Capítulo 4: Corazón
Llevaba dos semanas saliendo con Inuyasha. Él la llevaba a restaurantes muy caros a cenar, a cafeterías de grandes hoteles a merendar, a las inauguraciones de galerías y museos e incluso la llevó un día a visitar su lugar de trabajo. Poseía un par de enormes edificios que ella había visto millones de veces y nunca supo a quien pertenecían. Todos sus empleados trabajaban allí y él ocupaba el último piso entero del edificio principal. Todo ese piso había sido diseñado en base a crear un único y enorme despacho en el que trabajaba él solo. La única persona con acceso a ese piso era Inuyasha gracias a una llave que solo él y el portero poseían. Nadie podía entrar si él no lo deseaba. Ella sí que entró y estuvieron tomando un poco de vino en el sofá mientras que él le hablaba de su negocio.
Kagome se sentía flotar sobre una nube cada vez que estaba con él y ya casi había olvidado todo el asunto del dichoso engaño para concentrarse únicamente en su relación. La mentira salía sola de sus labios cuando alguien más aparecía y ella empezaba a asumirla y a disfrutar de todo lo que Inuyasha le ofrecía.
Se coló un fino jersey rosa palo por la cabeza y se miró en el espejo. Los vaqueros se ajustaban a sus piernas y le quedaban estupendamente con las botas marrones hasta las rodillas con un forro de pelo. El día había salido nublado y le daba miedo que llegara a llover incluso. Preparó bien su bolso para cualquier imprevisto y se dirigió hacia la puerta de su apartamento. Era sábado, no había quedado con Inuyasha y hacía mucho tiempo que no se pasaba por el centro para hacerles una visita a los niños.
….
Inuyasha no se podía creer su suerte mientras conducía hacia la mansión Tama. Era sábado, un magnífico sábado y no había quedado con Kikio porque un importante empresario alemán había concertado una cita con él ese día. A última hora, el secretario de dicho empresario le llamó para decirle que su jefe había caído gravemente enfermo y estaba ingresado en el hospital. No es que se alegrara de la desgracia del pobre hombre, pero a él le venía de perlas para salir con Kikio. La llevaría a comer a algún restaurante y para la tarde tenía unas entradas para ir a la ópera. Seguro que a ella le encantaría la idea, le dijo que le gustaba mucho la ópera.
Se identificó en la entrada y pisó el acelerador en cuanto le abrieron la verja. Aparcó en el camino de entrada y se dirigió con una sonrisa hacia la entrada de la mansión. El mismo mayordomo que en la anterior ocasión lo atendió, le dejó pasar, pero no le permitió subir a la habitación de Kikio, Lo tuvo esperando en la entrada hasta que volvió a aparecer acompañado del señor Tama. Debió suponer que el padre de Kikio querría hablar con él en sus visitas. Por algo Kikio prefería quedar lejos de su alcance.
- ¡Qué gusto volver a verlo Inuyasha!- le dio la mano- ¿Viene a ver a Kikio?
- Había pensado en invitarla a comer y a la ópera si usted no tiene ningún inconveniente.
- ¡Maravilloso!- exclamó- Claro que puede llevarla, seguro que a ella le encanta la idea.
Después de esa frase se hizo un incómodo silencio entre los dos. Ninguno tenía nada que decirle al otro e incluso el mayordomo los observaba como si se sintiera igual de incómodo que ellos. Fue el padre de Kikio el que rompió el hielo.
- ¿Por qué no va usted mismo a verla?- sugirió- Está en su habitación, ya sabe el camino.
Inuyasha asintió con la cabeza y le dio otro apretón de manos antes de subir las escaleras en busca de Kikio. Su padre parecía encantado con la idea de que saliera con su hija y no era para menos. Cualquier padre estaría encantado de ver a su hija con él o por lo menos eso era lo que decían todas las revistas del corazón. Además, estaba seguro de que no tardaría en proponerle algún negocio y no se interpondría de ninguna forma entre él y Kikio.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación y respiró hondo antes de darle tres suaves golpes a la puerta.
- Adelante.- se escuchó desde dentro.
Inuyasha no lo dudó ni un instante y entró en la habitación de Kikio. A primera vista parecía vacía, pero entonces, vio una figura femenina agachada junto a lo que parecía el tocador, recogiendo algo. La mujer se irguió y entonces supo que ésa no era Kikio. No llevaba tacones y se la veía demasiado alta para ser ella. Estaba demasiado delgada para su gusto, sin curvas. Además, su cabello era negro, sin la tonalidad azabache de Kikio y liso.
- ¿Quién es usted?
Kikio dejó de pelearse con las perlas que se habían desasido de su collar favorito y se giró extrañada al escuchar que alguien le preguntaba eso. Estaba en su casa, en su habitación y había ido a visitarla a ella. ¿Por qué demonios le preguntaba quién era? Cuando se giró lo supo y se le volvieron a caer todas las perlas al suelo. Miró horrorizada la bella figura de Inuyasha Taisho, el soltero de oro y quiso tirarse de los pelos. ¿Qué estaba haciendo él allí? Kagome no trabajaba, estaba en su casa, era su día festivo. ¿Qué iba a hacer?
Inuyasha miró las perlas en el suelo, las mismas perlas que había visto en el cuello de Kikio y luego a la mujer que parecía a punto de gritar de miedo. ¿Sería una ladrona? ¿Estaba robando a su querida Kikio?
- Yo… Me llamo Kagome.- la mejor opción era tomar la identidad de su amiga- Soy la criada personal de la señorita Kikio,- hizo una torpe reverencia- estaba intentando arreglar su collar favorito, señor.
Él la miró sin terminar de creer sus palabras y con la promesa de que antes de marcharse preguntaría si eran ciertas sus palabras.
- ¿Se encuentra por aquí la señorita Kikio?- pregunto.
- Ha salido, señor.
¿Kikio había salido y su padre no lo sabía? Eso sí que era extraño o tal vez no. Su empeño en ocultar su relación de su padre, dejaba muy claro que el señor Tama debía ser un auténtico entrometido. A lo mejor había salido con unas amigas o a dar una vuelta para no aburrirse sin él. No podía haber salido con otro hombre, eso nunca.
- ¿Sabe a dónde ha ido?- insistió.
- ¿Puedo preguntarle su nombre, señor?- intentó ganar tiempo mientras pensaba en la respuesta- No quisiera que la señorita Kikio se enojara conmigo por darle información a personas que ella podría considerar ingratas.
- Inuyasha Taisho.
Kikio se mordió el labio frustrada y empezó a buscar la respuesta en su cerebro. No podía mandarlo al apartamento de Kagome porque descubriría todo si así lo hacía pero, ¿dónde más podría estar Kagome en un sábado? Aunque claro, él también podría llamarla por teléfono, pero no lo haría porque estaba parado ante ella a la espera de que le diera una respuesta. ¿A qué sitios iba Kagome? Al supermercado, al centro comercial, al Starbucks, al Hard Rock, a la playa a pasear, al centro de acogida para niños huérfanos… ¡Los niños huérfanos! Le escuchó comentar que llevaba mucho tiempo sin ir, seguro que había aprovechado el sábado para hacerles una visita. Se lo diría a Inuyasha y así de paso le enseñaría otra de las mejores facetas de Kagome. Lo necesitaban bien enamorado de ella para que la perdonara por el engaño.
- Puede que esté en un centro de acogida para niños.- sugirió- La señorita Kikio es una persona muy bondadosa y le encanta ir a jugar con los niños huérfanos. Ella es muy solidaria.
- ¿Dónde está ese centro de acogida?
Kikio sonrió para sus adentros y le dio la dirección ya que en una ocasión la había acompañado. Aquellos niños le ablandaron bastante el corazón y le hicieron darse cuenta de lo afortunada que en verdad era. Aunque no había vuelto a ir donaba mucho dinero para que tuvieran unas mejores instalaciones.
Inuyasha se dio la vuelta dispuesto a marcharse, pero se detuvo en la puerta y se giró para volver a mirarla.
- ¿Por qué no lleva uniforme?
Kikio se miró el vestido sencillo de playa que por suerte había escogido para estar en casa e improvisó una rápida respuesta.
- Es sábado y bueno… La señorita Kikio insiste en que no lo use los sábados.
Observó aliviada como el soltero de oro se marchaba de su habitación y se dejó caer en la silla de su tocador con el corazón en la mano. Si se hubiera descuidado un solo momento, ese hombre habría descubierto toda la verdad. Nunca imaginaron que se presentaría de improvisto en la mansión, como lo hizo la primera vez. Tendrían que ser más cuidadosas en adelante.
Inuyasha bajó las escaleras y se dirigió hacia la puerta de la entrada, pero al ver al mayordomo cambió de opinión, y lo llamó. Tenía que aclarar una cosa primero.
- ¿La señorita Kikio tiene una criada personal?
- Sí, señor.- asintió- Se llama Kagome. Es la única hija de unos antiguos empleados. Una chica ejemplar y muy leal.- sonrió- ¿Lo pregunta por algo en particular?
- No… Yo… Es que acabo de conocerla y tenía curiosidad.
Se dio media vuelta y se marchó sin percatarse de la mirada de pura sorpresa que le dirigía el mayordomo. Lo siguió con la mirada hasta que se metió en el coche y entonces miró las escaleras. Juraría que Kagome no tenía que ir a trabajar ese día.
…
- Un, dos, tres… ¡Al escondite inglés!
Se giró sin apartar su cuerpo de la pared y miró a los niños. Cinco de ellos estaban casi al inicio del juego, otro tres se encontraban hacia la mitad y siete a unos pocos pasos de ella. En uno o dos turnos la alcanzarían. Sin embargo, tendría que enviar a unos cuantos atrás puesto que no se mantenían quietos en el sitio.
- Meiko, Koji y Yoli,- los nombró- os habéis movido.
Los tres gimieron angustiados ya que estaban tan cerca de la meta y se echaron atrás junto a los demás niños. Kagome se quedó unos minutos observando a los que se encontraban en el medio y a los que casi la alcanzaban. Intentó ponerlos nerviosos y alguno de ellos estuvo a punto de moverse por el momento de tensión, pero todos supieron mantenerse firmes y aguantaron como leones. Ella sonrió y volvió a girar.
- Un, dos, tres… ¡Al escondite inglés!
Inuyasha los miró jugar de lejos. Nada más llegar preguntó por Kikio Tama y todo el mundo le señaló encantado las nuevas instalaciones que habían podido obtener gracias a sus donativos. Los empleados y los niños parecían muy agradecidos por su ayuda económica y él no podía sentirse más orgulloso de ella. Una mujer solidaria que se preocupaba por los menos desfavorecidos, sobre todo los niños. Se decidió a recorrer el centro él solo en busca de la joven. Cuando pensaba que no iba a encontrarla, que ella no estaba allí, escuchó voces en el jardín y las siguió. La escena lo dejó sin habla: Kikio contra una pared contaba mientras los niños se movían a su espalda. ¡Estaban jugando! Supo en ese instante que Kikio sería una gran madre y no pudo parar de imaginarla con un par de hijos suyos. Todo iba tan rápido.
Se metió las manos en los bolsillos y observó como ella volvía a contar. Los niños la alcanzaron en ese turno, uno de ellos en particular y ella se rió encantada a pesar de haber perdido. Estrechó entre sus brazos al niño que había resultado ganador y lo alzó con ella para darle un montón de besos. El niño se sonrojó y no era para menos cuando una mujer tan bella le llenaba la cara de besos. Entonces, los niños empezaron a rodearla, a abrazarse a sus piernas y terminaron cayendo todos en el suelo. Kikio no se quejó por el golpe y empezó a reír con ellos mientras jugaban a hacerse cosquillas. Él estaba conmovido.
- Kagome, ¿quién es ese señor?
Kagome dejó de reír al escuchar a Kathy y siguió la dirección que ella señalaba. En cuanto vio que le miraba, Inuyasha levantó una mano y la saludó. ¿Cómo sabía que ella estaba allí? ¿Cómo la había encontrado? Además, no estaba vestida adecuadamente para que él la viera, se daría cuenta de que no era rica, de que no era Kikio. ¡Y los niños! Todos los niños la llamaban Kagome, la conocían por su verdadero nombre. Si él se acercaba, todo sería un desastre.
Inuyasha empezaba a avanzar hacia ella. Tenía que hacer algo y que fuera rápido y efectivo. Una idea le vino a la cabeza y apiló a todos los niños para proponer el juego.
- Niños, escuchadme atentamente.- les dijo en voz bajita- Ese hombre y yo estamos jugando a un juego. En el juego él me llama siempre Kikio, como mi mejor amiga.
Los niños asintieron mientras la escuchaban atentamente.
- Para que ganemos el juego vosotros también tenéis que llamarme Kikio en su presencia.
- ¿Y qué nos darán si ganamos?- preguntó Koji.
- Un montón de gominolas.
No le costaría nada conseguir unas cuantas gominolas para los niños y ella lo haría de todas las formas, pero eso los niños no lo sabían. Se levantó de la hierba y se limpió los restos de tierra de los vaqueros. Ya que su aspecto no tenía arreglo, se ocuparía de que Inuyasha no la descubriera. Odiaba tener que utilizar a los niños.
- ¡Qué sorpresa!- exclamó cuando lo tuvo al alcance de su mano-Pensé que tenías una importante reunión de negocios.
- El alemán está enfermo y la ha suspendido.
Kagome asintió con la cabeza y lo esquivó cuando trató de darle un beso. Él compuso una expresión entre extrañada y dolida, pero ella le hizo un ademán para que mirara a los niños y se disculpó con la mirada. No pensaba besarlo en presencia de tantos niños. Él lo entendió y asintió con la cabeza para que supiera que estaba perdonada y que le debía un beso.
- Niños, este hombre es Inuyasha,- lo señaló- ¿por qué no le saludáis?
Los niños, uno por uno, se fueron acercando a Inuyasha para saludarlo. Él se portó tan bien con todos ellos que unas lágrimas inundaron sus ojos. A los niños les dio la mano como si fueran hombres y escuchó encantado sus comentarios sobre deportes. A las niñas les besó el dorso de la mano y las elogió a cada una de ellas por su belleza. Cuando terminó con todos los niños, estaban fascinados por él y le suplicaban que jugara con ellos. No hubiera hecho falta todo ese despliegue de galantería para que los niños quisieran jugar con él, pero al hacerlo, se había ganado mucho más que una invitación a jugar. Esos niños huérfanos necesitaban saber que eran valorados, que se les trataba como iguales e Inuyasha había sabido tratar con cada uno de ellos.
Inuyasha sonrió ante la alegría que mostraban todos esos niños y no pudo menos que entender que su adorada Kikio amara aquel sitio. Él mismo haría un buen donativo para que se mejoraran más todavía las instalaciones y se estaba planteando seriamente el hacerles alguna visitilla cuando tuviera tiempo libre. Podía ir con Kikio, los dos juntos. El plan era mucho más que perfecto.
- Creo que si no juego con ellos, perderé su confianza.
- Tengo que avisarte de que se manchara tu traje.- le advirtió- E estos niños les encanta revolcarse sobre la tierra.
- Ahora entiendo porque has traído esa ropa tan austera.- se quitó la americana- Tus bonitos trajes podrían estropearse.
Se dio media vuelta para ocultarle el dolor que le habían causado esas palabras. Si supiera que esa ropa tan austera, tan simple y tan barata que ella llevaba era lo máximo que podía permitirse, ¿qué pensaría de ella? Había dejado bien claro que no le gustaba su ropa, que la consideraba de bajo nivel y esa afirmación no podría hacerle más daño. Aunque la culpa era suya por jugar a ser otra persona, a vestirse con la ropa de otra, a comportarse como alguien que no era ella…
- ¿A qué queréis jugar, niños?- preguntó Inuyasha.
- ¡Al escondite!- exclamó uno.
- ¡Al pilla pilla!- exclamó otro.
- ¡A polis y cacos!
Tomar una decisión era difícil por lo que Inuyasha propuso llevarlo a votación. Al terminar las votaciones, fue el juego del escondite el que ganó, y procedieron a hacer un sorteo para ver quien se la quedaba. Le tocó a Makoto y empezó a contar hasta cien lo mejor que pudo contra el tronco de un árbol. Inuyasha agarró su mano, y como si fueran niños, la arrastró con él hacia unos árboles para esconderse. No podía parar de reír y de juguetear intentando desasirse cuando lo único que deseaba era que no la soltara. Inuyasha consiguió ponerla de espaldas contra el árbol y se apretó contra ella a la vez que sus labios descendían sobre los suyos.
Se besaron incansablemente durante varios minutos hasta que el sonido de unas risas demasiado cerca de ellos les hicieron entrar en razón. Estaban rodeados por todos los niños que los miraban con una sonrisa en la cara. Los niños los piropeaban y les cantaban canciones infantiles para avergonzarlos y las niñas se sonrojaban y murmuraban entre ellas.
- ¡Esto es como volver al colegio!- exclamó Inuyasha.
- Pues espera a que sea la hora de comer.
Continuaron jugando durante el resto de la mañana. Inuyasha era tan incansable como los niños y jugaba una y otra vez sin perder la sonrisa de la cara mientras que ella tuvo que detenerse para descansar unos minutos en más de una ocasión. Jugaron interminables veces al escondite y al pilla pilla. Inuyasha siempre iba a por ella y las niñas se reían mirándolos porque era más que obvio lo que había entre ellos. Poco antes de la hora de comer, jugaron un partido de fútbol. Inuyasha con todos los chicos contra Kagome y todas las chicas. Nunca imaginó que Inuyasha jugaría tan bien al fútbol por lo que decidió no ponérselo nada fácil. Aún así, evitaba tener demasiado tiempo el balón porque quería que todos los niños tuvieran la oportunidad de jugar. Inuyasha debió entender el mensaje puesto que él tampoco lo mantenía demasiado. Sólo lo buscaba cuando ella lo tenía y ella hacía lo mismo. El resto del tiempo gritaban a sus compañeros de equipo para decirles qué tenían que hacer. Inuyasha se aprendió los nombres de todos los niños en esa mañana.
A penas habían terminado de jugar cuando sonó la campana que indicaba que era la hora de comer. Estaba sudada, sucia y cansada pero feliz porque Inuyasha había logrado que el día fuera mejor aún para los niños. Ella lo llevó de la mano hacia el comedor y le indicó que se sentara junto a ella, entre los niños. A ella no le gustaba sentarse en la zona de los monitores, prefería sentarse con los niños y además, estaba el pequeño inconveniente de su nombre. A los monitores no podía decirles lo mismo que a los niños.
La cocinera les sirvió unos espaguetis a la boloñesa para comer. Sirvió en grandes proporciones para todos y ellos lo agradecieron. Estaban realmente agotados por el ejercicio y necesitaban energía. Sin embargo, Kagome se encontró observando a Inuyasha mientras comía y preguntándose si sería de su gusto. ¡Cómo iba a serlo! Él comía cosas mil veces mejores todos los días. Debía de estar pensando que estaba loca por querer comer allí. Suspiró frustrada por los rumbos tan extraños que tomaba en ocasiones su mente y empezó a juguetear con la comida del plato como si fuera una niña sin apetito. De repente, se le había quitado toda el hambre.
- ¿Por qué no comes?- le preguntó Inuyasha- Está muy bueno.
- ¿De verdad te gusta?- preguntó francamente sorprendida.
- ¿Y por qué no iba a gustarme?- se limpió con la servilleta los labios manchados de tomate- Me gustan los espaguetis y me gusta la salsa boloñesa. Además, la cocinera es excepcional. Tengo que felicitarla después.
Kagome no daba crédito a sus oídos mientras lo escuchaba. Había vuelto a subestimar a Inuyasha respecto a sus gustos. Él no era como los demás ricos.
- Igual a ti no te gusta mucho, ¿no? – continuó- Seguro que tomas cosas más ligeras y con menos calorías.
Pero él pensaba que ella era como las otras chicas ricas. Sacudió la cabeza y enrolló una buena cantidad de espaguetis con su tenedor para empezar a comer. Le demostraría que ella no era una de esas rubias tontas que pasaban el día en el gimnasio, alimentándose única y exclusivamente a base de lechuga.
- ¿Cómo es que has venido a buscarme?- le preguntó mientras hacía una pausa para beber agua- Tendrías algo planeado, ¿no?
- Sí, iba a proponerte ir a un restaurante y a la ópera, pero me pareció más divertido y más importante lo que tú estabas haciendo.
El plan de restaurante ya era imposible, pero el de la ópera sonaba realmente bien. A ella le encantaba la ópera y sólo había podido verla por televisión y escucharle en CD. Le encantaría ir a ver la ópera.
- ¿Y aún podemos ir a la ópera?- preguntó- Me gusta mucho…
- Claro que sí.- sonrió- Tengo las entradas,- rebuscó en su americana hasta dar con un sobre que le entregó- es a las siete.
Kagome se limpió las manos con la servilleta y abrió el sobre impaciente por ver aquellas magníficas entradas. Dos entradas de color marfil con las letras doradas en relieve. Hasta las entradas detonaban el lujo que era poder asistir a la ópera y sobre todo a esa ópera. Era la última actuación de la obra de la "Flauta mágica" en su ciudad. Las voces que interpretaban en esa obra eran de las mejores del mundo y la obra era sencillamente sensacional. No podían desperdiciar esas entradas y les daba tiempo de sobra.
- Adoro esta obra,- sonrió- ¿cómo lo has sabido?
- La verdad es que no lo sabía, me dejé llevar por mi instinto.
Le encantaba verla tan feliz. Compró esas entradas para la ópera en un impulso al recordar lo contenta que se sentía cuando hablaba de la ópera y de cualquier cosa relacionada con la música en general. Al ver su expresión cuando se lo comunicó supo que no se había equivocado, pero cuando ella leyó el título de la obra parecía realmente fascinada. ¿Tanto le gustaba? Le sorprendía que no hubiera ido a verla ya de ser así. Tenía dinero de sobra para poder acudir a todas las actuaciones de la compañía en esa ciudad y en las demás. Bueno, eso daba igual. Mejor para él si podía compartir con ella ese momento. Además, esa mañana tan fantástica que habían pasado, mejoraba el plan y mucho. Se había divertido de lo lindo jugando con los niños y con Kikio. Nunca imaginó que una chica de alta clase se mancharía las manos y la ropa de esa forma para hacer felices a unos niños.
Se hizo a un lado cuando le cambiaron un plato por una enorme hamburguesa y no pudo menos que pensar en su físico. Tendría que hacer unas cincuenta flexiones de más para bajar toda esa grasa, aunque el ejercicio de esa mañana lo compensaba todo. Agarró su hamburguesa y se la comió con apetito. Estaba tan buena como el primer plato y los niños se la comían con la misma ansia que él. ¿Cómo unas criaturas tan pequeñas podían meterse toda esa comida entre pecho y espalda? Miró a Kikio y la vio comiéndose la enorme hamburguesa con cuchillo y tenedor. Ella no parecía contenta ante la perspectiva de tener que cogerla con las manos y no le extrañaba, estaba grasienta.
- Kagome, ¿me ayudas a atarme los cordones?
Kagome se atragantó con el pedazo de hamburguesa que estaba masticando y empezó a toser con una mano en la boca para no escupir la comida. Inuyasha le dio unas suaves palmadas en la espalda y le ofreció un vaso de agua. Ella lo aceptó y miró a la niña sin saber qué hacer. La culpa no la tenía Kate, sino que ella.
- Claro que te ayudo Kate.- se levantó de su asiento y se arrodilló frente a ella- Pero… ¿Por qué no dices bien mi nombre?- le pidió- Ese nombre que dijimos antes…
La niña la miró sin comprender al principio, pero entonces cayó en la cuenta de que seguían jugando y miró a Inuyasha fijamente. Éste se extrañó por el comportamiento de la niña y no pudo menos que devolverle la mirada expectante. ¿Qué le pasaba de repente a esa niña? ¿Y por qué la llamó Kagome? Todo aquello era muy extraño y el comportamiento de la niña no lo ayudaba a sentirse mejor.
- Se llama Kikio, ¿sabes?- la niña se comportaba como si la estuviera presentando- Kikio,- repitió- no tiene ningún otro nombre.
Kagome agachó la cabeza desesperada mientras que Inuyasha miraba a la niña como si se hubiera vuelto loca. Kate, en cambio, sonrió y se volvió hacia su hamburguesa para devorarle con auténtica hambre. Kagome aprovechó para sentarse en su lugar entre Kate e Inuyasha, pero no continuó comiendo. Se quedó sentada, firme como una estaca, mirando al frente y sin querer escuchar una sola palabra. Si Inuyasha no había descubierto el pastel con eso, la virgen se le había aparecido. En el caso contrario, ya podía empezar a correr.
- ¿Sabes? Es curioso, pero nunca había escuchado el nombre de Kagome hasta hoy.- le dijo- Primero en tu casa cuando he ido a recogerte y ahora lo escucho aquí…
- ¿Has ido a casa a recogerme?
¡Por eso había conseguido localizarla! Inuyasha había aparecido en un lugar del que ella nunca le había hablado en el momento indicado, no podía ser pura coincidencia. Alguien le tendría que haber dicho que allí podría localizarla y ella ni se había preocupado de averiguarlo. Estaba tan emocionada y tan feliz por tenerlo cerca que se había olvidado una vez más de todo el maldito engaño. Inuyasha había estado en la mansión Tama, seguro que había hablado con el señor Tama y alguien de allí le dijo donde encontrarla. ¿Sabría alguien más de su engaño?
- Sí pero no estabas,- recalcó lo obvio- me encontré con tu criada personal, Kagome.
¡Kagome! Seguro que había subido a la habitación de Kikio y se había encontrado con la mismísima. Ella habría improvisado una mentira para salvarse. Le pidió que le contara con pelos y señales lo sucedido y cuando terminó estuvo completamente segura de lo que Kikio había organizado para librarse. Su mejor amiga había demostrado, una vez más, tener una impresionante habilidad para salvarse de los problemas.
- Kagome… Me gusta ese nombre- le dijo- No es que no me guste el tuyo,- quiso disculparse- es que… No sé. A ella le vi cara de Kikio y a ti te veo más cara de Kagome…
¡Qué tierno! Si supiera lo acertadas que eran sus suposiciones y lo encantada que estaba ella de oírle decir esas cosas. Sin embargo, su deber era hacerse la ofendida o quedaría como una idiota.
- ¡No digas tonterías!- exclamó- Yo soy Kikio,- se atragantaba cada vez que decía eso- me resulta ofensivo que me compares con…
- Discúlpame, tienes razón.- agarró su mano y la besó- Nunca más volveré a compararte con una vulgar criada.
Desearía haberse callado para no escuchar semejantes palabras de sus labios. De repente, le vino el orgullo como una patada en la cara y sintió la necesidad imperiosa de defenderse. Una cosa era querer aparentar que era Kikio para que no la descubriera y otra muy diferente llegar a un punto en el que tuviera que escuchar como la insultaba. Estaba muy claro que él no se fijaría en una simple criada.
- Tampoco tienes que insultarla… - musitó- Es mi amiga…
- Yo… Lo siento. Por tus palabras pensé… - se peinó el pelo hacia atrás frustrado- Hoy no estoy resultando demasiado cortés, ¿no?
Kagome se encogió de hombros y agarró su cuchillo y su tenedor para continuar comiendo. No quería seguir hablando del tema, seguir escuchando insultos hacia su persona, ni seguir simulando que era otra persona. Ella era la criada a la que Inuyasha había insultado, ella era Kagome Higurashi. Era una sucia impostora y se merecía lo que acababa de sucederle.
Inuyasha continuó comiendo sin dejar de mirarla. Kikio se había enfadado con él, era más que obvio para cualquiera que la mirase. Estaba enfadada, estaba triste y su poca predisposición se estaba contagiando a los niños que la miraban con ansiedad. Él era el culpable de todo. No solía insultar a las criadas, ni a nadie. Su trabajo era tan digno como cualquier otro, pero ella habló de tal forma que pensó que le ofendería que dijera lo que pensaba. Quiso insultar ese oficio porque le pareció que era eso lo que pensaba, pero se había equivocado de cabo a rabo. Ojala Kikio lo perdonase y ojala también lo perdonase por decir la estupidez de los nombres.
Terminó su hamburguesa de un último bocado y se limpió la boca mientras observaba discutir a unos niños en la mesa de al lado. Se estaban hablando a gritos y las monitoras trataban de detenerlos, pero la pelea era inminente. Lo supo cuando uno agarró su hamburguesa y se la tiró al otro. La guerra de comida acababa de comenzar. Agarró a Kikio y tiró de ella para arrastrarla bajo la mesa en cuanto volaron los primeros platos de comida. En menos de un minuto, el comedor se convirtió en un auténtico campo de batalla. Kikio se aferraba a su camisa mientras la comida caía en el suelo, a su alrededor. Se escuchaban los gritos de las monitoras intentando detener a los niños y bajo algunas mesas también se habían metido las niñas más tímidas.
- ¿Esto suele ocurrir?
- Muy a menudo, la verdad.- le contestó Kagome con una sonrisa.
Kagome encontró la forma de romper el hielo de repente. Se había formado una tensión entre ellos desde esa pequeña discusión y los niños le habían dado la respuesta para terminar con ello. Se merecía lo que le había pasado por mentirosa, pero se concedería el placer de una pequeña venganza contra el hombre. Sacó la mano de la mesa y buscó con ella su plato. Por suerte, no lo habían tocado así que pudo agarrar su hamburguesa. Antes de que Inuyasha supiera lo que iba a hacer, se la estampó en la cara y se rió de él.
- Me parece que con esto estamos en paz señor Taisho.
Inuyasha se apartó la carne de la cara y le lanzó una pícara sonrisa antes de lanzarse sobre ella, dispuesto a devolverle el favor.
Continuará…
