Holaaaaa!

Sé que cada vez que publico un capítulo comienzo diciendo lo mismo: perdón por el retraso! es que ya saben que mi inspiración y mi falta de tiempo generalmente son unas perras jajaja.

A todas las que lean esto: ¡INFINITAMENTE GRACIAS! Disfruté mucho escribiendo este capítulo. Espero que les guste tanto como a mí y me dejen saber sus opiniones en esas hermosas reviews que me llenan el corazón de alegría.
Las quiero!


Capítulo 4

-Caroline, ya basta -suplicó Elena cansada, ya harta de todo.

-Simplemente estoy diciendo, que si sigues saliendo corriendo de las clases todas las mañanas por culpa de esas náuseas matutinas no faltará mucho para que alguien se de cuenta -siguió la rubia sin hacerle caso- Meredith ya te está haciendo un enorme favor al no llamar a Jenna pero deberías decirle... esto está llegando muy lejos, en algún momento tendrás que ir a un médico, Elena

-¡Ya basta Caroline! -casi gritó Elena y apagó la televisión levantándose del sofá de su casa de un salto.

Había pasado una semana desde que se enteró de la fatídica noticia de su... no, aún no estaba lista ni siquiera para pensar en la palabra "embarazo". Solo de no-pensarlo, sentía un escalofrío.

Siete días. Siete largos, tediosos e insoportables días en los que ni su mal humor ni sus malestares y náuseas habían disminuido. Elena ya prácticamente ni se aguantaba a sí misma, pasaba la mayoría del tiempo llorando, enojándose con alguien y extrañando a Damon. Por no mencionar aquella nueva obsesión que había desarrollado con los ositos de gelatina.

Caroline resopló cansada. Entendía lo que su amiga estaba pasando; bueno, en realidad no lo entendía, pero estaba haciendo un enorme esfuerzo por acompañarla y lo único que había obtenido de Elena en esos días era que le gritara y se enojara para luego pedirle perdón llorando. Las únicas sonrisas sinceras que Caroline había obtenido por parte de la castaña en aquellos días fueron las que invadían el rostro de su amiga cuando, cada mañana, Caroline le convidaba un par de ositos de gelatina, que siempre habían sido la golosina favorita de la rubia pero que, hasta ahora, Elena jamás había disfrutado demasiado.

Igual de cansada que su amiga, Caroline subió las escaleras detrás de Elena para ir a su habitación pero enorme fue su sorpresa cuando no la encontró tirada en su cama como solía estar cada vez que se enojaba.

-¿Elena? -gritó la rubia algo asustada.

Su amiga no le respondió, pero a Caroline no le costó nada darse cuenta de que Elena estaba en el baño. Los sonidos que producía al vomitar la guiaron hasta allí fácilmente. Cuando entró al baño, su amiga tenía los ojos llorosos y tosía estrepitosamente. Sin dudarlo, Car se acercó y sostuvo el cabello de Elena mientras esta volvía a vomitar.

-Tranquila -susurró Caroline cuando sintió los temblores en su cuerpo.

-¡Odio esto! -sollozó Elena pegándole una patada a la pared- ¡Soy una estúpida adolescente! ¡No debería estar pasando por esto!

Caroline permitió que su amiga se desahogara arrojando varias cosas y, cuando se lo permitió, se acercó a ella y la abrazó dejando que Elena llorara en su hombro. Así eran los días desde que la joven se enteró de su embarazo: los mareos y náuseas la atacaban a todas horas, sobre todo en las mañanas, su humor estaba más inestable que nunca y se la pasaba queriendo llorar.

-Lo siento, Car -se disculpó Elena sinceramente luego de lavarse los dientes y ordenar el baño en silencio- Me estoy portando terrible y tú eres la única que está a mi lado...

-Está bien... Tienes derecho a estar enojada y triste pero ya no puedes cambiar las cosas. Realmente tendrías que ir a un médico... y hablar con Jenna.

Elena asintió rindiéndose. Su amiga tenía razón pero no por eso las cosas se volvían más sencillas.

-Tendría que decirle de Damon también y eso... va a ser terriblemente dificil...

Por una vez, Caroline no tuvo nada para replicar. Lo cierto es que ella tenía razón...

-¡Elena! ¡Estamos en casa! -gritó Jenna desde abajo, distrayendo a ambas jóvenes de su conversación.

Elena se estremeció por el miedo y Caroline le dio un abrazo para darle un poco de fuerza, sabía que la situación era terriblemente complicada.

-Está bien, lo haré -suspiró Elena- Voy a hablar con Jenna.

Caroline se fue poco después, y Elena se quedó sola en su habitación mientras Jenna y su hermano acomodaban las cosas que habían comprado en el supermercado. Cansada de haber llorado por un largo rato, Elena decidió que lo único capaz de calmarla en aquel momento iba a ser Damon así que sin dudarlo lo llamó por teléfono.

Él contestó inmediatamente sacándole una sonrisa al instante.

-¿Estás bien? -preguntó inmediatamente, sin decir nada más antes. La joven casi nunca le llamaba por teléfono porque no quería que su hermano, que dormía en la habitación contigua, la escuchara hablando. Generalmente siempre se comunicaban por mensajes.

-Si... no... no lo sé -susurró la joven con voz quebrada- Supongo que no.

-¿Te pasó algo, nena? ¿Te duele algo?

-No, estoy bien... solo que ya no puedo con esto... Estoy cansada de que toda mi vida se reduzca a llorar, estar enojada y vomitar a todas horas. No sé cómo voy a hacer para seguir aguantando esto... te extraño Damon, te necesito -sollozó ella finalmente.

-Elena... -suspiró Damon tristemente- Sabes que haría cualquier cosa por hacerte sentir mejor, nena pero no puedo salir corriendo a tu casa ahora. Tu tía y tu hermano...

-Lo sé -interrumpió Elena secando sus lágrimas- Tengo que hablar con ellos... es que simplemente no quiero. No quiero que toda la vida que conozco se desmorone.

-Sabes que puedes tener una elección en eso -sugirió Damon suavemente sin saber qué más hacer.

-¿Qué quieres decir?

-Lo sabes, Elena -continuó seriamente él- Si no podemos con esto... aún estás a tiempo para decidir que no quieres tenerlo.

-Me siento la peor persona del universo por estar considerando algo así -confesó Elena y volvió a romper en llanto.

La joven susurró un te amo al teléfono y cortó sin más. Se sentía terrible, pero ¿cómo se suponía que tuviera un hijo? ¿cómo haría para sobrellevar esa enorme cantidad de problemas? Definitivamente la situación era prácticamente imposible de llevar adelante.

Probablemente nada habría sacado a Elena de su angustia de no ser por los golpes en la puerta un rato después.

-¡Elena! -gritó Jeremy al otro lado de la puerta.

-¡Lárgate Jer! quiero estar sola

-Hay un tipo abajo que te trajo un paquete -anunció, cansado del malhumor de su hermana- Si no bajas le diré que se vaya.

Elena suspiró y se secó las lágrimas para abrir la puerta. Pasó junto a Jeremy rápidamente para intentar evitar que él viera el estado lamentable de su rostro arruinado por tanto llanto y bajó rápidamente las escaleras.

-¿Elena Gilbert? -preguntó un chiquillo de unos trece años sosteniendo una libreta.

-Sí -contestó ella haciendo un esfuerzo porque su voz sonara normal.

-Envían esto para usted.

Sin decir nada más, el chico le entregó un ramo de flores y una cajita de color azul y antes de que pudiera preguntar nada, él ya se había ido.

Distraída por un momento de su momento de enorme tristeza, Elena se sentó en el sofá con la mesita de café delante de ella y observó tranquilamente las flores. El aroma a jazmín, su flor favorita desde que tenía memoria, acarició su rostro calmándola un poco y no pudo evitar sonreír mientras permitía que los suaves pétalos rozaran su nariz y sus labios. Cuando ya hubo sentido el aroma de las flores por un largo rato y al fin pudo desprenderse de ellas para dejarlas a su lado, tomó la cajita de color azul y una sonrisa enorme prácticamente partió su cara a la mitad al verla llena de ositos de gelatina de colores. No pudo evitar soltar un risita mientras se llevaba ansiosamente uno a la boca y abría la tarjeta que estaba atada a la tapa de la cajita.

Espero que al menos te haya sacado una sonrisa.

No los comas todos de una sola vez, nena.

Estamos juntos, no importa qué decidas.

Te quiero -D.

Elena sonrío mientras releía la tarjeta una y otra vez y comía los ositos uno a uno. Estaba tan contenta como si fuera una niña en la mañana de navidad, tan absorta en la preciosa caligrafía de Damon y en la dulzura de aquel gesto que no se dio cuenta de que tenía público hasta que su tía se aclaró la garganta distrayéndola.

Jenna estaba frente a ella, con los brazos cruzados y mirando seriamente a su sobrina que no hacía más que ponerse terriblemente nerviosa.

-Flores -dijo simplemente Jenna, sentándose junto a su sobrina- ¿Y ositos de gelatina? Toda tu vida los odiaste -se extrañó mirando a su sobrina comer uno detrás del otro.

Elena se encogió de hombros y bajó la mirada. Incapaz de enfrentar a su tía. Odiaba mentirle a ella, que había pospuesto toda su vida para cuidarla cuando sus padres murieron, que había estado a su lado desde que tenía memoria y siempre la había ayudado.

-¿Qué sucede Elena? -preguntó Jenna comenzando a preocuparse.

Ella dejó la caja con ositos de gelatina a un lado y miró a su tía con un enorme gesto de culpa.

-Nada -se encogió de hombros intentando ignorar la enorme punzada de culpa en su estómago.

-Te conozco, Elena. Te he conocido toda mi vida ¿Qué va mal?

-No lo sé...

-Has estado portándote extraña por días. Y ayer me llamaron de tu colegio.

Elena cerró los ojos de golpe maldiciendo a Meredith internamente aunque sabía que ese momento llegaría tarde o temprano.

-¿Qué te dijeron?

-Tu profesor de historia está preocupado, dice que te has saltado varias de sus clases ¿Qué sucede, Elena?

Ella suspiró, al menos no se había enterado de los malestares matutinos. No era de extrañar que Alaric hubiera llamado a Jenna, después de todo era verdad que varias veces había faltado a sus clases porque se quedaba encerrada en el baño.

-Solo fueron un par de clases -se encogió de hombros- Sabes que siempre me fue genial en historia, no va a ser ningún problema.

-Sabes que puedes confiar en mí ¿Cierto?

-Si... -suspiró Elena.

-¿Y no tienes nada que decirme? -indagó Jenna más profundamente.

Elena la miró con los ojos brillantes y llenos de culpa y negó con la cabeza. No se sentía capaz de confesar una cosa así, no podía defraudar a su tía de esa manera, no después de todo lo que Jenna había sacrificado para que Elena tuviera todas las oportunidades en la vida, no después de que se sacrificara para enviarla al mejor colegio del estado, de que hubiera dejado su carrera por cuidarla… Jenna no se merecía eso.

Jenna le devolvió la mirada con algo de resignación y suspiró decidiendo dejar el tema por hoy.

-Así qué… ¿Quién te manda las flores?

-Alguien… -se encogió de hombros Elena sintiendo el móvil vibrar en su bolsillo.

-¿Y tampoco vas a decirme quién?

-No es nada serio, no hay demasiado que contar -murmuró Elena riendo irónicamente ante su broma, Jenna no podía ni suponer lo serias que eran las cosas con Damon en este punto.

-No voy a culparte si no quieres contarme algunas cosas, pero ten cuidado, Elena.

Ella asintió mientras se comía un par de ositos.

Durante la cena, Jer y Jenna fueron los encargados de mantener la conversación mientras Elena devoraba su comida sin hacer ningún tipo de comentario y, antes de que ninguno le pudiera decir nada, se levantó y se retiró a su cuarto atormentada por un enorme dolor de cabeza.

La joven estaba metiéndose en la cama cuando su móvil vibró entre sus dedos.

"Mejor?"

Solo esa palabra brillaba en la pantalla y con ese pequeño conjunto de letras, los ojos de Elena se llenaron de lágrimas al mismo tiempo que una pequeña sonrisa asomaba entre sus labios. Definitivamente era un desastre emocional, todo causado por sus revolucionadas hormonas y su terrible estado de ánimo.

"No." respondió sinceramente por mensaje y rápidamente tecleó otra cosa: "Te extraño"

"Yo también te extraño, nena. Te extraño muchísimo"

Elena suspiró ante esas simples palabras y tuvo que contener su deseo de salir corriendo en busca de Damon. Estaba triste y asustada, y lo peor de todo era que se sentía terriblemente sola.

"Tengo miedo, Damon. No creo que pueda hacer esto..."

A varias calles de distancia, lejos de ella, Damon recibió ese mensaje y sintió cómo el mundo amenazaba con caerse encima de él.

Sabía que no era un buen momento, que su situación era más que extraña y que no sería para nada sencillo tener un niño pero de solo pensar en la posibilidad de que Elena estuviera considerando deshacerse de ese bebé le daba pánico.

Pero no podía decírselo, no podía cargarla con esa presión. Elena era lo que él más amaba en la vida y si ella realmente creía que no iba a poder sostener esa situación él no podría ir en contra de sus deseos. Iba a cuidarla y protegerla por encima de todas las cosas, pero no podía evitar que la simple posibilidad de que ella decidiera no tener al hijo de ambos se clavara en su corazón como un helado cuchillo.

"Eres fuerte, nena. Puedes hacer cualquier cosa" respondió él finalmente con una pequeña sonrisa.

La respuesta de Elena no tardó en llegar.

"Me siento así cuando estoy a tu lado" confesó haciendo que el corazón de Damon revoloteara de alegría pero su siguiente mensaje lo devolvió a la realidad "Pero no podemos estar juntos, lo sabes. No está bien"

"Encontraremos una forma, Elena. Lo prometo" respondió Damon rápidamente haciendo que Elena sonriera nostalgicamente en su habitación.

"Buenas noches, Damon. Te quiero"

Abrumada por los sentimientos, Elena tecleó aquellas últimas palabras y dejó el móvil a un lado de su cama. A los pocos segundos volvió a sonar con la respuesta de Damon pero no se encontraba lo suficientemente fuerte como para leer su mensaje así que no lo abrió, enterró su rostro en las almohadas y, haciendo fuerza para no llorar, se durmió rápidamente.

La respiración de Elena era agitada y temblorosa, le dolía el cuerpo por todos lados y el alivio que sentía era difícil de explicar. Estaba tan abrumada que le costó enfocar la vista a su alrededor. No pudo ver en dónde estaba, tampoco qué hacía allí. Todo lo que sus ojos pudieron ver fue a él.

Damon la miraba con los ojos brillantes y una sonrisa digna de un niño en su cumpleaños, parecía que acababa de recibir el mejor regalo que alguien podría haberle dado en toda la vida.

-Lo hiciste, nena -sonrió aún más ampliamente y acarició el rostro de Elena con sus dos manos- Lo hiciste.

-Sí… -respondió Elena sin ni siquiera saber de qué hablaba.

Damon se acercó a sus labios y la besó de una manera que nunca antes la había besado. Elena sintió admiración, felicidad y amor infinitos en sus labios. La dicha, el amor, se sentía tan fuerte, tan correcto…

Pero de repente él desapareció de su lado y Elena quiso llorar.

-Damon… -llamó con angustia.

-Aquí estamos -la tranquilizó él regresando a su lado a los pocos segundos y Elena sintió un cálido peso revolviéndose sobre su pecho.

Con esfuerzo Elena enfocó la vista para mirar a su alrededor y explotó en lágrimas al mirar aquella pequeña belleza en sus brazos. Nunca había visto en su vida nada más perfecto. Era una personita, una pequeña personita. Un bebé, su hija. El bebé más precioso que había visto en toda su vida.

-Damon… -fue todo lo que pudo pronunciar, abrumada por los sentimientos.

-Es maravillosa -suspiró Damon arrodillado junto a la cabeza de Elena.

Con los labios temblando por la emoción, Elena se acercó con cuidado hasta rozar con un beso en la suave piel de la cabeza de la pequeña que se removía inquieta en sus brazos. Tan pequeña, tan cálida, tan hermosa…

-Mi bebé -susurró Elena estrechándola entre sus brazos.

-Lo hiciste, nena -volvió a felicitarla Damon con un nudo en la garganta y volvió a besar sus labios- Te amo.

Cuando se separaron se quedaron mirándose a los ojos por unos segundos, más conscientes que nunca del infinito amor que se tenían. Hasta que un pequeño quejido atrajo rápidamente la atención de ambos hacía la pequeña criaturita que se removía sobre el pecho de Elena.

-Dí hola a papi… -sonrió la joven mientras una pequeña manito se enredaba en su dedo- Hola papi -repitió mirando a Damon a los ojos y las lágrimas de ambos estallaron de la alegría.

Los tres estaban solos encerrados en ese momento perfecto, hasta que repentinamente Elena comenzó a sentir miedo y frío y, cuando alzó la vista, descubrió una delgada joven acercándose a ellos a paso ligero.

-No -sollozó estrechando a la pequeña bebé contra su pecho con fuerza.

A Elena no le costó nada reconocerse a sí misma, vestida con el uniforme de la escuela y marcas de lágrimas en sus mejillas acercándose a donde ella estaba.

-No te la lleves -suplicó Elena abrazando a su bebé.

-No puedo… -sollozó la segunda Elena con manos temblorosas- No puedo hacer esto.

-¡No! -gritó esta vez Elena buscando el apoyo de Damon que de repente había desaparecido de su lado.

Se aferró al cuerpito caliente de su hija que de repente comenzó a llorar desesperadamente convirtiendo ese sonido el el sonido más aterrorizante y horrible que Elena jamás hubiera escuchado.

-Es mía, ¡No te la lleves! -suplicó.

-No puedo -repitió la joven fríamente.

Sin hacer caso a sus súplicas y llantos, la segunda Elena, vestida en su uniforme y con aquellas aterradoras marcas negras que habían dejado las lágrimas, arrancó a la pequeña de los brazos de su madre haciendo que el llanto de ambas se volviera ensordecedor.

Lo último que Elena vio fue a aquella triste copia de sí misma cargando con su bebé que lloraba desesperadamente y ambas desaparecieron en la oscuridad de la habitación para siempre. Dejándola sola y destrozada.

Elena despertó mientras amanecía y un ensordecedor grito perforó su garganta. Se llevó instintivamente una mano a su vientre plano y se contuvo para reprimir las lágrimas. ¿Qué había sido ese sueño? Ni siquiera ella misma podía desenmarañar el enorme cúmulo de emociones que se disputaban en sus pensamientos.

Esa mañana, por primera vez, Elena conoció una nueva clase de miedo. Un miedo que poco tenía que ver con su miedo a las tormentas o aquel infantil temor a la oscuridad. Tenía miedo de sí misma, de que por su propia culpa perdiera aquello que aún no se animaba a aceptar que tenía. Su bebé... Tenía pánico de perderla.