¡Hola, hola, hola, soy Noah!

Tengo pereza, no he dormido nada, así que tampoco tengo ganas de escribir una intro. Solo dar las gracias por leer y desearos un feliz capítulo y que os guste mucho.


Michelle White Mena (Linca357) - Kentin Neville.

Lewis Edén Eilish (BoxOfGlitter) - Lysandro Ainsworth.

Anne Christine Bradley (MusicianWish) - Armin De Lorme

Gabriela Chavanel Millman (Antonia134) - Nathaniel Leblanc.

Katrin Annie Whinestone Marllow (karychela) - Viktor Hale.

Leia Evans Rosseau (Noah Blacky) - Castiel Leuman.


"Y vestida como un ángel,

con sonrisa de oro,

Te daría mil besos que te hicieran sentirme del todo"

-Poesía de Noah Black.


Ropa.

Castiel y Leia.

Castiel nunca se había sentido tan ridículo, no es que no se viese alucinante en aquel traje, es, simplemente, que no entendía porque la extravagancia de los Rosseau le arrastraba a él a todo.

No quería ir a aquella fiesta, pero sabía, de primera mano, que Peter usaría eso como pretexto para dejarlo por los suelos –fuera o no fuera a la dichosa fiesta-, sin embargo, sabía de primera mano que, esa excentricidad era por su novia.

- Gracias por acompañarme.

- No hay que darlas. Es tu día- refunfuño.

Leia sonrió, mostrando sus perlados dientes, ajustó la ropa de su novio.

Iba increíble, aquel traje de cachemir le sentaba estupendamente, negro, con aquella hermosa corbata roja que destacaba su cabello, la camisa blanca, el pañuelo rojo… aquellos zapatos caros, estaba hecho un pincel. Su cabello estaba peinado y engomado, fijándose y dándole un aspecto elegante. Leia se acercó, sonriendo y abrazándole.

- Me encanta que estés tan feliz.

- No me gustan estos eventos.

Leia achicó sus ojos y rió divertida.

El evento se debía a que el libro que había escrito había sido un éxito en las ventas, estaba debutando, otra vez, y se sentía realmente contenta, cuando su familia se enteró, insistió en hacer una fiesta para ella.

- Te dije que no hacía falta, solo van a ser un par de "si, gracias, muy amable, me alegro que le haya gustado" y a casa.

- No me fio yo de tu padre…

Rodo los ojos y dejó que su chica colocase la corbata mejor.

Revisó todos los detalles de su chica, pestañas larguísimas, una sombra plateada, labios finos y de un color carmesí intenso. Estaba preciosa, Leia estaba increíble, aquellos cabellos rubios brillaban atados en un recogido, el mechón de su cabello libre al lado izquierdo y el lado derecho, eran perfectos para enrollar el dedo. Su vestido negro era precioso, ajustado y largo.

- ¿Quién ha elegido ese vestido?

- ¿Mi vestido? Ha sido Ethan y Mark-

- ¿Tu hermano y su estúpido amigo?

Leia negó con la cabeza divertida.

A Castiel no le agradaba Mark para nada, cada vez que lo veía rugía sin parar, era como un perro enfadado al que no le gustaban los desconocidos, incluso se atrevía a compararlo con un perro celoso que rugía al primer perro que se aproximase a recibir una caricia de su dueño. Se rió al pensar en esa comparación y miró a los ojos de Castiel, dejando la corbata atada a la perfección.

- Sí, ellos dos.

- Odio a ese tío-

- Tú odias casi todo.

Castiel la miró con indignación y alzó su cabeza.

- No es cierto.

- Sí lo es.

- No, lo único que odio, a parte de él, es que ese vestido tan bonito no esté en el suelo de esta habitación y tú en esa cama.

Armin y Anne.

No podía creerse que lo hubiesen convencido.

Y tampoco podía pasar por alto que Robert estuviese allí, Alexy y Anne querían ir de compras y Anne había puesto los ojos, esos ojos a los que él era tan débil. Y míralos, allí estaban y seguía sin creerlo. Él no era para nada aficionado de la ropa, pero estaba en el centro comercial. Sin hacer más que mirar hacia allí, con cara de desilusión.

- Creo que ese vestido te quedaría bien- sugirió Robert, mirando a Anne que tenía un vestido, en las manos.

- El cuello de bebe realza mucho y estiliza la zona superior.

- ¿Vosotros creéis?

Los dos chicos asintieron y Anne sonrió levemente, afianzando el agarre del vestido, se fueron hacia las diferentes secciones de la tienda. Se sentía fuera de su hábitat, le hubiese gustado más dejarles solos, pero, la insistencia de su novia era mucha.

Unos besos y había conseguido liarlo. Maldita sea, era débil. No era un buen líder de la rebeldía si su novia podía tirarlo todo e impedir su partida online, los rebeldes estaban perdidos sin él, joder.

Caminó resignado y vio cómo, en aquellos minutos en los que había estado parado, la montaña de ropa en los brazos de su novia había aumentado considerablemente. Alexy y Robert estaban revisando la ropa masculina y Anne estaba a su lado.

Se acercó a escena, desanimado.

- Armin, ¿dónde estabas?- reprochó Alexy.

Sin darle demasiado tiempo a responder, Alexy, cogió la mano de Anne, que se dejó arrastrar hasta la zona de probadores con unos morros increíbles, parecía un niño pequeño que no había conseguido lo que quería.

Al llegar al probador, decidió caminar hacia el fondo.

- ¿Armin?

- Si tengo que venir de compras, al menos quiero sacar algo en claro.

- ¿Eh?

La empujó con suavidad, coquetería y diversión.

Las manos de Armin se cerraron sobre la cintura de Anne, quien fue estampada contra el cristal, soltando las ropas que había cogido con Alexy y Robert, ya no era capaz a sujetarlas cosas, no con un Armin salvaje, mordiendo su cuello, subiendo sus manos por aquella tersa piel de melocotón que tenía su novia.

- A-Armin…

- Hm… ¿Nunca has querido hacerlo en un probador?

Gimió levemente.

Subiendo la camiseta, mostrando la ropa interior de su novia, fue bajando su mano derecha hacia los pantalones de su novia, introduciendo los dedos en el interior de la chica, que ya estaba colocándose para hacérselo fácil, gimió.

- No hagas ruido, bebé, no queremos que nos encuentren.

- Te odio mucho.

- Te amo más-

Lysandro y Lewis.

Lysandro había dicho que iba a hacerlo.

Levy estaba en una nube, no podía creerse que lo hubiese logrado, bueno, realmente si, sabía que Lysandro haría muchas cosas para verla feliz, sobre todo si era algo tan simple como lo que ella le había pedido.

No es que ella quisiera cambiar a Lysandro, pero era una fantasía que la había invadido, de una forma tan fuerte que no se contenía, Levy se sentó en el sofá y sonrió muy pero que muy feliz, era como le estaba siempre que su novio estaba con ella, como cuando leía o como cuando le leía poesía.

Lysandro era perfecto, era su chico de novela.

Le gustaba, le había gustado desde que lo vio, aunque jamás prestó demasiada atención en un plano dirigido hacia ella, Levy siempre se quedaba mirándole desde lejos y fantaseaba con escenarios románticos de novelas, le encantaba, pero, cuando él la miró a ella, fue todo un vuelco a su corazón.

Le había gustado él de arriba abajo, aquellos ojos de dos colores que escondían una mirada seductora y misteriosa, el silencio y la seriedad en su rostro, sus labios llamativos y delgados que siempre permanecían en una línea, raras veces sonriendo. Aquella ropa llamativa y curiosa que siempre llevaba, que portaba siempre con tanta elegancia.

Había sido como un sueño y una realidad, tan jodidamente dura, que no podía dejar de verle como lo más hermoso que había visto en el mundo, y eso que, para aquella chica de melena cobriza tenía como lo mejor, de lo mejor, los libros.

Pero él era una excepción.

- Me siento tan extraño como cuando uso chándal.

Levy abrió la boca de par en par.

Lysandro había aceptado probarse un conjunto de la época moderna, unos vaqueros ajustados, pitillo, de un color precioso, jaspeado, una camiseta de manga corta de un color verde y una chaqueta americana de un color negro, aquellas deportivas…

Wow.

- ¿Es anómalo para mí… no es cierto?

Pero Levy estaba sin palabras.

Estaba… diferente. Completamente diferente. Maldita sea, parecía un modelo, incluso con la ropa que usaba habitualmente, siempre estaba arrebatador, pero hoy, al tener una novedad diferente en él, estaba totalmente cautivador.

- ¿Por qué me miras así?- dijo, completamente ruborizado.

- Estás… wow… o sea, tú siempre eres wow pero… wow. Es diferente, exótico y wow…

Él se acercó a ella, con un poco de timidez en su semblante.

La sujetó de las caderas, sintiéndola más y más cerca, sus manos apretándose contra sus caderas, los brazos de Levy ascendiendo por sus hombros, se besaron. Lysandro tiene una gran manera de besar, tan intenso que parece tener fuego dentro de él, ocasionalmente, la enloquecía cada vez que sentía su mirada en ella. Moría quemada entre las llamas de su intenso calor corporal.

El beso fue ascendiendo, como las llamas avivadas por una brisa fuerte y temporal.

Viktor y Katrin.

No podía evitar mirarla, de hecho, toda la sala estaba mirándola.

Aquel restaurante caro, elegante, donde nunca, nunca obtendrías una reserva si no tenías contactos estaba lleno de gente y ellos habían hecho acto de presencia. Todo el mundo disfrutaba una velada maravillosa, se comía de lujo, con aquellos precios desorbitados y aquella elegancia por todos lados, disfrutabas de una cena exquisita.

Y allí estaban ellos, plantados en la entrada, mirando a su alrededor para encontrar a Joe Halle, pero Viktor ya no estaba buscando a su padre.

No podía apartar la mirada de ella.

La pálida piel de porcelana de su novia, destacaba aún más con aquel vestido rojo carmesí, tan intenso que lo echaba hacia atrás por el deslumbre que provocaba. Era corto y ajustado. Parecía como si hubiese bajado un ángel a la tierra con ropajes de fiesta. En el momento en el que Katrin bajó de su apartamento hasta su Porsche se sintió maravillado al contemplarla.

- No veo a tu padre.

Viktor no fue capaz a contestar a aquella afirmación.

Continuó contemplándola de una forma más intensa y profunda, el cabello negro de su novia cayendo en cascada y con unas pequeñas hondas en las puntas, estaba preciosa. El maquillaje era tan sencillo y llamativo que le trastocaba.

Labios rojos intensos, pestañas largas y una raya bien hecha, fina y larga hasta hacer la puntita esa rara, su novia la llamaba raya de gato, él simplemente se conformaba con asentir y creer lo que ella decía. Fijo que entendía mucho más de lo que lo hacía él.

Pero, incluso sin saber lo que llevaba con su nombre real, era consciente de que, si ya era hermosa de por sí, cada día, a cada momento, lo era más.

- ¿Viktor?

- Dime.

- ¿Qué pasa?

Él sonrió, negando con la cabeza, le quitó importancia por completo.

Katrin frunció un poco el ceño, no entendía demasiado la expresión de tonto que tenía Viktor, debería estar preocupándose por buscar a su padre y no estar en las nubes mirando a dios sabe dónde.

- Te miraba.

- Pues deberías mirar más alrededor, tu padre odia las personas que son impuntuales.

Viktor quitó importancia a las palabras de la chica, acercándola a él.

Su fina cintura, sus caderas, su vestido ajustado y aquel abrigo que ocultaba un poco su hermosa figura, pero nadie pasaría desapercibido aquella belleza terca que mantenía entre sus brazos.

- Bueno, eso puede esperar, ahora mismo quiero admirar lo hermosa que estás.

Katrin sonrió para él.

Orgullosa de postrarse al lado de tal hombre, le abrazó también con uno de sus delgados brazos, le miró intensamente.

- Eres adorable, pero recuerda que no vamos a tener sexo. Te dije que estabas castigado.

- ¿Aún sigue molestándote?

- ¿A mí? Por supuesto que no, querido.

Y contoneándose hacia el interior, hasta el metre, Viktor suspiró, que vengativa era cuando quería...

Nathaniel y Gabriela.

Adoraba a su novia.

De verdad que lo hacía. Era una de las personas más importantes en su vida, la persona que siempre estuvo ahí para él desde que eran críos, incluso aunque había tenido que mudarse unos años, había sido su apoyo durante años.

Y más ahora que era la mujer de su vida, cosa de la que estaba bastante seguro.

Pero ya no podía más, estaba realmente cansado del trabajo y ya no sabía ni que estaba mirando, ni que había visto, ni nada. Estaba muerto, sus ojos ámbares se cerraban y, cada vez que su novia salía de su habitación y le enseñaba otro conjunto, perdía la cuenta.

- Cariño, ¿por qué estás tan estresada? Todo te queda hermoso. Eres hermosa.

- ¿Estás de broma?- preguntó. -¡Tengo mi presentación mañana! ¡Tengo que estar perfecta!

Nathaniel extendió las manos hacia ella, llamándola para que fuese hacia él.

Se fijó en aquel conjunto, estaba hermosa como había dicho, de hecho, ella siempre estaba hermosa, cualquier conjunto la hacía danzar hermosa, ¿más hermosa de lo que era? No, porque ella hacía hermosa a la ropa y no al revés.

Ella siempre era hermosa.

Con esa falda abierta por ambos lados o sin ella, con ese top negro o sin él. Ella siempre era lo más bonito que veía al despertar, ni el amanecer, ni el anochecer, ni nada. Ella. Sin duda alguna, le enseñaba desde un punto aún más profundo lo que era realmente la belleza.

- ¿Qué?- habló frustrada.

- Les impresionarás. Tus bailes y tú, toda tú, todo el mundo, cuando te vea entrar, no será capaz a quitar los ojos de encima de ti.

Las mejillas de Gabriela se cubrieron un poco de rojo.

Entre los brazos de él, se dejó mimar, sosteniéndola tan cerca de él como pudiera, Gabriela, se dejó caer en el sofá, entre sus piernas, mientras Nathaniel enterraba su cabeza entre su pecho y su estómago.

- Pero…

- Pero nada- dijo Nathaniel. –Me has enseñado cincuenta mil conjuntos y, sé que, con cada uno estás hermosa, pero, pongas lo que te pongas, sigues siendo hermosa y un conjunto no te va a quitar eso.

- Pero yo…

- Gaby, eres preciosa.

Gabriela bajo su mirada, mientras Nathaniel la subía, se echó hacia atrás, para permitirse dejarle espacio a Gabriela para besarle intensamente, como si fuera, un destello de luz, rápido y fugaz.

- Estoy demasiado agobiada.

- Déjame a mí…

Las manos de Nathaniel acariciaron la espalda de su novia, un masaje leve fue produciéndose, como se pudo, pues no tenía total acceso a su espalda, pero el efecto estaba siendo inmediato.

- Pf, estoy agobiada.

- Vas a hacerlo genial.

- ¿Tú crees?

- Por supuesto, todo el mundo en su sano juicio se quedaría mirándote una y otra vez, sin poder quitar los ojos de ti. Todos.

Kentin y Michelle.

Kentin había llegado del gimnasio.

Sudoroso. Con una toalla al cuello. Completamente sudoroso. Su piel brillaba, con algunas gotas discurriendo y otras quietas, aquella camiseta básica pegada a su cuerpo, aquella mirada intensa y concentrada en el calendario de ejercicios que había pegado en la cómoda del salón.

Se mordió los labios.

La toalla comenzó a discurrir por su cuello, hasta su brazo, poco a poco, como si quisiera seguir recorriendo toda la superficie del cuello de Kentin. Los ojos profundos de Michelle lo siguieron, pero, antes de que pudiera seguir deslizándose hasta dios sabe que superficie deliciosa de ver y sentir de Kentin, su novio frenó la toalla y decidió que era un buen momento para frotar el sudor.

Ella no tenía una respuesta lógica.

Ni una buena idea de porque se ponía tan frenética y atrevida cuando Kentin llegaba del gimnasio, siempre que lo veía lo encontraba increíblemente sexy, era como si las hormonas de Michelle saltasen, de un lado a otro, como si fuera un circo de trapecistas bailando y haciendo un show movido. Así se sentía su interior.

Se sentía realmente peligrosa para Kentin, se veía atacándole como si fuera su presa, besándole intensamente y quitándole esa ropa sudada que tan bien le quedaba, e, incluso con el olor a veces más fuerte que otros, le encantaban aquellas duchas intensas entre los dos.

Kentin se giró a verla, una vez había terminado de apuntar los datos que había recolectado hoy.

- Lo he hecho bien hoy- sonrió felizmente.

Michelle sonrió orgullosa en el momento que Kentin resopló hondo con una enorme sonrisa.

Dirigiéndose a donde estaba la chica, la besó profundamente, un beso cálido que inundó a la chica de ganas de tirarlo al suelo y quitarle aquella ropa que la estaba alterando profundamente.

- Voy a hacerme un batido, ¿quieres algo de la cocina?

Los ojos de Michelle le inundaron profundamente, incapaz de dejar de observarle, mantuvo su mano cerca de él.

- Sí, trae la nata.

- ¿La nata? ¿Para qué?

- Y las fresas.

- Oh, ¿y quieres cuchara, plato y tenedor, supongo?

- Y sirope de chocolate.

Kentin la miró.

- ¿Tienes un antojo?

- Tengo antojo de ducharnos ahora y luego comernos mutuamente con la nata, el chocolate y las fresas.

Kentin se ruborizó, en el momento que su novia acabó su discurso, recibió un gran salto de su novia, quien, para su sorpresa, le tomó tan desprevenido que cayeron al suelo, Kentin sonrió y negó con la cabeza.

- Eres un desastre precioso.

- Tú eres precioso, también.

Se sonrieron mutuamente y comenzaron a besarse desesperados, incluso aunque Kentin intentó volver a revisar a su novia, una vez más, no pudo, aquella pasión e intensidad le inundaba profundamente, e iba a disfrutarlo.


Y hasta aquí.

Gracias por leer.

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