Capítulo IV
Sentimientos encontrados
La semana había pasado más rápido que un suspiro. Entre sus prácticas, los pacientes, las clases, la compra del vestido, la organización del viaje y demás, Candy se sorprendió al encontrarse ya en su última clase del viernes.
La clase del viernes por la mañana aún no había llegado a su fin, y ella ya sentía vibrar su smartphone. No podía atender, estaban en pleno taller y debían presentar uno de los tantos casos clínicos que Mary Jane les había dejado. La jefa de enfermeras le había dado permiso para ausentarse a sus guardias del viernes, sábado y domingo, pero las clases de los viernes por la mañana eran obligatorias y definitivamente no podía faltar. Eran pasadas las diez de la mañana, y sabía que pronto se podría ir. Albert también lo sabía, ¿entonces por qué no dejaba de vibrar su loco móvil?
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
-¿Qué es ese sonido? –susurró Flanny, quien estaba sentada a su costado.
Candy la miró sorprendidísima. Desde aquella discusión, Flanny no le había dirigido la palabra. Cosa que por un lado, Candy agradecía enormemente, pero por el otro, hacer equipo con una persona que ni siquiera te devuelve el saludo, podía dificultar enormemente las tareas.
-Es mi teléfono celular, que está en modo vibrador –respondió, en el mismo tono de voz.
-¡Pues, apágalo! -la reprendió Flanny.
-No puedo –respondió Candy entre dientes –Mary Jane nos está mirando.
Efectivamente, la jefa de enfermeras no les quitaba la mirada de encima. ¡Diablos! Encima aquella mujer sí que daba miedo. Con el entrecejo fruncido, los labios apretados, y el pelo canoso recogido fuertemente en un rodete, estirándole toda su morena cara arrugada. Parecía más exigente que de costumbre.
-Señoritas Hamilton y Andrew, ¿tienen algo que agregar? –les preguntó en un fuerte pero serio tono de voz.
-No señora –respondieron al unísono, bajando automáticamente la cabeza.
-Pues, entonces, les aconsejo que permanezcan en silencio mientras sus compañeras exponen sus casos clínicos. Sé que la señorita Andrew está ansiosa por irse, pero no falta mucho para que termine la clase –agregó, mirándola a Candy fijamente.
Un intenso rubor cubrió el rostro de la joven.
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrr"
Continuaba vibrando su celular. "¡Cielos, Albert!" pensó completamente nerviosa y alterada, mientras hacía el esfuerzo sobre humano de sacar el móvil de su bolsillo sin que nadie más lo notara, y apagarlo.
El resto de la clase pasó sin ningún contratiempo más, a excepción de que salieron cerca de las once de la mañana, es decir, una hora más tarde. Ni bien puso un pie en el pasillo, Candy volvió a encender su móvil, dando por iniciada la catarata de pitidos de llamadas perdidas. Estaba escribiéndole un mensaje a Albert, cuando volvió a sonar su teléfono celular.
-¡¿Dónde te habías metido?! –la voz sedosamente profunda y evidentemente enojada de Albert, la sobresaltó.
-¿Perdón? –respondió sintiendo a la furia crecer en su interior. Estaba de acuerdo en ayudar a su amigo en todo, y sabía que si fuera posible iría hasta al mismísimo infierno por él, pero aquel acoso telefónico ya era demasiado, y definitivamente debía terminar. –Albert, creí que te había dejado bien clarito que tenía clases.
-Tenía entendido que tus clases terminaban a las diez de la mañana.
-Pues hoy no, nos hemos retrasado.
-No me digas, no lo había notado… -respondió irónico.
-¡Albert, por favor! No puedes comportarte así, tus constantes llamadas me dejaron loca en plena clase, además estaba por…
-Candy –la interrumpió –no tenemos tiempo que perder. Un chofer te está esperando para traerte al aeropuerto. Tu equipaje ya está en el baúl del coche. Salimos en una hora –y colgó.
Candy se quedó mirando su móvil con cara de pocos amigos. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Y el saludo? ¿Desde cuándo Albert era tan frío? Y de repente, sin que pudiera evitarlo, sintió todo el peso de la semana en sus hombros, y sus ojos se llenaron con lágrimas. Quería llorar, agarrarse de las rodillas y acurrucarse en un rincón. O bien, meterse en una cama, taparse hasta las orejas con las sábanas y así quedarse todo el bendito fin de semana. No quería viajar, no quería trabajar, no quería hacer absolutamente nada. Estaba cansada, muy cansada.
Un par de minutos después, su móvil comenzó a sonar de nuevo. Atendió sin siquiera mirar de quién se trataba, pues ya lo sabía.
-¿Algo más? –respondió furiosa con voz ronca.
-Pequeña… -la voz de Albert envuelta en un suspiro, le llegó hasta lo más hondo de su ser. Era suave, con ciertas notas de arrepentimiento. –Lo siento…
Candy no contestó y caminó hasta unas columnas, tratando de esconderse de las miradas curiosas. El hecho de que él le pidiera disculpas, sólo presionaba con más intensidad el botón que liberaba a las lágrimas retenidas durante toda la semana.
-Por favor, entiende, estoy muy estresado… –continuaba aquella melodiosa voz masculina –Sólo quiero que vengas, lo más pronto posible…
-Sí, yo también estoy bastante estresada Albert. Ha sido una semana de infierno. Además, de seguro quieres que vaya lo más pronto posible, porque dentro de una hora salimos a tu estúpido viaje, para prepararnos para tu estúpida reunión de fin de semana ¿cierto? –el reproche de Candy salió a borbotones de sus labios, sin que ella pudiera detenerlo a tiempo. Pero estaba cansada y hastiada, las prácticas de enfermería la estaban agotando enormemente, y aquello había sido la gota que derramó el vaso.
-No. Quiero que vengas, porque quiero verte...
Aquella susurrante frase hizo que el corazón de Candy diera un salto y se derrumbaran todas sus barreras. Inmediatamente las lágrimas se detuvieron.
-Enseguida estoy allá –dijo, y colgó. Definitivamente, pensó, el estrés estaba haciendo estragos en ambos.
Candy salió de la escuela de enfermería, y sintió cómo una intensa y pesada ola de calor golpeaba sus mejillas. Levantó la vista, y vio a lo lejos unos grandes nubarrones negros. Volvió a fijar su mirada al frente, y observó un Mercedes Benz negro que estaba aparcado, con el símbolo Andrew en su parte delantera. El chofer ni bien la vio, salió del coche impecablemente vestido con un traje negro, y con un gesto en su gorra la saludó abriéndole la puerta trasera. El aspecto corpulento, y su aire pensativamente encubierto y amenazador, le indicaron a Candy que además de chofer era un guardaespaldas. Ella dio un profundo suspiro. No importaba cuánto tiempo pasara, jamás se acostumbraría a todo el lujo y a la exagerada seguridad que como una Andrew debía soportar.
Ingresó al coche, saludó al chofer, programó la música de su smartphone y se colocó los auriculares. Y entonces, cerró los ojos. Quería, deseaba con todo su ser, descansar de la realidad por un momento.
No supo cuánto tiempo tardaron en llegar al aeropuerto, pero supuso que no había sido mucho, ya que ni siquiera había llegado a dormirse. Tal vez el chofer conocía algún atajo, ya que ella sabía de antemano, lo ajetreado que se podía poner el tránsito a esas horas.
Bajó del coche, y esperó al ver cómo el chofer cargaba con su equipaje. Luego, ambos se dirigieron al jet privado que los esperaba a un costado de la pista de aterrizaje.
Candy ingresó a la cabina principal del avión, aún más sorprendida que cuando lo vio desde afuera. Con la boca abierta paseó su mirada por aquel increíble y opulento interior. A lo largo de su vida como integrante de la familia Andrew, Candy había visto varios jet privados. Pero como aquel, ninguno.
La cabina era espaciosa, con un amplio pasillo central. La gama de colores era neutra con detalles marrones y de un azul glacial. A su izquierda había asientos envolventes giratorios con mesas, mientras que a su derecha se veía un sofá modular. Cada silla tenía al lado una consola de entretenimiento de uso individual. Y estaba casi segura que al fondo del avión se encontraría un dormitorio y uno o dos suntuosos baños.
Un auxiliar de vuelo se acercó a ella para guardar su bolso de mano, y luego le indicó que tomara asiento en una de las zonas de sillas que tenían mesa.
-El señor Andrew llegará en un momento —informó—. Mientras tanto, ¿quiere tomar algo?
-Eh, si. Agua, por favor. —Respondió, aún tartamuda.
Miró su reloj, y vio que eran casi las doce del mediodía. Arrugó su nariz. "Vaya, y él que estaba tan apurado…", pensó disgustada. Pero no tuvo tiempo ni de sentarse donde le habían indicado, que una mano apoyada en la parte baja de su espalda la sobresaltó.
-¡Hola, Candy! –le saludó aquella sedosa voz, mientras depositaba un beso en su mejilla.
-¡Albert! Hola…
-¿Nos sentamos?
-Sí…
Candy se regañaba así misma por estar tan nerviosa, pero cómo no estarlo si jamás lo había visto tan apuesto. Albert llevaba unos pantalones negros de traje y chaleco a juego. La camisa y la corbata, de color gris, hacían un excelente complemento. Y aunque en sus ojos se notaban las ojeras del cansancio, no lograban ensombrecer el impacto de su atuendo.
Se sentaron uno al lado del otro, y Candy perdió su mirada un segundo en el cielo que se veía a través de una de las tantas ventanas que había a su costado. Negros y tenebrosos nubarrones comenzaban a cubrir el firmamento.
-Va a llover… -dijo.
-Sí, por eso estábamos un poco apurados, Candy. Está pronosticada una intensa tormenta para esta tarde, debemos llegar a Lakewood cuanto antes.
-Ah… ¿entonces era por eso? ¿No era porque deseabas verme?
Albert recorrió su rostro con su intensa mirada azul.
-Siempre deseo verte, pequeña…
-¡Eres todo un don Juan! –se burló ella, aunque sentía al rubor arder en sus mejillas.
Luego de aquello, y una vez que se encontraban ya en el aire, volando, atravesando grandes y negros nubarrones que definitivamente hasta daban un poco de pánico; Albert abrió su laptop y comenzó a trabajar con números, fórmulas, estadísticas y demás. Candy lo observó por un buen rato, totalmente asombrada y extasiada. Jamás lo había visto trabajando, así que jamás imaginó que fuera tan afrodisíaco. Verlo tan concentrado, y con su traje que cubría a aquel exquisito cuerpo de hombre, era algo inevitablemente hipnotizante. Y entonces se imaginó a ella misma sentándose a horcajadas encima de él, aflojándole la corbata, abriendo los botones de su camisa, recorriendo su pecho con las manos, mientras tomaba salvajemente aquellos masculinos labios, para devorarlos en un beso que dejaría a ambos sin sentido…
-¿Te gusta lo que ves? –preguntó Albert, con media sonrisa en sus labios, pero sin levantar la vista de la pantalla.
-¿Perdón?
Albert fijó su pícara mirada celeste en ella.
-¿Quién dijo que te miraba a ti? –Trató de disimular Candy-. Estaba muy interesada viendo cómo juegas con tus millones, nada más.
Una espontánea carcajada masculina llenó el recinto, atravesándola hasta los huesos.
-Por eso preguntaba. Sé que la economía puede ser un tanto aburrida…
La había pillado, ¡diablos!
-Si quieres puedes mirar una película, escuchar música, o jugar a algo –agregó él, aún sonriendo –o si prefieres puedes recostarte un poco. De todas formas, en una hora estaremos llegando a Lakewood.
Ella no contestó, y prefirió agarrar unos apuntes que había llevado, para ir adelantando en sus estudios. Pero antes, se le ocurrió una última pregunta.
-¿Siempre viajas en este avión?
Albert la miró sin comprender.
-Es que es la primera vez que lo veo -explicó Candy-. No recuerdo a ningún otro que fuera tan fino, y que derrochara tanto lujo y tecnología como lo hace éste.
Albert dio una rápida mirada a su alrededor.
-Sí, este jet lo uso para cuando quiero cerrar un negocio -respondió-. Es bueno mostrar a los clientes un poco de lo que se puede ofrecer. Además, mañana este mismo avión irá a buscar a los Rockefeller. Así que necesitábamos algo de alta gama.
-¿Recién mañana? –Candy se atragantó con el agua que estaba tomando. -¿Entonces, por qué viajamos hoy?
-Candy… -Albert apartó un poco su portátil un momento, y se giró para tomarle de las manos. –Es necesario que planeemos bien, y que nos organicemos bien para este fin de semana. Y para eso necesitamos tiempo. No puede haber errores. Si John se llegara a dar cuenta de que le estamos mintiendo, no sólo no nos apoyaría en el proyecto, sino que además nos haría la cruz de por vida. Y eso no puede pasar ¿lo entiendes?
Candy tragó en seco.
-Jesús, Albert… Es demasiado arriesgado…
-Lo sé, pero si salen bien las cosas, salvaríamos un montón de vidas. –Finalizó dándole un suave beso en la frente, y volviendo de inmediato a su trabajo.
Una hora más tarde, ya estaban pisando las tierras de Lakewood. Un intenso chaparrón de verano se había desatado, y Albert no dudó en abrazar a Candy fuertemente para cubrirlos a ambos bajo un inmenso paraguas negro, mientras gente del servicio se encargaba del equipaje. Debían recorrer pocos metros hasta llegar al coche que los estaba esperando, pero una fuerte ráfaga de viento dio vueltas el paraguas y lo arrancó de sus manos, dejándolos totalmente bajo la intensa lluvia. Albert quiso salir en busca del paraguas, y corrió tras el pedazo de tela dado vuelta, pero hasta parecía que el viento se burlaba de él, ya que con cada paso que él daba, el viento empujaba al paraguas unos metros más. Toda la cómica escena finalizó cuando el paraguas dando varias vueltas por los aires, terminó enganchado de una de las ramas de los árboles que rodeaba a la pista de aterrizaje. Albert se encontraba furioso, pero cuando giró su mirada se encontró con una Candy totalmente empapada, destornillándose de la risa. Él miró su carísimo traje y vio que también chorreaba agua por doquier.
-Vamos Albert, iremos caminando ¿no te parece? Hace mucho que no recorremos estas tierras, y sentir a la cálida lluvia es maravilloso.
Albert volvió a mirarla, recorriéndola esta vez más detenidamente. Candy llevaba el pelo sujeto en una cola, y aún llevaba puesta la chaquetilla blanca de enfermera, que por causa de la lluvia se transparentaba dejando ver que debajo llevaba puesta una ajustada musculosa blanca, y un poco más abajo se le marcaba el sujetador, enmarcando desvergonzadamente sus voluptuosos pechos. Albert desvió la mirada de inmediato, y siguió recorriéndola, pasando por su pequeña cintura, viendo cómo los ajustados jeans azules que chorreaban agua marcaban con extremo detalle sus musculosas piernas, hasta llegar a unas zapatillas blancas que chapoteaban alegres en un charco. Cielos, se había quedado completamente hechizado. Candy ni siquiera se había dado cuenta de la tan intensa mirada con que estaba siendo observada, ya que tenía los brazos extendidos y el rostro hacia el cielo, con los ojos cerrados; sintiendo, disfrutando cómo las cálidas gotas de lluvia caían sobre ella. En un momento lo miró, y sin que él pudiera negarse, lo tomó de las manos y comenzaron a correr hacia la mansión.
-¡Señor Andrew! –gritó el chofer del coche que los estaba esperando, totalmente sorprendido.
Candy reía sin parar mientras arrastraba a un muy confundido Albert, por los caminos y jardines de la mansión.
-¡Vamos, Albert! ¡Cambia esa cara, que el clima está precioso!
Albert no pudo más con su mal humor.
-¿Precioso? ¡Candy, está lloviendo a cántaros!
Ella se detuvo inmediatamente, justo cuando pasaban al lado de una fuente, y lo miró con fingida seriedad.
-¿Y desde cuándo tan quisquilloso, señor Andrew? Aún recuerdo aquellos tiempos, en que se la pasaba merodeando por las calles de la ciudad.
Albert se acercó más a ella, y tomó un mechón mojado que caía sobre sus ojos, para ponerlos detrás de su oreja.
-Señorita Andrew…
Ella sintió a su corazón latir como un loco, mientras veía cómo Albert acortaba aún más la distancia.
-Si mal no recuerdo… -le susurró a su oído –me la pasaba merodeando por ti…
Candy le dio un golpe en el pecho.
-¡Don Juan! –contestó riendo, pero visiblemente alterada, y se echó a correr, mientras sentía los pasos del heredero de los Andrew cada vez más cerca.
Luego de varios minutos, llegaron ambos totalmente empapados y agitados a la mansión. Ni bien pusieron un pie en el recibidor, dos mucamas se acercaron a ellos alcanzándoles a cada uno, un enorme toallón.
-¡Señor y señorita Andrew, pero qué locura han hecho! Se van a enfermar –los regañaba preocupada Dorothy, el ama de llaves.
Dorothy era una mujer ya pasada de años, un poco regordeta, de cabellos castaños y ojos color miel, que siempre los trataba con cariño. Conocía a los Andrew desde siempre, y prácticamente había visto crecer al joven heredero. Por lo tanto, aunque ella nunca se había casado, se sentía parte de la familia, y sobre todo, sentía a Albert como si fuera su propio hijo. Luego, cuando él había adoptado a Candice, a pesar de que al principio ambas no se llevaban bien, con el tiempo aprendieron a tenerse confianza, hasta llegar a sentir un inmenso cariño la una por la otra.
-Es todo culpa de la señorita Candy, Dorothy. Es ella la que me lleva por mal camino. –Respondió Albert con fingida inocencia.
-¡Ah sí, cómo no! Esto no habría pasado si hubieses agarrado con fuerza el paraguas –se defendió la rubia -Tenías que haberlo visto Dorothy, el gran William Albert Andrew corriendo tras un paraguas que hasta parecía burlarse de él. Por cada paso que Albert daba, el paraguas se alejaba un par de metros ¡jajaja! –Candy no paraba de reírse.
-Esto no hubiese pasado si hubiésemos tomado el coche –refunfuñó Albert, frunciendo el entrecejo.
-¿Acaso te arrepientes? Si la lluvia estaba hermosa –contestó Candy con una dulce e inocente sonrisa.
Albert no contestó más, estaba muy entretenido secándose, frotándose la toalla por el pelo.
-Bueno, pero ahora basta de diversión niños. Quiero que ambos vayan, se den una ducha caliente, y que se pongan ropa seca. No quiero que ninguno se enferme ¿está claro?
-Sí, Dorothy… -respondieron al unísono, como un par de criaturas.
Al cabo de media hora, Candy ya salía de entre el vapor de agua caliente del baño, completamente perfumada, envuelta en una toalla. Y conectando el secador de pelo en un enchufe, lo encendió, y comenzó a peinarse luego de colocar un poco de crema para peinar por las largas puntas de su cabellera rubia rojiza. Estaba tan concentrada en desenredar los nudos que formaban sus rizos que no escuchó el sonido que su móvil hacía, indicando que le había llegado un mensaje instantáneo.
Luego, una vez que decidió dejarse el pelo suelto como siempre hacía cuando acababa de bañarse, buscó en su armario un delicado pero sencillo vestido blanco floreado, con tiritas por los hombros y que caía libremente hasta los tobillos. Unas simples sandalias de color crema, terminaron con su atuendo de viernes lluvioso por la tarde.
Estaba buscando en su joyero alguna cadenita que pudiera combinar con el vestido, cuando escuchó el silbido de su teléfono celular.
Era Annie, quien le escribía por WhatsApp, aquella famosa aplicación de chat. Soltando un fuerte suspiro, Candy se sentó en su cama, y se preparó para contestar. Ya que de por sí se imaginaba la reacción de su amiga, al contarle todo aquel pequeño embrollo donde estaba metida.
Annie: ¡Candy! ¿Por dónde andabas? Te llamé a tu apartamento pero no contestó nadie.
Candy: Hola Annie! No, es que estoy en Lakewood.
Annie: ¿En Lakewood? ¿Pero qué haces allí?
Candy: Estoy con Albert.
Annie: ¡Albert! ¿Cuándo regresó?
Candy: Esta semana.
Annie: ¿Y tú qué haces allí con él? ¿Acaso no estabas de guardia este fin de semana?
Candy: Sí, bueno… Es que surgió algo urgente, y entonces Mary Jane me dio permiso.
Annie: ¿Algo urgente?
Candy: Sip…
Los dos símbolos de "visto" que aparecieron al lado de su frase, le indicaban a Candy que Annie había leído su respuesta. Pero el hecho de que tardara tanto en contestar, significaba nada menos que no estaba conforme con ella.
Annie: Vamos Candy. Desembucha.
Candy: Bueno, es que… Por este fin de semana soy la esposa de Albert.
Annie: ¡¿Qué?!
Paty: ¡Qué!
Candy no pudo hacer más que reír.
Candy: ¡Ey, Paty! Ya me estaba preguntando cuánto tardarías en aparecer.
Hacía bastante tiempo habían creado un grupo sólo para ellas tres, en la aplicación de mensajería instantánea más famosa del momento. Así, cuando quisieran hablar las tres juntas, podrían hacerlo desde ahí sin ningún impedimento. "Las chicas superpoderosas" habían llamado a su especial grupo de chat, en honor al famoso dibujo animado, además de que en uno u otro sentido, todas habían sobrevivido a alguna catástrofe sentimental en sus vidas.
Paty: ¡Por Dios Candy! ¿De qué estás hablando? ¿Cómo es que ahora eres la esposa de Albert?
Candy dio otro profundo suspiro, y haciendo hasta lo imposible por ser bien clara, les explicó todo el asunto.
Paty: Vaya…
Annie: Totalmente…
Candy: Sip…
Paty: Pero Candy… ¿Estás segura? ¿Recuerdas tus sentimientos hacia él, no?
Annie: Paty tiene razón, Candy. No sé si es lo que te conviene, teniendo en cuenta lo que sientes por él... Aunque… Tal vez ésta sea la oportunidad que estabas esperando…
Candy: ¿Oportunidad?
Annie: Sí, Candy. Piénsalo un poco. Él necesita una esposa de fin de semana, y a la única que se le ocurre pedírselo es a ti. Él sabe que deben aparentar ser cariñosos, besarse en público y demás. Y va y te lo pide a ti ¿entiendes? A ti, a nadie más
Candy: Él está enamorado de otra mujer
Paty: ¿Enamorado, de quién?
Candy: No me lo dijo. Además mi loco enamoramiento por él fue hace mucho tiempo, ahora las cosas son distintas.
Annie: ¿Segura? Porque si mal no recuerdo, en la navidad pasada no le podías sacar los ojos de encima. Te derretías por él. Además, si eso de que está enamorado de otra mujer fuera cierto, ¿por qué no se lo pidió a ella?
Paty: ¡Eso! ¡Y en su cumpleaños! ¡No se olviden de cómo lo miraba Candy en su cumpleaños!
Candy: Yo no me derretía y en su cumpleaños me súper comporté re bien, no sé de qué hablan…
Annie: ¡Claro que te derretías! Aunque derretir es poco para cómo lo mirabas ¡jajaja! :D Candy estábamos junto a ti, y te conocemos más que nadie ;) Sabemos que tus sentimientos hacia él no han cambiado ni por un milímetro :P
Candy: De todas formas, tampoco tengo idea de por qué no se lo pidió a la mujer de la cual está supuestamente enamorado. La verdad, es que cada vez entiendo menos…
Annie: Tal vez sí se lo pidió, Candy…A ti...
Candy se quedó mirando aquellas últimas palabras de Annie que brillaban en la diminuta pantalla.
-Ojalá fuera cierto… -se escuchó desear.
¡Maldición! ¿A quién quería engañar? Claro que todavía estaba total e irremediablemente enamorada de él. Ella lo sabía, su corazón lo sentía, y su cuerpo vibraba cuando él estaba cerca. ¡Dios! Si con tan sólo una mirada podía dejar todo su mundo patas para arriba.
Paty: Candy… sólo no queremos que salgas lastimada. ¿Lo entiendes, verdad?
Annie: Sí, Candy... Está bien que lo ayudes, y más si es por una causa tan justa y noble como ésa, pero… Sólo ten cuidado ¿sí?
Candy dio un profundo suspiro.
Candy: Sí... Las quiero muchísimo ¿lo saben, no?
Annie: Claro que sí Candy, nosotras también te queremos un montón :)
Paty: Y estamos para lo que necesites, no lo olvides :)
Candy: Gracias chicas, gracias por siempre estar ^_^
Candy se despidió de sus mejores amigas, cerró el chat, y guardó el móvil en su bolso.
Caminando pensativa se dirigió hacia la enorme ventana de su dormitorio que daba al jardín. La lluvia caía incesantemente, dando la impresión que una blanca neblina cubría al hermoso rosedal que se abría frente a ella. Conocía esa mansión desde pequeña, ya que fue ése su primer hogar cuando fue adoptada por los Andrew. Sin embargo, su impresionante belleza siempre la sorprendía.
Sus amigas tenían razón ¿qué estaba haciendo allí? Si le era imposible controlar a su alocado corazón cada vez que aquellos cristalinos ojos celestes se posaban en ella. ¿Y si él la besaba? ¿Cómo iba a reaccionar ella? Porque algo era seguro, el hacerse pasar por su esposa, significaba nada menos que dejarse abrazar y besar por él. Debían aparentar estar infinitamente enamorados el uno del otro. Claro, eso a ella no le costaría ni lo más mínimo, pero las atenciones de él de seguro le llegarían hasta lo más hondo de su ser, y no sabría cómo podría levantar un muro alrededor de su corazón tan rápido. ¡Dios! Debía protegerse, hacer hasta lo imposible para que la dulzura de Albert no le llegara a su corazón y no la hiciera ilusionarse en vano. ¿Pero cómo demonios haría algo así? Si ya de por sí estaba completamente derretida de amor por él. Y de repente, como si un temblor abriera su mundo, se dio cuenta: una vez que los Rockefeller llegaran al día siguiente, ella ya no tendría escapatoria. "No podemos cometer errores" le había dicho Albert. Y eso dejaba implícito muchas cosas, entre esas, que deberían compartir la cama… ¡Oh, Dios! ¿Cómo demonios haría algo así, sin salir lastimada en el intento?
Con un fuerte suspiro, Candy apoyó la frente sobre el vidrio. Debía calmarse. Sabía que sólo en ella estaba el poder tanto de ayudar al hombre que más amaba en el mundo, como de salir ilesa en el intento. Lo único que debía hacer era calmarse, centrarse, encerrar todas aquellas locas ilusiones en lo más profundo de su corazón, y mantener la cabeza bien fría.
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones.
-Candy –esa dulce voz…
Ella se giró y lo vio parado frente a ella con una irresistible sonrisa en su rostro. Vestía un jersey negro mangas cortas y unos jeans que le calzaban deliciosamente bien. ¡Demonios! Albert vistiera lo que vistiera, siempre se veía increíblemente guapo. Antes que empresario, debería haber sido modelo. "Si, un hermoso modelo de ropa interior…" Candy sacudió fuertemente su cabeza al pensar en aquello.
–Dorothy nos preparó una deliciosa comida casera para almorzar –continuó Albert, mirándola con cariño – ¿vienes?
-Sí, sí... –Se apresuró a contestar.
Quiso pasar lo más rápido que pudo al lado suyo, pero una fuerte mano sujetando la suya, la detuvo. Ninguno de los dos apartó la mirada del otro, mientras salían del dormitorio, y Albert cerraba la puerta tras de sí. Y así, tomados de la mano caminaron, lentamente y en silencio hacia el comedor.
Candy lo único que podía sentir era a su alocado corazón que no dejaba de latir dentro suyo. "¡Traidor!" Recriminaba a su pecho con su mente.
Dios... Definitivamente, aquel iba a ser un largo fin de semana. De eso, estaba completamente segura.
Continuará…
*Aclaración: La descripción del jet privado y alguna que otra cosita más, fue basado en la serie Crossfire de Silvia Day.
¡Hoooooooola candymundo!
:)
Perdón, perdón por haberme tardado tanto, es que entre una cosa y otra al final nunca más pude sentarme a escribir. Espero que a partir de ahora pueda actualizar más seguido, tanto este fic como CE.
Muchísimas gracias por esperar y pedir por esta historia, la verdad, es que no sé qué tal habrá salido este capítulo, pero era algo que desde hace meses se venía maquinando en mi mente. Así que espero que les haya gustado :) También espero haber redactado bien lo del chat, y que se haya entendido, algo al menos ;)
Además, como ya lo vieron, le cambié un poco la apariencia y la edad a Dorothy, pues, para hacerla más maternal con nuestros tórtolos ;)
Muchísimas gracias a todas por leerme y muy especialmente a: Stateless, Elisa, Litzy, Lucía Andrew, Magnolia A, Gatita Andrew, Blackcat, Mayra Exitosa, ecr, Bliu Liz, Friditas, Maxima, Clau Ardley, Amigocha, Sayuri1707 y Lu de Andrew.
Mil gracias por cada una de sus palabras, y mil perdones por tardar tanto. Les mando un fuertísimo abrazo y nos vemos en el siguiente capítulo, por este mismo canal ;)
