Lovino se miró al espejo, tratando de encontrar alguna pega a su disfraz. No, desgraciadamente no había ni una. Tan sólo un disfraz perfecto, inmaculado. Incluso él mismo se lo habría creído si fuera él el bobo que hubiera tenido que engañar.
Tan sólo era su tercera misión y ya tenía que ir de incógnito. Sabía que en su trabajo la gente ascendía de puesto rápido, ¿pero aquello? Era exagerado el paso que había dado. Quizás el hecho de que no hubiera más personas dispuestas a realizar semejante suicidio tenía algo que ver.
Pero ahí estaba él, subiéndose las tan incómodas enaguas y apretando el corsé que tanto deseaba aflojarse.
Su misión consistía en seducir a un hombre, de cuyo nombre, edad o apariencia ni conocía, y asesinarlo tras llevarlo a una de las muchas alcobas que allí había, en aquella lujosa y extravagante mansión.
El pobre italiano en el fondo ni sabía por qué se había atrevido a hacerse asesino a sueldo, siendo tan asustadizo como era. La única razón que había tenido era la cantidad que ganaba, que lo salvaba a él y a su estúpido hermano, pero de todas formas... En ese tipo de trabajo un error era fatal.
Comprobó por octava vez su apariencia. Largos cabellos cobrizos, peinado con un pequeño recogido y mechones sueltos con leves ondas refinadas que caían sobre su espalda para acentuar el alto estatus. Vestido verde mar, con el armazón de alambre que tenía que llevar debajo, también llamado cancán, para abultar y mostrar una silueta más forzada. Por supuesto, el corsé, que en este caso era necesario pues sin él ni siquiera tendría apariencia femenina, tan sólo un cuerpo algo delgado por el hambre, le apretaba horrores y se le aparentaba un invento creado por el mismísimo diablo. Y hablábamos de alguien que prácticamente tomaría el té con el demonio si ello fuera necesario.
Se colocó mejor el relleno de sus senos al notar que uno estaba más arriba que el otro, y trató de eliminar de su rostro aquella mueca de desagrado que había dibujado desde que se había aplicado los polvos del maquillaje. Simplemente terrible. Realmente atractivo rozando lo erótico, pero terrible.
Tras escuchar a sus superiores metiéndole prisa, Lovino dio un golpe al espejo, dándose ánimos, y abandonó el lugar subiéndose al carruaje donde su "mozo" lo ayudaría a subir y recibiría una patada en la frente con los pequeños tacones que el chico llevaba. Ya le era suficientemente ridícula la situación como para tener a un sirviente hasta ese extremo.
Ya de camino, repasó el plan enteramente, cada pequeño detalle. Su nombre, edad, estado civil, estatus, gustos musicales... A quien tenía que ver allí, tomar el dibujo del objetivo, localizarlo... Las frases de seducción, los toques, las indicaciones, los actos en la alcoba... Nunca antes había tratado de seducir a alguien, y menos aún llevarlo a la cama. Sólo de pensarlo se ponía nervioso. Si no sabía cómo seducir siendo un hombre, menos haciéndose pasar por mujer. Sólo rezó por su suerte y pidió a los cielos que la víctima fuera atractiva o la hazaña sería incluso más hercúlea.
Su mano tomó el abanico elegante que tenía que portar con él y lo agitó con nerviosismo, comenzando a notar como sudaba. No podía pasar, pues con el trabajo que le había costado maquillarse, más le valía aguantar su sudoración y no vomitar. Al ver el abanico, pudo comprobar que tenía pequeñas manchas rojizas en el mango.
Genial. El abanico que trataba de calmarlo era el de un muerto.
Pisó la alfombra aterciopelada de la entrada y atravesó los amplios portones que daban la bienvenida a la gran y lujosa mansión donde la fiesta se celebraba.
Lovino abrió los ojos por la sorpresa, observando todo lo que allí dentro había. Lujos, manjares, gente comiendo hasta que tenía que vomitar para seguir comienzo, una pequeña orquesta dentro de la casa, en un escenario. ¿¡Pero qué diablos!? ¿Eso no era ser exagerado?
Alzó la vista, comprobando las relucientes y lujosas lámparas de araña que adornaban los techos y los iluminaban con sus múltiples luces. Bajo sus pies había una alfombra que aparentaba ser más cara que su vida, la de toda su familia, y la de los vecinos juntos. Parecía tan suave al tacto que estaba deseando tirarse al suelo y comenzar a rodar sobre esta como si se le fuera la vida en ello.
Lovino se acercó con paso calmado hacia la mesa con los aperitivos y revisó con sus propios ojos que aquellos manjares eran enormes. No entendía cómo podían tener semejante tamaño siendo tan sólo el primer plato... No supo a qué atacar antes, pues sus tripas comenzaron a suplicarle por una pausa mientras olvidaba sus obligaciones un par de minutos.
Y hablando de cosas grandes que quería meterse en la boca, menudos mozos había en aquella sala. Todos vestidos con ropajes elegantes, bastante pomposo alguno, pero bien plantado. Lovino babeó mientras se planteaba seriamente si darle un bocado al trasero de uno o a la langosta. Quizás su edad no ayudaba precisamente a la hora de controlarse.
Se decidió por la comida y comenzó a picotear de varias zonas mientras no se acercaba la hora de la reunión.
Lovino dedicó una mirada curiosa hacia la orquesta. Violines, un piano, flautas, algo que no tenía ni idea de qué era, percusión... Se mordió el labio al observar a un violinista en especial.
Alto, fuerte tras el traje, moreno del piel, cabellos rizado de color castaño recogido en una pequeña cola de caballo que bajaba por su espalda... Y esos ojos. Observar como acariciaba las cuerdas y movía el arco sobre estas lo hipnotizó. ¡A ese sí que le pegaría un buen morisco! Si no estuviera de misión y travestido, seguramente intentaría ganarse su confianza, aun sabiendo que sus pensamientos hacía los hombres no eran nada realmente bueno.
"¿Acaso es malo amar a alguien, sin importar su sexo?" No sabía dónde había escuchado esa frase, pero se había vuelto su credo. Si alguien quería matarlo por homosexual, adelante, aunque, bueno... Mejor si no lo hacía.
Suspiró con algo de resignación y volvió a su labor de cebarse como una buena señorita de alta cuna que era, cuando observó como los músicos bajaban del escenario para hacer una pausa. La mano de alguien acarició su hombro, consiguiendo estremecerle. La misión, seguro.
Se giró hacia su destino y sintió como la comida le subió hacia el esófago. Frente a sus ojos, aquellas gemas verdes que tanto le habían llamado la atención. El muchacho se ruborizó, sin entender muy bien por qué, y miró hacia abajo. Conocía a ese hombre de algo. Estaba segurísimo. Su nombre era Antonio, y procedía del Reino de España. ¿Cómo lo sabía? Que ni le preguntaran.
–¿S-sí?– Preguntó Lovino, dirigiéndole una rápida mirada.
–¿Nos... conocemos de algo, señorita? La observé desde el escenario y no pude evitar fijarme en usted...
Ay, dios. Aquella voz le estaba derritiendo interiormente, acariciando cada rincón de su mente con tono suave como el terciopelo, seductor, con un acento que sólo conseguía fundirlo más que la fuente gigante de fondue de queso que había a unos metros de él. Madre mía menudo hombre.
–Oh, uh...– Volvió a subir su tono de voz, tratando de sonar femenino, y cubrió sus labios con el abanico–. Creo que no.
–Supongo que tiene razón...– Le dedicó una sonrisa galante– La recordaría.
Que alguien sujetara a Lovino, pues o se caía sobre el suelo, o sobre aquel hombre de ensueño. Se dedicó a reírle el cumplido de forma coqueta, como tanto le habían insistido que hiciera en el "entrenamiento".
–Es muy amable, Antonio.
...
...
...
–¿Me conoce...?
Y... Fin de la misión. Comenzó a respirar rápido y observó en redor, tratando de pensar en algo que lo ayudara a salir de aquella situación. Sabía que su nombre era aquel. Su mente se lo estaba chillando de forma poco gentil precisamente.
–¡Oh, uh...! ¡Sí, bueno, no! Bueno, sí. Es un violinista conocido. ¿Acaso no es común que a una joven como yo le agrade la música...?
El violinista le dedicó una mirada que expresaba mayormente confusión, hasta que sonrió levemente.
–¿Lovino...? No. Imposible– Sonrió hacia el ítalo, y con una pequeña reverencia, se fue de nuevo con sus compañeros.
Lovino se sujetó el pecho en pánico. Casi lo habían descubierto. A nada se había quedado de ser hombre muerto, por el músico, por sus jefes, por la propia fiesta... Tan sólo rezó para que Antonio no volviera a acercarse y que, aunque tuviera un mal presentimiento, el objetivo no fuera exactamente "ese" hombre.
Comprobó la hora y se dirigió con elegancia de gacela hacia el final de la sala, donde un hombre le sonrió y agarró la mano para besarla, y, de paso, entregarle la nota directamente en el proceso. Lovino agarró el papel y retiró la mano lentamente, dedicando una sonrisa femenina que tan sólo consiguió arrancarle una carcajada al otro.
–Henrique.
Eso fue lo único que el hombre le susurró antes de irse, dejando al joven solo. Este abrió el papel tras esperar un par de minutos, y sintió que se le helaban hasta las enaguas. ¿Por qué Antonio? ¿Y por qué le había dicho el nombre de otra persona si el verdadero nombre de la víctima era Antonio?
Quizás había sido una equivocación en el nombre... Pero el dibujo... El dibujo era exactamente igual al español.
Suspiró pesadamente y se dirigió a la pista, observando de vez en cuando al joven. La nota contenía anotaciones de colores, altura aproximada... Se mordió el labio, quitando parte del carmín en el proceso, y siguió con su plan.
Algunas veces sus miradas se encontraban, y más de una ocasión había logrado que Antonio se distrajera por un segundo. Bueno. Si ocasionaba esa impresión en el músico, no sería muy difícil llevarlo a la alcoba.
Esperó pacientemente, volviendo de vez en cuando para picotear algo, ya que la comida era gratis y podía aprovechar, y otras veces se sentaba por el dolor debido a los dichosos tacones.
Y ahí estaba, sentado esperando, cuando escuchó como la banda se retiraba para tomar un pequeño descanso. Él se dio la vuelta despacio, observando el infinito mientras trataba de mostrar indiferencia. Eso volvía locos a los hombres, que lo sabía él bien.
Escuchó la voz de Antonio próxima, acercándose. Debía de estar hablando con alguien, y eso no era bueno. Lovino lo miró de reojo, tratando de averiguar con quién estaba compartiendo palabras. Un par de jovencitas, como no.
Una de las coquetas casaderas acarició el torso del español y se rio ante un comentario que el músico dijo y que Lovino no consiguió captar. Lo que sí escuchó fue como se despedía y se acercaba a él.
El italiano se tensó un poco al sentir de nuevo la mano de Antonio sobre su hombro.
–¿Señorita?– Preguntó, al ver como Lovino giraba un poco la cabeza para observarle.
–¿Qué?– Preguntó, no de una forma realmente femenina, y tosió cubriendo su boca, tratando de disimular la voz ronca que le había salido– ¿Sí? ¿Qué quiere...?
–Eso pregunto yo. No me quitaba los ojos de encima.
Lovino se apartó un poco y miró hacia el infinito.
–Bueno... Digamos que tenía curiosidad en usted.
–¿Debido a?
–Insinuó que mi nombre era Lovino.
–Me recordó a un viejo conocido.
¿Desde cuándo se conocían? Que supiera Lovino, no había más personas que él con su nombre.
–¿Insinúa que recuerdo a un hombre...?– Trató sonar molesto, como una princesa rica haría.
–¡No, no, no!
–Pues menuda forma de intentar seducir a una señorita.
Antonio sonrió de forma pilla, casi derritiendo al italiano.
–¿Así que pensaba que estaba tratando de seducirla?
–Eso espero...~ –Recobró el papel Lovino, acariciando con el final de su abanico el pecho del moreno.
El español alzó ambas cejas en señal de sorpresa por el comentario osado que acababa de escuchar. No obstante, recobró la compostura en poco tiempo.
–Espéreme aquí.
Lovino observó cómo su presa se iba, pudiendo apreciar el trasero de este en aquel ceñido y elegante traje. Debería de ser una gozaba poder agarrarlo mientras Antonio lo aferraba de la cintura y lo empujaba contra el colchón para...
Quizás algo de lo que había comido había contenido alcohol, pues sus calentones nunca habían alcanzado tales extremos.
El español se detuvo y comenzó a conversar algo con otro músico, uno que llevaba lentes y una expresión de remilgado que nadie se la quitaba, el cual frunció el ceño en señal de molestia. Tras un par de minutos, el desconocido asintió y le hizo un gesto para indicar que se retirara.
Regresó junto a él y tomó su mano con delicadeza.
–Fortuitamente, no soy necesario más en el espectáculo. Mis compañeros pueden cubrirme.
–Es agradable saberlo– Sonrió y guardó el abanico en su bolso, dejando libre su otra mano.
–¿Puedo preguntarle algo, señorita?
–¿Usted? Lo que guste.
–¿Cuál es su nombre?
Lovino sonrió un poco, tan sólo un poco.
–Chiara. Chiara Pelizzo.
–Antonio Fernández.
–Es un placer– Marcó la última palabra, sonriendo con inocencia para hacer un contraste de intenciones.
Antonio no pareció notarlo.
–El gusto es mío. ¿Qué hace aquí?
–¿No es obvio? Fui invitada. –Alzó una ceja– ¿No aparento ser suficientemente sofisticada como para estar aquí?
–Lo decía porque no tiene acompañante, y supuse que una joven como usted vendría con alguien a un baile. Seré afortunado si confirma lo que he apuntado.
–He venido buscando un acompañante, si se podría decir así, y veo que he encontrado uno.
–¿Sí? ¡Oh, sí! Claro.
Lovino deseó golpearse la cabeza con la mesa. Ese hombre era o muy lento, o muy tonto.
La música comenzó a sonar cuando la pareja anfitriona volvió a la pista de baile para mostrar al resto de ricachones el poder y elegancia que tenían, a pesar de que ambos de cerca rezumaran repugnancia. Lovino los observó desde su lugar, todavía con la mano de Antonio agarrando la suya. Fue ahí cuando el siguiente paso de su plan comenzó.
–¿No son elegantes?
–Supongo– Respondió el español, escuchado la música más que nada. El compás estaba mal, estaba mal...
–¿Va a invitarme a bailar o se va a quedar con mi mano toda la noche?
Antonio salió de su trance y observó a la joven.
–Por supuesto. Tonto de mí... ¿Baila?
Lovino asintió. Si tras un par de roces indecentes y palabras coquetas en la pista de baile no se lo ganaba, nada lo haría. El problema sería bailar como mujer. A pesar de haber practicado, todavía no sabía bien como girar.
–Nada me agradaría más.
Antonio lo guio hacia un espacio libre entre todas las parejas danzando. Sin dudarlo mucho, posó su mano sobre la cintura de Lovino y se acercó a él frente a frente, tomando mejor la mano de éste. El ítalo tragó saliva al observarlo tan cerca. Aquellos ojos verdes lo habían cautivado desde la primera vez que los había visto, y tenerlos frente a él no podían causarle otra cosa que un sonrojo furtivo en las mejillas.
Suerte que llevaba maquillaje en todo el rostro.
Lentamente, ambos comenzaron a moverse al ritmo del vals que los músicos tocaban. Un, dos, un, dos... Lovino seguía y repasaba mentalmente los pasos para no confundirse, mas la calidez que Antonio desprendía hacía que ni recordara su nombre falso, además de infundirle una seguridad agradable, como si aquel hombre estuviera hecho para sus brazos.
Un, dos, un, dos. La canción terminó y ambos no se separaron. Siguieron bailando con la siguiente.
Un, dos, un, dos. Iban por la cuarta cuando Lovino recodó qué debía hacer. Toda la calidez que había sentido en aquellos minutos se desvaneció al pensar en que Antonio sería asesinado por las propias manos del ítalo. Con cuidado y algo de pena, Lovino descendió su mano por el hombro de éste hasta acariciarle el pectoral, haciendo que Antonio le dedicara una mirada curiosa más que nada.
Tratando de seguir el ritmo, se acercó un poco más, sintiendo el aliento de Antonio sobre su nariz. El español apretó un poco más el agarre, siguiendo las intenciones de Lovino.
Un, dos, un, dos... Antonio estaba ganado. Lovino lo sabía. No obstante, esperó un poco más para atacar.
Un, dos, un, dos, un, dos, un, dos… Lovino bajó un poco más la mano y le dirigió cierta mirada que, aunque luego le costaría reconocer, era sincera. Interés perlado con lujuria. Desabotonó el primer botón de la camisa de Antonio y se mordisqueó el labio, improvisando más que nada. Quizás estaba siendo muy directo, pero le daba igual. Se acercó más a él, pegando sus cuerpos un momento y consiguiendo que Antonio se detuviera; y elevando un poco sus talones para estar a mayor altura, acarició con picardía la oreja del músico usando sus propios labios artificialmente suaves.
–Usted es del Reino de España, ¿me equivoco?– Susurró.
–Es cierto...
–Dicen que los españoles son los mejores amantes. ¿Podría comprobarlo?
Que bajara Dios del cielo si alguna de sus intenciones fuera falsa. Su curiosidad era tan cierta que era absolutamente imposible aparentar falsedad.
Antonio observó directo los ojos del menor, el cual se había despegado un poco para sonreírle. Tragó pesado, algo nervioso ante tal osadía por parte de una mujer.
–Señorita Pelizzo, por favor...
–Por favor, ¿qué?
Hubo un momento de silencio entre ambos, sonando únicamente la pieza que los músicos tocaban. Lovino comenzó a ponerse nervioso ante tal reacción. "Di algo. Di algo..."
Antonio soltó el cuerpo del joven, todavía con sus manos entrelazadas, y comenzó a caminar hacia el piso de arriba. Lovino sonrió un poco, comenzando a sentir los nervios comerle las entrañas.
¿Y ahora qué?
El español abrió la primera puerta que cedió, pues ya había habitaciones ocupadas, y entró tirando un poco de Lovino.
El menor respiró agitadamente al ver la alcoba. Sabía que el haber comido tanto no había sido una buena idea. En esos momentos sentía como los canapés con queso fundido intentaban trepar por su esófago. Más le valía no vomitar allí mismo pues su oportunidad se iría para no volver.
Antonio cerró la puerta y escrutó al joven con sus ojos, lenta e intensamente. Lovino comenzó a sentir como lo desnudaba con la mirada, y eso no sabía si le excitaba o le ponía todavía más ansioso.
Las manos del español se posaron en la cintura del menor, y pegó su cuerpo con la espalda de éste, quien se estremeció ante el contacto. Antonio pasó sus labios por la piel desnuda del cuello de Lovino, desde su mandíbula hasta la clavícula. Despacio, despacio... El ítalo se estremeció ante aquellos contactos, mas trató de aclarar su mente. En un momento, sacaría su cuchillo y le rebanaría el cuello. En un momento... Un poquito.
No era su culpa el ser primerizo en esa situación, y además con un dios como acompañante.
Los dedos de Antonio comenzaron a recorrer su silueta, acariciando desde las costillas hasta el comienzo de sus muslos, mientras la cadera del español rozaba de vez en cuando con el trasero de Lovino.
Y mientras, éste totalmente nublado pensando que las fantasías no eran ni por asomo mejores a la realidad. Incluso arrimó un poquito más sus nalgas a Antonio, pues con el cancán no podía apreciar todo aquello tanto como le gustaría.
El español se agacho un poco para comenzar a subir el vestido de Lovino y así soltar el dichoso armazón, el cual resonó al caer sobre el suelo de madera de la habitación. El menor lo apartó prácticamente de una patada, sintiéndose un poco más libre, y decidió intentar hacer algo. Con manos temblorosas, trató de tocar la cadera del español, tarea compleja al estar el propio Lovino de espaldas. Notando los dedos del ítalo, Antonio decidió girar a su acompañante para poder besarlo al fin. Agarró con una mano la barbilla del joven y posó sus labios contra los ajenos, obligando a este a separarlos para comenzar un beso profundo.
Lovino abrió los ojos con sorpresa cuando sintió la lengua del músico acariciando la suya, jugando con ella, saboreando su saliva. El ítalo no pudo evitar que algo de saliva resbalara por la comisura de sus labios, y menos pudo evitar el gemido al sentir la erección de Antonio contra la suya, la cual comenzaba a doler reclamando un poco de atención.
El español se separó un poco de Lovino, mirándolo directamente a los ojos y causando que éste se estremeciera de principio a fin. Lovino acarició los labios de Antonio, comenzando a extrañar el sabor y el tacto que estos tenían. Era la mejor sensación que había tenido en su vida, una lástima lo de la misión.
Cierto. La misión.
Antonio quiso abrir la boca para decir algo, pero Lovino se separó de él rápidamente.
–Discúlpeme. He de ir al servicio.
Sin dudarlo un segundo más, Lovino correteó hasta el pequeño baño que había en la propia habitación.
Estaba todo hecho con piedra blanca, lujoso aunque pequeño. No había mucho más que un váter y un fregadero con un espejo. Se observó en él. Su maquillaje se había difuminado, sustituyendo los coquetos coloretes por su propio lujurioso rubor, por no mencionar el tono carmín que portaba en sus labios. Ahora apenas le quedaba en los suyos, seguramente debido a haberlos mordisqueado y haber besado a Antonio. Fortuitamente, sus ojos permanecían correctamente. Al menos seguía sin parecer una fulana, aunque cabía destacar que su peinado se había deshecho más de lo que le habría gustado. Soltó el pequeño recogido para así tener todo el cabello suelto, dando un toque más pícaro al asunto para que, al menos cuando saliera del baño, Antonio pensara que se había estado preparando para el momento y no tomando un descanso como realmente hacía.
Decidió aflojar el corsé, y eso hizo como pudo, así como se quitó los zapatos que tanto le habían hecho daño en la punta de los pies. Ahora ya no estaba tan incómodo, y se sentía más calmado. Debía mantener la cabeza fría y no pensar en lo mucho que le gustaba la idea de tener a Antonio entre las piernas.
Volvió a respirar pesadamente, notando el cuchillo que portaba entre los falsos senos. Hacía un rato que se había olvidado de él. Probó a quitarlo con rapidez y rebanar un cuello imaginario. Probó a quitarlo y hacer tres estocadas al pecho del aire. Tratando de mentalizarse, volvió a poner el cuchillo en su sitio, colocó bien sus pechos y abrió la puerta hacia la habitación.
Lo siguiente que vio fue un cuchillo que trataba de atravesarle un ojo, el cual detuvo fortuitamente con su propio puñal. Miró asustado al hombre frente a él, el cual mostraba el ceño fruncido y una mueca de molestia.
–¡¿Pero qué cojones iba a hacer, animal?!– Preguntó Lovino, apartándose del español todavía con la expresión de sorpresa.
–¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?
Lovino abrió la boca varias veces, sin saber bien qué decir.
–¡Noté que era un hombre desde hace un rato! – Antonio soltó con un tono de voz que sonaba a mezcla de nervios y enfado– ¿¡Qué quiere!? ¡Porque por lo que veo, tiene un puñal en su mano!
–Ah...– Cierto, que él también había tenido una erección notable hacía un rato–. Bueno, yo... ¿Por qué tiene usted uno? Es músico, y que yo sepa, estos no llevan armas como si nada.
–¡Aquí estamos hablando de usted y por qué lleva vestido!– Acercó más su puñal a Lovino, el cual al retroceder volvió a entrar en el baño sin darse cuenta– ¿A qué ha venido y qué busca?
Lovino miró hacia todos los lados posibles y, viéndose acorralado, lanzó su arma hacia Antonio, el cual se cubrió con su brazo y trató de esquivarla.
Era su oportunidad. El italiano corrió como pudo y se escabulló en el hueco que había entre el músico y el marco de la puerta, mas Antonio consiguió agarrarle del pie justo al saltar, consiguiendo que Lovino se cayera contra una pequeña alfombra que había pegada a la cama.
Antonio tiró de él, haciendo que el ítalo tratara de aferrarse a la alfombra y al suelo para evitarlo. Lo miró de cerca, agarrando los brazos de Lovino con los suyos y obligando a esta a girarse totalmente hacia él.
–¿Cuál es su verdadero nombre?
–Lovino... Lovino Vargas.
–Lo sabía.
Sin dudarlo un segundo, Antonio se inclinó hacia el ítalo para besarlo de nuevo, consiguiendo que éste saltara de la impresión. Eso sí no se lo esperaba. Lovino siguió el beso, moviendo un poco las piernas sin saber cómo posicionarlas. Su pulgar acarició la palma de la mano de Antonio, mientras que su otra mano trataba de arrebatar el puñal que había a unos centímetros de él.
El español se despegó de los labios ajenos y los lamió despacio, derritiendo al menor.
–¿Por qué me besa...?– Preguntó Lovino cuando consiguió tomar aire de nuevo.
–Porque he estado buscándole por siglos.
Lovino sintió sus manos libres cuando Antonio volvió a besarlo, esta vez de forma menos agresiva, más pasional y dulce. La mano del ítalo agarró finalmente el puñal, y alzándolo hacia Antonio, se detuvo pues no era capaz de hacer algo como aquello.
No podía herirle, y no quería hacerlo.
Ambas manos de Lovino agarraron las mejillas del mayor para corresponder mejor al beso.
Antonio se incorporó, todavía con Lovino aferrado a él. Depositó al joven sobre el colchón y lo observó mejor.
El ítalo se agitó un poco ante aquella mirada. Sus labios estaban separados debido a la agitada respiración, haciendo que sus senos falsos subieran y bajaran de forma más notoria. Tras la pelea y los roces, su maquillaje se había difuminado en parte, permitiendo apreciar todavía el rubor que sus mejillas tenían. Lovino se mordió el labio, ansioso, y movió sus piernas para intentar tomar una posición más confortable.
Antonio no dudó ni un segundo en deshacer esa postura para separar ambas piernas y posicionarse entre ambas, de rodillas en el suelo. Tiró de Lovino para hacer que este se acercara más al borde de la cama, haciendo que las medias que este llevaba bajaran en parte. El italiano agarró el borde de su vestido y lo subió hacia arriba, para permitir a Antonio observar qué le impedía alcanzar su tan deseado premio.
–¿Por qué me esperaba?– Preguntó Lovino mientras se quitaba los incómodos cojines que llevaba como relleno y observaba como su compañero trataba de concentrarse en despojarle de los incómodos pantis.
–Porque le conocí en otra vida. Lo sé, y usted me conoció a mí de la misma forma, pues conocía mi nombre. –Arrojó la prenda lejos y comenzó a tirar de las enaguas.
Lovino se agitó al sentir las manos de Antonio sobre su piel desnuda.
–¿Otra vida? No hay más vidas que la nuestra, y luego el cielo.
–Eso creía, hasta que el destino me hizo toparme con usted una y otra vez.
–Bobadas...
La lengua del español acarició su muslo lenta y húmedamente. Recuerdos lejanos pasaron por su mente, nublándole el juicio. Arqueó un poco la espalda cuando notó como subía, rozando su ingle despacio.
–¿Está seguro de lo que dice, Lovino?–Su aliento rozaba la erección del joven, haciéndole perder la razón todavía más. Sin delicadeza, quitó totalmente las enaguas y se posicionó cómodamente entre ambas piernas de Lovino, alzando ambas un poco para apreciar cada zona posible por ver.
Lovino en ese momento no estaba capacitado para pensar con claridad. Él se limitó a emitir algún que otro sonido y dejar eso como respuesta. Antonio rio bajo ante aquello y decidió proseguir con lo que estaban deseando hacer.
–Ya que apareció como dama, le trataré como tal.
Lovino aferró las sábanas cuando sintió como la lengua del español palpaba su entrada con la punta de está. Sólo leves toques, hasta que pasó a movimientos más largos y lentos. Lamió despacio, haciendo que el menor soltara otro sonido más por la sorpresa e incomodidad que aquello le generaba. Bueno. Eso, y placer. No podía negarlo ni aunque quisiera.
Las manos de Antonio aferraron su cintura, acercándolo más aún al borde del colchón. Su lengua presionó más sobre Lovino, consiguiendo que la entrada se contrajera un poco, reaccionando ante sus acciones.
–No soy el primer hombre que, ¡ah!, que lleva a la alcoba, ¿me equivoco...?
Antonio mordió con suavidad el muslo del menor, sonriendo.
–¿Parece serlo?
El ítalo se limitó a guardar silencio y a disfrutar de la boca del moreno y como sus labios acariciaban por donde su lengua pasaba, acallando o avivando incluso más las llamas que esta dejaba sobre la tersa piel. Sabía exactamente qué hacer con cada parte de su ser para despedazar los pedacitos de sentido que a Lovino le quedaban. Incluso su respiración iba al ritmo que quería.
Lovino separó un poco más sus piernas cuando sintió como la saliva del mayor resbalaba entre sus nalgas, y tomó aire cuando aquella lengua hizo un círculo alrededor del pequeño agujero que tan sólo tanteaba. Sin dudarlo un instante más, Antonio la introdujo parte por parte en Lovino. Giró un poco la cabeza y repitió el movimiento, algo más profundo esta vez.
–AaaAah... Detente... Esto no es digno...– Mordió su labio al notar que la lengua del español se movía, acariciando su interior de forma húmeda y deliciosa.
Antonio ni se molestó en contestar a aquel comentario. Estaba demasiado ocupado como para decir algo. Sus penetraciones incrementaron, al igual que su agarre a la pelvis del menor. Lovino cerró sus puños con fuerza, uno en las sábanas, y el otro en el pelo de su compañero, empujándolo inconscientemente a hacerlo más rápido.
La boca del moreno se despegó de la piel del menor para tomar algo de aire. Dedicó una mirada obscena a su reciente amante, quien frunció el ceño levemente y giró el rostro hacia otro lado, mas sus ojos seguían observando a Antonio. Pudo apreciar como éste se humedecía los dedos con saliva concienzudamente.
Lovino cerró algo sus piernas, ansioso. ¿Qué estaba haciendo? Hacía un momento era un asesino tratando de capturar a su presa, y ahora era él el cazado sin compasión.
Antonio volvió a separarlas e introdujo el comienzo de su índice en el interior del ítalo. No tardó mucho en lamer desde la base hasta la punta del miembro de Lovino. Éste se sacudió un poco y le pateó accidentalmente.
–¿Puedo preguntarle algo?– Susurró Antonio mientras metía todavía más su dedo dentro de Lovino, consiguiendo que este se quejara.
–¿Ahora? ¿En serio...?
–¿Qué mejor momento que este? No va a escapar, así me aseguro que obtendré una respuesta– Sonrió dulce e inocentemente, consiguiendo que Lovino se derritiera más.
–Está bien, sinvergüenza.
Antonio sonrió, comenzando un leve movimiento de penetración además de algún que otro roce a la próstata del muchacho.
–¿Qué hace aquí?
–Venir al bai-¡Ah! Tu putísima madre.
El moreno se rio en voz baja, entretenido por las reacciones de Lovino.
–Dígame la verdad.
–Le buscaba... ¿Contento?
Un segundo dedo entró en él. Era doloroso, bastante, y más cuando Antonio separó ambos dedos para estirar sus apretadas paredes. Lovino soltó varias palabrotas de seguido y volvió a golpear al músico. Antonio se rio de nuevo y le acarició el muslo con su mano libre.
–¿Es virgen?
–¡¿Qué le importa?!
–Creo que mi curiosidad es justificada...
Lovino se mordió el interior de la mejilla. Lo que menos le apetecía ahora era que el español tuviera más razones para reírse de él.
–No.
–¿Seguro? No lo parece.
–¡Estoy bastante seguro!
Sin duda, iba a matarlo. Si no era en ese momento, después.
–Siguiendo con la anterior cuestión...– Un tercer dedo trató de abrirse camino, tensando todavía más a Lovino– ¿Por qué me buscaba? ¿Es asesino, espía...? No recuerdo haber hecho algo como para que me quieran ver muerto...
–Usted sabrá. Yo sólo cumplía mi misión...– Gimió en voz baja al ser penetrado por otro dígito más. Aunque dolía, los movimientos que Antonio hacía en su interior eran más placenteros que dolorosos, por lo que lo primero eclipsaba a lo segundo con creces.
–Lovino... Cuénteme.
–Me ordenaron matarle. ¿Contento?
–Lo que se puede estar con esa noticia y entre las piernas de mi amado~
El ítalo ya no sabía si quería matarlo o besarlo, o ambas. Soltó la cabeza de Antonio y miró hacia él, sin saber bien qué hacer más de lo que hacía. Su compañero le devolvió la mirada y sonrió, para sacar con cuidado los dedos del interior de Lovino, el cual reprimió otro afeminado sonido por puro orgullo. Antonio se sentó en el colchón y tiró de las manos del ítalo para que este se levantara. Con cuidado, lo guio hasta su regazo para que se sentara en él con las piernas flexionadas a ambos lados. Antonio no tardó en besarlo. Con calma, con cuidado, acariciando el contorno de la figura de su amante. Había extrañado tanto lo que no recordaba haber tenido. Desabotonó y bajó como pudo sus pantalones, liberando a la desatendida erección que tenía. Lovino se sacudió al notar ésta rozando su propio miembro.
–Levante un poco las piernas y trate de introducirlo despacio– Antonio le dijo en voz baja, mientras sus manos aferraban los glúteos de Lovino.
Este gruñó bajo y alzó un poco su cuerpo. Sin saber muy bien qué hacer, agarró el pene del español para mantenerlo en el sitio y facilitar así lo que iba a hacer a continuación. Bajó, presionando la erección contra su entrada y generándole así algo de ansiedad. Antonio le ayudó a bajar, sintiendo como el interior de Lovino se abría a su paso, despacio y apretando cada parte que entraba. Finalmente, el italiano se sentó de nuevo sobre Antonio y apartó de en medio las capas de tul de su vestido.
–Es más hermoso sin maquillaje, ¿lo sabía?
Lovino se sonrojó un poco, halagado.
–Cállese...
El músico buscó en el bolsillo de su chaleco y sacó un pañuelo, el cual pasó con cuidado sobre los ojos ligeramente humedecidos por las lágrimas de dolor que Lovino quería retener. Poco a poco, fue retirando el resto de pintura que quedaba en los ojos y mejillas que Lovino, dejándole apreciar el verdadero aspecto de este.
–¿Qué le decía la misión? ¿Hay alguna razón por la cual querían matarme?
–Sólo me dieron un dibujo y un nombre, el cual era erróneo...
–¿Cuál era ese nombre?
Antonio terminó su labor, al menos lo mejor que pudo, y comenzó a mover su cintura despacio, como si tuvieran tiempo de sobra.
–Henrique.
–¿Mi hermano?
Lovino aferró los hombros de Antonio como reflejo involuntario.
–¿Qué?
–Tengo un hermano mayor, muy parecido a mí según dicen. Hoy no pudo venir y tuve que sustituirlo en la banda.
–¿¡Qué!?
La cabeza del italiano se dejó caer sobre el hombro del otro, sin fuerzas ni para quedarse. Antonio empezó a moverse un poco más rápido, levantando un poco el cuerpo de Lovino para ayudarse.
–Casi le mato a usted pensado que era Henrique...– Respiró pesado y besó el cuello del moreno.
–Pero no lo hizo.
–¿Qué diré al...?– Aferró su agarre y movió su cintura, rozando su erección con el cuerpo de Antonio– ¿...Al volver?
–Que vio a su hermano, lo trató de seducir y descubrió que no era él. La realidad– Acarició el trasero del menor y sonrió–. Ruede más la cintura, ya verá.
Lovino asintió, todavía algo perplejo ante la mala suerte, y a la vez buena, que había tenido. Su cadera subió y bajó de forma circular, penetrándose él solo con aquellos movimientos. Todo su cuerpo se estremecido salvajemente cuando sintió el glande de Antonio lamer enteramente su próstata de forma lenta pero profunda. Repitió el movimiento varias veces, tratando de hacerlo más rápido, comenzando a saltar sobre los muslos de su amante.
Lo único que podía escucharse en la habitación eran las respiraciones entrecortadas, los gemidos cada vez más notorios de Lovino, el sonido de piel contra piel, chocando una y otra vez. El baile ya no existía, los músicos ya no sonaban. La única música que Antonio necesitaba eran los maravillosos sonidos de placer que su compañero le brindaba. Sin más demora alguna, aferró la carne de Lovino y aceleró las estocadas haciendo suyas propias, cada vez más y más, hasta que el menor no fue capaz de seguir el ritmo y se echó a los brazos de Antonio, descansando su cabeza en el cuello de éste para besarlo y morderlo de vez en cuando, dependiendo de cómo se sintiera de amable. Subió sus labios hasta la oreja de Antonio, dispuesto a besarle, cuando sintió otra de aquellas penetraciones que no hacían más que nublarle el juicio. Gimió contra la oreja de su compañero varias veces y aferró su cabello de forma posesiva, jurando y perjurando que ese hombre iba a ser sólo suyo.
–Antonio... Ah...– Besó su sien mientras arqueaba todavía más la espalda para poder facilitar la penetración.
El español jadeó bajo, y al sentir que estaba cerca del clímax, aferró la erección de Lovino para comenzar a masturbarlo a la vez que sus estocadas incrementaban.
Lovino se agarró al español con fuerza y se vino en la mano de éste, entre sacudida y sacudida debido al intenso placer que acababa de sentir. Besó a Antonio todavía sintiendo como los espasmos se iban disipando, y sus manos sujetaron las mejillas de éste para hacer un beso más estable.
Antonio no tardó mucho en acabar tras Lovino. El ítalo no pudo evitar dibujar una mueca de desagrado cuando sintió que su amante acababa en su interior. Era una sensación muy extraña, mas... no desagradable del todo. Se levantó todavía con piernas temblorosas y se sentó en la cama. Le daba igual manchar los edredones; no iba a volver de todas formas.
Antonio suspiró aliviado mientras observaba como Lovino trataba de sentarse sin dibujar una mueca, que a ojos del español era bastante adorable y graciosa.
–¿Duele?– Preguntó mientras limpiaba como podía los restos de "amor" que Lovino había dejado sobre su chaleco.
–Gilipollas...– Gruñó, todavía buscando una buena posición. La encontró sobre sus propias rodillas y con las piernas separadas– Claro que duele.
–No fui tan agresivo... ¿O sí?
Lovino le lanzó un cojín a la cara. ¿Qué clase de pregunta era esa? Además después de haber tenido sexo.
–¡No!
–¿Entonces tenía razón y usted era virgen?
El ítalo frunció el ceño y fue hasta el baño como pudo. Sí, dolía más que una patada en los testículos, aunque también lo que acababa de vivir había valido totalmente la pena. Si por él fuera, lo repetiría sin dudarlo un segundo.
Se observó en el espejo. Sus senos no estaban, y su maquillaje estaba mayormente eliminado, quedado parte de la sombra de sus ojos, algo de contorno y poco más. Se podía apreciar la sombra de su barba si se observaba atentamente. No había traído tanto maquillaje como para arreglarse eso.
–Lovi– Llamó Antonio desde la habitación.
–¿Qué quiere...?– Éste le gruñó mientras trataba de figurarse mentalmente cómo iba a hacer para salir de allí.
–¿Ocurre algo?
–Sólo que estoy jodido– Suspiró largo y tendido y recogió sus cosas– ¿No habrá por ahí tirado maquillaje o algo?
–Hay unos pantalones, si le sirve.
Lovino pestañeó con perplejidad. ¿Por qué había unos pantalones en aquella habitación?
–No tendría más que eso.
–Yo puedo darle mi chaleco.
–¿Sin camisa?
–Su vestido recuerda a una, ¿no cree?
El menor mantuvo silencio unos segundos, analizando lo que Antonio había dicho. Observando mejor su propia ropa, comprobó que, efectivamente las mangas del vestido podrían parecer las de una camisa. No igual, mas sí parecidas, y si lo que quería era irse rápido del baile, nadie debería darse totalmente cuenta del engaño.
Ambos comenzaron su plan. Lovino se quitó el vestido y lo arregló como pudo utilizando su puñal. Se vistió con el pantalón de a saber quién, puso las mangas de la camisa improvisada, y el chaleco por encima.
–¿Se ve bien...?
Antonio le retiró la peluca con cuidado y asintió.
–Vuelve a parecer un hombre.
–Ahora necesito unos zapatos...
–Le presto los míos.
–¿Y usted?
–Alguna excusa inventaré.
Lovino se mordió el labio, ansioso, y asintió. Se puso los zapatos de Antonio, los cuales le quedaban algo grandes, y sonrió un poco.
–Gracias.
Fue directamente hasta el músico y lo besó dulcemente un momento. Sin dudarlo más, fue hasta la puerta.
–¡Lovino, espera!
–¿Qué?– Giró algo la cabeza, lo suficiente para mirarle.
–Yo no vivo aquí. Vivo en la parte norte de Italia. Usualmente estoy allí, a menos que esté con el grupo de viaje, como en este caso; por si le interesa.
Lovino sonrió y le tendió un lápiz de ojos y una de las hojas que allí tenía. Sin dudarlo un segundo, Antonio escribió su dirección.
–Visíteme, por favor.
–Lo haré.
El camino de vuelta fue muy violento. El cochero, implicado, no supo qué responder a la excusa de "intentaron violarme y lo maté, quedándome con su ropa", y el mozo tampoco le habló más que para preguntar si había ido bien.
¿Y qué iba a responder más que la verdad camuflada? El tal Henrique no había estado en la fiesta, y había estado cerca de matar a quien no debía.
Al menos, sabía cuál era la dirección de Antonio. Sabía que si allí iba, lo encontraría de nuevo, para volver a tener un reencuentro como aquel.
Lo que Lovino no sabía era que no era el único asesino que andaba tras la misma persona, y que no sería el único en confundirse.
...o...o...o...
De veras que quería publicar este capítulo antes, pero... tenía que corregirlo, y estaba súper ocupada. ¡Lo que sea! Al fin está aquí.
Lovino vestido de mujer es incluso más seductor, y a Antonio quizás eso le guste(?). Para mala suerte de éste, volvió a morir. Ooh... Pobre Antonio. Está destinado a morir.
El próximo capítulo será el capítulo final. ¡Hasta la próxima!
