Nuevamente, gracias a todas por sus reviews! Sobre todo a Lali, que no tiene cuenta y no puedo contestarle por otro medio, ¡gracias! Y bueno, perdón por la tardanza, pero todo ha sido muy complicado. Sumado a todo lo de la universidad, he andado súper enferma, así que me ha costado montonazos poder escribir. Pero bueno, pasando de los dramas personales xD ¿alguien quiere RyoSaku? No en este fic, por supuesto. Tengo pensado iniciar uno nuevo, que no podría decir que será largo (aunque tal vez que sí), pero sí de varios capítulos, ¿les parece buena idea? :) Si se entusiasman, me cuentan.

Recomendación: "Baile para el corazón" de Eleonora Snape, es uno de los fics de los que les hablé en el primer capítulo. A mí me enganchó desde el principio. No está terminado ni de lejos, pero aún mantengo esperanzas de que la autora actualice.

Importante: Información relevante de esta historia en mi perfil.


Capítulo 4: El comienzo del fin II

Todo el retorno a su casa lo hizo con la nariz arrugada y el ceño fruncido. Parecía algo casi inherente a ella: su caminar era irregular, casi zigzagueando de un lado hacia otro. ¿Que la habían rechazado? ¿Que no sabía captar las indirectas? Sus palabras la habían dejado —por decirlo menos— indignada. Y lo más frustrante de toda esa situación, es que no sabía por qué carajos se sentía así. Su mente comenzó a divagar en todas las cosas que había ocurrido desde aquel desafortunado encuentro, y lentamente los engranajes en su mente empezaron a moverse, entendiendo el porqué. Pero ella hace tiempo que había llegado a una conclusión; sin embargo, todo lo relacionado con Ryoma le daba vuelta su estructurado mundo. Sabía que ella no significaba nada para él, pero incluso así, su cerebro intentaba esconder todo rastro de aquello, sólo con el fin de aplacar el dolor. Y las palabras de Hiyoshi simplemente habían reforzado todo aquello. Él tenía razón. Y ella se comportó como una verdadera niña inmadura al enojarse de esa manera.

Soltó un profundo suspiro al abrir la reja de su casa y adentrarse en su pequeña morada. Ya había disfrutado lo suficiente de sus vacaciones. Ahora no quedaba más que prepararse para otro intenso año escolar. Siempre con la fe de que éste fuese mucho, mucho mejor que el anterior.


El incesante pitido del despertador no se detuvo hasta que Sakuno alargó su brazo y, con su mano tanteando lenta y torpemente el lugar, lo desactivó. Apenas si podía abrir sus ojos, pues los fuertes rayos del sol se colaban entre sus cortinas, dañándole su matutina vista. Cuando ya pudo acostumbrar su visión a la luz de su cuarto, se levantó perezosamente de su cama y comenzó con sus quehaceres mañaneros. Lenta y torpemente, cabe decir. Casi como si fuese día lunes.

Suspiró. Claro que era lunes. Lentamente comenzó a vestirse, pensando en que hoy todo comenzaría de nuevo. La rutina, principalmente. Una que hace algún tiempo podía sobrellevar bien gracias a sus constantes visitas a ese lugar. Nada podía salir mal si seguía yendo, si seguía encontrándose con él. Muchas cosas cambiaron desde que lo conoció, aunque no podía atribuirle todo a él. Tenía a Tomoka y Ann, amigas incondicionales que harían lo que fuese por ella. También estaba Momoshiro, quien siempre le sonreía cuando ella no se sentía muy bien. Sin embargo, el saber que él estaría allí, en el mismo lugar, que podrían hacerse compañía mutua era algo que —sin lugar a dudas— la alentaba a seguir.

Con esos pensamientos en mente emprendió el camino hacia el Seigaku, con todas las baterías puestas para comenzar bien el año. Ni bien llegó al salón de clases fue recibida efusivamente por su escandalosa amiga.

—¡Sakuno! —gritó, abalanzándose sobre la aludida.

—H-Hola, Tomo-chan.

—¿Cómo estás? ¿Qué hiciste el resto de las vacaciones? —preguntó tan rápido que las palabras se agolparon en su boca.

Sakuno rió por lo bajo y comenzó a contarle a su amiga lo que ella tanto deseaba saber. Cuando la castaña de las coletas escuchó repetidas veces el nombre de Hiyoshi, no pudo evitar preguntarle qué tipo de relación tenían.

—¿Relación? —repitió anonadada la cobriza.

La castaña agitó de forma positiva su cabeza.

—Ninguna, sólo somos conocidos que nos encontramos siempre en el mismo lugar.

Al escuchar esas palabras, Tomoka entrecerró sus ojos y le dirigió una mirada llena de intriga y, a la vez, de reproche a su amiga.

—Claro que sí, Sakuno, claro que sí —ironizó—. ¿Tú crees que encontrarse siempre en el mismo lugar y con la misma persona durante tantos meses es casualidad? ¿Crees que eso los hace apenas "conocidos"? ¡Por favor! —exclamó, y a la nieta de la entrenadora le pareció que estaba levemente molesta—. Vamos, dime la verdad —y le guiñó un ojo, disipando así todo pensamiento erróneo de la cobriza.

—Te digo la verdad, Tomo-chan —se sinceró ella—. No sé mucho sobre él, más que su familia tiene un dojo y que recientemente se ha convertido en el capitán del equipo de tenis.

La susodicha abrió sus ojos en señal de sorpresa y dejó escapar unas cuantas palabras inaudibles.

—No, no me lo creo, realmente no me lo creo, no es posible… —murmuró rápidamente—. ¡Acá hay gato encerrado! —finalizó.

Sakuno simplemente se encogió de hombros. Su amiga estuvo a punto de soltar otra chorrada de palabras, pero todo quedó en nada al ver llegar a su profesor. En ese momento, todos los alumnos que se encontraban conversando alegremente se sentaron con rapidez en sus asientos, listos para empezar con la clase.

Transcurrió tan rápido que se sorprendió. Ya no era como antes, cuando rogaba porque todo ocurriera dinámicamente y como respuesta sólo recibía el lento tic tac del reloj, tan lento que parecía burlarse de ella. Ahora se enfocó en la clase y por eso no se dio ni cuenta cuando la campana sonó, indicando el inicio del recreo.

Salió al patio por unos momentos con Tomoka, pero decidió volver antes del término del receso a la sala. Quería ordenar un par de cosas antes de la siguiente clase. Se asombró al ver a tantas personas en la sala, pero no le prestó mucha atención. Se ubicó en su pupitre y comenzó con su tarea, pero la batahola era demasiada como para poder concentrarse. Miró curiosa hacia el centro del salón y entonces, algo que no esperó ver apareció frente a sus ojos.

Su corazón latía tan fuerte que pensó que en cualquier momento se escaparía de su pecho. Sus manos comenzaron a sudar pesadamente, y su garganta estaba completamente seca. Intentó tragar pero le costó horrores. Parecía que justo en ese momento sus glándulas salivales habían dejado de trabajar. Sentía su cuerpo pesado y tembloroso, como si una profunda enfermedad la aquejara. Pero, por sobre todo, no podía despegar sus orbes de esa persona, como si toda la gravedad que ejercía la Luna ahora la ejerciese él.

Tenía que aparecer. Justo ahora, cuando todo estaba yendo bien, cuando se sentía tranquila y apoyada. Sakuno sintió su pequeño mundo construido —con mucho esfuerzo durante todos estos meses— derrumbarse lentamente al verlo parado bajo el dintel de la puerta, con esa expresión tan típica de él. Pero no la miraba a ella; escrutaba el salón de clases. ¿Por qué diablos había vuelto? Su respiración ajetreada no le dejaba pensar con claridad.

¿Qué debía hacer a partir de ahora? Intentó acompasar su respiración. Cuando lo logró, comenzó a razonar. Claramente ella no era de ninguna importancia para el chico, pero, a pesar de haber querido enterrar esos sentimientos que tenía por él, nunca pudo erradicarlos por completo. Su corazón —al toparse ella con esos ámbares— se paralizó por unos segundos. Y luego llegaron esos incesantes latidos irregulares que no la abandonaron hasta que ella pudo, a duras penas, marcharse de la sala.

Tomoka la observó irse, e hizo todo el intento del mundo para seguirla —sólo Dios sabe cuánto intentó—, pero la gente se agolpó en la puerta para darle a Ryoma una cálida bienvenida, y, por qué no decirlo, para llenarlo de preguntas y agobiarlo, por lo que la castaña de las coletas no pudo hacer nada más que quedarse en su lugar. El ambarino tenía una intensa mueca de aburrimiento en su rostro, como si nada pudiese sacarlo de esa desgana que sentía. Y Sakuno corría lo más rápido posible hacia los baños.

Inevitablemente había llegado el momento de pensar en qué hacer. Se encerró lo más ágilmente que pudo en un baño y se sentó en la tapa del retrete. Pero la única pregunta que venía a su mente era "¿Y ahora qué?". Se tapó la cara con ambas manos.

Hay cosas peores en esta vida.

Sus palabras retumbaban en su cabeza incesantemente.

Sé valorarme a mí mismo.

Tal vez Hiyoshi tenía razón. Tal vez había sido demasiado exagerada con las cosas que le había sucedido. Tal vez no era el momento para estar así, tan nerviosa por la llegada de Ryoma. Lo único que tenía claro de toda esta situación es que ella seguía teniendo sentimientos profundos por Ryoma. Y esos sentimientos eran, probablemente, tan intensos como los de esa tarde en el aeropuerto. Se quedó un rato más pensando en eso, hasta que resolvió salir de ahí y mojarse la cara.

El agua fría recorrió todas las facciones de su descompuesto rostro y le ayudó enormemente a despejar la mente. Se miró al espejo y comprendió que sí, que Hiyoshi sí tenía razón. Pero también comprendió que ella amaba al Echizen —realmente, nunca había dejado de hacerlo—, y que ahora que había vuelto podía existir una remota posibilidad de confesar sus sentimientos de nuevo, y que esta vez, sin el tiempo en contra él podría darle una respuesta definitiva. Sonrió triunfante y se encaminó hacia la sala de clases.

Al entrar, dos pares de ojos se enfocaron en ella. Los orbes de su amiga y los de él. Ella les sonrió a ambos y saludó cortésmente a Ryoma. Ante esa acción, Tomoka no pudo evitar abrir levemente la boca y mirarla anonadada. La actitud de hace unos minutos no se condecía con la que acababa de presenciar. Sin embargo, y para sorprenderla aún más, se sentó con completa elegancia en su silla, sin quitar la sonrisa de sus labios.


—He decidido volver a confesarle mis sentimientos —declaró ella.

—¡¿Qué?!

—Por favor, Tomo-chan, no grites.

Tomoka soltó un hondo suspiro al tiempo que se dejaba caer en el pasto. Ryuzaki la imitó, aunque fue más grácil para sentarse.

—No entiendo, Sakuno, él se fue sin decirte nada, ¿y ahora le vas a decir de nuevo que lo amas? —razonó la castaña.

—Puede que no me haya respondido por muchos factores, ¿sabes? —respondió, intentando convencerse con sus palabras—. Lo que tengo claro es que él volvió y yo sigo pensando en él, eso es todo.

—Ya —resopló su amiga—. Sabes que yo te apoyaré en cualquier decisión que tomes, pero escúchame bien —enfatizó—, no sabemos con qué actitud llegó ni tampoco si Ryoma-sama nos considera sus amigos. Así que, por favor, prepárate para cualquier cosa que él te pueda decir.

La castaña la miró a los ojos y Sakuno entendió que realmente estaba preocupada por ella. Se sintió profundamente agradecida por tenerla de amiga.

—Gracias, Tomo-chan, pero tengo que hacerlo, no importa el resultado —replicó decidida—. Si no lo intento ahora, nunca sabré si él me correspondía.

Después de conversar un rato con Tomoka, se despidió de ella y emprendió el conocido camino que la llevaría a aquel agradable lugar. Pero no lo hizo a conciencia. Su mente seguía pensando sin remedio en Ryoma y en su regreso. ¿Era correcto lo que iba a hacer? Probablemente sí, como también era probable que todo se fuese al carajo en un abrir y cerrar de ojos. Pero tenía que intentarlo. Ella llevaba amándolo mucho tiempo, le había confesado su amor, él no le respondió nada y ella quedó destrozada. Pero incluso así, necesitaba darse otra oportunidad para volver a confiar. Confiar en que las cosas iban a salir bien.

Con esos pensamientos en mente se sentó en la banca más cercana y dejó que sus párpados cubrieran sus ojos. Se quedó así por un largo rato hasta que sintió que una presencia se sentaba a su lado. No abrió los ojos, pues ya sabía de quién se trataba.

—Hola.

—¿Todavía vienes por estos lados? —fue su peculiar saludo.

Sakuno alzó levemente la comisura de sus labios.

—Sí. Me ayuda a pensar.

La vista de Wakashi, como era usual, estaba perdida en el horizonte.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.

—¿Sobre qué? —cuestionó ella, todavía con los ojos cerrados. Su respiración era acompasada y sus manos se sentían cálidas por los rayos del sol.

—El rumor se expandió como pan caliente, ¿sabes? —ella siguió sin abrir los ojos—. Sobre el enano —dijo al fin.

Sakuno finalmente abrió los ojos, pero para asombro de Wakashi, no lo hizo de forma apresurada o torpe, sino que fue de manera calma y mesurada. Él pensó que ella estaría destrozada con la noticia, pero muy por el contrario, desprendía total entereza.

—Voy a hacer lo que tengo que hacer.

Su respuesta, para cualquier otra persona podría parecer ambigua, pero Wakashi sabía exactamente a lo que se refería. Su sonrisa, sin embargo, no era la de una persona feliz. Una mueca un tanto amarga se formó en su rostro.

—Hmph.

Sakuno escuchó su intento de palabra y lo miró directo a los ojos.

—¿Qué sucede?

El vaivén de su mirada se alternó entre el horizonte y ella y, respirando lo más hondo que pudo, respondió:

—No quiero que vuelvas a sufrir.

Sus mejillas pasaron por todas las tonalidades de rojo hasta que finalmente se estabilizaron en un intenso rosa. Tragó grueso antes de hablar.

—G-Gracias por tu preocupación, Hiyoshi-san —intentó decir lo más serena posible—, pero… tengo que hacerlo.

—Está bien, no te estoy reprochando nada —dijo él con tono inexpresivo, volviendo su vista al inmenso cielo y guardando sus manos en las fortalezas laterales de su pantalón—. Sólo ten cuidado, porque no creo que él haya cambiado de opinión —confesó—. Ese enano es un caso especial.

Ella agradeció enormemente el gesto de sinceridad del chico y le dedicó una gentil sonrisa. Wakashi la miró de reojo y apartó nuevamente su vista de ella. No pudo contrarrestar el leve calor que se encendió en su pecho.


Éste era, probablemente, el día más importante de todos. El que definiría, de una vez por todas, su futuro. Cualquier persona podría pensar que eso daba cuenta de un ingreso a la universidad o de una titulación, pero no, porque Ryuzaki Sakuno estaba decidida a conversar nuevamente con su príncipe. Nada —ni nadie— podría hacerla cambiar de opinión.

Su paso era firme y su voluntad inquebrantable. Se paró frente a la cancha donde él se encontraba entrenando y esperó pacientemente a que terminara el entrenamiento. Momoshiro la divisó en el lugar y sonrió de lado. También estaba de acuerdo con lo que la chica estaba a punto de hacer. Decidió quedarse disimuladamente a observar la situación, sólo en caso de que las cosas se complicaran.

—Echizen —dijo Momo al terminar la práctica—, ve a cambiarte, y hazlo rápido.

Ryoma arqueó una ceja y no le hizo ni el más mínimo caso a su senpai. Cuando hubo terminado, se dirigió hacia la salida de los vestidores, pero no se percató que Sakuno se encontraba esperándolo. Se rascó levemente la cabeza y se quedó mirándola.

—Ryuzaki.

Ella se estremeció al escuchar su nombre siendo pronunciado por sus labios.

—Ryoma-kun, necesito hablar contigo —su voz no tenía ningún rastro de duda o miedo.

—¿Qué sucede?

Sakuno rodó lentamente los ojos.

—¿Podemos hablar en otro lado? —preguntó.

—Estoy un poco apurado, dime qué sucede —volvió a decir. Su tono de voz sonaba duro, como si aquella persona que hablase no fuese realmente Ryoma.

Tragó duro y lo miró fijo, reuniendo todas las fuerzas posibles antes de hablar.

—Lo que te dije ese día en el aeropuerto es verdad, Ryoma-kun… De verdad te quiero. Te amo —finalizó, imprimiéndole seguridad a cada palabra pronunciada.

Ryoma taladró sus cobrizos ojos y no despegó los suyos en ningún momento. Sakuno comenzó a ponerse nerviosa por el prolongado silencio del muchacho, y entonces pensó lo peor. Y entonces, luego de ese momento que pareció eterno, se decidió a hablar.

—Lo siento —y ésas, tal como aquella vez, fueron las únicas palabras que el peliverde pronunció.

Momoshiro, desde aquella privilegiada posición en la que se encontraba, resopló tan fuerte que estuvo a punto de ser descubierto por sus espiados. ¿Cómo era posible que aquella persona que él consideraba su amigo se comportara así con una chica? Sus nudillos se encontraban tan firmemente apretados que se tornaron blancos. Ésta sí que no se la iba a perdonar a Echizen.

Sakuno se quedó pasmada mirando cómo el chico que ella más amaba se alejaba del lugar sin decir nada más. Era consciente que ese era un escenario posible de ocurrir, pero, joder, aquella indirecta no podía ser más clara. La verdad sí que dolía.

Ni siquiera era capaz de llorar. Sus pies se arrastraron con una fuerza que no pudo reconocer como proveniente de ella misma, pero aun así se movían lenta y torpemente, como su esencia misma. Sus ojos se mantenían ampliamente abiertos, y por más que lo intentó, no hubo caso de, al menos, disminuir un poco su extensión. En su camino chocó contra varias personas, pero estaba tan ensimismada que ni siquiera pudo disculparse. Sentía su vista nublada, pero no por las lágrimas. Realmente no sabía por qué era ni tampoco tenía ganas de averiguarlo. Y entonces, cuando sus pies se adhirieron a la tierra del camino y sus ojos reconocieron aquel lugar, lo vio.

No había nadie más, sólo él. Parado, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos firmemente en su presencia. A pesar del poblado flequillo castaño que cubría gran parte de sus ojos, pudo ver esos grises y sintió que la estaba analizando por completo. Escudriñando su comportamiento. Entonces algo hizo click en su mente. Su cerebro comenzó a procesar nuevamente información y sus neuronas retomaron su trabajo. Fue en ese momento que sus ojos se llenaron de lágrimas, y lo único que deseó en ese instante era acercarse hacia él. Corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, salpicando así sus cristalinas lágrimas por toda su cara, y sin previo aviso lo abrazó, rodeando con sus manos su espalda. Tan fuerte como si su vida dependiese de ello. Un enorme y agradable calor recorrió todo su cuerpo, pero eso no evitó que sintiera escocer su garganta. Por más que lo intentó, no pudo contener los sollozos.

—H-Hi-Hiyoshi-san —intentó decir.

Wakashi no habló. Sus manos estaban tan fuertemente apretadas que pensó que en cualquier momento se podría quebrar los huesos. Volvió a reaccionar cuando sintió la frente de Ryuzaki en ese pequeño espacio entre su cuello y su hombro, empapando su piel. Dirigió su fruncida mirada hacia el horizonte y, respirando hondo, apoyó su barbilla en la cabeza de ella, al tiempo que rodeaba sus hombros con un brazo.

Ella sintió el contacto y se aferró más a él.

—Tenías razón, Hiyoshi-san —dijo sorbiendo por la nariz—. No ha cambiado.

Wakashi entrecerró los ojos y la asió más hacia él cuando escuchó su mención.

—No te voy a decir nada, Ryuzaki. Simplemente, si quieres llorar, hazlo.

Sakuno apretó tan fuerte la espalda del chico que, por un instante, tuvo miedo de enterrarle las uñas. Inhaló todo el aroma que su cuello desprendía y deseó que aquel momento durase mucho más que todo el dolor que sufrió anteriormente. Porque estaba sufriendo, sí, lo estaba, pero aquella sensación de bienestar y de ese profundo calor no era algo que ella podía calificar como sufrimiento. Era algo mucho más inherente a la vida misma. Era seguridad.


¿Qué creen que piensa Ryoma para actuar así? ¿O no hay ninguna excusa y deben comérselo los leones? Ya comenzó la acción… :D