Capítulo 4

Dos años atrás, España.

Había tenido una fuerte discusión con su padre por decidir ir a ver a su madre. La mujer que había, supuestamente, abandonado a su padre para dedicarse pura y exclusivamente al teatro. Dejando al hombre a cargo del pequeño niño de cinco años.

Había pasado más de cuatro años que huyó de su padre.

Sumergido en sus pensamientos sobre el ultimátum que le envió su padre al dar con el paradero de él, no vio cuando al abrir una puerta de una tienda salía una jovencita fundada en un amplio vestido color vino y un gracioso sombrero a juego, lo cual hizo que chocaran, el atinó a agarrarse de un poste pero ella no tuvo la misma suerte.

¡Maldita sea!—exclamo la joven al verse tendida sobre la vereda.—No piensa ayudarme o disculparse al menos...

Lo siento. Permitame ayudarla.—Le tendió la mano pero esta le rechazó al verle las manos sucias, causa que fue por el poste que el se sostuvo para no caer.

No se atreva a tocarme con esas ma...—su voz se cortó al levantar la vista y ver a aquel joven tan guapo y de unos ojos penetrantes.

Señorita, Eliza. ¿Que le pasó? Mire como a quedado su vestido—dijo su dama de compañía al ver el estado de su patrona mientras era ayudada por el gentil y guapo caballero.

Fue mi culpa. No vi cuando se abrió la puerta. Venía tan distraído. Mil disculpas —dijo nervioso y sin apartar la vista de la accidentada.

Un accidente lo tiene cualquiera —dijo Eliza con arrogancia.—acto que sorprendió al castaño después del arrebató de palabras que sufrió hace no más de diez minutos. Al ver la cara de desconcierto de este, agregó — Disculpeme por lo dicho recién. Tenga en cuenta que fue un fuerte golpe. Me tomo por sorpresa y no pude mantener el equilibrio.—su acompañante la miraba sin entender. Eliza jamás era gentil con alguien mucho menos después de haberle dado semejante vergüenza, cosa que al parecer no le importo a la pelirroja.

Lo siento señorita...

Eliza Legan. —dijo con arrogancia.

Acepte mis disculpas señorita Legan. Soy Terrence Gra... Graham—dudo al decir su verdadero apellido, por el pleito que aún existía con su padre. Que al parecer, según le habían informado en los telegramas anteriores lo había desheredado.—Estoy a sus órdenes.

Y así había comenzado su relación, durante los seis meses de su estadía en España de Eliza, ellos pasaron el mayor tiempo posible.

El la pasaba a buscar pero ella nunca le permitió ingresar a la casa de su tía y lo hacía esperarla a varios metros del lugar.

Ignoraba que la joven que tanto lo había deslumbrado llevaba más de dos años comprometida. Sin embargo para ella eso no era impedimento para pasarla bien. Anteriormente ella habia tenido un romance con un guapo Italiano, con el cual había perdido su virginidad en una noche desenfrenada de pasión y lujuria. Habían mantenido el romance en secreto ya que él era el prometido de una de sus grandes amigas. Pero como eso le importo muy poco. Y lo siguió hasta que se cansó de él.

Cuando ella se marchó de España prometió escribirle seguido. Las cartas le llegaban cada dos o tres semanas durante un año. Creido que ella lo esperaría hasta que el día en que él se graduara en la universidad y así poder caserce.

Al fin de haber conseguido su título Terry tuvo que regresar a Londres ya que su padre estaba grave. Había agarrado una fuerte pulmonía. Paso varios meses al lado de él hasta que se recuperó y pudo viajar a Nueva York para cumplir con su promesa.

— Terry, ¿ya viste el periódico? Tu famoso amigo sale en la portada.—comento su compañera de escena. Terry durante su estadía en Europa además de estudiar Abogacía con Albert, durante el rato libre estudiaba teatro donde conoció a su gran amiga Karen . Así que cuando llegó a Nueva York lo primero que hizo fue buscarla. Ella de inmediato le presentó al director Roberto Hardway, quien quedó fascinado con el, obviamente después de haberle tomado varias pruebas para el papel principal ya que el protagonista de la obra habría sufrico un accidente y estaba internado por lo cual la obra se había suspendido. La llegada del castaño fue un gran alivio para el director y no dudo ni un segundo en ofrecerle tan importante papel para la obra que se estrenaría en un mes, "Romeo y Julieta"

—¡Muestrame!—le Quito el periódico y observó la gran fotografía en primera plana.—¡No puede ser!—dijo horrorizado.

—¿Que pasa, Terry? Tampoco no sale tan mal.—dijo la morena poniéndose al lado de este que miraba la imagen. Su cara se tornó de un color pálido, sus labios estaban apretados y sus manos agarrando con tanta furia el papel.—¿Que ocurre, Terry? Me estás asustando.

—Pero que burla es esto: "LUEGO DE TRES AÑOS DE NOVIAZGO, EL HIJO DE UNOS DE LOS BANQUEROS MAS IMPORTANTES DEL PAIS CONTRAERÁ MATRIMONIO CON E-LI-ZA LEGAN..."—leyo pausadamente el título. Al lado de la foto donde estaba Albert había otro anuncio donde salía Eliza al lado de Antony, abrazados, el posando una mano en la cintura y la otra sosteniendo la mano de ella. La pelirroja como siempre con una sonrisa arrogante.

—¿Quienes son ellos?

—¡Tres a-ños, tres malditos años! No puedo creerlo... m-me mintió. La muy hipócrita me estuvo mintiendo todo este tiempo—dijo arrojando el periódico con furia.

—¿Quien te mintió? ¿de que hablas?—pregunto sin entender porqué su amigo se encontraba tan alterado.

—Esto no se quedará así. Ahora mismo le voy a pedir una explicación. Nadie se burla de mi. Es una zo...— corto lo dicho al ver la cara de su amiga. Luego tomó su saco y salió hecho una furia.

—¿Terry que pasa? ¿A donde vas?—la joven mujer trato de impedir que saliera así. Pero le fue imposible. Conocía a Terry y sabía que por más que se lo suplicara el no se detendría.—¿que habrá pasado para que reacciones así, Terry?—se acercó a donde había arrojado la publicación y volvió a leerlo.—¿Quienes serán estas personas? ¿Y porque te pusiste de esta manera? ¿Sera ella...?

...

..

.

Lakewood

La mansión de los Andley era un caos, todo el mundo estaba revolucionada, andaban de un lado a otro. Personas desconocidas rondaban por la casa ubicando las carpas blancas, otros acomodando las mesas redondas con manteles blancos de seda y lazos rojos en las sillas de madera pintas en blanco, a pedido de la futura novia quien se encargó de elegir toda la decoración para el gran evento. Los centros de mesas eran enormes ramos de rosas rojas, algo ostentoso pero bueno, ella era la que ordenaba.

Tanto la fiesta como las ceremonia se realizaba en la villa. El lugar era un amplio jardín bien trabajado y cuidado por el mismo Antony. Éste de pequeño se había dedicado al cuidado junto con su mejor amiga y quien en su honor recibió de regalo unas rosas con su nombre "Las dulce Candy", eran unas preciosas rosas blancas.

La noche estaba oscura, una terrible tormenta amenazaba la zona.

— Desde que llegaste has estado muy distante. ¿Paso algo?—pregunto Eliza mientras pasaba la punta de sus dedos por el antebrazo del rubio. Quien aún se sentía raro. No sabía cómo explicarse lo que había ocurrido con su amiga. Si no hubiera sido por su tía abuela el la habría besado.—Antony... ¿que pasa?—volvio a interrogarlo con voz melosa.

—Nada Eliza, sólo estoy algo cansado.

—Los nervios de la boda. Te entiendo a mi me ocurre lo mismo, cariño.

—Si. Seguro que son los nervios.

—Me parece una falta de descortesía que Candy no haya asistido a nuestra cena.

—Ya escuchaste al señor William, estaba indispuesta. Fue un viaje de varios días y no ha tenido tiempo de descansar por que nos... —se lamento de haber hablado de más al ver la cara de espanto de su prometida.

—Continua... ¿Por qué no descanso Candy?—pregunto con los brazos cruzados sobre su pecho.

—E-eh por que... la tía abuela y yo nos quedamos platicando con ella. Vamos Eliza, no vas a decirme que te molesta.

—Es por eso que llegaste tarde. Te quedaste charlando con ella.

—Por Dios, Eliza. Candy es mi amiga. No nos vemos desde hace mucho tiempo. Era de esperarse que hablaríamos, no lo crees.

—Se te olvida que estuvo enamorada de ti.

—Eso fue hace tiempo...—dijo recordando el momento en que casi la besa.—Candy ha cambiado mucho. Ya no es una niña.—ella lo miraba con furia- Será mejor que vayamos a dormir. Mañana será un día muy agitado. Además se está poniendo muy frío.—tomo la fria mano de ella y le dio un casto beso en el dorso.

—Oh, si. Sino mañana tendré unas ojeras terrible. Sólo ruego a Dios de que sea un día espléndido.

—Claro...—le dedicó una sonrisa falsa.

Por otra parte, Margareth, la madre de Eliza había mandado a los empleados a desarmar todo. El viento se hacía cada vez más denso. Y estaba arruinando toda la ornamentación.

—Esto es un desastre—se quejó la mujer viendo correr a todos por la casa.—Jhon ni siquiera ha llegado.

—Dudo que lo haga, mamá. Es imposible, los caminos deben de estar todos inundados ya.—dijo su hijo mayor, Neal. Él era algo más centrados que las dos mujeres de la familia.

—Es un irresponsable. Si me habría he ho caso cuando le dije que dejara ese trabajo para otro día.

—Margareth, deja que los organizadores se encarguen de todo. Para eso se les pagó.—dijo Rose, ya cansada de las quejas de la mujer.

—Tiene razón, querida.

—Neal, ¿ sabes algo de tu padre y mi esposo? Me preocupa que no hayan llegado.

—No se preocupe, no creo que se hayan atrevido a viajar con esta tormenta, señora Rose.

—Si... puedes que tengas razón. Será mejor irnos a acostar. Mañana debemos de madrugadar.

Ambos se marcharon a sus respectivas habitanciones.

...

A un kilómetro de ahí. Asomada en el balcón de su habitación, Candy recordaba lo ocurrido en casa de la señora Elroy.

—Antony... cuántas veces mas me voy a preguntar lo mismo... ¿Por qué tuvo que ser así? ...Mañana te casas con ella. Y pensar que yo había soñado tanto con este día en el que fuera yo la que ocupará el lugar de Eliza—estaba muy sensible. Cada recuerdo, pensamiento le provocaba llanto y pena. Su joven corazón no se hacía la idea de que lo había perdido.

—Pequeña, ¿que haces aún despierta? Y más con este frío viento. He oído que se avecina una gran tormenta.—dijo su Nana mientras tomaba una manta y le cubría la espalda.

—Cuanto tiempo ha pasado nana desde la última vez que contemple el cielo desde mi ventana. Extrañaba este lugar.

—Es una villa preciosa, cariño. Pero vamos adentro. No quiero que te me vayas a enfermar.

—Hmmm...¿que es ese olor, nana?

—Te preparé un rico chocolate caliente. Así te podrás dormir más tranquila, mi niña.

—Nana... te quiero tanto—dijo besando la frente de la mujer.—¿Mis padres llegaron?

—Hace media hora. El tiempo se estaba poniendo feo. Y antes de que la tormenta los agarrara decidieron volver.

— ¿Crees que pasará con la ceremonia si la tormenta no pasa?—pregunto mirando la taza.

—Supongo que la realizarán dentro. La casa es enorme, tienen espacio de sobra para hacerlo allí.—la nana se fijó en como los nudillos de las manos de la rubia se tornaban blancos aferrados a la taza.—Candy...

—No Nana... no digas nada, por favor.—entendía perfectamente como se sentía su pequeña. Así que no dijo nada. Sólo se acercó, le quito despacio la taza de las manos y la abrazó. Como lo había hecho por todos los años. Candy consideraba a su Nana como su abuela. Prefería a ella antes que a la madre de su padre, quien era una mujer fría y aún no aceptaba a Susana. Nunca estuvo de acuerdo con que su único hijo se casará con una mujer de una clase social muy inferior a la de ellos.

—Nana... sabes que te quiero, verdad...

—Lo se cariño. Y yo a ti. Pero ahora... será mejor que te recueste y duermas. No querrás llegar toda desarreglada a la boda de tu prima —le guiño el ojo.

—Ay nana nana.—la mujer había logrado sacarle un débil sonrisa a la rubia.

—Duerme mi pequeña —la arropó y le dio un beso en la frente.

—Hasta mañana, nana.

...

..

.

Había salido hecho una furia de su lujoso departamento. Logrando llegar a tiempo para tomar el tren que salía precisamente en el momento que él llegaba. Consiguió el pasaje a Chicago.

Después de arduas horas en el transporte llegó a su destino.

La tormenta había comenzado. Enormes goteras, truenos y relámpagos iluminaban el cielo. Tenía que conseguir que alguien lo llevará a la Villa. Eran varios kilómetros retirados de la ciudad.

Busco por toda la zona y no conseguía un coche que lo transportara ninguno se animaba a salir debido al fuerte temporal, con suerte consiguió convencer a un buen samaritano que le rentará su caballo. Este también le indicó el camino por donde llegaría más rápido.

—Muchas gracias, buen hombre.—dijo el castaño mientras montaba al animal.

—Tenga mucho cuidado. Los caminos están inundados. La tormenta parece no dar tregua, amigo.

—Lo tendré.

Así sin esperar más salió a todo galope. La tormenta comenzaba a intensificarse, no podía ver nada. La vista se le nublaba por las infinitas gotas que caían. Los truenos asustaban al caballo.

Llegando al final del camino por donde le había indicado el hombre, se dividía en dos senderos, no recordaba cual era el que debía tomar. Indeciso optó por el de la derecha donde tras recorrer varios kilómetros logró divisar una enorme mansión blanca rodeada de frondosos árboles. Feliz de haber llegado se dio prisa por alcanzar su meta pero a unos metro de ingresar a la propiedad un fuerte trueno estalló haciendo parar en dos patas al animal y con ello un enorme rayo cayó partiendo un árbol que cayó junto al ginete. Acto que provocó que este cayera del caballo.

El fuerte estallido despertó a la joven que dormía justo al frente donde se oyó el rechinar del caballo.

—Antony... —Penso asustada. Se puso una bata y salió a toda prisa. Bajo las escaleras. Abrió la puerta principal.

La lluvia caía estrepitosamente. El rechinar llamó su atención.

Cuando un rayo volvió a iluminar el lugar pudo divisar la figura del blanco animal que yacía al lado del hombre, pero cuando otro trueno retumbó ahuyentando al cuadrúpedo y asustando a la joven que estaba empapada. Esta camino rápidamente al lugar.

—¿Hay alguien ahí?—preguntó con voz temblorosa tanto por el frío y por el miedo que le causaba el lugar tan oscuro. Oyó unos quejidos. Caminando con precaución llegó y vio a una persona tendida en el suelo boca abajo. Una de sus piernas estaba apretada por una enorme rama —Oh por Dios.—Lo primero que hizo fue tomarle el pulso. Era apenas perceptible, luego intentó levantar el árbol pero le fue imposible. Era muy pesado.—Volveré con ayuda. —corrio a toda prisa hacia la mansión. Ingreso en el cuarto de su Nana, la despertó con sus gritos.

—Nana, nana... despierta.

—¿Que pasa, Candy?—se levantó asustada la mujer y mucho más al ver el aspecto de la rubia.—¿Porque estas empanada?

— Nana, no hay tiempo para eso. Hay que buscar ayuda.

—¿Pero que sucede, Candy?

—Un hombre quedó atrapado bajo un árbol. Tenemos que ayudarlo.

—¡Dios mio!

—Despertare a Jhon y Pedro—la mujer mayor corrió en busca del jardinero y del capataz.

Mientras tanto Candy corria a informarle a su padre.

Una vez que levantó a todos. Caminaron hacia el lugar para auxiliar al joven herido. Lo llevaron a la mansión, en una de las habitaciones de la segunda planta. Allí le quitaron las prendas mojadas y lo cubrieron. Tenía una gran herida en la pierna izquierda, y dislocado el hombro derecho por la fuerte caída. Mientras su padre se ocupaba del herido Candy era ayudada por su Nana a cambiarse de ropas.

—¿Mira como estas? No debiste salir asi...

—Ya Nana, deja de reprocharme. Necesito ir a ayudar a papá.—dijo mientras apuraba a ponerse el vestido.

—¿Quien en su sano juicio se atreve a salir asi—comentaba mientras abrochaba cada botón del vestido.—Listo, deja que arregle tu cabello.

—Dejalo suelto nana. Así se seca.

—Pero te puedes enfermar Ca...—dejandola con la frase a medias se dirigió a donde ya su padre se ocupaba del paciente.

—¿Puedo pasar?—pregunto a través de la puerta semiabierta. Su padre estaba de espalda limpiando la herida. Mientras unas de las empleadas le alcanzaba los utensilios y gasas.

—Pasa pequeña. Necesito que me ayudes a suturar esta herida. No podemos dejarla así. Podría morir desangrado. Sara, busca más vendas, agua tibia y alcohol. También habrá que cambiar estas sabanas.

—Si señor.—la empleada salió a toda prisa dando lugar a que pasará la rubia.

—¿Como esta?

—Ha perdido mucha sangre.—Candy miraba cuidadosamente al accidentado, no podía distinguir su rostro porque estaba de lado donde no llegaba a alumbrar las velas.

—Limpiale la herida que tiene en la frente y vendala con cuidado.—sin esperar a otro aviso, la joven rodeo la cama y al poder distinguir al que yacía tendido inmóvil en la enorme cama, se acercó. Quitó el cabello castaño que cubría el rostro de aquel individuo. Al reconocerlo, quedó paralizada.

—Terrunce...

Continuará...