el mar ante él, el orgulloso y nuevo Señor de Asgard: Erik de Odín, se abrió paso ante la asombrada mirada de los guerreros y compatriotas Asgardianos.

"¡Alberich!" exclamó al encontrar al pelirrojo en medio de su meditación. "¡Alberich!"

Rompiendo su concentración, el Señor de Megrez se volvió al sonido de su nombre viniendo de aquél a quien reconocía como nuevo líder de su hermosa nación.

"¡Mi Señor!" exclamó. "¿Qué hace usted aquí?"

"Alberich, Odín me ha ordenado que parta con rumbo al reino del invasor que asola nuestro país. No tengo otra alternativa." explicó.

"¿Pero qué es lo que el Dios Padre piensa que será capaz de hacer usted allá?" preguntó asombrado Alberich, pensando que esta eventualidad cambiaría sus planes para la batalla una vez, sólo si ganara la que se le presentaba a él y sus hombres.

"¡No debes temer, Alberich!" exclamó Erik con firmeza. "Odín me ha pedido que confíe en mi hermano para obtener el poder absoluto que, sólo con la muerte de Dolbare, recibiré de su parte. Su poder se manifestará a través de la legendaria armadura del Dios Padre." concluyó el nuevo Señor de Asgard.

"¿La Armadura de Odín?" repitió Alberich, impresionado. "¡Con el poder de Balmung entre sus manos seguramente podremos ganar esta guerra!"

Erik le escuchó con atención, observando cómo el brillo de la esperanza se encendía en los ojos verdes del pelirrojo Escribano.

"¡Así es, Alberich!" prorrumpió finalmente. "Pero debo de llegar hasta allá y traspasar el sitio enemigo... ¡y la única manera es atravesando el Bosque de los Espíritus!"

"Comprendo" respondió Alberich rápidamente. "¡Nosotros le abriremos paso, mi Señor!" exclamó.

"¡Confío en ti, Alberich, y en tus hombres!" dijo Erik poniendo su mano en el hombro del Escribano de Asgard con una valiente sonrisa, de ésas que encierran el sentido de unión cuando los hombres se hermanan ante la cara de la muerte, cuando la enfrentan juntos en una batalla con todo lo que tienen.

"He logrado percibir que son un gran número de ellos por medio de mi Cosmo" señaló Alberich, mirando hacia el otro lado luego de responder a la sonrisa de Erik. "Es una batalla difícil, pero es destacable que no es un contingente tan numeroso como el que ataca Asgard desde su frente." Explicó. "Me queda claro que el plan sería entrar por aquí para realizar un movimiento de tenazas contra los nuestros, para así dejar en medio a nuestra ciudad y destrozarla como si se tratara de una nuez."

"¡Eres un hombre inteligente, Alberich!" expresó Erik al escuchar las deducciones del pelirrojo. "¿Tienes una estrategia para contrarrestar esto?"

Sonriendo, Alberich volvió sus ojos con mirada maliciosa a su nuevo Señor para responder.

"Pienso que ganaremos esta batalla... y que podremos aplicar la misma estrategia contra nuestros enemigos."

"¿Piensas rodear El Bosque de los Espíritus para aprisionar a nuestros enemigos?" preguntó asombrado Erik.

"Después de todo, mi Señor..." replicó Alberich sin borrar la sonrisa astuta que le fuera tan típica. "Usted necesitará de nosotros para que le escoltemos tan lejos como nos sea posible, ¿no es verdad?" concluyó del pelirrojo.

Los dos hombres se observaron con gestos adustos uno al otro.

El mar picado chocó contra la orilla levantando una ola gigante, que estuvo a punto de caer sobre el noble rubio. Su enemigo, enfundado en aquella armadura dorada con cobre parecía esperar el momento de atacar en cuanto el Asgardiano fuera sorprendido, pero, incendiando su Cosmo de manera magnífica, el Señor de Tyr evitó que la ola le golpeara. La cara del invasor reflejó una profunda frustración, al ver sus planes arruinados por el poder de Freyr, noble Asgardiano.

"No podía esperar menos de ustedes, cobardes" dijo finalmente, con los cabellos revueltos al vendaval que azotaba la costa. "¡Siempre intentarán asestar el golpe cobarde por la espalda de sus rivales cuando les sea posible!"

"¿Piensas que les tenemos miedo?" preguntó el hombre de cabello magenta y piel morena dando un paso adelante. "¡Verdaderamente te sobreestimas, Asgardiano!"

"¿Lo hago?" preguntó Freyr dando también un paso adelante. "¡Ni siquiera has tenido el valor de pronunciar tu nombre!"

"¡Ja!" rió socarronamente el enemigo, asumiendo una postura de defensa. "¡En verdad no pensé que fuera algo que tuviera que hacer ante un rival que estará muerto dentro de poco! Pero ahora que lo dices, creo que conocer el nombre de quien te mandará al Inframundo es algo que mereces, después de todo..." El hombre resplandeció en el poder que lo envolvía, dibujando la figura de una mujer con seis bestias a su espalda. "¡Yo soy Sobek de Escila, General Marino de Poseidón!" gritó intimidante el guerrero, abriendo sus brazos desplegando su terrible energía cósmica.

Midgardo siguió por ese camino de salida que sólo él y Dolbare conocían. Desde pequeño, habiendo sido condenado al aislamiento de su existencia, no había tenido más remedio que recorrer el Valhalla por pasadizos y habitaciones que jamás utilizaban sus habitantes.

Sus memorias ahora no se encontraban confundidas por el terrible odio que le había engendrado su padre, sino por la urgencia de poder solventar el desastre que él mismo había ayudado a caer sobre Asgard. Aún le costaba un poco de trabajo comprender sus propios sentimientos, era como si se hubiese encontrado con un ser que le había renovado totalmente.

La emoción de tener frente de sí al hermano que le enseñaran a odiar y a hacer responsable por sus propias pérdidas era, junto con su necesidad de aceptación y reconocimiento por parte de Dolbare, los dos sentimientos que habían llenado cada minuto de su solitaria existencia.

Siempre encerrado, siempre escondido entre las sombras, jamás siendo capaz de dejar de utilizar la máscara que portaba para que los sirvientes que le rodearan, de vez en cuando, no supieran a quién se parecía. Hombres y mujeres que fueron envejeciendo a su alrededor, mientras que él iba creciendo, alcanzando la adolescencia.

Recordó aquella tarde en cuando Dolbare le pinchara un dedo para tomar algo de su sangre.

"Con ella, ¡te daré el poder para recuperar lo que es tuyo!" le había prometido.

La misma sangre que había despertado a la armadura que ahora portaba. La misma que le llenó de su poder, combinado al suyo propio, con pensamientos llenos de caos y destrucción, manipulados por Dolbare; pero ahora también sabedor, de que fue fácil de conducir hasta aquel estado por la propia personalidad del Dios que la había mandado: Loki, Señor del Caos.

Pudo observar a lo lejos desde un risco, cómo la batalla por Asgard ya había iniciado liderada por el valiente Ull, hermano del joven que él asesinara algunos días antes. Su corazón se llenó de remordimientos, pero no se detuvo mucho tiempo para contemplar las acciones: Si sobrevivía, regresaría para pagar aquello que debía. Pero ahora, lo más importante, era encontrar a Dolbare y derrotarle, para permitir que Erik recibiera su poder... y luego, la legendaria Armadura de Odín.

El único lugar posible que se le ocurría donde Dolbare habría buscado refugio, era a aquella caverna profunda y extrañamente cálida que se encontraba cerca del Oratorio de Odín. La capa de piel que cubría su armadura se agitó contra el viento, mientras que el hermano gemelo de Erik aumentaba su velocidad utilizando su propio Cosmo, algo que su hermano le había enseñado inconscientemente en sus escarceos anteriores. Una maniobra muy útil, dadas las circunstancias.

"¡Luchen con sus corazones, Asgardianos!" rugió Ull en medio de la batalla, en donde se mezclaban gritos de rabia y de dolor, extremidades desmembradas y cuerpos vivos con cadáveres. Sobre la montura que alguna vez fuera de su hermano, el valiente hijo de Rung elevó su Cosmo con gran poder. "¡No dejen que la noche caiga sobre nuestra hermosa ciudad!"

Los escudos de acero chocaban entre sí, mientras que espadas y lanzas se encontraban con extraños artículos hechos de metales desconocidos, moldeados en figuras caprichosas. Un alto guerrero, de casco con membranas a sus lados se detuvo frente a Ull, llevando entre sus manos los cuerpos inertes de dos Asgardianos, muertos al enfrentarse contra él.

"¡Miserable!" gritó Ull mirando al extraño, quien le sonreía con burla.

"¿Un niño?" preguntó el guerrero usando su guante, que remataba en una fina daga, para levantar su puño y matar, de un solo golpe, a dos hombres que luchaban detrás de él: un Asgardiano y un Atlante. "¿Qué hace aquí un pequeño que debería de estar escondido bajo las faldas de su madre?"

Asombrado de observar al vil invasor acabar con uno de sus propios hombres con la mayor frialdad, Ull apretó sus manos y sus dientes para responder ante aquellas terribles palabras.

"¡Al que tomas por niño lo hicieron hombre sus cobardes maniobras!" exclamó alzando a Mjolnir por encima de su cabeza. "¡Ustedes fueron quienes mataron a su padre, y a aquella madre que le recuerdas!"

Una carcajada maligna es lo que recibió de vuelta.

"¡Un huérfano!" escarneció el guerrero, dando un paso hacia delante, sobresaliendo por encima de Ull y su montura. "¡Alimentaré con tu carne a los perros que devoraron a tus padres!"

"¡Que los Dioses te maldigan!" escupió con desprecio el hijo de Rung elevando su Cosmo de gran manera. Sus cabellos pelirrojos se alzaron poco a poco, mientras que el aire se llenó de un aire de aroma dulzón. "¡LORD OF THUNDER!" gritó, invocando al trueno que cayó sobre sí -y que por prodigio no le mató, ni a su montura-, encendiendo al rojo vivo a Mjolnir, las cuales lanzó con fuerza contra el gigante.

Recorriendo el aire, las hachas dobles se elevaron al cielo, para marcar una extraña parábola que fue seguida por el gigante, y lejos de ahí, por el General Marino que observaba todo desde un montículo, acompañado de la mujer de cabellos lilas y escamas jades que se hacía llamar Circe de Mantarraya.

"¡Ese ataque!" exclamó Lancelot observando a Mjolnir moverse y percibiendo la Cosmoenergía que emanaba de las hachas. "¡Ya lo he visto antes! ¿De dónde viene?" preguntó a Circe.

"¡De allá, mi Señor!" respondió la mujer señalando a un punto del caótico mar de hombres en el que se había convertido la planicie delante del Palacio Valhalla.

Fijando su vista con concentración, Lancelot frunció el ceño para analizar el Cosmo y saber de esa forma, si éste pertenecía al Guerrero Rung, mismo que diera por muerto unas noches antes.

Una vez más las carcajadas del guerrero que enfrentaba a Ull resonaron burlonas, al ver que las hachas pasaban de largo yéndose hacia el cielo.

"¡Eso es lo que pasa cuando mandas a un niño a realizar el trabajo de un hombre!" insultó, dando un paso hacia delante, levantando su mano para asestar un golpe con su daga a Ull, quien lo observó con gesto fiero sin retroceder ni un centímetro.

"¡Tú no eres un hombre!" vituperó con desprecio. "¡No eres más que la más baja de las bestias!"

Brillando con poder, Ull dejó caer su mano rápidamente, manipulando su Cosmo. El cielo rugió y las hachas se abalanzaron contra su enemigo con fuerza, una detrás del Atlante, la otra delante de él, partiéndole perfectamente con la fuerza de un rayo que cae del cielo, cauterizando además las mitades que lo calcinaron de inmediato. Como si se trataran del Mjolnir mítico, las hachas dobles regresaron por sí mismas a las manos de Ull, quien pasó por en medio del guerrero, que ya se separaba en dos mitades, para continuar con su lucha.

"¡Circe!" exclamó Lancelot una vez más. "¡Enfréntale! ¡Necesito medir sus habilidades!"

La mujer sonrió con maldad para aclarar.

"¡Veo que no confiáis en mí, Dragón del Mar!" expresó ella. "¡No podréis poner en buen uso vuestros estudios, puesto que acabaré con aquel Asgardiano!"

"Eso espero" replicó Lancelot, que observó cómo la mujer se lanzaba en medio de la batalla, para moverse ágilmente entre la trifulca con dirección al Guerrero. "Eso espero..."

"Mi Señor, aunque seré yo quien lidere esta batalla, me parece que lo más adecuado es que sea usted quien dirija las palabras de aliento a los hombres" dijo Alberich a Erik. "No tardan en llegar nuestros enemigos."

"¿Crees que ellos me querrán como líder, tras la infamia que Dolbare sembró en los corazones de los Asgardianos en mi contra, Alberich?" preguntó Erik con tristeza. "Incluso ahora, veo en sus ojos la mirada de reprobación."

"Señor... ¡usted es el elegido de Odín! Si el Padre de los Dioses ha puesto su confianza en usted, ¡no será tarea imposible ganar el corazón de sus hombres!" sentenció Alberich.

"'El corazón de mis hombres'..." repitió Erik la frase. "¡En verdad hoy creo que ese es el reino más difícil de conquistar!"

"Únicamente confiando en usted mismo será capaz de hacerlo, Señor."

Ambos hombres se observaron. Erik dio media vuelta para hablar a los guerreros que lo observaban con desprecio.

"¡Asgardianos!" exclamó levantando su mano, empuñando su espada. "¡Sé que muchos no creen que yo sea digno de estar delante de ustedes!" dijo. "¡Sé también que en sus mentes y sus almas se ha sembrado la semilla de la duda por mi integridad y por el amor que le tengo a Asgard y su pueblo!" explicó. "Sin embargo, estoy aquí ante ustedes, para pedirles su ayuda. ¡Quiero que se unan conmigo en una batalla que, sin lugar a dudas, no veremos muchos de nosotros finalizar!" Los hombres se miraron entre sí, confundidos ante la fatalidad que Erik invocaba en sus palabras. "Sin embargo, su valentía y su amor por aquel pueblo los ha traído hasta aquí, con la esperanza de defender aquello que aman... ¡Y esas mismas razones me han conducido aquí mismo, para hablar delante de ustedes!" expuso Erik alzando la mirada, altiva, asumiendo una postura magnánima. "¡Yo estoy aquí, con ustedes, no como su rey, ni nada que se le parezca! ¡Estoy aquí como otro Asgardiano que, ante la indignación de ver a su nación de rodillas delante de invasores cobardes, se encuentra hoy confundida y llena de miedo!" moviéndose de un lado al otro, prosiguió. "¡Estoy aquí con la verdad de las palabras de Odín, Señor de Asgard, el cual habla por mis labios, para decirles que nunca como hoy, nuestro Dios Padre se sintió orgulloso de sus hijos y sus seguidores!" aquellas palabras parecieron reavivar a la multitud, que continuó escuchándole curiosa. "¡Los Dioses nos acompañan y no nos han abandonado, han aprendido de ustedes, los hijos de Asgard, que es inútil bajar los brazos y darse por vencidos ante los signos de una profecía derrotista como la que ustedes están temiendo en estos mismos momentos!" señalando hacia delante, por donde los enemigos se aproximaban, Erik gritó. "Luchemos contra las tinieblas de la noche que se aproximan por allá, Asgardianos, y demostrémosle a las Nurnas y al destino fatal, ¡que aquí hay un pueblo que no está dispuesto a aceptar el ocaso con las manos caídas!"

"¡SÍ!" exclamaron los hombres finalmente llevados al entusiasmo ante las palabras de Erik, Gran Señor de Asgard.

"¡Luchemos contra las tinieblas para hallar, más allá de ellas, la luz de los días cálidos que nuestros hijos y nuestras mujeres anhelan!" clamó. "¡POR ASGARD!"

"¡POR ASGARD!" respondieron con una potente voz al unísono los hombres reunidos en el Ala Oriente, sintiendo sus ánimos hervir y su lealtad y sus esperanzas encendidas por las palabras de aquel hombre.

Alberich asintió, para dar la señal de avanzar, corriendo, al encuentro de los enemigos. Los Asgardianos iniciaron la ofensiva, rugiendo llenos de valor y amor por su nación, confiados en que la presencia de los Dioses no los había abandonado.

Más allá, cercano a aquel lugar, en un claro del Bosque de los Espíritus, un contingente de Atlantes, liderados por un hombre de cabellos negros y tez morena observaron con asombro cómo la nieve de los árboles pareció caer en grandes bloques, al tiempo que sintieron que el piso temblaba.

"¿Qué es esto?" preguntó el General Marina del Caballo de Mar ante el inesperado acontecimiento. Con asombro, observó hacia delante, donde vio venir a una masa incontenible de fieros guerreros, que se dirigían a su encuentro. "¡Preparados!" gritó demasiado tarde, cuando la armada por la defensa de Asgard, dirigida por Erik de Odín y Alberich de Megrez, los alcanzó con furia inesperada.

Un puño falló en golpear a Freyr de Tyr, noble Señor, que llevaba con la furia del más puro odio entre rivales en una guerra.

"¡Sois rápido, Asgardiano!" reconoció Sobek al Guerrero que tenía enfrente. "¡Pero huir de mis ataques será inútil y no salvará a la gente que pretendéis rescatar de mi furia!" amenazó, haciendo brillar su Cosmo y haciendo que los mares se agitaran a su llamado.

"¡Maldito cobarde!" exclamó el imponente y fiero rubio. "¿Acaso encuentras satisfacción asesinando a inocentes cuando tienes frente a ti a alguien que está dispuesto a luchar?"

"¡A decir verdad, sí!" respondió el General Marina de Escila al Guerrero Asgardiano. "Delante de mí no veo a nadie que luche, sino que escapa a cada uno de mis golpes."

Freyr meditó. Se sonrió pensando la dualidad de la que es sujeto. Un hombre que defendía la paz llevado al combate que, en realidad, abominaba. No, jamás había encontrado en su corazón, una verdad que lo llevara a justificar una pelea: mas hoy, los motivos le resultaban muy claros. Pensó en la gente que iba a bordo del barco, recordó su petición al capitán para que confiaran en él; en su propia hermana, la cual aguardaba, con ilusión, el día en que pudiera regresar para iniciar su vida al lado del hombre que amaba. En los niños, esperanza de un país que parecía haberse rendido hasta que se les ofreció la oportunidad de sobrevivir, a lo que se aferraron, incluso al grado de abandonar todo aquello querido por ellos, como sus hogares, para poder tener un chance a la vida.

"¡Tienes razón!" dijo el hombre bajando la vista y desenfundando una espada con su mano izquierda. "Hasta ahora había evitado, estúpidamente, confrontarte realmente; sin embargo, hay demasiado en riesgo, mucha gente que amo profundamente como para no blandir esta espada que tanto detesto." Incendiando su Cosmo de forma agresiva, el General Marino se replegó ante la tormenta de energía que se reunió alrededor del hasta ahora, defensivo Asgardiano. "¡Soy el Señor de Tyr1!" exclamó invocando el nombre de su Dios guardián. "¡Los defenderé hasta la muerte!"

Gritando con fuerzas, Freyr se arrojó contra el General Marino que retrocedió asombrado ante la transformación que su hasta ahora, denostado rival había sufrido.

"¡Tú mismo lo has dicho!" exclamó Sobek. "¡Hasta la muerte, cuando los peces se alimenten con tus fétidas carnes, yo acabaré con tu gente!" Incendiando su propio Cosmo, el General de Escila levantó sus manos hacia sus costados para gritar: "¡EAGLE CLUTCH!"

La enorme figura de un águila pareció salir, envuelta en cósmicas llamas, del General Marina, golpeando a Freyr fuertemente y lanzándolo contra el piso. El golpe fue potente, pero no suficiente para derrotar al valiente Asgardiano.

"¿Qué fue eso?" se preguntó levantándose, asombrado ante la brutalidad del embate.

"Vas a lamentar haberte puesto en el camino de Sobek de Escila, Asgardiano" amenazó el General Marina, brillando en poder. Levantando su brazo, y mostrando la figura de una serpiente, el hombre de Poseidón proclama. "¡SERPENT STRANGLER!"

Una enorme serpiente pareció ahora emerger del cuerpo de Sobek de Escila, envolviendo con sus anillos al Señor de Tyr en un fuerte apretón con la temida figura cósmica de aquella sierpe.

"¡Por los Dioses!" gritó Freyr sintiendo que su vida está en peligro. "¿Qué clase de hombre es al que estoy combatiendo?"

En el Bosque de los Espíritus, la batalla por Asgard también se libraba. Sintiéndose protegidos por la solidaridad de los Dioses, los hombres alrededor de Alberich han luchado con fuerzas sobrehumanas, logrando igualar la proeza que, hacía unas noches, los hombres de Rung realizaran al enfrentar, en desventaja numérica a sus oponentes en el momento en que Bilkskirnir cayera.

"¿Qué criaturas tan salvajes son estas?" se preguntaron los atlantes, al verlos luchar con frenesí. "¡Parecen poseídos por las mismísimas Furias!"

"¡No se dejen vencer!" exclamó Caballo Marino. "¡No podemos hacerlo, pronto Dragón Marino se nos unirá! ¡Debemos resistir!"

"¡Lo estamos logrando, Alberich!" dijo Erik repartiendo golpes a varios lados, formando un dúo con el Señor de Megrez, quien combate igualmente con su espada. "¡Vamos a vencer!"

"¡Señor!" prorrumpió el pelirrojo. "¡Usted debe de adelantarse!" continuó. "¡Odín!"

"¡Odín lucha también por su pueblo, Alberich!" respondió Erik encendiendo su Cosmo. "¡No puedo irme dejándolos aquí!"

"¡Pero, Señor!" reprochó el Señor de Megrez. "¡Su hermano está confiando en que llegará al sitio que le indicaron los Dioses!"

Más golpes fueron repartidos por Erik tras escuchar la mención de Midgardo y su misión. Su corazón se angustió sabiendo que el encuentro con Dolbare le resultará difícil, pero las palabras de su gemelo hablaban del sacrificio en aras del cumplimiento de su misión. Más allá de aquella terrible prueba, Erik sabía que la verdadera pelea comenzaría después, cuando, investido con el poder de Odín, tuviera que enfrentar, cara a cara, al Dios que pusiera sus codiciosos ojos en Asgard.

"¡Alejaos!" se escuchó una orden desde otra parte del campo de batalla. "¡Cubríos!" Es Caballo Marino que ordenaba a sus hombres.

"¿Qué ocurre?" interrogó Erik sin comprender, mientras Alberich observaba al líder de los enemigos llenarse de energía mientras que cruzaba sus brazos. Pudiendo percibir las corrientes de la celosía cósmica estrecharse, como una red siendo jalada por un pescador, el Señor de Megrez comprendió que estaban a punto de ser atacados con una técnica devastadora.

"¡Asgardianos, al suelo!" advirtió con un grito. "¡Todos al suelo y cúbranse!"

"¿Qué pasa?" preguntó Erik, que es empujado por Alberich y cubierto por él. "¡Alberich!"

"¡Mi Señor!" exclamó el Señor de Megrez con preocupación.

"¡RISING BELLOWS!" gritó el General Marina.

Un viento incontenible se levantó por el Bosque de los Espíritus con gran fuerza. Asombrado ante el ataque, Erik sólo acertó a escuchar que el Escribano de Asgard parecía orar mientras brillaba en Cosmo.

Una parvada de aves levantó el vuelo asustada en algún punto lejano del Bosque de los Espíritus ante el incontenible choque de energías cósmicas que cimbró violentamente el suelo.

Bajando por el camino nevado, Midgardo salió de un entorno boscoso, para encontrar, en la falda de un monte, la entrada insospechada a la cálida caverna de Asgard. Utilizando su Cosmo, el gemelo de Erik caminó hacia aquel lugar para detenerse y observar que, a pesar de seguir nevando, las profundas huellas de un hombre seguían impresas en el suelo que conducía hasta la entrada de la misma. Siguiendo el rastro, el joven dirigió su vista hasta en donde éstas se detenían, para encontrar, de pie y empuñando una espada, al hombre que le diera la vida.

"¡Dolbare!" pronunció el nombre con repulsión y amargura.

Observándole de vuelta y haciendo brillar su Cosmo, el hombre de cabellos blancos elevó su poder de Odín, para echar hacia atrás su capa. Poco a poco se dio la media vuelta, para internarse en la oscuridad de la entrada.

Comprendiendo la invitación retadora, Midgardo apresuró el paso para ir hacia donde su rival parecía quererlo llevar. No le importaba saber que se trataba de una trampa, pues dicho encuentro había estado predeterminado desde antes de su nacimiento. Hasta hacía poco, seguía siendo una marioneta utilizada por la maldad del antiguo Sacerdote; hoy, Midgardo se sabía dueño y señor de su propio destino.

Sus pasos resonaron en la caverna, sintiendo el calor que emanaba de ella. Avanzando con tranquilidad y sin necesidad de tener que utilizar una antorcha que iluminara su camino por conocerla bien, Midgardo llegó casi hasta el fondo de la misma, a un sitio donde el suelo era caliente y no existía hielo. Ahí, esperándole, se encontraba Dolbare, antiguo Señor de Asgard.

"Finalmente has llegado, hijo" dijo Dolbare con tranquilidad.

"Sabía que este sería el lugar donde podría hallarte oculto, padre." contestó Midgardo, deteniendo sus pasos a diez metros de donde el Sacerdote se encontraba.

"¿Oculto?" preguntó Dolbare con tono irónico. "¿Acaso hay lugar en donde yo pudiese ocultarme de ti, el hijo al que revelé siempre todos mis secretos?"

Las palabras hicieron eco en la caverna y en los oídos de Midgardo de Loki.

"No, Padre" replicó el joven idéntico a Erik. "¡Tienes razón, no habría lugar en el que pudieras ocultarte de mí!"

"¡El cachorro amenazando al padre!" gritó Dolbare comenzando a perder la calma que había mostrado. "¿Cómo te atreves, miserable?" su cara se coloreó de rojo mientras temblaba, lleno de ira.

"¿Soy yo el que tiene la espada desenfundada para encontrarnos?" preguntó Midgardo mirando el arma que su padre ostentaba en su mano. "¿No me enseñaste siempre que una espada en mano de alguien significaba que debía combatir?" presionó, mientras que, poco a poco, el joven desenvainaba su hoja igualmente.

"¡Pobre imbécil!" prorrumpió Dolbare al observar que su hijo le retaba. "¿Cómo pude guardar las esperanzas de que fueras un hombre que se levantara contra su destino?" preguntó, enojado. "¡Mírate!" exclamó apuntándole. "¡Te has convertido en el guiñapo de tu hermano!" escupió, soltando una carcajada que le confirió un aspecto maniático.

Midgardo le observó fríamente, ajustando sus ojos para acostumbrarse a la oscuridad de la caverna. Encendió su gélido Cosmo, para no dejarse afectar por el calor del lugar que se asemejaba a un horno. Al no notar reacción de su hijo, Dolbare detuvo su risa para preguntar.

"¿No dices nada?"

"Únicamente que hoy, por primera vez en mi vida, puedo observarte tal cual eres" replicó Midgardo con desprecio. "¡No eres más que un pobre imbécil dirigido por su propia codicia! ¡Reniegas de seguir los dictados de los Dioses y te amparaste de las razones más mezquinas y bajas, Dolbare!" juzgó el gemelo de Erik. "¡Y encima tienes el cinismo de acusarme de ser un guiñapo manipulado por mi hermano!"

"¿Y no es así? ¿No estás aquí para acabar conmigo y cumplir el destino que te reveló Erik y el traicionero Odín?" cuestionó Dolbare, asumiendo una postura de combate.

"¡No, Padre, no es así!" replicó Midgardo levantando a su vez, la espada en actitud de combate. "Estoy aquí por primera vez ante ti como un hombre liberado. ¡Gracias al amor!" exclamó, lanzando un grito y abalanzándose contra el Sacerdote de Odín quien lo recibió con su propia espada.

El choque cósmico fue suficiente para levantar polvo en una gran onda alrededor de ellos.

Ull avanzó poco a poco, abriéndose paso y exterminando a los enemigos de Asgard. La cantidad de rivales aún parecía inacabable, pero su fuego interno se encendió, alimentado por las memorias de sus padres, de su hermano y por el relicario con los cabellos de Freya en su pecho.

"¡Viviré!" se prometió el joven. "¡Viviré en honor de ustedes!" Su Cosmo se encendió, poderoso.

Los cielos parecieron haberse aclarado, como si los Dioses desde su residencia, hubieran decidido asomarse hacia la Tierra y observar la formidable batalla por Asgard. El atardecer cayó, tiñendo de rojo las nubes, dibujando la silueta del Palacio Valhalla y la Estatua de Odín, magnífica, en medio del cielo.

El hijo de Rung pudo ver como un joven de su edad, cayó herido ante dos enemigos. Sin perder más tiempo, Ull desmontó de un solo brinco para lanzarse a la defensa del Asgardiano caído, portando un hacha en cada mano y abalanzándose contra los Atlantes, asestando golpes mortales. Sin saber lo que había ocurrido, ambos rivales cayeron muertos.

"¡Señor Ull!" gritó el joven. "¡Gracias!"

Ull sintió la presencia cósmica de un ataque que se dirigió a su montura. Afinando su vista, observó como un látigo envuelto en energía, se dirigió contra el orgulloso corcel que fuera de su hermano.

Circe, la mujer que había lanzado el ataque, sonrió saboreando anticipadamente la muerte de la bestia, pero para su sorpresa su látigo fue rechazado, regresando contra ella rápidamente y lanzando chispas, cuando un hacha girando velozmente por el aire cubrió al caballo. Con sorpresa, advirtió que el arma volaba para regresar a la mano derecha de un joven, casi un niño, que la miraba con gesto adusto.

"¡Ya me imaginaba que eran bárbaros los que nos atacaban, pero muy idiotas debían de ser para confundir a un caballo con un guerrero de Odín!" dijo Ull, caminando hacia su rival que lo observó sorprendida por un momento.

"¡Vaya!" se burló la mujer de cabello lila, sorprendida. "¡Debo de decir que sois un joven muy atractivo!" sonrió. "¡Jamás pensé que alguien de vuestra edad pudiera poseer un Cosmo tan fuerte!"

"¡El que seas una mujer no te salvará de la furia de mis martillos!" amenazó Ull, mostrando a Mjolnir.

Circe, enfundada en sus escamas jade, observó el par de armas que el joven ostentaba, asombrada.

"¿Aquellas hachas no son acaso las de aquel anciano que venciéramos la noche de nuestro primer ataque?" preguntó Circe extrañada. "¿Quién sois vos?"

"¡Yo soy Ull de Bilskirnir, hijo de Rung y de Lady Sif!" Pronunció orgulloso. La mujer rió divertida mirando al joven que se presentaba con tanto orgullo. Sin comprender la reacción de su enemiga, el joven preguntó colérico. "¿Qué he dicho que te cause tanta gracia?"

"¿Tú eres hijo de aquellos dos patéticos?" insultó la mujer sonriendo, elevando su Cosmo.

"¿Qué palabras has dicho, bruja?" demandó Ull mirándola con fijeza, descubriendo que ella le había revelado ser una de las asesinas aquella fatídica noche que saliera con Freyr a buscar las pruebas que incriminarían, o salvarían, a Erik de Odín. "¿Tú estuviste en Bilskirnir?"

"¡Yo fui quien acabó con la vida de cada uno de los habitantes de aquella Casa bajo órdenes del General Lancelot del Dragón del Mar!" exclamó, orgullosa. "¡Mis manos se tiñeron de la sangre de las mujeres, ancianos y niños, que suplicaron por sus vidas hasta el último momento de forma patética y cobarde!"

"¡Maldita!" gritó Ull respirando agitadamente.

"¡Órdenes son órdenes, muchacho!" respondió cínicamente la mujer, elevando su Cosmo y transmitiéndolo a su látigo, dibujando una Mantarraya detrás de ella. "Veo que no las cumplí al pie de la letra puesto que sigues vivo... ¿huiste lleno de pavor y ahora la culpa te hace luchar?"

Ull permaneció de pie, bajando sus manos, con su rostro oscurecido. Circe intentó encontrar en él rastras de Cosmo combativo, pero no halló absolutamente nada. Incendiándose más, la mujer sonrió, recordando el gesto de rendición que aquella mujer tuviera cuando destruyera Bilkskirnir, y lanzando su látigo con furia proclamó:

"¡STINGRAY'S FATAL SLASH!"

Surgiendo como una explosión del cuerpo de Ull, su Cosmo se quemó en una sinfonía de poder incontenible que estalló en instantes de segundos. El rostro de Circe se iluminó asombrado mientras que el joven, que parecía rendido unos momentos antes, cruzaba sus hachas para recibir el ataque que ella lanzara con su látigo. La punta del arma envolvió el punto donde ambos martillos se cruzaban.

"¡Niño estúpido!" se burló la mujer sonriendo, pensando que ha capturado a su presa. "¡Eres como un pez en un anzuelo, y si es así, no te resta sino morir!" alzando su Cosmo, la mujer haló el látigo hacia sí, intentando arrancar las armas de las manos del joven, quien permaneció plantado sólidamente, como una roca en el suelo.

"¿Acaso lo que intentas hacer es...¡esto!?" respondió Ull, imitando el movimiento de la mujer, halándola ahora a ella hacia él. La Marina intentó resistirse inútilmente, pretendiendo plantarse en el suelo como el joven. Chocando contra ella, Ull utilizó sus martillos para golpear la cabeza de Circe y obligarla a arrodillarse. "¡Que la justicia de los Cielos caiga sobre ti!" sentenció el joven, alzando sus manos para llamar a un cúmulo de nubes arriba de él, que se arremolinaron prodigiosamente como un torbellino sobre su cabeza. Atontada por el golpe recibido, Circe abrió los ojos, poco a poco, recobrando la conciencia, para ver como las puntas de los dedos de Ull se llenaron de chispas eléctricas que lanzaban una luz que la cegó con su fulgor. Un rayo cayó sobre ella, que traspasó sin afectar al joven, pero que de inmediato destrozó a Circe, la cual fue arrojada por los cielos fuera del campo de batalla. Algunas chispas aún recorrieron el cuerpo de Ull, luego de que el trueno que siguiera al rayo, explotara en oídos de los combatientes. Con el rostro aún oscurecido por la pena, el hijo de Rung contuvo una lágrima de satisfacción al pensar en sus padres.

Lejos de ahí, Lancelot de Dragón Marino había seguido los detalles de la pelea. Con paso firme, comenzó su descenso para encontrarse con aquel que contenía el poder del trueno. A su paso, mataba con golpes rápidos, a cuanto Asgardiano tuvo el infortunio de encontrarse en su camino.

"¿Alberich?" preguntó Erik, luego de que el resplandor del choque de energías cósmicas pasara en El Bosque de los Espíritus. "¿Estás bien?"

El Señor de Megrez, no acostumbrado a utilizar su Cosmo de tal forma, se encontraba exhausto, casi desmayado.

"Mi Señor..." respondió Alberich respirando agitadamente. "¡Su misión, váyase!"

"¿Cómo podría dejarte cuándo nos has salvado, amigo mío?" preguntó Erik, aliviado al ver al Escribano aún con vida.

Poco a poco, los invasores salieron desde sus escondites para encontrar, que los soldados Asgardianos se ponían de pie habiendo resistido la técnica de su General.

"¡Acaben con ellos!" gritaron los Atlantes, mientras que los soldados de Erik y de Alberich se levantaban rápidamente para reiniciar el ataque. Con furia, el hombre de piel morena y cabellos negros avanzó con rapidez para encontrar a los líderes de los Asgardianos, un hombre pelirrojo que parecía desmayado en compañía de otro de cabellos rubios, casi blancos, que lo intentaba reanimar.

"Me han logrado sorprender con su poder, Asgardianos" declaró el hombre enfundado en armadura dorada y cobre. "¡Ahora comprendo por qué se ordenó la venida de tres Generales Marinas hasta este sitio!"

Con sorpresa, Alberich y Erik observaron al enemigo que se presentaba ante ellos. Su armadura parecía tener motivos hípicos.

"¿Quién eres?" preguntó Erik, dejando a Alberich en el suelo con cuidado y ponerse de pie, esgrimiendo su espada a manera de ofensa y defensa. "¿Quién se atreve a presentarse ante Erik, Señor de Asgard?" cuestionó, con ademán altivo.

"¡Vaya!" se burló el General Marino. "¡Nada más y nada menos que el Señor de Asgard huyendo por la retaguardia de su Palacio! Sois los cobardes que Lancelot describió" declaró el hombre en armadura. "¡Yo soy uno de los Generales Marinos de Poseidón: Aponus de Caballo de Mar!" gritó dibujando con su Cosmo la figura de su signo.

"¡No te permitiré que sigas avanzando más!" amenazó Erik, enojado. "¡Yo te detendré!"

"¡Mí Señor!" se escuchó una voz que pronuncia esas palabras con esfuerzo. "¡Por favor!"

"¡Alberich!" dice sorprendido Erik mirando al Señor de Megrez quien, con dificultades se lograba poner de pie. "¿Qué haces?"

"¡Mi Señor, por favor!" rogó el pelirrojo. "¡No se detenga más y cumpla con su misión!"

"¡Pero Alberich!" protestó Erik. "¡No puedo dejarte aquí tras haber visto la cara del enemigo!"

"¡Puede y debe!" respondió Alberich ya de pie, adquiriendo un tono hosco en su voz. "¡No me haga recordarle una vez más qué es lo que debe de hacer!"

En medio de la batalla en el Bosque de los Espíritus, Aponus, observó en silencio el diálogo que se desarrollaba entre los hombres.

"¡Yo me enfrentaré al General Marino de Poseidón!" prometió Alberich. "¡Usted ya nos ha ayudado tanto como ha podido, ahora váyase!" ordenó.

"¡Alberich!" pronunció Erik, asombrado.

"¡Váyase!" volvió a ordenar Alberich, dulcificando su voz. "¡Y sálvenos a todos!" solicitó sonriendo como jamás hubiera hecho antes.

En silencio ambos hombres cruzaron sus miradas. En Alberich, la decisión y el valor lo hacían temblar, pero Erik percibió igualmente, urgencia y agradecimiento por haberle defendido.

"Bien" respondió Erik finalmente, accediendo. "¡Sé que lo harás bien, Alberich!"

"¡Así será, mi Señor!" replicó el pelirrojo aún sonriendo. "¡Yo como usted aún tengo una misión que cumplir! ¿La recuerda?"

Pensando en su intención por utilizar la estrategia del enemigo en su propia contra, Erik observó que la sonrisa de Alberich se fue tornando en la misma que esbozara siempre ante un éxito seguro. Sonriendo, comprendiendo y sintiendo verdadera gracia por aquel gesto tan infantil en un hombre tan serio, el Señor de Asgard se volvió para lanzar un golpe que Aponus evitó con rapidez.

"¿A dónde crees que vas?" cuestionó el General Marino a punto de salir detrás de él, cuando escuchó la voz de Alberich.

"¿Y tú?" rebotó el Señor de Megrez, ahora plantándose seguro en el suelo y mostrando su espada. "Te pregunto lo mismo."

Aponus lo miró para observarlo de pies a cabeza, notando como apenas lograba mantenerse en pie.

"¡Qué ridículo!" se burló el General Marino finalmente. "¡Mírate! Estás casi muerto luego de recibir mi ataque. ¡Fue un error haber dejado huir a quién podía salvarte!"

"Regla número uno del combate, extranjero: ¡Jamás des por ganada una victoria hasta que hayas hecho algo que realmente la gane!" Instruyó Alberich de Megrez, quien incendió con furia su Cosmo, lanzándose contra el enemigo con rapidez.

"¿Eso es todo?" preguntó decepcionado Sobek de Escila dejando caer a Freyr luego de haber atacado con dos de sus bestias. "¡Me decepcionáis, Guerrero de Asgard!" se mofó una vez más. "¡Los motivos que habéis proclamado parecen que son insuficientes incluso para vos!"

'Siento mis huesos destrozados...' pensó el Señor de Tyr, intentando ponerse de pie y reconociendo el sabor de la sangre que subió hasta su boca, para lanzar un vómito escarlata que tiñó el suelo.

"¡Sangre!" exclamó Sobek abriendo los ojos con una sonrisa. "¡Es una buena idea!" abriendo sus manos una vez más, un par de alas membranosas sobresalen de su espalda para gritar. "¡VAMPIRE INHAILE!"

Como si cientos de murciélagos salieran ahora de su cuerpo, Freyr fue embestido por el ataque del General Marino sintiendo que su sangre era absorbida poco a poco por las bestias cósmicas de Sobek.

"¡Y mientras morís lentamente en medio de lo patético, yo terminaré mi objetivo de exterminar a los cobardes que abandonan Asgard usando los mares! ¡Grave error!" amenazó Escila. Pasando de lado, el General Marino se aproximó al risco, dándole la espalda al Guerrero, para incendiar su Cosmo y gritar: "¡BIG TORNADO!"

Alrededor del General Marino, el aire pareció adquirir un matiz oscuro. En medio del ataque salvaje en el que Freyr se encontraba, logró ver cómo un enorme torbellino apareció en las manos de su enemigo, quien lo lanzó directamente hacia el mar, el cual pareció no dejar avanzar al barco en el que su gente se debatía, indefensa entre la vida y la muerte.

"¡Freya!" exclamó cerrando los ojos Freyr, llamando el último reducto de su Cosmo una vez más para rechazar el combate. "¡NO LO PERMITIRÉ!" prometió el joven, sintiéndose cansado de ser sorprendido.

Listo para lanzar el torbellino, Escila sintió el despertar del Cosmo oculto de Freyr de Tyr, que casi logra arrojarlo al mar.

"¡SWORD OF JUSTICE!" proclamó Freyr en su explosión, alzando su espada con la mano izquierda, magnificando su Cosmo que partió el aire. El torbellino que Sobek de Escila estaba a punto de lanzar se parte en dos cortando, al mismo tiempo y sorpresivamente, las alas del murciélago, que permanecieran abiertas mientras se llevaba a cabo su ataque.

"¿Qué?" preguntó Sobek girando para encontrarse al joven, respirando agitadamente, con sangre en el rostro, pero con una mirada que parecía llena de vigor y rabia. "¿Cómo es posible? ¡Las Escamas de Escila!" exclamó mirando las alas del murciélago en el suelo. "¡Rotas!"

"¡No te atrevas a darme la espalda, malnacido!" amenazó Freyr brillando en Cosmo, furioso.

"¡Tu poder es muy pequeño aún, Midgardo!" informó Dolbare rechazando los ataques de su hijo. "¿Cómo puedes pensar que quien te entrenó no será capaz de rechazar tus propias técnicas? ¿Acaso no te das cuenta que las conozco todas de antemano?" El grito del Sacerdote fue seguido por un golpe que lanzó rápidamente contra el joven. Incapaz de moverse más rápido, Midgardo fue herido en el rostro.

La hoja de la espada de Dolbare había destrozado el ojo izquierdo del joven. El dolor era muy grande, haciendo que el valiente hermano de Erik se tambaleara de dolor, dando unos pasos hacia atrás. Se cubrió el rostro con una mano sintiendo la viscosidad y el calor de su propia sangre. Las risas del Sacerdote de Odín se escucharon por toda la cueva.

"¡Pobre Midgardo!" se lamentó burlonamente. "¡Aquí viniste ante mí creyéndote suficiente para derrotar a tu padre, salvador y maestro!" continuó el hombre, reiniciando su ataque con furia.

Con dolor y descubriendo que las palabras del Sacerdote eran reales, Midgardo sólo acertó a defenderse con temor. ¿Cómo poder luchar contra el hombre que le enseñara aquellas técnicas? Jamás había pensado que, él, conocía sus debilidades en la batalla, y por tanto, los puntos que tenía que atacar.

"¡Hermano!" pensó con terror. "¡No puedo fallar! ¡No puedo rendirme a pesar de conocer esta verdad!"

Elevando nuevamente su Cosmo, el joven emprendió una nueva serie de ataques contra el Sacerdote de Odín, pensando en que su juventud, quizá lograría darle una ventaja contra el hombre que era su padre.

Conforme pasaban los momentos, Dolbare comenzó a mostrar signos de cansancio, pero continuó su combate sin rendirse. Dando un giro sobre sí mismo, Midgardo intentó lanzar un golpe que pudiera arrancar la mano que sostenía la espada del antiguo Señor de Asgard, pero fue recibida con un movimiento con el que el hombre dobló su muñeca casi sobrenaturalmente, una técnica de defensa ignorada por el hermano de Erik.

"¡Bien!" aprobó Dolbare, teniendo todavía tiempo para burlarse. "¡Siempre te costó trabajo esta maniobra! ¡Jamás pude enseñarte su defensa!" dijo el anciano, acercando su rostro hasta el de Midgardo, quien sangraba profusamente por la herida hecha en su ojo izquierdo. Deslealmente, el Sacerdote de Odín escupió contra el otro ojo del guerrero, quien, cegado, no acertó sino a brincar hacia atrás con agilidad, para poner un espacio grande entre los dos. "¡Te sacaré de mi camino, Midgardo!" amenazó Dolbare abriendo sus brazos, iluminándose con el Cosmo que aún Odín le regalara. "¡Te mandaré a otra dimensión!" gritó. "¡ESCUDO DE ODÍN!"

Midgardo logró limpiar su ojo sano para observar que dentro de la cueva, una enorme presión parecía atraerlo, como al polvo y piedras en el suelo, a una especie de enorme hoyo negro que se abrió frente al enloquecido Dolbare.

Afuera, en la entrada de la cueva, luces como de una tormenta que ocurriera dentro, iluminaron su arco natural.

"¡Jamás creí que tuvierais aún fuerzas para atacarme!" declaró Sobek de Escila a Freyr de Tyr con enojo. "¡Reconozco que me he equivocado pero que no lo haré más!"

"¡Sobek!" respondió Freyr sin abandonar su postura de ataque. "¡Deja ir al barco! ¡Yo soy tu verdadero enemigo!" pidió una vez más, intentando poner a salvo a sus seres amados.

"¿Y dejar ir aquello que permite que tenga yo una pelea tan entretenida como esta, Asgardiano?" cuestionó sarcástico el General Marino. "¡Jamás! ¡Acabaré contigo y luego, toda aquella gente os seguirá al reino de Hades para sufrir eternamente!"

"¡No me derrotarás jamás!" juró Freyr. "¡Mientras ellos sigan con vida, no me rendiré hasta saber que están a salvo!"

"¡No prometas lo que no puedes cumplir!" replicó Sobek, quien apuntó con su dedo al Guerrero de Asgard diciendo: "¡QUEEN BEE'S STINGER!" Un fino haz de luz escapó de un aguijón que las escamas de Escila mostraban atravesando el desprotegido cuerpo de Freyr. El dolor era irresistible; sus ojos parecen mostrar con oscuridad como la llama de su vida flaqueaba luego de recibir el ataque, pero permaneció en pie, más a base de valor, que de verdadera resistencia.

"¡Ya te dije que no moriré!" reiteró Freyr alzando su Cosmo y mirando al Cielo en una oración. "¡Dioses de Asgard no me abandonen!" clamó. Con fuerzas, su espada se levantó, ardiendo.

"¡SWORD OF JUSTICE!" gritó una vez más. El golpe fue tan fuerte y tan certero, que le resultó imposible al General Marino rechazarlo, únicamente acertando a cruzar sus brazos como defensa. El haz de luz rompió la figura de la Serpiente y los talones del Águila de las escamas, lo mismo que el aguijón de la Abeja Reina.

"¡No puedo permitir que alguien como tú me derrote!" amenazó Sobek observando cómo sus Escamas parecían partirse en pedazos cada vez que el hombre ejecutaba aquella técnica. "¡Morirás con la más fuerte de mis bestias!" Levantando la rodilla, el hombre de cabellos magentas invocó el espíritu del Oso para exclamar: "¡GRIZZLY SLAP!"

El cuerpo del General Marino pareció adquirir un enorme volumen ante los ojos de Freyr, quien haciendo caso omiso de la inconcebible transformación, continuó inamovible lanzando sus ataques, pero fue golpeado por la garra del Oso, siendo lanzado por los cielos en una explosión de energía descomunal.

Lejos, en el barco, Freya se aproximó a la borda, aprovechando la calma artificial provocada por el Cosmo del General Marina, ante el asombro del capitán, quien no entendía cómo los mares podían haberse detenido luego de haber habido una tormenta tan feroz. Mirando los haces de luz de la playa en los que Freya logró reconocer el Cosmo de su hermano, la mujer pronunció.

"¡Freyr!" se lamenta, pudiendo casi sentir como la vida de su hermano parecía escaparse. "¡Por favor, hermano!"

Cayendo desde gran altura, Freyr chocó contra el suelo, sangrando copiosamente y dejando un charco de su vida debajo de sí. Se reconocía moribundo, pero sonrió, pensando en el último golpe que asestaría a su enemigo.

"¡Freya!" respondió él usando su Cosmo para hablar con su hermana. "¡No llores!" pidió, consolador. "¡Sólo hago lo que un hombre debe de hacer!" declaró valientemente. "¡Defender aquello que la vida le ha regalado para cuidar y amar!"

Caminando lentamente, Sobek observó como la garra del Oso se iluminó en su armadura para caer destrozada por otro de los rapidísimos golpes que Freyr asestara con su Espada de la Justicia.

"¡Maldito!" escupió el General Marino, no pudiendo dejar de admirar el valor de su enemigo. Mirándolo caído, moviéndose penosamente, Sobek decidió que había llegado el final. "¡Casi lo logras, Asgardiano!" gritó el hombre por encima del viento que había reiniciado a barrer la playa. "¡Pero sigo con vida mientras que tú estás a punto de exhalar tu último aliento!"

Con esfuerzo sobrehumano, Freyr de Tyr logró sostenerse con sus manos, bañando su espada y sus dedos en su propia sangre. Tosió para dejar caer más de ella que salía de sus explotados órganos en su interior. La vida se le iba en cada momento.

"¡Aún tengo un ataque más que no has logrado destruir, Asgardiano!" informó el hombre de cabello magenta. "¡El ataque último que había reservado por su velocidad y ferocidad! Creo que estarás familiarizado con esta bestia..." agregó. "¡Es un Lobo!"

Freyr abrió los ojos sorprendido, al recordar una memoria de su infancia cuando su padre le rescatara de una jauría de lobos hambrientos que se había aventurado hasta los jardines de Tyr. Con arrojo supremo, Freyr observó aquella vez a su padre luchando como jamás lo había hecho, puesto que de él había heredado su carácter amante de la paz. El habría resultado herido en la contienda.

Recordó cómo al ser herido en una mano, su padre había utilizado el arma tradicional de los Asgardianos en un último golpe mortal. Su padre se había aproximado hasta él, soportando el dolor, para cargarlo hasta la casa, mientras que el niño le miraba lleno de temor incapaz de hablar.

"Un lobo, Freyr, es el último enemigo que un Señor de Tyr quisiera enfrentar. Asegúrate de estar siempre presto a matarle sin titubeos." aconsejó su padre. "¡Que tu mano no tiemble y menos cuando ésta se levante para proteger a quien tú amas!"

El casco de las Escamas de Escila brilló al recibir el Cosmo que Sobek invocó para liberar a la última de sus bestias.

"¡WOLF'S...!"

Logrando mantenerse en pie, Freyr tomó su espada, resbalosa por la sangre que bañaba el mango, para sostenerla con su mano derecha, mientras que daba un paso hacia delante sin titubeos. El hombre de cabellos magentas sonrió, sabiendo que su técnica superaría al de su rival, una vez que lo había observado ejecutarla un par de veces antes. La distancia que se acortaba entre ellos le daba la certeza de la victoria final.

"¡SWORD OF JUSTICE!" gritó Freyr brillando en poder y lanzándose contra su enemigo con rapidez.

"¡...FANG!" concluyó de invocar el nombre de su bestia final el General Marino, arrojando por su cuerpo el Cosmo dibujado como un lobo que atrapó a Freyr en la mano. Sonriendo de tener atrapado a su enemigo, Sobek apretó hasta destrozar las falanges y los huesos de la mano de Freyr que estoicamente no gritó, a pesar de la explosión de sangre que manchó los rostros de ambos hombres. "¡Estás acabado, Asgardiano!" dijo el General Marina injuriosamente al rostro del joven rubio, quien frunció el ceño, ignorando el dolor de tan terrible momento y levantando su mano izquierda rápidamente para introducirla debajo de sus ropas. Con la misma rapidez y para asombro de Escila, pudo ver cómo Freyr extraía una daga de elegante diseño, con una hoja que ostentaba su nombre: "FREYR", en runas grabadas en el puño enjoyado.

Comprendiendo que la distancia acortada ahora era algo que lo ponía en peligro, el General Marino no pudo hacer más cuando la daga se clavó certeramente en su garganta, desprovista de la protección de las destrozadas Escamas por la Espada de la Justicia del noble Señor de Tyr.

Muriendo instantáneamente, el degollado General Marina cayó delante de los pies del tambaleante Asgardiano, que herido y moribundo, se aproximó arrastrándose hasta la orilla de la costa para observar cómo, prodigiosamente, los vientos volvían a soplar para permitir que el barco donde su gente y su hermana, la doncella Freya, de triste mirada, comenzara a alejarse con rapidez.

"¡No!" exclamó Freya con dolor, reconociendo la temblorosa figura que la observaba desde la orilla. Intentó mirarle a los ojos, y por un instante, ella habría jurado que lo había logrado, para ver dibujada en los labios de su hermano, esa gentil sonrisa que siempre le regalaba para darle fuerzas y ánimos.

"¡Vete y sálvate, hermana!" escuchó la voz de Freyr en su mente, de una manera clara, como jamás había hecho. "¡Muero feliz en Asgard, habiendo cumplido mi misión como tu protector y como hijo de Odín!"

"¡Freyr!" exclamó la joven, quien respiró profundo luego de observar el cuerpo de su hermano caer y no sentir más aquella presencia que siempre la vigilaba y protegía. El frío viento hizo volar su cabello, pero no la hirió. No le hizo nada.

La valiente mujer había comprendido que su hermano había ofrecido su vida para dar esperanzas a Asgard y para que su gente viviese. ¡No ofendería la memoria de Freyr derramando lágrimas en la víspera de la esperanza en Bluegraad!

Y tal como su hermano lo hiciera... ¡no se rendiría jamás!

"Así aconteció la triste caída del Señor de Tyr, quien antes cobró sangre también a los enemigos de Asgard. Su sacrificio y la partida de aquella nave permitieron que nuestra nación pudiera encontrar, en medio del dolor más grande y de su noche más oscura, un rayo de luz que pudiese iluminarlos en medio de tan terrible oscuridad..."

Continuará...

1 Tyr: Dios zurdo y de la guerra en el panteón nórdico.- Nota del Autor.