EL ABANICO DE SEDA
Esta es una adaptación de la novela homónima a los personajes de CCS, por lo tanto los nombres de la mayoría de los nombres que aparecen aquí, pertenecen a CLAMP, pero la trama es de la autora Lisa See. Esto es sin ánimo de lucro.
En esta novela se ha seguido el calendario tradicional chino. El tercer año del reinado del emperador Daoguang, que fue cuando en esta historia, nace la protagonista, corresponde a 1823. La rebelión taiping empezó en 1851 y terminó en 1864.
Se cree que el nushu (el código secreto de escritura utilizado por las mujeres en una remota región del sur de la provincia de Hunan) apareció hace mil años. Parece ser la única escritura del mundo creada y utilizada exclusivamente por mujeres.
"AÑOS DE HIJA"
EL ABANICO
Pasaron seis meses desde que nos vendaron los pies por primera vez, dos meses desde la muerte de mi abuela y Hermana Tercera. La nieve se fundió, la tierra se ablandó y prepararon a mi abuela y a Hermana Tercera para el entierro. En la vida de todos los chinos son tres los acontecimientos en que se gasta más dinero: el nacimiento, la boda y la muerte. Todos queremos tener un buen nacimiento y una buena boda; todos queremos tener una buena muerte y un buen entierro. Pero el destino y las cuestiones prácticas influyen en esos tres acontecimientos como en ningún otro. Mi abuela era la matriarca de la familia y había llevado una vida ejemplar; mi hermana pequeña no había hecho nada en la vida. Mi padre y mi tío reunieron todo el dinero que tenían y encargaron a un fabricante de ataúdes de Shangjiangxu que construyera uno bueno para la abuela. Después hicieron una caja pequeña para Hermana Tercera. Las hermanas de juramento de mi abuela acudieron y por fin se celebraron los funerales.
Me di cuenta, una vez más, de lo pobres que éramos. Si hubiéramos tenido más dinero, mi padre quizá habría construido un arco de viuda en honor de la abuela. Quizá habría pedido al adivino que buscara un lugar propicio con los mejores elementos del feng shui para su sepultura, o alquilado un palanquín para transportar hasta la tumba a su hija y su sobrina, que todavía no podían caminar demasiado. Pero no podíamos permitirnos nada de eso. Mi madre me llevó a cuestas, y mi tía se ocupó de Rika.
Nuestro sencillo cortejo se dirigió a un lugar no muy alejado de la casa, todavía dentro de los límites de los terrenos arrendados. Mi padre y mi tío no pararon de hacer reverencias, tocando el suelo con la frente tres veces seguidas en cada ocasión. Mi madre se tumbó en el túmulo funerario y suplicó perdón. Quemamos unos pocos billetes, pero a los dolientes que acudieron sólo les ofrecimos unos dulces.
Pese a que mi abuela no sabía leer nu shu, conservaba los libros del tercer día que le habían regalado con motivo de su boda, muchos años atrás. Sus dos comadres los pusieron con unos pocos tesoros más junto a su tumba y los quemaron para que las palabras escritas en ellos la acompañaran hasta el más allá. Cantaron juntas: "Esperamos que encuentres a nuestras otras hermanas de juramento. Las tres seréis muy felices. No os olvidéis de nosotras. Las fibras que nos unen no se cortarán aunque se corte la raíz de loto. Esa es la fuerza y la longevidad de nuestra relación". De Hermana Tercera no dijeron nada. Ni siquiera Touya tenía ningún mensaje para ella. Como mi hermana no tenía su propio libro, mi tía, Nakuru, Rika y yo escribimos mensajes en nu shu para presentársela a nuestros antepasados y luego los quemamos.
El período de duelo por mi abuela, que duraría tres años, no había hecho más que empezar, pero la vida continuaba. Yo ya había superado la etapa más dolorosa del vendado de los pies. Mi madre no tenía que pegarme tanto y el dolor ya no era tan agudo. Lo mejor que Rika y yo podíamos hacer era sentarnos y dejar que nuestros pies adoptaran su nueva forma. A primera hora de la mañana practicábamos juntas nuevas labores de costura bajo la supervisión de Nakuru; a última hora de la mañana mi madre me enseñaba a hilar algodón; a primera hora de la tarde nos dedicábamos a tejer. Rika y su madre seguían las mismas lecciones, pero en orden inverso. A última hora de la tarde estudiábamos nu shu, mi tía nos enseñaba palabras sencillas con paciencia y buen humor.
Como ya no tenía que vigilar los vendajes de Hermana Tercera, Nakuru, que tenía once años, reanudó su aprendizaje de las tareas domésticas. La señora Gao, la casamentera del pueblo, venía regularmente para negociar la Elección de Pretendiente, la primera de las cinco etapas del ritual de la boda de Touya y Nakuru. Había encontrado para Touya una muchacha de una familia parecida a la nuestra en su pueblo natal, Gaojia. Esto representaba una ventaja para la futura esposa, porque la señora Gao tenía negocios en los dos pueblos y podría llevarle cartas escritas en nu shu con regularidad. Además, mi tía también era originaria de Gaojia, de modo que a partir de entonces podría comunicarse fácilmente con su familia. Estaba tan contenta que no paraba de sonreír exhibiendo sus dientes irregulares, entre los cuales se entreveía la gran cavidad de su boca.
Nakuru, cuya serenidad y belleza todo el mundo reconocía, se casaría con el hijo de una familia mejor que la nuestra que vivía en la lejana Getan. Nos entristecía la perspectiva de no verla tan a menudo como nos habría gustado, pero gozaríamos de su compañía otros seis años antes del matrimonio, y luego otros dos o tres antes de que nos dejara para siempre. En nuestro condado, seguimos una tradición llamada buluo fujia, según la cual la mujer no se instala definitivamente en la casa del esposo hasta que se queda embarazada.
La señora Gao no se parecía en nada a la señora Wang. El adjetivo que mejor la definía era "vulgar". La señora Wang vestía ropa de seda, y la señora Gao, de algodón hilado a mano. Las palabras de la señora Wang eran escurridizas y brillantes como la grasa de oca, mientras que los sentimientos de la señora Gao eran tan rasposos como los ladridos de un perro callejero. Subía a la habitación de las mujeres, se sentaba en un taburete y exigía que le mostraran los pies de todas las niñas de la familia Kinomoto. Nakuru y Rika obedecían, por supuesto. Y, pese a que mi destino estaba en manos de la señora Wang, mi madre insistía en que yo también se los enseñara. ¡Y qué comentarios hacía la señora Gao! "La hendidura es tan profunda como los pliegues internos de la niña. Hará feliz a su esposo". O bien: "La forma en la que el talón se curva hacia abajo formando un saco, mientras el dedo gordo apunta hacia arriba, recordará a su esposo su propio miembro viril. Ese afortunado se pasará el día pensando en juegos eróticos". Yo entonces ignoraba el significado de aquellas palabras. Cuando empecé a entenderlas, me avergonzaba que alguien dijera esas cosas delante de mi madre y mi tía. Pero ellas reían con la casamentera. Las tres niñas acabamos riendo también, aunque, como ya he dicho, aquellas palabras y su significado estaban muy lejos de nuestra experiencia y comprensión.
Aquel año, en el octavo día del octavo mes lunar, las hermanas de juramento de Nakuru se reunieron en casa con ocasión del día de las Peleas de Toros. Las cinco niñas empezaban a demostrar lo bien que dirigirían su futuro hogar arrendando el arroz que sus familias les habían dado para formar la hermandad y utilizando las ganancias para costear sus celebraciones. Cada niña trajo un plato de su casa: sopa de fideos de arroz, remolacha con huevos en conserva, pies de cerdo con salsa de pimiento, judías en conserva y pasteles de arroz. Además prepararon varios platos juntas: formaban bolas de masa y las cocían al vapor; luego las sumergían en un aliño de salsa de soja, zumo de limón y aceite de pimiento. Comían, reían y recitaban historias de nu shu, como: "El cuento de Sangu", que narra las pericias de la hija de un hombre rico que permanece junto a su pobre esposo, soportando innumerables penurias, hasta que ambos son recompensados por su felicidad convirtiéndose en mandarines; o "La carpa encantada", en la que un pez se transforma en una hermosa doncella que se enamora de un funcionario de alto rango, pero acaba recuperando su forma original.
Su cuento preferido era "La historia de la mujer que tenía tres hermanos". Las niñas no lo sabían entero y no pidieron a mi madre que dirigiera las preguntas y respuestas, aunque ella había memorizado casi todo el texto. En cambio, suplicaron a mi tía que las guiara a lo largo del relato. Rika y yo nos unimos a sus ruegos, porque el cuento –fascinante y verídico al mismo tiempo– era una buena manera de practicar los cantos relacionados con nuestra escritura secreta.
La historia se la había regalado a mi tía, bordada en un pañuelo, una de sus hermanas de juramento. Mi tía sacó el trozo de tela y lo desdobló con cuidado. Rika y yo nos sentamos a su lado para ir leyendo los caracteres bordados mientras ella recitaba.
-Erase una vez una mujer que tenía tres hermanos- comenzó mi tía-. Todos tenían esposa, pero ella no estaba casada. Pese a que era virtuosa y trabajadora, sus hermanos no querían ofrecer una dote. ¡Qué desgraciada se sentía! ¿Qué podía hacer?
Mi madre contestó:
-Está tan triste que sale al jardín y se ahorca en un árbol
Rika, Nakuru, las hermanas de juramento y yo entonamos a coro:
-El hermano mayor recorre el jardín y finge no verla. El hermano mediano recorre el jardín y finge no ver que su hermana está muerta. El hermano pequeño la ve, rompe a llorar y se lleva el cadáver a la casa
Desde el otro lado de la habitación, mi madre levantó la cabeza y me sorprendió observándola. Entonces sonrió, satisfecha quizá de que no me hubiera dejado ninguna palabra.
Mi tía continuó con la historia:
-Erase una vez una mujer que tenía tres hermanos. Cuando murió, nadie quiso ocuparse de su cadáver. Pese a que había sido virtuosa y trabajadora, sus hermanos no cuidaron de ella. ¡Qué crueldad! ¿Qué ocurrirá?
-La desatienden cuando está muerta igual que cuando estaba viva, hasta que su cadáver empieza a oler mal- dijo mi madre.
Una vez más, las niñas recitamos las frases que sabíamos de memoria:
-El hermano mayor da un trozo de tela para tapar su cadáver. El hermano mediano da dos trozos de tela. El hermano pequeño la envuelve con toda la ropa que encuentra para que no pase frío en el más allá
-Erase una vez una mujer que tenía tres hermanos- prosiguió mi tía-. Ya está vestida para el más allá, pero sus hermanos no quieren gastar dinero en un ataúd. Ella era virtuosa y trabajadora, pero sus hermanos son tacaños. ¡Qué injusticia! ¿Encontrará algún día descanso la mujer?
-Sola, completamente sola- entonó mi madre-, errará convertida en fantasma
Mi tía nos guiaba señalando con un dedo los caracteres y nosotras intentábamos seguirla, aunque nos costaba reconocerlos todos.
-El hermano mayor dice: "No hace falta que la enterremos en un ataúd. Ya está bien como está". El hermano mediano dice: "Podríamos enterrarla en esa caja vieja que hay en el cobertizo". El hermano menor dice: "Éste es todo el dinero que tengo. Con él compraré un ataúd"
Cuando nos acercamos al final, el ritmo de la historia cambió. Mi tía cantó:
-Erase una vez una mujer que tenía tres hermanos. Esto es lo que han hecho, pero ¿qué será de la hermana ahora? El hermano mayor es malo; el hermano mediano, cruel; pero el amor podría prender en el hermano menor
Las hermanas de juramento dejaron que Rika y yo termináramos el cuento.
-El hermano mayor dice: "Enterrémosla aquí, junto al camino de los carabaos" (donde la pisotearían eternamente). El hermano mediano dice: "Enterrémosla debajo del puente" (donde el agua se la llevaría). El hermano menor, el único que tiene buen corazón, dice: "La enterraremos detrás de la casa para que todos la recuerden". Al final la hermana, que había tenido una vida desgraciada, halló gran felicidad en el más allá
Me encantaba esa historia. Era divertido recitarla con mi madre y las demás, pero después de la muerte de mi abuela y mi hermana entendía mejor los mensajes que enterraba. El relato me enseñaba que una muchacha –o una mujer– podía tener un valor diferente para cada persona. También ofrecía instrucciones prácticas sobre cómo atender a los difuntos: cómo tratar el cadáver, qué prendas ponerle para que emprendiera el viaje a la eternidad, dónde enterrarlo. Mi familia había hecho todo lo posible por seguir esas normas, y yo también lo haría cuando me convirtiera en esposa y madre.
-.-
La señora Wang regresó al día siguiente del de las Peleas de Toros. Yo detestaba sus visitas, porque siempre creaban una atmósfera de desasosiego en casa. Todos, como es lógico, estaban contentos con la perspectiva de que Nakuru celebrara una buena boda. Y también estaban encantados, por supuesto, de que Touya se casar y de que nuestro hogar acogiera a la primera nuera. Pero los dos funerales todavía eran recientes. Esos acontecimientos (los dos entierros y las dos bodas inminentes), además de despertar intensas emociones, acarreaban un gasto considerable. La presión a que me veía sometida para conseguir un buen esposo se acentuaba, pues mi matrimonio adquiría un significado añadido: de él dependía nuestra supervivencia.
La señora Wang subió a la habitación de las mujeres y, muy educada, felicitó a Nakuru por su bordado y elogió su buen carácter. A continuación se sentó en un taburete, de espaldas a la celosía, sin mirar hacia donde estaba yo. Mi madre, que empezaba a asumir su privilegiada posición en la familia, indicó por señas a mi tía que fuera a buscar té. Mientras esperábamos, la señora Wang habló del tiempo, de los preparativos de una feria en el templo, de un cargamento de mercancías que habían llegado por el río desde Guilin. Cuando se hubo servido el té, la señora Wang entró en materia.
-Estimada madre- comenzó-, ya hemos hablado en otras ocasiones de las posibilidades que se le plantean a tu hija. Un matrimonio con el hijo de una familia de Tongkou parece asegurado- se inclinó y le confió-: Ya hay una familia interesada. Dentro de muy pocos años os visitaré a ti y a tu esposo para el rito de la Elección de Pretendiente- volvió a enderezarse y carraspeó-. Pero hoy he venido a proponer otra clase de unión. Como quizá recuerdes, el día que nos conocimos vi en Sakura la posibilidad de convertirse en laotong- esperó a que mi madre asimilara sus palabras antes de continuar-. Tongkou está a cuarenta y cinco minutos a pie. Casi todas las familias de allí son parientes del clan Li. En uno de esos clanes hay una muchacha que podría ser laotong de Sakura. Se llama Tomoyo
La primera pregunta que formuló mi madre nos demostró a mí y a las demás mujeres presentes que no sólo no había olvidado lo que la señora Wang había apuntado el día de su primera visita, sino también que desde entonces había estado cavilando y evaluando esa posibilidad.
-¿Y los caracteres?- la dulzura de su voz no logró disimular su determinación- No veo motivo para una unión a menos que los caracteres estén en plena armonía
-Nadeshiko, no habría venido si los caracteres no estuvieran bien alineados- respondió la señora Wang, imperturbable- Sakura y Tomoyo nacieron en el año del caballo, en el mismo mes y, si es cierto lo que me han dicho sus madres, también el mismo día y a la misma hora. Sakura y Tomoyo tienen el mismo número de hermanos y hermanas, y ambas son el tercer vástago...
-Pero...
La señora Wang levantó una mano para cortar a mi madre.
-Responderé a tu pregunta antes de que la formules: sí, la tercera hija de la familia Daidouji también reposa con sus antepasados. Las circunstancias de esas tragedias no vienen al caso, pues a nadie le gusta pensar en la pérdida de un retoño, aunque se trate de una niña- la miró con severidad, como desafiándola a hablar. Cuando mi madre desvió la vista, la señora Wang agregó-: Sakura y Tomoyo tienen idéntica e igual belleza y, más importante aún, les vendaron los pies el mismo día. El bisabuelo de Tomoyo era jinshi, de modo que su posición social y económica no es pareja a la vuestra- no hacía falta que explicara que si esa familia tenía un funcionario imperial del más alto nivel entre sus antepasados debía de estar muy bien relacionada y ser muy adinerada-. A la madre de Tomoyo no parece importarle esa diferencia, dado que las dos niñas tienen muchas otras cosas en común
Mi madre, como buen mono, asintió en silencio mientras asimilaba toda la información; yo, en cambio, me moría de ganas de saltar de la silla, ir corriendo a la orilla del río y ponerme a gritar de entusiasmo. Miré a mi tía con la esperanza de verla esbozar una sonrisa, pero advertí que apretaba los labios para ocultar su emoción. Todo su cuerpo –excepto los dedos, que no paraban de moverse y parecían un puñado de crías de anguila– era la viva imagen de la serenidad, la buena educación y el decoro. Entendía mejor que ninguna de nosotras la importancia de aquella reunión. Miré con disimulo a Rika y a Nakuru, y en sus ojos brillaba la alegría que sentían por mí. No veía la hora de que llegara el anochecer para hablar con ellas cuando el resto de la familia se hubiera acostado.
-Pese a que suelo hacer esta propuesta el día de la Fiesta de Otoño, cuando las niñas tienen ocho o nueve años- aclaró la señora Wang-, en este caso intuyo que una unión inmediata resultaría especialmente beneficiosa para tu hija. La niña es perfecta en muchos aspectos, pero su aprendizaje doméstico podría mejorar y necesita mucho refinamiento para encajar en una familia de posición más elevada
-Mi hija deja mucho que desear- convino mi madre con indiferencia-. Es testaruda y desobediente. No estoy segura de que esto sea buena idea. Es mejor ser una uva imperfecta en el racimo de una hermandad que decepcionar a una sola muchacha de buena familia
La felicidad que me embargaba desapareció en un instante y dejó paso a un negro abismo. Conocía bien a mi madre, pero no era lo bastante mayor para entender que sus amargas palabras formaban parte de la negociación, ni sabía que, cuando mi padre y la casamentera se sentaran a hablar de mi matrimonio, expresarían sentimientos parecidos. El hecho de presentarme como algo de escaso valor protegía a mis padres en caso de que la familia de mi esposo o de mi laotong, tuvieran en el futuro alguna queja de mí. Por otra parte, contribuía a reducir el pago que tenían que hacer a la casamentera, así como el importe de mi dote.
La señora Wang no se inmutó.
-Es natural que pienses así. Yo también tengo mis dudas. Pero por hoy ya hemos hablado suficiente- hizo una pausa, como si deliberara, aunque todas sabíamos que había planeado y practicado meticulosamente cada uno de sus actos y palabras. Metió una mano dentro de la manga, sacó un abanico y me pidió que me acercara. Al dármelo, la señora Wang habló a mi madre por encima de mi cabeza-. Necesitas tiempo para decidir el destino de tu hija
Abrí el abanico, que hizo un ruidito seco, y observé las palabras que recorrían un pliegue y la guirnalda de hojas que adornaban el borde superior.
Mi madre, adoptando una expresión severa, preguntó:
-¿Por qué le das esto a mi hija, si todavía no hemos hablado de tus honorarios?
La señora Wang rechazó ese comentario con un gesto de la mano, como si fuera un mal olor.
-Haremos lo mismo que con la boda. No cobraré nada a la familia Kinomoto. Ya me pagará la familia de la otra niña. Si ahora incremento el valor de tu hija convirtiéndola en laotong, la familia del novio me pagará más por ella. Estoy satisfecha con este arreglo
Se levantó y avanzó unos pasos hacia la escalera. Entonces se volvió, puso una mano en el hombro de mi tía y, dirigiéndose a todas las presentes, anunció:
-Hay algo más que todas deberíais plantearos. Esta mujer ha hecho un buen trabajo con su hija, y me he fijado en que Rika y Sakura son muy buenas amigas. Si nos ponemos de acuerdo respecto a esta relación de laotong para Sakura, que ayudaría a acrecentar sus posibilidades de casarse con alguien de Tongkou, creo que sería conveniente buscar esposo también allí a Rika
La propuesta nos pilló desprevenidas. Olvidando el decoro, me volví hacia mi prima, que estaba tan emocionada como yo.
La señora Wang levantó una mano y trazó un arco en forma de luna en cuarto creciente.
-Claro que puede que ya os hayáis comprometido con la señora Gao. No quisiera inmiscuirme en sus asuntos... locales- añadió, y con eso quería decir "inferiores".
Aquello dejaba claro, para empezar, que mi madre no podía competir con la experiencia negociadora de la señora Wang, que en ese momento se dirigió directamente a ella:
-Considero que esto es una decisión de mujeres, una de las pocas que puedes tomar respecto a la vida de tu hija, y quizá también a la de tu sobrina. Sin embargo, el padre también debe estar de acuerdo para que podamos seguir adelante. Nadeshiko, antes de marcharme te daré un último consejo: aprovecha tus encantos femeninos para defender tus intereses
Mientras que mi madre y mi tía acompañaban a la casamentera hasta el palanquín, Nakuru, Rika y yo, muy emocionadas, nos quedamos de pie en medio de la habitación, abrazándonos y comentando lo ocurrido. ¿Cómo era posible que me sucedieran cosas tan maravillosas? ¿Se casaría también Rika con alguien de Tongkou? ¿De verdad pasaríamos juntas el resto de nuestra vida? Nakuru, que tenía motivos para lamentar su destino, expresó sus más sinceros deseos de que todo cuanto había propuesto la casamentera se hiciera realidad, consciente de que la familia se beneficiaría de ello.
Éramos muy jóvenes y estábamos locas de alegría, pero sabíamos cómo teníamos que comportarnos. Rika y yo volvimos a sentarnos para dar descanso a nuestros pies. Nakuru ladeó la cabeza hacia el abanico que yo todavía tenía en la mano.
-¿Qué pone?
-No sé leerlo todo. Ayúdame
Abrí el abanico. Nakuru y Rika miraron por encima de mis hombros. Examinamos juntas los caracteres y reconocimos algunos: "niña", "buen carácter", "tareas domésticas", "hogar", "tú", "yo".
Mi tía, sabedora de que era la única que podía ayudarme, fue la primera en volver a la habitación de las mujeres. Señaló los caracteres uno a uno con un dedo. Yo memoricé de inmediato las palabras: "Me han dicho que en vuestra casa hay una niña de buen carácter y hábil en las tareas domésticas. Esa niña y yo nacimos el mismo año y el mismo día. ¿No podríamos ser almas gemelas?".
Antes de que yo respondiera a aquella niña, Tomoyo, mi familia debía analizar y sopesar muchos detalles. Aunque Nakuru, Rika y yo no podíamos influir en decisiones como ésa, pasábamos horas escuchando desde la habitación del piso de arriba cómo mi madre y mi tía evaluaban las hipotéticas consecuencias de que yo tuviera una laotong. Mi madre era muy perspicaz, pero mi tía procedía de una familia más culta que la nuestra y sus conocimientos eran más profundos. Con todo, como era la mujer de rango inferior en la casa, debía hablar con prudencia, sobre todo teniendo en cuenta que mi madre controlaba por completo su vida.
-Una unión con una laotong es tan importante como un buen matrimonio- afirmaba mi tía para iniciar la conversación, pero siempre volvía al único elemento que consideraba verdaderamente relevante-: La relación con una laotong se establece por decisión propia, con el objetivo de lograr una camaradería emocional y una fidelidad eterna. En cambio, la boda no se celebra por decisión propia y sólo tiene un objetivo: engendrar hijos varones
Al oír esa referencia a los hijos, mi madre intentaba consolar a su cuñada.
-Tú tienes a Rika. Es una niña muy buena y todos están muy contentos con ella...
-Y me dejará para siempre cuando se case y se marche a otro pueblo. En cambio, tus dos hijos vivirán contigo el resto de tu vida
Las dos mujeres llegaban todos los días a ese mismo punto de la conversación, y todos los días mi madre trataba de encauzarla hacia aspectos más prácticos.
-Si Sakura se convierte en laotong, no tendrá hermandad. Todas las mujeres de nuestra familia... -"las han tenido", pensaba decir mi madre, pero mi tía terminaba la frase de otro modo.
-...pueden actuar como hermanas de juramento en las ocasiones que sea preciso. Si crees que necesitamos a más muchachas cuando llegue el momento de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba antes de la boda de Sakura, puedes invitar a las hijas solteras de nuestros vecinos para que la ayuden
-Esas niñas no la conocerán bien- objetaba mi madre.
-Pero su laotong sí. Cuando esas dos niñas se casen y se marchen de la casa natal, se conocerán mutuamente mejor de lo que tú o yo conocemos a nuestros esposos- mi tía hacía una pausa al llegar a ese punto-. A Sakura se le presenta la oportunidad de seguir un camino diferente del que tomamos tú o yo para llegar hasta aquí- añadía-. La relación con una laotong incrementará su valor y demostrará a los habitantes de Tongkou que merece una buena boda con alguno de ellos. Y, como la unión de dos laotong es para siempre y no se interrumpe cuando las muchachas contraen matrimonio, se fortalecerán los lazos con la gente de Tongkou y tu esposo (y todos nosotros) estará más protegido. Todo eso contribuirá a asegurar la posición de Sakura en la habitación de las mujeres de arriba de la casa de su futuro esposo. No será una lisiada, sino una mujer con unos lotos dorados perfectos, que ya habrá demostrado lealtad, fidelidad y capacidad para escribir nuestra caligrafía secreta, pues durante años habrá sido la laotong de una niña del pueblo de su marido
Esta conversación, con innumerables variaciones, tenía lugar todos los días, y yo la escuchaba siempre. Lo que no lograba oír era cómo mi madre trasladaba todo esto a mi padre por la noche, en la cama. Mi unión con Tomoyo le resultaría cara a mi padre –el continuo intercambio de regalos entre las laotong y sus familias, compartir nuestra comida y el agua con ella durante sus visitas a nuestra casa y los gastos de mis viajes a Tongkou–, y él no tenía dinero. Pero, como había dicho la señora Wang, era tarea de mi madre convencerlo de que aquella unión nos convenía. Mi tía también colaboraba susurrando cosas al oído de mi tío, pues el futuro de Rika estaba ligado al mío. Quien diga que las mujeres no pueden influir en las decisiones de los hombres comete un enorme y estúpido error.
Al final mi familia escogió la opción que yo deseaba. Después hubo que decidir cómo contestaría a Tomoyo. Mi madre me ayudó a acabar un par de zapatos que yo estaba bordando para enviárselos como primer regalo, pero no sabía aconsejarme respecto a la respuesta escrita. Normalmente el mensaje de respuesta se mandaba en otro abanico, que pasaría a formar parte de lo que podríamos considerar el intercambio de regalos de "boda". Pero a mí se me había ocurrido algo que rompía con la tradición. Cuando vi la guirnalda entretejida de Tomoyo en la parte superior del abanico, pensé en el viejo dicho: "Jacintos y papayas, largas enredaderas y profundas raíces. Las palmeras que crecen tras los muros del jardín, con profundas raíces, duran mil años". Para mí esas palabras resumían cómo deseaba que fuera nuestra relación: profunda, entrelazada, eterna. Quería que aquel abanico fuera el símbolo de ello. Sólo tenía siete años y medio, pero ya intuía en qué se convertiría aquel abanico con todos sus mensajes secretos.
Cuando estuve convencida de que quería enviar mi respuesta en el mismo abanico que me había regalado Tomoyo, pedí a mi tía que me ayudara a componer la respuesta correcta en nu shu. Estuvimos varios días dando vueltas a las frases. Si quería ser original con mi regalo, debía ser todo lo convencional que fuera posible con mi mensaje secreto. Mi tía escribió el texto que habíamos escogido y yo lo copié hasta que mi caligrafía me pareció aceptable. Cuando quedé satisfecha, molí una barrita de tinta en el tintero de piedra y mezclé el polvo con el agua hasta conseguir un negro intenso. Cogí un pincel, lo coloqué recto asiéndolo con el pulgar, el índice y el dedo corazón, y lo moje en la tinta. Empecé pintando una diminuta flor del árbol de nieve en medio de la guirnalda de hojas que había en la parte superior del abanico. Para escribir mi mensaje elegí el pliegue contiguo al que contenía la hermosa caligrafía de Tomoyo. Tras una introducción tradicional escribí las frases de rigor para una ocasión como aquella:
Te escribo. Escúchame, por favor. Aunque soy pobre e indigna, aunque no estoy a la altura de la alcurnia de tu familia, hoy te escribo para decirte que el destino ha querido unirnos. Tus palabras llenan mi corazón. Somos un par de patos mandarines. Somos un puente sobre el río. Todo el mundo envidiará nuestra acertada unión. Sí, mi corazón está decidido a ir contigo.
-.-
Yo no sentía todo aquello, desde luego. ¿Cómo podíamos concebir el amor verdadero, la amistad o el compromiso eterno si sólo teníamos siete años? Ni siquiera nos conocíamos y, aun en caso contrario, no teníamos idea de qué significaban aquellos sentimientos. Sólo eran palabras que escribíamos con la esperanza de que algún día se hicieran realidad.
Puse el abanico y el par de zapatos que había confeccionado sobre un trozo de tela. Como ya no tenía nada en que ocupar las manos, un sinfín de preocupaciones asaltaban mi mente. ¿No era yo demasiado humilde para la familia de Tomoyo? ¿Al ver mi caligrafía se darían cuenta de que no estaba a su altura? ¿Pensarían que había roto la tradición y que eso era señal de mala educación? ¿Interrumpirían la relación? Esos perturbadores pensamientos –mi madre los llamaba "fantasmas de zorro de la mente"– me atormentaban, y sin embargo, lo único que podía hacer era esperar, seguir trabajando en la habitación de las mujeres y descansar los pies para que los huesos, al soldarse, adquirieran la forma adecuada.
Cuando la señora Wang vio lo que yo había hecho con el abanico, apretó los labios en señal de desaprobación, pero tras un silencio asintió en un gesto de complicidad y dijo:
-No cabe duda de que será una unión perfecta. Las dos niñas no sólo coinciden en los caracteres, sino que además comparten el espíritu del caballo. Esto puede ser... interesante- pronunció la última palabra con tono casi interrogativo, y eso avivó la curiosidad que me inspiraba Tomoyo-. El siguiente paso es completar los trámites oficiales. Propongo llevar a las dos niñas a la feria del templo de Gupo, en Shexia, para redactar el contrato. Nadeshiko, yo me encargaré del transporte de ambas. No tendrán que caminar mucho
Dicho esto, la señora Wang cogió las cuatro puntas del trozo de tela, envolvió con él el abanico y los zapatos y se los llevó para entregárselos a mi futura laotong.
N.A.: Después del vendado y el fallecimiento de dos familiares, era necesario algo menos dramático, y con la expectativa de conocer a Tomoyo, se cumple un poco ese cometido. Para el siguiente capítulo, será el primer encuentro entre estas niñas. ¿Cómo reaccionará Sakura? ¿Qué impresión tendrá de Tomoyo?
Siéntanse libres de comentar la historia.
Kokoro539
