4
No sé qué hora es, pero el estridente sonido de una olla de aluminio chocando contra el suelo me despierta estrepitosamente. Estoy en el sofá, justo en el mismo lugar que anoche, pero sola. Antes de que pueda echarle de menos, Peeta asoma su cabeza por el marco de la puerta y me dedica una amplia sonrisa, los mejores "buenos días" que podría desear. Está ligeramente sonrojado y con diversas partes de su rostro cubiertas de algo que parece harina. El delantal le delata: el desayuno será copioso.
- ¿Te he despertado? - agita la olla, señalando al culpable.
- ¿Qué hora es?- murmuro, soñolienta. El calor de la hoguera no anima demasiado a que me despierte.
- Las diez, creo.- no puede evitar su alegría por verme relajada.- He preparado los panecillos que te gustan, bueno, he preparado muchas cosas, demasiadas.- se ríe.
- ¿A qué hora te has levantado para hacerlo?- me froto los ojos con desgana y me enrollo en la manta antes de dirigirme a la cocina a pasitos cortos. El olor a repostería recién hecha me hace la boca agua.- ¡Madre mía, Peeta!- exclamo. Toda la mesa está llena de bollos, panecillos y pequeñas porciones de diferentes tipos de tartas.- ¿Por dónde empiezo?- sonrío. Hacía tiempo que no me despertaba con una sonrisa en los labios.
- He hecho tus favoritos, los que llevan el queso fundido.- se sienta frente a mí y extiende los brazos, agotado después de una mañana tan ajetreada.
Ambos desayunamos rápidamente, como si no hubiéramos comido en mucho tiempo, y me pregunto si los panecillos son la única razón por la que sus ojos están surcados de ojeras profundas. Observo el alféizar del ventanal que ocupa la mayor parte de su cocina, está repleto de flores.
- ¿Desde cuándo te gusta la jardinería?- le pregunto sin dejar de mascar un panecillo relleno de moras.
- Desde que…, ya sabes…, todo acabó…
Y tanto que lo recuerdo.
- Es por…
- Es por Prim, cierto, me lo dijiste.- le corto, sin parar de masticar.- Son preciosas.- oculto el dolor que surca mi costado cuando la recuerdo.
- Las cuido mucho.
Le sonrío con sumo cariño cuando me percato de que esa es su manera de decirme que él también la echa de menos, aunque no hablara mucho con ella, que él también la quiere y nunca la olvidará. Solo él es capaz de provocarme esos sentimientos. Sin pensarlo, me levanto un poco sobre mi asiento y extiendo mis manos hacia su rostro. Él se inclina un poco hacia atrás en un acto reflejo, pero cuando ve que las yemas de mis dedos acarician su frente hasta llegar a la barbilla, se queda totalmente quieto y me mira sin parpadear.
- Estás lleno de harina.
Y le sonrío abiertamente, quitándole los restos de harina con cariño, quizá con demasiado cariño, pero no puedo frenarme, lo necesito de manera inexplicable. Peeta entreabre los labios y busca mi mano para entrelazarla con la mía. Quiero acercarme, quiero que me bese, pero ninguno de los dos se mueve, permanecemos así hasta que el teléfono empieza a sonar y yo me alejo rápidamente.
- ¿Quién llama a estas horas?- Peeta frunce el ceño, sin ocultar demasiado bien que la llamada ha interrumpido algo.
Me incorporo en mi silla mientras él responde. Su tono es despreocupado al principio, pero sé que ocurre algo cuando su voz se vuelve sombría y pierde su habitual energía. Me levanto y ando a hurtadillas hasta a estar a pocos metros de él.
- Sí, está aquí, tampoco es que suela coger el teléfono, a mí no me lo cogía.- oigo cómo responde sin demasiado entusiasmo pero con educación. Pausa.- ¿Cómo te va todo por allí?- Pausa.- Aquí…, como siempre…- Ahora te la paso.- entonces se gira y no puede ocultar la sorpresa al verme espiándole.- Katniss, - no se altera.- es para ti.
Me extiende el auricular y le pregunto quién es antes de responder, confusa. Él no satisface mi incertidumbre y desaparece de allí con velocidad, así que debo de contestar quiera o no quiera.
- ¿Diga?
- Hola Catnip, deberías responder al teléfono.
Gale. No puedo creerlo.
