Enroque


#3


En el interior de un almacén, 20:35

—Vaya, y ahora que has empezado por romperle las manos, Heiwajima-san, ¿quieres ser tú quien haga el resto del trabajo sucio? Qué predecible. Qué predecible, a decir verdad. Pero no parece que haya más remedio que aceptarlo... Ya me lo habías advertido antes, ¿cierto, Kazamoto-san? ¿Será que luego de esperar tanto tiempo por esto pueda ser capaz de resignarme? Oh, lo cierto es que he pasado un muy buen rato con ese pobre hombrecillo, pero bien que lo merecía... Sí, definitivamente se lo merecía todo... —empezó a decir la mujer al tiempo que intercalaba sus palabras con una molesta risilla—. Hace tiempo se quejó de mis modos... ¡pues le digo ahora que se mire no sólo a él sino también a su encantadora hermanita! ¿Dónde la he dejado, por cierto?

Shizuo no lograba reconocer a la mujer por más que trató de ubicar su rostro. Ella, por completo confiada, lo escudriñaba a la distancia. Una mano la tenía apoyada sobre la delicada cintura. De no tomarse en cuenta el motivo de la reunión, podría pensarse que la mujer y Shizuo vestían, en cierto modo, a juego. Él con su traje de barista y ella con un ceñido y costoso vestido propio de una boutique.

—¿No has prestado atención, joven? ¡Qué descortés! Te lo preguntare de nuevo, ¿quieres tomar la vida de Orihara Izaya-san...?

El guardaespaldas no tuvo tiempo de responder. Justo a tiempo logró rodear con sus brazos a Izaya y de esa manera ponerlo a salvo del repentino tiroteo.

En un principio, Shizuo fue incapaz de notar cada cosa que tuvo lugar en el interior del almacén.

Mientras una serie de sonidos peligrosos, todos muy diferentes entre sí, empezaba a ocupar el sitio, centímetro a centímetro, Shizuo se centró en llevar a cabo únicamente lo que le había prometido a Kururi.

Cuando bajó la mirada se dio cuenta de que Izaya se había desmayado. Dada la manera en la cual éste se había tendido sobre el suelo, con los brazos pegados al pecho de tal modo que las manos no rozaran absolutamente nada, seguramente su desvanecimiento fue a causa del dolor. Del dolor de los nudillos rotos y no tanto por la paliza que era obvio antes recibió.

Shizuo probó llamar su nombre un par de veces, pero el informante permaneció inmóvil. La mueca que tenía era indicativo de su dolor y ésta se mantuvo aun cuando Shizuo lo cargó hasta lograr colocarlo sobre su hombro y brazo. En eso, le pareció que dejó escapar el nombre de alguien pero no fue capaz de saber claramente cuál.

Luego de ponerse de pie, el guardaespaldas miró el rostro desencajado y en igual medida incrédulo de su anfitriona:

De un momento a otro, Vorona irrumpió sobre su moto y, hábil como era, continuó contrarrestando el fuego enemigo. De la mujer, Shizuo recibió en mano un largo tubo metálico y con él fue que golpeó a diestra y siniestra a cada uno de los hijos de Saika que se aproximó, hasta producir un horroroso chasquido (fue entonces cuando el guardaespaldas no dudó que había roto una segunda tanda de huesos).

El hecho de tener que lidiar con aquel pequeño ejército de Saika le resultó un poco más difícil que cuando lo enfrentó la primera vez, pues, además de no contar con la seguridad que le brindó lucir en su momento los guantes de neblina hechos por Celty, tenía que procurar que no le sucediera nada al informante. Éste llegó a soltar quejidos cada vez que sus manos rozaban con el cuerpo de Shizuo en su intento de hacer retroceder a las víctimas de Haruna Niekawa.

En tanto y aunque sabía perfectamente que Shizuo estaba al pendiente de sus movimientos, Vorona no trató de disimular lo mucho que gustaba de perforar el hueso y la carne de aquel que tuviera en frente. Para suerte del guardaespaldas, algo captó su atención y no reparó más en las acciones de su kohai. Shizuo sabía que los gritos histéricos que resonaban por todo el sitio tenían como origen a la segunda mujer, a la cual luego acusaría de confiada y de la que temía, dada su mueca, fuera a terminar por arrancarse ella sola su propio cabello. Sin duda, ella era la que no hizo más que dar alaridos pues Haruna se hallaba riendo a carcajadas en el otro extremo del almacén, y contemplando con los ojos abiertos como platos lo que podía causar con tan solo hacer un corte superficial sobre las personas. En ningún momento pareció interesada en acercarse a nadie en particular.

La joven se mantuvo como una simple espectadora. En cambio, el hombre con ojos de serpiente ya se había dado a la fuga sin que nadie pudiera impedírselo.

En medio del barullo y durante una fracción de segundo, Shizuo también se perdió en observar a Walker y su fascinación por el fuego. Fascinación que ninguno de los empleados del lugar pareció sentir cuando el primero les lanzó lo que Shizuo consideró eran "bombas caseras".

Al tiempo que Shizuo, Vorona y Walker lidiaban con los hombres del interior, Tom y Kadota, a paso rápido rodeaban de regreso el sitio. El segundo llevaba sobre su espalda a Mairu. La localización de la joven al igual que la del informante las había obtenido Vorona cuando, minutos antes y desde una construcción anexa, examinó el perímetro.

—¡Shizuo! ¡Salgamos de aquí! —llamó Tom a su amigo—. ¡Vorona!

Al momento de dirigirse a la salida al trote, el olor húmedo del ambiente envolvió al guardaespaldas y por segunda vez terminó empapado de los pies a la cabeza.

Para ese momento, la ropa se le pegaba al cuerpo a tal grado que para otros resultaría pesada. Sin embargo, en su caso, el mantener en sus brazos al informante, aceptar su cercanía, sí que le suponía un gran esfuerzo. Aun cuando fuera llamado el Monstruo de Ikebukuro, ¡a saber, el hombre más peligroso de Tokio!

—Ya lo había dicho yo, Pulga: sin preámbulo alguno hundirás a todos los que cometan la estupidez de acercarse a ti. Eres de lo peor... —murmuró entre dientes y dejando caer a su lado el tubo metálico manchado de sangre.

Y la verdad es que de todos yo siempre seré por mucho el más estúpido.

-o-O-o-

Al estar la camioneta en marcha, y a cada momento más alejada del conflicto, cada uno de los pasajeros, todos temblorosos por la lluvia que les había caído encima, se supieron muy tensos. Pese a que deseaban entender del todo lo que había sucedido, el silencio prevaleció durante gran parte del trayecto. En opinión de la mayoría, la única persona que podría unir las piezas era, por supuesto, Izaya Orihara.

En los asientos traseros se habían acomodado las gemelas, donde Kururi tenía un brazo en torno al de su hermana para darle así apoyo y, de cuando en cuando, le pasaba también con suavidad su pulgar por encima del dorso de la mano. Aunque la visión de los dedos de Mairu carentes de uñas, era una cuestión realmente grotesca, la joven había dejado de llorar. Y Kururi se reprochó el haber confiado sin hesitar en las palabras de las mujeres; la de ojos rojos y la de rostro excesivamente maquillado.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Kadota girando la cabeza sobre su hombro. Aunque también le había dedicado media sonrisa a Mairu en cuanto la vio, tenía una mayor curiosidad por la condición de Izaya Orihara, aun inconsciente.

Nadie habló, pero Kadota intentó nuevamente recibir algún dato útil de quien fuera. No tenía forma de saber que a Shizuo le tenía sin cuidado lo que fuera que hicieran Haruna y los suyos.

—¿Qué ha pasado? ¿Ese tío no era un ejecutivo del Awakusu? —en realidad, aquello no requería de una confirmación. Kadota estaba por completo seguro de que aquel hombre de facciones que recordaban a las de un pez más que a las de una serpiente, había sido visto en compañía de Haruya Shiki en varias ocasiones—. ¿Qué ha tenido que ver Saika...? En cualquier caso, esto ha sido, hasta cierto punto, fácil... ¿No creen que ha sido sospechoso...?

Las gemelas se mantuvieron en completo silencio y se giraron al guardaespaldas, aunque no esperaron que él entendiera mejor el porqué de los implicados. Efectivamente, Shizuo gruñó por toda respuesta, buscando excusarse, y después miró por la ventana para ver la calle por la cual transitaban. Aunque los vidrios se hallaban empañados, la iluminación de un centenar de luces artificiales le permitió reconocer que dirección eligió seguir el compañero de Kadota.

—No. Llévanos a Kawagoe —dijo Shizuo con voz firme y un semblante que no daba cabida a la menor réplica.

Aun así, Togusa intentó protestar dado el estado de Mairu y su preocupante palidez, pero Kadota no tardó en pedirle que obedeciera a la indicación. Aunque coincidía con la evaluación de su amigo, no creyó que Shizuo permitiría que lo apartaran del informante. Cuestión que sin duda tendría lugar si optaban por internarlo en el hospital.

Tom no hizo ningún comentario y procuró no juzgar a Shizuo.

¿Qué es lo que no nos has dicho? ¿Por qué aceptaste salvar a quien dices no merece más que tu odio?

En su sitio, las gemelas contemplaron curiosas a Shizuo y vieron en él al monstruo que la mayoría de los citadinos proclamaba que habitaba en su interior. De momento, Shizuo había dejado de apretar la mandíbula, pero sus ojos, fijos en algún punto a la distancia, destilaban rabia.

Para sorpresa de Kururi, el guardaespaldas no soltó en ningún momento al informante; lo mantuvo sobre su regazo, contrario a lo que habría esperado la gemela si tenía en consideración el odio que ambos decían sentir el uno por el otro.

Con el brazo alrededor del cuerpo de Izaya, Shizuo mantuvo puesta su atención en la ventana. Únicamente sonrió ligeramente cuando al lado de la camioneta, se situó Vorona (sentado atrás de la mujer, estaba Walker). Al enterarse de cómo había resultado todo con tan solo dar un vistazo, la eficiente asesina giró en una calle y se perdió de la vista del resto, como había sido acordado con anterioridad.

—Kururi —llamó de pronto Shizuo en tono suave, pero sin girarse a ella en ningún momento, como si, por extraño que resultara, temiera su reacción—. Te prometí ayudar a tus hermanos y eso haré. Aun así, te pido que vayas con Mairu al hospital, mientras yo lo llevo con Shinra Kishitani. Eso es todo.

La gemela no supo con exactitud que buscaba Shizuo recibir de su parte. Al instante de reparar en su hermano notó cada una de sus heridas y, cuando buscó una explicación, la mirada de Shizuo le resultó de lo más elocuente. Así que ¿pedía por un permiso? ¿por un segundo voto de confianza?

Kururi mantuvo el silencio y se limitó a dar un sólo asentimiento con la cabeza. Después de todo, pese a su mal carácter, Shizuo había logrado reprimir su impulso de llamar a Izaya con el despectivo apodo de "Pulga". Y, claro, como bien había dicho, puso a sus hermanos a salvo. De momento sólo ese hecho le pareció de importancia.

Tras llegar a tal conclusión, la gemela se forzó a desviar la mirada para contemplar al resto de la comitiva. Más de una vez, se dijo en sus adentros que debía encontrar una forma de agradecerles por su ayuda. Les daría las gracias en nombre de su familia. Por parte de Mairu, quien no tenía la energía para mostrarse risueña como siempre, y de parte de Izaya, quien nunca dejaría de protegerse a sí mismo con palabras y actos crueles.

Al cabo de un rato, la camioneta estacionó en una calle cercana al hogar del médico clandestino. Y Shizuo no tardó en salir sin mediar palabras. Únicamente le dedicó un último vistazo a Kururi y un gesto seco a Kadota. Éste, en su afán por mantenerse impasible, optó por pasar por alto los modos del guardaespaldas.

—¿Y ahora? —intervino Togusa enfurruñado. Quizá por la actitud del guardaespaldas y la falta de un "gracias" de su parte cuando había puesto a su disposición su preciada camioneta y su persona. Como si lo pensara un acto de rebeldía de su parte y dado que ya no tenía Shizuo que acompañarlos, el hombre se atrevió a prender la radio y modular el volumen para escuchar a Ruri Hijiribe.

Sin embargo, la canción que sonó por las bocinas no logró desvanecer la tensión de nadie.

—¿Ahora? Ahora vamos al hospital, al de Raira pues estudian ahí. —Decidió Kadota cruzándose de brazos y muy serio—. Mairu, Kururi, su hermano estará bien y lo mismo ustedes dos.

Kururi dejó a Mairu sostenerse de su hombro y en respuesta a Kadota formó una pequeña sonrisa, apenas apreciable. Durante las próximas horas recordaría la premura con la cual, a diferencia del Monstruo, se decidió por participar, aun conociendo la naturaleza de su hermano mayor.

Luego de ver a la camioneta doblar en la esquina más cercana, Shizuo se detuvo al pie del edificio donde residían Shinra y la dullahan. La lluvia continuaba cayendo a cantidades tan copiosas que todos los demás sonidos eran ahogados por ella.

—Estúpida Pulga, ¿por qué estás empeñado en sacar lo peor de mí? —le preguntó a Izaya en un tono de voz más bien cariñoso.

Izaya se removió ligeramente pero no recuperó el sentido. Así, el guardaespaldas suspiró antes de esbozar lo más parecido que tenía a una sonrisa. Una que no alcanzó sus ojos

—Muy bien, supongo que ya era tiempo de que tú y yo lidiáramos con el pasado. Claro, antes de todo no te quedará más opción que dar explicaciones... Y si te niegas, bueno, siempre puedo forzarte, ¿no es así?

Shizuo se adentró en el edificio a la espera de que Shinra no concluyera que ya era muy tarde como para recibir visitas. En particular, la de sus antiguos y sin duda conflictivos compañeros de clase.