Las Espinas: Cuarta Parte.

Miraba, miraba simplemente cómo se movían las delgadas piernas de las alumnas que se encontraban separadas del grupo de los varones. Las muchachas daban vueltas al patio mientras los hombres se dedicaban a jugar al futbol. Lejos de cualquier deseo fuera de sus obligaciones, las miraba apreciando su inocencia y tranquilidad, su "normalidad" en principio, ya que había conocido 3 casos que precisamente salían de lo normal y que habían decidido sumergir su existencia en problemas. Miriam le observaba desde la ventana de la sala de profesores que daba al patio con curiosidad, parecía inquieto, era un momento idóneo para actuar. Bajó las escaleras y salió por la puerta que daba al patio para iniciar una profunda conversación con aquel hombre tan difícil de cautivar.

-¡Jorge! ¿Por qué esa cara? Parece que hubieras recibido una carta con amenazas. -Rió-

Él simplemente la miró y sonrió perezosamente, volviendo luego a su cara de profunda amargura.

-En serio, ¿Te pasa algo? Me gustaría que confiases más en mí, ¿Es que he hecho algo para que desconfíes de mí? Dime qué te pasa. No me gusta verte así. -Él tardó en responder, pero finalmente lo hizo-.

-Es que, no debería, porque no es culpa mía, pero me da vergüenza decírtelo, porque sé que no lo interpretarías como es realmente. Y el hecho de que tú me veas con unos ojos que no son los que me levantan el ánimo siempre que converso contigo, me destrozaría. -Le dijo con la voz muy baja por miedo a que se le notase la voz a punto de llorar-

-¿Qué te pasa cariño?

-Estoy jodido Miriam, estoy jodido… -Se pasó la mano por el pelo lentamente y la miró lleno de tristeza-

Ella no pudo resistirse a la oportunidad y lo rodeó con sus brazos. Él no lloraba, pero quería hacerlo, simplemente no convenía llorar en aquel momento para que ella viera cuan débil era realmente.

La muchacha pelirroja se miraba al espejo, había visto que su profesor preferido se encontraba pensativo en un banco del patio y había pensado en hacerle una visita para levantarle el ánimo, así que entró al baño y empezó a peinarse. Se ponía un mechón atravesando la ceja izquierda y miraba con seriedad el espejo, se lo apartaba hacia el lado contrario y mostraba una pequeña sonrisa. Practicaba una mirada tierna y encantadora para levantar el ánimo a cualquier hombre, y cuando encontró aquel gesto angelical que llevaba buscando media hora, salió al encuentro con Jorge. A diferencia de su gesto ensayado, lo primero que hizo fue arrugar el entrecejo; encontró a Jorge apoyando la frente en el hombro de Miriam, su profesora de arte. Antes no le desagradaba su forma de dar clase, pero al ver su abrazo con Jorge empezó a sentir una enorme repugnancia por la profesora de pelo moreno. Pensó durante un segundo en ir y separarlos por la fuerza, pero reflexionó y corrió hacia el baño de nuevo, se miró de nuevo al espejo, estaba llorando. Cubrió su rostro con las manos mientras repetía varias veces la palabra "Zorra", acompañada de frases como "No es tuyo", "No tienes derecho a tocarlo" o "Jorge es mío".

Ya en su casa, el docente, algo más tranquilo por el desahogo que le había regalado su compañera, pensaba en cómo solucionar el problema que ponía aquellos alfileres en su garganta, cuando sonó el teléfono. Se preocupó enormemente, creía que vería un "Mi Amor" de nuevo, que sería Lina de nuevo con sus chantajes, pero no, era un número nunca antes visto, preocupado, lo cogió.

-¿Diga? -Preguntó preocupado-.

-¿Jorge? ¿Es usted profesor de Alicia Fernández? -Preguntó la voz-.

-Sí. -Se le heló la sangre, Alicia podía haber contado algo de aquella vez y hundirlo-

-Primero que todo quiero que sepa que no tiene ninguna obligación de hacerlo, pero también quiero que sepa que sería de gran ayuda para la salud de la joven verlo ahora mismo.

-¿A qué se refiere? -Preguntó algo más preocupado aún-.

-Este tipo de asuntos no se deben hablar por teléfono. Le ruego, se presente en el hospital y mantenga una conversación conmigo y el grupo de psicólogos a cargo de Alicia, ya que lo que tengo que pedirle es muy importante.

Corrió al hospital extrañado por lo repentino de lo sucedido, pero preocupado enormemente por aquella muchacha tan adorable.

La muchacha pelirroja estaba en su casa sosteniendo una corbata negra, la había cogido "prestada" de casa de Jorge sin consultarle. La sujetaba con delicadeza mientras la acercaba a su nariz, lloraba, repetía cuanto lo quería una vez tras otra y de cuando en cuando cambiaba el lugar donde colocaba la nariz porque creía que se acababa el olor de Jorge. Aspiraba profundamente y retenía el aroma intentando evocar las caricias que se habían regalado 4 días antes, pero regresaba la imagen de aquel abrazo traicionero y sus ojos felinos volvían a llenarse de odio mientras soltaban lágrimas que empapaban la tela de la corbata.

Llegó por fin a la planta que le habían indicado y se le acercó un hombre de baja estatura y calvo.

-No sabe cuánto se lo agradezco Jorge, estamos en una situación algo delicada y necesitamos de su ayuda, la joven ha desarrollado una confianza enorme en usted, queremos aprovecharla para averiguar la causa de su conducta.

-¿Qué clase de conducta? -Preguntó preocupado-.

-Es precisamente esto lo que quería contarle personalmente: La muchacha, al parecer, cuando sus padres no se encontraban en su casa, cogió una maquinilla de afeitar y se intentó seccionar las venas de la mano izquierda, gracias a dios, la pobre niña no tenía mucha experiencia ni conocimientos de cómo hacerlo adecuadamente, y simplemente se causó unas heridas leves que le hicieron perder el conocimiento al ver su propia sangre.

-¿Cómo? -Preguntó alterado-.

-Tras esto sus padres temieron lo peor al verla tendida en el suelo, vinieron aquí pero la muchacha se encontraba fuera de peligro desde hacía bastante ya…

-Dios... -Se pasó la mano por la nuca como si un escalofrío intentase rasgarle la piel y salir de su espalda-.

-Necesito que mantenga usted una conversación con ella y le formule las siguientes preguntas estando yo delante, ¿Cree que será capaz de sacar algo de ella?

-Por supuesto, haré lo que sea.

-Dios le bendiga Jorge, la familia no tiene constancia de esto, pero si resultase de alguna ayuda, de lo cual estoy seguro, se lo agradecerán enormemente.

Entraron en la habitación, y vieron postrado y con los ojos cerrados a aquel dulce ángel de pelo rubio. Al notar la presencia de alguien se levantó delicadamente sin hacer ningún esfuerzo aparentemente.

-¡Hola Alicia! ¿Cómo estás hoy? Te he traído a un amigo, es Jorge, tu profesor. Él ha venido para que hablemos los tres juntos, y también, si quieres, podemos jugar a algo, o ver la tele. Lo que quieras, ¿Qué quieres hacer?

-Quiero hablar solo con él.

-Pero es que yo le he invitado, no quiero dejarlo solo, además, ¿No quieres estar conmigo?

-No, quiero estar solo con Jorge. -Respondió hinchando los labios-.

El médico llevó a Jorge a un rincón de la habitación y le dijo:

-Por favor, le hablo de un psicólogo, a un docente; sé que usted tiene conocimientos del trato adecuado en este tipo de casos, así que le pido por lo que más quiera que averigüe el motivo de su depresión y me lo comunique. Deposito toda mi confianza en usted, ¿Lo entiende? Haga el favor de bajo ningún concepto negarle nada, entiende... Nada.

-Sí, sí lo entiendo. -Respondió enormemente nervioso-.

-Bueno, Alicia, te dejo a solas con Jorge -Se dirigió a la muchacha-, pero quiero que te tranquilices, y a condición de que esta noche cenes como es debido. ¿De acuerdo?

-¡Sí! -Respondió la muchacha llena de alegría-.

Abandonó la habitación, y quedaron a solas aquella muchacha rubia de ojos azules, y Jorge.

-Bueno, ¿Cómo estás?

-Bien. -Sonrió y empezó a mirarlo con curiosidad de arriba abajo-.

-¿Por qué lo hiciste?

-Yo... En realidad, no hice nada.

-Alicia... -Le dijo en un tono de padre sobre protector- No puedes hacer esas cosas, eres una niña, te quedan tantas cosas por hacer.

-Quería volver a verte, todo ha pasado sin que yo lo pensara así, pero al final has venido, y eso me hace muy feliz. -Esperó unos segundos y le preguntó-. ¿Quieres darme un beso? Yo si quiero, pero si te lo doy yo y tú no me lo das será muy raro. -Comentó enrojeciendo-.

-Alicia, ¿Porqué yo?

La joven quedó en silencio mientras miraba al suelo.

-Tú eres un hombre raro. -Respondió inocentemente-.

-¿Raro?

-Sí, raro. Ni mi padre, ni mis primos mayores, ni mis abuelos lloran. Sólo lloran los niños, pero cuando crecen no vuelven a llorar nunca. Eres el único hombre que he visto llorar, en las rodillas de Clara, y yo sé que fue por amor. Por amor a Clara. Y pensé que ser querida tanto tiene que ser algo muy bonito. -Respondió con un rostro inocente iluminado por la convicción de lo que estaba diciendo-. Por favor, déjame que te quiera.

-¿Cómo?

-¡Déjame quererte! No sé cómo tengo que hacerlo para que tú llores por mí, pero quiero que lloremos juntos.

-Alicia, por favor, llorar no es bueno, lloras cuando estás triste.

-¡Pero es muy bonito! No entiendo por qué no quieres llorar conmigo. ¿Es porque no te lo he hecho todavía?

-¿Hacer el qué?

La muchacha esperó vergonzosamente durante diez segundos y después le preguntó:

-¿Me lo dejas tocar? -Señaló a su entrepierna con los ojos grandes como platos-.

-¿Qué? -Resonaban en su cabeza las palabras de aquel hombre "Haga el favor de bajo ningún concepto negarle nada, entiende... Nada"-.

-Por favor... -Dijo la muchacha en voz baja-. Mira, no pasa nada. -Se levantó y puso cerrojo a la puerta-. Ves, ahora sabremos si quieren entrar. -Sonrió alegremente-.

-¿Quieres darme un abrazo? ¡No! -Se corrigió a si mismo-, mejor un beso, los amantes siempre se dan besos. -Insistió intentando convencer a la joven de no hacer nada que luego pudiera traer problemas-.

Ella se sentó en su cama y tiñó su cara de una angustia lúgubre y desilusionada. Alicia comenzó a mirar por la ventana con sus mejillas hinchadas por su enfado caprichoso e infantil. Jorge, incapaz de aguantar durante más rato aquellos pucheros que no derramaban ninguna lágrima, se acercó a la joven y le habló:

-Eres tan bonita... -Le acarició el pelo-.

-¡No me mientas! No me gusta que me mientan.

-No te miento, dime: ¿Por qué he venido?

Ella no supo qué responder, esperó y lo miró de nuevo a los ojos y le dijo:

-¿Para verme? -Respondió con alegría-.

-¿Y por qué iba a querer verte yo a ti? -Preguntó él con una voz pícara-.

Ella quedó pensativa y no supo que responder.

-Porque eres tan bonita...

Era la misma moneda. La puerta estaba cerrada, no ocurriría nada, simplemente una rápida felación hasta que la muchacha estuviera satisfecha, y perfecto, ya podría irse a su casa. La muchacha ya miraba el pantalón con un gesto que delataba su impaciencia por que su acompañante se despojara de esta prenda, y le dijo:

-¿Me lo dejas tocar ahora?

Miró a su alrededor y a la ventana especialmente, no podía verlos nadie. El hecho de que no hubiera cámaras, y que los únicos vestigios de tecnología fueran la televisión que funcionaba con monedas y la cama reclinable, le hicieron despojarse rápidamente de sus pantalones azules aprovechando el momento mientras la muchacha se arrodillaba en el suelo.

Ya con el miembro fuera, y mientras sus rodillas besaban el frío suelo, lanzó una tierna mirara a Jorge esperando su aprobación, él asintió. Ella sujetó con su mano derecha el miembro de su profesor que aún no estaba erecto; ella era consciente de ello, de modo que empezó a lamer la punta con motivo de conseguir una rigidez mayor en aquel suave órgano. Los primeros lametazos de la muchacha de ojos azules, fueron acompañados por el sabor salado del sudor que se había secado en el prepucio de su profesor; pero tanta saliva ya cubriendo el enrojecido glande, y siendo renovada cada minuto por los suaves lametazos de la muchacha, consiguió hacer brillar el miembro pese a que ella era reacia a introducírselo completamente en la boca. Quizás fueron los suaves gemidos que emitía tras cada lametazo, una especie de suave deleite similar al que entonan las princesas al probar los más deliciosos manjares, la razón por la que Jorge lucía una enorme erección en aquel momento. El aumento del tamaño fue evidente para aquel ángel de pelo rubio, y tras una leve pausa en la que cesaron sus húmedas caricias, cerró los ojos y comenzó a introducirse el glande por completo en la boca. Jorge veía desde arriba como aquellos suaves labios acariciaban dulcemente su pene. Pero la relajación de la que disfrutaba el docente en realidad no era visible en aquel momento; la pequeña lengua de Alicia, dentro de su boca, acariciaba suavemente la punta del pene como si fuera un caramelo al cual se disponía a despojar por completo de su sabor. Aquel tierno masaje bucal con el que la muchacha obsequiaba a su maestro, hizo arder la punta de su glande.

Los suaves labios de la muchacha de ojos azules se entregaron gustosamente a proteger el pene de su profesor, hasta que la fricción los dejó casi dormidos y rebosantes de saliva mezclada con las pequeñas gotas que salían del miembro. Consciente del propio agotamiento de su lengua, la muchacha cedió, y con un gesto casi de resignación, se incorporó y se arrodilló en su cama dejando ver sus rosados pantys con volantes entre aquella bata azul destinada solo a pacientes internos; y apoyando sus manos en aquellas mantas blancas que olían a lejía del hospital, se dirigió a su profesor mientras le ofrecía la vista de sus delicadas nalgas.

-No sé si tengo que llorar. Pero Jorge, si puedes, haz que no me duela, por favor.

Era evidente que le iba a doler, incluso que gritaría. De modo que Jorge, intentando de nuevo evadir aquella práctica le dijo:

-No puedo hacer que no te duela, si quieres podemos no hacerlo, no hace falta hacer esto para llorar juntos. -Le dijo mientras acariciaba su espalda-.

-¡No soy cobarde! No tienes porque tratarme así, hazme lo mismo que le hiciste a clara. -Le ordenó mientras enrojecía-.

Tras un momento de reflexión, acarició primero su nalga derecha, a lo que la muchacha respondió con un leve escalofrío. Tiró del elástico de los pantys que mantenían contacto con la cadera, y los llevó hasta sus rodillas que se sumergían en las sábanas, dejando así al descubierto aquel estrecho y rosado orificio. Tiró delicadamente de los pantys indicando a la muchacha que levantara las rodillas para poder pasarlos por sus tobillos y así desnudarla del ombligo hacia abajo por completo. Ella primero levantó la rodilla izquierda y se mantuvo cerca de dos segundos en aquella vergonzosa posición más propia de una perra orinando que de una delicada princesa. Jorge pasó la rosada prenda entre las suaves piernas de la muchacha y tras salir rozando sus talones, la dejó cerca del lugar en donde reposaba la muchacha. Contempló durante varios segundos el trasero tembloroso de aquella joven de ojos azules, eran dos nalgas brillantes a causa del sudor y que en conjunto hacían un trasero prieto y que escondía tras la rosada carne un pequeño y angosto orificio por el cual Alicia estaba dispuesta a dejar entrar a su amado profesor. Jorge colocó una mano en cada nalga y comenzó a desplazarlas de dentro hacia fuera varias veces, lo que hacía ver aquel estrecho agujero como un ojo que parpadeaba verticalmente. Sin hacer sufrir más a la muchacha, sumergió su lengua en aquel rosado agujero dando vueltas en círculos. La muchacha emitía de nuevo aquellos gemidos de princesa, pero esta vez acompañados de suspiros al no tener ningún pene metido en la boca. Estuvo cerca de tres minutos llenos de suspiros y saliva, dilatando aquel pequeño agujero a base de meter dentro sus dedos rebosantes de lubricación una vez tras otra; hasta que consiguió, no sin alguna lágrima de la princesa de ojos azules, una dilatación lo suficientemente amplia como para afrontar el grosor de su pene.

Jorge apoyó su rodilla derecha en la cama, y ya subido encima, acarició con su nariz la nuca de Alicia y le dio un beso bajo el cabello.

-Si te duele, dímelo, y pararé de inmediato. ¿Vale?

-Vale. -Respondió tras sorberse suavemente la nariz y pasarse la mano intentando limpiar los pequeños chorros de mucosidad líquida que resbalaban hacia su boca-.

Era el momento, sus nalgas brillaban y se encontraban sensualmente resbaladizas por la enorme cantidad de saliva que caía en finas gotas hasta tocar su suave vagina que goteaba saliva y flujos por su excitación. Ella tenía los codos apoyados en la cama y los brazos sujetando una almohada que hundía en su rostro, cuando comenzó a sentir las suaves manos de su profesor tomándola por las caderas, mientras su pene, al parecer, acariciaba con su punta el entreabierto orificio anal haciendo notar su presencia. La muchacha oyó cómo su profesor lanzaba un pequeño chorro de saliva que impactó en el centro mismo de sus nalgas, y que comenzó a resbalarse por dentro del recto hasta desaparecer en la oscuridad de aquel sudoroso orificio anal. Las manos que sujetaban sus caderas, por un segundo parecieron arrastrarla fuera de la cama, pero finalmente la arrastraron hacia el primer encuentro con aquel enrojecido y acalorado miembro. Fue suavemente, muy suavemente, y consiguió que la muchacha devorase con su dilatado ano la mitad del miembro, no era necesario llegar más profundo, le parecía exigir demasiado a aquel abultado y tierno trasero. De modo que se sucedieron varias penetraciones silenciosas en las que la muchacha devoraba a penas la mitad del miembro, y que mientras recibía, mordía la almohada y derramaba silenciosas lágrimas. Tras cuatro minutos de doloroso aguante la muchacha no pudo más, y colocando su mano izquierda a la altura de su trasero, agarró el pene de Jorge justamente al salir. Ella volvió su rostro a Jorge y le mostró los hinchados ojos que llevaba ocultando tanto rato en aquella almohada. Jorge abrió la boca preocupado y extrañado por aquel solemne silencio en el cual había derramado tantas lágrimas sin que se diera cuenta, y ella con una frágil voz le dijo:

-Lo siento mucho Jorge, perdóname, pero no puedo más, me duele muchísimo, no puedo seguir.

-¿Cómo se te ocurre? Debiste decírmelo antes y no empapar con lágrimas la almohada. ¿Cómo me has dejado seguir si tanto te dolía? -Preguntó mientras le acariciaba las nalgas suavemente-.

-Lo siento.

-Tú no puedes sentir nada Alicia, la culpa es mía. Estoy haciendo tantas idioteces últimamente, pero lo último que yo querría sería verte llorar. -Desvió su mirada donde ella no pudiera ver la lágrima que salía de su ojo izquierdo-.

Ella se emocionó al ver a aquel hombre llorando, se incorporó y lo abrazó dulcemente como si fuera su peluche preferido.

Buscó su ropa interior, y mientras daba un pequeño giro para ponérsela más cómodamente, aquel enrojecido ano dejó escapar con un fino sonido una pequeña cantidad de aire desde sus adentros. La muchacha palideció por la vergüenza y miró durante un segundo a su profesor que esbozaba una leve sonrisa. Ella se escondió a toda prisa entre las sábanas intentando ocultar su rostro. Y Jorge tras una pequeña risa le dijo:

-¿Qué pasa?

-¡No me mires! ¡Qué vergüenza!

-Rió- No tienes porque avergonzarte, después de lo que hemos hecho, es normal que se te escape.

-¡Pero soy una señorita! Mi madre me pegaría si supiese que me has visto hacer algo como eso. ¡Qué vergüenza!

Jorge sonrió y la besó en la frente, si su madre se enterase de algo, al primero al que pegaría sería a él.

-Te quiero mucho, Jorge, ¿Tú también me quieres? -Le preguntó acariciando su mano derecha-.

-Claro que te quiero. Y por eso no quiero que te pase nada malo. No vuelvas a hacer algo como esto Alicia, me has preocupado mucho.

-Vale.

-Hablo en serio, esto no es un juego.

Jorge llevaba bastante rato evitando mirarla, pero tenía un vendaje en la muñeca izquierda que escondía aquella herida que tanto había preocupado a su psicólogo.

-No te preocupes, no me duele. -Le dijo con una amplia sonrisa-.

Jorge suspiró profundamente y guardó silencio. Curiosamente aún quedaba un vestigio de aquella erección, pero Jorge ya dispuesto a abandonar la habitación se la introdujo en los calzoncillos con evidentes dificultades.

-¿No te duele tenerla siempre grande? -Le preguntó preocupada-.

-No te preocupes, se vuelve pequeña sola...

La muchacha fingió no darle importancia, y pareció fijarse en otra cosa, pero tras un pequeño lapso en el que hizo memoria, interrumpió ofuscada a Jorge mientras se colocaba el cinturón.

-¡Quítatelo! ¡Nos falta una cosa!

-¿Que? -Preguntó asustado-.

-¡Quiero probar lo que bebió Clara!

-¡Pero ya no queda! Se ha acabado. -Dijo con una voz entristecida intentando convencerla-.

-¡No me engañes! No seas perezoso, sácala y dame un poquito.

Aquella cara de ángel hinchó sus labios poniendo en evidencia su enorme desilusión, y Jorge, incapaz de negar algo a aquellos profundos ojos azules desabrochó su pantalón y comenzó a masturbarse. La muchacha asustada le dijo:

-No lo hagas así, te vas a hacer daño, déjame probar.

Humedeció sus labios y volvió a sumergir el miembro en su boca repetidas veces, pero esta vez con más fiereza intentando extraer aquel líquido blanco. Un pequeño gemido de Jorge dio a entender que la eyaculación ya estaba cerca, y la muchacha sacó el miembro hasta tener el glande rozando sus dientes delanteros. Prolongados chorros de esperma caliente entraron directamente en la boca de la joven pasando primero por un impacto en su paladar.

Pero resultó ser una princesa más cobarde de lo que decía. Se incorporó guardando el esperma en la boca y con una terrible aprensión a tragarlo, miró a Jorge con un rostro preocupado, y éste, sin saber qué hacer, comenzó a preguntarle alterado:

-¿Tienes un baso o algo para tirarlo?

Ella negó tristemente con la cabeza sin abrir la boca y con los labios a modo de pez.

-¡No lo escupas al suelo ni en la cama, por favor!

Jorge comenzó a dar vueltas por la habitación desesperado buscando algo donde la muchacha pudiera derramar todo el semen caliente que guardaba en su boca. Pero en mitad de aquella apresurada búsqueda, la muchacha, ya harta de esperar, cerró los ojos y tragó. Jorge no se había dado cuenta y al mirarla le preguntó:

-¿Qué has hecho con ello?

-¡Al final me lo he tragado! ¿Puedes darme más? Es que olía como a ropa mojada, pero estaba caliente y era muy cremoso. Estaba rico. -Le sonrió-.

-No Alicia, tengo que irme.

Tras comprobar que la joven estaba en una situación similar a como la había encontrado, se dirigió hacia la puerta. Pero Alicia le sujetó la mano por la espalda.

-¿Quieres que lo volvamos a hacer?

-No, tengo que irme.

-¿Mañana?

-No lo sé.

-No me dejes sola Jorge. Por favor.

-Alicia, necesito algo de tiempo, necesito pensar.

-¡Puedes pensar aquí conmigo! -Le recomendó ilusionada-.

Jorge sonrió y le acarició la mejilla.

-No, me gustaría estar solo.

Aquel psicólogo calvo resultó ser menos sagaz de lo que Jorge imaginó, y creyó por completo que jorge y la muchacha habían compartido una larga conversación, en la cual, ella, había desahogado todo su llanto en el regazo del docente, pero que ya se encontraba alegre y con ganas de vivir; cosa que confirmó la suculenta cena que aceptó gustosa la muchacha aquella misma noche en el hospital.

Aquellas tres nínfulas de inocentes razonamientos pero de lujuriosos deseos, habían desorganizado por completo la tranquila y apacible vida del profesor, y aquellos días de tranquila reflexión parecían desvanecerse entre las preocupaciones y los remordimientos, que sin embargo, no eran ni la mitad de la cruz que acabaría por hundir su espíritu.

En medio del retorno a su casa, su teléfono volvió a sonar, Jorge ya resignado a aguantar los caprichos crueles del destino leyó el breve mensaje: "He discutido con Clara, ya no somos amigas. Pero tú y yo tenemos que hablar de algo muy importante. Voy para tu casa, no me hagas esperar en la calle otra vez."

El pálido rostro de Jorge se tornó completamente inexpresivo, continuó caminando hacia su casa con un paso tranquilo, casi mecánico, pese a llevar atada a su tobillo una gran cadena irrompible en cuyo extremo se encontraba la enorme esfera de metal que habían colocado aquellas tres muchachas.

FIN.