Tempestad
por Kaiserklee / traducción por Berelince
Capítulo 4: Hielo Negro

Anna despertó lentamente, como si hubiera salido de un sueño confortable que todavía la estuviera reteniendo. Al principio flotó al borde de la inconsciencia, dándose cuenta muy apenas que estaba despierta, pero poco a poco recobró el sentido y se percató de lo bien descansada que se sentía. Con los ojos aún cerrados, Anna estiró todo su cuerpo. La dolorosa tensión de su espalda y sus hombros se había disipado durante la noche. Su cuerpo ya no estaba afiebrado y su mente estaba despejada de pensamientos confusos, se sentía ligera y como ella misma nuevamente.

Se sentía tan cómoda. Que Anna simplemente no fue capaz de abrir los ojos de inmediato, así como estaba envuelta en mantas calientes y suaves como plumas contra su piel mientras bebía del fresco aire matinal. No pudo contener la amplia sonrisa que se le formó en el rostro, y se metió más profundamente entre las colchas aferrándose fuertemente a una almohada como siempre lo hacía. Sólo que aquello no era como siempre lo hacía. Entonces, cuando fue consciente del peso discordante y la sensación, Anna recordó el predicamento en el que se encontraba. No estaba en su hogar en Arendelle. Su sonrisa sucumbió, Los sucesos de la noche anterior le volvieron, y su humor relajado le dio paso a la confusión.

Le sorprendía que no la hubieran arrojado a los calabozos o algo semejante por su arranque.

Abriendo los ojos, Anna se sintió aún más sorprendida de ver una cabeza de cabellera rubia platinada reposando en la cama a su lado.

Elsa descansaba al borde del colchón, con la cabeza boca abajo, parecía estar profundamente dormida. Anna recordó vagamente haberse desmayado y ser atrapada por Elsa. ¿La habría estado cuidando toda la noche? Anna estudió la figura inmóvil de la Reina de las Nieves, de nuevo completamente aturdida. Probablemente aquellos eran sus aposentos, a juzgar por la decoración y la corona cristalina colocada sobre el escritorio que tenían cerca. Anna miró alrededor para ver blanco y azul en todas partes: Paredes blancas adornadas con azul, cortinas azules bordadas con blanco, mobiliario diverso que seguía el mismo patrón de color.

Pero en realidad no había nada más. Comparada con la propia habitación de Anna en Arendelle, el cuarto de Elsa se encontraba desprovisto de cualquier cosa que revelara mucho sobre su personalidad, a menos que ella se tratara de alguna especie de autómata. No había chucherías, ni baratijas de ninguna clase, ni siquiera una sola cosa fuera de su sitio en la habitación perfectamente ordenada. La única cosa que parecía remotamente extraña probablemente era Elsa, sentada junto a su propia cama–

Anna contuvo un jadeo de sorpresa cuando Elsa giró su cabeza y su rostro se hizo visible. Sintiendo que el corazón le golpeaba, Anna se inclinó mórbidamente curiosa para acercarse y estudiarle las facciones. La primera cosa que notó fue que –Elsa tenía pecas. Como si se trataran de polvo liviano, y casi invisibles incluso sobre su piel lechosa, pero de todas maneras, Elsa las tenía. Anna sacudió la cabeza, probablemente más maravillada de lo que el descubrimiento le garantizaba. Pecas, como las que podría tener alguien tan ordinario como ella misma. Dormida, Elsa se veía mucho menos tensa, sus facciones normalmente rígidas se veían relajadas, y de algún modo el pensamiento de que Elsa necesitara dormir la hacía parecer más humana.

"Elsa." Le dijo Anna tímidamente, extrañamente reacia de despertar a la Reina.

Elsa de inmediato se despertó con un sobresalto, los ojos se le abrieron tan abruptamente que Anna se echó para atrás por reflejo. La mirada helada de color azul la miró ferozmente sin mostrar reconocimiento, ligeramente empañada con estupor pero reflejando una tempestad de una violencia que era apenas contenida. Entonces el momento pasó. El embate helado se retiró. El peligro desapareció. Anna observó temblorosa como Elsa parecía recobrar sus sentidos, sus ojos se serenaron una vez que parecieron reconocerla.

"Anna." Le dijo Elsa tan lenta y temblorosamente como Anna se encontraba en ese momento. "Discúlpame, no estoy acostumbrada a dormir tanto. O despertar con alguien cerca, no me di cuenta–"

"¡E –Está bien!" Más para cambiar el tema que otra cosa, Anna preguntó. "¿Estuviste… aquí toda la noche?"

Elsa le asintió, recuperando la compostura ya que parecía haberse sosegado. "Tuviste fiebre. No tenía preparada una habitación adecuada para ti, por lo que te traje a la mía. Si no te importa, puedes descansar aquí por ahora."

"Oh, Gracias." Le murmuró Anna. Era raro. Cada que estaba alrededor de Elsa y sin estar molesta con ella por alguna razón, estar remotamente cerca de la Reina la ponía muy nerviosa y no era capaz de estarse quieta. Pasando saliva nerviosamente, Anna se apartó un mechón que le caía sobre la cara.

Y entonces se dio cuenta que debía verse como una completa idiota.

Las manos de Anna volaron sobre su cabeza, y liberó un sonoro gemido ante la conocida sensación de su cabello esponjado en un desastre enredado y tupido que se alzaba a su alrededor como una melena. Tratando de someterla sin éxito, Anna eventualmente se dio por vencida, deseando poder esconderse dentro de algún agujero en alguna parte; pero cuando se dio cuenta que Elsa ocultaba una sonrisa detrás de su mano, Anna la miró ceñuda. Por supuesto, Elsa debía verse perfecta justo después de levantarse. Ni una sola hebra platinada de cabello estaba fuera de su sitio. Resultaba ridículo. ¿Cómo podían mantenerse sus mechones así durante toda la noche?

"Te veo sonreír ahí." Gruñó Anna. Cuando se movió para salirse de la cama y trató de empujarse con las manos, se dejó caer con un siseo adolorido.

Elsa se repuso en un parpadeo. "Espera."

Mientras Elsa abandonaba la habitación para ir por algo, Anna se examinó las manos. No lo había notado antes, pero la piel agrietada seguía viéndose feamente expuesta y roja, y ya estaba comenzando a sentir el mismo dolor obtuso en sus tobillos a medio sanar. Elsa retornó con las manos llenas de suministros que depositó sobre la mesita de noche junto a la cama.

"Déjame ver tus manos." Le dijo Elsa, y Anna obedientemente las extendió. La Reina tomó una entre sus manos enguantadas, estirándose por una pieza de gasa y un frasco que olía fuertemente a desinfectante.

Mucho más gentilmente de lo que Anna se hubiera esperado, Elsa recorrió la piel herida. Inmediatamente Anna tensó el cuerpo y un pequeño chillido se le escapó de ente los labios. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no jalar su mano y apretar los ojos cerrados.

"Lo siento. Sé que debe doler, pero tiene que hacerse." Sintiendo que Elsa le acariciaba el dorso de la mano con el pulgar formalmente para calmarle el dolor, Anna abrió los ojos, mirándola a través del cabello que le había caído sobre la cara. Elsa se disculpaba mucho. Anna ya había comenzado a creer que Elsa verdaderamente lo sentía a este paso. "Puede que ayude hablar sobre algo." Le dijo Elsa.

"Hay algo que me he estado preguntando." Admitió Anna. "¿Por qué usas guantes? No es que se te van mal ni nada, es solo que no parecen encajar del todo, y tú usualmente… lo haces. Quiero decir, no te vi usarlos antes."

"Mis poderes hacen que sea peligroso que tenga contacto con cualquiera." Dijo Elsa, sin dejar de limpiarle las manos y envolviéndoselas con vendajes. "Creí que sería mejor si usaba guantes mientras estaba cerca de ti." Se frenó y frunció el entrecejo. "Markus no lo aprobaría."

"¿Markus…?" Los recuerdos de sus lecciones le vinieron a la mente, y aunque Anna nunca les había prestado mucha atención a sus aburridos tutores, aquello era al menos algo que si había logrado retener. "¿Hablas del Rey Markus? ¿De las Islas del Sur?" Bueno, por supuesto, pensó Anna inmediatamente después de decirlo. Le sonó estúpido incluso para ella.

No, de las Islas del Norte. ¡Claro que de las Islas del Sur!

Se sintió agradecida cuando Elsa sólo le asintió, eligiendo no señalar su garrafal metida de pata y dejándola conservar los pequeños retazos de su dignidad. Como si le quedara mucha de todas maneras, sentada ahí con su cabellera desgreñada y siendo atendida como una chiquilla.

Una vez que terminó de vendarle ambas manos, Elsa tiró las gasas ensangrentadas en un recipiente vacío. Incluso mientras Elsa se volvía y le daba la espalda para rebuscar más suministros, Elsa miró por el rabillo del ojo cómo Anna se inspeccionaba las vendas, tocando la suave tela. "Debes dejarte eso, o no sanará." Le dijo Elsa gentilmente. Se sentó nuevamente frente a Anna. "¿Puedes por favor sentarte al borde de la cama?"

Anna se encogió y bajó sus manos culpables, entonces movió sus piernas y las dejó colgando junto al colchón. "Oh, cierto. De todos modos, no es por sonar grosera ni nada, ¿pero no es el Rey Markus tu padre? ¿Por qué lo llamas así…?" Y qué no está muerto, quiso añadir Anna, pero le pareció muy insensible incluso para ella.

"Yo no soy de su sangre." Le dijo Elsa, completamente prosaica, como si tuviera perfecto sentido que de alguna forma fuera la Reina sin tener relación consanguínea con el monarca anterior. Haciendo por sus tobillos lo mismo que hizo con sus manos, Anna se percató apenas que la Reina de las Islas del Sur, la persona que por sí sola había conquistado Arendelle, estaba tratándole las heridas, y estaba resultando increíblemente gentil en ello.

Dios, estaba siendo muy difícil odiarla cuando era tan amable. Anna tuvo que recordarse mentalmente que odiaba a Elsa, y que hablar casualmente con ella debería encontrarse fuera de discusión.

"¿No podrías hacer que alguien más se encargara de esto?" preguntó Anna, tratando de profundizar en la furia que había sentido la noche anterior y endureciendo nuevamente su voz.

Elsa se tensó. "Podría hacerlo, pero creo que es mi responsabilidad que fueras maltratada."

"Sí, he notado que de veras necesitas trabajar en eso. ¿Tienes idea de cómo hablan sobre ti tus propios soldados a tus espaldas?" Sintiendo una extraña mezcla de satisfacción y culpa ante la creciente incomodidad en los gestos normalmente controlados de Elsa, Anna preguntó. "¿Estás pasando un mal rato manteniendo a tu gente bajo control?"

"Francamente, sí."

Bueno, eso avanzó rápido.

"Y estás bien con eso."

"Sí las cosas marchan bien." Le dijo Elsa lentamente, como si estuviera siendo cuidadosa de no revelar demasiado. "Creo que no tendré que gobernar por mucho tiempo." Antes de que Anna pudiera preguntar nada más ante la críptica respuesta, la Reina añadió. "¿Estás herida en alguna otra parte?"

Anna muy apenas y se había dado cuenta que Elsa terminó de atender sus tobillos, tan gentilmente lo había hecho todo. "Oh, uh, no, no lo creo. Quiero decir, tengo algunos moretones por aquí y por allá, pero no es la gran cosa, de hecho soy bastante torpe así que estoy acostumbrada a ellos. Estoy divagando. Estoy bien." Cautelosamente saltó fuera de la cama para probarlo.

"En ese caso, ordenaré que te traigan el desayuno. Mientras tanto, yo tengo algunos asuntos de los que debo encargarme." Dijo Elsa. "Siéntete libre de explorar el castillo a tus anchas."

"¿Qué, sin guardias que me vigilen, o, no lo sé, algún hombre de nieve? ¿Nada? ¿En serio?" Anna había esperado ser tratada como prisionera en ese lugar, y sin embargo le habían servido un enorme banquete, había descansado en una lujosa habitación, y había recibido trato personal por parte de la Reina. ¿Y ahora podía deambular por ahí con libertad?

"Es en serio. Debo suponer que no tendrás ningún deseo de robar nada." Le dijo Elsa, una pequeña sonrisa se asomó por la comisura de sus labios. Anna no podía asegurar si la Reina estaba bromeando.

"No sabes, podría ser alguna especie de cleptómana." Murmuró Anna. "Pero está bien, haré eso. ¡Me refiero a explorar! No robar, Yo no hurto."

Elsa le asintió, pero su sonrisa se desvaneció cuando se rectificó, "Excepto que debes recordar nunca entrar a la torre alta, eso está fuera de los límites para todos, no solo para ti. Las consecuencias de traspasarlos serían… calamitosas y desagradables."

"¿Estás bromeando, verdad?" Sólo por la manera en la que había dicho aquello, de haber provenido de alguien más Anna habría pensado que le estaban tomando el pelo. Cuando Elsa solo parpadeó, Anna se recordó que no era propio de la inexpresiva Reina hacer bromas sobre vampiros ocultos en el castillo o cosas semejantes. "Está bien, no me acercaré a la torre superior."

"También debería advertirte sobre…" Elsa frunció el ceño y meneó la cabeza. "No, olvídalo."

"No, espera, dime." Si algo se merecía la preocupación de Elsa, Anna pensó que entonces sería mejor saber al respecto.

"No quiero que puedas prejuzgar a nadie aquí." Le dijo Elsa. "Pero recuerda que hay quienes no te desean ningún bien, y no todos ellos tendrán a la vista sus intenciones."

Con ese último inquietante mensaje, Elsa abandonó la habitación.

Fue extraño, cuidar de Anna.

Elsa no comprendía esas extrañas emociones que la asaltaban repentinamente tras tantos años de aislamiento. Solo sabía que Anna era cálida y llena de vida, exactamente lo opuesto a ella, y Anna era la única que no se asustaba con sus poderes. Podía decirse todo lo que quisiera que había conservado a Anna para aprender sobre Arendelle, pero la verdad era que, Elsa se había cautivado en el momento que Anna le había devuelto esa mirada desafiante.

Y había podido tocarla.

Aún le asustaba pensar en lo impulsiva que había sido al ponerle la mano desnuda a Anna sobre la piel la noche anterior. Había actuado meramente por instinto, y el hecho de que Anna no se hubiera congelado hasta morir era un milagro por sí mismo. Habían pasado años desde que Elsa había tenido contacto físico con alguien, y aún más desde que lo había hecho sin la barrera que ejercían sus guantes. Sentir el calor de la piel ardiente de Anna contra la suya…

De no ser porque era imposible, Elsa habría jurado que su corazón se había saltado un latido.

Pero Anna tendría que esperar. Elsa ascendió por la escalera de caracol de hielo cristalizado, sintiendo que los gélidos pasos respondían a su toque con cantante alegría, su canturreo jovial le resonaba en la cabeza mientras la recibían en su hogar. Se había pasado horas ahí, decantando toda su magia en la creación de aquella escalinata. Arriba, en la parte superior del palacio de hielo…

Al final de la escalera había una puerta hecha de un hielo perfecto, y cuando Elsa colocó la mano sobre la superficie que reflejaba como espejo, una simple veta creció, rápidamente, como si el tiempo pasara rápidamente, la veta se extendió en una telaraña de grietas, hasta que la puerta se fragmentó en miles de pedazos sobre el suelo. Cuando Elsa atravesó el umbral pasando los cristales, el hielo volvió a formarse a sus espaldas, sellando la entrada.

En la cámara circular de cristalino azul y brillantes blancos, Elsa se posó sobre una rodilla y aguardó. No pudo evitar levantar la vista hacia el candelabro conociendo perfectamente lo que contenía, delicadas cuchillas de hielo tallado formaban un intrincado y perfecto fractal. Era hermoso, y perfecto, pero a veces, cuando Elsa pensaba en él, cuando no podía conciliar el sueño por las noches, y no podía sentirse como un ser humano normal, y se preguntaba si se estaba perdiendo algo.

Pero era muy tarde para cuestionárselo, por lo que Elsa bajó la mirada y la posó al frente.

"Markus." Más que necesitar pronunciar las palabras. Sus pensamientos se transmitieron por sí solos a través del aire y el hielo, y en segundos el Rey supo todo de lo que necesitaba enterarse.

Fue solo semi-inconsciente que le contestó, no tanto con palabras, sino con sentimientos e impresiones, y no con voz, sino con una presencia larga y profunda, intimidante en su propia medida. Aun así Elsa se regocijó en Ella, tan familiar y consoladora que le resultaba, envolviéndola en esa cálida oscuridad y atención.

Guantes. Recuerda. Lección.

Elsa se quitó rápidamente los guantes. "Déjalo ir, sé libre. No existen límites." Ese era su credo. Markus le había enseñado que no debía temerle a sus poderes, y que debía dejarlos rugir libremente. Ella era una fuerza de la naturaleza, Markus se lo había dicho, y no algo que debiera ser retenido por el hombre,

Presencia. Peligro, Expiación.

"La Princesa Anna de Arendelle." Le dijo Elsa, levantando la cabeza y sintiendo que la boca se le secaba ante el pensamiento de asesinar a Anna. "Ella no es peligrosa. Solo tengo interés en ella, por eso –"

Renacer. Limpiar. Prisa.

"No lo he olvidado. Pronto, será posible." Elsa cerró los ojos aliviadamente cuando sintió la aprobación surgiendo a través de su vínculo. "Necesito desesperadamente que me guíes, Markus, esta carga se ha vuelto muy pesada. Las cosas eran más simples cuando estabas aquí."

Fuerza. Voluntad. Perseverancia.

"Lo entiendo." Pronunció Elsa quedamente. No tomará mucho ahora.

Solo tenía que superarlo.

Luego de un abundante desayuno en la cama servido por el chef, el más alegre y corpulento hombre que Anna había visto en su vida –o el más gordo y alborozado tipo – decidió tomarle la palabra a Elsa y recorrer el castillo. No era como que tuviera mucho más que hacer. Y debía haber sido que asumía y confiaba que nada le pasaría ahora que Elsa le había hecho esa promesa. Envuelta en ropas abrigadoras como si fuera a aventurarse al exterior, Anna deambuló por el frígido palacio.

No había muchos sirvientes, especialmente no en el Ala de Elsa del castillo. Los pocos que Anna se encontró caminaban rápido y en silencio, como si eso fuera un comportamiento esperado y natural de su parte. Cuando abordó a una mucama, prácticamente saltando sobre la pobre mujer, le había sonsacado una sonrisa genuina cuando encaró la alegría contagiosa de la pelirroja. A Anna le asombró sobremanera, preguntando sobre el diseño general del castillo, que Elsa sola tenía una Ala completa mientras que trece príncipes compartían la otra.

"¿Tendrá alguna cosa con los gérmenes?" preguntó Anna, pensando que podría encajar en la fastidiosa Reina el ser una misofóbica. "Oh, espera, olvidé que ellos no están relacionados. Supongo que no sería propio."

"Sí." Contestó la criada, pero añadió en un susurro bajo. "También es por los poderes de la Reina Elsa. Es normal que nadie quiera estar cerca suyo."

Cuando la mucama retornó a sus labores, dejó a Ana parada ahí extrañamente disgustada. Explicada la falta de personal y la manera en la que todo mundo parecía evitar a Elsa como si tuviera la peste. ¿Eso era si acaso justo…?

Anna meneó la cabeza. No era justo que alguien abusara de sus poderes para conquistar reinos perfectamente benignos, y si nadie quería tener contacto con ella, eso era su culpa. Decidiendo que visitaría a Kristoff .la única persona que conocía por ahí – y determinada a dejar atrás sus experiencias penosas de antes, Anna se abrió paso por las puertas principales abriéndolas de par en par.

Aun nevaba ligeramente en el exterior, pero Anna no se sorprendió de que siempre estuviera nevando ahí. Nada había indicado lo contrario hasta ese momento. Envolviéndose fuertemente en su abrigo, se aventuró en el gélido clima y se enfiló a los establos. No eran muy distintos a los propios de Arendelle, un granero grande hecho de mampostería y madera, la única diferencia, asumió Anna, era la abundancia de renos en lugar de corceles. Incluso de lejos podía olerlos, una clase de peste acre que resultaba tanto espantosa como encantadora. Parecía tan viva, en ese Reino de Hielo, el hecho de que existiera algo que de expidiera algún olor.

"Soy tan extraña." Se dijo Anna para sí misma. ¿Quién en su sano juicio gusta de las cosas olorosas? Cerró los ojos y meneó su cabeza.

"¡Hey!, ¡Cuidado!" Anna abrió los ojos justo a tiempo para ver lo que al principio creyó que era una avalancha dirigiéndose hacia ella, pero en realidad era un caballo blanco avanzando por la nieve. Quien quiera que fuese el jinete, se encontraba jalando de las riendas tan fuerte como era capaz, pero estaba avanzando muy rápido como para poder detenerse completamente. Arrojando una ola de polvo blanco mientras se echaba hacia atrás, el caballo la golpeó con el flanco.

No fue terriblemente doloroso, pero el impacto tumbó a Anna al suelo, se cayó con un sonoro chillido cuando la nieve se le deslizó por el blusón.

"¡Necesitas fijarte por donde andas!" Anna se sentó y se sacudió a sí misma, jalándose el blusón un poco para quitarse la nieve de encima. Buscando la causa de su accidente de tráfico, estaba a punto de lanzar una enorme diatriba cuando –

Oh, es precioso.

"Lo siento mucho. ¿Estás herida?" el jinete desmontó de su caballo y extendió su mano para ayudarla a levantarse. Alto y de piel clara, con cabello cobrizo perfectamente estilizado con patillas, y lo mejor de todo, tenía los ojos verdes más brillantes que Anna alguna vez hubiera visto.

Mucho más amablemente, Anna le contestó. "Hey. Yo, uh, no, estoy bien." Ella tomó su mano y se puso de pie, con la vista puesta en sus ojos todo el tiempo. Eran amables, cálidos y su color verdecido le recordaba las hojas y todas las cosas que traía la primavera, lo que resultaba un alivio bienvenido.

"Soy el príncipe Hans. No te reconocí. ¿Eres una trabajadora nueva, o…?"

"Oh, soy la princesa Anna, de Arendelle." Inmediatamente, su estima por Hans se elevó. Juzgar el carácter de una persona por la manera en la que trataba a sus inferiores era algo que su padre le había enseñado, y si Hans había sido tan amable cuando pensaba que era una simple trabajadora, sintió que él podía ser una persona de fiar.

"¿Princesa…? Mi lady." Hans le dedicó una profunda reverencia, una cortesía con la que Anna no había sido tratada en algún tiempo.

"No creo que eso sea realmente necesario, considerando que Arendelle se encuentra avasallado ante las Islas del Sur." Le dijo Anna, sin molestarse en ocultar el tono amargo de su voz.

Hans se enderezó pero bajó su cabeza. "No puedo expresar lo suficiente mi arrepentimiento por las acciones de Elsa. De verdad que ninguno de nosotros quería esto." Agitó una mano indicando el invierno que los rodeaba. Sin duda, percatándose del temblor de Anna, se sacó el saco y se lo colocó sobre los hombros, entonces gesticuló hacia el castillo. "Volvamos adentro."

Olvidándose de Kristoff momentáneamente en favor de calentarse, Anna siguió a Hans. Se encontraron en una parte distinta del castillo, una especie de área común la cual formaba parte del ala izquierda perteneciente a los trece príncipes. Ahí las decoraciones eran más cálidas en colorido. Comparado con el azul y blanco de Elsa, ese sitio prácticamente estallaba en color: extrañas y cursis pinturas, como un recipiente de frutas sin relación; sillones elegantes con reposabrazos en espiral que se veían cómodos e invitantes, y opulentas alfombras en lugar del piso pulido que Anna había sospechado era alguna clase de hielo.

"Nuestra humilde morada." Confirmó Hans.

"¿Así que son trece de ustedes?" Anna no pudo evitar preguntar.

"No somos todos de la misma madre." Contestó Hans. Cuando Anna arrugó la nariz en disgusto, Hans sonrió de manera autocrítica. "Sí, la poligamia desafortunadamente es popular en estos lares, especialmente para el Rey."

"Es un tanto desagradable." Anna abrió los ojos cuando se dio cuenta de lo que había implicado. "No es que piense que tu padre sea –quiero decir, creo que lo hice, ¡pero no pretendía insultarlo!"

Hans se rio, era un sonido rico y profundo que a Anna le recordó a chocolate. "No, estoy de acuerdo. Discúlpame por ser muy directo, pero creo que el amor debería ser una cosa entre dos personas solamente. La poligamia es un sistema anticuado que debería ser abolido. Ha habido muchos malentendidos por su causa."

Anna frunció el entrecejo. "¿A que te refi – oh. Quieres decir que la gente piensa que pueden estar involucrados?" Vaya. Eso sí que era un pensamiento desagradable, considerando que el más joven de los trece hijos del Rey era casi de la edad de Elsa, y que el mayor sería indudablemente de más edad. Oh, Dios. Solo de pensarlo Anna quería solo encogerse y morir.

"Son sólo rumores, por supuesto." Añadió Hans rápidamente, desviando la mirada y cogiendo nerviosamente su chaqueta. "Lamento haberlo mencionado, de verdad que no debí haber dicho nada –"

"… No estás muy seguro de que sean solamente rumores." Dijo Anna. Hans podría haber creído que lo había cubierto, pero resultaba muy evidente para ella que sus buenas intenciones escondían lo inseguro que se sentía. Pero aun así, era muy amable de su parte asegurar lo contrario.

Hans asintió lentamente. Inmediatamente después exhalo un largo suspiro y meneó la cabeza. "Me gustaría poder pensar lo mejor, pero con la repentina desaparición de mi Padre y la ascensión de Elsa autoproclamándose la Reina Regente, nadie puede tener la certeza."

"Eso parece… sospechoso."

"¿Verdad que si?" Hans siguió hablando, rápidamente, apuradamente, como si las palabras siempre hubieran estado atrapadas dentro suyo y no hubieran encontrado liberación hasta ese momento. "He conocido a Elsa por años, y claro, no me gustaría pensar que algo deshonesto está teniendo lugar. Pero este invierno eterno, y sus políticas de conquista… No creo que mi Padre hubiese aprobado ese tipo de acciones."

Así, que como Anna observó, a nadie ahí parecía gustarle el invierno. Y Ella había presenciado con sus ojos como Elsa había descongelado Arendelle en un instante, por lo que, ¿Por qué no ocurría lo mismo ahí? ¿De verdad era una tirana que estaba oprimiendo a las Islas del Sur, o…? A Anna le dolió la cabeza solo de pensarlo. Se frotó las sienes agotadamente.

"No debí decir tanto." Pronunció Hans apenadamente, conduciendo a Anna a uno de los sillones cercanos. "Es solo que no es muy frecuente que pueda tener la oportunidad de, ser honesto, tu eres la primera persona que he conocido y con la que he podido expresarme tan libremente."

"Te entiendo." Anna le sonrió y Hans le devolvió el gesto ampliamente, ojos verdes brillaron con deleite.

Se pasaron horas solo ahí sentados y conversando como si se trataran de viejos amigos.