Notas Oscuras
CAPITULO 3
Bella
He escuchado que se rellena el sujetador.
—Que puta.
— ¿No usó esos zapatos el año pasado?
Los murmullos ondulan a través del pasillo lleno de gente, hablando detrás de sus manos bien cuidadas, pero destinados a llegar a mis oídos.
Después de tres años, ¿cómo es que estas chicas no han inventado algo nuevo?
Mientras paso alrededor de su susurrante grupo lleno de marcas, iPhones de edición limitada y tarjetas American Express negras, refuerzo mi sonrisa con el recordatorio de que, a pesar de nuestras diferencias, merezco estar aquí.
—Me pregunto de qué cama salió arrastrándose esta mañana.
—En serio, puedo olerla desde aquí.
Los comentarios no me molestan. Son solo palabras. Palabras sin imaginación, inmaduras, huecas.
¿A quién estoy engañando? Algunos de esos golpes son bastante verdaderos y escucharlas decirlos tan llenos de odio saca el aire de mis pulmones. Pero he aprendido que las reacciones llorosas solo los animan.
—Mike dijo que tuvo que tomar tres duchas después de haber estado con ella.
Me detengo en el centro del pasillo. El flujo de tráfico pasa a mí alrededor mientras doy un respiro profundo y camino de vuelta hacia su grupo.
Cuando me ven venir, varias de las chicas se dispersan. Jessica y Rosalie permanecen de pie, viéndome acercarme con la misma curiosidad mórbida que dan los turistas a mis vecinos sin hogar. Ojos sin pestañear, espaldas rectas, sus piernas de bailarinas inmóviles bajo las faldas hasta las rodillas.
—Oigan. —Descanso contra los casilleros junto a ellas, sonriendo mientras intercambian miradas—. Les diré algo pero tienen que guardar el secreto.
Sus ojos se estrechan, pero hay interés allí. Les encanta el chisme.
—La verdad es que... —Hago un gesto a mis tetas—. Odio estas cosas. Es difícil encontrar blusas que se ajusten —ni hablar de pagarlas—, y cuando lo hago, miren esto. —Empujo el pasador de seguridad—. Saltan los botones— Les doy una mirada a sus pechos planos y aunque siento una pizca de envidia por sus figuras delgadas, la escondo detrás de un tono sarcástico—. Debe ser bueno no tener que preocuparse por eso.
La chica más alta, Rosalie, da un grito indignado. Toda elegante y llena de confianza, es la bailarina más alta de Le Moyne. Ella también es intimidantemente hermosa, con sus ojos azules y los labios llenos puestos en una tez blanca sin imperfecciones y un hermosamente largo cabello rubio.
Si Le Moyne tuviera bailes formales, sería la reina del baile. Y por alguna razón, siempre me ha odiado. Ni siquiera dio la oportunidad de ser de otra manera.
Luego está su compañera. Estoy segura de que Jessica hizo el comentario de los zapatos, pero ella es más tímida que Rosalie, demasiado aprensiva para ser cruel cara a cara.
Levanto un pie, girándolo para que puedan ver los agujeros en el plástico.
—Use estos el año pasado. Y el año antes de ese. Y el año antes de ese.
De hecho, estos son los únicos zapatos que me han visto usar.
Jessica juega con su larga trenza café y mira mis zapatillas dañadas con una ceja levantada.
— ¿Qué talla usas? Podría darte…
—No quiero tus sobras.
Las quiero, pero no hay modo de que admita eso. Es bastante difícil defenderme en estos pasillos. Estoy segura de que no voy a lograrlo con zapatos prestados.
Desde el primer día. He confrontado sus habladurías con franqueza y honestidad. Es lo que mi padre habría hecho. Sin embargo, aquí estamos, un año nuevo y ya se burlan de mi con suficiente veneno para quemar a través de mi piel.
Así que decido intentar una táctica diferente, una mentira inofensiva para callarlos.
—Son los zapatos de mi abuela, lo único que poseía cuando inmigro a los Estados Unidos. Se los dio a mi madre, que me los dio a mí como un símbolo de fortaleza y resistencia.
No tengo una abuela, pero la expresión de culpa de Jessica me dice que tal vez estalle su preciosa burbuja dorada finalmente.
El triunfo sube en espiral por mi espina dorsal.
»La próxima vez que abran su boca condescendiente, consideren el hecho de que no saben una mierda.
Rosalie deja salir un suspiro como si la ofendiera.
—Vamos. —Me inclino hacia ellas—. Aquí hay algo acerca de Mike Rivard. —Miro al pasillo lleno, como si me importara una mierda que alguien pudiera escucharme—. Tiene un problema sexual. Todos lo tienen. Lo quieren y si no se los das, lo toman, ¿saben?
Rosalie y Jessica me miran sin expresión. Desorientadas. ¿Cómo no saben esto?
Ajusto la correa de mi bolso en mi hombro, mi piel pica con las verdades que estoy dejando de lado.
—Alguien tiene que dar un paso al frente y hacer a los chicos felices. Solo estoy haciendo mi parte para mantener la violencia sexual fuera de nuestra escuela. Deberían agradecerme.
Hice que eso sonara mucho más caritativo de lo que de hecho es. Solo hago lo necesario para sobrevivir. Que se jodan todos los demás.
Rosalie mira hacia abajo con su nariz arrugada hacia mí.
—Eres toda una puta.
Una etiqueta que he tenido desde mi primer año aquí. Nunca he desanimado sus presunciones sobre mí. La mala conducta sexual requiere pruebas. Mientras no pase en los terrenos de la escuela o no aparezca embarazada, no me echarán. Por supuesto, los rumores empañan mí ya repugnante reputación, pero también distraen la razón real por la que paso tiempo con los chicos de Le Moyne. Esa verdad me expulsaría en un segundo.
— ¿Una puta? —Bajo mi voz en un susurro conspirativo—. No he tenido sexo en un tiempo. Quiero decir, han pasado como cuarenta y ocho horas.
—Me doy la vuelta, espero sus jadeos y giro hacia atrás, sonriendo a Rosalie—. Pero tu padre prometió que compensaría su lapso esta noche.
—Oh, Dios mío. —Rosalie se dobla, tomando su estómago y tapando su boca abierta—. ¡Asqueroso!
¿Su padre? No lo sé, pero el sexo generalmente es asqueroso. Horrible. Inaguantable. Y esperado.
Las dejo en un silencio impactado y paso la primera mitad del día sin perder la sonrisa. Las mañanas en Le Moyne son una brisa, compuesta por todas las clases fáciles del bloque A/B, como Ingles e Historia, Ciencias y Matemáticas e Idiomas. Mientras el mediodía se acerca, nos dispersamos por una hora para el almuerzo y ejercitar antes de cambiar la marcha y dirigirnos a nuestras clases especializadas.
Ejercicio diario y los alimentos son necesarios como parte de la dieta musical balanceada, pero comer es un inconveniente, dado que no tengo comida o dinero.
Mientras estoy parada en mi casillero en el campus, el dolor de mi estómago vacío se despierta con un rugido. En la parte superior del hambre hay un paquete apretado de temor. O emoción.
No, definitivamente es temor.
Miro fijamente a la impresión de mi horario de la tarde.
Teoría Musical.
Seminario de Piano.
Clase principal de rendimiento.
Lecciones privadas.
La última parte de mi día es en Crescent Hall. Aula 1A. Todas las clases son impartidas por Cullen. Durante Literatura inglesa, escucho a algunas de las chicas hablar de lo atractivo que es el Señor Cullen, pero no he trabajado tanto para pasearme por Crescent Hall.
Mi interior se enrosca mientras murmuro en voz alta:
— ¿Por qué tiene que ser él?
El casillero a mi lado se cierra y Alice se inclina alrededor de mi brazo, mirando mi horario.
—Es realmente lindo Bella.
Me dirijo hacia ella.
— ¿Lo has visto?
—Un vistazo. —Mueve su pequeña nariz de ratón—. ¿Por qué importa la parte de que sea un él?
Porque estoy más cómoda rodeada de mujeres. Por qué no me dominan con músculos y tamaño. Porque los hombres son tomadores. Toman mi coraje, mi fuerza, mi confianza. Porque solo están interesados en una cosa y no es mi habilidad para tocas las ultimas barras del Estudio Transcendental No. 2.
Pero no puedo compartir todo eso con Alice, mi dulce, protegida, criada en un estricto hogar. Creo que puedo llamarla amiga. Nunca hemos establecido eso realmente, pero siempre es agradable conmigo.
Pongo el horario en mi cartera.
—Supongo que estaba esperando a alguien como la señora Weber.
Tal vez el señor Cullen es diferente. Tal vez sea amable y seguro como papi y Billy.
Cerca de una cabeza más baja que yo, Alice pasa una mano sobre los mechones sueltos de su cabello negro y hace esa cosa de brincar en las puntas de sus pies. Creo que intenta estirarse, pero más que nada parece que necesita orinar. Es tan pequeña y adorable que quiero tirar de su coleta.
Así que lo hago.
Golpea mi mano, sonriendo conmigo y regresa a sus talones.
—No te preocupes por Cullen. Estará bien. Ya verás.
Es fácil para ella decirlo. Ya tiene un puesto de violonchelista en el Conservatorio de Boston el próximo año. Su futuro no depende de si le agrada a Cullen o no.
»Voy al gimnasio. —Coloca una mochila de la mitad de su tamaño en su hombro—. ¿Vienes?
En lugar de una clase organizada de educación física, Le Moyne ofrece un gimnasio completo, entrenadores personales y una gran variedad de clases de acondicionamiento como yoga o kickboxing.
Prefiero cortar mis dedos 5-4-3 que saltar en una habitación llena de espejos con las chicas en desaprobación.
—Nah. Voy a correr a la pista afuera.
Nos despedimos, pero mi curiosidad por Cullen me llama detrás de ella.
— ¿Alice? ¿Qué tan lindo es?
Se da la vuelta y camina hacia atrás.
—Sorprendentemente lindo. Solo fue una mirada, pero te lo digo, lo sentí justo aquí. —Se golpea el estómago y abre sus ojos angulares—. Tal vez un poco más abajo.
Mi pecho se contrae. Los más lindos tienen los interiores más feos.
Pero soy bonita, ¿no es así? Me dicen que lo soy, menos las personas en las que confió y más a menudo la gente en quién no.
Tal vez mis interiores también son feos.
Mientras Alice rebota lejos y me da su linda sonrisa sobre su hombro, corrijo mis generalizaciones. No hay nada feo sobre Alice.
En el vestidor, me cambio a unos pantaloncillos cortos y un top y me dirijo afuera a la pista que rodea el campus de veinte acres.
La humedad evita que la mayoría de los trescientos estudiantes se aventuren fuera del aire acondicionado en esta temporada del año, pero unos cuantos descansan en las bancas del parque, riéndose y comiendo sus almuerzos. Un par de bailarines practican sus calentamientos sincronizados bajo los imponentes campanarios del edificio del campus.
Mientras estiro mis piernas bajo la sombra de un gran roble, miro por encima de los exuberantes jardines verdes y los senderos de goma. Los mismos senderos que caminé con papi cuando mi cabeza apenas alcanzaba su cadera. Aun puedo sentir su gran mano tragándose la mía mientras me conducía. Su sonrisa estaba tan llena de brillo cuando señaló la catedral tan vieja como la piedra de Crescent Hall y especuló sobre la grandeza de las aulas dentro.
Le Moyne era su sueño, uno que sus padres no podían pagar, Nunca pareció triste por eso. Porque no era un tomador, ni siquiera en sus sueños.
En su lugar, me dio sus sueños.
Doblándome por la cintura, alcanzo las puntas de mis pies y dejo que el estiramiento caliente mis tendones mientras los recuerdos calientan mi sangre. Me parezco a mi mamá con mi cabello y ojos oscuros, pero tengo la sonrisa de papi. Desearía que el pudiera verme ahora, parada aquí en el campus, viviendo su sueño y usando su sonrisa.
Sonrió más, porque su sueño, su sonrisa… también son míos.
—Santa madre de Dios, extraño ese trasero.
Me pongo derecha, la sonrisa se va y mi cuerpo está demasiado rígido para girarme hacia la voz que hace que mis hombros se dirijan alrededor de mis oídos.
— ¿Qué quieres Mike?
—A ti, desnuda. Envolviendo mi polla.
Mi estómago cae y una gota de sudor cae por mi sien. Enderezo mi columna.
—Tengo una idea mejor. Qué tal si te metes tu polla entre las piernas, bailas como Buffalo Bill y te vas a la mierda.
—Eres tan desagradable —dice Mike con una sonrisa en su rostro mientras da la vuelta en mi línea de visión.
Se detiene a una distancia apropiada pero no lo suficientemente lejos. Me alejo.
Su cabello largo se detiene en su mandíbula, los mechones rubios aclarados por el sol del caribe o donde sea que haya pasado su verano. Si su corbata y su botón lo sofocan con este calor, no lo demuestra mientras se toma su tiempo enervándome con su mirada errante.
No entiendo por qué las chicas en Le Moyne pelean por él. Su nariz es muy larga. Su diente frontal está torcido y su lengua se retuerce como un gusano cada vez que entra en mi boca.
—Jesús, Bella. —Su enfoque se centra en mi pecho, quemando mi piel bajo la camiseta de tirantes—. Tus tetas crecieron otra copa durante el verano.
Lucho por poner mis hombros en una posición relajada.
—Si estas pidiendo ayuda este año, intenta de nuevo.
Sus ojos permanecen en mi pecho, sus largos dedos apretados en la bolsa de su almuerzo.
—Te quiero a ti.
—Quieres que haga tu tarea.
—Eso también.
El ruido en su voz me hace temblar. Envuelvo los brazos sobre mis pechos, odiando lo notables que son, odiando la forma en que él flagrantemente los mira, odiando depender de él.
Su mirada finalmente se levanta, plantándose en mi boca.
— ¿Qué le pasó a tu labio? ¿Lo atrapaste en un anillo de polla?
Me encojo de hombros.
—Fue realmente un gran… anillo.
Su expresión se oscurece con celos, y también odio eso.
—Deberías conseguir uno. —Inclino la cabeza ante el sonido forzado de su risa—. ¿Por qué no? Aumenta el placer. —No sé nada de perforaciones, pero no puedo dejar pasar el chiste—. Si tuvieras uno, podrías hacer correrse a una chica.
Su carcajada se rompe con una tos.
—Espera, ¿qué? —Sus ojos se endurecen—. Te hice correrte.
El sexo con él es como quitarse un tampón. Un jalón rápido que termina en un desastre repulsivo, uno que descarto de mi mente hasta que tiene que hacerse de nuevo. No me molesto en decírselo. Puede verlo en mi mirada.
—Eso es una mierda. —Él avanza hacia adelante, cruzando el límite de lo que los espectadores considerarían una conversación amistosa.
Cuando alcanza mi brazo, miro al edificio del campus y encuentro la ventana vacía de la oficina de la decano.
—Tu mamá está viendo.
—Eres una perra mentirosa. —No mira, pero sus manos caen.
—Si quieres mi ayuda, voy a necesitar un adelanto.
Ladra una risa disgustada.
—Demonios, no.
—Haz lo que quieras. —Hago un sprint, manteniéndome en la hierba a lo largo de la pista donde no quema mis pies descalzos.
Solo toma unos segundos para que las largas piernas de Mike me alcancen.
—Espera Bella. —El sudor se forma en su rostro mientras corre a mi lado en su camisa—. ¿Podrías detenerte un minuto?
Retardo mis pasos, anclo mis puños en mis caderas y espero a que recobre el aliento.
»Mira, no tengo nada de dinero ahora. —Saca los bolsillos de sus pantalones—. Pero te pagaré esta noche.
Esta noche. Mi estómago se tuerce, pero sonrío y le quito la bolsa del almuerzo de la mano.
—Esto lo hará hasta entonces.
El almuerzo es el único adelanto que necesito de todos modos. Tiene crédito ilimitado en la cafetería, así que no es que vaya a pasar hambre.
Mira mis pies descalzos, la bolsa de papel en mi mano y hace una pausa en mi labio roto. Para un chico que tiene problemas con algebra, no es estúpido. Más bien desinteresado. Desinteresado en mis problemas. Desinteresado en el plan de estudios.
Ninguno de nosotros está aquí para estudiar ecuaciones cuadráticas o biología celular. Venimos por el programa de artes, a bailar, a cantar o a tocar nuestros instrumentos y a ser aceptados en el conservatorio de nuestra elección. Mike prefiere dedicar su tiempo a follar y tocar la guitarra clásica, no a escribir un reporte de historia en Francés. Por suerte para él, no tiene que preocuparse por los cursos académicos. No cuando puede pagarme para que lo haga por él.
Él no es el único idiota titulado en Le Moyne, pero limito mis servicios a aquellos con las billeteras más grandes y más que perder. Todos conocemos los riesgos. Si uno cae, todos caemos. Desafortunadamente, mi círculo de tramposos se compone en gran parte de Mike y sus amigos.
Y algunas veces toman más de lo que pagan.
Miro en la bolsa de almuerzo, salivando con la vista de la carne asada en el pan crujiente, las uvas y las galletas de chocolate.
— ¿En la noche dónde?
—Donde siempre.
Lo que incluye recogerme a diez cuadras de la escuela, estacionar su auto en un espacio libre y hacer mucho más que tarea. Pero soy la que puso las reglas. No intercambiar tareas en la propiedad de la escuela o lugares públicos. Es muy riesgoso, especialmente con la forma en la que la decano vigila a su hijo.
—Te veo en clases. —Se aleja, su atención fija en la ventana de la decano y la sombría silueta dentro.
El jura que ella no sospecha nada, pero ha estado en mi contra desde que entro como Madre Superiora en mi segundo año. Tal vez sea mi reputación de puta o mi pobreza. O tal vez mi elección de universidad.
El Conservatorio Leopold de Nueva York es la universidad más selectiva del país y solo acepta un músico de Le Moyne cada año. Es decir, si aceptan a alguno de nosotros. Docenas de mis compañeros han solicitado, incluido Mike, pero la señora Weber dice que soy la mejor. Soy a quien iba a recomendar. Lo que hace a Mike mi mayor competencia. Al menos, yo lo era. Sin su referencia, podría estar de vuelta al principio.
Acurrucada bajo un árbol, devoro el almuerzo de Mike y me convenzo de no preocuparme por él. Le gustaré a Cullen. El verá que merezco el lugar. Y esta noche… Esta noche, no me subiré al auto de Mike. Podremos repasar sus tareas en la acera y si tiene un problema con eso, me iré. Lo dejaré reprobar sus asignaturas y fallar en la competencia por Leopold. Encontrare a otro vago para compensar mi pérdida de ingresos.
Mientras corro la pista de tres kilómetros que serpentea alrededor de la propiedad cubierta de árboles, fortalezco mi mente y cuerpo con la solidez de ese plan.
Cuando la alarma de aviso de cinco minutos suena por los edificios, estoy bañada, vestida y pasando por las multitudes en Crescent Hall, mi estómago revolotea turbiamente.
Todo lo que necesitas en un momento.
La confianza de Billy aclara mis pasos, pero es el recuerdo de la energía de papi lo que levanta mis labios. Si estuviera en mis zapatos, caminando por los pasillos que soñó, habría estado tarareando con entusiasmo y un agradecimiento desenfrenado. Puedo sentirlo, su dinamismo contagioso, bombeando mi sangre y acelerando mis pasos al entrar en el aula 1A, el mismo salón de música en el que estuve el año pasado.
Una pantalla impresionante de latón, cuerda e instrumentos de percusión se alinean en la pared lejana. Seis o más de mis compañeros se reúnen alrededor de los escritorios en el centro del enorme espacio en forma de L si caminara por la esquina, vería el gran piano Bösendorfer en la alcoba.
Pero mi atención se dirige al hombre en el frente del salón.
En el borde del escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho, mira la congregación de estudiantes con una expresión inquietante e irritada.
Gracias a Dios no me ha notado, porque no puedo despegar los pies del suelo o apartar la mirada.
Es inesperadamente joven, no tan joven como un estudiante pero tal vez de la edad de mi hermano... Su perfil está rigurosamente esculpido, su mandíbula afeitada limpiamente, pero aun así tan oscura que sospecho que la afeitadora más afilada no quitaría la sombra.
Mientras más miro, más me doy cuenta que no es su rostro lo que lo hace parece más joven. Es su estilo. Muy diferente a otros profesores con sus trajes conservadores y comportamientos modestos.
Es el modo en que su cabello cobrizo está arreglado, corto en los lados, largo y desordenado en la parte superior, como si un empujón de sus dedos dejara caer el caos perfecto en su frente. Sus largas piernas parecen estar envueltas en jeans negros, pero un escrutinio más cercano confirma que está usando pantalones de vestir cortados como jeans. Las mangas de su camisa a cuadros se enrollan hasta los codos y su corbata tiene un diseño a cuadros diferente, lo que no combina pero de algún modo funciona completamente. Su chaleco marrón ajustado es del tipo que un hombre usa bajo su saco, pero no hay saco.
Su aspecto general es casual, profesional con personalidad, desafiando el código de vestimenta pero sin violarlo.
—Tome asiento. —Su voz resonante reverbera por la habitación, sacudiendo mis interiores, pero no está dirigida a mí.
Exhalo un momento de alivio antes de que se incline hacia mí. Sus ojos azules se mueven primero, seguidos de su cuerpo entero. Sus manos toman el borde del escritorio mientras su rostro entra a la vista. Dulce misericordia, joder, palabras como asombrosamente atractivo diluyen el efecto de su imagen. Si, el primer vistazo es una conmoción, pero no es solo su atractivo. Es su presencia, su proyección de auto seguridad y mando lo que me hace sentir desorientada, sin aliento y realmente jodidamente extraña en mis adentros.
Me mira por un segundo eterno, sin expresión y sus cejas se fruncen en una V.
— ¿Usted es…? —Mira al salón detrás de mí y regresa a mi rostro—. No estaba en la reunión de personal de esta mañana.
— ¿Reunión de personal? —La comprensión me golpea en el estómago.
Cree que soy una profesora, y ahora me está mirando como los chicos lo hacen, su mirada se arrastra por mi cuerpo despertando un malestar retorcido en mi vientre. Me recuerda lo diferente que luzco respecto a otras chicas de mi edad y cómo odio esas diferencias.
Tiro mi cartera sobre mi pecho, escondiendo mis partes más notables.
—No soy… —Aclaro mi garganta y forzó mis pies hacia el escritorio más cercano—. Soy una estudiante. Piano.
—Por supuesto. —Se endereza, con las manos metiéndose en los bolsillos, con la voz áspera—. Siéntese.
Sus ojos rígidos y helados me siguen y, maldita sea, no quiero ser intimidada por ellos. Intento fortalecer mis pasos con la confianza que sentía al entrar, pero mis piernas están tambaleantes.
Mientras bajo la cartera al lado del escritorio junto a un escritorio libre, su impaciencia truena más fuerte, más aguda.
— ¡Dese prisa!
Me caigo en la silla, con las manos temblorosas y el latido de mi corazón en la cabeza. Si yo fuera más fuerte, más confiada, no me importaría que su mirada estuviera perforando la mía y disparando mi pulso.
Si fuera más fuerte, sería capaz de apartar la vista.
Hola chicas, bueno en este capítulo vemos como es la vida estudiantil de Bella, la cual no es demasiado buena, ¿Qué opinan de Bella? ¿De Mike? Y ¿Qué tal ese encuentro? En el próximo capítulo veremos la versión de Edward, que sintió o pensó cuando vio a Bella entrar.
Muchas gracias a todas las chicas que han dejado Review! Y a las demás, no sean tímidas y déjenme su opinión.
Espero ansiosa sus comentarios.
Recuerden que los REVIEW SON MI PAGO.
BESOS Y ABRAZOS.
KLARY ANASTACIA.
