A la mañana siguiente, Richard recibió una llamada. Provenía de la casa de la condesa viuda, parecía ser que Spratt tenía fiebre alta y estaba en la cama, mareado. El doctor Clarkson cogió su maletín y salió de su casa - pasaría un momento por la casa de Violet antes de acercarse al hospital -.

Mientras revisaba a Spratt, Violet estaba de pie junto a la cama y su expresión reflejaba preocupación. El doctor Clarkson se levantó y dejó la habitación de Spratt junto a Violet.

Violet: ¿Qué tiene, doctor?

Richard: No es nada grave... Sólo es amigdalitis. Necesitará reposo y un jarabe que le voy a dejar apuntado.

Violet: ¿Pero qué voy a hacer yo sin mayordomo?

Richard arqueó la ceja y la miró.

Richard: Tendrá que arreglárselas por unos días. Si Spratt se queda en la cama, en dos o tres días estará bien, si no, va a arrastrar la amigdalitis y a la larga será peor.

Violet suspiró.

Violet: Tendré que preguntarle a la señora Crawley como vivir sin servicio.

El doctor Clarkson cambió la expresión de su rostro levemente. Violet se dio cuenta de su cambio de ánimo repentino.

Violet: ¿Se encuentra bien, doctor Clarkson?

Richard: Sí. No es nada.

Violet: ¿Es por la señora Crawley? ¿Ya se lo ha dicho, verdad?

Richard: No me ha dicho nada. Lo he visto yo.

Violet: ¿A qué se refiere?

Richard: Ayer les vi... juntos.

Violet: Desde que se prometieron, están demasiado acaramelados. Eso me produce... un ligero dolor de cabeza.

Richard: ¿Se van a casar?

Violet: Sí, ¿no lo sabía? Lo anunciaron en Downton la semana pasada, durante una cena.

El doctor Clarkson sintió un dolor agudo en el pecho, le faltaba el aire.

Richard: Me tengo que ir.

Violet le acompañó a la puerta.

Violet: Gracias por todo, doctor Clarkson. No se atormente demasiado…

El doctor dejó la casa de la condesa viuda y se dirigió al hospital. Durante el camino no pudo parar de pensar que Isobel estaría allí, en el hospital, como cada día y que tendría que verla. No sabía si decirle que la había visto con Lord Merton o no. No quería encontrarse con ella, de hecho. Ese día habría dado lo que fuera por no verla pero sabía que tenía que acudir al hospital, era su trabajo. El problema era que ella estaría allí. No había manera de evitarla. Pero no quería verla, no quería verla porque sería demasiado doloroso y porque no sabía si podría controlar sus celos hasta el punto que ella no supiera que algo le sucedía.

Richard se tranquilizó al no encontrarse a Isobel por los pasillos del hospital. Entró a su despacho y respiró aliviado. De repente, notó una mano posarse en su hombro. Se giró y ahí estaba Isobel, otra vez dentro de su despacho.

Richard se puso serio, lo que sorprendió a Isobel.

Richard: No puede entrar en mi despacho y darme estos sustos siempre que quiera, señora Crawley. Recuerde que éste es mi despacho.

Isobel: Le estaba esperando aquí para darle un regalo, doctor Clarkson. El doctor Briand y yo le compramos algo para agradecerle que haya dejado al doctor Briand acompañarle esta semana.

Richard: ¿Dónde está él?

Isobel: Se ha ido a primera hora de la mañana hacia Londres. De ahí partirá directamente hacia Francia.

La señora Crawley sacó del bolsillo de su falda un pañuelo blanco y se acercó a Richard.

Isobel: Quiero darle una sorpresa. Le voy a tapar los ojos para que no vea el regalo hasta que lo tenga enfrente.

El doctor Clarkson puso sus ojos en blanco. Isobel parecía muy contenta esa mañana, seguramente sería por los besos que se había dado con lord Merton la tarde anterior. Un pensamiento asaltó la cabeza del doctor: "¿Habrían pasado la noche juntos?"

Richard no se resistió cuando la señora Crawley le puso el pañuelo encima de los ojos y le rodeó la cabeza con él. La sentía detrás de él, muy cerca, notaba sus manos acariciando su pelo involuntariamente mientras le ataba el pañuelo detrás de la cabeza. Richard se puso nervioso al notarla tan cerca. Isobel se separó.

Isobel: No se mueva. Voy a traer el regalo.

La señora Crawley cogió el regalo: un maletín de médico de piel de color negro y lo puso delante de los ojos vendados del doctor Clarkson. A continuación, le quitó el pañuelo de los ojos. Richard tuvo una grata sorpresa al ver cuál era el regalo. Realmente su maletín estaba muy viejo y necesitaba cambiarlo. Ese maletín nuevo parecía más práctico y señorial.

Richard: Muchas gracias.

La cara del doctor Clarkson era de tristeza. Aunque Isobel estuviera allí sonriéndole, sabía que no le quería a él, sabía que amaba a otro, que se iba a casar con otro.

Isobel: ¿Qué le pasa? ¿No le ha gustado el regalo?

Richard: No es eso...

Richard caminó hacia el escritorio.

Isobel: ¿Entonces, qué es?

El doctor Clarkson empezaba a estar incómodo.

Isobel: Dígamelo por favor...

Richard: Tengo mucho trabajo, sería mejor que usted volviera al suyo también.

Isobel: ¿Por qué está tan distante?

Richard: No estoy distante.

Isobel: Sí que lo está y no me voy a ir hasta que me diga por qué.

La señora Crawley se sentó en la silla que había delante del escritorio del doctor Clarkson. Richard sabía lo cabezona que era, no se iba a ir hasta averiguar que le pasaba.

Richard: Sus pacientes están esperando, la necesitan...

Isobel no contestó. No estaba interesada en seguirle el juego. Solamente quería saber qué perturbaba al doctor Clarkson, qué parecía haberle robado la alegría. Era su mejor amigo y realmente la preocupaba.

Richard se resignó.

Richard: Ayer la vi con lord Merton...

Isobel tragó saliva. El momento era realmente muy incómodo. Durante algunos segundos, ambos permanecieron callados evitando mirarse a los ojos.

Isobel: Tenía que habérselo dicho...

Richard: ¿Por qué no lo hizo?

Isobel: No lo sé...

Pero la señora Crawley sí que lo sabía. No se lo había dicho porque esos últimos días había estado sintiendo cosas por el doctor Clarkson que no había sentido antes.

Richard: ¿Lo hizo por qué pensó que yo me disgustaría?

Isobel: Sí, supongo...

Richard se quedó en silencio unos segundos. La señora Crawley no sabía qué hacer, le dolía en el alma ver al doctor triste.

Isobel: Diga algo, por favor.

Richard alzó la mirada hacia ella.

Richard: Pensé que si algún día consideraba el casarse de nuevo, me tendría en cuenta.

La señora Crawley lamentó haberle apremiado a decir algo. Se sentía muy mal. Se acercó al doctor Clarkson, quería consolarlo pero no sabía cómo. El doctor Clarkson no quería estar cerca de ella en aquellos momentos, se moría de dolor y celos.

Richard: Váyase por favor.

Isobel dudó.

Richard: Por favor.

La señora Crawley se dirigió hacia la puerta, lo miró una vez más antes de salir.

Isobel: Debe saber que lord Merton me pidió que me casara con él por amor.

El doctor Clarkson pensó que Isobel se estaba comportando de un modo cruel diciéndole aquello. ¿Qué pretendía?

Isobel: No he accedido sólo para hacerle compañía.

Richard frunció el ceño. ¿Acaso Isobel creía que su intento de proposición había sido sólo para dejar de sentirse solo? La señora Crawley abrió la puerta, salió y la cerró tras ella.

La futura lady Merton apoyó la cabeza contra la pared del pasillo. No quería ver a Richard así. ¡Por Dios! Era su mejor amigo. No había obrado correctamente ocultándole su compromiso pero tampoco esperaba que se lo tomara tan mal. Tenía que haber algo más… ¿Podría ser que el doctor Clarkson tuviera un interés romántico en ella? ¿Qué la viera como algo más que una amiga y compañera? Isobel se sacudió la cabeza para sacarse esos pensamientos, que le agitaban la respiración, de encima. Se miró el reloj: quedaban pocas horas para la cena que lord Merton había organizado para que ella conociera formalmente a sus dos hijos. Tenía que prepararse.

Lord Merton la recogió en su casa a las cinco en punto. Isobel estrenaba un nuevo vestido. Quería sentirse plenamente feliz pero no podía dejar de pensar en la conversación que había mantenido con Richard esa mañana y en lo mal que lo había visto.

Dickie saludó a Isobel con un beso casto en los labios. Después subieron al coche que los llevaría a la cena.

Mientras la casi feliz pareja se dirigía a la cena, el doctor Clarkson se encontraba en el hospital, solo, con un whisky en la mano. No podía evitar sentirse traicionado por la señora Crawley. Si bien había aceptado que él no se casaría con ella, también había dado por hecho que ella no se casaría con nadie, que ella no estaba interesada en el matrimonio. Nunca se hubiera imaginado tener que pasar por aquello: verla prometida con otro hombre.

Se acabó el whisky y se marchó a su casa. Fuera hacía frío pero él ni siquiera se puso el abrigo. Al llegar a casa, siguió bebiendo…

La cena transcurrió de un modo fatal para Isobel. Estaba claro que los hijos de lord Merton no la aceptaban. Las duras palabras que le dedicaron la hicieron sentirse menospreciada y humillada no sólo delante de lord Merton sino también de toda la familia Crawley. Isobel solamente deseaba que la velada acabara para poder llorar en un lugar a solas.

Cuando por fin se fueron los hijos de lord Merton, Isobel se quedó a solas con Dickie. Ella no quería ni mirarlo a la cara. Se sentía muy mal. Nunca hubiera creído que las palabras insolentes de dos jóvenes podrían causarle tanto dolor.

Merton: Isobel, cariño. Mírame, por favor.

Isobel le hizo caso.

Merton: Lo siento, de verdad. Espero que esto no cambie tu decisión.

Isobel: ¿Sigues queriendo casarte conmigo?

Lord Merton se indignó.

Merton: Claro que sí. ¿Acaso lo dudas?

Isobel: Creo que necesito tiempo para pensar lo que voy a hacer.

Lord Merton se acercó a ella. Quería estrecharla entre sus brazos. La señora Crawley se apartó levemente para impedírselo.

Merton: Está bien, como quieras.

Isobel no dijo nada.

Merton: Mis hijos son unos maleducados, lo admito. Se parecen mucho a su madre… Pero no dejes que eso nos separe.

Lord Merton bajó la cabeza, dispuesto a irse. Entonces Isobel recordó lo comprensivo que había sido con ella el día anterior, al encontrar en su casa a un hombre del que ni siquiera le había hablado y al que le había ocultado que estaba prometida. Dickie no se merecía esto, ella tampoco quería terminar con él.

Isobel: No te vayas.

Merton se acercó a ella.

Isobel: Tienes razón. Quiero seguir adelante con nuestro matrimonio. Ya veremos qué hacemos con tus hijos.

Merton: Te acabarán aceptando y si no… Pues no me importa. Lo más importante para mí eres tú.

La señora Crawley le sonrió, cuando le decía esas cosas la hacía sentirse muy querida, tan querida como hacía años que no se sentía.

Lord Merton la rodeó con sus brazos y le dio un beso en el cabello para despedirse.

Isobel volvió a su casa en coche. Se pasó todo el trayecto intentando decirse a sí misma que no ocurría nada, que todo estaba bien. Pero había algo en su cerebro que la hacía sentirse triste. Notaba una leve presión en el pecho. Una leve sensación de ahogo. Necesitaba llorar. Demasiadas emociones… El disgusto no se le pasaba y no comprendía por qué. Ella nunca lloraba, era una mujer muy fuerte.

Al entrar en casa se derrumbó. Las lágrimas le brotaban de los ojos a borbotones. Apoyó su espalda contra la puerta de entrada y fue deslizándose hacia abajo hasta quedarse sentada en el suelo. Flexionó sus rodillas y hundió su cara entre ellas. La casa estaba a oscuras, seguramente Molesley y su cocinera ya estaban durmiendo. Las lágrimas no cesaban e Isobel sentía una tristeza desproporcionada con lo que había vivido esa noche.

Quizá había sido demasiado ingenua al pensar que todo sería fácil junto a lord Merton, que no tendrían ningún obstáculo que vencer a su edad. Quizá su mente no había soportado la idea de que personas tan jóvenes la criticaran de esa manera.

Pero no sólo eso le rondaba por la cabeza. También pensaba en Richard, eso aumentaba su tristeza. Por su culpa, Richard se había sentido mal. ¿Estaría bien? Ojalá se hubiera calmado. Ojalá la hubiera perdonado. Tenía mucho miedo de perder su amistad con el doctor Clarkson para siempre. Eso no se lo podría perdonar nunca.

Pero había algo más… En aquel preciso instante se sentía sola. No estaba respaldada por la familia de su prometido, Violet estaba muy ocupada a raíz de su incipiente romance con el príncipe Kuragin y su mejor amigo se había enfadado con ella. Eso último era lo que más la preocupaba en realidad.

Isobel hizo un esfuerzo por levantarse. Se secó las lágrimas con la manga del abrigo. Luego se lo quitó y lo colgó. Se quitó el sombrero y también lo colgó. Caminó lentamente, con pasos inseguros, hacia la escalera y se detuvo a sus pies. Miró el teléfono situado a su izquierda. Cogió el auricular. Lo colgó. Dudó. Lo volvió a coger. Lo volvió a colgar. Lo cogió con fuerza. Definitivamente iba a hacerlo, quería hacerlo, necesitaba hacerlo. Necesitaba a Richard con ella, necesitaba estar bien con él. Necesitaba a su mejor amigo. Él era quien siempre había estado a su lado. Quería que la consolara, quería ver si él se encontraba bien, quería que él la hiciera sentir bien a ella. Quería, en definitiva, encontrar un alivio a su corazón destrozado, aun no sabía muy bien por qué…

Marcó el número del hospital, del despacho de Richard concretamente. Le temblaba el pulso. Sabía que lo más probable era que no estuviera allí a esas horas pero tenía la esperanza de que sí porque llamarlo a casa le sería más difícil aún. Isobel se acercó el auricular a la oreja y esperó. No contestaron. Colgó.

La señora Crawley dudó mucho antes de marcar el teléfono de casa de Richard. No quería molestarlo a esas horas pero le necesitaba tanto junto a ella… No aguantaba ni un minuto más esa frialdad entre ellos. Necesitaba que la perdonara y que la consolara.

El teléfono estaba sonando en casa de Richard. Isobel aguardaba al otro lado de la línea.

Richard se despertó con el ruido del teléfono, se había quedado dormido en el sofá, abrazado a la botella de whisky, ya vacía. Se sentía mareado. Avanzó con dificultades hacia el teléfono y lo cogió justo antes de que Isobel colgara.

Richard: ¿Si?

Isobel no habló. La voz de Richard sonaba extraña.

Richard: ¿Si? ¿Quién llama a estas horas? ¿Es alguna urgencia?

Isobel: Soy… soy yo, doctor Clarkson.

El doctor Clarkson se quedó perplejo al oír la voz de la señora Crawley al otro lado del teléfono. Sus pulmones se ensancharon y de repente empezó a respirar sin dificultades. Estaba hablando con ella.

Isobel: ¿Podría venir a mi casa? Necesitamos hablar.

Richard: Son las doce de la noche.

Isobel: Lo sé… Lo siento, no debí llamarle.

Richard: ¿Se encuentra bien?

Isobel: Sí…

La señora Crawley notó como una lágrima le rodaba por la mejilla.

Isobel: Bueno, no… No lo sé.

Richard se preocupó.

Richard: Voy para allá.

Isobel colgó el teléfono. Se sentía más tranquila. Su mejor amigo estaba en camino.

El doctor Clarkson empujó la puerta entreabierta de la casa de la señora Crawley. Le había costado algo orientarse en plena noche y llegar hasta allí. Sin duda alguna, su falta de orientación era consecuencia de la botella de whisky que se había bebido.

Richard: ¿Señora Crawley?

Isobel se acercó a la puerta para recibirle. El doctor Clarkson se dio cuenta en seguida que estaba llorando.

Isobel: Estoy aquí.

A pesar de la decepción que había tenido al verla con lord Merton, a pesar de su reciente enfado, no pudo evitar avanzar hacia ella y envolverla con sus brazos. La señora Crawley apoyó su cabeza en el pecho de Richard y dejó que él la abrazara.

La señora Crawley se sentía muy bien entre los brazos del doctor Clarkson. Levantó la cabeza para mirarlo a los ojos. Richard no la soltó, no quería.

Isobel: ¿Sigue enfadado conmigo?

Richard negó con la cabeza. Isobel volvió a reclinar su cabeza en el pecho del doctor Clarkson.

Isobel: Gracias a Dios…

Richard: Nunca podría enfadarme con usted.

Ambos caminaron hacia el salón y se sentaron en el sofá. Richard la miró a los ojos, hablaba con dificultad.

Richard: ¿Por qué está así?

Isobel notó que las lágrimas volvían a brotarle de los ojos al recordar lo sucedido.

Isobel: Hoy he conocido a los hijos de lord Merton.

La expresión en el rostro de Richard cambió.

Isobel: Lo siento, no sé si quiere que se lo cuente. Perdón, he sido irrespetuosa recordándole el motivo por el cual se ha enfadado conmigo…

Al doctor Clarkson le dolía oírla hablar de algo que tuviera que ver con la relación que Isobel mantenía con lord Merton, pero más le dolía que eso le impidiera contarle sus problemas.

Isobel no podía dejar de llorar. Richard estaba perplejo porque había visto visto llorar a Isobel solamente una vez, poco después de la muerte de su hijo. El doctor Clarkson sacó de su bolsillo un pañuelo de tela y se lo dio. Isobel lo miró, agradecida.

Richard: Cuéntemelo, por favor…

La señora Crawley le relató, entre sollozos, lo que había sucedido y lo mal que la había hecho sentir. Richard sintió rabia hacia los hijos de lord Merton.

Isobel: Gracias por venir. Es usted mi mejor amigo. Gracias por todo, de verdad. Ni se imagina lo que usted significa para mí. Esta noche me he dado cuenta de que es una persona muy importante para mí. Gracias por estar aquí, de verdad.

Richard no pudo evitar volver a abrazarla. La empujó hacia él con su brazo izquierdo. Ella no se resistió. Se sentía tranquila en sus brazos. El doctor Clarkson la envolvió con sus brazos y apoyó su cabeza en la de ella. Isobel notó un cierto olor a whisky, pero no le desagradó.

Isobel se sentía extraña aquella noche, notaba una tristeza profunda desproporcionada con todo lo que había vivido aquél día. Se sentía levemente mareada.

El doctor Clarkson no se podía creer que estuviera abrazando a la mujer que amaba, que estuviera a solas con ella, en su casa, a altas horas de la noche y abrazado a ella. Todo estaba en silencio. No se pudo controlar y le dio un tímido beso en el pelo, luego miró sus ojos cerrados y vio una lágrima derramarse por uno de ellos. Instintivamente, acercó sus labios a la lágrima y la besó. Estaba salada. A continuación le besó la nariz y se acercó más a ella.

La señora Crawley abrió los ojos, sorprendida. Richard era demasiado tímido como para besarla de aquella manera, sin su permiso y sabiendo que ella estaba prometida. Seguramente esos atrevimientos debían ser efecto del whisky…

Isobel notó el cuerpo de Richard aproximarse más al de ella, casi reclinándose sobre ella mientras le besaba levemente la piel de debajo la nariz, haciéndole cosquillas en ésta con su bigote. La señora Crawley seguía quieta. Se separó bruscamente al notar la erección del doctor Clarkson en su muslo.

Isobel: Doctor Clarkson, por favor…

Richard se retiró. Se había dejado llevar, como si de un sueño se tratara.

Richard: Perdóneme, no sé qué me ha pasado. Mejor me voy.

Isobel: Sí, creo que será lo mejor.

Richard se puso el abrigo y el sombrero y se dispuso a salir. Isobel lo llamó.

Richard: Dígame.

Isobel: Gracias por venir. Nos vemos mañana, en el hospital.

Richard: Sí, nos vemos mañana, en el hospital.

Una vez el doctor Clarkson se hubo marchado, la señora Crawley se sentó en el sofá.

Ya no sentía ganas de llorar.