¡Bueeeeenas!
Primero que nada, pedir perdón de nuevo por la tardanza. Estoy TAPADA de evaluaciones y no tengo tiempo para escribir.
Sé que no es justo para ustedes, pero hago lo que puedo. ¡Perdóóóón!
Gracias a todas las que aún no se cansaron. Gracias por seguir, no se dan una idea del aprecio que les tengo.
Por último, les deseo que disfruten el capítulo, les pido que me envíen sus sugerencias vía review, y les agradezco enormemente todo el apoyo.
Suun.
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Capítulo 4: Enigmas
No lo comprendía. Estaba partiéndose los sesos, intentando encontrar algo que justificara el inadmisible latir acelerado de su pulso cuando la sangresucia rondaba cerca. Particularmente, le intrigaba —e irritaba a partes iguales— el… ¿extraño? encontronazo que habían tenido durante la clase de pociones. Sí, era extraño, no podía hallar otra palabra para describirlo. Curioso, quizás, porque el efecto de depredador que despertaba Granger en él se estaba intensificando. Una pequeña parte de su cerebro le indicaba un detalle insignificante. Una sensación hirviente, unas brasas al rojo vivo se habían encendido en su vientre al sentir la piel de la gryffindor rozarse con la suya. El tacto era suave y delicado, pero a la vez firme. No podía negar que le había sorprendido y atribuía esas extrañas reacciones corporales a lo inesperado de la situación. Lo había tomado desprevenido. Eso era todo.
O casi. Porque su teoría no conseguía explicar que se encontrara recostado precisamente contra esa pared de piedra, justamente en ese corredor, treinta minutos exactos después del mediodía. No lograba ocultar el hecho de que estaba ahí solamente porque sabía que era inevitable transitar por ese pasillo para poder llegar al aula de Aritmancia. Lo que estaba evitando recordar era que él no cursaba esa asignatura. Ni ninguno de sus amigos, salvo Theodore. Y lo cierto era que no necesitaba —ni quería— hablar con Nott. Deseaba verla. A ella. Quería sentir otra vez ese ardoroso crepitar en su garganta, ese instintivo impulso de provocar la situación al límite… pero la verdad era que no le apetecía razonar demasiado sobre el tema. Estaba allí y punto. Pensarlo demasiado implicaría plantearse dudas y eso sí que no le gustaba.
Por otro lado, siendo sincero, había algo que sí le preocupaba. Su libro de pociones había desaparecido… y eso estaba mal. Sus páginas contenían mucho más que simples letras ordenadas en instrucciones… Había pertenecido a su madre. Y para él, su legado era tan importante como todo el oro que había recibido por parte del apellido Malfoy. Su valor no podía contarse en galeones o sickles, aunque Draco bien sabía que era único en su clase y que más de un mago se hubiera batido a duelo por él. Tantas eran las razones que le daban importancia que no concebía haberlo perdido. Debía recuperarlo, pero había probado realizar hechizos convocadores y no habían dado resultado. Había acudido a Madame Pince, quien le había asegurado que ningún libro externo a la biblioteca había pasado por sus manos esa semana. Ni Blaise ni Pansy sabían de él, de hecho, sólo Draco conocía su existencia. A fin de cuentas, estaba completamente desorientado. No tenía ni la más remota idea de a quién acudir, pero se negaba en rotundo a darlo por perdido. Lo encontraría.
Una mueca de insatisfacción se dibujó en su cara, escoltando sus pensamientos. Fue por eso que no notó que Granger aparecía al final del pasillo, notaba su presencia y caminaba raudamente frente suyo, escondiendo la cara entre algunos mechones de cabello castaño.
Sí, le gustaba ser la primera en entrar al salón de clases. Era agradable contemplarlo durante los pacíficos —y escasos— minutos que precedían al comienzo de las lecciones. Una tranquilidad serena la embargaba al poder detenerse a mirar el aula vacía, desierta y silenciosa. Aunque, ese mismo día, se hubiera entregado a los hijos de Aragog con tal evitar aquel corredor. El objeto de sus —últimamente, constantes— distracciones se encontraba justo allí, reposando con aire despreocupado contra un muro. La capa de invisibilidad de Harry le hubiera sido increíblemente útil en ese momento. O bien algún tipo de hechizo que le permitiera fusionarse con la pared. Porque, como solía pasarle, lo que menos deseaba era encontrarse con Draco Malfoy. Aunque, esa vez, los motivos no eran los mismos de siempre.
No había logrado sacarse de la cabeza su condenado aroma. Repetidas veces se había descubierto a sí misma evocando, involuntariamente, la extraña sensación que la había invadido en clase de Pociones. Para añadir leña al fuego, aún la sofocaba recuerdo del encontronazo que habían tenido aquel sábado. Se sentía abochornada y avergonzada por haber actuado de forma tan impulsiva. ¿Qué se le había cruzado por la cabeza? La apabullaba pensar que justamente Malfoy había sido testigo de ese desliz. Su mente bullía y estaba terriblemente perturbada. No conseguía enfocarse, ni eliminar el recuerdo de su memoria. Se sentía susceptible y aturdida, así que, simplemente, evitaba a cualquier alumno rubio con insignia de Slytherin a toda costa. Tampoco era que ellos le buscaran, pero se trataba de una medida de precaución. La mente antes que el cuerpo, solía decirse. Pero, ahora, al dar de lleno con la imagen de él en ese corredor, el precario equilibrio que había alcanzado se desmoronaba ante sus ojos. Esperando que, literalmente, la tierra la tragara, Hermione caminó a paso rápido hacia la puerta que se divisaba al fondo del pasillo, como el único haz de luz entre nubarrones grises. Un leve sentimiento de culpa le azotó en pleno pecho al recordar un detalle: aún conservaba el libro de pociones que pertenecía a Malfoy. Lo cierto era que había querido devolvérselo, pero jamás había hallado la oportunidad… lo cual era comprensible, dado que lo único que conseguía si se encontraba con él era acabar siendo insultada y despreciada en diversos sentidos. Abstraída, bufó al reconocer lo incómoda que resultaba la situación.
Draco oyó un bufido y pestañeó un par de veces, para despejarse. Al ver quién lo había producido, una efervescente sensación de expectación se acomodó en la boca de su estómago. Sonrió de lado al ver a la chica paralizada, mirándolo como un cervatillo asustado, consciente de haber cometido un error. Un error que, ambos sabían, los arrastraría a terreno pantanoso. Estaban solos, en un pasillo desierto… la última vez que se habían encontrado en esas condiciones, ella había terminado desarmada y él con un antebrazo sangrante. La perspectiva no era, evidentemente, para nada buena.
Hermione carraspeó, claramente incómoda. No tenía ningún punto ignorarle, no era estúpida y sabía que tarde o temprano debería afrontar la situación. Pero no podía apagar la ansiedad que se había instalado en su vientre. Su pulso se había acelerado y su respiración comenzaba a agitarse. El silencio era demasiado pesado, demasiado tenso como para soportarlo. Se extendía sobre ella como la calma que precede a la tormenta, alarmándola. Su instinto le dictaba que permaneciera alerta, atenta a cada movimiento del Slytherin. Su razón, en cambio, le indicaba que se estaba comportando como una auténtica idiota. Y fue aquello lo que le echó un cable y le abrió los ojos. De pronto, comenzaba a comprender todo. Sus nervios se empezaban a convertirse en algo mucho más fuerte, más ardoroso… fuego. ¿Iba a dejarse doblegar de esa manera? ¿Iba a darle el gusto a él, Draco Malfoy, de verla intimidada por su presencia? Y, al oír la pregunta en su mente, supo que nunca, jamás permitiría que él le amedrentara de esa forma.
El slytherin percibió el cambio en la actitud corporal de la muchacha. De repente, se había envarado y le miraba como si hubiese comprendido algo crucial. Desconcertado, Draco abrió la boca para decir algo, pero la castaña se le adelantó.
—No te molestes, Malfoy —dijo la chica, levantando una mano en el aire para indicarle que se callara—. No me interesa lo que tengas para decir, así que guárdate las palabras.
Satisfecha por su desempeño, Hermione se dispuso a coronarlo con una salida digna. Dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta de madera labrada, para entrar de una buena vez al salón. Tomó el pomo entre sus dedos e intentó abrirla. Para su desgracia, se encontraba cerrada. Forcejeó un par de veces, pero al cuarto intento se rindió. Definitivamente, ésa no iba a ser una retirada triunfal. Se le ocurrió sacar la varita y lanzar un alohomora a la condenada cerradura, de esa forma acabaría con el incómodo y ridículo momento en el que se hallaba atrapada. Sorpresivamente, luego de que el fogonazo de luz blanca saliera disparado hacia ella, la puerta se mantuvo intacta. La gryffindor, maldiciendo su suerte, se agachó lo suficiente como para descubrir que el pestillo seguía trabado. Sintiéndose violenta, volteó, para descubrir al chico mirándola sin ningún disimulo. Entorpecida por el enojo —con la cerradura, con la profesora Vector, con el imbécil de Malfoy, con ella misma—, comenzó a caminar por donde había llegado, con brusca rapidez. Así fue que no notó un desnivel que presentaban las piedras que pisaba, y se hubiera ido de boca al suelo… si Malfoy no le hubiera cogido del brazo. Se quedaron los dos en esa posición, paralizados. Ella medio colgando, en precario equilibrio, y él sólo sosteniéndola con una mano. Hermione sentía los dedos del slytherin en torno a su antebrazo, ejerciendo una presión casi dolorosa sobre su piel. Sus pensamientos corrían en su cabeza, pero quedaron anulados al percibir como él la levantaba con un movimiento firme y fluido. No logró estabilizarse, y trastabilló, depositando el peso de su cuerpo sobre el joven, involuntariamente. Cayó, literalmente, en sus brazos. Él la sujetó instintivamente y el aire se volvió espeso e impenetrable. Asustada por la cercanía, la castaña se revolvió en su lugar, intentando deshacerse del extraño abrazo. Elevó la cara para mirar al chico a los ojos y su nariz volvió a rozar el cuello de él. Fue automático: cada poro de su piel se erizó con el frío contacto y un reconocible aroma llenó sus fosas nasales. Fresco y elegante, provocativo y sutil. Sin poder controlarlo, se mordió el labio inferior. ¿Qué era eso que cosquilleaba en su vientre cuando percibía ese olor? No lo entendía.
Draco se quedó de una pieza al sentir la suavidad de la gryffindor contra él. Al tenerla tan cerca, podía percibir el olor que emanaba de su cabello suelto, salvaje. Fresas. Dulce, tentador… detuvo en seco la línea de pensamientos que comenzaban a formarse en su cabeza. Sorprendido —y aterrado— por el curso que había tomado su hilo mental, dirigió sus ojos al rostro de la chica. Entonces, la vio morderse el labio inferior. Como si le hubieran golpeado físicamente, Draco empujó a la muchacha a un lado y le miró con expresión inescrutable. Aturdido, se alejó un par de pasos. Ella le miró con una mueca extraña en la cara. La vio apretar los labios y arrugar el ceño, claramente incómoda.
Hermione sintió el empujón de Malfoy cuando ya era demasiado tarde. Había salido disparada lejos de él, repelida violentamente. En un principio, la vergüenza la había invadido, pero luego fue convirtiéndose en algo más silencioso, pero más penetrante. Se había sentido dolida. ¿Tanto asco le producía que no concebía la idea de tocarla? Inmediatamente después de oírla en su mente, la chica censuró la pregunta. ¿Qué le importaba a ella lo que él pensara, o aún más, sintiera sobre ella? Era sólo un engreído narcisista, un joven caprichoso y ególatra. Con un maldito aroma a menta fresca que no podía borrar de su memoria. No pudo decir nada, antes de que él abriera la boca y formulara una sentencia:
—Mantente alejada de mí—masculló Draco, en un tono que indicaba ira contenida. No era capaz ni de insultarla, estaba demasiado conmocionado para hacer algo más que advertirle. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y comenzó a retirarse, apurado, como si lo persiguiera una docena de dementores.
Hermione le contempló irse en silencio, con el eco de su frase aún retumbando en su mente. Se abrazó a sí misma y decidió que, esa tarde, Aritmancia no era la mejor opción para pasar el tiempo. Esperó unos minutos y siguió el camino que había recorrido el slytherin, con la única diferencia de que tomó un atajo que la llevaba directamente a la Torre de Gryffindor. Ese día, ya había lidiado demasiado con serpientes.
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