LUNA DE PLATA
Capítulo 4
POR LA VICTORIA
Giró en la esquina y caminó cinco pasos. Se detuvo, dubitativo. Los personajes de los retratos lo observaban con curiosidad. Algunos enseñaban en sus rostros sonrisas divertidas, y otros, de seria preocupación.
Remus sacudió la cabeza hacia ambos lados.
¿Qué rayos estaba haciendo?
Era sábado, temprano, y faltaba apenas media hora para que iniciara el partido de quidditch por el cual James había dejado de insistir tanto en que perdonara a Sirius. Los entrenamientos habían ocupado gran parte de su tiempo y la terquedad de Lupin había logrado finalmente hacerlo desistir.
Era un partido muy importante, el cual sentaría qué casa estaría a la cabeza de la Copa: Gryffindor versus Slytherin. El equipo de las serpientes había logrado una mejora importante ese año, con su cambio de buscador.
Siguió avanzando, diciéndose a sí mismo que dejaría de vagabundear por ahí e iría directamente al campo. Y había comenzado a bajar las escaleras, cuando se detuvo nuevamente. Dejó escapar un prolongado suspiro de exasperación, giró sobre sus talones, y volvió a caminar por los pasillos que llevaban hacia la sala de transformaciones.
Sirius continuaba castigado luego del incidente, o al menos lo había estado hasta el día anterior. No estaba del todo seguro, ya que no le había preguntado cuánto tiempo duraría el castigo. Esa mañana no lo había visto en el dormitorio ni tampoco en el comedor, y como no se le ocurría otro lugar en dónde buscarlo, había decidido probar suerte en el lugar donde había estado asistiendo las últimas dos semanas.
Aún no había decidido perdonarlo, pero algo lo impulsaba a buscarlo en ese momento: el que James estuviera a punto de jugar. Aunque intentara disimularlo, la presión de ganar el partido lo afectaba bastante, y le resultaría estimulante que todos sus amigos estuvieran apoyándolo desde la tribuna. Sí, era por el bien de James que lo estaba buscando. Sólo por eso.
Apuró un poco el paso, tratando de alejar de su cabeza algunos pensamientos que lo único que hacían eran confundirlo.
—Qué extraño que no estés en el campo, alentando al estúpido de Potter —Remus se detuvo en seco, sorprendido por esas palabras salidas de la nada—. ¡Ah! ¡Claro! Se me había olvidado, es que estás castigado, ¿verdad, Black? —preguntó con mofa.
Entonces, Lupin se dio cuenta de que aquella voz no se dirigía a él, sino a alguien que estaba un poco más adelante, doblando por el pasillo, más o menos donde se encontraba el aula a donde se dirigía.
Aguzó el oído. Si no se equivocaba, esa voz tenía que pertenecer a Severus Snape. ¿Qué estaba haciendo allí?
Pasaron unos segundos en los cuales no se escuchó respuesta alguna, por lo que parecía que estaba hablando solo. Dejó escapar una risita, fría y burlona.
—No me mires así, no es mi culpa que trataras de matarme —escupió, con un tono lleno de odio y resentimiento—. A mi forma de ver, esto no puede ser considerado un castigo por eso. Deberían haberte expulsado —afirmó.
—Cállate y vete, imbécil —le espetó Sirius, molesto.
—Pero no —continuó Snape, como si no lo hubiera oído—. No, no, no. El señor Black se queda en el colegio, igual que la criatura que podría haberme matado, y encima me hacen jurar que no diré nada al resto de los alumnos y profesores —si lo pudiera haber visto, Remus estaba seguro que estaría temblando de rabia—. Pero no estoy seguro de hacerlo —dijo, después de una breve pausa. El tono de su voz era ahora más calmo, y con un deje provocador.
—¿A qué te refieres? —preguntó Sirius, casi amenazador.
Snape dejó escapar un resoplido burlón, y dejó que el silencio se prolongara durante un par de segundos, antes de responder.
—Bueno, pensaba que es muy difícil quedarme callado semejante secreto —comenzó, como restándole importancia—. Quizás se me escape algo sobre cierto monstruo que ronda el colegio en las noches de luna llena… —Remus sintió que su estómago se contraía.
—¡Se lo prometiste a Dumbledore! —le gritó el otro muchacho, enojado.
—¡Dumbledore! —exclamó Snape, irritado—. No sé por qué razón dejó Dumbledore que ingresara una peste como esa al colegio. Si los padres se enteraran seguro lo destituirían —comentó, como si la idea lo divirtiera.
—¡No lo harías!
—Oh, sí que lo haré —lo amenazó—. Y no te atreverás a hacer nada, ¿no es cierto, Black? A fin de cuentas, lo único que lograrías sería que te expulsen también a ti… Aunque por mí, mejor —el tono pendenciero de Snape era raro de escuchar. Si bien nunca había resultado un chico simpático, habían sido pocas las veces en las que él comenzara la pelea—. ¡Así me libraré de tres pestes! El inútil del director, el idiota de Sirius Black, y el prefecto, Remus Lupin…
—¡Remus no ha hecho nada! —lo interrumpió entonces, y Remus sintió que algo saltaba dentro de su estómago anudado—. ¡No importa si yo hago algo, él no tiene nada que ver! ¡No será expulsado!
—¡Cállate! ¿Acaso crees que se quedará en Hogwarts como si nada una vez que su secreto sea descubierto? Aunque no lo echen, ¡él se irá! —exclamó, triunfal. Y era cierto, pensó el mencionado, si se esparcía la noticia, no tendría otra opción—. Nadie en su sano juicio querría estar cerca de un asqueroso licánt…
Pero la frase no fue finalizada porque la voz de Sirius había pronunciado un hechizo que le hizo callar. Remus no tardó en reaccionar. Salió de donde había estado escuchando, y se asomó justo a tiempo.
—¡Expelliarmus! —exclamó, haciendo que las varitas de los dos jóvenes magos salieran disparadas de sus manos—. Vaya, vaya, ¿qué hacen aquí? —preguntó amablemente, como si no hubiera oído nada de la conversación—. ¿Por qué no están en el campo de quidditch? El partido está por comenzar.
Observó a Snape, cuya boca estaba sellada como si se la hubieran cosido. Sonrió para sus adentros. Ese hechizo lo habían perfeccionado hacía poco tiempo, y parecía que funcionaba a las mil maravillas. Por más que le hubiera gustado dejar a Snape así, sabía que no era correcto. Con un movimiento de varita, Remus deshizo el hechizo.
—Pelear en los pasillos está muy mal —los retó, dirigiéndoles a ambos una mirada seria. Sirius estaba a punto de protestar, pero entonces el prefecto lo hizo guardar silencio con un simple gesto—. Cinco puntos menos para Slytherin, y cinco menos para Gryffindor —dictaminó—. Eso es todo.
Entonces comenzó a caminar. Inmediatamente, escuchó tras de sí los pasos apresurados de Canuto, quien lo tomó de la muñeca y lo obligó a girarse hacia él.
—¡Oye, Lunático! —exclamó—. ¡No es lo que parece! ¡Él…! —pero no pudo continuar la frase, porque Remus le había tapado la boca con su mano libre.
—No hace falta que me expliques —le dijo, sonriendo—. Escuché todo lo que pasó —soltó al muchacho, quien lo soltó a su vez, y continuó caminando, despacio.
—¿Todo?
—Todo —afirmó—. Muchas gracias.
—Pero entonces, sabes que él…
—No hará nada —aseguró, serio—. Solo decía todo eso para provocarte. No le hagas caso.
—Pero si dice algo…
—No lo hará. Se lo prometió a Dumbledore, y no creo que piense seriamente todo lo que dijo —comentó, deteniéndose y volviéndose hacia el chico—. Pero si hacías algo contra él ahora, es posible que te hubieran expulsado —afirmó, frunciendo el ceño, y miró a Sirius directamente a los ojos, como no había hecho desde que habían discutido. Estaba preocupado, pero a la vez parecía feliz de que estuvieran hablando en buenos términos. Y lo cierto era que Remus también estaba contento. Realmente no le gustaba estar tanto tiempo enojado con él.
No dijeron nada más. En ese momento, parecía que aquella simple mirada había dicho todo lo que necesitaban. Después de casi dos semanas completas de estar peleados, por fin habían hecho las paces.
Dos semanas. Remus trató de recordar si alguna vez había estado tanto tiempo peleado con alguien. No podía, porque nunca lo había estado. Pero ya no podía decir que estaba enojado con Sirius. Le había tomado tiempo, pero lo había perdonado finalmente. Además, después de oír semejante espectáculo, había dejado de compadecer a Snape. No valía la pena estar molesto con uno de sus mejores amigos por una serpiente odiosa y rastrera como él.
Parpadeó, sorprendido por sus propios pensamientos, y aflojó el puño que inconscientemente había apretado, listo para repartir golpes. ¿Cuándo se había dejado influenciar tanto por la forma de pensar de James…?
—¡El partido! —exclamó entonces Lupin. Recordar a James le volvió a la realidad.
—¡Está por empezar! —corroboró Sirius, alarmado, observando su reloj de muñeca—. Tenemos cinco minutos.
Intercambiaron miradas nuevamente, esta vez entre preocupados y divertidos, y echaron a correr. Por suerte el camino estaba despejado, ya que todas las almas del castillo, a excepción de los fantasmas, se encontraban apretujadas en las gradas del campo de quidditch, esperando con expectación el inicio del partido.
Aún así, estaban muy lejos, y pasaron al menos diez minutos hasta que finalmente llegaron donde la muchedumbre gritaba emocionada.
—¿Dónde estabas? —preguntó Peter, acalorado, cuando los dos amigos llegaron a su lado, en las gradas de Gyffindor. Daba la sensación que había estado gritando con todas sus fuerzas. Tenía las mejillas coloradas y la bufanda se le había desacomodado.
—¿Cómo van? —Sirius tomó los binoculares que Peter tenía en las manos y se los colocó delante de los ojos, buscando a James.
—¡Sirius! —exclamó Colagusano, sorprendido—. ¿No tenías castigo?
—Eso no importa —terció el aludido, impaciente, aún sin despegar los ojos de los cristales del aparato. Pero ya no los movía, parecía haber encontrado a James—. El partido, Peter, ¡el partido!
—No muy bien —respondió, observando a Remus con los ojos muy abiertos, sorprendido de que hubieran llegado juntos—. Slytherin lleva la delantera por veinte puntos —anunció con pesadumbre—. Pero es porque están jugando muy sucio.
Efectivamente, un grito de indignación proveniente de las tribunas confirmó aquella afirmación. El comentarista dejó escapar un improperio y la joven y robusta Madam Hooch, hizo resoplar un pitido con su silbato.
Un bateador de Slytherin había intentado golpear con su bate a James, pero como éste era muy hábil, lo esquivó. Desafortunadamente, el buscador de Gryffindor no tuvo tanta suerte, y recibió el batazo dirigido al cazador, derribándolo de su escoba.
La muchedumbre abucheaba a los jugadores vestidos de verde, mientras la enfermera se dirigía velozmente hacia donde estaba el caído.
—Qué sucio —soltó Sirius, irritado—. Y el tarado de Regulus está aprovechando la ocasión para buscar la Snitch —murmuró, clavando la vista en un puntito verde que estaba quieto, muchos metros por encima de las cabezas del resto de los jugadores.
Remus, que se había hecho con los binoculares de Peter, los dirigió hacia aquel puntito, agigantando la imagen gracias a ellos. El hermano pequeño de Sirius era, en general, bastante parecido a éste. De cabello negro y aspecto altivo, las únicas diferencias en físico, además de su estatura, eran los ojos. Sus ojos eran oscuros, a diferencia de los de Sirius, que eran grises y claros. Y esos ojos vagaban sobre el campo de juego, revisando cada rincón, en busca de la pequeña pelotita alada. Quizás era porque estaba apenas en cuarto año, pero parecía que Regulus fuera muy pequeño en comparación con el resto del equipo.
Una ovación alegre hizo que Remus despegara sus ojos de los binoculares.
—¿Qué ocurre? —preguntó, desconcertado.
—¡Mira a James! —exclamó Sirius, señalando a su amigo, que iba hacia los postes de Slytherin a una velocidad increíble—. ¡Vamos, tú puedes!
Luego de una zambullida impresionante y una hábil maniobra de evasión al guardián, Cornamenta logró marcar un tanto espectacular, que, sumado a la recuperación del buscador de los leones, provocó que el ambiente se llenara de optimismo.
El ritmo del partido fue acelerándose a una velocidad asombrosa, y pronto los cazadores del equipo de Gryffindor habían logrado una amplia ventaja de sesenta puntos por encima de las serpientes. Esto no ponía muy contentos a sus adversarios, que continuaron jugando sucio, cometiendo cuantas faltas fueran capaces. Esto les dio aún más ventaja a los jugadores de escarlata, porque por esa razón, les otorgaban numerosos tiros libres.
La súbita zabullida de los dos buscadores llenó de tensión el campo de juego, dejando a los espectadores y al resto de los jugadores sin respiración.
Gyffindor había conseguido una buena puntuación, pero si Regulus atrapaba la Snitch… Habrían perdido.
Luego de unos segundos de expectación, en los cuales el aire podría haberse cortado con un cuchillo, el buscador de los leones surgió, triunfante, enseñando a los espectadores la pequeña pelota dorada atrapada en su puño.
El campo se llenó de vítores ante aquella aplastante victoria, y los alumnos en las gradas celebraban y se abrazaban con emoción.
—¡Lo lograron! —exclamó Sirius, contentísimo, devolviéndole los binoculares a Peter, quien saltaba de emoción, y volviéndose hacia Lupin, que también estaba celebrando—. ¡Ganaron! —gritó, eufórico, y abrazó a Remus sin ninguna dilación.
Éste abrió los ojos, sobresaltado, y sintió que sus orejas ardían. Sólo demoró un ínfimo segundo, un momento que sólo él percibió, antes de devolver el abrazo igual de caluroso, realmente feliz por la victoria de su casa.
Era por la victoria, ¿verdad?
