Capítulo Dos

No había duda de que el hermano mayor de Neflyte era muy atractivo.

Un hombre brusco y malhumorado, pero aun así… Serena lo miró, incapaz de hacer otra cosa.

Ataviado con zapatos blancos inmaculados, pantalones color vainilla, camisa blanca impoluta y corbata del mismo tono que sus ojos, Darien Chiba no sólo era atractivo, era perfecto.

Ni uno solo de sus cabellos aparecía fuera de lugar. Era la personificación de la elegancia. Y por alguna extraña razón, cuanto más lo miraba, más deseaba arrojarlo al suelo y revolverle un poco la ropa y el pelo.

Su reacción la sorprendió. A lo largo de los años, había trabajado con distintos hombres sin sentir jamás el impulso de atacar a ninguno. Estaba tan atónita, que cuando él se cruzó de brazos, esperando una respuesta suya, lo único que pudo hacer fue mirarlo con fijeza.

Afortunadamente, Endymion acudió en su ayuda.

—Papá —protestó—. No puedes llamar a la policía.

La preocupación del niño hizo que Serena olvidara sus problemas y recobrara la compostura.

—No pasa nada, precioso —murmuró—. Ya me ocupo yo de esto.

Le dio el ratón a Sammy con cuidado y se dijo que debería alegrarse de comprobar que a Darien Chiba no le resultaba tan indiferente el bienestar de sus hijos como creyera con anterioridad.

Respiró hondo, se puso en pie, enderezó los hombros y tendió una mano.

—Hola. Soy Serena Tsukino.

Darien miró un momento su mano antes de aceptar el gesto y estrechársela con brevedad. Bajó ligeramente la cabeza.

—Señorita Tsukino.

La frialdad de su tono contrastaba con la calidez de su mano.

La miró impaciente hasta que Serena se dio cuenta de que estaba esperando sus explicaciones.

Aquello consiguió sacarla de sus casillas. ¿Qué se creía aquel hombre? ¿Qué había entrado en su cesta de la ropa para robarle los calcetines?

Se estiró todo lo que pudo.

—El animalito de Sammy se metió en la cesta. Me incliné para cogerlo, perdí el equilibrio cuando uno de los niños tropezó conmigo, la tapa del fondo cedió y me caí por ahí —dijo con sequedad—. Creo que ya conoce usted el resto.

—Sí —musitó el hombre, sin ceder ni un ápice—. Eso responde a una de las preguntas. ¿Qué me dice de la otra?

Serena le devolvió la mirada, molesta por su actitud.

—¿Qué otra? —preguntó.

—¿Qué hace usted en mi casa? ¿Dónde está la señora Beryl?

—Eso son dos preguntas.

Endymion avanzó medio paso y se metió entre ellos.

—La señora Beryl se marchó, papá.

—¿Qué? —Darien miró a su hijo mayor.

—Se marchó —repitió Endymion.

—¿Cuándo?

El niño se encogió de hombros.

—No lo sé. Hace dos días creo.

—Tres —replicó Serena.

—¿Y por qué no me llamó nadie?

Endymion frunció el ceño.

—Te llamé —dijo—. Me dijeron que me llamarías tú.

Para sorpresa de Serena, Darien pareció casi avergonzado.

—Tienes razón. No me dieron el mensaje. Pero eso no explica por qué…

—La señora Beryl era mala —intervino Helios—. Gritaba mucho.

Sammy asintió con solemnidad.

—Sí. Dijo que éramos unos diablos, papá.

—En realidad, dijo de la semilla del diablo —aclaró Endymion.

Darien, al oírlo, se quedó inmóvil y apretó los labios con fuerza.

Serena pensó con humor que la agencia de niñeras iba a tener problemas a la mañana siguiente. Tal vez Darien Chiba no fuera tan malo después de todo. A lo mejor le dolía la cabeza o estaba cansado y eso explicaba su mal humor.

—Está bien —el hombre la miró con sospecha—. ¿Y quién va a explicarme por qué dijo eso la señora Beryl y por qué se marchó?

—¿Quién sabe? —repuso Endymion.

Desgraciadamente, Sammy se tomó aquello literalmente.

—Yo lo sé —anunció con orgullo—. Fue por Ike y Spike. A la señora Beryl le daban miedo —se volvió hacia su hermano mayor—. ¿No te acuerdas? Gritó mucho cuando… —Sammy soltó un grito—. Papá, Endy acaba de pellizcarme.

—No es cierto —musitó su hermano mayor con aire inocente.

Darien levanto la voz.

—¿Quiénes son Ike y Spike?

—Eso no importa —se apresuró a decir Endymion—. Lo que importa es que alguien cuidara de nosotros, ¿no? —miró expectante a su padre.

—Sí, claro, pero…

—Entonces deberías estar contento, porque Sere estaba aquí y nos ha cuidado muy bien —se quedó pensativo un momento—. Nos obligaba a lavarnos las dos manos y a comer las verduras antes del postre. Y hasta nos ha ayudado a reparar el fuerte del bosque.

—Sí —asintió Helios con entusiasmo—. Deberías verlo ahora, papá. Sere nos ha ayudado a hacer una puerta y le hemos hecho un agujero a un lado para tener mirilla. Sere sabe hacer cosas muy interesantes.

—Nos ayudó también a hacer una bandera —se unió Sammy al grupo de elogios—. Tiene calaveras y dagas y…

—Esperad —Darien levantó una mano—. A ver si lo entiendo bien. La señora Beryl se marchó porque tenía miedo de Ike y Spike y la agencia os envió a Serena para reemplazarla.

—No… —comenzó a decir la joven.

—¡De eso nada! —la interrumpió Endymion—. Sere es guay.

Darien lo miró confuso.

—¿Y qué tiene que ver eso con lo demás?

—La envió el tío Nef.

—¿Nef?

—Estoy pasando unos días en su cabaña —intervino Serena—. ¿No recibió su nota?

Darien negó con la cabeza y la joven reprimió un gemido. Endymion no necesitó más para meterse de nuevo en la conversación.

—Mira, papá. Sere no tiene casa ni familia. Está sola. No tiene marido ni hijos propios —miró a su padre para asegurarse de que le prestaba atención y suspiró con dramatismo—. Antes trabajaba, pero ahora ya no. Así que el tío Nef le dijo que podía venirse aquí una temporada y utilizar su cabaña.

La joven lo miró sin aliento. ¡Santo Cielo! Con sólo unas palabras bien escogidas, su amiguito acababa de implicar que no sólo estaba sin casa y sin trabajo, sino casi al borde de la miseria.

—Espera un momento… —dijo.

—Cuenta muchas historias sobre las tribus del Amazonas que comen lagartos —dijo Helios en voz alta.

—Me temo que los niños le están dando una impresión falsa —intervino la joven—. Es cierto que cuento historias, pero es porque soy…

—¿No es usted de la agencia de empleo? —la interrumpió Darien.

—No.

—¿Y está aquí porque conoce a mi hermano?

Serena empezaba a cansarse de que la interrumpieran continuamente.

—No en el sentido bíblico —dijo con firmeza. No sabía por qué, pero le parecía importante dejar aquello claro—, pero sí, somos amigos. Colegas. Trabajamos juntos y…

—Lo siento —Darien se pasó una mano por el pelo—. No lo había entendido bien. Creía… bueno, no importa lo que creyera. Tengo que darle las gracias. Si no hubiera estado usted aquí —se interrumpió, sacó un billetero del bolsillo y le tendió unos billetes—. Tenga. Por sus molestias.

Serena miró el dinero y luego el rostro del hombre, mientras se esforzaba por no sentirse insultada.

—Es usted muy amable, pero no —se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones—. Ha sido un placer estar con sus hijos —miró a los niños con ternura—. Son fantásticos. Lo he pasado muy bien.

Darien la miró con labios apretados.

—Insisto. Se lo ha ganado.

Irritado, miró a su alrededor y observó las alfombrillas amontonadas en la esquina, las toallas dejadas de cualquier modo sobre el mostrador y los trozos de cesta que cubrían el suelo.

—A partir de ahora, ya me ocupo yo —anunció.

La voz de Helios se levantó sobre las demás.

—Sere ha prometido enseñarnos a preparar la cena en la barbacoa —dijo.

Darien frunció el ceño.

Tsukino está deseando volver a la cabaña y proseguir con sus vacaciones —miró a la joven—. Por supuesto, puede quedarse allí el tiempo que desee.

No era una oferta muy generosa, teniendo en cuenta que la cabaña pertenecía a su hermano. Pero Sere captó su mensaje: no la quería en su casa.

—Pero papá —intervino Endymion—. Nosotros queremos que se quede. Nos gusta hacer cosas con ella.

—No te preocupes, Endy —dijo la joven—. Lo haremos en otro momento.

—Pero…

—Calla. Hace mucho tiempo que tu padre no está en casa y seguro que está impaciente por teneros para él solo y que le contéis todo lo que habéis hecho —sonrió débilmente—. Cogeré mis cosas y me marcharé.

Dio un paso hacia la puerta.

—Espere —ordenó Darien—. ¿No se olvida de algo? —le tendió el dinero.

¿Así que aquel hombre parecía decidido a reducir su amistad con los niños a una transacción comercial? Abrió la boca para rechazar su oferta, pero vaciló.

Después de todo, había bastantes caridades locales a las que podía entregar el dinero. Y si, además, conseguía darle una lección a Darien, tanto mejor.

—¿Cuánto es? —preguntó con lentitud.

El hombre parpadeó.

—¿Cuánto es el qué?

—¿Cuánto me ofrece?

Darien miró los billetes, sorprendido por el giro que tomaba la conversación.

—Trescientos cincuenta dólares.

Serena tendió la mano y cogió los billetes.

—Suba a quinientos y acepto —musitó.

El hombre no dijo nada. Sacó de nuevo su billetero y le tendió el resto del dinero.

—Gracias —musitó la joven, guardándose el dinero.

—Sí, papá —dijo Endymion con importancia—. Sere vale más porque ha ganado un Holitzer.

—Se dice Pulitzer, Endy —lo corrigió ella. Echó a andar hacia la puerta.

—Espera —gritó el niño—. Te ayudaré a guardar tus cosas.

—Y yo puedo llevarte la bolsa si quieres —intervino Helios—. Soy muy fuerte.

—Esperadme a mí —gritó Sammy, decidido a no quedarse atrás—. Yo también quiero ayudar.

Serena los miró con afecto.

—Gracias, chicos.

Sintió los ojos de Darien sobre la espalda hasta que salió por la puerta.

¡Era increíble! Darien había conocido a mujeres atrevidas y descaradas, pero Serena Tsukino se llevaba la palma.

Hasta ese momento, no había reconocido su nombre. Neflyte la había mencionado en más de una ocasión, a menudo con cierta rabia, cuando ella detectaba una historia en la que estaba trabajando él.

Se preguntó cómo habría convencido a su hermano para que la dejara quedarse allí. Seguro que había bastado una mirada a sus ojos celestes y su boca exótica y la joven lo había tenido comiendo en la palma de su mano.

Aun así, eso no era excusa para permitirle acceso a sus hijos. En cuanto tuviera ocasión, hablaría seriamente con su hermano mediano.

Mientras tanto, la señorita Tsukino tendría que tener cuidado. Él, Darien, no tenía el corazón tan blando como su hermano.

Decidió aprovechar la momentánea ausencia de los niños para ir a su cuarto a tomar una ducha.

Cuando abrió la puerta del baño veinte minutos más tarde, sus hijos lo esperaban ya tumbados sobre su cama.

Miró un momento sus expresiones tristes y se acercó a su vestidor.

—¿Ya se ha ido vuestra amiga?

Endymion miró la claraboya del techo y suspiró.

—Sí. Parecía muy triste. Ahora vuelve a estar sola en la cabaña.

Darien pensó que aquello no era del todo cierto; tenía sus quinientos dólares para hacerle compañía.

—Ha dicho que podemos ir a verla mañana si a ti no te importa —intervino Helios—. ¿Nos dejas?

—Ya veremos —musitó Darien, que no tenía tal intención.

Mientras buscaba su ropa interior, observó a Sammy por el rabillo del ojo. El niño metió los pies, calzados con zapatillas deportivas, en los zapatos de su padre y echó a andar por la estancia.

Helios se dejó caer sobre el estómago y comenzó a dar patadas en el aire.

—¿Sabes una cosa, papá?

—¿Qué?

—Tengo hambre.

Darien le agradeció el cambio de tema. Se dio cuenta de que él también tenía hambre.

—Os diré lo que haremos. ¿Por qué no os laváis la cara y las manos mientras termino de vestirme y nos vamos a cenar por ahí?

Helios saltó de la cama al suelo.

—¿De verdad?

Endymion se incorporó sobre un codo.

—¿Puede venir Sere?

—No. Es una comida familiar.

—¿Podemos ir a la pizzería? —preguntó Helios.

Darien suspiró. Su hijo mediano siempre quería comer pizza. Aun así, aquella era su primera noche en la casa.

—Desde luego.

—¡Estupendo! Vamos, Endy.

Helios tiró de su hermano mayor y los tres salieron por la puerta.

Diez minutos después, bajaban todos las escaleras para meterse en el coche. Darien se dio cuenta entonces de que tenía la puerta abierta y, en su pánico por entrar en la casa, había dejado el coche en marcha. Probó a girar la llave, pero no hizo contacto: la batería se había agotado.

Endymion se removió en el asiento de al lado.

—Vamos, papá. Vámonos ya.

Los otros dos saltaban en el asiento de atrás.

—Vámonos, vámonos —gritaban.

Darien suspiró y se giró en el asiento para hablar con los tres a la vez.

—Lo siento, chicos. La batería se ha agotado. Tendremos que dejarlo para otra ocasión.

Sus hijos lo miraron primero con incredulidad y luego con reproche.

—Pero lo has prometido —declaró Helios.

—Eso fue antes de saber que el coche no funcionaba.

—Tengo hambre —protestó Sammy.

—Yo también —se quejó Helios—. ¿Qué vamos a hacer?

—¡Ya lo tengo! —gritó Endymion, feliz—. Podemos ir a casa de Sere, pedirle que nos lleve en su coche y cenar todos juntos.

—Sí —gritaron los otros dos.

—No —repuso Darien con firmeza. Salió del coche—. Yo prepararé la cena.

Los niños salieron detrás de él con expresión dudosa.

—¿Sabes cocinar? —preguntó Endymion.

—Sí. ¿Qué os parecen sándwiches tostados de queso?

—Vale —dijo Sammy.

—Vale —asintió Helios.

—¡Yack! —Endymion hizo una mueca de asco—. Odio el queso tostado. Apuesto a que si Sere estuviera aquí, no tendríamos que comer sándwiches de queso. Ella sabe preparar comida de verdad.

Darien apretó los dientes.

—Saldrá bien, ya lo verás.

Y así fue, al menos al no tardó en localizar el queso, el pan y la margarina y unas bolsas de patatas fritas.

Tenía ya el queso cortado y estaba untando la mantequilla en el pan cuando sonó el teléfono. Lo cogió Endymion, habló un momento, y luego miró a su padre.

—Es la señora Meio de la agencia de niñeras.

Darien dejó el cuchillo sobre el mostrador.

—Muy bien. Lo cogeré en el estudio.

—¿De qué quieres hablar con ella? —preguntó Endymion.

—Necesitamos una nueva niñera —repuso su padre con firmeza—. Cuelga el teléfono y lo cogeré en la otra habitación.

—Pero papá…

—Ahora mismo vuelvo.

Bajó por el pasillo y entró en la estancia elegante que consideraba su santuario. Aunque las paredes y las alfombras eran de un color beige claro, los tonos marino, dorado y marrón de las estanterías le conferían un aire indudablemente masculino. Cogió el teléfono.

—¿Diga? ¿Señora Meio?

Setsuna Meio una mujer enérgica de sesenta años, tomó la iniciativa.

—Señor Chiba. Me alegro de que haya vuelto. Estoy segura de que le alegrará saber que hemos convencido a la señora Beryl para que no lo demande.

Darien, que había empezado a sentarse en un sillón de orejeras, se puso en pie de inmediato.

—¿Cómo dice?

—Siempre que usted acceda a pagarle parte de su terapia, está dispuesta a firmar una declaración que lo exima de responsabilidades.

—¿Responsabilidades? ¿Por qué?

Setsuna suspiró de modo audible.

—Por su depresión nerviosa. Se niega todavía a entrar en detalles; no hace más que estremecerse y susurrar algo sobre arañas gigantes que se comen a las personas, pero estoy segura de que será algo temporal. Unas cuantas sesiones de terapia, la dosis correcta de tranquilizantes y estará como nueva —hizo una pausa—. Aunque quizá quiera considerar desinfectar su casa.

—¿Desinfectar? —gritó Darien—. No diga tonterías. Esa mujer se marchó y dejó a mis hijos solos y sin vigilancia. Y usted ni siquiera se molestó en llamarme.

—Oh, no, señor. Eso no es cierto. Hablé con su hijo Endymion.

—Endymion.

—Sí, eso es. Un muchacho encantador. Me aseguró que había hablado con su secretaria y que le pediría que me llamara aquí. ¿No me cree?

—Sí, claro, pero…

—Según Endymion, su prometida estaba allí para ocuparse de todo.

—¿Mi prometida? Yo no tengo prometida.

Hubo un momento de silencio.

—Pero yo llamé a este mismo número y hablé con una joven encantadora, una tal señorita Tsukino, que me aseguró que estaría encantada de quedarse con los niños hasta su regreso. Y después de lo que dijo su hijo, asumí que… ¡Oh, Dios mío! ¿Han roto ustedes la relación?

Darien apretó la mandíbula con fuerza.

—La señorita Tsukino es amiga de mi hermano —dijo con frialdad.

—Oh, Dios mío —Setsuna parecía escandalizada—. He oído hablar de cosas así, claro, pero debe resultarle muy incómodo.

Darien, confuso, trató de entender las palabras de la mujer.

—Espere un momento. No me refería a eso.

—Por favor, señor Chiba —lo interrumpió la mujer—. No quiero ser grosera, pero creo que sería mejor que dejemos de lado sus asuntos personales y hablemos de lo que importa.

Darien se tocó el puente de la nariz y no tuvo más remedio que admitir que la mujer tenía razón.

—Muy bien.

—¿Podemos, pues, asumir, que desea usted una nueva niñera puesto que no se va a casar?

El hombre cerró los ojos.

—Sí.

—Estupendo. ¿Qué le parece la semana que viene?

—¿Para qué?

—Para las entrevistas.

Darien apretó con fuerza el auricular.

—¿Y por qué no mañana?

—Oh, no creo.

—Estupendo. Estamos de acuerdo. Mire, tengo trabajo. Tengo que estar en Nuevo México a finales de la semana que viene y necesito…

—¿Papá? —Sammy lo miraba vacilante desde la puerta.

—Un momento —cubrió el auricular con una mano—. Estoy en el teléfono, Sammuel. ¿Qué quieres?

—Endy dice que te pregunte si el queso tiene que ponerse negro.

—Depende. ¿De qué queso me hablas?

—Del de los sándwiches.

Darien frunció el ceño.

—¿Y se está poniendo negro? ¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Dónde está?

—Con el pan.

Su padre levantó los ojos al cielo, implorando paciencia.

—¿Y dónde está el pan?

—En el tostador.

—¿Señora Meio? Tengo que dejarla. Quiero oír noticias suyas mañana a primera hora. Entonces me hablará de las candidatas que tenga.

—Pero…

Darien colgó el teléfono, cogió a Sammy en brazos y corrió por el pasillo. Entre la señorita Tsukino, la señora Beryl, su cansancio y el miedo pasado aquel día, estaba a punto de perder la razón. Abrió con fuerza la puerta de la cocina y entró en la estancia en el instante en que saltaba la alarma de incendios.

Miró hacia el mostrador. No sólo salía humo del tostador, sino que el aparato hacía además unos ruidos muy raros.

Dejó a Sammy en el suelo, sacó el cable del enchufe y depositó el tostador en el fregadero. Luego se acercó a abrir la puerta de atrás para que entrara aire fresco en la estancia.

Se volvió hacia los niños.

—¿Qué diablos os creéis que hacéis? —gritó a Endymion y a Helios, furioso todavía a causa del miedo.

—Oh, oh —musitó Helios. Esto no tiene buen aspecto.

Endymion levantó la barbilla con ferocidad.

—Sammy y Helios tenían hambre y tú llevabas horas en el teléfono.

—No me importa cuánto tiempo pase en el teléfono. Tenéis suerte de no haber quemado la casa. ¿No se os ocurre otra cosa que meter queso en el tostador?

A Helios le tembló el labio inferior.

—Sólo queríamos ayudar.

Endymion pasó un brazo protector en torno a los hombros de su hermano.

—Sí. ¿Cómo íbamos a saberlo? No tenemos ninguna madre que nos enseñe estas cosas, ¿sabes?

La lógica del pequeño y el recuerdo de su falta de madre acabó como por ensalmo con la rabia de Darien, que fue sustituida por los remordimientos. ¡Pasaba semanas sin ver a sus hijos y lo primero que hacía al llegar era gritarles!

Antes de que se le ocurriera algo que decir, Sammy miró los rostros furiosos de los otros y se echó a llorar.

Como si se tratara de una señal, los otros dos se cubrieron los ojos con las manos y comenzaron también a sollozar.

¿Qué podía hacer él?