CAPÍTULO 4. LA CUEVA.

Efectivamente era un oso. Otro oso. Brienne no supo por qué, pero le hacía avergonzarse. –Podrik, no hagas nada. Es un animal en libertad, no atacará si no se siente atacado. – sin embargo el oso parecía acercarse. Cuando pudieron ver los ojos azules y el cuerpo medio desmembrado el oso ya estaba encima. –¡Podrik, el cuchillo, saca el cuchillo!- Pero el chico no pudo hacer nada, la bestia le había dado un zarpazo antes de que pudiese responder. Jaime lanzó una cuchillada al aire y consiguió alcanzarle un buen golpe con la mano falsa. Brienne consiguió clavarle Guardajuramentos justo antes de ver los otros dos osos que se les venían encima. Lucharon espalda con espalda hasta que Brienne notó que Jaime caía tras ella. Ensartó el cuchillo de obsidiana en un ojo y rápidamente se volvió para atravesar a la otra bestia con su espada. Cayó de rodillas sobre Jaime y comprobó que respiraba. Corrió como pudo por la nieve que llegaba hasta sus espinillas y encontró a Pod tendido boca abajo, como a Jaime muchos días atrás. Al darle la vuelta Pod seguía vivo.

Necesitaba encontrar un refugio. El campamento salvaje estaba totalmente desmontado y tenía que encontrar un lugar donde poder restablecer a sus compañeros de viaje. Comprobó que las heridas no tenían una solución que ella pudiera darle en ese lugar, subió a ambos a los caballos y comenzó a buscar.

Nada. Ninguna construcción a la vista a leguas de distancia. La noche era estrellada y con una luna creciente bastante luminosa, pero aun así la vista le estaba fallando y temía empezar a caminar en círculos. Podrik empezó a farfullar. Bajó de su caballo para verle. Estaba congelado y balbuceaba. Le puso la mano en la frente y abrió los ojos. – Gracias Ser. Gracias por llevarme siempre contigo. Doy gracias por haber aprendido del mejor caballero de todo Poniente. – Brienne le acarició la cara para tranquilizarle y volvió a montar.

Una formación rocosa se divisaba al horizonte. Parecía una cueva. Al acercarse comprobó lo que se temía: los caballos no iban a entrar. Tenía que decidir: abortar la misión y abandonar caballos y armas y guarecerse o seguir buscando una solución mejor. Miró hacia atrás para comprobar que la viabilidad de uno de los planes se había terminado. Podrik había muerto.

Las lágrimas le congelaron el rostro. Intentó poner su mente en orden por un segundo. La misión había terminado, todo había terminado. Bajó a Jaime del caballo, y le introdujo en la cueva. El caballo más pequeño también pudo entrar por la pequeña apertura.

Una vez dentro empezó a sentirse extraña. Pensó que estaba delirando del frio, del dolor y del sueño, pero no era así. Sentía calor. Había un manantial de agua termal dentro de esa cueva. Una cascada de agua dulce y templada caía sobre las rocas. ¿Lo estaba soñando? ¿Era realmente un oasis en ese desierto congelado?

Desvistió a Jaime y comprobó las heridas. El zarpazo del pecho no era profundo, sólo estaba atontado por el golpe contra el suelo en la cabeza. Seguro que le saldría un chichón en esa preciosa cabellera dorada. Brienne se hubiera reído si todavía mantuviera esa capacidad.

Jaime se espabiló al contacto con el agua. Ella le había metido con sumo cuidado, intentando respetar cada herida. –Lo siento muchísimo Brienne. – Ella estaba fuera, quitándose aún la ropa helada. No podía evitar mirarla. -¿Estabas consciente? ¡Por qué no me has dicho nada! – Jaime recolocó su espalda. Cada movimiento le partía en dos. –No estaba totalmente consciente, sólo tengo pequeños trozos. Oí lo que te dijo. Y tiempo después te oí llorar. Y veo que no está aquí. – Brienne suspiró. – No, ya no está en ninguna parte.

Entró en el agua y se mantuvo lo más lejos posible. Pero esto no era la bañera de Harrenhall, prácticamente no había espacio para los dos. –Lo siento muchísimo. Él te quería. Te amaba. – Brienne no podía aguantarle más - El no me amaba, me respetaba, aunque tu pienses que eso es imposible. – Jaime frunció el ceño– Yo solo digo que no son cosas incompatibles. – Cállate. Cállate por una vez. – Y Jaime guardó silencio.

Brienne sentía que se le iba la cabeza. Llevaba mucho sin dormir y el calor del agua le adormecía más. –No dejes que me ahogue en este charco.- ¿Por qué, ninguna doncella de Tath ha muerto en la bañera?- Recordó su primera vez juntos en el agua. Y recordó que le dijo algo parecido. – En Tarth todo el mundo sabe nadar, a todos nos gusta el agua y no creo que nadie haya sido tan estúpido nunca para morir así. – Entonces tendré que salvarte, llegado el caso. – Solo él tenía esa capacidad. Pasase lo que pasase podía decir algo para hacerle sentirse mínimamente bien. Era agradable. A pesar de todo el dolor y sufrimiento, en ese momento se sentía en una extraña paz. Recordaba que la última vez que se vieron así fue la primera que le vio medio humano, medio divino y medio muerto. También recordaba que, a pesar de estar herido, se pavoneó al meterse en la bañera junto a ella, mostrando su espléndida desnudez como si fuese un tesoro. Ella introduciéndose en el agua podría parecerse al caballo que les aguardaba en la entrada. Prefería no pensar en su propia desnudez, pero era incapaz de pasar desapercibida la de Jaime. La simple curvatura entre su cuello y el hombro le parecía una obra de arte. Nadie nunca podría haber sido tan hermoso como Jaime en aquel momento, ni siquiera él. Nunca nada podría parecerle más bello. Cerró los ojos y se dejó dormir.

Sus ojos azules se abrieron por fin. Jaime estaba sobre ella y su mejilla colorada se llevó un último bofetón. – Brienne, por los siete- No le había llamado moza, debía estar realmente asustado. – Solo me he dormido un poco, nada más.- Jaime seguía rodeándola con los brazos, con su rostro sobre ella – Te desmayaste y tuve que sacarte del agua. Comerás algo y dormiremos un rato.

No tenía sentido volver a ponerse las ropas heladas. Tomaron una manta de la alforja y se tumbaron debajo. Intentaron no tocarse, pero la manta tampoco era tan grande. Ella se dio cuenta de Jaime tenía todo un brazo fuera, el hombro (el maldito hombro) y parte del pecho al aire. Esperó a que se durmiera, se acercó un poco y quiso recolocarle la manta. Despacio y con mucho cuidado se incorporó ligeramente sobre él, llevando el pico de la manta para envolver la zona descubierta. Hasta que no terminó de maniobrar no se fijó en los mentirosos ojos verdes que habían fingido el sueño. Ahora, abiertos de par en par, la miraban desde abajo con malicia. Rápidamente intentó quitarse de encima, pero Jaime tomo la muñeca que aún tenía aferrada a la manta y de un movimiento la tiró sobre él. La besó con tanta fuerza que se cortó el labio, seco por el temporal. – Joder, no podía más. – Se separó para respirar y ver la respuesta de ella. Los ojos húmedos, la cara de sorpresa… pero no se retiró. Jaime soltó su muñeca y la atrajo fuerte desde la nuca. Empezó a devorarla con el ansia de una vida de espera. Ella tampoco podía más. Jaime la sostuvo con su brazo incompleto para incorporarse juntos. Comenzó a morderle el cuello, el hombro… y siguió bajando. A ella le sorprendió que su primer orgasmo fuese aún siendo doncella, pero no a él. Sabía lo que hacía y desde luego se había imaginado mil veces con su cara entre sus enormes piernas blancas.

Por supuesto esa noche Brienne dejó de ser una doncella. Siempre lo había imaginado como algo doloroso, pero estaba equivocada. Y su septa mucho más. Nadie le había preparado para algo así. Paladeó la intimidad y dulzura de sus pieles enlazadas. Sus ojos estaban por todas partes. Al pestañear el mundo no se fundía a negro, sino en un verde intenso y descorazonador. Le sentía por todas partes, sus pestañas, sus pies… todo su cuerpo estaba lleno de él. Su olor, su sudor. Enroscados bajo la manta durmieron durante lo que pareció un año. Sueños verdes y azules. Fuera nevaba, pero en esa cueva ya había empezado la primavera.