En una clínica del estado de Texas preparan a un hombre para el traslado. Es un hombre de treinta y ocho años recién cumplidos, aunque aparenta tener ya los cuarenta. El cabello es de color oscuro ya canoso y algo descuidado. Lo lleva demasiado largo y comenzaban a aparecer rebeldes rizos. Tiene los ojos como dos pozos oscuros, privados de luminosidad y lleva una barba ya de siete días muy desarreglada. Entre sus entretenimientos personales para dejar de pensar se encuentra el ejercicio, así que pese a todo, su cuerpo es atlético, aunque tampoco podría calificarse como un físico de infarto. En definitiva y aunque no hablamos de un hombre guapo, podemos decir que es bastante atractivo.
No es un hombre agradable, ya que usa el sarcasmo como idioma e intenta siempre hacer sentir mal a los demás, un nuevo método de intento de suicidio, sobretodo cuando provoca a otros pacientes. Una de sus últimas andanzas fue provocar a un hombre que hacía dos de él para que lo matara a golpes… cosa que casi consigue, pero al final todo quedó en un labio partido y un ojo morado y después de mucho pensarlo la directora del psiquiátrico decidió enviarlo al del doctor Adler, que ya le había escrito con anterioridad solicitando el traslado del paciente.
–Buenos días señor Winther, hoy nos vamos de paseo –dijo uno, que, para variar, le tenía bastante tirria –no voy a decir que te echaremos de menos porque entonces me crecería la nariz como a Pinocho –dicho esto le inyectó una buena dosis de tranquilizante y lo hizo sin delicadeza alguna, buena prueba de ello eran los amoratados antebrazos de Lázaro Winther.
Nadie podía pensar que al hombre al que trasladaban en ese momento atado a una camilla fue un hombre fuerte a penas dos años atrás. Una fría noche de diciembre Laura y Nathaniel, los padres de Lázaro, salieron a hacer unas compras de última hora y ya no volvieron. Entonces, Lázaro tenía dieciocho años y Natalia aún no había cumplido los nueve. Se habían quedado solos, ya no tenían a nadie con quien contar, salvo un contacto de un tal doctor Adler, un hombre que fue muy amigo de Nathaniel, pero nunca lo llamó. Lázaro siempre había sido un hombre de metas, y se propuso llegar a terminar las carreras que había comenzado, empresariales y derecho, y, además, sacar a su hermana adelante, ayudándola en los estudios y en todo lo que necesitara. Nadie creyó que lo conseguiría, pero lo hizo. Cuando terminó de estudiar consiguió ocuparse de los asuntos fiscales de una empresa, y era realmente bueno en su trabajo.
Natalia tampoco se quedó atrás, cuando terminó el instituto comenzó la carrera de veterinaria. Natalia era una chica dulzona y sonriente con todo el mundo. Era un auténtico ángel, físicamente todo lo contrario a su hermano, era una niña rubia, con el cabello casi blanco de tan rubio y de ojos azul aguamarina. Cuando terminó la carrera con unos resultados inmejorables la seleccionaron para hacer un año de trabajo y estudio en África, ella deseaba trabajar con animales grandes y dado a sus buenos resultados y su situación familiar, le dieron la oportunidad de su vida… en el avión equivocado. La última vez que Lázaro viera a Natalia fue en el aeropuerto, estaba feliz, emocionada y nerviosa porque iba a comenzar a trabajar en lo que había deseado toda su vida, pero tristemente no llegó a su destino. Dicen que el avión es el medio de transporte más seguro que hay, y que hay muy pocos accidentes aéreos. Pero cuando los hay son fulminantes. Después de que se diera la noticia del accidente Lázaro estuvo paralizado, rezando durante cuatro horas, para que cuando sonara el teléfono le dijeran que Natalia era una de las pocas supervivientes. Pero no sucedió. Cuando cogió el teléfono le dieron la noticia de que la joven de ojos azules había fallecido en los brazos del sanitario que la estaba atendiendo.
Poco tiempo después y tras varios intentos frustrados de suicidio, uno de sus mejores amigos lo internó en un psiquiátrico, para que lo pudieran controlar mejor, y para que intentaran curarle, pero en todos los sitios lo daban por imposible.
El trayecto de Texas a Washington fue largo pero a Lázaro se le pasó sin darse cuenta, debido a la altísima dosis que le habían inyectado.
Del avión pasa a la ambulancia, comienza a despertar, ve borroso y siente la boca pastosa, para él ya es una sensación de lo más normal, al igual que soportar el dolor de las inyecciones mal puestas. –Hola amiguito –de nuevo el enfermero burlón –parece que ya comienzas a despertar.
Lázaro esboza una mueca en un intento de protesta pero aún está demasiado atontado.
– ¿Ya hemos llegado princesita? –ya ha recuperado la capacidad de hablar, aunque si lo hiciera durante demasiado tiempo se le trabaría la lengua y tampoco podría andar sin estar apoyado. –Si deshecho humano –comenta el enfermero con malicia. Van desatando al paciente y entre el enfermero y los auxiliares lo pasan de la camilla a una silla de ruedas y lo vuelven a atar.
–Nunca podrás llegar a imaginarte las ganas que tenía de dejarte en manos de otra persona –va diciéndole al oído –mientras avanzaban hacia la entrada de la Clínica de Salud Mental de Seattle –bueno, por lo menos aquí el jardín lo tienen bien arreglado –continuaba comentando –a lo mejor incluso te toca alguna chica guapa como niñera de turno y aunque parezca imposible hasta puede que te traten como a un ser humano –continua burlándose. Pero se para en seco cuando se topa de bruces con la mujer que está esperando en el pasillo de plantas que llevaba a la entrada del hospital. –Bonita entrada –comenta algo avergonzado.
La enfermera lo mira duramente y contesta con sequedad –Esto antes de ser un psiquiátrico era un restaurante de lujo.
Hola! De nuevo aquí ;) Os presento al señor Lázaro Winther... toda una joya
¡Nos vemos!
