Recordaba vagamente aquel día en el que había hecho el pacto que lo transformó en lo que ahora era: un muerto en vida.

Herido, pero de cierto modo, victorioso, necesitaba alejarse de todo lo conocido por Freezer y por él mismo. La búsqueda por el poder había comenzado. La carrera para ser emperador daba inicio y si bien no había comenzado con buen pie, Turles tenía la certeza de que, por fuerza, algo grande debía pasarle. Quizás se lo gritaba su instinto de saiyajin, ese razonamiento lleno de aventuras y peligros y que definitivamente, le decía que no debía morir sin antes saber qué era el triunfo.

La fiebre y la pérdida de sangre cedieron en las horas siguientes, en las que Turles las pasó dormido. La nave espacial con cristal rojizo lo hizo dormir hasta que aterrizara en un lugar seguro. Tenía hambre y una gran debilidad en todo su cuerpo.

-Ojalá… que despierte en un buen planeta… y no muera antes…

Cuando abriera los ojos, debía estar un poco mejor. Podría andar un poco y cazar algo. Y después… ya lo sabría.

El largo sueño que tuvo durante el viaje no lo recordó al despertar. No había sido algo bueno en especial, pero si reponedor.

Cuando despertó, la nave ya había aterrizado en un planeta apartado. Ni siquiera, como averiguó después, la nave le podía decir cuál era el nombre de ese lugar ni sus coordenadas. Eso también eran buenas noticias, pues significaba que había huido de los dominios de Freezer por fin.

Sin embargo, ¿a qué debía enfrentarse ahora?

A simple vista, el planeta en el que había caído no se veía peligroso. Un bosque no muy denso, ríos y lagos, fue todo lo que vio mientras andaba, además de descubrir criaturas pequeñas, como aves y mamíferos como única forma de vida. Se alimentó de esos seres –que extrañamente, no huían de él, pero tampoco lo atacaban-, y luego de otra siesta, Turles pudo volar algunos metros más arriba de la superficie de los árboles y por fin averiguar si ese planeta tenía o no "vida inteligente" y sobre todo, si esa vida no estaba ya bajo el mando del tirano espacial.

El cielo era de un tono violeta muy claro con nubes plateadas. Se adivinaban varias lunas y un sol.

O-O

¿Tenía la certeza de que estaba con vida?

No podría asegurarlo. Ya no sentía hambre ni frío y todo a su alrededor era oscuridad.

Recostado en una áspera tierra, Turles ya no pensaba. Le daba igual, al parecer, este momento que creyó jamás se llegaría, pero que tan sólo pasaron no muchos años. ¿Una década? ¿Más? ¿Menos?

Las protestas del principio de parte suya no sirvieron de mucho. Además, la ebriedad no había pasado del todo cuando fue transportado ahí. Ahora, aparentemente ya no estaba bajo los influjos del alcohol, pero su cuerpo pesaba, quizás, diez veces más y su cabeza parecía a punto de estallar. De cierto modo, agradecía esa penumbra y el sepulcral silencio.

Tenía una cierta idea de qué era lo que le esperaba cuando la luz se encendiera.

O-O

Pasaron varios días en su estadía en ese lugar apartado. Repuso sus fuerzas. Se alimentó y ejercitó lo mejor posible e inexplicablemente, se sintió más fortalecido. Nunca lo habían herido en esa magnitud en su vida adulta y ciertamente, los hombres de Freezer no creyeron que siguiera con vida. Pero ahí estaba Turles otra vez, de pie. Y esa nueva fortaleza era, a su entender, una buena señal.

-¡No lo permitiré otra vez! ¡Nunca, jamás otro infeliz se atreverá a hacerme daño! ¡Yo mataré a quien se interponga en mi camino! A partir de hoy, Freezer y Vegeta deberán cuidarse. Seré el único sobreviviente saiyajin y el emperador del universo…

Era hora de hacer una estrategia. Sus viajes por el universo debían ser muchos para encontrar algo que lo ayudara a sus propósitos. Pero ni él mismo había visualizado la forma.

¿Cómo? ¿Hacer un ejército? Posible, pero difícil. Todos los hombres con habilidades destacables ya eran soldados de Freezer y le rendían una lealtad ciega.

¿Máquinas? No, qué estupidez… Las máquinas más destacables eran el rastreador, las naves y la cámara de recuperación con su extraño líquido.

¿Magia? ¡Ja! ¡Todavía más estúpido! ¿A cuántas especies no había visto sucumbir por esa fe ciega a esas patrañas?

La fuerza, el poder. Eso era lo único que necesitaba. Manipular esa energía. Disponer de ella a voluntad. Restregarles en la cara al resto de los saiyajin y a Freezer que eran unos ineptos y que él había sido el descubridor de algo único, algo quizás, fuera de su imaginación y que probablemente, ni siquiera pertenecía a alguna cosa conocida por los seres vivientes.

Pero, ¿dónde estaba todo eso en la realidad? Podrían pasar años o siglos antes de encontrar siquiera una pista en todo el universo.

Bueno, no es que él fuera a pasarse toda su vida en una búsqueda inútil. Por ejemplo, en ese momento, ni siquiera sabía dónde estaba. A ese planeta pacífico, su hogar provisional, había llegado sin tener un rumbo fijo. Es decir, así como pudo haber caído ahí su nave, también pudo haberse perdido eternamente o caído en uno de los inmensos soles, añadiéndole a todo esto que de algún modo, sus heridas no lo mataron durante el viaje, el cual ni siquiera supo cuánto duró. Destino, casualidad o… ¿suerte?

O-O

Ruido. Chillidos al nivel del suelo que se acercaban a él y se alejaban por momentos. Animales rastreros que comenzaban a acostumbrarse a su presencia, pretendían quizás devorarlo, atraídos por el olor del vino que emanaba de su cuerpo. Un irónico final para un guerrero que sobrevivió a un genocidio y recientemente a la ira de otro saiyajin. Otro guerrero de clase baja que había logrado sobrepasarlo y accedido a ese poder de otra manera inexplicable.

Una sonrisa tonta recorrió el rostro de Turles. Tal vez, Kakarotto había pagado un precio diferente.

-Ese infeliz…

Su voz resonó con un extraño eco a su alrededor. Las criaturas que lo rodeaban, semejantes a los roedores, retrocedieron.

-También es un saiyajin… También es de clase baja… ¿Cómo lo hizo Kakarotto? ¿Cómo es posible que haya llegado a ese nivel?

Los pasos y chillidos se alejaban más. La voz de Turles subió un poco su volumen mientras se hacía todas esas reflexiones.

"¡Ya te dije que mi verdadero nombre es Goku!"

"¡Creo que fue muy bueno que me haya golpeado la cabeza cuando era un bebé, de lo contrario me hubiera convertido en un hombre malo como tú!"

-Ese no era Kakarotto entonces…

Era un pensamiento muy confuso mientras más lo analizaba. Esa nueva personalidad de Kakarotto llamada "Goku" era un usurpador. No había peleado con Kakarotto, sino con "ese otro guerrero". Kakarotto, probablemente, sería igual que Raditz: rindiéndole lealtad a Vegeta y vivir siempre obedeciendo órdenes. Los de clase baja nacen para obedecer y morir.

Pero Goku era diferente. Si, aceptaba ser un saiyajin, pero no como "él", es decir, con todo ese orgullo y poder bárbaro y destructivo. El niño, ese enano hijo de Kakarotto, tenía un nivel muy por encima de los saiyajin de clase baja e imitaba a su padre con ese comportamiento tan opuesto a lo que él había visto y conocido de los otros saiyajin. ¿Qué se proponía Kakarotto, es decir, Goku en realidad? ¿Reescribir la historia de los saiyajin?

Turles frunció el ceño al llegar a este punto.

¿Alguna vez los saiyajin fueron pacíficos? Kakarotto dijo que gracias a ese golpe, ya era distinto. Olvidó por completo sus orígenes.

-Quizás él pudo vivir con eso, pero yo no podría… Aunque, puede ser que no haya mucha diferencia entre nosotros…

Y no se refería a la semejanza física.

En algo Kakarotto y él habían coincidido y eso, los hizo llegar a un nivel bastante elevado a la mayoría de los de su clase y era eso precisamente: se habían deshecho de esa barrera mental. El no autoetiquetarse como seres débiles desde el principio era una ventaja muy buena. Kakarotto y él no tenían ese límite de "obedecerás a los saiyajin más fuertes, sobre todo al rey, al príncipe y a todos y cada uno de los hombres que te sobrepasen".

Pero, aunque el resto de la raza ya no existirá, Raditz, por ejemplo, un soldado de clase baja, se había quedado estancado en la obediencia. En definitiva, el nivel de poder no tenía mucha importancia si la actitud era la adecuada para sobrevivir. Pero ese maldito rastreador… Ese aparato los hacía perder antes de cualquier acción. Por ejemplo, le transmitió miedo en un momento donde pudo haber dado un poco más durante su pelea contra Kakarotto, dejándole como única opción huir.

Soltó un gruñido feroz cuando recordó esto último. Quién sabe qué tintes hubiese tenido la pelea si hubiera alcanzado un fruto del Árbol Sagrado. Nunca lo sabría y por ahora, ese Goku lo creía un cobarde o algo peor, ya que ni siquiera se atrevió a matarlo.

-Así tenga que salir del mismo Infierno, volveré Kakarotto…

No tenía idea de que donde se hallaba, en medio de esas tinieblas, era algo similar.

O-O

-¿Una puerta?

Si, lo era. Mientras vagaba por la espesura de árboles gruesos y cerca de una cascada, después de comer, más allá de un territorio que aún no había recorrido ni sobrevolado, descubrió una puerta de varios metros de altura al pie de una montaña de regular tamaño. La puerta era metálica, gruesa, curva en la parte superior. Estaba sólidamente cerrada.

-Creí que no había nadie en este planeta.

No había casas ni cualquier otra estructura que indicara que no estaba solo, a parte que la de los animales. Ni tampoco había rastros de destrucción. Sólo una puerta.

Se acercó y colocó su mano derecha en la superficie helada.

-Hjmm, tal vez debería hacerla volar en lugar de estar aquí parado como un imbécil viéndola.

Según sus cálculos, si tenía fuerzas para volar, también tendría el poder para derrumbar esa simple puerta.

Sonrió sanguinariamente mientras su Ki se iba concentrando en su mano.

-¡Haaa!

La puerta cedió en un movimiento lento. No logró derribarla, pero la plancha metálica se abrió unos ángulos hacia adentro. Una infinita oscuridad y un viento helado venido desde las profundidades, fue lo único que Turles percibió.

-Esto no es un metal común, de lo contrario, hubiera sido destruido…

Su cuerpo cabía perfectamente por aquella abertura hecha por él. Sin pensarlo más, Turles se adentró.

Seguramente –pensó-, ahí dentro no había nada peligroso. Al contrario, el peligro acababa de ingresar.

Como la oscuridad seguía siendo profunda, aunque tuviera buena visión nocturna, Turles tuvo que usar su Ki nuevamente para alumbrar su camino mientras avanzaba. Pasaron los minutos y el saiyajin no veía algo interesante. Solo las paredes de un túnel que parecía no tener fin.

El túnel era amplio y de gran altura, como si individuos altos pudieran transitar por ese lugar desierto.

-Vaya estupidez. Qué pérdida de tiempo –exclamó, ya apagando la energía que fluía de su mano-. Haré estallar este lugar de una vez por todas.

Cuando su voz dejó de ser repetida por el eco, Turles de pronto volvió a crear una luz brillante con sus manos mientras sus ojos se fijaban sorprendidos a la oscuridad del túnel que le faltaba por recorrer.

-¡¿Quién demonios eres?! ¡Sal de inmediato o haré volar este maldito lugar!

Sus oídos no lo habían engañado. Lo que escuchó había sido un susurro acompañado con el eco de sus palabras. Alguien o algo, lo estaba vigilando.

Por un instante, se sintió un niño otra vez. Justo esta escena era la que se repetía constantemente mientras asesinaba a toda esa raza desde que lo habían enviado. Por otro lado, le encantaba que su desesperada víctima tratara de ocultarse. Era una cacería muy divertida, en la que él veía pacientemente cómo la presa se volvía loca con el acecho y la incertidumbre de saber cuándo el saiyajin los atacaría o de qué modo iba a privarlos de su existencia. Pero volviendo a la situación actual, ahora era Turles quien era acechado. O al menos, así se sentía. Y odiaba sentirse así, aunque era inevitable, pues acababa de huir de Freezer.

-¿Eh?

Una risa pequeña. Más susurros, algunos cerca, otros lejos. Giró sobresaltado cuando sintió una corriente de aire caliente sobre su cuello, seguido de un aroma pútrido, igual al de la sangre en descomposición. Sin embargo, ni detrás ni delante de él había alguien más.

-¡Ya basta, miserables! ¡Destruiré este maldito lugar de una vez por todas!

Su Ki fue cargado en sus manos de inmediato. Uniéndolas y por en medio de ellas, una esfera de energía fue creciendo mientras lanzaba gruñidos de ira y algunos rayos recorrían parte de sus manos y sus antebrazos.

Todo se iluminó con un tono amarillezco. Era la primera vez que Turles cargaba su Ki de ese modo. Ni aun cuando peleó contra los soldados de Freezer o contra las razas que exterminaba al lado de Vegeta y el resto de los saiyajin, había tenido esa necesidad de destrucción (salvo cuando era un Oozaru, claro). Pero esto era diferente. Quien fuera que estuviera ahí tenía que aprender que los saiyajin eran terribles y que lo peor que alguien podía hacer era "acecharlos".

De nuevo, el aire se tornó repugnante. Turles contuvo la respiración mientras se preparaba para atacar. Tenía una gran capacidad en sus pulmones para soportar la respiración. Lanzar el ataque y salir del lugar usando su Ki para impulsarse en el vuelo, era lo de menos y no le afectaría.

Por fin, lanzó la energía. Presto ahora a dar la media vuelta y evitar la molestia del derrumbe hasta la salida, una afilada kunai rozó su brazo, seguida de otras tres que no acertaron a darle, pero eso no evitó que cayera al suelo violentamente ante un golpe dado a su nuca por un objeto increíblemente pesado y resistente. En sus últimos momentos de conciencia, descubrió que todos sus miembros estaban paralizados. Y luego, en medio de un frío mortal que recorrió todo su ser, sintió que era arrastrado a alguna parte en medio de la oscuridad. Entre el aturdimiento y el ruido de la avalancha de rocas que seguramente bloqueaban la salida de ese túnel, el saiyajin percibió unas palabras.

-¿Será él…?

-¡Por supuesto que sí…!

Eran dos voces. Una más grave que la otra, pero que definitivamente, en cuanto se recuperara de ese vulgar asalto, los haría pagar.

O-O

-Bienvenido al Planeta Gokyusan.

-¿Q… Qué?

Luces de antorchas rodeaban una cueva de grandes dimensiones y que en cuyas paredes, hechas de roca, había palcos. Todo en estructura circular para ver en el centro de la cueva una plataforma redonda. Un círculo perfecto de suelo liso y gris, rodeado de gente que vociferaba y gritaban cosas incoherentes. Al norte de la cueva y también frente a la plataforma, había un camino de rocas cubiertas por un tapiz rojizo y al final, un trono. Turles se encontraba en dicha pasarela, frente a ese trono ocupado por un ser pálido y de orejas puntiagudas, además de tener un cabello largo y negro. Sus ojos rasgados se veían furiosos muy a pesar de que su boca tenía una sonrisa burlona.

Al fijar su mirada por el resto de los asistentes que lo miraban aun con todo ese escándalo, descubrió criaturas de razas que jamás había visto. Pero ninguno de ellos, incluido el líder que le devolvía una mirada escrutadora, usaba algo que los delatara como servidores de Freezer.

-Ponte de pie, extranjero –dijo el ser que ocupaba el trono-. Antes de que hagas preguntas, deseo saber tu nombre.

Inmediatamente, Turles se enfureció. Se puso de pie, pero no por obedecer a su interlocutor. Flotó varios centímetros del suelo ante el desconcierto general y después, volvió a preparar otro ataque con su Ki al levantar una mano, apuntando directamente al líder. Hubo revuelo entre los asistentes, en los que se incluían insultos hacia Turles.

El líder se levantó por fin de su trono e hizo callar a todos con un movimiento de su mano. Se veía tranquilo, como si fuera capaz de defenderse de toda esa energía que Turles se proponía lanzar en breve.

-Escucha, extranjero –comenzó a hablar, dirigiéndose al saiyajin-. Sé que estás furioso porque mis hombres te trajeron en contra de tu voluntad y de una manera bastante deshonrosa, pero ya habías tardado demasiado en venir hasta acá. Me urge que te vayas de Gokyusan cuanto antes luego de que hayamos hablado.

Turles desapareció la energía.

-¿Sabías que estaba aquí? ¿Desde cuándo?–preguntó, aun molesto.

-Por supuesto que lo sé, incluso desde días antes de tu aterrizaje.

El desconcierto de Turles hizo sonreír más a aquel individuo.

-Baja y te lo explicaré. También espero que puedas irte pronto.

O-O

Apartados del escándalo de los monstruos, Turles y extraño personaje entraron a otra habitación más reducida, seguidos por una mujer de apariencia similar a su líder, salvo que ella tenía el cabello rojo y sobre éste una especie de tiara turquesa con cantos dorados. El saiyajin observó que, ceñido sobre la cintura, aquella mujer llevaba varios kunai.

Cuando hicieron un alto en aquel lugar elegante y lleno de muebles y lámparas, la mujer, de pie, se colocó varios pasos detrás del asiento que ocupó su líder, el cual indicó a Turles otro asiento situado delante de él. El saiyajin se negó a ocuparlo. Estaba todavía a la defensiva y en su mirada todavía se le adivinaba su intención de querer asesinar a esa gente.

-Mi nombre es Shura, soy el rey de la Tierra del Demonio y como te dije antes, este lugar se llama Gokyusan.

Turles escuchó eso sin mucho interés.

-Sé que has venido de muy lejos y que incluso venías herido. ¿Huías de alguien, extranjero?

-Yo no huyo de nadie –respondió Turles con brusquedad.

El rey Shura sonrió.

-Sabes, en otras circunstancias, no habría tolerado tu impertinencia, sin embargo, como ya he dicho antes, quiero que salgas de Gokyusan lo antes posible. Tu presencia está alterando el equilibrio, pero circunstancias desesperadas requieren medidas desesperadas.

-¿Qué carajo es este planeta? No vi nada de interés en la superficie ni en éste lugar que valga mucho la pena –dijo Turles, que sin saber por qué, deseó saber la razón por la que ese tal Shura deseaba que se marchara. Aunque no retiró nunca su expresión seria y fría.

-Gokyusan no es un planeta, aunque pueda parecerlo. Por eso, ni tu nave ni cualquier otra, detectaría nunca las coordenadas de este lugar.

-¿Qué no es un planeta? ¿Qué demonios quieres decir con eso?

-No tengo mucho tiempo para explicarte detalles, extranjero, pero te diré que en cada Galaxia, existe la magia. Y Gokyusan es donde los magos, brujas y demonios podemos manipular los portales que comunican a esta realidad con el Otro Mundo.

Una expresión incrédula se hizo en el rostro del saiyajin.

-Es algo que jamás podrás entender, extranjero. Sin embargo, caíste en este lugar por una razón y la cual es que ambos, tú y yo, necesitamos algo del otro.

-¿Qué?

Shura miró a una de las paredes de la habitación. Un extraño símbolo que Turles no había visto cuando entraron al lugar, comenzó a brillar un poco con un tono rojo intenso. El rey le indicó a la mujer que se acercara y susurró algo a su oído. La mujer asintió y se retiró por una puerta del fondo cubierta por una gruesa tela púrpura y al poco rato volvió con una bandeja metálica cubierta, la cual depositó en una mesita al lado de Shura.

El rey tomó la palabra para dirigirse a Turles nuevamente.

-Quería que me dijeras tu nombre y así evitar más preguntas, pero ya no hace falta que me lo digas, Turles. Tengo esa facultad de saber el nombre con el que fue llamado cada ser viviente. Y ahora, como resta menos tiempo de lo que pensaba, pasemos al tema que nos concierne. Como te dije, no es coincidencia que estés tú aquí ante mí.

-¿Tú me trajiste?

-Tu ambición te trajo a mí. Además, eras la única cosa viva más cercana. Tu fortaleza te hizo sobrevivir. Sin duda, perteneces a una raza sorprendente y por eso, quiero hacer un intercambio.

Shura destapó la bandeja y Turles vislumbró dos objetos: un recipiente cóncavo cuyo interior no veía y al lado de éste, un objeto redondo -un poco más grande quizás del puño de su mano- y de color naranja, además de tener espinas en la superficie. El rey tomó el fruto con una mano y lo mostró a Turles, sonriendo.

-He recibido a cambio de mi magia inmensos tesoros, objetos prohibidos e incluso vidas y a ti te daré algo que bien podría valer más de una Galaxia.

Turles examinó con la vista ese fruto que Shura aun sostenía.

-¿Esa cosa es tan valiosa como dices? No le veo lo maravilloso.

El tono apático del saiyajin hizo que Shura se viera molesto por un instante, pero luego, como si se tranquilizara, sonrió otra vez.

-Eres un blasfemo y un imbécil. Ya te habría hecho añicos desde el principio por solo mirarme.

Turles también sonrió retadoramente.

-Hazlo entonces, sabandija. No sabes lo terribles que somos los saiyajin…

Shura se puso de pie y por respuesta, se limitó a morder y tragar una parte del fruto. Turles no tenía su rastreador, pero de haberlo llevado, adivinaría que éste quizás habría estallado. Shura incrementó su tamaño en un parpadeo con violencia. Sus músculos crecieron y antes de que Tures percibiera totalmente aquella metamorfosis, el rey llegó hasta él con un ágil movimiento. Una mano de Shura tomó rápidamente el cuello del saiyajin y con la mano libre, descargó sobre el estómago de Turles un golpe terrible que estrelló todavía más su armadura. Soltó a Turles y aquel cayó de rodillas, cubriendo su estómago con ambos brazos y respirando dificultosamente. El golpe lo había dejado sin aire y por la dolencia de su cuello y su tráquea, le costó más tiempo poder recuperarse.

-Escúchame mientras estás ahí retorciéndote –dijo Shura, con gravedad-. Este, es el fruto del Árbol Sagrado. A quien lo coma, le dará un considerable aumento en su poder. El Árbol Sagrado proviene del Otro Mundo, concretamente del Infierno. El dios encargado de juzgar las almas es el único que puede comer estos frutos, pero gracias a las brujas que se revelaron ante él, lograron traer varios de esos frutos y recoger sus semillas sin que ese ni cualquier otro dios se diera cuenta. Es el fruto de los dioses y que ningún mortal había probado, hasta ahora.

Mientras Shura hablaba, Turles había logrado ponerse de rodillas con poco más de aliento. Prestaba atención a lo que el rey decía porque su interés se había redoblado con aquella demostración. Shura continuó.

-El Árbol Sagrado crece gracias a esas semillas –dijo mientras señalaba el recipiente que las contenía y que estaba en la mesita aun-. No importa en cuál sea. Sus frutos son numerosos y cada uno tiene el mismo efecto sobre la persona: poseer el poder de ese planeta e incrementar así la fuerza. No había oído hablar nunca de los saiyajin, pero creo que podrás usar esa fuerza de forma muy beneficiosa sobre tu cuerpo. Te serán entregadas todas las semillas del Árbol Sagrado que poseo.

Parecía un sueño. Como por arte de magia y en su primera parada después de ser un hombre libre y justo cuando creyó que la búsqueda por el poder le tomaría años, ese rey le ofrecía la solución a su dilema. Pero Turles no creía en la magia, sin embargo, lo que ese fruto había hecho sobre Shura era tan real… El precio, sin duda, debía ser inmenso.

-Yo no poseo nada…- dijo por fin Turles cuando ya estaba de pie luego de analizar su situación. Salvo por la armadura destrozada y la nave, no tenía nada valioso. Aunque luego, pensó que quizás su persona bien pudiera valer algunos años de esclavitud. Aunque eso tampoco era probable. A Shura le urgía que se fuera.

-No es un objeto lo que quiero de ti –aclaró Shura de inmediato-. Ese desinterés de parte tuya por no querer cuestionarte sobre la existencia de dioses o el Otro Mundo es lo que te hace el candidato perfecto para lo que quiero.

-¿Y qué es lo que quieres?

- Tu alma.

O-O

Una vez más, Turles desconocía lo que eso significaba. ¿Alguna estupidez mágica? Seguramente.

-¿Mi alma?

-Así es. Gokyusan se alimenta de almas cada cierto tiempo para mantener los portales abiertos y... bueno, son un montón de tonterías que no te interesan. El caso es que no muy a menudo se ven almas como la tuya, es decir, con esa maldad casi de nacimiento. Es valiosa, en términos de utilidad mágica y necesito esa alma que posees. Además no tengo mucho de dónde elegir, dado lo limitado de mi tiempo.

-¿Eso es todo? ¿Un alma?

-Sí. Tu alma -y sonriendo, Shura añadió-. Descuida, no la echarás en falta. Ni siquiera notarás algún cambio.

Turles se puso serio. Algo no encajaba en todo esto. No era que dudara de los prodigios del Árbol Sagrado, pero en cuanto a Shura, no sabía qué esperar.

-¿Qué te detiene de que me mates y tomes de mí eso que quieres? ¿Por qué quieres darme algo a cambio?

El rey de los demonios no pudo evitar una pequeña expresión de sorpresa. Evidentemente, el desconfiado saiyajin hacía muy buenas preguntas.

-Cualquier otro ser en tu lugar no se detendría en esos detalles y tomaría lo que le ofrezco sin chistar. Eres muy perspicaz. Pero verás, la regla de este lugar es "dar para recibir". No puedo tomar algo así a la fuerza, o el dios que juzga las almas en el Otro Mundo sabrá que ese ser murió, pero jamás llegará esa alma a ser juzgada ante él y por consecuencia, terminará por encontrar este lugar. Y créeme que eso no le conviene a nadie.

-Ya veo…

Más tonterías y cosas ridículas sobre asuntos que no le importaban y ni quería entender. Lo real era el Árbol Sagrado y su prodigioso fruto. La fuerza y el poder eran lo único existente, no la estúpida magia.

-Está bien –dijo por fin Turles luego de una pausa corta-. Has lo que debas hacer para que esa cosa que tengo sea tuya. En cuanto me entregues las semillas, me largaré como quieres.

Shura sonrió a su vez, mostrando sus afilados dientes.

-Perfecto. Sólo debo decirte un par de cosas: este lugar no puede ser encontrado por los mortales, lo cual quiere decir que, una vez que estés fuera de Gokyusan, jamás podrás volver. También, que el Árbol Sagrado consume totalmente la energía de un planeta, hasta dejarlo seco y la mayoría de las veces, dicho planeta termina por estallar. Tenlo en cuenta para que recojas los frutos lo más rápido posible y… que una vez que me entregues tu alma, no habrá manera ni forma de que vuelvas a recuperarla, por la simple razón de que se consumirá.

-Por eso no te preocupes. No me interesa algo tan inútil.

-Procedamos entonces. En cuanto te lo indique, deberás irte inmediatamente.

-Si, como sea, ya hazlo.

La impaciencia de Turles ante todas esas advertencias divertía un poco a Shura. Quizas por la ingenuidad e indiferencia del saiyajin ante lo único valioso de su ser.

-Mera –dijo Shura a la silenciosa mujer pelirroja que lo acompañaba-. Prepara las semillas para Turles. Deposítalas en algún pequeño costal de tela y entrégaselo cuando terminemos.

-Sí, rey Shura –respondió aquella cuando ya se movía para comenzar a hacer dicho encargo.

Seguidamente, Shura estiró un brazo y su huesudo dedo índice con su afilada uña, tocó la frente de Turles. Shura cerró los ojos y mientras un punto rojo comenzó a brillar en su frente, comenzó a decir unas palabras en un idioma indescifrable con tono grave. Un rezo que duró varios segundos y que al terminar de decir esas palabras, una pequeña brisa de viento fluyó de los pies de ambos. Shura retiró su mano y Turles notó como un hilillo de líquido cálido bajaba por su frente hasta su nariz.

-¡Ah! ¡Mortales! ¡Qué frágiles son!

Turles retiró ese líquido con el dorso de su mano y vio que era sangre. Pero no se sentía herido ni débil.

-¿Terminaste tu estúpido ritual? –preguntó al rey, molesto e impaciente.

-Sí. Ahora, largo de mi planeta. Mera, entrégale las semillas y acompáñalo hasta su nave. Asegúrate de que nada lo haga perder el tiempo y de que no llorará por su alma perdida.

-Imbécil –dijo Turles mientras Mera volvía a acatar la orden de su señor.

O-O

-Por aquí, sígueme.

Mera señaló un túnel cuando salieron de la habitación donde Shura se quedó. Turles, sin hablar y con las señillas del Árbol Sagrado en su poder, caminó detrás de la diablesa.

Como Turles había destruido una de las entradas, Mera debía buscar otra salida, pero no le significó problema. Habían avanzado en medio de una semioscuridad por un largo túnel, cuando Turles notó el ruido de un tintineo metálico que la diablesa producía al caminar. Las kunai chocaban entre si desde la cintura de Mera y sobre su espalda, Turles se percató también de la espada con vaina celeste, el mismo color que todo su atuendo.

-Eres muy diestra con esos cuchillos –comenzó a decir el saiyajin, con un poco de desdén en sus palabras-. Lástima que los uses a traición.

Mera se limitó a caminar sin responder, como si lo que hubiera escuchado fuera cualquier otro ruido producido por el eco.

Turles sonrió un poco. Bueno, ese insulto habría sido respondido incluso con un golpe antes que con palabras, pero la diablesa se limitaba a cumplir la orden de Shura simplemente.

Pasaron varios minutos mientras seguían caminando en silencio, hasta que Mera hizo un alto frente a una puerta idéntica a la que Turles había abierto. La nueva puerta estaba cerrada y Mera procedió a abrirla como si aquella fuese tan ligera como la madera. Turles no señaló este hecho ni mostró asombro en su mirada.

Cuando salieron al exterior, ya era de noche. Se encontraban en una parte de Gokyusan donde Turles ya había estado anteriormente y por ende, sería muy rápido orientarse hasta su nave.

-¿Dónde aterrizaste? –preguntó Mera al saiyajin, con seriedad.

-Volando llegaré enseguida. Regresa con tu jefe y dile que ya me fui.

Mera no mostró ninguna emoción en su rostro ante tal respuesta y antes bien, preguntó de nuevo:

-¿Hacia qué dirección está tu nave?

-¿Acaso piensas seguir las órdenes de ese idiota hasta el final? –dijo Turles, con una sonrisa incrédula- Lárgate y no molestes.

Flotó unos cuantos metros sobre el cielo y orientando su dirección, voló con buena velocidad sin volver la vista a Mera.

Mientras se mantenía en el aire, palpaba la tela que cubría las semillas del Árbol Sagrado. ¿Sería una estafa todo lo que Shura dijo? Ya era algo tarde para analizarlo. Lo que restaba era la práctica. De no ser porque debía irse, habría sembrado una de esas semillas en ese mismo planeta. Pero en fin. De todos modos no sentía que había perdido algo importante de todas formas. ¿Un alma? ¿Para qué le servía algo que jamás había visto y que apenas se enteraba que poseía? Quizás hasta debió de haberla cambiado por algo más si tan valiosa era para Shura.

Un minuto después, aterrizó cerca de un cráter. La nave lo esperaba en el fondo y en el otro extremo del enorme agujero de tierra, sobre la orilla, Mera también aguardaba.

-¡¿Cómo carajo llegaste antes que yo?!- preguntó Turles, ya sin ocultar su sorpresa ante la diablesa.

Por el contrario, Mera se limitaba a observarlo, silenciosa e impasible como siempre. Se acercó con pasos largos y firmes hasta llegar con Turles mientras éste verificaba si en los alrededores había más puertas que Mera pudo haber usado como atajos.

-Ya es hora de que te vayas de aquí –dijo ella al saiyajin, atrayendo la mirada de éste último.

Dueño de sí otra vez, Turles observó a la diablesa para luego mirar su nave.

-Hjmm. No soportaría ni un minuto más.

El saiyajin comenzó a bajar hasta su nave y cuando ya había conseguido llegar a la mitad del camino, la voz de Mera lo hizo girar su cabeza hacia ella.

-La magia es la energía que posee cada individuo en el universo y que da equilibrio a todo lo conocido. También puede ser manipulada, pero aquel que lo haga, deberá reemplazarla con el doble de magia que usó originalmente…

Ante esas palabras, Turles respondió con extrañeza:

-¿Por qué me dices todo eso?

Mera, por primera vez desde que la vio, sonrió.

-Vas a usar magia para tu voluntad. Ya pagaste con tu alma una parte, pero mi señor Shura no te dijo que, cuando la razón por la que usarás esa magia se termine, deberás pagar otra vez.

-¡Ja! ¡Eso es ridículo! ¡Váyanse al carajo ustedes y sus estúpidas reglas! ¡Mi ambición y mi orgullo son más fuertes que cualquier estupidez que digas!

Y cuando llegó a su nave y abrió la compuerta, Mera habló de nuevo.

-Entonces, más pronto de lo que piensas, iré por ti. Ese es mi trabajo.

-¡Cállate de una vez si no quieres que te mate, maldita!

Pero cuando se giró para gritar esa advertencia, Mera ya no estaba.

Iracundo, abordó la nave y cerró la compuerta. Despegó luego de encender la máquina y en pocos segundos, la nave ya había abandonado Gokyusan.

Tal y como Shura había dicho, la nave no detectaba aquel planeta ni ubicaba las coordenadas. La computadora quizás pensaba que el aterrizaje y la partida habían ocurrido suspensa en el espacio, en medio de la nada.

Tiempo después, Turles comprobó que la bitácora no tenía registro de haber hecho un viaje al planeta Gokyusan

O-O

-¡Aquí está de nuevo nuestro querido extranjero!

Las luces de varias antorchas se encendieron de golpe, cegando dolorosamente a Turles por varios segundos. Ya había conseguido sentarse, apoyando su espalda en una de las paredes desde unas horas atrás para evitar que las alimañas que lo rodeaban, lo mordieran. Para esas alturas, esos pequeños seres ya eran una numerosa tropa y sólo esperaban a que Turles durmiera una vez más para por fin, alimentarse hasta llenar.

-¿Cómo estás, Turles? ¿Qué tal tu aventura con el Árbol Sagrado? ¿Recogiste muchos frutos?-dijo la misma voz burlona del principio.

Cuando Turles recuperó la visibilidad, la furia translució en sus ojos.

-¡Shura! ¡Maldito hijo de perra!

-Un gusto saludarte también –contestó el rey con una sonrisa feroz-. Bienvenido de vuelta a Gokyusan.

Detrás de Shura, estaba Mera, acompañada de otro demonio alto, de piel violácea y gordo que examinaba a Turles con perplejidad.

-Y ahora, disfruta de tu celda unas cuantas horas más mientras decido qué castigo te tocará –dijo Shura mientras salía de ese calabozo que Turles examinó con la luz. Mera y el otro demonio, siguieron a su señor. Y antes de que cerraran la puerta de acero, añadió-. Te haré llegar un poco de comida. Quiero que estés vivo un rato más, claro, si no es que mis pequeños y hambrientos aliados se adelantan. ¡Apaguen las luces! ¡Turles necesita reflexionar!