Tomar el bunker, en contra de todo pronostico, fue coser y cantar. Una vez el elfo paso a estar controlado por la sacerdotisa esta le ordenó que asesinara a sus soldados, y así lo hizo, con gran eficiencia. Ninguno sospechó su destino hasta que ya era tarde. El elfo, aun consciente de lo que estaba haciendo pero incapaz de hacer nada, vio como sus manos asesinaban a aquellos que habían servido fielmente bajo su mando desde que empezara la guerra. Sin poder remediarlo su mente cedió a la impotencia y la tristeza y por sus lágrimas corrieron, lágrimas amargas de decepción, decepción de si mismo. Una vez hubo cumplido perfectamente la orden de la sacerdotisa, el asesino puso fin a su sufrimiento y le rajo la garganta. El elfo murió desangrado en el suelo de su bunker con la mirada perdida en la mano inerte de uno de sus soldados.

- No hay honor en la guerra- el asesino recorrió el muerto lugar y no encontró nada interesante.

El tauren dejo el saco en el suelo y extrajo de su interior 4 cartuchos de dinamita enrollados cuyos conectores estaban unidos a una especie de artefacto gnomo, "electrónico" como ellos lo definían. Colocó varios por todo el bunker, en lugares estratégicos, allí donde el creyó que causarían más daños.

- ¿Qué es eso?- preguntó la sacerdotisa al asesino señalando al aparato gnomo de los cartuchos.

- Un detonador a distancia. Es un prototipo creado entre gnomos y goblins en Everlook. Nos lo prestaron para que lo probáramos. Se supone que estando a una corta distancia y usando otro cacharro parecido, ese trasto detona todas las cargas a la vez. Si funciona se va a cagar la perra. Si no, el tauren pondrá una carga con el detonador al aire en la terraza.

- ¿Para que?

- Para pegarle un tiro. Esa explosión reventara las demás cargas y hará que este bunker pase a ser un solar.

- No corréis riesgos…

- Si queremos cobrar- le respondió el tauren al comentario- no podemos correr riesgos, hay que ser muuuuuy cuidadosos.

Todos salieron fuera y vieron al orco sentado en la puerta del bunker, meditando otra vez. El asesino le toco levemente el hombro y el orco salió del trance, incorporándose al momento y siguiendo a sus compañeros.

-Ahora tenemos un elfo en este camino, dos si tenemos mala suerte.

- Si algo tiene una ínfima posibilidad de ir mal… -comenzó a decir el orco.

- … irá a peor- respondieron el asesino y el cazador al unísono.

- Bueno, el sistema ahora cambia, no tenemos ventaja de estar más bajos, o tener más escondites, y allí delante hay un grupo de guarda ante el cementerio de Stoneheart.

- Próximo lugar de descanso de Balinda…

- Si… descanso eterno, jeje.

- Dejaos de bromas- les reprochó el orco a sus dos compañeros- hay que pensar en como matarlos a todos y que ni los guardianes de Balinda, ni los de Icewing se den cuenta.

- Pides poco.

- Habría que atraerlos hasta donde pudiéramos acabar con ellos todos a la vez.

Pensaron durante un rato en distintas posibilidades. Tirarles un cartucho los mataría a todos los dejaría mal heridos, pero haría demasiado ruido. Una magia mataría a uno pero alertaría a los demás. Una escopeta era demasiado ruidosa. Pero un arco…

- Los del bunker usaban arcos ¿verdad?- preguntó el tauren con cierta sonrisa de suficiencia.

- Si, ¿y que? ¿Acaso sabrías manejar uno?

- Eh! Los rifles los trajisteis vosotros de vuestro continente, aquí todo buen cazador usaba una lanza o un arco. Yo era un experto arquero antes de descubrir vuestros ingenios.

El tauren entró en el bunker y arrebato de las manos de uno de los arqueros de stormpike el arco que mas le gustaba y unas cuantas flechas. Después se apostó en lo alto del edificio y apuntó con cuidado a uno de los enanos. Aquellas gafas eran fantásticas, casi podría decir que veía mejor de noche que de día. Su objetivo fue el enano más alejado, al que todos daban la espalda. El disparo fue rápido y certero, se clavo entre el peto y el casco atravesándole el cuello desde atrás. Cayó al suelo pesadamente. Varios enanos más se volvieron para ver que pasaba. Uno se quedó de espaldas a este grupo, y fue el siguiente en caer.

- Esto es demasiado fácil- susurró el tauren y volvió a apuntar. Poco a poco los enanos caían muertos sobre la blanda nieve que amortiguaba el ruido de sus armaduras.

Cuando el último hubo caído el tauren divisó a no pocos metros de aquel lugar a uno de los elfos. Había dos, uno que usaba dos escudos para atacar y otro que usaba una de sus típicas espadas de dos hojas y un escudo. El que se dirigía hacia los enanos muertos era el segundo.

- Demasiado fácil- repitió para si el cazador mientras apuntaba al entrecejo del elfo. Sus compañeros desde el suelo habían sido testigos de la puntería y precisión de su compañero.

La flecha abandonó rápidamente la cuerda del arco y voló rauda hasta la cabeza del elfo. Pero el elfo vio la flecha, la sintió de alguna manera y la cogió antes de que llegará a su objetivo. El Tauren maldijo al ser de orejas picudas y saltó desde su posición para lanzarse al encuentro del elfo desenvainando sus dos hachas. El brujo lanzo otro proyectil de sombra que tiró al alianza de su montura. Este se recuperó casi al instante y se encaró con el tauren que le embistió usando todo su voluminoso cuerpo.

La lucha se aceleró con la entrada del asesino que se tiró sobre él, pero el elfo le bloqueó sus dagas con el escudo y su espalda. Estaba apunto de pedir ayuda hasta que comprobó que de su garganta no salía ningún sonido. La sacerdotisa había conjurado un hechizo de silencio sobre él y ahora estaba absolutamente mudo e inmovilizado por el asesino. De repente comenzó a sentir como la vida abandonaba su cuerpo. No, era peor, no era su vida, era parte de su alma. El brujo estaba extrayéndole parte de su alma y ello le estaba matando lenta y dolorosamente.

El brujo con la otra mano empezó a darle forma al alma fragmentada que estaba arrebatándole al elfo. Esta comenzó a cristalizarse y cobrar el aspecto de una esquirla de cristal. El tauren, una vez se repuso de su embestida se incorporó y le hundió su hacha en el cráneo al elfo. El brujo terminó de extraer ese fragmento y lo cogió, guardándolo en su bolsa.

- Uno menos, nos queda el otro elfo, y por último el bunker de Icewing.

- Como si fuera tan fácil.

- Lo será. Tenemos un as bajo la manga…- el orco, por primera vez desde que le conociera la sacerdotisa, sonrió.